¡Nuevo capítulo! Este capítulo está centrado en Kinmoku y una serie de acontecimientos interesantes que suceden allí.
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Capítulo XXIX – Amarga traición
La noche caía en el planeta Kinmoku. Las luces del complejo donde habitaba la famosa Brigada Real estaban ya apagadas. Dentro, sólo una habitación despedía un brillo casi etéreo, proveniente de las muchas velas distribuidas por la estancia. La nombrada habitación era la más grande de todas las que componían el complejo. Tenía dos amplios ventanales y sus paredes blancas lucían antiguas y desgastadas. El piso de mármol resplandecía cuando la luz de las velas daba en él. En el centro de la estancia había una amplia mesa de forma rectangular, con doce sillas de respaldar alto. Hacia la derecha reposaba una mesa más pequeña sobre la cual descansaba un mapa arrugado en las esquinas.
Aquella noche, después de milenios, los miembros de la Brigada Real se reunían en el complejo. Kelvin se masajeó la sien, mientras los miembros iban entrando y ocupaban sus respectivos lugares. A la cabeza se encontraba, por supuesto, su joven líder, Kelvin Taylor. El muchacho recorrió con la mirada a los que eran sus compañeros y esbozó una tenue sonrisa, mientras juntaba sus manos en el frente y reposaba su barbilla sobre estas.
—Me gustaría decir que me alegra que estemos reunidos nuevamente, pero por desgracia no es así, camaradas —dijo entonces, ganándose un par de miradas de reproche —Bien saben que cuando los doce miembros de la brigada estamos reunidos no es precisamente por algo bueno, ¿cierto?
—Oh vamos, jefe, no sea tan cruel con nosotros, mire que hemos pasado por muchos problemas para llegar hasta aquí —replicó la mujer que estaba sentada a su izquierda. Tenía un largo cabello castaño y los ojos de un tono verde olivo —Tuve que fingir que tomaba unas vacaciones en las Bahamas y escaparme de la excavación en Egipto.
—No eres la única que ha tenido problemas, Reika —comentó Unazuki, que estaba sentada a su lado. Reika inclinó levemente la cabeza, como queriendo disculparse —Rayos, esto es extraño; saber que quizás tendré que pelear esta guerra junto a la ex novia de mi hermano Andrew y su actual novia.
—Reika, Unazuki, ya basta de tonterías —las reprendió Paris, cruzándose de brazos y dejando escapar un suspiro —Esta es una reunión importante, así que dejemos que nuestro líder comience.
—Gracias, Paris —dijo Kelvin —Bien, creo que todos saben por qué estamos aquí hoy —todos asintieron con la cabeza. Kelvin se volteó hacia un hombre mayor, de físico imponente y barba y bigote plateados —Honorable Hima-vat, lamento que haya que tenido que venir hasta aquí, pero…
—No tienes que disculparte —lo interrumpió el anciano —Yo también soy un guerrero; es un deber y un orgullo el pelear para proteger la paz del universo.
—Honorable Hima-vat, confiamos en su fuerza —dijo Kelvin —Ahora, con respecto a quienes no son de esta época, sé que nos estamos arriesgando, pero considero que es un riesgo que debemos correr para asegurar la permanencia del futuro —se volteó hacia una muchacha de cabello castaño rojizo y unos cual rubíes —Kimiko, ¿estás segura de que puedes hacerlo?
—Soy la hija de la Reina Kakyuu —contestó la joven, que no tendría más de dieciocho años —Mi madre se encuentra cegaba por la oscuridad en este momento, así que es mi deber evitar que comenta más tonterías. Además, dados mis orígenes, —la chica hizo una mueca de repulsión cuando recordó algo al parecer desagradable —soy responsable…
—Kimiko, sabes que no es tu culpa, —intervino Kelvin —así que deja de atormentarte. Sé que estás en una situación difícil, más aun sabiendo que incluso puede ser necesario que tengas que oponerte a tu madre.
—Ya no hablemos sobre eso, mejor cuéntanos cuáles serán nuestros siguientes movimientos —comentó la pelirroja.
—Eres una princesita muy madura, Kimiko —dijo una sexta persona. Se trataba de una mujer de unos veintiocho años, largo cabello negro, liso y sujeto en un moño. Sus ojos eran negros también. Tenía una expresión astuta en su rostro —Eso está muy bien. No puedes dejar que tus sentimientos intervengan, esto es una guerra. Y bien dicen que en el amor y la guerra todo se vale. Incluso si eso significa el quitarle la vida a tu propia madre.
Cuando la mujer terminó de hablar, Kimiko se puso de pie súbitamente y, con una velocidad alucinante, ya se encontraba sujetando el cuello de la morena. La fémina simplemente sonrió, enredando sus dedos en el brazo de la pelirroja y ejerciendo una presión que hizo que Kimiko arrugara el rostro.
—¡Avlai, es suficiente! —exclamó Kelvin, poniéndose de pie y golpeando la mesa con ambos puños. Las mujeres se separaron al instante, mirando asustadas la expresión que exhibía el rostro de su líder —¡Esos comentarios venenosos!, ¡¿qué rayos pretendes?!
—¡Kelvin, es hora de que abras los ojos y veas la realidad! —replicó Avlai, enfadada y con la respiración agitada. Kelvin se sentó nuevamente y cruzó los brazos.
—Kalamos está cerca, ¿cierto? —preguntó el líder —Por tu reacción, he de suponer que mis suposiciones eran correctas —Avlai asintió lentamente con la cabeza y volvió a sentarse también.
—¿De qué suposiciones hablas, Kelvin? —preguntó un muchacho apuesto, de cabellera castaña. Su nombre era Ryuma Hiko, estudiante de la Toudai.
—¿Tiene algo que ver con el prometido de nuestra reina? —aportó una chica pelirroja, de ojos verdes. Kelvin asintió con la cabeza.
—Kalamos estará aquí en cualquier momento —dijo Avlai —Él es quien conoce los detalles, después de todo, fue enviado como espía al palacio. Pero Kyoko, ¿no tendrás problemas con tu trabajo en la tierra?
—No, en Ekleipsi pueden arreglárselas sin mí —contestó ella —Les dije que me iba a tomar unas largas vacaciones, de las cuales, francamente, no sé si regresaré.
—Eres demasiado joven para cargar con ese pesimismo, Kyoko —añadió una mujer mayor, de cabello plateado y ojos azules —Eso déjaselo a los viejos como Hima y yo. Después de todo, estoy segura de que tanto él como yo sabemos que esta será nuestra última batalla.
—Señora Kena, no hable de esa manera, por favor —dijo Unazuki —Debemos confiar en que, al final de todo esto, regresaremos a casa, sanos y salvos —Kena la miró, levemente sorprendida y luego sonrió —Yo… tampoco me siento del todo confiada, pero como usted lo ha dicho, tenemos que hacer a un lado el pesimismo. Y no sólo nosotros, también usted y el señor Hima-vat.
—Ah, no te pongas sentimental, Zuki —intervino un apuesto muchacho de cabello rubio y ojos de un tono rojizo oscuro —Vamos a estar bien.
—¿Seguro que confías en eso que estás diciendo, Tatsuya? —lo interrogó una muchacha de cabellera plateada y unos grandes ojos azules —Eres el hijo de Plutón y Apolo, tu instinto está más desarrollado que el de cualquiera. Además, aunque tengas una sonrisa en el rostro, tus ojos no están alegres como siempre —el aludido la miró, visiblemente sorprendido, para luego esbozar una sonrisa algo melancólica.
—Aika es una experta para leer los sentimientos —le dijo Kelvin —Después de todo, es la hija de la diosa del amor. Parece que has heredado ese extraño sexto sentido de tu madre, la mítica princesa de Venus.
Antes de que la joven de cabellera plateada pudiera responder, tanto Hima-vat como su prima Kena sacaron los cuchillos cortos que guardaban en sus ropajes y se pusieron de pie tan bruscamente que la silla cayó con estrépito hacia atrás. Kelvin se levantó, pero por un momento se sintió mareado y tuvo que apoyarse en el hombro de Paris.
—Alguien se acerca —dijo Aika, en voz baja, al tiempo que el resto de sus compañeros se ponían de pie agudizaban sus sentidos.
—Es una gran multitud —añadió Tatsuya. El hombre tragó saliva antes de hablar de nuevo —N-No puede ser…
—Kalamos… —balbuceó Avlai, al tiempo que dejaba caer la lanza que hasta ese momento había sostenido con fuerza.
—¡¿Qué rayos…!? —exclamó Ryuma, cuando sintió varias gotas caer en su rostro. Se llevó una mano a la mejilla izquierda y cuando se dio cuenta gritó: —¡Esto es…!
Antes de que Ryuma pudiera decir algo más, el techo de aquella habitación se rompió súbitamente, dejando caer trozos de madera. Un grito femenino se dejó escuchar cuando vieron caer un cuerpo sobre la mesa, causando que esta se partiera por la mitad. Se trataba de un muchacho con un rostro delicado. Tenía el cabello negro largo hasta los hombros y sus ojos, también negros, estaban abiertos de par en par. Tenía una terrible herida en el pecho, donde se veía un agujero justo en el lado del corazón. Sus brazos y piernas estaban cubiertos con unas extrañas dagas de luz. Sus ropajes estaban completamente cubiertos de sangre.
—¡KALAMOS! —gritó Avlai. La mujer se acercó al cuerpo de su hermano gemelo y lo contempló horrorizada —¡¿Quién lo hizo?! —gritó, mirando hacia el techo—¡MUÉSTRATE!
Las puertas de la estancia se abrieron de par en par, al tiempo que cientos de soldados de la guardia de Kinmoku entraban, cargando espadas y lanzas. Rápidamente rodearon a los doce guerreros y los apuntaron con sus armas. Kelvin dio un paso adelante y se enfrentó al comandante, un hombre de edad media, de cabello rojo y ojos negros. Aquel hombre dio un paso hacia el frente, sin dejarse intimidar por la imponente energía que despedía el joven líder de la Brigada Real.
—Kelvin, líder de la Brigada Real de Kinmoku, yo, Titán, comandando del ejército de Kinmoku, los pongo bajo arresto, en nombre de su Majestad, la Reina Kakyuu.
—Comandante Titán, ¿qué significa esto? —preguntó Kelvin —Entrar de esta manera y destruir la propiedad privada, es…
—Es una orden oficial de su Majestad —Titán le mostró un pergamino con el sello de la familia real —Se nos ordenó emplear la fuerza en caso de ser necesario.
—¡No me vengas con eso, Titán! —gritó Avlai, apartando a Kelvin y Tatsuya de su camino para enfrentarse al comandante —¡Su Majestad jamás ordenaría esto! ¡¿Has visto a mi hermano?! ¡LO MATARON! —la mujer sujetó al otro del cuello de la camisa y lo zarandeó, pero Titán ni siquiera se inmutó —Me vengaré, acabaré con todos ustedes —Avlai soltó al hombre, empujándolo hacia atrás y tomó su lanza —¡Vengan todos, atáquenme!
—¡Atrás, Avlai! —la detuvo Kelvin —¡La violencia no resolverá nada! —ella le dedicó una mirada amenazante —Deja que me encargue de esto.
—¡Este maldito mató a mi hermano! —replicó la mujer, encolerizada.
—No, el comandante Titán, no lo mató —los doce guardianes alzaron la cabeza, al tiempo que una figura femenina saltaba del techo destrozado para caer grácilmente a un lado de la mesa —Fui yo.
Kelvin dirigió lentamente la mirada hacia la mujer que acababa de aparecer. Sí, se trataba de Sailor Star Maker, cuyos ojos destellaban con maldad. Maker caminó hacia donde estaba Kelvin, para enfrentarlo.
—Molly, ¿qué significa esto? —preguntó él, parpadeando un par de veces para asegurarse de que la mujer que estaba ahora frente a él era la verdadera Molly.
—Simplemente estoy cumpliendo las órdenes de su Majestad —contestó ella —Ese hombre se internó en los archivos secretos de Kinmoku y de Varuna. Y ese es un pecado imperdonable, deberías saberlo bien, si es que te haces llamar líder de la Brigada. Fuiste tú quien lo envió como espía, ¿cierto?, ¿por qué?, ¿qué estabas buscando?
Kelvin se quedó mirándola fijamente, sin poder creer lo que escuchaba. Por un momento no supo qué responder. No podía negar la acusación, pero aceptarlo podía significarle la muerte. Y no se podía dar el lujo de morir, no cuando estaban tan cerca de desvelar la verdad.
—¿Por qué llegar tan lejos? —intervino oportunamente Hima-vat —No había necesidad de llegar tan lejos. La pena de muerte fue abolida por la Reina Kimiko, hace ya mucho tiempo. Podrían haber juzgado a Kalamos y encarcelarlo.
—La pena de muerte ha sido reinstaurada —dijo Titán —Su Majestad ha emitido el comunicado oficial esta tarde —Hima-vat abrió los ojos como platos, llevándose una mano al pecho.
—Bien, bien, esas son buenas noticias —comentó Avlai, balanceando su lanza —Así que puedo matar a esta maldita sin temor a ser asesinada por mi "pecado". Muchas gracias por la información, querido Titán.
En menos de un segundo, Avlai había blandido su lanza hacia Maker, con intenciones de clavársela en el corazón. Sin embargo, antes de que pudiera siquiera acercársele, Avlai cayó de rodillas al suelo, completamente inmóvil. Su cuerpo estaba paralizado, apenas podía mover los dedos de las manos, pero no era capaz de alcanzar la lanza. Levantó la mirada y miró con odio a Tatsuya.
—¡Libérame de tu poder, Tatsuya, maldito!
—¡Esto no es el momento para tus niñerías, Avlai! —replicó el muchacho, enfadado. Por un momento Avlai pudo ver en los ojos de Tatsuya aquel brillo aterrador que tenían los descendientes de Cronos —¡¿Acaso no ves la situación en la que nos encontramos?!
—¡Todos, silencio! —ordenó Kelvin y todos obedecieron de inmediato —Molly, por favor explícame qué está sucediendo aquí —e intentó tomarla de las manos, pero ella le dio un golpe antes de que la tocara.
—No me toques, traidor —espetó la guerrera, con odio en su voz —Comandante Titán, aprese a esta banda de traidores. Llévelos a la frontera con Varuna, allí serán ejecutados.
—Espera un momento, Maker —intervino Kimiko —Puede que seas miembro de élite de los guerreros de Kinmoku, pero eso no te da derecho a venir, destrozar nuestra morada, asesinar cruelmente a uno de nuestros camaradas, ni apresarnos. No puedo concebir la idea de que su Majestad pida la ejecución de la Brigada que su amada abuela fundó.
—Qué insolencia —replicó Maker —Kimiko, aunque seas la hija de su Majestad, eres un miembro de este complot. Su Majestad cometió un grave error al darles tantas libertades, es por eso que hemos llegado a esto. Quién sabe por cuánto tiempo han estado planeando derrocar a su Majestad.
—¡Un momento! —exclamó Kena —Maker, ¿qué clase de tonterías estás diciendo? ¿Qué es eso de "derrocar a su Majestad"?
—¿Por qué otra razón enviarían a un espía al palacio y a la residencia de su Excelencia, el señor Heracles? —preguntó Titán —Su Majestad es una mujer muy noble e inocente, es por eso que la llegada de su Excelencia nos ha alegrado a todos. El gran Heracles tiene el temple para dirigir un reino como el nuestro. De no ser por él, jamás habríamos descubierto la traición de la Brigada.
—Así que se trata de eso —dijo entonces Hima-vat, colocado una mano sobre el hombro de su líder —Ahora lo entiendo todo. Pensaba que esta situación era bastante extraña, pero ahora todo tiene sentido. Bien, Comandante Titán, adelante, puede apresarme —el hombre extendió las manos, como alentándolo a que le colocara las esposas. Titán lo miró, extrañado.
—Hima-vat, ¿qué significa esto? —preguntó Maker.
—Es simple, yo fui el que lo planeó todo, es por eso que voy a asumir la responsabilidad. Es suficiente si yo muero, ¿verdad, comandante?, después de todo, los demás solamente estaban haciendo caso a los desvaríos de un anciano.
—Honorable Hima-vat… —empezó Kelvin.
—Kelvin, así es como debe ser —dijo Hima-vat —Yo soy el verdadero líder de la brigada, por lo tanto la responsabilidad por las acciones de mis subordinados es solamente mía. En cuanto a los demás, estoy de acuerdo con que sean juzgados y se decida su sentencia. Serán a lo sumo unos cincuenta años en las prisiones subterráneas de Kinmoku, ¿estoy en lo cierto?
—Ya he escuchado suficientes tonterías —replicó Maker —¡Aprésenlos a todos! —ordenó. En ese preciso instante, los miembros del ejército se dispersaron y comenzaron a atacar a los doce guerreros de la brigada.
—¡No contrataquen! —ordenó Hima-vat —¡No se resistan! —la más frustrada con esta orden fue Avlai, quien aún guardaba el resentimiento hacia Molly por la muerte de su hermano. Sin embargo, incluso la impulsiva Avlai estaba consciente de la situación en la que se encontraban.
La situación no era para nada alentadora. Cada vez que las armas del ejército rozaban la piel de alguno de los doce, incluso cuando chocaban espadas, la brigada sentía cómo poco a poco su energía iba siendo drenada. Incluso el resistente Tatsuya empezaba a respirar con dificultad. Más aún, la frágil condición de Kelvin parecía empeoran con cada segundo que pasaba. Unazuki se llevó las manos a la boca cuando vio a su líder caer de rodillas, pero un grupo de cinco soldados se interpuso en su camino y fue incapaz de ayudar cuando, de pronto, Titán se había acercado a él y había atravesado su brazo derecho con un cuchillo corto.
—Maldición, me descuidé —murmuró Kelvin por lo bajo, mientras intentaba ponerse de pie. Miró a su alrededor, los demás no resistirían por más tiempo, pero contratacar simplemente empeoraría la situación.
—Comandante Titán, yo me haré cargo de él —comentó Maker. La chica se arrodilló al lado de Kelvin y acarició su mejilla —Es una verdadera pena, Kelvin. No quería ser yo quien te arrestara.
—Molly, ¿por qué estás haciendo esto? —ella desvió la mirada durante un instante y luego Kelvin vio en los ojos de la mujer aquel brillo que tanto amaba. Molly apretó los puños antes de contestar.
—Las cosas están a punto de cambiar, para bien —contestó —Su Majestad finalmente ha delegado las tareas de seguridad del planeta a su Excelencia Heracles —Kelvin la miró, horrorizado —No tienes que sorprenderte, deberías alegrarte. Ahora que tenemos a un hombre tan influyente como él de nuestro lado, nuestra victoria en la guerra contra Despair y sus ejércitos está asegurada.
—No sabes lo que estás diciendo —replicó Kelvin, negando con la cabeza —No tienes la más mínima idea de por qué Kalamos arriesgó su vida. Estás cegada por la falsa imagen maravillosa de Heracles de Varuna. ¡Abre los ojos, Molly! —suplicó, sujetándola por los hombros.
—Es una verdadera lástima, Kelvin —dijo ella, lanzando un suspiro y sacando su estrella —Podría haber convencido a su Excelencia de que te perdonara la vida, pero aún a las puertas de la muerte sigues hablando de esa manera sobre él —lo miró a los ojos antes de atacar —Estrella de Sailor Maker.
El ataque de Maker impactó directamente a Kelvin, haciendo que su cuerpo saliera despedido y chocara contra uno de los ventanales. Kelvin cayó en el suelo y su cabeza se balanceó hacia adelante. Un hilillo de sangre bajaba por su frente. Unazuki lo llamó con insistencia, pero él no reaccionaba. Los guerreros corrieron hacia donde estaba su líder, pero una barricada de soldados los detuvo y tuvieron que volver a separarse para defenderse.
—¡Ya he tenido suficiente de esto! —gritó Kyoko, blandiendo su espada —¡Ataquemos!
—¡No! —replicó Paris —¡Kyoko, detente! —pero era demasiado tarde, pues Kyoko acababa de atravesar el pecho de un soldado con su espada, acabando con su vida al instante —¡Kyoko! —la mujer siguió atacando y Paris tuvo que interponerse, bloqueando el ataque con su espada.
—Así que esa es la mítica espada que heredaste de tu madre —comentó Maker, en voz baja —Es sin duda un arma excepcional —se volteó hacia Titán —¡Vamos a arrestarlos a todos! —Maker sacó su estrella nuevamente —¡Trágica elocuencia!
De la estrella comenzaron a brotar letras, caracteres en diferentes idiomas, desde el japonés hasta el ruso, que se convertían en gruesas cadenas que se enredaban en los cuerpos de los guerreros de la brigada. En cuanto aquellas cadenas los rodeaban, sus piernas eran incapaces de sostenerlos y caían irremediablemente al suelo. Ninguno era capaz de liberarse de la Trágica Elocuencia de Calíope, una de las míticas musas de Kinmoku.
—Hima, las cosas no pintan bien —le dijo Kena a su primo, en voz baja —Si esto sigue así… —pero Kena dejó de hablar en cuanto vio que Maker volvía a reunir el poder en su estrella —No… no se atreverá a…
—Soy la guerrera de la creación, la primera Sailor Scout en Kinmoku que ha alcanzado la mítica transformación que está más allá de la forma Eternal —dijo Maker —¡Este es el poder de la Musa de la Creación! ¡Es el poder de Eclipse!
Una inmensa luz cubrió la estancia. Las paredes comenzaron a resquebrarse, los vidrios explotaron, el piso empezó a abrirse, el suelo tembló y las grietas se hicieron más amplias. El cuerpo inerte de Kalamos comenzó a caer hacia el subsuelo. Avlai gritó, pero no pudo moverse para alcanzar a su hermano. Kelvin seguía inconsciente y era él quien comenzaba a caer por las grietas que había provocado el poder de Molly. Una inmensa explosión se dejó escuchar, al tiempo que los haces de luz provenientes de la estrella de Maker impactaban los cuerpos de los guerreros de la brigada.
—¡Están acabados!
—¡Señorita, así no podremos arrestarlos! —exclamó Titán, que ahora se sujetaba con firmeza a lo que quedaba del suelo.
—¡No se preocupen! Su Excelencia me ha dado permiso para encargarme de ellos aquí mismo, en caso de ser necesario.
—Kena, el momento ha llegado —dijo Hima-vat. La mujer asintió con la cabeza.
—¡Señor Hima-vat, señora Kena, no estarán pensando…! —empezó Paris, cuyo rostro estaba crispado por el miedo.
—Paris, asegúrate de ayudar a tu madre y a los demás guerreros del universo —dijo Hima-vat —Vamos a empezar, Kena.
—¡Ritual del Fin del Mundo! —exclamaron Hima-vat y Kena, al unísono.
La tierra tembló una vez más. Lava comenzó a surgir de las grietas abiertas por Molly. Dicha lava ascendió por los cuerpos de los soldados e incluso por el cuerpo de Maker. Los soldados gritaron de dolor. Los miembros de la brigada también se vieron envueltos por aquella lava, pero sólo sintiendo un calor agradable que aliviaba el dolor de sus cuerpos y los liberaba de sus ataduras.
Hima-vat y Kena se colocaron en el centro de la habitación. Kena chasqueó los dedos y el cuerpo de Kalamos ascendió. Hima-vat lo tomó en sus brazos. Las heridas en el cuerpo de Kalamos habían desaparecido y sus ojos se habían cerrado. Se le veía tranquilo, casi como si estuviera durmiendo. Los ojos de Hima y Kena se volvieron rojos, demoniacos. Los soldados eran halados hacia el subsuelo. Maker sólo podía ver cómo desaparecían.
Pero el ritual no había concluido. Los miembros de la brigada, a excepción de Hima-vat y Kena, fueron rodeados por unas burbujas doradas. Tatsuya comprendió con horror lo que sucedía en ese momento, cuando las esferas comenzaron a elevarse hacia el cielo, saliendo por el agujero que Maker había hecho anteriormente.
—¡No! —exclamó Maker, la única que permanecía consciente.
—Es increíble que aún no te hayas desmayado —comentó Kena —Ni siquiera la poderosa Sailor Moon fue capaz de resistir este poder en el pasado. Veo un aura oscura en ti, parece que te has convertido en una leal servidora de las sombras, Calíope.
—No sabes lo que dices, Kena —replicó ella, sin mirarla a los ojos.
—Bueno, eso lo veremos —Kena chasqueó los dedos una vez más y las burbujas comenzaban a elevarse hacia el cielo. Hima-vat colocó el cuerpo de Kalamos en una burbuja, al tiempo que los demás guerreros de la brigada iban desapareciendo.
—¡Kalamos! —exclamó Avlai, golpeando la burbuja con sus puños.
—Dale una sepultura digna, Avlai —dijo Hima-vat —Ahora bien, —Kena volvió a chasquear los dedos, liberando a Maker y a los soldados. Las cadenas de Maker los envolvieron una vez más y ambos cayeron de rodillas al suelo, cuyas grietas se habían cerrado ya —estamos preparados para recibir el juicio de su Majestad —Maker los miró, sorprendida —Vamos a hacer las cosas bien, señorita Calíope. Ahora, nos llevarán ante su Majestad, seremos juzgados por la corte y escucharemos nuestra sentencia.
—Hima-vat, Kena, ¡¿qué rayos significa esto?! —preguntó Molly, consternada —Pudieron haber escapado ustedes también…
—No bromees, ya no somos unos jovencitos —replicó Kena —Además, ustedes mismos han sido testigos de nuestra traición: estuvimos espiando a su Majestad y también a su prometido, atacamos a miembros del ejército real y, para cerrar con broche de oro, asesinamos a nuestros camaradas de la Brigada Real —Maker parpadeó, confundida. La sonrisa de ambos guerreros hizo que un escalofrío recorriera la espalda de la muchacha.
—¿Q-Qué están... tramando?
—Señorita Calíope, estamos listos para recibir nuestro castigo —contestó Hima-vat, con una sonrisa casi cínica.
Molly se llevó las manos a la cabeza, insegura de lo que debía hacer.
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Kakyuu saboreó con una sonrisa el último bocado del postre, preparado con el café terrestre que tanto amaba. Se volteó hacia su prometido, quien disfrutaba del dulce con una sonrisa en su rostro, como si se tratara de un niño. La pelirroja extendió el brazo y, con una servilleta impecablemente blanca, retiró los restos de chocolate que le habían quedado en la comisura de la boca. Heracles sonrió y sujetó la mano de Kakyuu antes de que ella la retirara, depositando un suave beso en palma. Kakyuu se sonrojó como una jovencita.
—¡Oh, acabo de recordarlo! —Kakyuu se levantó súbitamente de la mesa y tomó a su prometido de la mano, arrastrándolo fuera del comedor —¡Ven conmigo! —el hombre le dedicó una leve inclinación de la cabeza a la servidumbre que entraba en ese momento para recoger los platos de la cena, antes de seguir a su prometida.
—Kakyuu, cariño, ¿adónde…? —pero el hombre guardó silencio en cuanto, una vez hubieron ascendido por las escaleras, llegaron ante un par de inmensas puertas de madera oscura con detalles de oro —¿Pero qué…?
Kakyuu no respondió y se adentró en la habitación, aún sin soltar a Heracles. El hombre se sonrojó, pues no le parecía correcto estar en la habitación de una dama, mucho menos cuando esa dama era la reina de Kinmoku y se podían escuchar las voces de los sirvientes que iban de un lado a otro, cumpliendo con sus respectivas labores. La pelirroja soltó la mano de Heracles, cerró la puerta y le echó el cerrojo. Heracles sintió que comenzaba a sudar.
—Kakyuu, no creo que…
—Espera un momento, por favor —la reina se dio la vuelta y caminó hasta su armario, en busca de un objeto que Heracles desconocía.
Mientras tanto, Heracles se quedó maravillado al observar la impresionante habitación de su prometida. Era una estancia amplia, como era de esperarse, puesto que estaba destinada a la persona más importante de Kinmoku. Las paredes estaban pintadas de un hermoso color rojizo y los pisos eran de un mármol blanquísimo. En el centro de la estancia yacía una inmensa cama con dosel, y sábanas de un tono rojo oscuro. A ambos lados de la cama reposaban unas mesitas de noche de madera oscura.
A la izquierda había un tocador, también de madera oscura, sobre el cual había toda clase de cosméticos y perfumes. Heracles no recordaba haber visto tantos cosméticos antes. También había un escritorio perfectamente ordenado y un pequeño librero en completo orden. Al lado derecho de la habitación había dos puertas, una de estas llevaba al baño, la otra era por lo cual Kakyuu había desaparecido apenas un minuto atrás. Pero antes de que Heracles pudiera seguir contemplando la habitación, apareció Kakyuu, cargando un pequeño cofre de madera, con incrustaciones de piedras preciosas. Le hizo una seña al hombre para que se acomodara en la cama. Heracles, aun dudando, se sentó en la orilla de la cama.
Kakyuu puso el cofre sobre la cama y, deslizando una pequeña llave plateada en la cerradura, lo abrió. Adentro había otra cajita, más pequeña. Kakyuu retiró la cajita y la abrió también, dejando ver un hermoso anillo de oro, con la figura de un león cuyos ojos eran dos rubíes. La mujer lo puso sobre su palma y lo puso enfrente de Heracles, que lo contemplaba asombrado.
—No estaba segura de si iba a encontrarlo, pero aquí está, afortunadamente no se había perdido —dijo ella, sacando al hombre de su ensimismamiento —Este anillo perteneció al primer y único rey de Kinmoku. Se dice que, en toda la historia de Kinmoku, él ha sido el único hombre que ha ocupado el trono —Heracles se quedó sorprendido —No sé bien cómo es que Kinmoku acabó convirtiéndose en una monarquía matricial, tampoco estoy segura de si este es el término correcto, el punto es que, desde su muerte, no se permitió a ningún hombre ostentar el título de "rey".
—Este anillo tiene una presencia imponente —dijo entonces Heracles —Quiero decir, sé que se trata de un objeto inanimado, pero tiene una energía muy poderosa, casi como si tuviera vida propia.
—Se dice que este anillo guarda la fuerte voluntad del primer rey, así como sus deseos y anhelos. Dicen que murió siendo joven y su esposa se convirtió en reina. Sin embargo, la reina jamás llegó a usar este anillo, a pesar de que podría haberse arreglado para que calzara en su dedo. Desde ese momento, nadie más ha llevado esta joya.
—Impresionante, jamás me hubiera imaginado que existiera una historia así en Kinmoku.
—Hay muchas cosas que aún no sabes acerca de este pequeño planeta. Kinmoku guarda muchos secretos, incluso para mí —Kakyuu se sentó a su lado y lo miró con los ojos llenos de amor. Heracles le sonrió y se acercó a ella para depositar en sus labios un tierno beso que duró hasta que Kakyuu puso una mano sobre el pecho de él.
—Discúlpame, no debí…
—No te preocupes. Bueno te preguntarás por qué te traje aquí y por qué te conté toda esa historia —él asintió con la cabeza —Eso es porque quiero darte este anillo —tomó la mano de Heracles y deslizó el anillo en su dedo anular —Considéralo un regalo de bodas adelantado.
Heracles contempló el anillo que ahora adornaba su mano derecha, con gesto sorprendido. Cuando se dio cuenta de lo que en realidad acababa de suceder, negó frenéticamente con la cabeza. El hombre retiró el anillo de su dedo y lo puso de vuelta en la mano de su prometida.
—No puedo aceptarlo, Kakyuu.
—¿Por qué? —preguntó ella, sorprendida —¿Acaso no te gusta?
—No es eso, en realidad es una joya muy hermosa. Pero este es un tesoro de Kinmoku, Kakyuu, no puedo aceptarlo. Esto le pertenece a la familia real de Kinmoku, no es adecuado que un extranjero como yo lo porte. Es una joya demasiado valiosa para que alguien como yo, que no pertenece a la realeza, lo porte.
—La verdad es que quería que fuera una sorpresa, pero supongo que puedo decírtelo —dijo entonces ella, cerrando el puño donde cargaba el anillo, antes de mirar a Heracles, que parecía confundido con estas palabras —Después de nuestra boda, serás el primer hombre en ostentar el título de "rey de Kinmoku" —los ojos del hombre se abrieron como platos —Tendrás tanto poder como yo sobre esta tierra, sé que serás un gobernante justo y bondadoso y me ayudarás a devolverle a Kinmoku el esplendor que tenía en tiempos de mi abuela Kimiko —Heracles se quedó boquiabierto, incapaz de responder —¿Qué sucede? ¿Acaso no te agrada la idea?
—Kakyuu, la verdad es que… no sé qué decir. Yo sólo… —Kakyuu colocó un dedo sobre los labios de su prometido y le sonrió con algo que Heracles sólo pudo definir como "lujuria".
—Entonces, simplemente no digas nada. Y bésame.
Kakyuu enredó sus brazos en el cuerpo de Heracles, mientras el suyo propio se iba deslizando hasta la cama. Cuando la espalda de Kakyuu tocó la suave superficie del colchón, sus labios se juntaron con los de su prometido. Heracles no fue consciente de la situación en la que se encontraba, hasta que sintió los dedos juguetones de la pelirroja acariciar su largo cabello. El beso se iba intensificando a medida que el agarre de Kakyuu se hacía más fuerte.
Heracles pronto se dio cuenta de que lo que hacían lo era correcto. Pero sus propias manos parecían incapaces de detenerse, era como si la piel de Kakyuu fuera un imán. Ya incluso había levantado el elegante vestido de su prometida para acariciar la suave piel de sus muslos. Kakyuu entretanto y sin que él se diera cuenta, ya lo había desprendido del saco, entre besos entrecortados que tenían un toque de necesidad.
—Kakyuu… —susurró él, con voz entrecortada, casi con un dejo de excitación —Kakyuu, esto no… —pero ella no estaba dispuesta a detenerse. Era como si estuviera poseída.
—Sé que no debemos, —comentó de pronto la pelirroja, cuando Heracles se apoyó en la cama con ambas manos, separándose de ella —pero este sentimiento es más fuerte que yo, Heracles —se miraron a los ojos, con una intensidad indescriptible —Sé que no está bien que diga esto, pero te deseo, te deseo como nunca antes he deseado a alguien o algo. Así que, por favor… —el gesto suplicante de Kakyuu hizo que Heracles perdiera todo el autocontrol que le quedaba.
Así, en aquella noche donde las estrellas parecían brillar con más intensidad, Kakyuu se entregó a su prometido, cegada por una pasión que el mismo Heracles parecía sentir también. Pero ninguno de los dos era consciente de las consecuencias de sus acciones. Y la mañana traería sorpresas inesperadas que, irremediablemente, sellarían el ya definido destino de Kinmoku.
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Kakyuu se levantó aquella mañana experimentando dos emociones opuestas. Justo cuando abrió los ojos se sintió plenamente feliz, completa. Claro que Heracles ya no se encontraba allí, pues se había marchado en medio de la noche, para evitar inconvenientes indeseados, pero eso no le preocupaba. Mas cuando se levantó de la cama y se miró en el amplio espejo del baño, la culpabilidad la invadió. Estaba mal. Lo que hicieron estuvo mal, terriblemente mal. Se había dejado llevar por el deseo y la pasión y había roto un buen número de reglas que habían existido en Kinmoku desde tiempos inmemoriales.
—Cálmate, Kakyuu, cálmate —se decía —Nada pasará. Será mejor que me dé prisa, ya se ha pasado incluso la hora del desayuno.
La reina tomó un baño rápido y se vistió con lo primero que se encontró en el armario, – un vestido de color blanco y escote algo pronunciado – se colocó un maquillaje que hasta lucía descuidado sin darle demasiada importancia y salió a toda prisa de la habitación. Dio los buenos días a los sirvientes que se encontraba en el camino, hasta que, avergonzada, se dio cuenta de que ya era más de mediodía.
Cuando entró en el comedor, acababa de servirse el almuerzo, pero Heracles no se encontraba allí. Extrañada, la mujer tomó asiento y comenzó a ingerir sus alimentos. No estuvo segura de cuánto tiempo había pasado, pero le pareció una eternidad y no se había comido ni siquiera la mitad del contenido de su plato cuando lo hizo a un lado y, pronunciando una torpe disculpa, abandonó el comedor.
Pero no encontró a su prometido en los jardines, campos de entrenamiento o en la biblioteca. Ni siquiera estaba en su mansión, así que, sintiéndose derrotada, regresó al palacio, donde tropezó con Citera.
—Mil disculpas, Majestad —se disculpó la mujer.
—No te preocupes, fue mi culpa por no fijarme por dónde camino —le dijo —Por cierto, Citera, ¿has visto a Heracles?
—Ah, precisamente por eso he estado buscándola Majestad —contestó el ama de llaves —Su Excelencia se encuentra en el salón del trono. Está esperándola con una señorita, dijo que tenía algo importante de qué hablarle —al escuchar estas palabras, Kakyuu se recogió el vestido y comenzó a correr hacia el lugar indicado.
Una vez estuvo frente a las puertas del salón del trono, las abrió con un poco más de violencia de la que le hubiese gustado. Justamente como Citera había dicho, Heracles se encontraba allí. Con una mujer. Kakyuu se fijó en el largo cabello plateado de la chica, que parecía bastante joven. La reina carraspeó para hacerse notar y Heracles se volteó.
—¡Ah, Kakyuu cariño, te he estado buscando! —exclamó él, con una enorme sonrisa en los labios —Quería compartir contigo la alegría que me embarga en este momento. Galantis, ven aquí por favor.
Heracles acababa de llamar a la muchacha. Cuando Kakyuu se fijó bien en ella, notó que tenía los ojos rojizos, idénticos a los de su prometido. Llevaba un andrajoso vestido blanco, rasgado y su cuerpo exhibía varias heridas. La chica se arrodilló y agachó la cabeza.
—M-Majestad… —balbuceó la chica, con dificultad.
—¡Por todos los cielos! —exclamó Kakyuu, arrodillándose enfrente de la chica y tomándola de la barbilla para mirarla a los ojos —¡Esta niña está llena de heridas! —miró a Heracles —¿Quién es ella? ¿Qué le ha sucedido?, vamos, levántate, querida.
—Ella es… mi hermana menor —contestó el hombre. Kakyuu se quedó sorprendida. La reina abrió la boca, pero fue incapaz de pronunciar palabra alguna en ese momento.
—¿Hermana menor? —preguntó —No me habías dicho que tenías una hermana. Pero eso no importa ahora, ¿qué fue lo que sucedió?
—M-Majestad… —repitió la joven que respondía al nombre de Galantis —D-Disculpe por…
—No te preocupes, ya podremos hablar más tarde, querida, ahora lo más importante es atenderte, ven —la tomó de la mano y salió de la habitación. Justo en ese momento Citera iba pasando —¡Citera! —el ama de llaves se sorprendió cuando se fijó en la jovencita —Por favor, asegúrate de que un médico atienda a este niña —Citera parpadeó, confundida —Es la hermana menor de su Excelencia —la mujer abrió la boca, sorprendida —Te lo explicaré más tarde, ahora ve.
—Como ordene, Majestad —tomó a la confundida chica de cabellera plateada de la mano y la condujo por el amplio pasillo.
Kakyuu regresó a la habitación y cerró la puerta. Miró a Heracles, expectante, pidiéndole una explicación. La sonrisa de felicidad que exhibía el rostro de su prometido la enterneció. Heracles se acercó a ella, la tomó de las manos y después la abrazó. Kakyuu sintió algo húmedo en su cuello y cuando se separó de él se dio cuenta de que estaba llorando. Pero aquellas no parecían lágrimas de tristeza.
—Heracles, ¿qué…?
—Te lo explicaré todo, siéntate, por favor.
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Nicolás, Andrew, Serenity y Selene fueron conducidos por Caronte hasta la biblioteca del palacio, donde Kakyuu ya los esperaba.
—Majestad —pronunció Andrew, al tiempo que los cuatro le dedicaban una reverencia.
—Mis amigos, por favor, dejemos la formalidad de lado —les hizo una seña para que se sentaran en unos cómodos sofás que estaban enfrente de ella —Es un placer recibirlos en Kinmoku. Hace tiempo que quería conocer a los famosos Caballeros Deimos y Fobos —se fijó entonces en las gemelas y se llevó ambas manos a la boca —¡Por todos los cielos!, ¿acaso estas niñas…? —Nicolás asintió con la cabeza y las chicas se quitaron las gorras que llevaban.
—Es un placer conocerla, Majestad, hemos escuchado mucho sobre usted. Mi nombre es Selene y mi hermana se llama Serenity —dijo Selene.
—¡Pero qué encantadoras jovencitas! —exclamó la reina, enternecida —¡Si son idénticas a sus padres! Son hermosas como su madre; estoy segura de que si Seiya hubiese tenido un hijo, sería tan apuesto como él.
—La verdad es que… —empezó Serenity, pero guardó silencio en cuando vio que Andrew y Nicolás negaban con la cabeza —Lo siento, no podemos…
—Entiendo que no puedan dar mucha información acerca del futuro, así que no haré preguntas innecesarias.
—Disculpe que le pregunte, Majestad —habló entonces Nicolás —pero, ¿cómo es que estaba enterada de nuestra llegada?
—Sí, la verdad es que pensamos que íbamos a tener muchos problemas para conseguir una audiencia con usted —continuó Andrew —Pero cuando aterrizamos en la frontera con Varuna nos encontramos con el señor Caronte quien pareció reconocernos al instante y nos guio hasta aquí. Me pareció increíble que dejara entrar al palacio a unos desconocidos.
—Recibimos una carta del actual líder de los Caballeros Solares, Apolo, con todos los detalles de la situación actual —contestó la reina —Sin embargo, su llegada es un secreto. Sólo Caronte, mi prometido y yo lo sabemos. Sabiendo que los seguidores del señor oscuro pueden estar en cualquier parte, tenemos que manejar información de esta índole con absoluta precaución. Apolo comentó en su carta que necesitaban mi ayuda en un asunto importante, mas no me dio detalles adicionales.
—Debe saber, Majestad, que viajamos al futuro en busca de un poder que nos ayude a hacerle frente a Despair y sus ejércitos —explicó Nicolás —Sin embargo, en la anterior batalla contra Ker y Némesis, parece que de alguna manera todas las entradas para viajar por el tiempo fueron selladas, excepto la que existe aquí, en Kinmoku.
—Pero, ¿por qué dejar abierta únicamente la puerta de Kinmoku? —preguntó una sorprendida Kakyuu —Además, ¿quién podría…?
—No estamos seguros, pero sólo existe una mujer en el ejército de Despair capaz de lograr tal hazaña —intervino Selene —Hestia, la estrella oscura de la desesperación. Con qué motivo lo hizo, es algo que no sabemos.
—En un principio pensamos que su objetivo era encerrar a Amaterasu e impedir que viajara de regreso a la tierra, incluso si derrotaba a Némesis —añadió Serenity —Pero si ese hubiese sido su objetivo real, entonces habría cerrado también la puerta de Kinmoku.
—A menos que quisiera traer a Amaterasu a Kinmoku —dijo Kakyuu —Aunque eso tampoco tendría demasiado sentido, a menos que… —la pelirroja hizo una pausa y se quedó pensativo —Pero, no es posible, ¿cómo podría saber Hestia que…?
—¿Majestad? —Kakyuu se sobresaltó en cuanto escuchó la voz de Andrew —¿Sucede algo?
—Es una tontería, es imposible que ella supiera que los viajes interplanetarios han sido prohibidos en Kinmoku —era como si ella hablara para sí misma —Aunque esa sería la única explicación con sentido en la que puedo pensar en este momento. Tal vez quería evitar que Amaterasu regresara a la tierra y…
—Disculpe que la interrumpa, Majestad, —la cortó Nicolás, tratando de sonar lo más educado posible —pero, ¿podría repetir eso? ¿Cómo es que los viajes interplanetarios han sido prohibidos en Kinmoku?
—Sí, mi prometido y yo hemos prohibido los viajes interplanetarios por tiempo indefinido —contestó la reina —Nadie puede salir o entrar en Kinmoku. En su caso, hemos hecho una excepción. Pero no se preocupen, estoy segura de que se sentirán a gusto en Kinmoku. Claro que la prohibición es temporal, así que…
—Un momento, un momento; —Serenity se puso de pie —disculpe mi rudeza, Majestad, pero no podemos quedarnos en Kinmoku por un "tiempo indefinido". Tenemos una misión que cumplir y debemos regresar a la tierra.
—Eso lo entiendo bien, querida, sin embargo, por más que quiera ayudarlos, no está en mis manos —contestó Kakyuu, con pesar —Mi prometido ha tomado la decisión más acertada para garantizar la seguridad de nuestro pueblo.
—¿Es su Excelencia Heracles quien ha sugerido la prohibición? —preguntó Selene, con un repentino dejo de temor en sus ojos azules. Kakyuu asintió con la cabeza —Ya veo, entonces es eso…
—Tío Nick, tío Andrew, tenemos que salir de Kinmoku lo antes posible —añadió Serenity, igual o más asustada que su hermana.
—¿Qué sucede? —preguntó una confundida Kakyuu. Serenity volvió a sentarse y se masajeó la sien.
—Lo lamento, creo que me he puesto algo ansiosa —dijo Serenity —Disculpe mi rudeza, Majestad, es sólo que… ¡tengo muchos deseos de ver a mamá y papá!, sí, es eso —rió nerviosa, insegura ante la mirada seria de Kakyuu.
—Lo entiendo perfectamente, cariño, no te preocupes —contestó la pelirroja —y de verdad me gustaría enviarlos a todos de regreso a la tierra, pero, como les comenté antes, es imposible en este momento.
—Majestad, disculpe mi atrevimiento, —intervino entonces Andrew —no sé si es posible saberlo, pero ¿ha pasado algo en Kinmoku, como para tomar esa medida tan rigurosa? —Kakyuu agachó la mirada y el rubio vio que la mujer clavaba las uñas en el sofá —No es necesario que responda, me disculpo nuevamente…
—Lo que sucede es que… es un tema algo… delicado. No es algo de lo que me enorgullezca. Después de todo, nadie puede sentirse bien ante una amenaza de golpe de estado.
—¿Ha dicho… golpe de estado? —repitió Selene. Kakyuu asintió con pesar.
—Supongo que ya han de estar al tanto acerca de nuestra organización interna, aquella conocida como la Brigada Real —los cuatro asintieron con la cabeza —Bien, aunque aún me cueste creerlo, les contaré lo que pasó.
"La Brigada Real siempre ha gozado de total independencia en sus acciones. Presentan reportes al palacio dos veces al mes y siempre han protegido nuestro planeta desde las sombras. Nosotros nunca hemos dudado de su lealtad hacia el reino, mucho menos de sus acciones o métodos. Sin embargo, el hecho de que la brigada actualmente tenga un líder tan joven, más aun siendo un varón, parece haber provocado cierto recelo dentro de la misma organización. Por eso estuvieron algo… inquietos. Aun sabiendo esto, no quise inmiscuirme en sus asuntos.
Pero entonces me di cuenta de que mantenerme completamente ajena a sus acciones no era conveniente, mi prometido me hizo verlo. Y, de no ser por él, probablemente no viviría en ese momento para contarles esto. Pronto nos dimos cuenta de que la brigada había enviado a un espía al palacio y también a la mansión de Heracles. Entonces, los guardias lo atraparon, luego se dirigieron a la mansión de la brigada y… y…"
En ese momento, las lágrimas provocaron que la voz de Kakyuu se quebrara. La reina pidió disculpas y se secó las lágrimas con un pañuelo blanco. Serenity y Selene se miraron de reojo e intercambiaron miradas cómplices que confundieron un poco a Nicolás y Andrew.
—Lo lamento mucho, esto es bastante difícil.
—No se preocupe, Majestad, si no desea hablar de esto… —empezó Serenity.
—No, no, hablar sobre esto sin duda me hará sentir mejor —dijo ella, suspirando profundamente antes de continuar —Bien, cuando el ejército llegó a la mansión, se dieron cuenta de que dos de los miembros de la brigada estaban planeando un golpe de estado. Los restantes miembros se opusieron, pero ellos… los traidores… los asesinaron… —en este momento, Kakyuu tuvo que volver a limpiarse las lágrimas.
—Todo eso, con el respeto que usted se merece, Majestad, me parece casi imposible de creer —dijo Selene —De todos los miembros de la brigada, no puedo pensar en ninguno que quisiera traicionarla.
—Cariño, eres un joven e inocente aún y…—Kakyuu dejó de hablar cuando se escucharon unos golpecitos en la puerta.
—Majestad, soy yo, Caronte —la reina pronunció un "adelante" y el hombre entró a la habitación —Disculpen la interrupción. Majestad, el ejecutor ha llegado y se solicita su presencia para iniciar con el juicio de los traidores, Hima-vat y Kena.
—Gracias, Caronte, en un momento…
—¡Imposible! —se escuchó en ese momento el grito de Serenity, que se había puesto de pie y miraba con gesto incrédulo a Caronte —¿Hima-vat y Kena los traidores? ¡Deben estar bromeando! Ellos jamás… —Selene le hizo un gesto con la mano para que guardara silencio y añadió:
—¿Qué quieren decir con "ejecutores"? La pena de muerte se abolió…
—Señorita, la pena de muerte ha sido reinstaurada en Kinmoku, como castigo a aquellos que osan traicionar a su Majestad y al reino —contestó Caronte, indignado con la actitud de las gemelas —Majestad, debemos irnos ya. Citera se encargará de atenderlos —añadió, mirando a los otros cuatro con gesto despectivo. En ese momento se escuchó la voz de Citera fuera de la habitación —Señores, señoritas, si tienen la bondad de retirarse…
La primera en levantarse fue una indignada Serenity, que pasó al lado de Caronte y lo golpeó en el hombro, dejándole este mensaje antes de abandonar la estancia:
—Hima-vat y Kena jamás traicionarían a Kinmoku.
Selene, Nicolás y Andrew siguieron a una encolerizada Serenity, que apremió a Citera para que los llevara lejos de Caronte. Mientras caminaban, Nicolás se acercó a Selene y le preguntó:
—¿Qué sucede con Serenity? ¿Por qué ha reaccionado de esa manera?
—Porque las personas a quienes mencionó Caronte no son los verdaderos traidores —contestó —La reina va a casarse pronto, ¿verdad? —el castaño asintió —Hay que detener esa boda, a como dé lugar.
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Bien, aquí se acaba el capítulo. El próximo capítulo estará dedicado completamente a Serena & Seiya.
