¡Hola!
Entre mi falta de inspiración y varios cortes de luz en estos últimos dos días… Bueno, no importa el capitulo ya está escrito.
Belle star: Siento un poco de vacio porque este fanfic está llegando a su fin. Es como ver a tu serie favorita acabarse. Y debería actualizar mi perfil, ya estoy por cumplir 23 años.
Steph: ¿Al N Team cada vez le va peor no? Maldita Marishka…
Milli: ¿Como estas, hermosa? Me siento halagada. Mi narración no es la mejor, pero es decente. Collins es el único OC varon que me encanta. E intento hacer varias historias, no solo enfocarme con los protagonistas. Y me encantaría que hagas un fanfic, por este rincón de Fanfiction hacen falta. Otra vez muchas gracias por seguir mi historia.
Capitulo veintinueve
El ataque al acorazado
—Por favor, Nicholas, no te pongas así.
Coco estaba sentada en la cama, al lado del almirante, quien solo miraba el suelo de madera de su camarote.
—¿Viste la… expresión de su carita? —murmuró, con la voz quebrada—. Jamás la he visto así, con tanto odio. Le va a romper el corazón a Neo.
La mano de Coco tomo la de N. Gin.
—Escúchame, Nicholas: ella ya lo sabía cuando vino aquí. No le revelaste nada… Pero admite que Neo fue muy malo al hacer lo que hizo.
—¿Crees que no lo sé? ¡El ya se arrepintió, no puede traerla a la vida!
—Aun así, el sigue siendo malo.
—Al igual que yo —termino la frase N. Gin. Su vista se perdió por unos momentos en la pared que tenía enfrente y luego prosiguió—. ¿Qué tan malvados somos en realidad? —la pregunta era más para sí mismo que para Coco. Al no obtener ninguna respuesta, siguió hablando—. El N Team nació para hacer el mal. Los cuatro tuvimos una mala vida y queríamos vengarnos del mundo dominándolo. Pero…
—¿Pero qué? —Coco lo miraba, atenta a cada una de sus palabras.
—Si fuéramos malvados, ni siquiera seriamos amigos. Neo practicamante adora a Nina; yo ni siquiera me imagino mi vida sin Collins… y sin ti —una débil sonrisa cruzó el rostro de la rubia—. Al final, no logramos nada.
—¿Aun quieres vengarte del mundo?
N. Gin se dio unos leves golpecitos en la parte metálica de la nariz.
—No lo sé —murmuró, pensativo—. No es fácil para mí tirar por la borda tantos años de rencor.
—¿Me guardas rencor, Nicholas? —la expresión de su rostro denotaba culpabilidad.
—No.
—Yo tampoco, ahora que te conozco.
N. Gin se levanto pesadamente de la cama.
—Sospecho que… el N Team ya no es lo que era cuando se fundó. Neo esta con Crash… —Coco puso una cara de desagrado—. No quieres acordarte de eso ¿verdad?
—No.
—Y en cuando al grandote ese…
—¿Crunch?
—Sí, ese —dijo—. Le gusta Nina. Hasta cenaron en tu casa.
Nina soltó un bufido.
—No me gusta Nina.
—Dale una oportunidad, como la que me has dado a mí.
—Es una mocosa insoportable.
—¿Y por eso te encerraste en tu cuarto, como una nenita malcriada?
—Lo hice porque no quería verla —insistió Coco, tercamente.
—A mí me aceptaste.
—Sí, pero eres… distinto.
N. Gin lanzó un suspiro de resignación.
—Dejémoslo ahí ¿Ok?
—Mejor.
N. Gin volvió a sentarse en la cama. Con mucha timidez, tomo la mano de ella apoyada sobre el acolchado azul marino.
—Cada vez hacemos menos cosas malvadas juntos —dijo el almirante, acariciando suavemente los dedos de la rubia.
—Entonces puede ser de que el N Team está destinado a morir —le respondió Coco.
—Pero el N Team es todo lo que tengo. Somos malos y eso es lo que hacemos
—Soy una de las buenas y le robé el Evolvo- Ray a Cortex —lo dijo en tono muy bajo, como si la avergonzara.
N. Gin se rio burlonamente en voz baja.
—Yo le robe dinero a mi padre. Mucho dinero. Así conseguí este hermoso barco que casi no abandono. El no pudo soportar esa perdida y se suicido.
—Bueno, pero…
—Y abandoné a mi hermano menor porque tenía celos de él. Eso es maldad. Lo tuyo solo fue una fechoría comparada con lo que hice yo o cualquiera del N Team. No puedo volver atrás.
Coco le acaricio la cara dulcemente
—No, pero puedes redimirte.
—Traficar es todo lo que sé.
—Pero… podrías hacer otras cosas, como por ejemplo ser un barco carguero.
N. Gin la miró como si hubieran insultado a su hijo.
—¿Y por qué no usas tu computadora de última generación solo para jugar al solitario? —se pasó una mano por el cabello, indignado—. Mi acorazado no va a ser un simple barco de carga. Hago tantas cosas legales como ilegales; las primeras tapan a las segundas. Y no es barato mantener este barco, créeme.
Coco le acaricio los regordetes dedos de la mano del almirante. No pudo evitar sonreír internamente. Jamás había pensado en N. Gin antes como novio ni nada por el estilo. Tenía muchos defectos, pero era bueno en el fondo. Apoyó la cabeza en el hombro, sin dejar de tocarle la mano.
—Coco… ¿Por qué estás conmigo? —soltó N. Gin de golpe, sin moverse
—Eres muy insistente.
—Hablo en serio.
—Me gustas, ¿ok?
—Sí pero… ¿somos novios, verdad?
—Sí, lo somos —N. Gin lanzó una risotada amarga—. ¿Qué te parece gracioso?
—Es que esta relación no va a durar mucho.
—Óyeme…
—Todo es muy bonito ahora, Coco. Pero un día ambos tendremos necesidades…
—No entiendo.
—Seré sincero: en algún momento, vas a querer tener sexo. Y, a la hora de la verdad, no vas a quererme ver desnudo.
Coco permaneció en silencio, bastante incómoda.
—¿Y sabes lo que vas a ver? A un tipo gordo, enano y con media cara destrozada.
Coco le palmeo la pierna.
—Yo no soy tan bonita… seguro que en el Moulin estas con chicas mucho más bonitas.
—¿Crees que las chicas en el Moulin se acercan a mi? —en ese momento tocaron a la puerta. Era Collins.
—Tu medicación —dijo, mirando a Coco con un poco de desconfianza.
—Me había olvidado —N. Gin abrió un cajón de su mesita de luz y agarró una pastilla blanca. Se la tomó sin agua—. Gracias, Collins.
Collins asintió con la cabeza y se marchó. N. Gin se quedó mirando la puerta por donde había salido y susurró:
—Mierda.
—¿Qué sucede, Nicholas?
—Me olvide de decirte… no estamos yendo a tu casa.
—¿Entonces?
—Estoy yendo a Ice Lab. No te preocupes, no me tardare mucho —Coco hizo un puchero con los labios—. De verdad, veré qué demonios quiere… ese del reloj…
—Tropy
—Si… Quiere que me reúna con él, no se para que…
En ese momento el barco se sacudió terriblemente, haciendo que ambos cayeron al suelo.
—¿Qué sucede? —preguntó Coco, asustada.
—No lo sé —N. Gin se aferró al borde de la cama y se levantó con dificultad—. Quédate aquí y ni se te ocurra salir.
—No —Coco se levanto de un salto—. Te acompaño.
—Por favor, no lo hagas. Quiero que estés a salvo.
—No soy una princesita inútil, Nicholas.
—Lo sé, pero tampoco eres miembro de mi tripulación.
Coco dio un paso adelante.
—Voy a ser más útil afuera que adentro.
N. Gin iba a responderle, pero la mirada furibunda de Coco lo acobardo.
—No te separes de mi —dijo por fin, tomándola del brazo y saliendo del camarote. Apenas habían caminado unos pocos pasos cuando uno de los marineros lo interceptó.
—¿Se encuentra bien, almirante?
—Si ¿Cómo está el barco?
—Fue tan solo una muy fuerte sacudida, pero no sabemos de dónde vino.
N. Gin siguió caminando, con pasos cada vez más largos, hasta llegar a la cabina, donde se encontraba Collins y un par de hombres más.
—La situación, Collins —le pidió a su segundo al mando. El aludido se paso la mano por la cabeza.
—El ataque fue por estribor. No fue un misil ni un torpedo. Los radares no detectaron nada.
Otra sacudida casi arrojo a todos al suelo de la cabina.
—Para que el radar no lo detecte… —comenzó a decir N. Gin, pero fue interrumpido por uno de los marineros.
—¡Las cámaras! —comenzó a decir—. ¡Vi algo en la pantalla!
Collins se dirigió a la computadora.
—¿En qué cámara la viste?
—Es la número dos.
Collins retrocedió unos segundos la grabación.
—¿Pero qué…? —dijo Collins, frunciendo el ceño. Retrocedió de vuelta el video y volvió a reproducirlo. Todos se pusieron detrás del segundo al mando. La cámara correspondía a una de las hélices del barco. Por un segundo vieron algo cruzar por delante del lente y Collins puso pausa.
—Parece un ser humano —dijo uno de los marineros.
—O una sirena —dijo otro.
—No existen las sirenas, idiota.
N. Gin no quería escuchar nada más. Giro sobre sus talones, dispuesto a marcharse.
—¿Adónde vas? —le preguntó Coco.
—No voy a dejar que cualquier idiota ataque mi barco. Voy a tomar el mini submarino y a acabar con esa cosa.
—¡No! ¡No lo va a hacer! —gritó Collins, tomándolo del brazo.
—¡Yo soy el almirante!
—¡Y yo su enfermero! ¡Tengo toda la maldita autoridad para encerrarlo en su camarote, si digo que no está apto para salir a atacarlo!
N. Gin clavo sus ojos en Collins con furia. Una mirada solo reservada para sus enemigos.
—Estoy perfectamente apto
—Fui contratado para protegerlo.
—Entonces estas despedido, Collins. Enciérrenlo en el calabozo —ordeno a sus marineros, quienes no se movieron—. ¡Obedezcan!
—No voy a permitir que le suceda algo, almirante. Por favor, hágame caso.
—¡No soy un inútil!
—¡Déjeme que lo ayude entonces! —Collins apoyó sus manos en los hombros de N. Gin— ¡Somos un equipo!
El almirante se mordió el labio.
—¿Qué sugieres?
—Para empezar, utilizar tan solo las armas de menor calibre y no gastar munición en vano. Solo cuando estemos seguros de poder dispararle. Y solo dos personas pueden entrar en el mini submarino.
Todos se quedaron callados, solo interrumpidos por una nueva sacudida.
—Nicholas y yo —dijo Coco por fin.
—No —dijo Collins. Una vena le palpitaba en la sien.
—Alguien tiene que hacerse cargo del acorazado.
—¿Qué sabes tú de armamentos?
—Se bastante.
—Ella tiene razón —se metió N. Gin—. Yo diseñé el mini submarino, se manejarlo y tú te quedas en el acorazado.
—Usted no puede manejarlo porque… —la voz del segundo al mando se apagó.
—¡Dilo, James! ¿Crees que soy un inútil? ¡Pues prefiero morir luchando por este barco al que le dedique la mitad de mi vida antes que quedarme aquí de brazos cruzados! ¡Voy a meterme ahí dentro y tú te quedas aquí! ¡Es una orden!
Collins apretó los dientes con furia, pero después de unos segundos desvió la mirada.
—Cuídense —dijo, casi en un susurro. N. Gin se acercó y lo abrazo con fuerza.
—Buen chico. Volveré ¿Ok? Confía en mí.
—Sí, almirante.
—Vámonos —le dijo a Coco y salieron de la cabina.
Collins miró a los dos marineros.
—Yo doy las órdenes ahora —dijo—. Díganle a todos que utilicen solo la artillería de menor calibre y de que el almirante usará el mini submarino.
Los marineros se fueron y Collins se quedo solo, frotándose los ojos para evitar que le saltaran las lágrimas. Se sentó en la silla, mordiéndose levemente el labio. Cuando una sacudida más casi lo tiro de su asiento, Collins se llevó la mano al cuello y sacó un rosario que le había regalado su madre. A pesar que no pensaba en Dios desde hacía años, apretó el crucifijo y comenzó a rezar, con la vista fija en las cámaras
