—¿A dónde crees que vas? —Cuestionó divertida la chica a sabiendas de que el varón estaba por detener la llamada.
—¿A dónde va a ser? —Respondió rápidamente —A comprar algo para tu padre, claro está.
—Pero te acabo de decir que no es necesario.
—¿Qué crees que sea mejor? ¿Un pastel de limón o una tarta tatin? —Había ignorado la voz de la chica por pura sorna.
—Adrien...
—Pero que digo, ¡tu padre tiene una pastelería!
—¿Quieres calmarte un segundo por favor? —Le pidió sin notar que le estaba tomando el pelo —No es necesario que le regales nada, el sólo quiere que estés ahí y ya está.
—Pero...
—Nada de peros.
—Pero...
—¡Ah-ah! —Adrien no pudo evitar reír.
—Bien, bien.
—¿Crees que puedas asistir?
—No me lo perdería por nada del mundo, Mari.
—Bien, te dejo continuar con tus actividades de modelo, debo ayudar en la panadería.
—Claro, ¿una campaña en la noche?
—Por supuesto.
La llamada se cortó súbitamente, Adrien acomodó la cabeza sobre su almohada y suspiró.
Marinette lo hacía feliz, una y otra vez.
Había estado ciego como para no notarlo antes, a la chica dulce que se sentaba detrás de él, que le había brindado su amistad y que no sabía que lo había enamorándolo.
Deseaba decírselo, pero aún no sabía cómo.
Ella se merecía una declaración de película. Con velas, violines y la luz de la luna. Donde Marinette utilizaría el collar de mariposa que había tardado tanto en elegir para ella y él portaría la bufanda azul, a sabiendas de que era un regalo de su parte.
Pidiéndoselo con las palabras más dulces que pudieran existir, aquellas que solo salen de un corazón enamorado.
Pero él no podía hacerlo, pues no era perfecto.
En una situación así se sentiría incómodo, porque solo estaría actuando como el chico perfecto que sale en las revistas.
Y aunque estaba seguro de tener las palabras adecuadas, estas no saldrían de su boca por el miedo a arruinarlo todo. Después de todo ya había conseguido una vez.
Marinette merecía algo real, duradero y seguro.
Por primera vez sentía que no estaba a la altura de las circunstancias, cosa extraña si consideraba la exigente agenda que solía tener.
También estaba lo otro, ¿qué pasaba si ella no sentía lo mismo? Con Ladybug no le había molestado la idea de ser rechazado, pues creía fervientemente que al final terminarían juntos, como en un cuento infantil. Ahora con dificultad pensaba en ella fuera de un ataque akuma.
Suspiro con desgano. Quizás Plagg tenía razón y solo estaba complicando las cosas, o quizás eran las circunstancias las que simple y llanamente eran incomprensibles.
Intentó dejar de pensar en eso al tiempo que se sentaba frente a la computadora y se dedicaba a buscar. Estaba seguro de que el regalo para el señor Dupain sería fácil de elegir, pues ya tenía algo en mente para él.
La semana pasó sin complicaciones de ningún tipo, dejándolo el día acordado en casa de Mariinette para disfrutar de la comida de la señora Cheng.
—Eso no puede ser en serio —Objetó Tom que cubría su boca con su mano, intentando así retener una carcajada.
—¿Y cómo hicieron para reencontrarse? —Cuestiono Sabine mientras veía con desaprobación a su hija.
—Mamá, era un concierto y estábamos rodeados de personas, era lógico que eso pasara.
Y era cierto, las personas saltaban, se empujaban y coreaban a gritos las canciones de sus artistas favoritos, en especial cuando se trataba de un concierto de rock.
—Yo no me lo esperaba, aunque fuera algo lógico —Aceptó Adrien un poco avergonzado.
Aceptar que se había visto atrapado entre las personas a su alrededor, sin ser capaz de tocar el suelo y sin escapatoria alguna era, sin dudas, algo complicado.
—¿Y qué paso después? —Se apresuró el mayor a preguntar.
—Nino atravesó la barrera de seguridad y empezó a gritar nuestros nombres. Las personas nos llevaron hasta él... no sé cómo fue que los de seguridad no nos detuvieron.
—Quizás vieron la cara llena de pánico de Nino porque no nos encontraba —Atinó a decir Marinette.
—Puede ser.
—Mi cielo, ¿podrías ayudarme a servir el postre? —Preguntó la mujer que movía la cabeza negativamente al tiempo que sonreía por la pequeña anécdota.
—¡Claro mamá!
Las féminas se alejaron del comedor, dándole a Adrien la oportunidad de darle su obsequio al señor Dupain, olvidándose de sus lecciones de etiqueta se levantó abruptamente y se dirigió a la sala donde había dejado olvidada su mochila. Todo bajo la mirada confundida de Tom que rápidamente cambió por una de asombro cuando el rubio le extendió una caja rectangular de envoltorio azul.
—Esto es para usted señor Dupain —El mayor tomó el regalo, intercambiando su vista entre el objeto y el chico rubio.
—¿Puedo..? —Una sonrisa decoró su rostro al entender que se trataba de un regalo, su expresión era casi infantil según el chico.
—Por supuesto.
El panadero abrió con impaciencia el regalo, observando con dulzura el objeto que ahora descansaba entre sus manos.
—¿De dónde sacaste esto? —Preguntó mientras observaba el portarretratos de madera con una fotografía.
—De una de las clases que impartió en el Colegio.
En la fotografía podía verse a padre e hija. Con Tom batiendo una mezcla líquida y Marinette con un bowl lleno de claras de huevo a punto de nieve, listas para que su padre continuara la explicación. Ella llena de dicha al poder ayudar a su padre y él mirándola con cariño, sonriendo.
—Es perfecta hijo, gracias —El señor Dupain se levantó de su asiento, ofreciéndole su mano al joven modelo que aceptó gustoso, todo para culminar con un efusivo abrazo.
La muestra de afecto tomó desprevenido al adolescente que no tardó en corresponderlo, asombrado por la fuerza del hombre.
—Solo quería agradecer todo lo que han hecho por mí.
—Haces feliz a mi hija, no necesitamos nada más.
Ninguno de los dos lo dijo, pero ambos esperaban que siguiera siendo así.
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