Capítulo 29:
Jane aparcó en la acera libre frente a la comisaria y se quedó dentro con el motor encendido. Ni loca se arriesgaba a entrar a buscar a Frost, con la suerte que tenía, seguro que la grúa pasaba justo por al lado y se volvía a quedar sin coche.
Cuando vio la familiar figura de su compañero bajando las escaleras de la entrada, en vaqueros y la camiseta de un equipo de baloncesto, hizo sonar dos veces el claxon y sacó una mano por la ventana para que la reconociera. El detective se acercó al Alfa Romeo con los ojos abiertos como platos.
- ¿Necesitas un babero? – le preguntó la morena a modo de saludo.
- Ja ja ja – replicó Frost con sequedad, poniéndose el cinturón. - ¿A quién se lo has confiscado en nombre de la ley?
- Un conocido de la infancia – dijo escuetamente. Lo último que necesitaba era recordar todo lo que había pasado con Giovanni.
Se incorporó al tráfico con facilidad, sus pies descalzos presionando el acelerador cuando el semáforo se puso en verde. Llevaba los tacones en el asiento trasero y pensaba esperar al máximo para ponérselos porque eran preciosos pero matadores para sus pies desacostumbrados. Estaba segura de que Maura no tendría problema alguno en pasarse todo el día subida a ellos, mientras que Jane, tras una hora, tenía que quitárselos porque no aguantaba más.
Lo que se le había ocurrido era entrar en Charlestown de incógnito para que nadie les reconociera como policías y pudiera ir corriendo a dar el chivatazo a sus jefes. Jane no buscaba guerra con la mafia irlandesa, no pretendía volver a las andadas de hace cincuenta años, donde los tiroteos por ambas partes eran constantes y no les preocupan las vidas inocentes que estuvieran en medio. Solo necesitaba que le pasaran un mensaje a Doyle, y dado que este se empeñaba en permanecer en paradero desconocido, era la única alternativa. De ahí que tuviera unos tacones que no soportaba en el asiento trasero, al igual que, al pasar por su casa antes de ir a buscar a Frost, se había cambiado el traje por una falda diminuta y una camiseta semi transparente que dejaba ver el sujetador negro que llevaba debajo.
Todo fuera para pillar a su asesino.
Jane se giró hacia su extrañamente callado compañero aprovechando un semáforo en rojo. Barry iba mirando hacia la ventana con expresión pensativa.
- Un dólar por tus pensamientos – habló la morena.
- ¿Mmmhh? – inquirió él, despegando la mirada del paisaje y enfocándola en la detective.
- ¿Pasa algo? Estás demasiado silencioso.
El joven se encogió de hombros para quitarle importancia al asunto pero Jane esperó pacientemente. Le conocía lo suficiente como para saber que algo le estaba rondando por la cabeza y que, si no se lo decía ahora, se lo diría en otro momento. Debía demostrarle que ella también estaba ahí para él si lo necesitaba, aunque solo fuera por todas las veces que él había hecho lo mismo por ella.
- Es solo que… - empezó a decir Frost, cortándose a la mitad y frunciendo el ceño. Buscó las palabras adecuadas, la cabeza reposando en un brazo doblado contra la ventanilla abierta de par en par. – Estaba pensando en lo mucho que ha cambiado todo este último año.
- ¿Todo?
- Mi vida en general – volvió a encogerse de hombros. – Hace tres meses, cuando Alice me dejó no lograba comprender a qué venía esa decisión tan repentina. Quiero decir… – se apresuró a explicarse mejor. – Éramos felices. Yo era feliz, y automáticamente asumí que ella también, ¿sabes? Sin embargo, ella me reprochó que desde que había entrado en Homicidios ya no era igual.
- ¿Vuestra relación o tú? – inquirió Jane para seguir bien lo que su amigo quería decirle.
- Ambas. El despertarse a horas anormales para ir a una escena del crimen, trabajar hasta tarde, nuevos compañeros, estar rodeado de tanta muerte… Por lo menos Alice decía que era eso lo que me había cambiado.
- Yo no te conocía personalmente de antes así que no puedo opinar… ¿Pero tú qué crees?
- Que no – sacudió la cabeza como para darle más fuerza a su negación. – Tengo la impresión de que he estado reprimido durante toda mi vida y que esto es lo que me faltaba para ser yo mismo.
- ¿Sabes que acabas de sonar como un gay recién salido del armario? – se burló Jane con una sonrisa torcida.
Frost le dio un puñetazo en el hombro, suave pero firme.
- ¡Ey! – se quejó ella.
- Rizzoli, estoy tratando de tener un momento, ¿vale?, no lo arruines con tus tonterías – bromeó él. Su pretensión de parecer serio falló cuando una gran sonrisa se abrió paso por su rostro.
- Vale, vale, ya me centro – rio la detective. – Lo habías dejado en que eres tú mismo por fin, sigue, por favor, alteza – giró una mano en el aire como si estuviera haciendo una reverencia.
- El caso… Puede que lo de los cadáveres lo lleve un poco mal – soltó una carcajada cuando vio el asentimiento de su compañera y su expresión de "pues un poco sí". – Y lo de las bromas también – Jane volvió a darle la razón. – Pero… ¿Nunca te has levantado una mañana y al salir a la calle, verte rodeado de tanta gente, tanta vida, y te has sentido un poco orgulloso al pensar que tú contribuyes a que las personas puedan caminar con tanta tranquilidad, a que se sientan seguras? – Frost no esperó a que la morena contestara para seguir. Había cogido carrerilla y no iba a parar ahora. – O incluso sin ser tan positivo, encontrarte con una persona en una tienda y ver todas las cosas que trata de ocultarle a los demás con tanta claridad como si lo llevara escrito en la frente. Sí, a veces se hace duro, muy duro, hay veces que cuesta levantarse por la mañana y pegarse una sonrisa en la cara; sin embargo, día tras día me asombra la crueldad y la compasión humana, nuestra inmensa capacidad de matar y consolarlos mutuamente aunque nunca hayamos hablado en la vida. Además, se me ha dado la oportunidad de conocer a gente asombrosa. Por ejemplo, la primera vez que vi a Korsak me pregunté cómo una persona puede correr tan rápido con semejante barriga.
Jane soltó una carcajada, totalmente cogida por sorpresa. Estaban teniendo una conversación seria, no se esperaba una broma. Su compañero sonrió, complacido, y se repantigó en el asiento del copiloto mientras esperaba a que la detective fuera capaz de parar.
- Y Cavanaugh, que con esa pinta de bulldog rabioso que tiene, luego resulta que es un trozo de pan… La Doctora Isles, nunca había conocido a alguien que pudiera hacer que una autopsia pareciera un pase de modelos, o lograr que el nombre de una bacteria suene sexy. - Una sonrisa orgullosa se dibujó en el rostro de la morena sin que ella pudiera evitarlo. – O tú.
La sonrisa desapareció bruscamente y Jane apretó instintivamente los dedos sobre el volante hasta que se le pusieron los nudillos blancos. Esperó a por el típico discursito que le habían dado innumerables veces: "Es admirable que con todo lo que has pasado sigas trabajando en Homicidios"; o también lo de: "Las cicatrices de tus manos lo único que demuestran es que eres una luchadora".
Sin embargo, Frost no mencionó nada del ataque de Hoyt, para su sorpresa.
- Cuando me enteré de que mi compañera iba a ser nada más y nada menos que Jane Rizzoli, la primera mujer en convertirse en detective tan joven y con semejantes resultados, la que tenía la cuota más alta de casos resueltos, la que llevaba soportando putadas de los demás años y nunca se había quejado… Tuve miedo. Tuve miedo porque yo era un simple chaval al que habían tenido recluido exclusivamente al departamento informático. ¿Cómo iba a poder mantenerme a la altura? Recuerdo que cuando te conocí temblaba más que un flan. Te ofrecí la mano para estrechártela y tú la ignoraste rotundamente, y pensé que ya la había cagado para siempre.
- No era por ti, lo sabes, ¿no? – murmuró Jane con el ceño fruncido.
Ella también se acordaba. Barry había tendido su mano cuando les habían presentado pero ella no era capaz de mirarse las palmas sin sentir náuseas, mucho menos dejar que los demás las tocaran, de forma que le había lanzado una mirada fría y le había dado la espalda para caminar hasta su mesa.
- Entonces te sentaste en tu silla, reclinaste el respaldo, te giraste para mirarme como si fuera estúpido…
- Y te dije: "¿piensas quedarte ahí parado todo el día?" – continuó la detective con la sombra de una sonrisa.
- Al terminar el día me invitaste a tomar una cerveza en el Dirty Robber, esa llevó a otra y luego a otra.
- Hablamos bastante esa noche – rememoró Jane.
- Fue ahí cuando tuve la sensación de haber conocido verdaderamente a la mítica Jane Rizzoli.
La morena agradeció ir conduciendo porque si hubiera sido ella la copiloto no habría sabido qué hacer con sus manos. Apretó el volante y mantuvo los ojos pegados en la carretera, incapaz de enfrentarse a su compañero en ese momento.
Frost carraspeó, rompiendo la tensión.
- De modo que cuando Alice me dejó hace tres meses con la explicación de que sentía que ya no me conocía, que estaba viviendo con un hombre diferente del que se había enamorado… No lo pillaba. Yo me sentía igual, la gente que me conocía me trataba de la misma forma, así que ¿por qué decía que había cambiado? Me costó comprender que a ella le gustaba una faceta mía, no todo yo en sí.
Se hizo el silencio un instante en el coche, solo se escuchaba el zumbido del motor y el aire entrando a raudales por las ventanillas bajadas.
- ¿Tú qué opinas?
- Que creo que no le atrajiste precisamente por tu capacidad de síntesis – le picó Jane. - La próxima vez que te pregunte si te pasa algo, avísame de que me vas a contar la biblia en verso antes de responder – Se ganó otro manotazo en el brazo por parte de su amigo, flojo porque este se estaba riendo y no fue capaz de reunir fuerza. - ¡Oye, ya es el segundo!
- Va, ahora en serio – le pidió Frost.
- A ver, yo no soy una experta en las reflexiones filosóficas de este rollo – advirtió la morena con seriedad. – Menos aún si son sobre otra persona. Mi opinión es que si tú sientes que ahora eres tú mismo y Alice te dejó por eso, pues que le den. No sabe lo que se está perdiendo. Si te referías a qué opino sobre lo que dijiste sobre mí, pues no te puedo decir porque solo escuché "blablablá Jane es guapísima blablablá una detective tremenda blablablá fuerte y valerosa blablablá".
Esta vez estaba preparada y esquivó el golpe de su compañero con facilidad, ambos riéndose. No hacía falta que le dijera que le había emocionado lo que había dicho sobre ella porque Barry ya lo sabía, y Jane no era del tipo que dejan caer sus barreras y confiesan sus sentimientos así porque sí.
La detective prestó más atención a su alrededor cuando llegaron a una calle que desembocaba en el puerto. Frenó con algo de brusquedad y apagó el motor del Alfa Romeo, pero no hizo gesto alguno para salir del coche. Localizó el muelle ocho al fondo de la dársena.
- ¿Cuál es nuestra tapadera? – preguntó Frost, completamente concentrado en la misión, su conversación anterior olvidada.
- Martínez me dijo que no tienen seguridad o un puesto de control al que debas acudir para entrar en un muelle así que no deberíamos necesitarla, pero, por si nos escuchan, vamos a organizar una fiesta en el yate de tu papi sin su permiso, obviamente.
- Muy adecuado, teniendo en cuenta que mi padre está en la marina – comentó el joven.
- Lo sé – sonrió con orgullo mientras se calzaba los tacones.
Bajaron del coche, charlando en voz más alta de lo necesario sobre cómo iban a decorar el yate, las bebidas que iban a comprar y a quiénes habían invitado a la fiesta. Como había predicho el detective de Narcóticos, nadie salió de la garita abandonada ni les pidió explicaciones por su presencia.
Fueron contando los números pintados en la madera del muelle, medio borrados por el salitre y el roce de las amarras de los barcos hasta llegar al indicado. Si esperaban una embarcación lujosa, quedaron algo decepcionados al encontrarse con un navío medio oxidado, con la pintura desconchada, que parecía un milagro que siguiera a flote. Era pequeño, con la superficie llena de cuerdas deshilachadas y todo tipo de porquería, incluidas botellas vacías de Vodka.
Frost saltó del muelle a la nave y Jane maldijo no poder seguirle. No le daba seguridad dejarle allí solo. Escuchó un juramento ahogado y cuando el detective reapareció por las escaleras que llevaban al interior del barco, llevaba colgado a la espalda como un saco de patatas a un hombre.
- Mierda, ¿está muerto? – preguntó la morena.
Su compañero negó con la cabeza y lo dejó caer en la superficie de madera junto a Jane. Esta se agachó y colocó dos dedos en el cuello del hombre inconsciente. Tenía pulso. Dejó escapar un suspiro y se giró justo cuando Frost terminaba de trepar al muelle.
- Ya sabemos quién gastó todas esas botellas – hizo un gesto hacia los restos que había esparcidos por la cubierta.
La detective resopló. Sin ningún miramiento, abofeteó la cara del hombre varias veces.
- ¡Murphy! – le llamó.
El aludido gimió y guiñó los ojos, tapándose el rostro del sol. Rodó sobre un lado y siguió roncando hasta que Jane le sacudió con brusquedad.
- ¿É? – espetó, sonando como el final de una palabra.
- ¿John Murphy? – le preguntó la morena.
- Í.
La detective le hizo una señal a Frost y este volcó un cubo que había llenado de agua de mar sobre la figura tumbada del irlandés.
- ¡Cagoentó! – maldijo Murphy incorporándose bruscamente, su ropa chorreando.
- Necesito que le des un mensaje a Paddy Doyle – ordenó Jane sin ofrecerle la posibilidad de negarse.
- ¿Y é te hace pensar e yo le cono'co?
- Simplemente lo sé. Ahora, escucha atentamente: dile que se reúna conmigo esta noche donde la última vez. ¿Lo has pillado?
- Í.
- Repítelo.
- E'ta noche onde la última ve'.
- Bien – con ayuda de Frost, le levantaron por las solapas de la sucia y empapada gabardina que llevaba puesta. Murphy se tambaleó sobre sus pies antes de encontrar el equilibrio y mecerse tranquilamente como si todavía estuviera a bordo de su barco. – Hala, ¡vete!
Asintió y trastabilló por el muelle.
- ¿Crees que va a llegar sano y salvo hasta donde esté Paddy Doyle? – preguntó el detective.
- Crucemos dedos – replicó Jane con una mueca y pocas esperanzas.
- R&I –
Eran las ocho de la noche y lo único que Jane y Maura podían oír era el crujir de las ramas de los árboles al ser mecidas por la brisa caliente.
La forense estaba semi sentada sobre el capó del coche, los brazos firmemente cruzados sobre el pecho, todavía vestida con los mismos pantalones, botas y blusa que había llevado por la mañana. Cuando se enteró de que Jane tenía planeado encontrarse con su padre por la noche a sus espaldas se había molestado. La detective no había contado con ella, ni siquiera había sido quien se lo había dicho, Maura lo había escuchado sin querer al ir a buscarla para cenar a la salida del trabajo.
Las luces del Alfa Romeo estaban encendidas y eran lo único que iluminaba el claro. La morena estaba sentada en el asiento del conductor con las piernas hacia fuera, la puerta abierta, los codos sobre los muslos. Su pie izquierdo golpeaba el suelo impacientemente mientras veía cómo los segundos pasaban en el reloj y nadie llegaba.
Comenzó a temer que John Murphy se hubiera caído al mar y el mensaje nunca hubiera llegado a oídos del líder de la mafia irlandesa. Giró la cabeza para ver a Maura a través del parabrisas del coche. La forense seguía enfadada con ella. En su defensa, no lo había hecho adrede. Había muchas variables sobre cómo podía salir esa reunión y Jane tenía poco control sobre ellas. Eso la estresaba.
Se había vuelto a poner su traje, la pistola un peso tranquilizador en su cadera, lo único que le aportaba un poco de calma. Volvió a mirar a la rubia y se le ocurrió que por qué no utilizar ese tiempo para disculparse. Con un suspiro, salió del interior del coche y cerró la puerta tras ella para no gastar más batería de la necesaria.
- Maur – llamó suavemente.
La forense no se giró, no hizo gesto alguno, continuó rígida contra el capó.
- Maur, venga, al menos mírame para que pueda pedirte perdón sin sentir que estoy hablando con las paredes – pidió con una ligera súplica.
La rubia al final se rindió y clavó sus penetrantes ojos verde avellana en los marrones de la detective. Esta cogió aire.
- Lo siento mucho, ¿vale? No pensé que quisieras venir, por eso no te dije nada. Cuando te enteraste de que Doyle era tu padre estabas tan afectada que nunca se me habría ocurrido que quisieras volver a verle en tu vida.
Maura no dijo nada pero Jane pudo ver como la tensión de su cuerpo se disipaba un poco. Bien, por lo menos ha comprendido mi punto de vista, pensó.
- Pero hay otra razón, ¿verdad? – habló por fin la forense, escrutando a la detective y captando el medio paso que esta dio hacia atrás, sorprendida, defensiva. – Hay algo que no me estás contando.
Sabiéndose pillada, la detective se dijo que ya era una tontería mantenerlo en secreto. Suspiró larga y sentidamente.
- Sospecho que uno de sus hombres le traicionó y se compinchó con Gallagad – confesó con voz queda, la cabeza gacha, los pulgares moviéndose nerviosamente en las hebillas del pantalón donde los tenía enganchados.
- No entiendo qué tiene eso que ver con que no me quieras aquí – contestó Maura, confundida.
- No sé cómo va a reaccionar cuando se lo diga. No tengo pruebas de modo que, o él también lo sospecha y me ayuda a descubrir quién es, o se vuelve loco y me mata por mentir. O el traidor se vuelve loco y me mata por descubrirle – Jane alzó la cabeza de golpe y agarró las manos de la forense con fuerza. – No quiero que te hagan daño por mi culpa.
El resto del enfado de la rubia se disipó con rapidez. Tiró de sus manos unidas hasta chocar contra el firme cuerpo de la detective y apoyar la frente en su hombro.
- Siento haberme enfadado por esta tontería – murmuró contra la tela de la americana de la morena.
Ella sacudió la cabeza sin aceptar las disculpas.
- Fue culpa mía por no decírtelo desde un principio.
Justo ese momento, unas potentes luces LED alumbraron el claro en forma curvada y se oyó el crujido de la grava bajo las ruedas de un todoterreno. El vehículo frenó a unos metros de distancia del Alfa Romeo de ambas mujeres y las cuatro puertas se abrieron al unísono.
Cinco pares de pies aterrizaron sobre la nube de polvo creada por el coche. En cuanto salieron de la protección que les proporcionaban las puertas abiertas, Jane hizo un rápido análisis de la situación en caso de que la charla se torciera. No pintaba bien, pero habiendo previsto que Doyle traería refuerzos, había dejado a LUKNHOT aparcado cerca de la línea de árboles para poner a Maura a salvo.
Ambas amigas, que se habían separado al ver los faros del SUV, caminaron hacia un terreno neutral. El líder de la mafia irlandesa y otro hombre hicieron lo mismo, y cuando estuvieron parados frente a ellas, Jane lo reconoció como Connor, el que había protestado tanto la primera vez.
- Espero que esto merezca la pena, Detective – dijo Doyle con voz fría, tirándose de los puños de la camisa. Esta vez, llevaba un traje negro con corbata y zapatos de vestir. – No puedo dejar todo tirado cada vez que me llamas.
- Lo que tengo que decir es de tu interés, créeme – replicó la morena sin apabullarse.
La atención del mafioso pareció recaer por primera vez en la figura rubia semi oculta tras Jane.
- ¿Cómo estás, Maura? – inquirió él como quien pregunta qué tiempo hace.
- Bien – Seca. Fría. Distante. Con una sola palabra, la forense dio a entender todo lo contrario.
- Habla, Detective – ordenó Paddy.
- A solas – pidió Jane.
El hombre sacudió la cabeza pero aceptó e hizo un gesto con la mano. Connor frunció el ceño.
- Pero… - protestó.
Paddy se giró y le lanzó una mirada fulminante que daba a entender que aquel no era la primera vez que tenía problemas con la obediencia del joven. Este reculó hasta volver junto al coche y los otros tres matones. Cuando fueron solo ellos, Doyle arqueó una ceja, a la espera.
- ¿Le reconoces? – preguntó Jane sacando una foto del bolsillo interior de su americana y girándola para que el mafioso pudiera verla sin problemas.
- ¿Debería? – contestó él con aburrimiento.
- Quizá le recuerdes más joven – Una foto nueva, y esta vez la detective vio el reconocimiento cruzar como un flash por el rostro del hombre frente a ellas. – Kevin Gallagad atacó a Maura hace un par de noches.
Paddy no dijo nada, tampoco hizo ningún gesto, pero la mirada fugaz que le lanzó a la forense fue suficiente para mostrar que no se esperaba aquello.
- ¿Y qué tiene eso que ver conmigo?
- Vamos, Doyle, sé honesto de una vez. Sé que te enteraste de que fue él quien mató a O'Rourke por celos o para evitar que fueras tú el sucesor. Sé que pusiste precio a su cabeza. También sé que él te engañó con ayuda de alguien para hacerte creer que estaba muerto.
- Sabes muchas cosas, Detective, pero ¿tienes alguna prueba?
- Esperaba que tú me las dieras – contestó Jane con sinceridad.
- ¿Ah, sí? – rio él. - ¿Por qué haría yo eso?
- Los mafiosos tienen en muy alta estima la lealtad – intervino Maura por primera vez en la conversación, dando un paso al frente y saliendo de la protección que le proporcionaba la espalda de la morena. – No te sentó bien que Gallagad traicionara a O'Rourke, y no creo que tampoco te sentara bien saber que alguien de tu familia le ayudó.
Para su crédito, la forense logró que Doyle frunciera el ceño y se pusiera a la defensiva en su postura corporal. Un pie atrás, el cuerpo semi girado, la cabeza ladeada; todo decía a gritos que Maura estaba metiendo el dedo en una herida todavía sin curar.
Jane reprimió la oleada de orgullo que casi le nubla los sentidos y se centró en la realidad.
- ¿Quién no quería que ambos bandos se fusionaran? – presionó. - ¿A quién no le beneficiaba que ambos bandos se unieran? Alguien que tuviera mucho odio hacia el otro clan, o que fuera a perder la oportunidad de acced…
La detective dejó que sus palabras perdieran voz cuando una bombilla se iluminó en su cabeza. ¡Todo encajaba!
Maura miró intermitentemente a la morena y a su padre, viendo la misma expresión de descubrimiento en sus rostros. Frunció el ceño, ella no tenía la capacidad de deducción que tenían ellos, básicamente porque no creía en las conclusiones a las que se llegaba. Sin embargo, en ese momento lamentó no haberla ejercitado más.
- ¿Qué? – preguntó en un susurro a la detective.
Jane se giró hacia ella y fue a abrir la boca cuando Doyle giró bruscamente sobre sus talones, la mano metida tras la americana de su traje. Cuando la sacó, una Glock relució bajo los faros de los coches.
La morena reaccionó con rapidez y empujó a Maura tras ella, reculando paso a paso hacia el Alfa Romeo.
- ¡Tú! – gritó el mafioso con toda la fuerza de sus pulmones.
Connor palideció y usó a uno de los otros matones como escudo cuando Paddy apretó el gatillo. Los ojos del guarda se abrieron como platos, sus manos en el estómago. Al retirarlas, incluso desde la distancia a la que se encontraban Jane y Maura se podía ver el rojo brillante manchando sus palmas. Cayó de rodillas, la sangre saliendo a borbotones por su boca mientras trataba de decir algo.
El otro guarda trató de disparar al que hasta hacía unos segundos consideraba su compañero pero este se le adelantó. El eco de otro disparo resonó por el claro y el hombre cayó como un saco de patatas al suelo sin oponer más resistencia. Doyle había vaciado su cargador y no había acertado al joven ni una sola vez, oculto tras el coche, de modo que se agachó y le arrancó el arma a uno de los muertos sin miramientos.
Jane aprovechó que los dos estaban ocupados tratando de matarse mutuamente para arrastrar a la forense hacia el Alfa Romeo. Se metió en el lado del conductor y arrancó, pisando el acelerador hasta el fondo. Escucharon tres disparos más y el motor del SUV volviendo a la vista, pero ninguna de las dos se molestó en girarse para averiguar quién había ganado.
En vez de ir por la carretera principal, la detective se metió por uno de los caminos de arena que discurrían entre los espesos árboles. Cuando una bala estalló una de sus luces traseras, ambas compartieron una mirada angustiada. Si les estaba disparando, eso significaba que…
- Paddy - murmuró Maura entre la desolación y el terror.
Jane aceleró más y giró bruscamente para cambiar de camino en un cruce mal señalado. Atravesaron unos matorrales y el coche dio un brusco salto antes de tocar tierra otra vez. Giró el volante para no comerse un tronco, pero el retrovisor izquierdo no tuvo tanta suerte y el árbol lo arrancó de cuajo con un sonido que les heló la sangre en las venas.
Otro disparo rompió en pedacitos el cristal trasero.
- Agáchate – ordenó a la forense.
Sacó su Glock de la funda y se giró en un tramo recto para lanzar un par de disparos. El SUV dio un volantazo que le sacó del camino temporalmente y Jane aprovechó para meterse entre los árboles. Tras varios sustos por troncos que aparecían de golpe en el medio, lograron encontrar otra carretera polvorienta y se incorporaron a ella sin reducir la velocidad en ningún momento.
- ¿Estás bien?
Maura tenía el reposabrazos de la puerta agarrado con tanta fuerza que sus dedos eran blancos, estaba mortalmente pálida y temblando pero asintió y Jane fue capaz de respirar con tranquilidad otra vez.
Le tendió su móvil a la forense.
- Llama a Frost, dile lo que ha pasado, que manden refuerzos – le pidió dándole un apretón de apoyo.
Recorrieron el bosque con los faros apagados buscando desesperadamente la señal de un todoterreno persiguiéndolas pero sin ver rastro alguno. La detective soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.
- Creo que le hemos despistado – murmuró.
La forense, con el iPhone de la morena apretado contra la oreja, asintió de nuevo para mostrar que estaba de acuerdo y se giró para mirar a Jane.
Unas luces LED aparecieron por el lateral izquierdo del Alfa Romeo de forma repentina, cegándolas. Lo último que escucharon fue el rugido de un motor antes de que un coche las embistiera por el costado y salieran despedidas, rodando sobre sí mismas, cuesta abajo.
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No lo he cortado así a propósito, sino porque ayer terminé muy tarde de escribir y quería revisar el capítulo 3x01 (en el cual me inspiré para este final).
Espero que os gustara.
