"El amanecer es siempre una esperanza para los hombres."
"Diecisiete"
Capítulo XXIX
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Ruby entró en el asiento del copiloto del coche de Logan mientras Diecisiete se dejaba caer en el de atrás. Logan le arrojaba miradas llenas de odio a través del espejo central mientras maniobraba para sacar el coche de la plaza de garaje. Y el androide se las devolvía con un tinte de mofa en los ojos.
—Por lo menos ponte el cinturón, ¿quieres? —gruñó el comisario—. Vas en el coche de un policía, por Kamisama…
—Olvídame… —escupió el androide, con desgana, antes de repantigarse en el asiento trasero al de Ruby y cruzarse de brazos. Desde aquella posición podía tomar el pelo a Logan a través del espejo retrovisor interior, lo que haría el viaje más placentero para él.
Logan resopló, asqueado y Ruby les dedicó a ambos una mirada llena de reproche.
—¿Podemos tener un viaje tranquilo, por favor? —rogó la chica.
—Dile a tu tortolito que mantenga el pico cerrado hasta que lleguemos y tendrás tu viaje tranquilo…
—¡Logan! —gritó ella.
—¿Qué? —masculló él. La miró de soslayo y resopló de nuevo—… Está bien.
Ruby agitó la cabeza de lado a lado. ¡Parecían niños de primaria!
A pesar de su aparente enfado, sonrió. Aquel día Ruby se encontraba bastante mejor y sospechaba que, más que a los antiinflamatorios, su mejoría se debía a haber dormido toda la noche abrazada a Diecisiete.
Todo iba bien, hasta que, al cabo de una hora de viaje en completo silencio, el androide comenzó a aburrirse. Entornó los ojos y observó el gesto concentrado del policía a través del retrovisor. Sonrió, en aquel coche había demasiado silencio.
Diecisiete chasqueó la lengua y se separó del cuello el borde de la camiseta prestada que vestía, con expresión incómoda.
—No entiendo cómo puede gustarle a alguien esta ropa —murmuró, tranquilamente—. Además de horrible es incómoda de narices.
Ruby rodó los ojos… Se acabó la tranquilidad.
—¡Ja! Si abultaras un poco más no te sobraría tela por todas partes —espetó Logan—. Admítelo, cerebro de tostadora, ese Gero podría haber escogido un ejemplar más intimidante que tú.
«Oh, por Kami...», pensó Ruby, y se tapó la cara con la palma de la mano, exasperada.
—Gero escogió el ejemplar perfecto para sus fines, ¿aún no te ha quedado claro lo intimidante que puedo llegar a ser? —dijo Diecisiete. Logan le echó una rápida ojeada a través del retrovisor, para encontrarse los claros y aterradores ojos del androide mirándole inquisitivamente—. Tenéis una creencia generalizada los "maderos", os pensáis que los músculos lo son todo. Sólo sois un amasijo de carne pestilente.
—¡Diecisiete! —exclamó Ruby, escandalizada
—¡Oyeme bien, pedazo de chatarra, no te atrevas a dec…!
—... I love you so I want you to know. That I'm going to miss your love the minute you walk out that door...
La radio interrumpió la frase de Logan justo a tiempo. Movida por la urgencia de detener aquella estúpida discusión, Ruby la había puesto en marcha y había girado la rosca del volumen al máximo para enmascarar las palabras de su "hermano", y probablemente salvarle de un buen puñetazo por parte del androide, aunque él no fuera consciente. Decían que la música amansaba a las fieras… O bien las dejaba sordas. La temática empalagosamente romántica de la canción quedaba tan fuera de lugar en la atmósfera que Diecisiete había creado en el coche, que Ruby explotó en carcajadas.
—¡Mira lo que le has hecho a Ruby, está tan chalada como tú! —le acusó Logan a gritos, tratando que Diecisiete le oyera por encima del nivel ensordecedor de la música.
El androide entornó los ojos y se llevó una mano a la oreja, inclinándose ligeramente hacia el comisario y haciendo ver que no escuchaba nada.
Ruby consiguió parar de reír y suspiró, aliviada, al detectar el retorno de Diecisiete a su posición inofensiva en el asiento trasero y la calma en el habitáculo.
…
A primera hora de la tarde, y tras un interminable viaje de tres horas y media, llegaron a los límites del Royal Nature Park. Y media hora después se hallaban frente a la Central de los Rangers.
Diecisiete fue el primero en salir del coche, sin dedicarle una mísera palabra de despedida a Logan. Y una vez fuera, el androide se estiró. ¡Vaya! Desde hacía varios días no había sentido la necesidad de hacer eso. Tenía la corazonada que si el viaje en aquella lata de sardinas hubiera durado más, su cuerpo habría envejecido treinta años.
—¿Seguro que estarás bien? —preguntaba Logan a Ruby, una vez hubo perdido de vista a Diecisiete—. Si necesitas algo, cualquier cosa, llámanos, por favor —suplicó.
Ruby sonrió y se inclinó hacia él para darle un beso en la mejilla.
—No te preocupes. Ya estoy mejor, tal como los médicos dijeron, ¿te acuerdas? En una semana: vida normal sin sobreesfuerzos, y ya llevo casi tres días.
Logan parecía estar calculando qué decir a continuación. Ruby sujetó su mano y la estrechó brevemente antes de abrir la puerta del coche.
—Si Diecisiete comienza a comportarse aún más raro de lo normal, te llamaré para que vengas a buscarme —bromeó ella, mientras salía del coche.
Diecisiete alzó las cejas sin entender a qué venía aquel ataque tan gratuito.
—Te tomo la palabra, Ruby —dijo Logan, algo más tranquilo—. Te llamaré mañana.
Y con aquella última frase, Logan subió la ventanilla del coche y emprendió el regreso a casa.
Allá quedaron ellos dos, bajo el sol inclemente de aquella tarde de verano, mirando a su alrededor.
Podían apreciarse claramente los estragos causados por la pelea entre Diecisiete y Veintiuno. A causa del incendio provocado por la explosión del depósito, había ardido una pequeña parte del bosque más cercano a la taberna de Yunpei, aunque parecía que había podido ser controlado a tiempo. Suerte que aquellos no habían sido días de complicaciones climatológicas.
La taberna de Yunpei… Ruby soltó un quejido lastimero al contemplarla. Los agujeros de la fachada habían sido cubiertos temporalmente con lonas plásticas. El negocio estaba abierto, aunque, probablemente Yunpei estuviera dando un servicio mínimo aquellos días: cocina y cafés para llevar. Era imposible que el tabernero sirviera mesas en el estado en que había quedado la zona de restaurante.
Ruby se sentía realmente mal por Yunpei y Martha, habían sido tan atentos con ella desde que llegó al Parque…
La joven suspiró y miró a Diecisiete. El androide permanecía inmóvil y tenía la mirada perdida en un punto del bosque en el que varios árboles habían sido derribados. Al sentirse observado, Diecisiete la miró de vuelta.
—¿Qué? —dijo, curioso.
—¿No vas a entrar? —preguntó ella, señalando con un ligero gesto de su cabeza hacia el edificio de los Rangers.
—...Eres consciente de que descubrieron mi tapadera, ¿verdad? —dijo él, cruzándose de brazos—. Se acabó este empleo para mí...
—¿Qué? Vamos, Diecisiete. No digas estupideces —le reprochó ella. Ruby se aferró al brazo de él y el androide enarcó una ceja.
—Te tomas demasiadas libertades cuando te diriges a mi, "Bichóloga".
Ruby frunció el ceño.
—Si no te comportaras como un niñato asustado no me las tomaría… —respondió ella.
Diecisiete la miró de soslayo. Ruby cada vez le tenía menos respeto… Tendría que trabajar un poco más esa parte de su relación… Sí, cuando estuvieran en casa podría…
—¿Diecisiete?
—¿Qué? —respondió él, regresando a la realidad y apartando aquellas imágenes tan tentadoras de su mente.
Ruby le miraba con gesto de extrañeza.
—Estás más denso de lo normal… —murmuró la chica—. Olvídalo. Vamos a buscar a Tristan.
El androide se dejó arrastrar por la morena hasta la puerta de la oficina, no sin interpretar primero una pose dramática que arrancó un resoplido hastiado por parte de la chica.
¿Por qué tenía que entrar ahí? Estaba claro que después de haber mostrado su verdadera "personalidad" su tiempo allí había acabado. Ahora ya no tenía gracia trabajar como Ranger. Quizá debería mejor dedicarse a holgazanear en el bosque, hacer compañía a "Jackie"…
Cuando Ruby abrió la puerta, el ambiente familiar la envolvió, las voces, los sonidos, el aroma de café...
Bajo las bondades del aparato de aire acondicionado, se hallaban reunidos tan sólo un puñado de Rangers. El Jefe, incombustible y siempre presente. Jimmy, con su verborrea imparable acosando a Mot, que tan solo asentía de vez en cuando. Flynn tecleando en su computador y con un cigarrillo por encender en la boca. Rusty, el técnico de radio del turno de tarde sirviéndose un café recién hecho. Marty y Clive, los conductores de los vehículos especiales, conversando en la otra punta de la oficina...
Y cuando vieron entrar a Diecisiete le miraron con expectación. Todos se levantaron de sus asientos o abandonaron lo que estaban haciendo para acercarse a Ruby y a él.
Sonrisas y palabras amables, risas... Pero, en realidad deberían estar cagados de miedo, ¿qué diablos le habían echado a aquel café?
—¡Diecisiete, Ruby! No os esperábamos aún por aquí. ¿Cómo te encuentras, hija? —exclamó el Jefe, casi en el mismo momento en que les vio entrar.
Una especie de ladrido gutural resonó en la oficina. Tristan emergió de debajo de una de las mesas, corrió hasta ellos y saltó sobre Diecisiete. A una persona normal, semejante impulso la habría empotrado contra la pared, como mínimo, pero a Diecisiete ni siquiera le desplazó un sólo centímetro. Tristan apoyó las patas delanteras en el pecho del androide y trató de lamerle la cara.
—Sí, sí… Abajo, vamos —masculló Diecisiete, alejando al animal de sí, con rudeza.
—Tristan ¿cómo puedes quererle tanto con lo desagradable que es contigo? —dijo Ruby. Inmediatamente recibió las atenciones del enorme lobo y Diecisiete tuvo que sujetarlo para evitar que la arrojara al suelo—. Yo también te he echado de menos, mi pequeño… —dijo, acariciando sus orejas de forma amorosa. Miró entonces al Jefe y se incorporó lentamente antes de responder—. Estoy bastante bien, Jefe. Fue una suerte que aquel bruto no me rompiera ningún hueso…
Habían decidido que el tema del embarazo y el aborto quedaría en secreto. Ni a Ruby ni a Diecisiete les apetecía ir dando explicaciones continuamente o recibir muestras de compasión de los demás. Sería mucho más fácil superar el bache si la gente ignoraba la verdad.
—Oye, Diecisiete. Debiste avisarnos —le reprendió el Jefe. El androide entornó los ojos al mirarle y no respondió—. Lo lógico es que te quedaras con Ruby hasta que saliera del hospital, hasta ahí estamos de acuerdo y no hay queja alguna por nuestra parte —explicó el Jefe—, pero debiste llamar y explicar la situación. No supimos nada de ella ni de ti hasta que el Comisario Logan se puso en contacto con la oficina para dar explicaciones. Estuvimos preocupados.
Diecisiete suspiró con gesto cansado. Lo último que le apetecía ahora eran reproches, y el Jefe le hablaba como quien riñe a un hijo adolescente.
—Bueno, ya lo sabes Jefe. Soy… poco comunicativo —se excusó, hablando con su acostumbrado tono de voz aterciopelado.
—¿Poco comunicativo? —explotó Jimmy. Había permanecido callado desde que les vio aparecer y tenía miles de preguntas que hacerle a Diecisiete. Ya no aguantaba más—. ¡Una cosa es ser poco comunicativo y otra olvidar decirles a tus compañeros que posees un poder sobrehumano! ¡Ahora entiendo que fueses tan freak! ...L-lo siento —se disculpó el joven Ranger al entender, por la mirada de Diecisiete, que se había pasado de la raya con la última parte.
Pero las palabras de Jimmy animaron a los demás y comenzaron a bombardear a preguntas a Diecisiete, las que él o bien esquivaba o respondía con evasivas. El androide miró a su alrededor con ojos entornados, apoyado de espaldas en el mostrador de madera y con las manos en los bolsillos.
Ruby sonrió. Diecisiete era incapaz de darse cuenta que tenía amigos allí. Él no les consideraba como tales, obviamente, la única persona a la que el androide tenía una estima especial era Ruby, lo demás empezaba donde acababan sus pies.
Aún así, socializaba con ellos, intercambiaban retazos de conversaciones, a veces un tanto absurdas y siempre enfocadas a molestarles, pero, al igual que Ruby se había acostumbrado a Diecisiete, los compañeros del cuerpo también lo habían hecho y habían asumido que esa era la forma de ser de él, aunque la mayoría de las veces les sacara de sus casillas.
Viéndole rodeado de gente que le aceptaba, Ruby caminó hacia la puerta, aliviada. Pero su movimiento no pasó desapercibido para Diecisiete.
—¿Dónde vas? —preguntó.
—Voy a ver a Yunpei y a Martha.
—Se alegrarán mucho de verte, Ruby. Sobretodo Martha, esa muchacha ha estado muy preocupada por ti.
«Oh», pensó Ruby. Claro, Martha y Yunpei estuvieron presentes cuando Veintiuno reveló su embarazo. Pero parecía que habían sido discretos, por fortuna. Sí, ahora más que nunca necesitaba hablar con ella.
—Te esperaré fuera, parece que tienes muchas cosas de las que hablar con ellos —dijo, sonriente.
Y antes de desaparecer de allí pudo ver claramente, en los ojos entornados de Diecisiete, lo que opinaba de su huída: "esta me la vas a pagar".
La puerta se cerró y las voces y las risas se sucedieron. Mot y Flynn procedieron a explicar por enésima vez lo que ocurrió y lo poco que pudieron presenciar de la batalla entre Diecisiete y Veintiuno.
Pronto llegaron a la parte en que el estruendo de la batalla les hizo salir de la oficina, fusiles en mano. Habían llegado a pensar que estaban siendo bombardeados. Pero al correr hacia la taberna vieron a Diecisiete tratando de poner a salvo a Ruby dentro de un coche y, un individuo enorme, al que le faltaba un brazo, desplazándose a toda velocidad hacia el Ranger… ¡Volando! La sorpresa fue aún mayor cuando Diecisiete contuvo su ataque y comenzó a intercambiar golpes y patadas con él, con una fuerza y un ritmo que escapaba a su comprensión. Luego, de repente, aquel monstruo les apuntó con su muñón y de este salió una luz cegadora y un sonido parecido al de un cañón cargándose. De hecho, ¡su brazo era un cañón!
—Entonces Diecisiete apareció ante nosotros de la nada, ¡como un espectro! —explicó Flynn.
—Que pueda moverme demasiado rápido para tus ojos no significa que sea un fantasma… —murmuró el androide.
—La cuestión es —continuó Flynn, ignorando aquel inciso—, que ese bestia nos disparó a Mot, a mí y al Jefe, y ¡Diecisiete desvió el disparo! ¡LO DESVIÓ! ¡CON SUS PROPIAS MANOS!
Mot asintió con energía.
—Nos salvó la vida —dijo, y palmeó el hombro de Diecisiete, que enarcó una ceja sorprendido por el atrevimiento.
El androide rodó los ojos, tanta expectación comenzaba a incomodarle. ¡Aquella panda de inútiles le habían tomado por un héroe!
—Pero, con esa fuerza y esos poderes, ¿para qué querías el coche? —preguntó Jimmy. Si él pudiera se pasaría el día volando...— ¿Y las armas? ¡No las necesitas!
Diecisiete se encogió de hombros.
—Porque me gustan —respondió, simplemente—. Pero de todas formas, ya no importa. Voy a abandonar mi puesto.
La noticia les dejó a todos helados. Aquello no se lo esperaban en absoluto.
—¿Qué? ¿Por qué? —preguntaron casi al unísono.
— Porque me habéis descubierto y así ya no es divertido trabajar aquí —respondió el androide, como si fuera lo más obvio del mundo.
—¡No puedes irte Diecisiete! —sentenció Jimmy, con una seguridad que no había presenciado jamás en él—. Vamos, ¡guardaremos tu secreto! De hecho ya lo estamos haciendo, ¿verdad? —dijo el joven, dirigiéndose a sus compañeros en general. Nadie compartía con él su extrema emoción. En el fondo, les traía sin cuidado si Diecisiete se iba o se quedaba. Pero si se marchaba, el cuadrante del lago, que era el más escarpado y conflictivo, quedaría desprotegido y deberían redoblar los esfuerzos. Tenerle entre ellos les hacía la vida mucho más fácil—. La versión oficial de la explosión y el incendio es una fuga en el depósito de gasoil —confesó Jimmy.
—Bien, guardaréis el secreto… Pero te pasarás la vida tocándome los huevos y pidiéndome que haga fuegos artificiales —masculló Diecisiete, sin mirarle.
Los ojos de Jimmy se iluminaron en medio de su desesperación, justo cuando se le ocurrió una buena idea que quizá lograría que Diecisiete recuperara el interés en el empleo como Ranger.
—Con esas habilidades tuyas… ¡podrías ser el arma secreta de los Rangers! —dijo el joven oficial, emocionado.
Diecisiete le miró de soslayo, valorando sus palabras.
El arma secreta de los Rangers... Sí, eso le gustaba. Era un nombre épico.
Miró a su alrededor. Aunque no compartiera la emoción general por continuar en el puesto ahora que todos conocían parte de su verdad, ya que lo de ser un androide aún permanecía en secreto, quizá podría sacar ventaja de aquella excitación general. Sí, podría beneficiarse de ese concepto nuevo que tenían de él.
De pronto una idea cruzó su mente y una sonrisa diabólica se pintó sus labios.
—El arma secreta, ¿eh? —murmuró, con aire pensativo— Y, ¿qué tal si, para empezar, me pagáis como el arma secreta que soy? —dijo, hablando con tono suave y pausado.
El Jefe alzó las cejas y Jimmy cerró la boca consciente, por la reacción y el cambio de actitud de Diecisiete, de que, gracias a sus palabras, se le había ocurrido alguna idea rocambolesca que no iba a ser del agrado de su Jefe.
—¿De qué hablas? Ya tienes una de las nóminas más altas, Diecisiete —repuso el Jefe, cruzándose de brazos. Miró de reojo a Jimmy y el joven pudo leer un "te voy a matar" escrito claramente en el brillo de sus ojos.
—Quiero un aumento por la incorporación de mis habilidades a mi trabajo —soltó Diecisiete, sin titubear ni un ápice.
—Eso no puede ser —se negó el Jefe—. Rotundamente no.
Diecisiete se encogió de hombros, indiferente.
—De acuerdo, ¿qué tal esto otro? Mi segunda condición para quedarme, como arma secreta que soy, es cambiar el trato que les damos a los detenidos, así me resultará más divertido y tendré un aliciente de verdad.
—¿Qué quieres decir? —preguntó el Jefe, temiendo la respuesta. El androide respiró hondo y se irguió, mirando a sus compañeros uno por uno.
—Ya no habrá más detenciones y encierros de criminales en celdas con cama y comida a la espera de que los federales vengan a buscarlos. A partir de ahora les ataremos, les amordazaremos y les pegaremos un tiro en la cabeza… —dijo, y no había rastro de broma en su tono. Los demás Rangers se miraron entre ellos. Estaban habituados a la forma de hablar del androide pero nunca sabían si lo que decía iba en serio o no. Además parecía disfrutar también con la conmoción que causaba en los demás. Diecisiete rodó los ojos y suspiró—. Si vais a sentiros más cómodos, podéis vendarles los ojos antes de volarles los sesos…
—¿...De cuánto dinero estamos hablando? —le interrumpió el Jefe, estupefacto con su plan B.
—El triple.
Los ojos del Jefe y del resto de los presentes se abrieron como platos.
—¡¿El triple?! ¡Diecisiete, eso es un abuso!
—Ni siquiera el Jefe cobra tanto… —argumentó Mot, serio.
Él se encogió de hombros, simplemente.
—En ese caso esta arma secreta renuncia a su puesto.
Diecisiete metió las manos en sus bolsillos y caminó hacia la puerta. Tristan le siguió y antes de que llegara a tocar el picaporte, el Jefe resopló.
—… ¡De acuerdo! Hablaré con la Oficina Central, pero eso no depende de mí directamente, es el Departamento de Personal quien tiene la última palabra.
Diecisiete se detuvo antes de abrir la puerta y se giró para mirar al Jefe con expresión de mofa.
—Tú eres el jefe del Cuerpo de Rangers de esta reserva. Seguro que sabes qué hacer para lograrlo. A fin de cuentas, os salvé la vida a ti, a Flynn y a Mot. Esperaré tu respuesta en mi casa.
Y dicho esto, Diecisiete abandonó la oficina seguido muy de cerca por Tristan.
Los oficiales se miraron unos a otros sin poder creer la actitud del androide. Cuando parecía imposible que pudiera sorprenderles más, lo hacía.
El Jefe fue el primero en romper el silencio incómodo que quedó en la oficina tras el mutis de Diecisiete. Se llevó las manos a la cabeza, tremendamente enojado, y con el rostro encendido.
—No se puede ser más cabrón...
…
Tras rescatar su 4x4 de la nave de los Rangers y arrancar a Ruby de la conversación que mantenía con Martha y Yunpei, y, obviamente, dar largas a este último para acelerar la marcha (con Martha no tuvo problemas ya que la camarera evitaba cualquier contacto innecesario con Diecisiete desde el día del beso), pusieron rumbo hacia su inaccesible hogar, en el cortafuegos.
El trayecto hasta la casa se hizo eterno e insoportable. Ruby ya casi no recordaba lo incómodo que era el asiento del 4x4 de Diecisiete. La silla de madera en la que se sentó cuando llegó a casa le pareció el paraíso en comparación.
Mientras Ruby charlaba y se ponía al día por radio con Alec, que había quedado al frente del Observatorio durante aquel tiempo, Diecisiete hacía el mantenimiento a su rifle, sobre la mesa, limpiando percutor, cerrojo, cañón, seguro… Se entretenía calibrando la mirilla cuando la conversación de Ruby dio un giro que le hizo levantar la vista de la delicada tarea.
—... Tendré que hacer reposo unos días más, pero creo que podré trabajar desde aquí…
—No es necesario que lo hagas, Ruby —respondió Alec, tranquilizador—. El fuerte estará bien defendido aunque tú no estés por aquí. Necesitas descansar, reponerte...
—Lo sé, Alec —suspiró ella—. Pero también necesito distraerme para evitar darle vueltas a la cabeza todo el día. Además yo soy quien debe supervisar todo y si no empiezo ya, dentro de una semana moriré enterrada en papeleo… ¿Pudiste colocar las cámaras nuevas?
En aquel momento, Diecisiete desmontó la mirilla y la dejó sobre la mesa. Se levantó y caminó hacia el soporte de las armas para guardar el rifle.
—Sí —respondió Alec, con un suspiro—. En tres días iré a retirar el disco de grabación. Podremos comprobar entonces si algún águila se deja ver por allí durante la noche.
—¡Oh! Perfecto. En tres días podré ir contigo para ayudarte a retirarlas y enton…
Y ya no pudo decir nada más. Diecisiete le arrancó el walkie de las manos.
—Cambio y corto, marica —gruñó a Alec, antes de dejar el aparato en el estante acostumbrado.
—¡Hola Diecisiete! —respondió Alec, al reconocer su simpática entonación— ¡Adiós Ruby, cielo! ¡Hablamos mañana!—dijo el muchacho, antes de que se oyera un chasquido de su lado del canal.
—¡¿Qué diablos crees que estás haciendo, Diecisiete?! —gritó Ruby, furiosa— ¡Además de mi ayudante, Alec es amigo mío! ¿Sabes?
La chica se apresuró a recuperar de nuevo el walkie, pero él se lo arrebató de las manos otra vez.
—Ya hablarás con él dentro de unos días, cuando los médicos te abran la veda —farfulló el androide.
Y lo colocó en el estante más alto, asegurándose así que Ruby no pudiera pescarlo.
Ella hizo un puchero y se cruzó de brazos.
—Dame el walkie, Diecisiete —exigió, con rostro serio.
—No.
—¡Aargh! No importa! Lo alcanzaré yo misma… —masculló, con el rostro encendido de rabia.
Acercó una silla hasta la estantería y se subió en ella.
—¿Qué coño estás haciendo? —musitó el androide.
Casi instantáneamente, Diecisiete la atrapó por la cintura y la dejó de nuevo en el suelo.
—¡Oye! —volvió a quejarse, Ruby. ¡Aquello ya pasaba de la raya!
—¡No! ¡Óyeme tú! —gritó él. Su tono y la expresión inquietante de su rostro instó a Ruby a cerrar la boca— ¿Desde cuándo te crees con el derecho a desafiarme?
—¿Desafiarte? ¡Ésta también es mi casa y lo que hay en ella también son mis cosas! —exclamó ella, claramente ofendida. Ruby se enfrentó a él de brazos cruzados y mirándole con actitud retadora.
Si Diecisiete creía que se iba a amilanar con sus palabras lo llevaba claro. Ruby nunca le había tenido miedo y no lo haría jamás.
Pero él entornó los ojos y los clavó, como puñales, en los de ella.
—Creo que ha llegado el momento de recordarte un par de detalles acerca de vivir conmigo y de cómo tratarme… —dijo el androide, recuperando, de repente, el matiz tranquilo en el habla.
—¿Q-qué? ¿De qué estás hablando Diecisiete? —preguntó ella, sin entender.
—De disciplinarte un poco.
—¿D-disciplinarme? ¡Pero qué te has creído! ¡No necesito disciplina! ¡Sé muy bien cómo tengo que tratarte!
—Ah ¿sí? Y si estás tan segura de ti misma, ¿por qué retrocedes?
Ruby había comenzado a caminar hacia atrás en dirección a la cocina, intentando inútilmente alejarse de Diecisiete, quién, a su vez, reducía la distancia hasta ella poco a poco, sin abandonar en ningún momento aquella mirada feroz.
¿Por qué retrocedía? Por miedo no, obviamente. Lo hacía porque sabía perfectamente lo que venía a continuación de que él la mirara así. Y no podía ser...
Sus sospechas se confirmaron cuando Diecisiete esbozó su sonrisa diabólica, aquella que sabía que Ruby encontraba irresistiblemente sexy.
—Diecisiete, sabes que no puedo… Tenemos que esperar quince días para volver a tener sexo… —le recordó.
Diecisiete enarcó una ceja y rió. Aquello se estaba poniendo aún mejor de lo esperado. No en vano, incomodar a Ruby era uno de sus vicios preferidos.
—En ningún momento he hablado de esa clase de disciplina… ¿Por quién me tomas? No usaría jamás el sexo para darte una lección —confesó—. Pero acabas de demostrar que estás bastante desesperada, "Bichóloga". Y no voy a quejarme, no es que me moleste…
Cuando la espalda de Ruby chocó con la pared, Diecisiete puso las manos a ambos lados de su cuerpo, atrapándola, y acercó peligrosamente su rostro al de ella. Dibujó la línea de su mandíbula con la punta de la nariz y arrojó su aliento sobre un sensitivo punto del cuello de Ruby, de sobras conocido por él, justo debajo del lóbulo de su oreja. Los ojos de Ruby se pusieron en blanco y jadeó. Se aferró inconscientemente a la camiseta de Diecisiete y oyó la risa de él. Le encantaba hacerla sufrir de aquel modo. Era insoportable.
—¿Q-qué tienes en mente? —preguntó ella, con voz muy débil.
Diecisiete la miró, divertido. La sonrisa maléfica presente aún en su rostro.
—Ese tono ya está mejor, ¿lo ves? No necesito llegar tan lejos para conseguir lo que quiero. Creo que con sólo chasquear los dedos tendría suficiente... —susurró, hablando sensualmente contra los labios de Ruby.
Ella se sintió engullida por el hielo de sus ojos y no fue capaz de articular palabra.
—Central llamando a Diecisiete —el walkie interrumpió la sofocante escena de la cocina y el androide liberó a Ruby para acudir a responder la llamada.
La chica se llevó las manos a las mejillas. Ardían y estaba segura de que su cara y sus orejas debían tener el mismo tono encarnado de un tomate maduro. Seis meses y un embarazo después, y Ruby seguía reaccionando ante él como una fangirl.
«¡Por Kamisama!» pensó la pobre chica. ¿En qué momento se había vuelto Diecisiete tan letal para ella? ¡Si hacía apenas 4 meses que estrenó su experiencia sexual! Pero, pensándolo bien, no podía ser de otra manera, a Diecisiete le encantaba tener el control de las situaciones y en aquellos menesteres no podía esperar menos.
Su corazón latía desbocado. Si el androide tenía pensado continuar con esas prácticas de "disciplina", Ruby explotaría. Y lo peor de todo era ver su cara de satisfacción. Realmente disfrutaba poniéndola en situaciones comprometidas.
—Aquí Diecisiete —le oyó responder, en la sala.
Ruby suspiró y recuperó la compostura justo para fijarse en Tristan, sentado delante de ella y mirándola con ojitos tristes. Un tímido lloriqueo la hizo reaccionar.
—¡Es verdad! Es la hora de cenar, ¿verdad, bonito?
En la sala, la conversación por radio transcurría como si nada hubiera pasado segundos antes.
—Han aceptado tus condiciones —dijo la voz severa del Jefe. Ruby agudizó el oído mientras colocaba el plato de Tristan sobre la encimera de la cocina.
—No esperaba menos de ti, Jefe —respondió Diecisiete, impregnando sus palabras con una sonrisa.
—Sí… ¡No quiero que vuelvas a pedirme nada en mucho tiempo! No voy a estar dispuesto a concederte nada más, Diecisiete —le avisó el Jefe.
—Me parece bien. ¡Ah! Una cosa más… —Tristan ladró en aquel momento, reclamando su plato, y Ruby no pudo escuchar el resto de la frase. Le hizo callar volviendo a poner el plato lleno de pienso en el suelo y salió de la cocina.
Se oyó un suspiro exasperado desde el otro lado de la línea de radio.
—Haz lo que quieras, es tu cuadrante, gestiona tu tiempo tú solo, señor "arma secreta".
Y se cortó la comunicación. Parecía que el jefe estaba de malas pulgas.
Diecisiete devolvió el walkie al estante más alto y se dio la vuelta, encontrándose con Ruby, que le miraba llena de curiosidad.
—¿"Arma secreta"? —preguntó, extrañada. Él se encogió de hombros, simplemente, y ella decidió pasar por alto la frase al reconocer el típico gesto que utilizaba Diecisiete para eludir las explicaciones— ¿De qué condiciones hablaba? —preguntó Ruby, entonces.
—...De un reajuste de contrato, nada importante —musitó el androide.
No cometería la estupidez de confesarle el modo en que había logrado un aumento de sueldo disparatado…
—Ah, bien… —respondió ella, encogiéndose de hombros.
Diecisiete sonrió y caminó hasta el sofá, donde se sentó del modo que acostumbraba, repantigado y con las piernas estiradas. Desde allí se dedicó simplemente a observar su colección de armas. Le sobraba sitio para tres más…
Oyó los pasos de Ruby acercarse. La chica se sentó a su lado, en silencio. Su semblante vagaba entre la curiosidad y la preocupación. Algo le decía que estaba a punto de caer en otra trampa que, esta vez, iba a tenderse ella sola.
Diecisiete sonrió con disimulo y esperó.
—Escucha... Si vas a hacer eso más veces, yo… —titubeó ella.
—¿Hacer qué? —preguntó él, haciéndose el despistado.
Colocó ambas manos tras su cabeza y se acomodó aún más. Ella frunció el ceño.
—Lo sabes bien, Diecisiete. No juegues…
—Pero ha funcionado, ¿verdad? —replicó él, de repente.
Ruby frunció el ceño. Comenzaba a sospechar que Diecisiete había calculado aquella vil maniobra de la cocina desde el principio.
—…¿Cómo?
—Te despisté lo suficiente como para que no le dieras vueltas a la cabeza —espetó él—. No necesitas ni a Alec ni tu trabajo para eso, Ruby. Yo soy la mejor distracción que puedes tener.
La sonrisa triunfal de Diecisiete despertó en ella varios sentimientos encontrados. Por un lado: rabia por saberse manipulada por él y vergüenza por haberle mostrado lo manipulable que era. Pero por otro, las ganas de reír ensombrecieron a todo lo demás y Ruby se encontró tratando de contener la risa y su propio sonrojo.
A fin de cuentas, nada de lo que decía él era falso. La conocía mejor que nadie.
—Es verdad —admitió ella, finalmente—, ¡pero no hace falta que seas tan retorcido, Diecisiete! ¡Dame un respiro!
—¿Tan sensible eres a mi? —preguntó el androide, de nuevo luciendo aquella sonrisa suya.
—No pienso contestarte a eso… —musitó ella, ruborizándose.
Diecisiete perdió la mirada en el soporte de las armas, de nuevo, pero con la maléfica sonrisa iluminando aún su rostro.
Ella suspiró y redujo a cero el espacio entre ambos. Abrazó su cintura, recostó la cabeza en su pecho y apoyó las piernas sobre las de él.
Acarició su estómago a través de aquella prenda de Logan y de vez en cuando se separaba lo justo para darle suaves besos en el cuello, cariñosa.
Normalmente, Diecisiete solía reaccionar con comentarios irónicos a las explosiones de amor de Ruby pero aquella tarde, guardó silencio y se dejó hacer.
Era agradable, esa sensación también le gustaba. No era igual que el placer instintivo del sexo puro y duro que encogía su estómago y le dejaba sin aliento. Era muy diferente y, por algún motivo, le llenaba mucho más. Le sosegaba.
Era igual a la vez que Ruby le abrazó y juró que le protegería. Era el mismo tipo de sensación la que se despertaba en él, una que le hacía sentirse vivo en los brazos y bajo las caricias de Ruby.
Tristan se levantó de su cojín y se acercó a ellos. En silencio, apoyó la cabeza en la rodilla de Diecisiete y le miró.
—Él también te ha echado de menos —dijo Ruby, enternecida con la actitud de su precioso lobo.
—...Perro tonto… —masculló Diecisiete, en cambio—. Te dije que mearas antes de entrar —le reprendió, molesto.
No podía haber escogido peor momento el maldito chucho para recordar sus necesidades fisiológicas. La mano de Ruby acariciando su abdomen era lo único que le interesaba a Diecisiete ahora.
Ella se incorporó y le miró, sonriente.
Diecisiete frunció el ceño y valoró su expresión. Sí, aquella sonrisa era verdadera. Desde que habían vuelto a casa los momentos en que Ruby se sumía en las sombras de su tristeza eran cada vez más escasos. Y todo era fruto al refugio que Diecisiete significaba para su maltrecho corazón.
Entonces, Ruby se acercó a su oído y susurró.
—Te amo.
Besó sus labios y se levantó del sofá para abrirle la puerta a Tristan. El lobo, feliz, hizo algunas cabriolas torpes que arrojaron una de las sillas al suelo. El animal no era consciente de que su tamaño ya no era el de un cachorro.
La risa de Ruby, los ladridos guturales de Tristan y el sonido de sus carreras juguetonas le llegaban claramente desde el exterior de la casa. Pero Diecisiete no prestó atención.
"Te amo"
Eso era mucho más de lo que él estaba preparado para oír. Esa frase generó una especie de vórtice en su estómago, y en su cabeza una sensación de vértigo parecida a la que quedaba tras recibir un rodillazo. Aquellas palabras eran mucho más que un "te quiero".
Ahora, después de todo lo que había pasado, de sentirse tentado por su propia naturaleza en aquel infierno blanco del Norte y negarla para regresar a Ruby, era capaz de detectar esos matices.
Y Ruby estaba llena de ellos.
...
—Mmmmpf...
Ruby emitió un quejido a causa de la luz solar que entraba a raudales por la ventana. Debían ser más de las nueve de la mañana. Se envolvió en las sábanas y se ovilló, dispuesta a volverse a dormir.
Pero el sonido inconfundible de unas patas trotando contra el suelo de tarima y una sensación húmeda en el rostro le abrió los ojos de golpe. Tristan estaba junto al lecho, agitando la cola, feliz, y lamiéndole la nariz.
—Qué buen oído tienes, pequeño… —protestó ella, apartándole con algo de dificultad—. Bueno eso de pequeño ya no sirve contigo, ¿verdad? —suspiró.
Se dejó caer en la almohada con los ojos cerrados para dormirse. Pero…
—Un momento… —musitó ella, cayendo en la cuenta de algo importante—. Si tú estás aquí...
Abrió los ojos, se incorporó y miró al otro lado de la cama. Junto a ella yacía Diecisiete con los ojos cerrados, profundamente dormido. "Desconectado", como decía él. Y era impresionante lo diferente que se veía su expresión. Mientras dormía, esa atmósfera amenazadora que solía rodearle desaparecía. Todo él era serenidad, tranquilidad.
Ruby sonrió, feliz. Aquella era la primera vez que Diecisiete no se había ido a trabajar al alba. No la había dejado sola.
Se tumbó de nuevo y le abrazó estrechamente. Enterró el rostro en su pecho y le escuchó suspirar en sueños cuando, inconscientemente, la rodeó con un brazo y la atrajo aún más hacia sí.
Y entonces fue cuando Ruby descubrió que ella no era la única que hablaba en sueños. Los párpados de Diecisiete se agitaron brevemente y sus labios se abrieron para susurrar, casi imperceptiblemente, una única palabra que fue música para los oídos de ella.
—Ruby...
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Nota de la autora:
¡Me he divertido muchísimo escribiendo este capítulo! ¡Me río tanto imaginando las posibles reacciones de Diecisiete y sus frases matadoras! XD
A partir de ahora habrá un salto temporal de dos años, ¡y una trama nueva que espero que os guste!
P.D: La canción que suena en la radio y que amansa a las fieras de Logan y Diecisiete es "Please don't go" de KC & The Sunshine Band.
¡Muchas gracias por leer!
