¡Hola!

¡AAAAH! Bueno, tal vez tardé más de lo que quería, pero al menos no pasó un mes entero jejeje (?

Pues aquí me encuentro de nueva cuenta, con este capítulo ¡Ya vamos en el 29! Woaah, no puedo creer, se me ha pasado muy rápido. Y aunque todavía queda historia para rato, pues cada vez damos otro paso al final.

Quisiera agradecer de todo corazón a ustedes, que están leyendo (tú, sí, tú, aunque no comentes ;D) y que han seguido esta historia desde el inicio ¡GRACIAS! Sobre todo aquellos que se toman el tiempo de comentar ¡No saben como me ayudan con sus valiosísimas opiniones! Qusiera dedicar este capítulo a ustedes. Espero que siempre puedan disfrutarla y comentarla ¡Me hacen muy feliz cada vez que lo hacen!

Y bueno, esta vez regresamos al presente, veamos qué pasa entre estos dos tercos ;)

Para los que también les gusta Fairy Tail: Puess... hace poco subí un One-shot de una de las parejas de este anime/manga, y me encantaría que le dieran una oportunidad y se pasaran a leerlo, a ver qué les parece ^^

Y bueno, sin más, los dejo para que lean. Espero recibir sus comentarios.


29. Magnético.

Permanecía con las manos entrelazadas delante de él, codos recargados en la mesa, estudiando mentalmente lo sucedido apenas unos segundos atrás, observando nuevamente la espalda de aquella mujer, que nuevamente se encontraba lejos de él.

Así era: lejos.

No físicamente, –claro que a él le complacería tenerla aún en más (muchísima más) proximidad físicamente hablando– pero si de algo estaba seguro era que al menos su mente sí se encontraba a varios kilómetros de ahí, probablemente repasando las mil y un razones para haber reaccionado de la manera en que lo había hecho.

No que él estuviese de acuerdo. Porque no lo estaba, en lo más mínimo. A decir verdad, nunca lo había estado. Todas esas estúpidas –estúpidas, estúpidas, mil veces estúpidas– restricciones que ellos mismos se habían impuesto todos aquellos años, ahora parecían no tener el menor sentido. Porque de cualquier modo estaban sólo ellos dos, fuera del cuartel militar, sin si quiera portar el uniforme. Era estúpido, verdaderamente estúpido ¿Por qué para ella tenían que existir las reglas? ¿Por qué era tan severa? A pesar de eso, él sabía que aquella, era sólo una de las miles de cosas que odiaba y amaba al mismo tiempo de aquella mujer.

En esos momentos, claramente, lo odiaba. Lo aborrecía, en verdad lo hacía ¿Qué había de malo en conversar, por primera vez como simples personas? No lo entendía, o tal vez, en el fondo, sí lo hacía, pero sencillamente no le daba la gana seguir entendiendo más nada.

¡Era una reverenda idiotez, por todos los cielos! Ya no había reglas, entre ellos ya no existía la condenada ley de anti-fraternización. Porque era obvio que ellos, de hecho, ya la habían infringido –y de qué manera lo habían hecho– ¿Por qué seguir con todo eso?

Pero ésa era Hawkeye. La Hawkeye de siempre, la que él había amado, y a la que ahora no dejaba de mirar con un dejado de resentimiento dentro de sus ojos negros.

Él se había esforzado durante mucho tiempo. Ya era bien sabido que no era tan bueno como ella a la hora de resistir… en aquel momento, en aquella casa, en aquella situación, para Roy Mustang no existía nada más que ella y Elizabeth; no existía el pasado, ni el cuartel general, ni la maldita ley de anti-fraternización, ni siquiera existía su sueño. Y si existían, lo hacían fuera de esas cuatro paredes.

Suspiró de repente, sin dejar de fijar su penetrante mirada en la espalda de Riza.

Sí, lo sabía. Estaba siendo impetuoso, imprudente y estúpido. Estaba, nuevamente, tentando al demonio, o en este caso, tentándose a sí mismo con sus propios pensamientos.

En el fondo estaba consciente de todo. De las razones de ella para seguir poniendo esa chocante barrera entre ambos. De las consecuencias que acarrearía el ignorar todo lo que había afuera, lo que existía y seguiría existiendo. De que después de todo, aquella odiosa ley seguía subyugándolos, ahogándolos al punto de matarlos, y que lo que se venía no sería sencillo. De hecho, lo veía prácticamente imposible.

Pero lo lograría. Ya se había convencido de eso.

Aunque antes de lograrlo –no estaba seguro de cómo, pero sí tenía la certeza de que lo haría– necesitaba poner sus ideas en orden. Y para ser honesto, tras dos días de ser demolido por la noticia más sorpresiva, improvisada y abrumadora de toda su vida, su mente no dejaba de ser un condenado torbellino, donde el pasado, el presente y un brumoso futuro se entremezclaban dejándole a él una especie de caos dentro de su mente.

Lo único que podía sentir entonces era impotencia. Y aquel estúpido silencio, y aquella estúpida reacción represiva por parte de la rubia, sólo lograban impacientarlo más.

Y no quería explotar como lo había hecho aquella vez hacían casi cinco años. Porque entonces sucedería un desastre, como en aquella ocasión, y entonces él tendría que recoger las piezas, y tratar de unirlas nuevamente, y arruinaría todo de nuevo. Tal vez incluso lo haría para siempre si no era cuidadoso. Porque se conocía, y conocía a Hawkeye… y justo como cuando había perdido el control –cuando ambos habían perdido el control–, ella tomaría sus propias medidas, y él las suyas, y no se cansaría hasta terminar por arruinar su carrera militar, o peor aún, su oportunidad con Elizabeth, o todavía peor, ambas.

Y no estaba dispuesto a sacrificar ni lo uno ni lo otro. No a esas alturas.

Ya estaba cerca, cerca, ridículamente cerca, y no se quedaría a un paso, ni tampoco se quedaría sin Elizabeth. No. Eso ya estaba decidido.

Actuar llevado por sus instintos, esta vez no lo llevaría a nada. Hawkeye misma lo sabía, se dijo, y por eso había hecho eso de huir de su cercanía.

Y, como de costumbre estaba en lo correcto.

Pero aún así ¿Quién le quitaba toda esa maldita ansiedad que le carcomía? ¡Demonios! ¡Sí que era débil!

—Hawkeye— dijo de pronto, instintivamente, como un reflejo de supervivencia. Porque tenía la certeza que si aquel estúpido silencio se prolongaba una sola fracción de segundo más, acabaría por hacer explotar la casa con ellos dos dentro.

La mujer, sin volverse, respondió, calma, lenta y tortuosamente tranquila —Señor.

Y Roy había resoplado para sus adentros, haciendo acopio de su todavía resistente fuerza de voluntad para no estallar cual dinamita.

—Esto… ¿Qué harás para comer esta vez? — preguntó, sonando calmado, sereno y colecto, logrando por alguna clase de milagro que su faz se mantuviese sobria y bajo total control.

—Ternera con verduras, señor ¿Alguna queja? — preguntó entonces, ácidamente, sin siquiera molestarse en mirarlo.

El alquimista entonces se sintió un poco de alivio, al menos continuaba con su habitual acidez… eso era buena señal, creía —No, ninguna, teniente. Me abstendré de hacer cualquier clase de comentario.

A pesar de que la rubia continuaba de espaldas, ocultando cualquier gesto hiciera del campo de visión del pelinegro, éste adivinó cómo la mujer enarcaba una ceja —Me parece que es una buena idea si es que pretende almorzar hoy, General— apuntó, aplicando especial desdén en la última palabra.

Roy suspiró, satisfecho de, al menos, ser capaz de entablar una de sus viejas conversaciones con su antigua subordinada —Supongo que tendré que conformarme— contestó, encogiéndose de hombros, con un indicio de sonrisa curvándole ligeramente los labios —Aún así, considero que no debe ser tan malo, puesto que mi hija no ha mostrado queja alguna de sus habilidades culinarias en los últimos años ¿Me equivoco?

Los ojos cafés de Riza se abrieron ligeramente, y su corazón pareció detenerse al momento de escuchar las palabras "Mi hija" viniendo de la boca del hombre que se encontraba a sus espaldas. Debía admitir que aún no se acostumbraba a la idea. Aún así, y como era de esperarse, no hizo ninguna manifestación de su asombro, en cambio, retrucó mordazmente —No lo hace, señor, para variar. Elizabeth, de hecho, se muestra bastante satisfecha con mi manera de cocinar.

Entonces él esbozó una media sonrisa, casi sin darse cuenta. De nuevo había ahondado demasiado en sus propios pensamientos.

Su silencio pareció prolongarse más segundos de lo habitual, llamando la atención de la rubia, quien discretamente observó sobre su hombro, tan sólo para comprobar que su antiguo superior permanecía callado con aquella sonrisa congelada en la expresión — ¿General? — inquirió, al ver que éste no salía de su ensimismamiento.

El aludido tan sólo acentuó aquella extraña sonrisa, bajando tan sólo unos decibeles al volumen habitual de su voz —Yo… tan sólo pensaba, teniente.

Riza enarcó una ceja, aún mirándolo por encima del hombro, discretamente, aunque sin decir nada –no que tuviera algo que decir de todas formas–, a lo que el hombre prosiguió, sin subir el tono ni ceder su gesto —Dime una cosa, Hawkeye— la rubia se tensó inmediatamente, y no supo si fue debido al tono de su voz o a la manera en que su sonrisa pareció acentuar efímeramente, de manera que bien pudo haber sido únicamente su imaginación. Las palabras de Roy entonces, resonaron sordamente por las paredes — ¿Alguna vez pensaste que terminarías siendo…?— pareció vacilar un poco antes de concluir — ¿…Una madre?

Los ojos negros del alquimista se apresuraron a buscar los de ella, pero para entonces, Riza ya los había apartado. Notó cómo los hombros de ésta se tensaban ante el cuestionamiento, pero no fue capaz de vislumbrar –o siquiera imaginar– la expresión que pudiese tener su rostro en aquellos momentos.

Más si hubo alguna clase de asombro por su parte, éste no se reflejo –en lo absoluto– en su contestación—Me temo, general Mustang, que no comprendo su cuestión— su voz sonaba seca, dura, como una de aquellas balas que ella tan diestramente era capaz de incrustar en la rótula, sin el menor miramiento.

Él se encogió de hombros, voz insólitamente serena —La pregunta fue bastante clara.

Un segundo. Otro. Silencio, un suspiro lento, pausado, y finalmente una respuesta —No veo como mi respuesta pueda ser relevante, señor.

"Está incómoda" pensó Roy, al captar su tono ligeramente afilado y excedentemente –aún viniendo de ella– ácido; no cabía duda, a fin de cuentas, llevaban demasiados años de conocerse, y a él le era fácil descifrarla, aunque fuese sólo por algunas pocas ocasiones. Sin embargo, no soltaría el tema hasta obtener una respuesta.

—Y yo no veo como pueda ser complicado contestar ante una interrogante tan sencilla— retrucó él, con aire arrogante.

Observó cómo la espalda de la rubia se crispó, al igual que, pudo imaginar, lo hicieron, aunque fuera tan sólo por menos un instante, sus facciones, que permanecían fuera del alcance visual del azabache —Considero que esta conversación comienza a tornarse contraproducente, General de Brigada.

— ¿Lo tomo entonces como un no? — Inquirió Mustang, ignorando deliberadamente a su ex subordinada, quien, al cabo de unos momentos, pareció suspirar resignadamente, antes de susurrar, casi inaudiblemente —Haga como prefiera.

Entonces es un no, pensó el alquimista, suspirando, antes de inquirir — ¿Nunca? ¿Ni siquiera…?— se obligó a detener aquello que iba a decir, en cambio, concluyó — ¿Jamás lo consideraste?

La rubia mujer entonces pareció relajar la rigidez de sus hombros, soltando una exhalación resignada y abandonando momentáneamente lo que estaba haciendo —Jamás fue una posibilidad. Lo sabe.

Pudo haberlo sido. Antes, tal vez. Cuando las cosas no eran tan complicadas, en el tiempo donde no tenía que pensar demasiado en el pasado o el futuro. Pero no había tenido mucho sentido preguntárselo después… no era necesario, ella había asumido entonces que habría cosas que tendría que sacrificar, y estaba bien con eso. Y la época en la que aquella había sido una opción, parecía tan lejana que ni siquiera se molestaba en cavilarlo. Ahora, claro estaba, no había quedado más opción, y ella estaba feliz con ello también. Pero no encontraba la necedad del hombre por abundar en aquel cuestionamiento.

—Estoy seguro que lo fue en alguna época. Una opción… al menos para ti— la voz de Roy Mustang la arrancó de nuevo de sus pensamientos.

—Yo no lo estoy tanto, señor. Y si mal no recuerda, estamos hablando de mí— amonestó ella, severamente.

Entonces, de nuevo, él volvió a hablar, pronunciado fuerte, claro — ¿Por qué?

A diferencia de la anterior, aquella inquisición había sido extremadamente simple. Y aunque, tratándose de él pudo haberlo tomado como una pregunta desafiante, o con segundas intenciones, realmente se escuchó como si, en efecto, sintiese curiosidad por la respuesta. Como si genuinamente desease conocer las razones que había tenido ella.

Y sin volverse, Riza simplemente suspiró, intentando mantenerse colecta —Usted sabe por qué— y entonces, algo, una especie de quiebre se escuchó por primera vez en mucho tiempo. Como si su voz se hubiese roto a mitad de la frase.

Roy bajó la cabeza, abatido.

Realmente se odiaba cada vez que pensaba lo mucho que ella había tenido que sacrificar a causa de su sueño, a causa de sus errores y de los pasos que él había decidido tomar. Y sabía también las miles de razones que ella habría tenido para suprimir sus propios sueños.

Aquellos anhelos personales que pudo haber tenido, como ser humano… como mujer. Mismos que él se había obligado a borrar, a despejar, en aras de cumplir el más importante de todos. Pero tratándose de ella, no podía evitar sentirse peor incluso que con sus propios ideales. Porque ella realmente no tenía ninguna culpa. No en lo que a su sueño respectaba, al menos.

—Pero— dijo él, haciendo sonar su voz, alzando la mirada —De haber sido todo diferente ¿Lo habrías deseado?

Directo al corazón. Así había llegado la pregunta a la rubia, como una bala atravesándole el pecho, sin previo aviso. Usualmente la directa era ella y no él. Usualmente era ella quien lo dejaba en el suelo a él, y nunca al revés. Pero de cualquier manera, tratándose de Roy Mustang, entonces podía hacer lo que quisiera con ella, incluso si se resistía. Porque había ocasiones en que él encontraba las palabras exactas para desarmarla y dejarla fuera de combate.

Y sinceramente, ella no tenía una respuesta a aquella pregunta. Por primera vez en demasiados años, Riza Hawkeye no tenía nada más que contestarle. Porque no sabía. No lo hacía, nunca lo había hecho. No conocía la respuesta, tal vez porque verdaderamente, nunca lo había considerado en el pasado, o tal vez porque nunca se lo había permitido.

Ya no estaba segura.

¿Y qué sentido tenía preguntárselo, de todas formas? Ellos eran ellos, las situaciones habían sido las que habían sido, y ella jamás se había detenido a pensar en cómo hubiesen sido las cosas de ser las suyas otras circunstancias. En cómo habría sido su vida si no se hubiese unido a la milicia ¿O lo había hecho?

Tal vez, y sólo tal vez lo había hecho… pero tan sólo por una milésima de segundo, y luego habría desechado la idea. Porque Riza Hawkeye no era del tipo soñador. Al menos ya no más. No desde que era una niña ingenua.

Ella no se pasaba la vida como Rebecca, imaginando todos y cada uno de los posibles escenarios de su vida. No. Ella vivía y pensaba en función de su realidad presente, sin más ni menos.

Y era cierto que la noticia de su sorpresivo embarazo, hacían casi cinco años, le había causado un shock. Y era cierto también que en aquel momento se había negado a aceptar que muy en el fondo, alguna vez lo había deseado. Porque en el momento en que se enteró de la intempestiva llegada de Elizabeth, había demasiadas cosas más importantes que sus propios deseos. Y porque en aquel momento en lo único que había podido pensar era en lo inconveniente que resultaba aquella situación. Después, cuando tomó la resolución de que ella naciera, y la sintió en su interior aquella primera vez, tal vez, y sólo tal vez, había aceptado que lo había deseado, alguna vez, en un pasado demasiado lejano como para que valiese la pena recordarlo. Y sí; en aquel momento, nada la hizo más feliz que estar en aquella situación –por difícil y tortuosa que ésta fuese–.

Pero eso había sido después de que no había habido más opción.

Antes que eso, nunca lo había considerado. O eso se esforzaba por creer.

—Las cosas fueron como fueron, General. No considero que tenga algún sentido preguntárnoslo a estas alturas— respondió simplemente, volviendo a sus labores, sin tomarse la molestia de mirarlo de nuevo.

Roy espiró, hondo, tratando de interpretar la respuesta de ella.

Y es que en el fondo, lo sabía. Sabía que ella sí lo habría querido. Que lo había querido siempre, en lo más hondo de su ser.

Lo sabía por todas las veces que había descubierto aquel brillo y aquella suavidad en su expresión cuando se trataba de los hermanos Elric, o de aquella chica, Winry Rockbell. Incluso a veces, cuando alcanzaba a notar la mirada gentil que le dedicaba de vez en vez a Fuery, o por aquella ocasión, tantos años atrás, cuando Hughes había colocado a la recién nacida Elicia en sus brazos, la mirada anhelante que pudo percibir por una milésima de segundo por parte de ella. Lo sabía por aquellas ocasiones en que la había captado mirando en dirección a un niño cuando caminaban por la ciudad, haciendo ronda, con un atisbo de sonrisa en sus labios. Y sobre todo, lo sabía por la manera en que ahora miraba a Elizabeth, con tal bondad y adoración, y por la forma en que acariciaba su cabello con ternura cuando lo cepillaba.

Lo sabía. Sabía que él le habría podido arrebatar aquella oportunidad. Que de no ser por los misterios de la vida, –que la habían llevado a quedar embarazada, ya que él estaba consciente de que Hawkeye había tomado medidas después de lo sucedido– probablemente la habría privado una vida normal, esa que el resto de las mujeres parecía querer.

Y es que en el pasado, teniéndola siempre a su lado, cuidando sus espaldas, a ratos olvidaba que aparte de ser Hawkeye, la inalcanzable y prudente Hawkeye, Riza era tan sólo otra mujer más. Con deseos comunes como los de cualquier otra… deseos tan vulgares y comunes como, por ejemplo, ser madre.

Y se preguntó que, si de haber sido otra su situación, tal vez en otra vida, en otro universo, hubiesen podido, en efecto, formar una familia normal. Sin tanto alboroto, sin tantos problemas, simplemente porque sí. Así como habían hecho Acero, o Hughes.

Si ella, en aquellos anhelos que había optado por reprimir durante tantos años, lo habría si quiera considerado a él… si lo habría hecho de haber sido todo de otra forma.

O si no había sido así. Si a los ojos de ella, él no era competente para desarrollar aquella tarea. Tendría sentido, después de todo; ella se había marchado sin decir nada…

Y fue por aquella idea tan infame que decidió insistir —Pero ¿Lo habrías hecho? — su voz parecía pertinaz… más de lo habitual. Y eso claro, ya era decir bastante.

Riza volvió a detener lo que hacía –revolver las verduras de la ensalada–, respirando oscilante entre la resignación y la impaciencia, para agregar, con voz calma y pausada —No dejará el tema hasta que le responda ¿No es cierto? — preguntó, mirándolo de nuevo por encima del hombro, con cierta severidad.

Roy esbozó una media sonrisa —Como de costumbre, teniente primera Hawkeye, está en lo cierto.

La rubia cerró los ojos lentamente, inhalando hondo, pronunciando las palabras cuidadosamente, como quien elige meticulosamente cada una de ellas —De haber sido todo diferente, probablemente lo habría hecho, General de Brigada ¿Satisfecho? — aquello último, lo agregó con cierto fastidio y hasta sátira, regresando su atención a las verduras que revolvía en la hoya, en aras de reanudar su actividad.

—Y de haberlo hecho ¿Con qué clase de hombre hubiese pensado compartirlo? — Roy pareció ignorar olímpicamente la sarcástica contestación de su antigua subordinada.

Está bien, aquello Riza definitivamente no lo esperaba. Pero aún así, no dio muestras de sorpresa. Tan sólo abrió los ojos ligeramente más de la cuenta, antes de aseverar —Muy bien, esta conversación dejó de tener sentido.

El alquimista levantó la voz, claramente disgustado —No lo creo, teniente, responda mi pregunta— el tono de aquel enunciado pareció tan imperativo, que incluso ella se sintió ligeramente intimidada.

Entonces se volvió de lleno hacia él, intentando calmar los latidos acelerados de su corazón, su rostro una hermética máscara de serenidad e indiferencia. Y lo observó desde donde estaba, notando con su aguda vista –que durante sus años en el ejército le sirvió para que la apodaran "El ojo del halcón"– la venita que sobresalía de su sien, así como el sudor perlando su frente apenas visiblemente. Parecía alterado, casi desesperado a juzgar por la mueca involuntaria que tenía… sí. Riza lo conocía. Lo conocía tan bien, lo sabía casi de memoria. Y sabía exactamente lo que había querido decir al preguntar eso.

Fue por eso, y sólo por eso, que decidió responder, alzándose de hombros, lo más indiferente que su propia voluntad le permitió —Quién sabe. Si hubiese estado en posición de elegir, probablemente habría optado por alguien responsable— dijo, mirándolo de reojo, para captar su reacción —Alguien con un buen sentido de la justicia, tal vez.

La respuesta no pareció dejar satisfecho al azabache, quien casi bufó ante la ambigüedad de la contestación —No está siendo específica— amonestó, con cierta impaciencia.

— ¿Qué quiere que le diga? — preguntó, sin revelar por un segundo la gracia que la actitud de Roy comenzaba a causarle.

—No lo sé, tal vez un nombre y un apellido— respondió, molesto.

Ella casi dejó salir la risilla, pero se contuvo —Se trata de una situación hipotética, general, no creo que amerite tanto interés de su parte. Después de todo, las cosas ya sucedieron de una manera. Es irremediable…

El hombre rechinó los dientes, intentando calmar las ganas que sentía de ponerse de pie de una buena vez y hacerla responder con un beso —Sólo responda— masculló, de mal humor.

Los ojos cafés de Riza parecieron sonreír por sí solos, y su gesto pareció suavizarse, observándolo.

Dejó pasar unos instantes en silencio, antes de responder en un suspiro, con suma suavidad —Tal vez de haber estado en posición de elegir… mi elección no habría distado demasiado de la que hice en realidad.

Y tras decir esas palabras, simplemente se volvió nuevamente, disponiéndose a continuar con su labor de revolver las verduras, como si nada hubiese pasado.

Pero ella debió haber sabido que aquello habría sido demasiado pedir. Porque antes de darse cuenta, antes si quiera de poder reaccionar, sintió unas fuertes manos sobre sus hombros, haciéndola girar sobre sus talones, y enseguida, unos labios ásperos y cálidos chocar contra los suyos violentamente, en un movimiento brusco y desesperado.

Y Roy se reprendió por no haber contenido sus ganas, para variar.

Es que le era imposible. Imposible, teniéndola ahí, después de tantos años sin ella, diciendo cosas como esas y siendo tan condenadamente hermosa como ella era.

Era algo que no podía controlar. Una reacción física, algo que la naturaleza clamaba, ordenaba y no había nada que ellos pudiesen hacer para resistirse. Se trataba de una cuestión magnética.

Él no era nada si no la tenía cerca.

Y no había remedio, supuso, reteniéndola entre sus manos, estrechando el contacto y pegando aún más sus labios a los de ella.

"Condenado magnetismo" maldijo para sus adentros, mientras la besaba… él ya no tenía salvación.

Y aquel hecho no podía importarle menos.


Y bueno, éste fue el capítulo 29 ¿Qué les pareció? Espero que les haya gustado. De no ser así, no se olviden de comentar aún así. Yo acepto dudas, quejas y sobre todo, sugerencias ;)

Si tiene errores, disculpen, siempre ando en la baba, espero poder corregirlos a la brevedad jiji.

Bueno, nos vemos, COMENTEN, por favor.

¡Nos vemos!

Sayonara! n_n