Disclaimer: Ninguno de los personajes, lugares, o nombres aquí mencionados son de mi pertenencia. Todos son propiedad de ©Nickelodeon, Michael Dante DiMartino y Bryan Konietzko. Basado en La Leyenda de Korra.


~Cuento de Hadas~

Por: Devil-In-My-Shoes


Capítulo XXIX

—Ha pasado un tiempo desde la última vez que hicimos esto —comentó, sin aliento cuando su pecho se estremeció.

La mujer que estaba sobre ella, tras haberla hecho quedar en ese estado en primer lugar, sólo pudo sonreír. Los brazos a cada lado de ella, las piernas de la otra entre las suyas, y sus caderas inclinadas hacia arriba sólo acercaban más sus cuerpos. Una posición íntima: ella no había sentido el calor y la excitación de esta manera en mucho tiempo. Podía sentir la incandescencia irradiando de su compañera, su amante.

—De hecho —suspiró Kuvira, inclinándose y presionando sus labios contra los de Yasuko.

Fue un beso áspero, desesperado, pero también apasionado. Se separaron momentos después, la euforia zumbaba en sus cuerpos y mentes. Kuvira comenzó a presionar besos en la línea de la mandíbula de su pareja antes de arrastrarse por su cuello. Sin embargo, Yasuko no sintió ningún pellizco de dientes cuando Kuvira continuó hacia su clavícula. Hasta que dejó escapar un suave gemido, cuando por fin la fey mordió la sensible piel por encima de su clavícula.

Y se estremeció, mientras Kuvira continuaba dejándole marcas de amor. Sintiéndose repentinamente audaz, Yasuko empujó ligeramente sus caderas; el calor en la boca de su estómago se intensificó.

Kuvira hizo una pausa. Dejó escapar un tembloroso suspiro, mientras luchaba contra sus sentidos, y sus manos se aferraron a la fina hierba. No habían hecho esto en veinte años, y romperse y perder el control de sí misma en contra de la mujer que estaba debajo de ella no sería lo apropiado. Recién habían comenzado a recuperar esa intimidad de antaño, buscando despertar el amor que ambas se tuvieron alguna vez.

Esta noche, se amarían la una a la otra. Tomarían las cosas con calma, y al mismo tiempo, eliminarían la tensión que se había acumulado durante tanto tiempo.

Yasuko podía ver que Kuvira se estaba conteniendo, para saborear las emociones en lugar de caer sobre ellas a la vez. Apretó sus muslos contra los de la fey, instándola a continuar. No pasó mucho tiempo antes de que pudiera volver a sentir aquellos labios y dientes rumeando sobre su piel.

Yasuko no podía moverse mucho en su posición actual, por lo que todo lo que podía hacer era dejar que sus manos se aferraran y apretaran los hombros y la espalda de su amante mientras se perdía en el calor.

Los afilados ojos verdes de Kuvira tenían un brillo en ellos. Distrajo a Yasuko con otro beso en la línea de su mandíbula mientras hacía rodar sus caderas hacia adelante. Un duro gemido emergió de su compañera, el fuego entre ellas cada vez más caliente, cada segundo de cada minuto.

En ese momento, Yasuko no lo resistió más, y agarró los brazos de la fey, tomando a Kuvira por sorpresa cuando ésta se encontró de repente tumbada de espaldas. Yasuko se sentó sobre el estómago de la fey, con los brazos a cada lado, entrelazando sus manos. Sintió que la mano izquierda de Kuvira le clavaba las uñas en los nudillos.

Yasuko se inclinó, su largo cabello cayó sobre sus hombros y rozó ligeramente el rostro de la fey. Resplandecientes esmeraldas atrapadas en el oscuro jade; lujuria y un amor lozano brillaba en sus ojos. Finalmente Yasuko presionó sus labios contra los de Kuvira; el beso fue gentil y suave esta vez. La ternura las dejó sin aliento… Eran estos dulces momentos los que más habían apreciado en otros tiempos.

Sus labios se movieron, unos contra otros, perdiéndose en la euforia que llenaba sus corazones. Kuvira sintió que Yasuko se apretaba contra ella; sus cuerpos se amoldaban perfectamente. Soltando sus manos, Kuvira deslizó sus dedos por los costados de Yasuko, clavando sus uñas en la blanca piel de la mujer dragón. Yasuko jadeó entre besos: la sensación del dolor no hacía más que agregar combustible al fuego que ardía en su interior.

Recibir tal reacción de su amante llevó a Kuvira a continuar trazándole la tersa y sensible piel. Dejó rasguños rojos a su paso, algunos más profundos, que le extrajeron sangre. Sin embargo, por sus bajos gemidos y besos acalorados, la fey supo que el placer del dolor complacía a su pareja, y sonrió contra los labios de Yasuko.

—Yasuko…

Kuvira se separó de su beso, ambas sin aliento y temblando de emoción. Sus manos se deslizaron hasta que descansaron sobre los muslos de Yasuko, sólo para clavarle las uñas en la piel mientras ella levantaba sus propias caderas. Con sólo la negra túnica desabrochada, exponiendo sus senos y estómago; los movimientos repentinos de Yasuko la golpeaban con fuerza, y el calor la envolvía aún más.

—K-Kuvira... —gimió ella, temblando sobre la fey, y una lengua de fuego se le escapó con el aliento.

Kuvira llevó su mano derecha a la mandíbula de Yasuko, acariciándole el sudoroso rostro con los dedos.

—Shhh... —Susurró, inclinándose y rozando sus labios contra los de ella, distrayéndola con besos sedosos—. Te extrañé tanto…

—Perdóname —musitó, agobiada por la culpa—. Si hubiera tenido más fe en ti, entonces… nosotras nunca…

—No te disculpes. Hazme el amor.

Yasuko era tan cálida ahora...

Kuvira se hundió más profundamente en ella, escuchando su aliento jadeante contra su oreja. Las piernas de la mujer dragón se envolvieron alrededor de sus caderas desnudas y ella se sacudió a través de su cuerpo, casi haciéndola ceder. Su piel era deliciosamente caliente, brillante y dorada como el sol. Ofrecía un poderoso contraste con el aura helada y pálida de la fey.

Calor.

—Yasuko —jadeó sin aliento, y enterró la cara en el suave valle entre sus pechos.

Sus movimientos eran lentos. Había momentos en los que se volvían apasionados y rápidos, profundos y bruscos, pero luego regresaban a los movimientos más lentos, sin prisas, tan sólo gozando la una del cuerpo de la otra. Sus caderas no chocaban entre sí, rodaban, y Yasuko se mecía con Kuvira.

Tanto calor.

Con cada vaivén sentían la adrenalina, pero podían saborearla y disfrutar con ella. Las caderas de Yasuko volvieron a rozar las suyas, y la fey suspiró contra su boca y permitió que tomara sus firmes senos con las manos, rompiendo el beso para exhalar un delirante: "Aaah". Y recorrió con presteza el largo cabello de la mujer dragón.

—Yasuko, estoy cerca —exhaló.

—Yo también —respondió—. No te asustes si ardo en llamas cuando llegue al orgasmo; no voy a quemarte.

Kuvira rió contra su barbilla.

—Jamás le he temido al fuego.

Yasuko se inclinó y le dio un beso en la nariz, antes de mover sus caderas más rápido. La fey siguió su ritmo, sintiendo que la calidez se acumulaba y aumentaba a su alrededor. Su amante cerró los ojos, pero Kuvira los mantuvo abiertos, porque sabía lo que venía y quería verlo.

Entonces Yasuko gimió, vio blanco, y su cuerpo estalló en llamas. La fey observó con absoluto asombro cómo su amante se convertía en fuego puro; su cabello resplandeció y atractivos colores rojos, naranjas y dorados las rodearon como en una espiral. Kuvira contempló el maravilloso fenómeno por unos instantes antes de llegar a su propio clímax y ver blanco ella también.


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El alba había roto, los primeros signos de la salida del sol empezaban a brillar a través de las hojas de los árboles. Entre el pasto alto, cubriendo una parte de sus cuerpos desnudos con la capa de Kuvira, las dos dormían cerca de la otra. Ambas boca abajo, con las espaldas trazadas en evidencia de la noche anterior. La de Yasuko estaba en peor estado: profundos rasguños recorrían sus costados y omóplatos. Habían algunos rastros de sangre seca en su lado izquierdo, insinuando que Kuvira había estado desesperada en su momento de pasión. Ansiaba tanto sentirla, tocar la delicada piel de Yasuko bajo su palma…

La fey se movió primero, la luz del amanecer la despertaba. Siseó mientras se incorporaba, su cuerpo dolorido en cada lugar. Aunque el calor del momento se había ido, el entumecimiento en su abdomen le recordó lo que había sucedido la noche anterior. La piel de su cuello estaba magullada, junto con la de su clavícula y hombros, con algunas marcas de dientes descoloridas. La parte interior de sus muslos le dolía levemente, y recordó que la mujer a su lado también había dejado allí marcas de amor.

Dejó escapar un suspiro cansado, y sus ojos verdes vagaron por la forma dormida de su amante. Una punzada de culpa obstruyó su garganta cuando notó los profundos y dolorosos rasguños que marcaban la piel de Yasuko. Y tembló al pensar que podría haberle hecho el mismo daño a Asami de no haberse contenido cerca de ella. Kuvira solo podía imaginar que les tomaría un tiempo para sanar, a no ser que los dragones se curaran tan rápido como los fey. Qué extraño era pensar en su amada así y no como cuando era una humana ordinaria.

Acercándose, se apretó contra Yasuko, sintiendo la frialdad de su piel desnuda. Esto hizo que ella se revolviera, sus ojos se abrieron soñolientos; una vibrante mirada fey la observó fijamente.

—Despierta —dijo Kuvira en voz baja y suave, extendiendo su mano para apartar algunos de los mechones de Yasuko.

La mujer solo gruñó en respuesta, el dolor en todo su cuerpo la tomó por sorpresa. Su largo cabello negro estaba extendido por todas partes, como delgados hilos que sobresalían hacia todas las direcciones. Y recordó a Kuvira enredándole las manos en el pelo mientras hacían el amor.

Se sentían como adolescentes de nuevo, todos esos años atrás cuando lo experimentaron por primera vez. Aunque ambas estaban magulladas, arañadas y doloridas; ahora eran más cercanas a la familiar sensación de estar otra vez enamoradas.

A diferencia de Kuvira, Yasuko se acurrucó sobre el suave pasto, todavía en una dicha agotada. Sus ojos se cerraron de nuevo cuando la fey jugueteó con un mechón de su cabello.

—Sabes que esto no puede seguir así —le dijo Kuvira—. Nuestro tiempo acabó hace mucho, cuando aún eras humana.

—Yo creé este mundo y con él, el tiempo —repuso ella, sin mirar.

—Y los dioses el destino y hasta los dragones deben obedecerlo. No debemos demorar más en nosotras mismas, Yasuko. Te agradezco que me hayas regresado la fuerza y que me resguardaras cuando me desmayé. Y además, lo de anoche… Pensé que moriría sin volver a sentirme así contigo. Pero ahora tenemos que…

—No quiero —espetó.

Kuvira la miró sorprendida.

—¿Qué dices?

—No quiero. Te conservaré aquí, en lo alto, junto con todos mis tesoros, alejada del mundo; donde podrás ser mía por siempre.

La fey rió por lo bajo.

—No cabe duda de que en verdad eres una dragona —susurró—. Ignora tu naturaleza acaparadora un momento y recuerda a la humana que solías ser, Yasuko. ¿Acaso te has olvidado de Asami?

Sólo entonces abrió los ojos y la miró.

—¿Asami? —musitó—. Asami… Mi hija…

—Debemos protegerla —prosiguió Kuvira—. Está atrapada en medio de la guerra entre humanos y fey. Lo sabes tan bien como… Como el hecho de que ahora estoy más unida a ella que a ti. Tú lo quisiste así. Es mi castigo, ¿recuerdas?

Por un momento, los únicos sonidos que se oyeron fueron el rumor de las ramas, el gorgojeo de una cascada que se precipitaba en la ladera de la montaña y la cháchara de unas ardillas en la distancia. Entonces Yasuko cambió de posición y a Kuvira le pareció oír que emitía un gruñido. La miró, y entonces, luchando para controlar las emociones que la embargaban, dijo:

—He vivido dos vidas completamente distintas y temo que aún no he sido capaz de enlazar ambas con quien soy ahora. Tienes razón —suspiró débilmente—. Nuestro tiempo juntas terminó hace mucho. Quería convencerme de lo contrario, pero… tú aún estás maldita y mi hija corre peligro. La guerra… La guerra entre razas que fue provocada por mis hermanos y yo, debe terminar.

—Vine hasta aquí para obtener el nombre verdadero de Suyin —concedió Kuvira— Si es verdad que la lengua de la creación nace de ti, has de saber cuál es. Dímelo, por favor. Si podemos controlar a mi madrastra, los humanos podrán vencer y con su triunfo, regresará la paz.

Yasuko soltó un bufido de consternación; una llamarada de fuego y humo salió por entre sus labios al exhalar.

—Eso es imposible. No puedo decirte su nombre verdadero.

—¿Por qué no?

—Porque no existe.

Esa frase pareció embestir a Kuvira: la sensación de vértigo fue tan intensa que tuvo que sujetarse de los hombros de Yasuko.

—¿Pero qué demonios estás diciendo? —gritó.

—La verdad, Ismira ezra —Yasuko se puso de pie y comenzó a andar lentamente, internándose en el pasto alto. Kuvira la siguió con la mirada—. Mi raza está casi extinta: los humanos y los fey nos dieron caza durante siglos, y en ese tiempo, la mujer que se hace llamar tu madre consiguió asesinar a uno de mis hermanos. En su agonía, Suyin fue capaz de penetrar su mente, y antes de que el Dragón Elemental del Aire Zindall muriera, ella consiguió robarle una única palabra de la lengua verdadera: su propio nombre. Un movimiento terriblemente astuto, aunque… Tras destruir su nombre verdadero, en su intento de volverse invencible, Suyin perdió toda noción de su ser.

Kuvira, con voz ronca, dijo:

—Es algo difícil imaginar. Ni siquiera suena a algo remotamente posible.

Yasuko inclinó la cabeza un poco, en un gesto como de pájaro.

—A pesar de ello, así fue. Esto sucedió mucho antes de que Suyin asumiera el trono de los fey. Ya desde entonces tenía decidido convertirse en un ser poderoso, quizá por venganza, pues mi hermano Zindall devoró a su padre e intentó hacer lo mismo con ella. No obstante, en ese entonces ella era una joven muy distinta de la mujer que tú conoces ahora. Suyin quería huir de su pasado, de su verdadera identidad, y olvidar que alguna vez…

—¿Que alguna vez qué?

Con pasos suaves sobre la hierba, Yasuko regresó a su lado y se la quedó viendo de una forma intensa y extraña, como si intentara recordar algo que se le hubiese escapado de repente. Parecía triste y preocupada.

—Kuvira, tú aún no sabes lo que eres.

—Entonces dímelo —pidió—. Dime todas las verdades que poco a poco regresan a tu mente.

—Primero empezaré por algo que quizá te desagrade: he tenido que arrancarte las alas.

—Lo sé, pude notarlo desde que recuperé la consciencia.

—¿Y por qué no dijiste nada al respecto?

—Confiaba en que tuvieras un buen motivo para haberlo hecho.

Yasuko volvió a tomar asiento junto a ella y, sin que Kuvira se lo pidiera, comenzó a vestirla con la túnica, sucia y rasgada, con la que había soportado el ascenso a la cima de la montaña. Le anudó los costados de la prenda y cuando terminó, dio unos tironcitos en el borde para alisarle las arrugas y limpiarle el polvo. Dejó que la fey se pusiera los pantalones grises; en la rodilla izquierda tenía un desgarre de cuando impactó contra sus afiladas escamas en el aire, aunque la herida ya se había borrado.

Luego se calzó las botas, y Yasuko cogió las espinilleras plateadas que estaban tendidas sobre unos matorrales. Se arrodilló delante de ella a la parpadeante luz del amanecer. Kuvira la observó mientras ella se las colocaba: Yasuko le sujetaba la pantorrilla con una mano mientras le aseguraba la segunda pieza de la armadura. Kuvira sintió la calidez de su mano a través del tejido del pantalón.

—Tus alas estaban tan rotas que no hacían sino drenar tu energía y provocarte hemorragias. Cuando te desmayaste en mis brazos supe que tenía que actuar rápido y te las arranqué —bajó la vista y permaneció en silencio un instante—. Lamento que nunca hayas podido gozar de la verdadera libertad del vuelo, y que te hayas visto obligada a sacrificar eso por mí.

Antes de que Kuvira pudiera decir algo, Yasuko se puso en pie, volvió a los matorrales y cogió los guardabrazos de plata. La fey estiró los brazos hacia ella y la miró a los ojos. Yasuko le devolvió la mirada. Con gestos deliberados y lentos, le sujetó las piezas metálicas en los antebrazos y le deslizó las manos desde los codos hasta las muñecas, donde los grilletes de hierro se le habían fundido en la piel. Kuvira la cogió de las manos.

—No necesito volar —le dijo.

Yasuko sonrió y se soltó.

—El hecho es que siempre estoy privándote de todo, Ismira ezra.

—Eso tampoco me molesta. Contigo me basta.

—No —Yasuko levantó la cabeza. Tenía los ojos vidriosos, pero Kuvira sabía que no vertería ninguna lágrima hasta que ella se hubiera ido—. Es tiempo de que te retribuya por todo lo que me has dado. Ven.

Se levantaron y caminaron juntas hasta el borde de la cima de la Montaña del Dragón, desde donde observaron el bosque que se extendía a incontables metros por debajo de ellas, seguido de una playa vacía, cubierta de restos de madera arrastrados por las olas. A la luz del alba, la arena, lisa y dura, parecía casi blanca, y las olas eran grises y negras y rompían furiosamente contra la playa, como si el océano estuviera intentando devorar la tierra con cada arremetida...

Kuvira empujó una piedrecita con la punta de la bota y la observó caer y rebotar por el precipicio de piedra hasta que se perdió en las profundidades de la espesura. Yasuko se sentó al filo del precipicio, con la mirada puesta en el mar. La fey se desprendió de su capa de plata y cobijó la desnudez de su pareja con ella. Yasuko le acarició las manos.

—¿Qué sabes de ti misma, Ismira?

—Que a mi madre la mató una cazadora y jamás la conocí. Que mi padre era Cassiel, el favorito de la Reina, y un lunático enfermo a quien yo misma asesiné. Sé que Suyin me acogió como su hija por interés, y sé que, contrario a todo lo que puede esperarse de una fey, yo poseo un corazón latiente en mi pecho. Sé que me he pasado mi vida entera luchando por sobrevivir y sé que mi nombre verdadero está maldito; que no puedo morir por mi propia mano, y que tarde o temprano, terminaré convirtiéndome en mi padre y le haré daño a las personas que amo…

—¿Por qué dices eso?

—Porque me siento dividida entre mis instintos y mis principios, y mientras más me apego al lado que considero bueno, el otro me consume todavía más y más. Soy una amenaza latente y cuando pienso en lo que podría llegar a hacerle a tu hija yo… Me doy asco.

—No deberías —se lamentó Yasuko—. No deberías despreciarte de esa forma. No es tu culpa ser como eres…

Kuvira emitió una risita resignada y lanzó otra piedra a la lejanía.

—Vas a decirme que soy mitad humana, ¿no es así? Una híbrido.

Yasuko se sorprendió.

—¿Desde hace cuánto lo sospechas?

—Desde siempre. Toda mi vida he querido creer que soy más que una fey devora humanos. Soy tan hermosa como Cassiel; a decir verdad, me le parezco mucho. Pero no soy como mi padre en absoluto. Algo faltaba; mi madre… Sólo ella tenía las respuestas que buscaba, pero convenientemente, estaba muerta. Es demasiado obvio, ¿no? Ella era humana.

—Tu madre —comenzó a decir Yasuko—. Era apenas una aprendiz de cazadora cuando se convirtió en la presa de Cassiel. Era joven, incluso más que mi Asami. De tan sólo quince años de edad. Y si te sirve de consuelo, te pareces más a ella que a Cassiel.

—¿Dónde? —quiso saber Kuvira, sonriente, porque la idea de que su madre fuera en realidad humana la enternecía—. ¿En qué rasgos?

—Tienes la frente de esa joven —contestó, sonriendo también—. La misma expresión en la mirada y su precioso cutis; has heredado el color de sus ojos y de su cabello, aunque tú eres cien veces más llamativa que ella, como es natural en una fey. —Enseguida notó que Kuvira estaba derramando unas pocas lágrimas y, suavizando la voz, le preguntó—: ¿Te gustaría ver cómo era tu madre, Ismira?

—Sí, por favor.

—Entonces cierra los ojos y deja que te muestre lo que una vez fue.

Kuvira sintió un cosquilleo de intranquilidad. Siempre había deseado ver a su madre, pero ahora que tenía la oportunidad de hacerlo, tenía miedo de que el resultado la decepcionara. Sin embargo, dejó que Yasuko le tocara la frente y cerró los ojos, y desde la mujer dragón fluyó una corriente de sensaciones: visiones, sonidos, olores, y mucho más, todo lo que ella experimentó en el momento en que sucedió lo que ahora recordaba.

Entonces contempló una imagen —tan clara como una visión a través de una ventana— de un jardín de rosas rojas y blancas encendidas por los pálidos rayos del atardecer. Un camino de grava serpenteaba entre los lechos de rosas, en medio del cual había una joven arrodillada que tenía una rosa entre las manos y la olía con los ojos cerrados y una media sonrisa en los labios. Kuvira pensó que era muy guapa. Tenía una expresión suave y tierna, pero llevaba ropas hechas con trozos de piel acolchada, unos brazales ennegrecidos en los antebrazos, espinilleras en las piernas y una espada y una daga de hierro que colgaban de su cintura.

En efecto, una cazadora. Las ironías de la vida no acababan.

En el rostro atezado de la joven, Kuvira detectó cierta semblanza con sus propias facciones. La imagen le fascinó. Alzó la mano, deseando poder introducirla en la visión y tocarla en el brazo.

«Madre».

No fue justo que muriera. Kuvira apretó los puños y rompió a llorar mientras el recuerdo se desvanecía de su mente. Pensar en lo que pudo haber sido, en lo distinta que hubiera sido su vida si la hubiesen dejado criarse con ella, le dolía más que nada en el mundo.

A Yasuko la conmovió verla en ese estado; la acercó más a ella y le acarició el cabello, la frente, detrás de las orejas y siguió cuello abajo hasta llegar a la cintura. Las caricias las dictaba la bondad, y la mejoría que procuraban era la sensación más intensa y tierna del mundo.

Kuvira descansó la cabeza en el regazo de Yasuko, mientras ésta seguía acariciándola; era un regalo ofrecido sin reservas, y ella lo aceptó.

—¿Cómo te sientes ahora, Ismira? —le preguntó, una vez que la fey terminó de desahogarse.

—Lo sabes tan bien como yo.

—Hace unos minutos lo sabía, pero ahora no. Te has quedado quieta, y mirar tu mente es como mirar un lago tan profundo que no se ve el fondo. ¿Qué tienes dentro, amada mía? ¿Es rabia? ¿Es felicidad? ¿O es que no tienes ninguna emoción que dar?

—Lo que hay en mí es aceptación —dijo, y giró la cabeza hacia ella—. No puedo cambiar quiénes fueron mis padres; ni cómo fueron sus vidas. Lo que es, es, y por mucho que haga rechinar los dientes eso no cambiará. Estoy… contenta, creo, de considerar a esa joven mi madre. Pero no estoy segura… Son demasiadas cosas a la vez. —Se pasó una mano por el cabello—. ¿Hay forma de saber su nombre?

—Laila —musitó—. Se llamaba Laila.

—¿Quién fue el responsable de su muerte? ¿Cassiel? ¿Suyin?

—Suyin.

—¡Hija de…! —Kuvira hizo el amago de lanzarse al vacío para alzarse en vuelo e ir a enfrentarse a la reina fey, pero pronto recordó que no podía hacer ni una cosa ni la otra, y lanzó un doloroso grito de furia hacia la lejanía.

«No puedo hacerlo —se dijo—. Es demasiado peligroso, y sólo conseguiré empeorar las cosas… No, no —se rebatió enseguida—. Ya lo estaba olvidando: no soy como Cassiel, y cada paso que dé por esta senda, será el que yo decida dar. Tal vez mi naturaleza me parezca horrible siempre, y quizá nunca llegue a ser lo que más me gustaría, pero tengo la oportunidad de quedarme aquí e intentar convertirme en lo que debería ser. Desaprovechar mi naturaleza sería un delito, así que usaré el poder que poseo para enmendar todo lo malo que hizo mi padre y las tragedias que ha desatado Suyin. Lo utilizaré para luchar por los humanos».

—Háblame sobre Asami —suplicó entonces—. ¿Cuál es su verdadera naturaleza? ¿Qué sucederá con ella?

Yasuko regresó la mirada al vasto océano; daba la impresión de que quería hundirse en él.

—Asami tiene un corazón humano… y alma de dragón.


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Una rama rasguñó el cuello de la muchacha, y un hilillo de sangre le corrió por la piel. Asami ignoró el pinchazo de dolor. Isilión galopaba tan rápido que Kya y su yegua pintada apenas podían seguirles el paso. Pólvora, atado por la brida a la silla del corcel fey, no tenía más remedio que esforzarse por resistir la carrera o caer y ser arrastrado como un lastre por Isilión. Con un esfuerzo atroz, Asami desvió la mirada y se giró hacia atrás al tiempo que desenvainaba su espada. Pensó en cortar las riendas y liberar a Pólvora. Los fey no tenían interés en un simple caballo de cacería, lo dejarían ir.

—Perdóname, Korra —exclamó—. ¡Tu amigo tendrá que seguir por su cuenta!

Cortó la brida de un tajo. Pólvora tropezó al perder el impulso y cayó abatido con un relincho de angustia, arando una zanja en la tierra. Al verse libre del peso extra, Isilión avanzó con mucha más ligereza. Kya y su yegua rodearon al frisón tumbado y éste, luego de algunos minutos, volvió a ponerse en pie y echó a andar sin rumbo fijo, nervioso y confundido.

El plan de la ex capitana Lin había sido exitoso. Los dos ejércitos divididos entrechocaron con un estruendo ensordecedor. Picas entrecruzadas con lanzas, martillos contra escudos, espadas contra yelmos, mientras por encima revoloteaban los hambrientos cuervos rapaces soltando sus ásperos graznidos, en un frenesí desatado por el olor de la carne fresca. A Asami, el corazón le dio un vuelco en el pecho: la matanza recién comenzaba.

Ella y Kya se mantuvieron a la huida, aún conscientes de los gritos de agonía y el olor a sangre que llenaban el aire. Si se atrevían a detenerse, aunque fuera tan sólo por un segundo; todas aquellas muertes habrían sido en vano. Por eso, Asami llevó a Isilión al límite de su capacidad, apretando con firmeza el cuerpo inconsciente de Korra contra su pecho. Kya la seguía en la retaguardia y, por un tiempo indefinido, no tuvieron ningún tipo de percances al alejarse del combate.

Luego aparecieron las cuadrigas de plata.

Eran dos, conducidas por un par de aurigas fey que no parecían tener el menor interés de enzarzarse en la batalla a sus espaldas. Avanzaban a una velocidad escalofriante, cada carro tirado por cuatro corceles de raza fey; blancos y cegadores como estrellas en el firmamento. Su único objetivo era darle alcance a Asami.

Una sensación de desespero envolvió a la joven a medida que las cuadrigas se abrían paso a través de la masa de soldados. Y vio la desesperanza reflejada en los rostros de la ex capitana Lin, el maestro armero Bumi, e incluso el príncipe Mako cuando les rozó la mente con su sentido empático para saber si todavía seguían con vida. No importaba qué tan veloz fuera el corcel de Kuvira; Isilión sólo era uno y estaba alcanzando su límite, mientras que sus perseguidores eran impulsados por cuatro feroces caballos cada uno.

No había escapatoria.

Cuando uno de los aurigas interceptó a Kya y atravesó las costillas de su yegua con una lanza, Asami tomó una presurosa decisión que antes había rechazado: tenía que matar o morir. Y tiró con fuerza de las riendas de Isilión, forzándolo a virar en un giro tan cerrado que la muchacha rozó la tierra con el codo. Vio a Kya haciendo esfuerzos por levantarse bajo la sombra de la terrible cuadriga y el guerrero fey que empuñaba la lanza. Arquímedes, con el pelaje erizado y los colmillos como cierras de marfil dando centelladas al aire, luchaba por intimidar a los corceles fey que amenazaban con aplastar a la bruja bajo sus cascos.

Asami lanzó un grito ensordecedor y embistió contra la cuadriga, en la que el auriga se detuvo asombrado y la miró con desprecio, blandiendo la lanza en su dirección. Asami agachó la cabeza para esquivar las dos estocadas que le propinó, y consiguió arañar al fey con el filo de su espada, dejándole surcos sanguinolentos en el costado derecho. El guerrero, furioso, hizo una mueca y le lanzó otra estocada, que Asami evitó echándose a un lado para después huir a trompicones sobre el lomo de Isilión, pues su intención era alejar a los aurigas de Kya y Korra, a quien había dejado caer a su lado.

Los dos carros de plata fueron tras ella.

La joven se metió en un estrecho pasaje entre dos rocas y al darse cuenta de que no tenía salida, se detuvo. Entonces trató de volver sobre sus pasos, pero vio que los aurigas le bloqueaban la entrada y avanzaban hacia ella echando maldiciones en su característico lenguaje fey. Asami giraba la cabeza de un lado a otro en busca de una salida, pero no había ninguna.

La tenían atrapada.

Mientras plantaba cara a los dos aurigas, una sucesión de imágenes le cruzó por la mente: el alma torturada de Kuvira, la caída de Senna con el cuerpo cubierto de flechas, la mirada colmada de determinación de Lin antes de lanzarse a la batalla, el azul de los ojos de Korra, brillando con fe en ella. Al pensar en el terrible destino de las personas que luchaban en su lugar, un poder feroz y ardiente le empezó a bullir en cada parte del cuerpo.

Era mucho más que el deseo de justicia: era su ser entero que se negaba a no poder proteger a aquellos que amaba… Korra, Kya y Arquímedes, la necesitaban.

El poder se hizo cada vez más fuerte en su interior, hasta que Asami se sintió preparada para dar rienda suelta a su fuerza contenida. Se irguió y se puso tensa sin miedo alguno, mientras levantaba tranquilamente el filo de su espada. Los dos guerreros fey se rieron y alzaron sus escudos para protegerse de aquel patético ataque. Asami sujetó la empuñadura con ambas manos y se precipitó hacia ellos, espoleando a Isilión como si la vida se le fuera en ello.

La energía que tenía dentro la quemaba y tenía que liberarla, porque de lo contrario, la consumiría. Así, una palabra acudió velozmente a sus labios, y ella los atacó gritando:

—¡Ingeitium!

La hoja de la espada silbó por el aire con un chisporroteo de luz rojiza y se clavó en el escudo del auriga más cercano. En ese momento resonó una explosión. Un estallido de fuego destrozó la cuadriga de plata y mató instantáneamente a los caballos y al guerrero que los conducía. La onda expansiva alcanzó a Asami sin darle tiempo de reaccionar, pero pasó a través de ella sin que ésta le hiciera daño y se disipó contra las rocas del estrecho sendero.

Asami se quedó inmóvil, jadeante. Miró la espada que empuñaba y el fuego aún irradiaba de la hoja de hierro, envolviéndole las manos sin quemarla. Sentía que su sangre ardía como lava líquida y el calor que se desprendía de su cuerpo era tal, que los otros cuatro corceles comenzaron a dar coces y a relinchar espantados.

Se oyó un grito ahogado de rabia:

—¡Wei! ¡Wei! —el auriga que aún quedaba con vida saltó de la cuadriga y se arrancó el casco de plata de la cabeza—. ¡Wei! ¡Hermano!

Era nada más que un muchacho, un joven fey de esplendorosa piel blanca y unos centelleantes ojos verdes, que Asami reconoció de alguna parte. Se dejó caer de rodillas junto al cadáver ennegrecido que yacía a sus pies. Un olor a quemado llegó a su nariz. El cuerpo de un muchacho extraordinariamente parecido a él estaba tirado boca abajo en el suelo. Llamas voraces le devoraban la ropa, pero la figura estaba inmóvil. Asami vio la masa negruzca que había sido un brazo y sintió nauseas.

—¡Tú, maldita! ¡Mataste a mi hermano gemelo! —rugió el chico fey—. ¡Te arrepentirás, asquerosa perra humana! ¡Pagarás por esto!

Entonces Asami comprendió de golpe lo que había hecho y se alejó del cadáver dando tumbos. Sintió miedo de sí misma, de ese poder y esa furia que no conocía. Incluso el fey que la amenazaba se sobresaltó al verla dar un paso, horrorizado. Sus insultos resultaron ser solamente una bravuconada; la dejó ir por miedo a quedar como su hermano.

Una ola creciente de furia la había consumido, un frenesí enloquecido que le permitía superar prácticamente cualquier obstáculo, mover objetos que normalmente se le resistirían, enfrentarse al enemigo en combate sin sentir miedo. Aquella sensación la había atenazado, como una fiebre en las venas que le aceleraba la respiración y aumentaba los latidos de su corazón.

«He matado —pensó abrumada—. He matado y ahora soy, verdaderamente, parte de esta guerra».

Asami tuvo que hacer un esfuerzo para ignorar el hecho de que sus manos temblaban violentamente. Se movía con torpeza y además, se sentía desligada de su entorno, como si todo lo que viera le estuviese sucediendo a otra persona. Todos eran síntomas del gasto excesivo que el uso de la magia había provocado en su, ya de por sí, extenuado cuerpo. Así, impulsándose hacia delante, se acercó a Kya.

Tenía una herida muy larga en el brazo que sangraba con profusión, pero no era ancha ni profunda. A pesar de todo, Asami sabía que debía vendársela antes de que Kya perdiera demasiada sangre. La bruja sostenía a Korra en sus brazos y contemplaba con languidez el cuerpo muerto de su yegua pintada.

—Mi pobre Shallot…

—Tenemos que salir de aquí —la urgió Asami—. ¿Cómo está Korra?

—Tan sólo recibió unos golpes en el pecho y la cabeza por la caída, nada serio. ¿Y tú? ¿Cómo te deshiciste de esos fey?

—Eso no importa ahora —replicó con expresión sombría—. Sube a mi caballo.

—Ese animal podrá ser todo lo maravilloso que tú quieras, pero jamás podrá galopar hasta la Ciudadela Real con tres personas a cuestas. Tendrás que dejarme aquí.

—No —espetó Asami, molesta—. ¡Estoy cansada de abandonar a mis compañeros!

Haya paz —se hizo oír Arquímedes, que se lamía la sangre de una pata cortada—. Miren lo que viene ahí.

Un caballo sin silla corría en su dirección. Asami entrecerró los ojos y reconoció al frisón negro de Korra. Había estado trotando de aquí para allá por la ladera rocosa durante la huida y, probablemente, al olfatear la sangre de su cazadora, Pólvora las siguió sin vacilación a través de la llanura. Tanta nobleza de parte del animal conmovió a Asami, y cuando el frisón se detuvo a pocos metros de ellas, se le acercó, lo abrazó del cuello y enterró el rostro en su sedosa crin negra.

—Pólvora: caballo bonito, caballo fiel —le susurró—. Muchas gracias por volver.

El animal le olisqueó el pecho y soltó un suave relincho. Asami volvió a abrazarlo y pronto, reemprendieron el viaje, con Kya montando a Pólvora a pelo. Mientras que Asami cargaba con Korra a lomos de Isilión, junto con las alforjas de la bruja y la compañía de Arquímedes.

Sé lo que ocurrió entre las rocas, Asami fricai, y lo lamento.

—Jamás creí que llegaría a ser el tipo de persona que asesina a sus enemigos, pero esto es una guerra, y yo debería actuar como una guerrera, a pesar de cómo me sienta al respecto —apretó las riendas entre sus puños; su respiración era agitada—. Un guerrero de verdad no se sentiría como me siento yo.

Un guerrero de verdad —repuso el felino—, no lucha porque lo desee, sino porque debe hacerlo. Una persona que ansía la guerra, una persona que «disfruta» matando, es un bruto y un monstruo. No importa cuánta gloria obtenga en el campo de batalla: eso no hace desaparecer el hecho de que no es mejor que un lobo hambriento, que se volvería contra sus amigos y su familia igual que sus enemigos. Y tú, no eres como ellos en absoluto. Hoy luchaste para defender a quienes amas —la miró con sus relucientes ojos rojos y asintió con aprobación—: Te has hecho más fuerte, Asami fricai.

Ella guardó silencio y su mirada adquirió una expresión sombría y apática.

—No me siento yo misma, Arquímedes.

¿Y quién se supone que eres entonces?

—Desearía saberlo.

Esa magia —ronroneó—. La magia que usaste es antigua, demasiado. Con razón te ves tan mal. Fue un riesgo espantoso de tu parte, si la magia hubiera consumido más energía de la que tenías en tu cuerpo habrías muerto sin duda. Pero aquí estás, como si hubieses lanzando un burdo hechizo cualquiera. ¿Quién te enseñó esa palabra tan poderosa?

—Mi madre —respondió Asami—. Es la segunda palabra que me dejó aquella noche.

Ingeitium, significa aliento de dragón…

—Lo sé, ella me lo dijo.

Arquímedes guardó un profundo silencio pensativo, olfateó el aire, y tembló de miedo.


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Volar a lomos de un dragón era algo maravilloso y un consuelo. Yasuko había sido la primera en saltar del risco. Cayó de cabeza y extendió los brazos. Kuvira saltó tras ella y en cuanto su cuerpo ganó velocidad, una sombra gigantesca la cubrió y un revuelo de escamas iridiscentes la rodeó. Ahora surcaría el cielo con Akaren, la dragona del fuego, y experimentaría el verdadero placer del vuelo.

Yasuko sorprendió a Kuvira lanzándose hacia abajo y volando cerca de la superficie del mar. Sobrevoló las olas, casi rozándolas, con su reflejo debajo y su sombra por delante, reflejando cada movimiento como dos compañeras fantasmas, una oscura y otra clara. Entonces giró las alas y, con tres rápidos aleteos, redujo la velocidad y se posó sobre el agua. Al hundir el pecho en las olas se levantaron dos abanicos de espuma que salieron despedidos a los lados del cuello, rociando a Kuvira con centenares de gotas de agua.

El agua estaba fría, pero, después de tanto tiempo en las alturas, el aire tenía una calidez muy agradable. Kuvira se desabrochó la capa y se ató el largo cabello en una trenza. Yasuko plegó las alas y se quedó flotando tranquilamente, balanceándose con el vaivén de las olas. La fey vio varias aglomeraciones de algas marrones a su derecha. Las plantas se ramificaban como arbustos y tenían unas bolsitas del tamaño de una baya en los puntos donde nacían las ramificaciones.

Muy por encima, cerca de la altura a la que estaba antes la dragona, Kuvira avistó un par de albatros con las puntas de las alas negras, que se alejaban de la enorme pared de nubes de la que ellas habían salido.

—Todo tiene sentido ahora —murmuró—. Comprendo por qué Asami tiene esa facilidad tan natural para dominar el idioma antiguo y por qué su magia se siente tan similar a la tuya. También explica por qué su energía vital me resulta tan desesperantemente irresistible… Aunque yo jamás me atrevería a…

—Lo sé —asintió Yasuko—. Jamás la hubieras lastimado, antes me hubieras lastimado a mí, y como nunca lo hiciste, yo debí haber confiado más en ti. Te maldije a cuenta de nada. No puedo perdonarme. ¿Cómo es posible que me haya dejado manipular?

—Entonces eras sólo una humana, no es tu culpa. No habrías podido predecirlo. Actuaste como cualquier madre asustada lo hubiera hecho. Me consuela saber que ahora ambas conocemos la verdad.

—Sin tan sólo hubiera una forma de liberarte de esa maldición… Pero tendría que destruir tu nombre verdadero, como Suyin lo hizo con el suyo, y dejarías de ser tú misma.

Kuvira la acarició, e intentando olvidar la pesada carga de su destino dijo:

—Ya déjalo. Si no hay remedio, no suframos por ello. Volemos más alto, Yasebbeth.

En parte, la fey ahora comprendía mejor lo que iba a sucederle. Hubiera muerto tarde o temprano de todas maneras, con o sin maldición. Porque desde que se enamoró de una humana fue incapaz de matar a los miembros de aquella raza para nutrir su magia. Si hubiese sido una fey de raza pura, como creyó alguna vez, moriría de inanición después de algún tiempo, quizá luego de que Yasuko envejeciera y falleciera. Eso hubiera sido ideal.

No obstante, al ser una híbrido y tener su nombre maldito, las cosas se volvían más complicadas. Su maldición le impedía morir hasta que Asami la amara o le quitara ella misma la vida. Bajo esa condición, su lado humano y mortal se debilitaría primero y se extinguiría. Su corazón dejaría de latir, perdería sus sentimientos, el deseo de amar, y ya no sería diferente de los demás fey sedientos de sangre humana. Viviría condenada a ser el despiadado reflejo de Cassiel por toda la eternidad, a menos que Asami le atravesara el corazón con un arma de hierro.

Sólo así podría morir realmente, en el peor de los casos…

Por ahora, podía mantener su lado humano con la poca energía vital que le quedaba, y mientras conservara algunas reservas dentro de gemas, sobreviviría lo suficiente para convencer a Asami de librarla de su tormento. Por supuesto, no podía obligarla a amarla, aunque cada célula de su cuerpo la deseara. Jamás se atrevería tocarla, por el amor que le profesaba a Yasuko y el cariño que le guardaba a la joven humana.

Su única salida, sin embargo, seguía estando en las manos de Asami. Pero de eso ya se preocuparía después. De momento, ansiaba volar y disfrutar de la compañía de Yasuko.

Su tiempo juntas estaba por agotarse: ése era un hecho irrefutable.

Se elevaron más aún. El aire frío y puro golpeaba a Kuvira en las mejillas y le quemaba los pulmones. Respiraba aspirando muy poco aire cada vez. A su lado flotaba una gruesa columna de nubes que parecían tan sólidas como nata montada. Yasuko las rodeó trazando una espiral, proyectando su recortada sombra sobre aquel blanco penacho. Una ráfaga de aire húmedo cayó sobre ellas, cegando a Kuvira por unos segundos y llenándole la nariz y la boca con gélidas gotitas. Jadeó y se limpió la cara.

Se elevaron por encima de las nubes. Un águila roja les chilló al pasarles al lado. Kuvira miró hacia abajo. Estaban tan arriba que la altura había dejado de importar y las cosas del suelo ya no parecían reales. Durante cerca de media hora, se dejaron llevar por el viento, relajadas y disfrutando de la reconfortante compañía que se ofrecían mutuamente. Por fin estaban juntas, solas, como lo estaban en la provincia del este antes de que la reina fey se hubiera entrometido en sus vidas.

Yasuko fue la primera en hablar:

—Somos las reinas del cielo.

—Aquí, en el techo del mundo —dijo Kuvira, alzando los brazos, como si desde su posición pudiera rozar las estrellas—. Somos invencibles.

Y ambas se rieron.

Virando a la izquierda, Yasuko dio con una ráfaga de aire templado ascendente, pero luego volvió a equilibrarse y se agitó al recibir el impacto de unas leves turbulencias. Luego se giró a mirarla y preguntó:

—¿Lista, Ismira?

—¡Hazlo!

Hundiendo el morro, pegó las alas a los costados y se lanzó en picado hacia el suelo, más rápida que una flecha. Kuvira se rió al sentir aquella sensación de ingravidez. Apretó las piernas contra Yasuko para evitar salir despedida y luego, en un arranque de temeridad, soltó las manos y las levantó sobre la cabeza. La dragona inició una barrena y la fey vio el disco de la tierra, bajo sus pies, que giraba como una rueda.

Yasuko redujo la velocidad de giro y, una vez estabilizada, se ladeó hacia la derecha hasta que quedaron boca abajo.

—¡Oye! —gritó Kuvira, y la golpeó en el lomo.

Desprendiendo una estela de humo desde el morro, la dragona se enderezó de nuevo y volvió a encarar el suelo, que estaba cada vez más cerca. A Kuvira se le destaparon los oídos y se le tensó la mandíbula con el aumento de la presión. A menos de trescientos metros de altura sobre el suelo, Yasuko batió las alas y se lanzó hacia el mar, donde se hundieron con un salpicón.

Al emerger en la superficie, Kuvira se encontró nuevamente con la forma humana de Yasuko, que se peinaba el cabello empapado hacia atrás con las manos. Su piel mojada reflejaba a la perfección los rayos dorados del sol y las gotas sobre sus hombros desnudos parecían diminutas perlas que exaltaban aún más su belleza.

—Ha sido divertidísimo, ¿no te parece? —exclamó con la alegría propia de una niña—. No hay deporte más excitante que el vuelo, ya que si pierdes, mueres.

Kuvira agitó una mano en el agua y le salpicó la cara.

—Ya, pero yo tengo una confianza total en tu pericia: nunca permitirías que nos estrelláramos.

Yasuko se hinchó de orgullo por el cumplido y la fey volvió a arrojarle agua en la cara. Después nadaron juntas hacia la solitaria playa, donde se sentaron en la arena y Yasuko encendió una fogata para que Kuvira pudiera secarse las ropas y el cabello mojado.

—En verdad no tengo deseos de dejarte ir, Ismira —confesó—. He vuelto a enamorarme de ti.

Kuvira le tomó las manos y se las besó.

—Tal vez en nuestra próxima vida —le dijo—. Quizá para entonces el mundo deje de estar en nuestra contra.

Yasuko contempló las llamas fija y largamente. Su rostro adquirió una expresión de completa seriedad y le aseguró:

—Sé lo que debo hacer ahora, Ismira. ¿Tú sabes lo que es el «corazón de corazones»?

—Me temo que no.

—A diferencia de la mayoría de las criaturas —dijo—, la conciencia de un dragón no reside solamente dentro del cráneo. En el pecho tenemos un objeto duro, parecido a una joya, similar en su composición a las escamas: «el corazón de corazones». Una gema clara y sin lustre. Normalmente permanece así durante toda su vida y se disuelve junto con el cuerpo del dragón cuando éste muere. Pero, si lo deseamos, podemos transferir nuestra conciencia a esa joya. Entonces, ésta empezará a brillar con el furor de nuestras almas. Si un dragón ha hecho esto, su corazón sobrevivirá a la decadencia de su cuerpo, y su esencia puede vivir de forma indefinida. Pero hacerlo nos expone a un gran peligro, porque quien tenga nuestro corazón tiene nuestra alma en sus manos. Es el mismo principio de los nombres verdaderos, aunque en forma física.

Las implicaciones de lo que Yasuko acababa de decir asombraron a Kuvira.

—¿Por qué estás diciéndome esto?

—Porque quiero entregarte el mío, Ismira —Y había tanto cariño en su mirada que Kuvira sintió ganas de llorar—. La fuerza de la conciencia de mi corazón de corazones puede aumentar la tuya. Cuando un dragón experimenta la muerte de su cuerpo y su conciencia toma como única residencia su corazón de corazones, se lleva con él la energía sobrante de la que disponía en su cuerpo cuando éste dejó de funcionar. A partir de ese momento, sus reservas de energía aumentan a un ritmo continuo durante los años, hasta que llegan a la cumbre de su poder, que, desde luego, es inmenso.

Kuvira se estremeció y negó repetidamente con la cabeza.

—¡No quiero vivir a costa de tu propia vida, Yasuko!

—¿Aún cuando yo viví siempre a costa de la tuya? —replicó con serenidad y la atrajo hacia sí—. He vivido ya dos vidas, Kuvira. Una demasiado larga y otra demasiado corta. Mis hermanos dragones están muertos; quizá atrapados en sus propios corazones, donde se pasan la eternidad en una especie de trance, soñando con lo que se les viene a la mente, sea el movimiento de las estrellas, sea la aparición y caída de las montañas con el paso de los milenios, o incluso con cosas tan nimias como el aleteo de una mariposa. Yo ya siento ganas de ceder a ese letargo, Ismira. Añoro la vida humana que me fue arrebatada, y sin embargo, pude gozar de sus placeres mundanos... No me parece justo que tú, teniendo tan sólo una vida, debas privarte de ella y soportar tanto sufrimiento. Ya es tiempo de que pague mi deuda contigo: permíteme sacrificarme por ti, como tú lo has hecho por mí. Déjame demostrarte cuánto te amo, Ismira.

—No lo hagas… —le suplicó y sus lágrimas se desbordaron—. Te necesito a mi lado…

—Si no puedo liberarte de tu maldición, al menos podré asegurarme de que tu energía vital nunca se termine. Tu parte humana se recuperará, el poder de tu magia regresará a ser como antes y tú, amor mío, ya no tendrás que vivir con miedo a convertirte en un monstruo sediento de sangre. Aunque seguirás sufriendo por el amor de Asami, el más grande de tus tormentos terminará. Y mi alma permanecerá unida a la tuya.

—Acabo de recuperarte de las garras de la muerte —sollozó—. Detesto la idea de que tengas que volver a morir.

Yasuko tomó con delicadeza la punta de su barbilla entre sus dedos e hizo que Kuvira la alzara a ver.

—No moriré. Viviré en ti. Mis alas serán tuyas. Y si llegaras a fallecer, yo te seguiré al vacío. Estaremos juntas, eternamente, como una sola alma. Acepta mi corazón, por favor. Déjame salvarte esta vez.

—¿Qué pasará con Asami?

—Busca al viejo Granemalión y dile que le enseñe todo. Él entenderá y sabrá guiar el poder de mi hija por el camino correcto. Y Kuvira, protégela como siempre lo has hecho, por favor. Asami aún no lo sabe, pero ella podría cambiar al mundo con una sola palabra.

—Entonces así lo haré —aceptó, cabizbaja—. La defenderé con mi vida.

Yasuko la besó en la boca. Le susurró al oído y entonces el cuerpo de la fey tembló con fuerza y la sujetó en un abrazo desesperado, porque lo que Yasuko estaba a punto de hacer era una locura. No hubo pasión ni romance en el aire, pero Kuvira sentía su amor; sentía lo que Yasuko había querido decirle desde que despertó en sus brazos en la Montaña del Dragón.

—Av ganlen, Yasebbeth.

—Yo también te amo, Ismira…

Un estallido de llamas salió de las fauces del dragón, que se lanzó hacia delante y se liberó de la piel humana de Yasuko para alzarse por el aire, donde quedó suspendido, agitando las alas. La punta de la cola seguía conectada al pecho la mujer desnuda, como un brillante cordón umbilical. La bestia gigantesca se estiró hacia la luna negra y soltó un salvaje rugido de tiempos pasados. Cada una de sus escamas iridiscentes era de un color distinto; los halos vibrantes le daban a su forma serpenteante la apariencia de un arcoíris.

Cuando la torva mirada del dragón recayó en ella, Kuvira supo que la criatura no era una mera aparición, sino un ser consciente, creado y sostenido por la esencia vital de Yasuko. En lo alto, aquel espectro de la raza elemental voló en un círculo hacia la fey y la rozó con su insustancial ala. Se detuvo delante de Kuvira y la atrapó en una mirada infinita y arremolinada. Impulsada por algún instinto, Kuvira alzó la mano derecha, cuya palma ardía.

El eco de la voz del fuego resonó en su mente: «Mi corazón es tuyo, Ismira».

El dragón dobló el cuello y, con el morro, tocó el pecho de la fey. Saltó entre ellas una centella, y Kuvira se puso rígida al notar que un calor incandescente se derramaba por su cuerpo y le consumía las entrañas. Su visión se tiñó de rojo y de negro, y la cicatriz de la puñalada con la que Yasuko la había herido hace veinte años la quemó como si la estuvieran marcando al rojo vivo. Refugiándose en la seguridad de que su amada sabía lo que hacía, Kuvira se encerró en lo más profundo de sí misma, donde la oscuridad la acogió y no tuvo fuerzas para resistirse.

Jamás volvería a ver a Yasuko, y ahora llevaría incrustada en su pecho la joya de su esencia infinita; su corazón de corazones.

»Continuará…