Flor de loto

Capítulo 29

Sus apresurados pasos se escuchaban por los pasillos. El joven caminaba rápidamente, recorriendo el camino que parecía eterno. Su corazón latía rápidamente, y dentro de su pecho se acumulaban las emociones. Esperaba que no fuera tarde. Y sin embargo, la claridad que embargaba todo el lugar le decía que quizás ya lo era.

No había esperado levantarse tan tarde. Cuando abrió los ojos notó que el sol ya había salido. Y Seto claramente le había dicho en algún momento de la noche anterior, que partiría en la mañana.

Por eso caminaba presuroso, esperando que la despedida no fuera esa. No podría perdonarse si no conseguía darle un adiós al emperador. Sino estaba allí para verlo partir.

Y aunque le había insistido al ojiazul en que lo llevara, el romano se había negado cada vez con más firmeza. Solo hasta que el enojo se escuchó a través de la voz del gobernante, se resignó, aceptando que tendría que quedarse allí, a esperar durante un tiempo desconocido y quizás largo. No sabía cómo lograría sobrellevar la espera, ni la frustración de no saber lo que sucedía. Y aunque, ante su insistencia, el ojiazul le había prometido enviar a un mensajero con noticias al menos un par de veces para calmar sus nervios, eso no lograría apaciguar el vacío que la separación le traería, aunque fuera temporal.

-¿Dónde está el emperador?- Su voz casi desesperada se escuchó. Cuando vio a una joven esclava caminando por el pasillo, no dudó en acercarse y preguntar, temiendo la respuesta.

-En el comedor, príncipe- Y sin embargo, dicha respuesta le trajo alivio, y no pudo evitar suspirar ante este.

Pero sus pasos no fueron más lentos, cuando recorrió el camino hacia el comedor. Al contrario, siguieron el ritmo apresurado, pues quería aprovechar el mayor tiempo posible. Aunque el gobernante aún estuviera allí, el tiempo no se detendría.

Aún con un destino en mente, el camino le pareció largo, casi eterno. Los pasillos por los que caminaba se extendían frente a su mirada. Los bellos mosaicos y las paredes coloridas. Las decoraciones y los materiales dignos de la casa de un rey.

Pero los lujos no tenían importancia, lo único que deseaba era alcanzar su objetivo. Daba lo mismo si las paredes estaban recubiertas de oro o de tierra, solamente quería llegar al comedor. Solamente deseaba que el tiempo no transcurriera más. Su cuerpo le reclamaba tanto ejercicio, pues estaba cansado y adolorido, después de las actividades de la noche anterior. Actividades que al recordarlas, traían un profundo sonrojo a sus mejillas. Pero no se arrepentía. La noche anterior había sido quizás una de las mejores de su vida. Estar cerca del emperador, entregarse a él… jamás se arrepentiría de eso.

Sabía que su cuerpo mostraba marcas. Cuando despertó y se miró al espejo las notó al instante. Pero esta vez no le molestaron. Esta vez esperaba que se mantuvieran hasta que el ojiazul regresara. Para tener algo físico que le ayudara a recordar.

Cuando finalmente estuvo frente a las puertas abiertas del lugar, encontró que la inseguridad había crecido. Empero, se obligó a sí mismo a continuar, entrando y buscando al castaño con la mirada.

Al verlo finalmente, se detuvo. La imagen que lo recibió lo apercibió completamente de la realidad. Pensarlo no era igual que verlo con sus ojos.

En ese momento, los ojos azules del emperador se enfocaron en los suyos. Al parecer el romano había notado inmediatamente su presencia.

Pero no emitió palabra, solamente se concentró en mirar la figura del romano, quien estaba recostado sobre la silla, como era costumbre en aquel lugar.

No vestía con la toga, con la cual ya estaba acostumbrado a verlo. En cambio, una coraza de bronce protegía su pecho, hasta el área de su cintura. En el frente de la armadura un relieve de un águila, que sabía era el símbolo del estandarte romano. Una especie de capa roja cubría sus hombros y caía a su espalda. Y, debajo de la coraza, una túnica enrojecida caía hasta sus rodillas.

Intentó no seguir mirando, pues el choque con la realidad era demasiado. Finalmente, comenzaba a sentir la separación que se avecinaba.

Y se mantuvo de pie, paralizado, pues encontró que de pronto no podía mover un solo músculo.

Frente a su mirada, el castaño se mantuvo en la misma posición, mirándolo fijamente por algunos segundos. Mas cuando notó el estado del egipcio, suspiró ligeramente y dejó su posición, para ponerse en pie, su coraza emitiendo un ruido metálico cuando uno de sus anillos chocó con ella.

Pero ni siquiera el ruido pareció devolver al joven ojirubí a la realidad, por lo que optó por acercarse, aprovechando que estaban solos.

-Pensé que no despertarías hasta tarde- comentó. Solo con sus palabras, Yami salió de su ensoñación. Por unos segundos miró al romano, reflejando en sus ojos las emociones que sentía, que rondaban la incertidumbre y la tristeza.

-Esto es real, ¿no es así? De verdad te irás…-

-Creo que eso ya estaba establecido. No debería sorprenderte- afirmó el ojiazul. Yami, ante esto, no emitió palabra por unos momentos. Era difícil encontrar algo que decir, en una situación como esa. La frustración se presentaba en su interior, y el reproche lo aturdía. Quería quejarse, decir lo que verdaderamente sentía. Era difícil callar, y buscar solamente aquello que sonara correcto.

Pero inevitablemente sucumbió ante las emociones. Y colocando su rostro contra la fría coraza de bronce, habló quedamente, pero con la frustración presente en su voz.

-¿Por qué no me permites acompañarte?- Sabía que ante sus palabras el castaño mostraría enojo, pero en ese momento ese detalle no pareció importante.

-No quiero escuchar más insistencias- La firmeza en la voz del ojiazul lo intimidó por unos segundos, pero encontró el valor para refutar.

-Sé cuidarme solo… no te causaré problemas. No quiero quedarme aquí…-

-¡Suficiente, Yami!- Cerró sus ojos, cuando escuchó la exclamación y sintió cómo el castaño lo tomaba fuertemente de los hombros, empujándolo y alejándolo de su pecho. Abrió nuevamente los ojos, pero sin atreverse a mirar al emperador de frente, bajó la mirada al suelo. –No me cuestiones-

-¿Es una orden?- susurró. Sus palabras parecieron calmar el enojo del gobernante, quien tomó con ambas manos el rostro del más bajo, alzándolo levemente. Aunque de inmediato notó que Yami se negaba a alzar la mirada.

Entendía claramente el comportamiento del egipcio. No había esperado algo distinto. Sabía bien que el joven era obstinado, y que estaba acostumbrado a obtener lo que quería. Era miembro de un casa real, después de todo. Sin embargo, en este asunto se negaba a ceder. Si en Roma había peligro, no quería imaginar lo que habría allá afuera, en medio de una guerra. No permitiría que Yami se expusiera a ese riesgo. Aunque él, sinceramente, no quisiera tampoco separarse del ojirubí.

No pudo contenerse. La despedida se acercaba y quería aprovechar hasta el último momento.

No esperó que Yami forcejeara cuando impulsivamente lo besó en los labios. Por tal razón, el joven logró colocar distancia fácilmente, terminando abruptamente con el beso.

-No te atrevas- amenazó el egipcio, intentando soltarse del agarre del ojiazul, quien lo había aprisionado tan pronto comenzó a forcejear. -¡Déjame! ¿No tenías que ir a una guerra?- reprochó el menor, intentando alejarse. No estaba enojado con el castaño, pero la frustración era mucha. Las emociones que se reunían en su interior pretendían sofocarlo, y estar cerca de esa persona solo empeoraba la situación. No quería despedirse de él. No quería despertar los siguientes días al lado de la incertidumbre.

Y sin embargo, su fuerza de voluntad comenzó a desmoronarse, cuando por segunda vez el ojiazul lo besó. Con sus manos sobre los hombros del emperador, intentó separarse. Pero solo logró que el más alto lo apresara con más fuerza. Cerró los ojos, y por unos segundos pensó en volver a un lado el rostro.

Pero al sentir el roce de sus labios con los del romano, sucumbió completamente. Con sus brazos abrazó al emperador, y con desesperación correspondió el beso. No podía hacer nada más que derretirse completamente. Aunque lo quisiera no podía separarse. No tenía caso oponerse a una caricia que él deseaba.

Esta vez fue el ojiazul quien se separó, aunque se mantuvo a una distancia cercana, a tal punto que podía sentir la respiración del romano sobre su rostro.

-No te llevaré a una guerra. Y no quiero que me cuestiones al respecto- advirtió el castaño. –Regresaré. Ciertamente no seré recordado como el emperador que cayó ante una patética rebelión. Regresaré- Finalmente, el egipcio lo miró a los ojos. Buscó algo en la mirada del ojiazul, que le indicara que lo que había pronunciado era una promesa.

Y sonrió ligeramente, cuando encontró esa determinación que buscaba.

-No me gusta esperar- confesó, mirando aun fijamente al romano. -Quizás después de todo sí soy un príncipe mimado- bromeó.

-Eso eres, sin lugar a dudas- afirmó el ojiazul. El egipcio solamente sonrió. Extrañaría de sobremanera al romano. La espera sería difícil de afrontar. Pero al menos, tenía la esperanza de que el castaño regresara. Y se aferraría a ella. Aunque la espera fuera larga. Serían días difíciles los que vendrían, y sabía que el estar solo, sin la presencia del ojiazul, le afectaría en gran medida. No obstante, el gobernante volvería. Y él estaría allí cuando lo hiciera.

-Te esperaré, Seto- susurró. Era lo único que podía hacer, solamente esperar. Y en ese momento, solo podía aprovechar el poco tiempo que le quedaba junto al ojiazul. Por lo que enredó firmemente sus brazos alrededor del cuello del castaño, y finalizó con la mínima distancia que había entre sus rostros.

No podía hacer más que besar al gobernante, esperando que a través de esa caricia el ojiazul sintiera sus emociones. Intentaba a través del beso, apaciguar la llama de la inseguridad, que crecía con cada segundo que pasaba.

No quería que ese momento terminara, y sin embargo, sabía que el tiempo no era suyo para controlar.

-Mn… Seto- Quedamente gimió, cerrando los ojos, cuando su cuello fue asaltado por los labios del romano y su espalda fue acariciada en toda su extensión por las manos del ojiazul. Un plácido cosquilleo se originó, obligándole a sonreír. Sus piernas se convertían en arena cada vez que recibía ese tipo de tratos de parte del castaño. Le gustaba que el ojiazul lo tocara, que acariciara cada parte de su ser. Le encantaba que el romano explorara con besos su rostro, su cuello… todo su cuerpo.

-¿Qué es?- Entre sus nublados pensamientos, creyó escuchar aquello. Por unos segundos la confusión invadió su mente, pero fue seguida casi de inmediato por la curiosidad.

-¿Mmm?- Pero la pregunta no la hizo con palabras, pues en ese momento no confiaba plenamente en su voz.

-Tu perfume- Cuando escuchó aquel susurro, más la cálida respiración del ojiazul contra su cuello, abrió ligeramente los ojos, mirando por unos segundos hacia la pared más cercana.

-Sesen- susurró pocos segundos después. –No solo es una flor hermosa, sino muy importante en Egipto… símbolo de la vida… la creación, el renacer…- comentó, cerrando nuevamente los ojos cuando su cuello fue nuevamente asaltado por besos, uniéndose a ellos ligeras succiones, que lo obligaron a gemir suavemente. Realmente amaba esas sensaciones, que solo el ojiazul podía causar en él.

-Nunca oí de ella- murmuró el castaño contra su cuello. Aquel perfume del egipcio era sin lugar a dudas el más delicioso. Aunque no sabía si era solamente la flor la causa de aquel aroma, o la piel bronceada del egipcio que emitía una ligera fragancia que se mezclaba con el aroma de la flor, y daba como resultado aquel exquisito perfume.

-Me parece que en tu idioma la llaman 'flor de loto'- señaló el joven príncipe, quejándose ligeramente cuando las caricias contra su cuello culminaron.

Por supuesto, ahora el ojiazul sabía a cuál flor se refería Yami.

Se alejó del cuello del joven, para enfocar su mirada en la carmesí del egipcio, recorriendo luego todo su rostro. Sí, Yami tenía razón, la flor de loto era hermosa; eso pensó antes de besar cortamente al joven en los labios. Pero además, pensó también mientras tocaba con sus manos la espalda y los brazos del egipcio, era delicada. Y razonó también que era suave al tacto, cuando acarició con sus dedos la piel bronceada del príncipe.

Una flor bella, sin lugar a dudas, y ciertamente de gran importancia.

Besó otra vez al príncipe, esta vez profundizando la caricia. No podía negar ahora el efecto que tenía Yami sobre él. De alguna manera, el egipcio pareció haber conjurado un hechizo, en el cual él cayó precipitosamente. Y aunque aún ahora su mente le suplicaba que volviera a tener un poco de cordura y sensatez respecto a sus reprochables y ridículos sentimientos por el joven, no podía cumplir con ese mandato. Ahora sabía por qué el amor era visto en Roma como algo risible y estúpido, que podría nublar el juicio de aún el más ilustre ciudadano. Y sin embargo, aunque quisiera, sabía que no podía apartarse ahora. Aunque la admisión de ese pensamiento era terrible y vergonzosa, sabía que la presencia de Yami era tan necesaria, como el aire que respiraba.

No podía huir. Ya era tarde. Ahora que Yami era solo suyo, no podía renunciar a él. Y no estaba dispuesto a hacerlo.

Porque le gustaba la forma en la que Yami se aferraba a su cuello cada vez que compartían un beso. Le complacía escuchar sus quedos gemidos cada vez que lo acariciaba, y amaba verlo suplicar bajo su cuerpo, con el sonrojo en las mejillas y la lascivia en sus ojos carmín. No podía perder todo eso.

Ya era tarde para levantarse, cuando había caído tan bajo. Tuvo la oportunidad de escapar y no lo había hecho. Solo podía sucumbir ahora ante las sensaciones y los sentimientos. No quedaba otra alternativa. Solo podía besar al joven, con esa necesidad y desesperación con la que lo besaba en ese momento. Deleitarse probando esa dulce boca, y esos rosados labios. No podía hacer nada más que eso. La cordura ya se había perdido y el orgullo se había desvanecido. Todo en lo que podía pensar ahora era en ese cuerpo bronceado que tenía al frente.

El deseo se presentó en ese momento. Ahora que debía partir, el deseo por el joven aumentó. Solo una última vez. Poseerlo una vez más antes de partir.

Y a Yami no pareció molestarle en lo absoluto, cuando lo alzó y lo llevó hacia el asiento, el mismo donde habían tenido relaciones por primera vez.

Empero, cuando se subió encima del joven, éste reaccionó de inmediato. Sorpresivamente, se encontró a sí mismo de espaldas contra el asiento, mientras que Yami, sentado sobre sus caderas, le sonreía pícaramente.

-Seto, Seto… creo que ya has estado arriba muchas veces, déjame tomar el control esta vez- propuso. Conocía bien las costumbres de los romanos, y sabía que el asunto de los roles en la relación sexual era de suma importancia. Aun así, quería participar más activamente ahora. Aun siendo el pasivo de la relación, deseaba por lo menos poder establecer el ritmo de la situación, y complacer directamente a su ojiazul. –Ah ha- Pronunció como advertencia, cuando el castaño intentó cambiar de posición. –Sí quieres continuar, debes dejarme aquí, encima de ti. O sino… puedes irte sin estar conmigo una última vez- advirtió, sonriendo cuando el castaño simplemente lo miró incrédulo. ¿Desde cuándo Yami había perdido toda la vergüenza respecto a este tipo de situaciones?

Iba a quejarse, y mas, la siguiente acción de Yami hizo que cualquier palabra muriera en su garganta. A cambio, un gutural gemido escapó de su boca. Su reacción, al parecer, complació al egipcio, quien dejó escapar una ligera risa.

-¿Te gusta?- preguntó, volviendo a repetir el movimiento que había causado esa reacción en el romano, moviendo sus caderas contra las del ojiazul. La reacción fue menor esta vez, pero de igual forma se hizo presente.

El joven egipcio se acostó entonces sobre el castaño, su pecho contrayéndose ligeramente ante el frío de la armadura de bronce.

-Déjame complacerte, mi Señor. Antes de que te vayas, quiero tenerte una vez más dentro de mí- No sintió vergüenza al pronunciar esas palabras al oído del ojiazul. Durante algún momento de la noche anterior había perdido toda inhibición, y ahora solo podía pensar en hacer el amor una vez más con el romano, antes de su partida. Y aunque su cuerpo aún estaba adolorido, su deseo era mayor.

Con sus labios jugueteó unos momentos con el lóbulo de la oreja del romano, quien intentaba no sucumbir ante los avances del egipcio.

Hace solo un par de días aquel joven se sonrojaba ante la sola mención del sexo. Y ahora, era capaz de seducirlo, como nadie antes lo había hecho.

Solo esta vez, decidió. Solo esta vez permitiría que el joven tomara el control. Quería llevarse esa imagen del egipcio, bailando sobre su cuerpo, estableciendo el ritmo a su antojo.

Y ese pensamiento, trajo consigo un recuerdo.

-Es hora de que pruebes la verdad de tus palabras- retó, haciendo que Yami dejara sus acciones, para levantarse hasta estar de frente a él.

-¿Eh?- Solamente eso pudo preguntar, pues la confusión ante las palabras del ojiazul era mucha. Además de que el semblante casi burlón del emperador no ayuda a calmar la repentina inseguridad.

-Una vez aseguraste tu talento para el baile en la cama. Ahora puedes ponerlo a prueba- le complació ver que su afirmación hizo que el joven egipcio se sonrojara. Y sin embargo, a esto le siguió pronto un semblante determinado.

-¿Es un reto?- afirmó el ojirubí, acercándose para besar al castaño. Luego, se separó tan solo un par de milímetro. - En ese caso, no me queda más opción que aceptarlo- susurró, su aliento cálido resbalando por los labios del ojiazul.

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No podía imaginar un mejor momento, ni una mejor despedida que esta. A su lado estaba un somnoliento Yami, quien recostaba su cabeza sobre el pecho del ojiazul, manteniendo sus ojos carmesí entrecerrados. Su respiración agitada era el único sonido que podía escucharse, y su corazón le hacía compañía al sonido con rápidos latidos. Estaba cansado, después de las actividades que se habían llevado a cabo tan solo minutos atrás. Nunca pensó que llevar el control de la situación demandaría tanto ejercicio. Finalmente, el castaño le había ayudado, sosteniéndolo por las caderas para que no perdiera el ritmo, ni el equilibrio.

Pero ciertamente, le había gustado. Poder estar sobre el romano durante aquel acto, manteniendo él el control sobre la penetración. El cambio había sido bueno, aunque su cuerpo adolorido le pedía ahora un descanso. Después de todo, además de lo que recién había sucedido, casi no había tenido oportunidad de dormir la noche anterior.

-¿Seto?- susurró el nombre, mientras cerraba los ojos.

-¿Hm?- fue la única respuesta, más una leve caricia que hizo que el egipcio sonriera. El gobernante le acariciaba el cabello, peinándolo entre sus dedos.

-Conozco las costumbres romanos… pero, alguna vez, ¿podré hacértelo yo?- Sabía que ser pasivo, para los romanos, era algo casi infame. Empero, no podía evitar sentir curiosidad, y pensar en la clase de sensaciones que debía sentir la parte activa de la relación. Le gustaría experimentar eso algún día. Además, nadie debía enterarse. Y ciertamente, a su punto de vista personal, no le parecía tan malo ser pasivo.

Empero, cuando escuchó el suspiro humorado del ojiazul, quien pareció tomar su pregunta como algo completamente cómico, supo que era muy posible que eso jamás sucediera.

-Claro que sí… cuando me venzas en un combate con espadas - afirmó con sarcasmo el castaño, siendo esa una forma de afirmarle al ojirubí que la situación que planteaba podía suceder cuando las vacas volaran.

-¡Seto! No es gracioso, hablaba enserio- se quejó el egipcio. –Además, ¿crees que no podría vencerte? Sé pelear, por si no lo sabías- insistió. Aunque sabía que respecto al ojiazul no solo tenía una desventaja en estatura sino también en fuerza.

-Eso sería digno de ver- manifestó el romano. Realmente sería cómico mirar al joven manejar una espada, pues ciertamente no le parecía que el egipcio tuviera mucha experiencia al respecto, a pesar de la seguridad con la que lo afirmaba.

-Ya veremos- sentenció el ojirubí, recostándose de nuevo sobre el pecho del castaño, pues había alzado el rostro segundos atrás, para poder mirar al romano. La armadura que yacía sobre el pecho del gobernante aún estaba fría, mas no le dio importancia a ese detalle. Habían tenido relaciones completamente vestidos, pues ni siquiera intentó suponer cómo debía quitarle la armadura al romano, por lo que fue mucho más sencillo el simplemente alzar la túnica del ojiazul. Por su parte, fue tan simple como alzarse el faldellín. Los egipcios, después de todo, eran mucho más prácticos en lo que a vestimentas se refería que los romanos. Solo usar una toga debía ser una increíble incomodidad, e imaginaba que la armadura que ahora portaba el ojiazul debía pesar bastante, aunque el romano no mostraba inconformidad al respecto.

-Seto- Una nueva voz que se abrió espacio en el lugar, obligó a ambos a mirar hacia la entrada. Mokuba estaba allí. Yami de inmediato se levantó, apartándose del ojiazul y sonrojándose. Si bien aún estaba vestido, le avergonzaba que el hermano del emperador viera la posición en la que estaban. –Lamento si he interrumpido- agregó el chico, cuando notó las acciones del egipcio. –Pero las legiones esperan frente a las murallas de la ciudad. Es mejor que partan temprano para aprovechar la luz del sol- comentó. Sabía que ese momento era importante para ambos, y no quería interrumpir más de lo necesario. Sin embargo, era su deber informar a su hermano de lo que sucedía.

-Tráeme mi espada. Nos veremos en la entrada- pidió el ojiazul, levantándose de su lugar y mirando por unos segundos los ojos grises de su hermano, quien asintió. Y antes de retirarse, habló.

-Kisara y el niño están en el salón principal. No sé si deseas despedirte de ellos-

Hubo silencio entonces. Pero Yami acabó con él cuando suspiró. Sabía que el momento llegaría, pero nunca estaría listo para afrontarlo.

-Te acompañaré a la salida- profirió, poniéndose en pie, e ignorando las quejas de su cuerpo adolorido. Ya tendría mucho tiempo para descansar, ahora solo quería aprovechar los últimos momentos.

El ojiazul no puso resistencia, cuando Yami tomó su mano, y en cambio caminó de la mano con el joven. Ahora que el momento de partir había llegado, solo podía desear que la mano del egipcio no se apartara jamás.

Regresaría, de eso estaba seguro. Y sin embargo, ese pensamiento no aliviaba el hecho de que Yami no estaría presente por algún tiempo. De que tendría que dejarlo, allí en Roma. Pero se aseguraría de que el joven estuviera protegido, aunque imaginaba que el príncipe no estaría conforme cuando supiera la decisión que había tomado al respecto.

Yami, por su parte, sonrió ligeramente, cuando notó que el ojiazul se dirigía no hacia la salida del palacio, sino hacia el salón principal. Ante esto, solamente ejerció fuerza contra la mano del romano, apretándola entre la suya. No podía hacer más que seguir al castaño, pues aunque quería insistir en que no deseaba quedarse allí, sabía que el ojiazul ya había tomado su decisión. Ahora, solo podía respetarla.

Se mantuvo en silencio, manteniendo la mirada sobre los mosaicos del suelo. Fue solo hasta que el ojiazul se detuvo bruscamente, que levantó la mirada, buscando aquello que hubiera causado esa reacción en el romano.

Y sus ojos se abrieron en impresión, y la sorpresa inundó todo su ser.

Allí, en el gran salón con majestuosas decoraciones, estaba Kisara. La joven se había levantado del asiento tan pronto notó la presencia de ambos, y ahora estaba de pie frente a ellos, a pocos metros. Mantenía la mirada baja, mientras que un sonrojo le cubría las mejillas.

Pero eso no fue lo que le sorprendió, sino mirar la figura entera de la joven. La larga túnica había desaparecido, y a cambio lucía un hermoso vestido celeste entallado a la cintura, que marcaba su delgado pero aún femenino cuerpo. El vestido, reconoció de inmediato, estaba hecho de fina seda, y combinaba hermosamente con su cabello y sus ojos. Las mangas cortas del vestido poseían un elegante diseño, que dejaba parte de los hombros de la joven al descubierto. Su largo cabello estaba amarrado en un delicado moño, mientras que varios mechones caían libres alrededor de su rostro. Y el maquillaje, cubría perfectamente el semblante enfermizo de la joven, resaltando sus ojos azules los cuales se encontraban perfectamente delineados, y ofreciéndole un rubor natural a sus mejillas. Finalmente, un par de discretos aretes de oro colgaban de sus orejas.

Ciertamente, quedó completamente atónito ante la belleza de la joven. Y Seto, al parecer, se encontraba en las mismas condiciones. Y aunque sus emociones de pronto lo traicionaron, se negó a sucumbir ante ellas. Los celos se presentaron, pero intentó ignorarlos. En cambio, sonrió ligeramente, sintiéndose feliz al ver que Seto realmente le había concedido a la joven el lugar que merecía. Era obvio que esa joven era de sangre noble. Y no podía más que sentirse satisfecho al ver que finalmente ella había recuperado esa condición. No podía envidiar a la persona que había hecho que Seto admitiera lo que sentía hacia él. Simplemente era impensable.

-Te ves hermosa, Kisara- habló finalmente, y con gran sinceridad. La joven volvió a sonrojarse ante el cumplido.

-Gracias, príncipe- susurró avergonzada. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que lució un vestido tan fino. La tela era tan suave que temía romperla con algún movimiento.

-¿Y yo, Yami? ¡Me veo como un cónsul! ¿Verdad que sí?- Fue solo hasta que escuchó aquello, que el ojirubí se percató de la presencia del niño. Bajó la mirada, sonriendo ampliamente al mirar al menor, quien daba vueltas, luciendo su túnica rojiza de lino entallada por un delgado cinturón de oro. La prenda le llegaba a las rodillas. Lo cual sin lugar a dudas era una buena idea, puesto que una túnica larga, junto con la hiperactividad del menor, sería un verdadero peligro.

Se arrodilló, decidiendo seguirle el juego al menor.

-Pero señor cónsul, ¿puedo preguntarle por qué luce tan elegante esta mañana?- preguntó, fingiendo sorpresa. Actuar de esa forma no era raro para él. Ya lo había hecho miles de veces en el pasado con su hermano Yugi.

-Pues verá, joven, mis servicios son muy importantes para el Imperio. Por lo tanto, la elegancia debe ser algo propio de mí- contestó el niño, tomando una postura arrogante, y hablando con voz grave, aunque los rasgos infantiles aún podían escucharse.

Al mirar la actuación del menor, el egipcio no pudo hacer más que reír, su corazón derritiéndose completamente ante la inocencia de aquel niño. ¿Cómo podía sentir ásperos sentimientos hacia la madre de tan adorable pequeño? Era simplemente imposible. Definitivamente, la presencia del menor alegraría ese lugar. Además, realmente esperaba que de alguna manera la inocencia del pequeño conmoviera al emperador. No esperaba que Seto reconociera al menor, pero al menos, tenía la esperanza de que pudiera llegar a actuar como un padre para él. Era lo mínimo que merecía ese niño, sobretodo en esos momentos cuando la salud de su madre no era la mejor.

Sin saberlo, el ojiazul miraba el intercambio. Y mientras eso sucedía, Kisara miraba al gobernante. Esperanza, eso sintió, cuando notó la mirada suave del castaño y su semblante casi cálido, en el cual, si se fijaba muy detenidamente, podía encontrar los rasgos de una discreta sonrisa. Ella conoció la manera en la que el ojiazul trataba a Mokuba cuando era niño. Solo podía esperar que ese instinto casi paternal que mostró hacia Mokuba, estuviera aún presente en algún rincón de la mente del gobernante.

No sabía si lograría recuperarse, por lo que guardaba la esperanza de que, si ella moría, su hijo pudiera encontrar al menos algo similar a una figura paterna en el ojiazul. Eso era lo único que podía pedir. Como madre, su hijo era lo más importante, y su bienestar era su mayor preocupación.

-¿Qué dijo el médico?- Alzó la mirada que había bajado segundos atrás, encontrando que el castaño la miraba fijamente.

-Dijo que hará lo que esté a su alcance para encontrar la causa de mi enfermedad. Por ahora me ha recetado medicamentos para mis síntomas… confío en que me ayudarán- afirmó la joven, aunque la inseguridad era obvia en su voz. Y cuando miró al ojiazul acercarse, volvió a bajar la mirada. Ciertamente, no sabía cómo actuar ahora.

Y sin embargo, no tuvo más opción que alzar la mirada sorprendida, cuando la mano derecha del castaño bajo su mentón le alzó el rostro.

-No bajes la mirada ante nada. Ni ante nadie- Sonrió abiertamente, cuando escuchó esas palabras. No pudo evitar su siguiente acción. Aferrándose al cuello del ojiazul, lo abrazó, demostrando sus emociones en esa acción. Todo el agradecimiento y el cariño los dejó mostrarse durante ese breve lapso.

-Cuídate, por favor- susurró. Le gustaría haber tenido más tiempo, para tener la oportunidad de conocer mejor esta nueva faceta del ojiazul, la misma que había surgido gracias al joven egipcio quien ahora reía junto a su hijo. No sabía cuánto tiempo le quedaba, no estaba segura de si su cuerpo soportaría hasta el regreso del gobernante. Aunque la atención médica que recibiría ahora sería estricta, no sabía si moriría.

Deseaba tener más tiempo, pero esa decisión solo estaba en manos de los dioses.

-Gracias… nunca olvidaré lo que has hecho por nosotros. Muchas gracias- susurró contra el oído del castaño, permitiendo que sus lágrimas resbalaran por sus maquilladas mejillas.

El ojiazul se mantuvo en silencio durante esos momentos. Había tanto que podía decir, mas su mente razonó que la mejor opción era guardar silencio, y sostener a la débil joven, cuyo cuerpo temblaba. Quizás fue solo hasta ese momento, cuando realmente fue consciente del gran cariño que guardaba por esa joven. A pesar de que intentó ocultar esa emoción, durante todos esos años en los que, gracias a sus propias órdenes, la joven se había mantenido en el exilio. El tenerla ahí en ese momento, el verla otra vez, había desenterrado todas las emociones que habían permanecido escondidas por tanto tiempo. Nunca pudo amarla, eso ya lo sabía. Sin embargo, sí fue la mujer a la que más quiso. ¿Y cómo no? Era perfecta, hermosa en físico y emociones. Merecía mucho más de lo que él jamás pudo darle, y aún así ahora estaba allí, aferrándose a su cuello y agradeciendo a la persona que más daño le había causado.

No podía decir nada ante eso. No tenía derecho a hablar, frente a algo que ni él mismo comprendía.

Pero cuando la joven se separó, dirigiéndole una hermosa sonrisa, que expresaba el gran amor que había en su corazón, no pudo evitar su acción. Fue como volver a los días de su infancia, cuando la compañía de Kisara era imprescindible. Sus labios tocaron levemente la frente de la joven. Una muestra suave de cariño, al lado de una despedida. Quizás esa acción pretendía expresar todo aquello que no podía decir con palabras.

Y Kisara pareció entenderlo, pues asintió ante una afirmación no dicha, mientras sus ojos volvían a cubrirse de lágrimas. Eso era todo lo que necesitaba. Todo se reducía a algo tan simple como un beso en la frente. Porque conocía el significado de esa acción, y más allá de eso no podía pedir más.

-Yami- El ojiazul llamó al príncipe, quien había estado mirando la escena. Y a pesar del recelo que inevitablemente sintió al ver las acciones tan cercanas de ambos, le sonrió a la joven al levantarse, y tomó la mano del romano entre la suya. Ahora, solo quedaba afrontar el momento de la despedida.

No obstante, antes de caminar ambos hacia la salida del salón, el ojiazul le dirigió una última mirada al niño, quien tímidamente lo miró también, quizás sintiéndose aún inseguro por estar en la presencia del hombre con más poder en todo el Imperio.

Yami sonrió ligeramente, mientras que Kisara derramó lágrimas silenciosas, cuando la mirada del gobernante se suavizó en gran medida, y aún de la mano del egipcio, caminó hacia donde estaba el pequeño.

-Cuida a tu madre- le dijo al menor, mientras con la mano que tenía libre, le despeinaba los cabellos. Tal y como solía hacerlo con Mokuba, y sin embargo, el contacto con el niño le produjo una ráfaga estruendosa de emociones. Era la primera vez que tocaba a su hijo… y el significado de ello se convirtió en el sentimiento más extraño. Después de haberlo negado por tanto años, ahora lo tenía frente a sí. La vida que él había ayudado a crear. Sangre de su sangre. Y aun así, ese pequeño conoció la vida de un plebeyo. El hijo de un emperador, que conoció la pobreza. Y solo hasta ahora podía ver que sus acciones no habían sido justas. Que su miedo irracional a la pérdida de su poder como gobernante no fue jamás una excusa suficiente, que justificara su decisión. Pero de alguna forma, tendría que enmendar el daño.

-Lo haré, señor- En ese momento, pudo claramente escuchar cómo Kisara intentó ocultar un sollozo. La razón detrás de su acción fue simple, y él la comprendió de inmediato. La diferencia entre un padre y un señor era grande. La distancia entre ambos era difícil de superar, quizás imposible. Y junto con el sollozo escondido de la joven, una punzada profunda pareció haber atravesado su pecho. Pero no podía esperar más, esto era lo que merecía. Solo quedaba pagar el precio de sus acciones injustas.

Sintió que se sofocaba en ese momento. Las emociones eran demasiadas, y se negaba a dejarse controlar por ellas.

Solo pudo caminar hacia la salida con rapidez, llevando a Yami consigo, pues aún se negaba a soltar la mano del egipcio. De hecho, su agarre se había hecho más fuerte.

-Seto- Yami intentó quejarse, pues el romano lo lastimaba tomándolo de esa manera tan brusca. Y sin embargo, se quedó callado cuando miró el semblante del ojiazul. Solo pudo caminar a su lado, ya que no se atrevió a decir nada más. No pensó que vería aquello. Jamás imaginó que el castaño se vería afectado por la presencia del niño. Conociéndolo, había esperado indiferencia al respecto.

Empero, su corazón fue inundado por la esperanza. Quizás el deseo de Kisara se cumpliría, quizás no era imposible.

-Seto- Solo habló hasta que se vio forzado a detenerse. Cuando miró al ojiazul notó que éste había dejado de caminar. El silencio se extendió por algunos segundos, en los cuales el egipcio se concentró en mirar al gobernante, intentando discernir las emociones plasmadas en el semblante neutral del castaño.

La sorpresa fue enorme, y sus pensamientos se congelaron completamente. En solo un momento, el romano lo había rodeado con sus brazos. Y con incredulidad supo que el ojiazul lo abrazaba con fuerza, sin tener intención alguna de dejarlo ir.

No supo qué hacer en ese momento. Qué decir o cómo actuar. Solamente optó por quedarse allí, permitiendo que el gobernante lo abrazara, y dejando que desahogara lo que fuera que lo aturdía. Su cuerpo permanecía paralizado, y su mente apenas comenzaba a analizar la situación.

-¿Seto?- No pudo hacer más que pronunciar su nombre, incitándolo a hablar de lo que fuera que estuviera molestándole.

Pero fue entonces cuando lo supo, la razón de las acciones del ojiazul estaba clara.

Y lo abrazó de vuelta.

-Ella tenía razón- susurró de pronto el romano, sobresaltando al egipcio, quien solamente se mantuvo en su posición, recostando el costado de su rostro contra el hombro del castaño. –Soy un monstruo- Pero al escuchar esas palabras, se alejó, para así poder mirar al gobernante a los ojos.

-¿Qué estás diciendo?- preguntó, sorprendido y espeluznado.

-¡Acaso no puedes ver el daño que he causado!- La exclamación lo tomó por sorpresa, y lo llevó a alejarse del romano, quedando ambos a varios pasos de distancia uno de otro.

El joven ojirubí solo pudo mantenerse inmóvil, mirando al castaño con profunda incredulidad. ¿Culpa? ¿Arrepentimiento? ¿Era realmente eso lo que estaba viendo en el semblante del ojiazul?

-Sí, es verdad Seto. Cometiste un gran error. Lastimaste a Kisara, forzaste a tu familia a vivir en la miseria por muchos años, y llegaste a pensar en asesinar a ese niño. Y quizás sí fuiste un monstruo al tomar esas decisiones. Sin embargo, un gran hombre no es quien no comete errores, sino quien sabe reconocerlos y rectificarlos- habló, su voz escuchándose firme. Si quería que el gobernante lo escuchara, debía hablar con plena seguridad.

Fue cuando sus ojos se encontraron con los azules del romano, que prosiguió.

-Y aún tienes tiempo. Quizás no con Kisara, solo los dioses lo sabrán. Pero sí con el niño… con tu hijo- Lentamente, se acercó al romano. -Solo puedo esperar que cuando regreses, comiences a actuar como debiste hacerlo hace años- afirmó, al estar de frente al ojiazul, quien había retirado la mirada, negándose a establecer contacto visual con el egipcio.

Pero el príncipe alzó sus manos, colocándolas sobre el rostro del castaño, y así intentando que el romano lo mirara. La tarea fue difícil, pero al cabo de unos cuantos segundos el gobernante cedió ante su insistencia.

Sonrió. Sí era culpa lo que veía, al lado de un profundo arrepentimiento. Y le aliviaba ver eso, pues eran símbolos de humanidad

-Yo estaré aquí para ayudarte- sentenció. El silencio le siguió a sus palabras, más una pronta acción del ojiazul, quien atrajo al joven, para así capturar sus labios en un beso. A través de la caricia, el egipcio pudo percibir cada emoción que anteriormente había visto en el semblante del romano. Ante esto, solamente pudo acercarse más, abrazando al castaño y buscando más de su presencia. Intentaba calmar esas negativas emociones, besando al gobernante con todo el amor que sentía. De alguna forma lo arreglarían. Tal y como había dicho, él siempre estaría allí para ayudarlo.

-¿Quién te crees que eres? Hablándome de esa forma…- susurró el ojiazul cuando se separaron.

Yami simplemente sonrió, acercándose para besar una última vez al romano.

El castaño no emitió otra palabra, solamente retomó el caminar hacia la salida, con Yami a su lado. Quizás lo haría, se dijo a sí mismo. Quizás intentaría enmendar sus errores cuando regresara. Por ahora, debía concentrarse en lo venía. Lo importante en ese momento era la guerra que se avecinaba. Y el hecho de que estaban ya cerca de la salida, y a solo minutos de una despedida. No sería el mismo sentimiento que tuvo cuando creyó que Yami había regresado a Egipto, pero seguramente sería uno similar. Sin embargo, regresaría. No sabía cuándo, pero iba a regresar.

Cuanto más se acercaban a la salida, más se escuchaba un extraño estruendo. Yami, confundido por tal sonido, miró al ojiazul. Éste, al notar que el joven lo miraba, habló.

-Al parecer toda Roma se ha enterado- explicó.

-Quieres decir…- comenzó a pronunciar el egipcio, imaginando ya a qué se refería el castaño.

-Por supuesto, quieren despedir a su emperador- profirió el romano. Yami solamente miró al gobernante, ciertamente sorprendido. No había esperado una despedida tan grande y bulliciosa. Empero, cuando lo pensaba, razonaba en que era bastante obvio. Para los romanos cualquier asunto parecía ser una fiesta, y una campaña militar no sería la excepción.

Pero al llegar a la pequeña plaza, en cuyo centro se encontraba una hermosa fuente de gran tamaño, cuya escultura era una representación de la diosa Venus, un poderoso sentimiento de dolor se apoderó de su pecho. El ruido de los vítores y las aclamaciones se escuchaba al otro lado de las grandes puertas de madera oscura, y sin embargo ese ambiente de alegría y gozo no logró aliviar sus emociones.

Y cuando miró a un grupo de quizás cinco soldados, que esperaban cerca de allí, el sentimiento de desconsuelo fue mayor.

-Ahora es tu guardia personal- Empero, las palabras del romano lo confundieron.

-¿Guardia personal?- preguntó, mirando por unos cuantos segundos a los soldados, no pudiendo distinguir claramente los rasgos de cada uno, pues todos portaban la misma vestimenta y armadura.

-Está claro que no puedes pasar un día sin meterte en problemas. Así que ellos…- dijo, señalando a los guardias. –Te seguirán de hoy en adelante a donde quiera que vayas- Fue cómico, debió admitir, ver cómo Yami abría y cerraba su boca como un pez fuera del agua, intentando hablar, pero sin lograrlo. Fue hasta algunos segundos después, que finalmente el joven pudo pronunciar palabra.

-Pero pensé que te acompañarían a ti…-

-Por supuesto que no… la Guardia Pretoriana está detrás de estas puertas, y el ejército no puede entrar a la ciudad durante las campañas- interrumpió el ojiazul, señalando esta vez hacia las grandes puertas.

-Pero Seto… no necesito esto… puedo cuidarme solo…- intentó argumentar el egipcio.

-Por supuesto… y lo has demostrado en incontables ocasiones- comentó con sarcasmo el gobernante. –Nada de lo que digas me hará cambiar de opinión, así que puedes ahorrarte los argumentos- agregó, con firmeza, callando toda palabra que el egipcio fuera a decir. Si iba a estar ausente, quería asegurarse de que Yami estuviera a salvo. Y ya que ningún otro tipo de seguridad que implementó anteriormente pareció ayudar, lo más práctico era asignarle al joven una guardia personal. Y aunque inicialmente pensó en encargar esa labor a más guardias, finalmente se decidió por solo cinco de ellos, de entre los de más confianza de su Guardia Pretoriana. Y para asegurar su firme lealtad, les ofreció triplicarles su pago, lo cual por supuesto, sirvió de gran motivación para los soldados.

Finalmente, Yami solo suspiró. No le gustaba en lo absoluto la idea, pero no podía negarse. Y sabía bien que no había forma de convencer al ojiazul. No sabía si sentirse honrado por recibir tanta preocupación de parte del gobernante, o profundamente perturbado por el pensamiento de tener a cinco hombres siguiéndolo a todas partes. Y aunque siempre había esclavos a su alrededor, ciertamente no era lo mismo.

-Seto- Pero la nueva voz le hizo olvidarse momentáneamente del asunto. Al mirar hacia el lugar de donde había provenido aquel sonido, encontró a Mokuba, quien traía en sus manos una espada con empuñadura de oro y marfil y hoja de hierro. Un arma claramente afilada.

Quitó la mirada, pues al ver ese objeto volvió a apercibirse de la realidad. El tiempo ya se había terminado. Cerró sus ojos cuando escuchó el sonido metálico de la espada al ser envainada. Había llegado la hora. No estaba listo para esto, pero razonó que quizás nunca lo estaría.

Fue solo hasta que sintió la cercanía del emperador, que se atrevió a volver a abrir los ojos. El romano estaba frente a él. Sin embargo, el silencio se extendió por varios segundos. El momento era ciertamente difícil de sobrellevar, y era complicado encontrar las palabras correctas.

Por unos momentos se negó a mirar al castaño a los ojos. Sus emociones comenzaban a traicionarlo, pero luchaba por mantenerse sereno. Sabía que esto era una obligación con la que el ojiazul debía cumplir. Pero ahora todo era real, demasiado real. La separación sería física ahora, y a su paso dejaría una ola de incertidumbre. Era una guerra donde iría el gobernante. Y en una guerra las personas morían. Aunque el castaño parecía estar seguro de su regreso, no podía evitar sentir una terrible inseguridad, que comenzaba a convertirse en temor.

-Regresaré- Suspiró profundamente al escuchar esa afirmación. Quería creerlo, pero cuando lo analizaba detenidamente, no había forma de afirmarlo con seguridad.

-Cuídate mucho… yo… estaré esperándote- Tanto quería decir, mas no encontraba las palabras para decirlo.

Pero no tuvo más opción que alzar la mirada, cuando el castaño con su mano le alzó el rostro. Empero, tan pronto miró a los ojos al gobernante, su tranquilidad acabó. Y se aferró al ojiazul, como si de ello dependiera su vida. Lo abrazó con fervor, intentando no dejar escapar sus tumultuosas emociones.

-Te amo- Y a cambio de todo, de las muchas palabras que quería pronunciar, de las acciones que estaba tentado de realizar. A cambio de todo eso, susurró esas dos palabras. Pues ellas lograban expresar todo aquello que no se atrevía a decir. Todas sus emociones, sus dudas; todo el dolor que le causaba el despedirse. –Te amo, Seto. Te amo- lo repitió, y continuó repitiéndolo. Era lo único que podía decir, lo único que debía expresar. Nada más importaba, que el anhelo de que el ojiazul se llevara consigo esas palabras, cuyo significado era más grande que cualquier otra manifestación de sus emociones. Solo eso podía entregarle al castaño. Solamente eso podía ofrecer ante la despedida.

Y sonrió dentro de sí, cuando el gobernante lo besó, frente a Mokuba y los guardias. Correspondió a la caricia, entregando en ella todos sus sentimientos. Era este el último beso. Por un largo tiempo, era este el último momento donde compartiría la cercanía del ojiazul.

Y pudo sentirlo, en medio del beso apasionado, pudo sentir las emociones del emperador, que ciertamente correspondían a las suyas. Era todo lo que podía pedir. Era todo lo que quería recordar. Esa cercanía, esas emociones. Quería quedarse con ellas, hasta que el romano regresara.

Un quedo y leve gemido surgió de su garganta, cuando antes de separarse el ojiazul jugueteó por unos instantes con su labio inferior.

Seguidamente, solo su respiración pudo escucharse, al lado de la del castaño, la cual además acariciaba levemente su rostro.

Tomó ambas manos del romano entre las suyas, cuando sintió cómo el ojiazul comenzaba a separarse.

Y cerró los ojos, pues no quería presenciar ese momento.

Extendió sus brazos frente a sí, intentando alargar el momento de la separación. Pero pronto llegó ese temible instante, cuando las manos del castaño se alejaron de las suyas.

Temeroso de abrir los ojos, pero queriendo ver una vez más al emperador, permitió que su visión volviera, solo para mirar cómo el ojiazul se montaba sobre su caballo blanco, que había sido traído momentos atrás por dos esclavos.

-Abran las puertas- Su corazón latió rápidamente cuando escuchó esa orden. Y aunque deseó alejar la mirada, supo que no podía hacerlo aunque lo intentara. Quiso ir hacia allá. Deseó insistir; convencer al ojiazul de que lo llevara. Pero en cambio, se mantuvo de pie en el mismo lugar, aguantando las emociones.

El estruendo de la multitud creció desmedidamente, cuando las puertas comenzaron a abrirse. La luz del sol se filtró de inmediato, haciendo que el joven egipcio cerrara sus ojos momentáneamente, tal y como lo había hecho aquel día de su cumpleaños, cuando entró al anfiteatro. Pero en esta ocasión, la luz del sol no era motivo de alegría.

La multitud gritaba alabanzas en coro, y las mujeres arrojaban flores al camino. Los soldados de la Guardia Pretoriana abrían paso entre la multitud, formando un sendero. La escena era majestuosa, y en otra ocasión se habría mostrado fascinado por lo que veía. Empero, en esta ocasión, solo se concentró en mirar al ojiazul, quien ahora le daba la espalda.

Y cuando miró al gobernante tomar las riendas del caballo, se preparó para la despedida.

Pero para su sorpresa, se encontró con ojos azules que lo miraban. El castaño había mirado hacia atrás una última vez.

Y el príncipe sonrió, sus ojos iluminándose con el amor que inundaba su corazón.

Fueron solo unos últimos segundos, y el emperador volvió la mirada de nuevo hacia adelante. Finalmente, con un movimiento de las riendas y una exclamación, se alejó en su caballo, ante la adolorida mirada del príncipe.

El joven, al ver al gobernante perderse entre la multitud y los guardias que lo siguieron, cayó de rodillas al suelo. Casi de inmediato, sintió la mano de Mokuba sobre su hombro, transmitiéndole consuelo.

Esperaría. Eso era lo único que podía hacer ahora. Anhelar el día en el que la guerra terminara. El día en el que pudiera mirar nuevamente los ojos azules de la persona a la que había aprendido a amar, más que a nadie sobre toda la tierra.

Su corazón, oprimido por todas las emociones, latió con fuerza.

Y una sola lágrima resbaló por su mejilla.

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El sonido de la multitud era ensordecedor. Sus guardias tenían problemas conteniendo a tantas personas, que se empujaban entre ellas, intentando ver aunque fuera por unos segundos a su gobernante.

Y fue en uno de esos descuidos de parte de los guardias, que una litera se atravesó en el camino, por donde en ese momento se encontraba el emperador. La acción fue repentina, por lo que el castaño tuvo que tirar de las riendas rápidamente, para que el caballo se detuviera a tiempo.

Iba a gritarles a los esclavos que llevaban la litera, pero toda palabra murió en su boca cuando la mujer que iba dentro abrió la cortina.

Sus guardias se acercaron en ese momento, pero con solo alzar su mano les indicó que no se acercaran más.

-¿Sorprendido, emperador? Ciertamente no podía dejarte ir sin despedirme- Ojos verdes lo miraban. La mujer le sonreía divertidamente.

-Minerva- pronunció el nombre, sin dejar de mirar a la mujer. -¿Qué haces aquí?- preguntó segundos después. No había fastidio en su voz, a pesar de que la presencia de la mujer no era algo que lo alegrara en lo absoluto. Sin embargo, después de lo que Minerva había hecho, no se limitaría simplemente a ignorarla, aunque así lo quisiera.

-¿No me digas que creíste que sería tan fácil deshacerse de mí?- preguntó la mujer, con obvia burla. Solo ella se atrevería a hablarle de esa forma al gobernante. –Aún no has visto todo de mí… o debería decir, aún yo no he visto todo de ti. Cómo te irá con ese príncipe… esa pregunta vale oro, ¿no crees?- interrogó con humor.

-No creo que este sea el lugar ni el momento apropiado, Minerva- afirmó el ojiazul, con firmeza. Su paciencia ya comenzaba a agotarse.

-Por supuesto. Será en otra ocasión- coincidió la mujer. –Continúen- le ordenó segundos después a sus esclavos.

Por unos momentos, el gobernante se mantuvo en silencio, escuchando en medio del bullicioso, los pasos de los esclavos que cargaban la litera.

Suspiró, cuando supo que había algo más que debía decir, y que no podía ser evitado.

-Minerva- llamó a la mujer, alzando la voz para hacerse escuchar entre la muchedumbre.

-¿Sí, emperador?- La respuesta fue casi inmediata, como si la mujer hubiera estado esperando aquello.

Por algunos segundos el emperador se mantuvo en silencio, pues lo que iba a decir era de difícil pronunciación. Pero cuando lo pensaba bien, y recordaba los hermosos ojos carmesí de esa persona, no podía evitar querer externar lo que sentía, aunque fuera hacia una persona como Minerva. Después de todo, debido a las acciones de Minerva, Yami no fue mordido por las serpientes. Fue ella además, quien le dio el nombre del responsable.

-Gracias- La palabra era corta, y no le tomó ni medio segundo pronunciarla. Mas el significado detrás de ella era grande.

Pero tan pronto la hubo pronunciado, retomó su camino. Aunque ciertamente pudo sentir la sonrisa burlona de la mujer a sus espaldas.

Procuró entonces concentrarse en otro asunto. Y por supuesto, fue Yami quien acudió de inmediato a su mente. No iba a negarlo, la despedida había sido difícil, aún más de lo que había imaginado. Y ciertamente, lo fue también para el egipcio. Fue tan simple como ver su rostro, para encontrar todas las emociones que sentía. Había aprendido a leer fácilmente las expresiones del príncipe, sabiendo ahora interpretar las emociones en aquellos ojos carmesí.

Pero además de Yami, otras dos personas se presentaron en sus pensamientos. Y tuvo que suspirar al verlos en su mente. Ni las aclamaciones de la multitud lograban aliviar ese curioso sentimiento de dolor, que había surgido ante la formalidad del niño ojiazul, al dirigirse a él. Pero, ¿qué más esperaba? A ambos los había negado por mucho tiempo. Y aún ahora se negaba a reconocer al niño.

Aunque quizás lo intentaría, como le había dicho Yami. Quizás intentaría enmendar los errores del pasado. Y bien sabía que no bastaba con llenar de lujos a la familia que desconoció por años. No era tan simple como eso. Por ello, no sabía si realmente estaba dispuesto a dar aquello que les negó por tanto tiempo. Tal vez fue una figura paterna para Mokuba… pero no sabía si podría serlo para ese niño. No sabía siquiera si realmente quería intentarlo. Aunque fuera imposible negar el impacto que había causado el mirar por primera vez a ese niño que había negado, no estaba seguro de poder rectificar el daño.

Quizás sí necesitaría ayuda. Tal vez debía admitir que esta vez no tenía la respuesta, ni sabía cuál era la mejor acción.

Y pensó en Yami nuevamente.

Fue ese príncipe. Tuvo que ser sincero consigo mismo en ese momento, y admitir la influencia que había tenido el egipcio sobre él. Había planeado algo muy distinto para Kisara, si ésta se atrevía a desobedecerlo. La bondad que había mostrado hacia ella, y el arrepentimiento que ahora sentía, nunca antes fueron características propias de su personalidad, al menos no desde que ascendió al poder. Yami pareció revivir muchas emociones que habían muerto desde muchos años atrás.

Lo extrañaría, no había forma de negarlo. Nunca antes había encontrado tanta belleza en una sola persona. Esos expresivos ojos carmesí, el exquisito perfume, el calor de ese cuerpo bronceado… extrañaría cada parte de ese joven.

Pero regresaría. La guerra terminaría y entonces regresaría. Y podría volver a deleitarse con la perfección del egipcio. Con quien había dejado todo atrás para permanecer a su lado. Quisiera o no el joven había logrado atravesar las murallas, y su recuerdo ahora descansaba dentro de su corazón. Y las palabras, esas últimas palabras que el ojirubí le había dicho, lo acompañarían durante todo ese tiempo. No podía llevarse al joven consigo, pero sí podía llevar esas palabras.

Y regresaría. El día llegaría. Regresaría y Yami estaría allí. Esperándolo solo a él. Lejos de Egipto, el lugar al cual había renunciado. Yami no volvería a Egipto, pero estaría en Roma esperándolo, siempre. Y ese pensamiento era quizás el más tentador, y el que lo motivaba a continuar y soñar con regresar.

Regresaría y Yami estaría allí. Y podría ver nuevamente su sonrisa y el brillo de sus ojos carmín. Y podría hacerle el amor, poseerlo cuantas veces quisiera. Admirar el sonrojo de sus mejillas y saciarse por completo con el sonido melodioso de sus gemidos.

Regresaría. Porque Yami lo esperaba.

Y admiraría de nuevo la belleza que lo cautivó.

La belleza inigualable del príncipe egipcio.

Su flor de loto.

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Magi: Antes que nada, tengo algo importante que anunciar. Ya que el final de Flor de loto es inminente, necesito saber si quieren que escriba o no el especial (es decir, una secuela corta). Creo que hasta el momento hay opiniones divididas, y yo todavía estoy indecisa, por lo que opté por subir una encuesta en mi perfil. Dependiendo del resultado de esa encuesta, escribiré o no el especial. Así que por favor, ingresen y voten, para así saber qué hacer y tomar una decisión al respecto. Lastimosamente, la página solo admite la participación de los usuarios registrados. Pero los lectores anónimos siempre pueden darme su opinión a través de los reviews.

Respecto a un nuevo fic… sinceramente he pensado en retirarme del fanfiction. Pero, no lo sé… tengo aún varias ideas para nuevos fics. Y realmente extrañaría escribir, porque es algo que realmente amo. Aunque ahora sé que mi sueño de ser escritora profesional es casi imposible (tuve la oportunidad de hablar con un escritor… y me di cuenta de que aquí no es nada fácil dedicarse a la literatura, y no sé si estoy dispuesta a luchar como él lo hizo por un sueño quizás irracional. Y aunque él me dio mucho ánimo, y me ofreció su apoyo, también me puso los pies sobre la tierra), el fanfiction por lo menos me permite cumplir de cierta forma ese sueño, aunque sea de manera aficionada. Y recibir sus comentarios, y su apoyo realmente significa mucho para mí. Así que… lo pensaré muy bien. Por el momento, debo concentrarme en Mente Frágil y en la posible secuela de este fic.

Ahora, respecto al capítulo… estoy a punto de llorar, enserio. Lo he terminado… se siente extraño xD Cuando empecé este fic en 2008 (me parece que fue en ese año), jamás imaginé la larga odisea que sería escribirlo y terminarlo. Lloré, grité, reí… creo que sufrí de todo con este fic. Y sin embargo, me siento satisfecha. Triste, pero satisfecha de haberlo concluido. Claro, todavía falta el epílogo… pero ese es prácticamente un capítulo extra, para darle un final más conclusivo al fic.

Tengo una confesión que hacer. Y supongo que ya que el final está a solo un epílogo, es tiempo de que la comparta con ustedes. Este definitivamente no era el final que planeé inicialmente para este fic. La idea original, era darle un final bastante agridulce, una de las grandes razones por las que introduje a Kisara en el fic. Pensaba hacer que Yami regresara a Egipto. Y que Seto terminara casándose con Kisara y reconociendo al niño. Punto. Así de sencillo. Después, en el epílogo, pensaba hacer que Seto, quien estaba en una campaña militar, fuera a Egipto, y se rencontrara con Yami, quien ya era el faraón y por supuesto estaba casado (y hasta hijos pensé en darle). Y después de un encuentro romántico bastante agridulce, se separaran para siempre, terminando con Seto pensando algo como "me enseñarte a amar", o algo similar.

No sé cómo, pero de alguna forma mi creciente amor por este fic fue cambiando esa idea, al lado de sus comentarios donde me pedían que ambos terminaran juntos. Y cuando intenté escribir el capítulo 27 como originalmente lo tenía planeado… simplemente no pude hacerlo. Tuve que hacer que Yami regresara. No lo sé, realmente este fic tiene un importante lugar para mí… y supongo que no pude obligarme a mí misma a darle una conclusión como esa. Aparte del hecho de que Yami me apuntaba con una pistola en ese momento (es enserio… de dónde sacó un príncipe egipcio una pistola… no tengo idea xD), mientras me exigía que le permitiera quedarse con su querido emperador.

Pero bueno, espero que ustedes también estén satisfechos con el final que decidí darle a este fic. Además de que da cabida a una secuela… que por lo que tengo planeado será… nah, mejor todavía no digo nada. Primero tengo que decidir si la escribo o no.

Aclaraciones… creo que no hay aquí. Solo rectifico que la parte donde Seto mención que Kisara tenía razón al decir que él era un monstruo, ya la había tratado en un capítulo anterior… en el 22 para ser exacta. Y creo que también lo había mencionado antes, la Guardia Pretoriana era, por decirlo así, la guardia personal del emperador.

Y por último, hablemos de Minerva xD… como pueden ver, claro que no la maté. El mal nunca muere, después de todo ;)

Agradecimientos a Atami no Tsuki, Rita, Azula1991, Natsuhi-san, Yuuly, Allen Kurosawa, Lady Broken Doll, HIKARI NO YAMI, Elsa Agabo, SneV, Kimiyu, nninfaa, Tsukimine12, kyoaome, zeny por sus reviews! Espero que les haya gustado este capítulo final, el cual fue mi regalo de Navidad para ustedes! xD

¡Nos vemos en el epílogo!

¡Feliz Navidad y Año Nuevo!

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