17
Recomendación musical: Bittersweet de Apocalyptica y Heart's a Mess de Gotye.
Disclaimer: Saint Seiya no me pertenece bajo ninguna circunstancia, aunque si pudiera, elegiría para mí a Isaak de Kraken y a Shura de Capricornio.
Espero disfruten, sus reviews nos ayudan a mejorar ésta historia, tanto si les gusta como si pasa lo contrario, agradeceremos siempre sus amables palabras. Ahora sin más.
::::::::::::::::::::::::::::
Capítulo 29: Desacuerdos.
Shion me recibió en el Salón Patriarcal muy temprano en la mañana, se veía cansado. Podría jurar que no había dormido en días, no era para menos. Las noticias que llegaban de Asgard tampoco eran alentadoras. Hilda había enviado una carta anunciando que quería renegociar los acuerdos con Atlantis y con El Santuario por igual, explicando brevemente las mismas razones que yo había expuesto al Patriarca en la última audiencia que habíamos tenido y en la que nos había acompañado Atenea. Además, pedía a ambas partes, poner las cartas sobre la mesa, y explicar las razones detrás de los últimos comportamientos erráticos. El tono de la carta era amistosa, pero era un ultimátum.
- La situación se sigue complicando, Aimée. Debo enviarte a Ásgard también.
- Por supuesto, Santidad, haré todo lo posible por recomponer ésto.- Me encogí de hombros levemente, adornando mi rostro con una sonrisa tímida. Yo intentaría todo lo que estuviera a mi alcance, pero si Shion, que era el máximo representante de Atenea en la tierra, no había logrado concretar mayor cosa con Hilda, ¿qué tantas posibilidades tendría yo? A mi favor tenía el que ya era una cara conocida.
El guardia de la puerta entró intempestivo al recinto anunciando a los enviados de Poseidón. Contuve el aire varios minutos, me encontraba en la molesta situación de no sentir ninguna clase de entusiasmo al saber que las Marinas estaban cerca, todo gracias a la tensión constante entre todas las partes. Shion asintió y el hombre volvió a salir.
- Te necesito junto a mi, Aimée, ésta no será una conversación agradable.- Asentí y me moví para quedar junto a él, todavía dándole la espalda a la puerta.
Varios minutos pasaron hasta que Sorrento e Isaak entraron al recinto junto a María, quién para mi enorme sorpresa, no sólo era la máxima vestal de Atlantis, sino la sacerdotisa de Poseidón. Usaba un peplo púrpura con incrustaciones y bordados en oro y plata. Un velo cubría su largo cabello negro, hizo una reverencia a Shion, quien se puso en pie e imitó el gesto. La invitó a tomar asiento junto a él en una pequeña salita improvisada que había junto al pedestal del trono. Isaak y Sorrento tomaron sus lugares junto a mí, luché por fijar mi mirada en el suelo, pero un suave silbido de Isaak me obligó a mirarle, me guió el ojo como saludo y Sorrento inclinó brevemente la cabeza, les devolví a ambos una sonrisa y luego suspiré, volteando la mirada hacia Shion y María.
- Es un honor recibirte en El Santuario, María, espero que el viaje no hubiese sido demasiado complicado.
- No lo ha sido, Shion. Es un honor estar aquí también, aunque no lo son las razones.- El Patriarca le dio la razón y de inmediato entraron en el quid del asunto, le extendió las copias de los documentos que yo tenía en los que se explicaban las cláusulas de la tregua. María pareció comprender, leyendo con atención cada párrafo que había subrayado o con apuntes a los lados, probablemente, Shion había hechos los propios antes de éste momento.
- Quisiéramos conocer, María, qué ha hecho que el Emperador decida condicionar su tregua con nuestra señora, ¿acaso las peticiones de Apolo superan en interés a las de nuestra alianza?
María nos miró de reojo a Sorrento, Isaak y a mí, no estaba dispuesta a discutir esos asuntos con nosotros tan libremente. Se revolvió en la silla, y tuvo un momento de respiro cuando Alexandria entró con una bandeja repleta de vino y se lo ofreció a ambos sacerdotes. Y como entró, salió.
- Ese tema podemos discutirlo luego, Shion, pues nuestro señor también desea conocer qué impide que Atenea conceda su deseo a Apolo, de modo que éste no pueda interferir en nuestra alianza.
El Patriarca asintió, capté una mirada de reojo hacia nosotros, luego se concentró en María nuevamente.
- Disculparás a nuestra señora, ha debido atender ciertos asuntos fuera del Santuario. Espero, confíes en mi criterio y en el de la Santa de Cetus, a quién debes conocer. -María me buscó con la mirada, y cuando me encontró, sonrió con amabilidad; luego asintió, atenta a las palabras de Shion.
Ninguno de los guerreros en ese salón tuvo posibilidad alguna de intervenir en aquella discusión que iba y venía del conflicto real en el que estábamos metidos, a amenazas veladas como anécdotas de las guerras santas pasadas. Estaba cansada de estar hincada en la misma rodilla, y sentía que el dolor de cabeza empezaba a pasearse hasta mis ojos. Adrede evité alguna clase de contacto visual con Isaak o con Sorrento.
- Aimée.- Cuando Shion llamó mi nombre di un respingo. - Creo que es hora de que te ocupes de ese otro asunto importante que tenemos a cargo.- Asentí, pero en realidad no sabía de qué me estaba hablando.
"Eva tiene el encargo de vigilar a Marah, pero una visita de tu parte también le hará bien. No mereces escuchar todo ésto."
Me puse en pie y con una reverencia general me despedí de Shion, de María y de Isaak y Sorrento. Salí del salón cuán rápido pude, tratando en lo posible de no hacer evidente mi urgencia. Una vez afuera, di gracias a Shion, María había resultado ser la mujer más intransigente que había conocido. Para ella, el error estaba en que Atenea no había entregado a Marah, el silencio de su señor respecto al tema que lo obligaba a ponernos en vilo a Asgard y a El Santuario, era una excusa nada más.
...
Shaina se atravesó en mi camino pero la ignoré, no tenía ánimos para su veneno. Me sentía enferma, y cuando salí a la entrada a las Doce Casas, el brillo del sol reflejado en el mármol de los templos me lastimó los ojos. Maldije el verano cuantas veces pude y con cuantas palabras conocía hasta que en Capricornio me encontré con una Eva que deslumbraba felicidad por cada poro de su ser.
- Alguien está de humor- Saludé, tratando de sonar tranquila e ignorando el dolor de cabeza. Eva se me echó encima en un abrazo restaurador que respondí con emoción. La alcé en brazos y di una vuelta con ella en el aire, que gritó como loca para que la bajara.
- No soy la única, ¿por qué estarías tú tan contenta, eh?- Pillando al vuelo sus insinuaciones le di un codazo y sonreí. No podía negar que volver a ver a Isaak después de un tiempo considerable, no fuera razón para que mi dia fuera un poquito menos estresante.
- Voy... a ver a Marah, ¿vienes conmigo? Creo no ser muy bien recibida en la Tercera Casa.
- ¿Hablamos de Kanon?
- Sí.
- Agh, venga, vamos entonces.- En el tono de Eva había cierta renuencia, pero no dejó que se filtrara demasiado. Me tomó del brazo y salió guiando el camino con pasos rápidos, como si tuviera prisa. - Con suerte, sólo encontraremos a Saga, así que andando.
Llegamos a Géminis más pronto de lo que pensamos. Dora nos recibió en la entrada a la zona privada y nos advirtió de no molestar demasiado a Marah con preguntas sobre el incidente luego de su boda. Había despertado con un dolor punzante en el vientre y perdido una enorme cantidad de sangre, pero ni Agnés ni ella pudieron determinar si habíamos perdido a nuestro futuro sobrino o sólo eran efectos colaterales de un retraso mayúsculo.
- ¿Kitty cat?- Llamé mientras golpeaba la puerta. Cuando escuchamos un pequeño gruñido delicado, entramos a paso lento, pero al ver que el rostro de Marah se iluminó al vernos. Eva se le fue encima, aunque midiendo la velocidad de su salto, y cayó junto a ella. Yo me senté al otro lado y la tomé de la mano. - ¿cómo sigues?
- Mejor.- En sus ojos había un brillito pequeño. - Las eché de menos. - Nos hizo acercar a ella para abrazarnos. Y así estuvimos largo rato hasta que Dora entró con un vaso de té de cidrón para Marah, y no nos dejó solas hasta que se lo bebió completo. - Cuéntenme de ustedes, chicas, mis días no han sido muy diferentes.
- Pues... ¿adivina quién regresó?- Al ver que giraba el rostro en dirección opuesta y me sonrojaba, Marah captó al vuelo lo que Eva trataba de decir, y me obligó a mirarlas de vuelta.
- Bully, alégrate. Sé que las cosas están algo tensas, pero da igual, no dudo que tenga unos minutos guardados para tí sola.
- ¡Y qué minutos han de ser!
- ¡Eva, basta!- Ambas rieron con soltura y terminaron por contagiarme levemente de su buen humor, mejor así, que ellas pensaran que mi actitud taciturna tenía que ver con Isaak directamente y no con lo que sucedía tras bambalinas con los tres Santuarios. Entre más tranquilidad tuviera Marah, más ágil sería su recuperación.
- ¿Y tú, Eva?
- Pues... no puedo quejarme, ¿sabeis? Aunque en un tiempo me enviarán fuera del Santuario para una misión, estoy aprovechando.
...
Salimos de Géminis cuando sentimos el Cosmo de Kanon acercarse a Aries, eso me daba tiempo justo para llegar a Tauro antes que él y esperar que pasara de largo. Kanon no era tonto, él ya sabía que Apolo había pedido a Marah para sí y que, de alguna manera, el asunto tenía que ver con Atlantis y eso lo ponía, si acaso más, en sobre aviso conmigo. Bufé cuando llegué a la Segunda Casa apenas a tiempo de escabullirme por el pasadizo secreto y salir a la cocina. No había mucha actividad en la segunda planta, encendí mi Cosmo buscando a mi maestro y la respuesta llegó de Aries. Bajé las escaleras que me separaban de ellos, Kiki me saludó con el mismo entusiasmo de siempre.
- ¡Aimée, ¿cómo te fue con el Maestro?!
- Kiki, no incordies a Aimée con esos temas, son confidenciales...- Regañó Mu, quién estaba en el suelo, ataviado con sus ropas de Jamir y revisando detenidamente una parte de la Armadura de Tauro. Saludé a Mu con una inclinación de cabeza, me extrañó no ver a Aldebarán hasta que sentí que era levantada por los aires, pataleé como una cría sin poder zafarme del agarre de mi Maestro, riendo y soltando improperios en finlandés, menudo susto me había metido.
Cuando por fin me soltó, me dolía el estómago de reírme. Le abracé como hacía mucho tiempo no lo hacía, tomándolo por sorpresa.
- ¡Menina! Tudo bem, tudo bom?
- Joo, o eso espero.- Me encogí de hombros y solté a mi maestro. Centré mi atención en el trabajo que Mu hacía con Tauro. Sus manos sostenían un pequeño círculo de luz azul que mostraba las grietas y rasguños que a simple vista no eran evidentes. Luego, soltaba un poco de polvo estelar y con su Cosmo lo moldeaba mientras la armadura lo absorbía, regenrándose.
- ¿Nunca habías visto cómo Mu repara las armaduras, Aimée?- Kiki volvió a mi lado. Me llegaba casi al hombro, cuando lo conocí, todavía podía considerársele un pequeñín, pero ahora... Apoyé mi brazo en su hombro y seguí el flujo de cosmo de Mu, mientras él apoyaba su brazo en mi cintura, en un gesto fraternal.
- Me sorprende verte por aquí de nuevo, menina.
- Asuntos con el Patriarca, Maestro, y... de vez en cuándo es bueno volver por aquí. - Me revolvió el cabello como siempre hacía, traté de hacerle cosquillas pero recordé que nunca había podido porque a pesar de su estatura, Aldebarán era realmente rápido. Desistí pronto, me despedí y salí hacia mi cabaña, sólo quería dormir hasta que todo el embrollo entre los Santuarios terminara.
-x-
Sentí un cosquilleo en la cara, aún medio dormida, manoteé al aire y me di la vuelta, pateando la sábana en el proceso. El calor era insoportable a éstas alturas del verano. Volví a sentir el mismo cosquilleo en mi cuello, volví a manotear y golpeé algo, pero seguí dormida; finalmente, el mismo cosquilleo acompañó el movimiento de mi cabello. Abrí los ojos de inmediato y me di la vuelta dispuesta a asesinar al mosquito que buscara aprovecharse de mi intolerancia al calor; en cambio me encontré con la mueca divertida de Isaak, sentado en el borde de mi cama y levemente inclinado sobre mí.
Sonreí como tonta al verlo, me le eché a los brazos y me acunó sin querer soltarme mientras me daba besitos en la frente, y yo buscaba su mentón, sus mejillas, lo que se me atravesara para besarlo de vuelta.
- Te extrañé. - Me dijo en un susurro al oído que me erizó la piel.
- Yo a tí. - respondí sobre su cuello.
Nos quedamos abrazados un largo rato sin hablar, hasta que Isaak se puso en pie y me arrastró con él hasta la puerta. Insistió para que saliéramos de mi cabaña y cuando estuvimos cerca de uno de los pocos claros cerca de la Fuente de Atenea, no dudó un segundo en lanzarse al agua. Me fue imposible reprimir una risa sarcástica, si para mí el verano griego era un desastre, para él debía de ser peor viviendo en el Ártico. Miré de reojo los alrededores por largo rato, desde que había salido del Templo Papal en la mañana, me fue imposible quitarme la sensación de incomodidad constante, tanto por las miradas recelosas de muchos de mis compañeros, como por la gravedad de la situación en sí. Una gotitas de agua salpicaron mi rostro, trayéndome de vuelta al presente, busqué la mirada de Isaak que, en respuesta a la mía, se había endurecido también.
- Ahora no, Aimée.
- No puedo evitarlo es...
- Es horrible, lo sé. - Le vi zambullirse en el agua y nadar casi en el fondo por mucho rato. Yo me quité las botas, doblé mi pantalón y metí las piernas lo más que pude. Quería unírmele, pero algo en mí decía que comenzara a mantener la distancia.
Otra vez me salpicó con agua, le salpiqué de vuelta. Salió del agua y trató de abrazarme pero no se lo permití, aunque estuviéramos en verano, las noches tenían algo de frío, y la madrugada no podía pillarme mojada hasta las pestañas o me enfermaría. Corrí de su alcance cuanto pude hasta que me alcanzó, abrazó, mojó e hizo rodar en el piso, luego de lo que tomó posesión de mis labios con furia y deseo mal contenido. Me deshice en suspiros con el tacto de sus manos en mi cuerpo, busqué el suyo también, concentrados tan solo el uno en el otro. Voces y pasos a la distancia le hicieron levantarse de golpe y lanzarse al agua otra vez, maldiciendo por adelantado, y dejándome a mí con una sensación que no podía explicar, pero no era agradable. Me apoyé en el codo para verle de nuevo, aunque había llegado llenándome de mimos, sus gestos cautelosos y la falta de conversación eran sinónimo de ideas en su cabeza que lo incomodaban, que no sabía cómo manejar.
- ¿Estás bien?- Me aventuré a preguntar, sentándome en la orilla del claro, sin meter mis pies en el agua. Las voces pasaron junto a nosotros, a varios metros. Pude identificar a varios Santos de Plata, muchos de ellos amigos de Shaina y Argol, gente con la que nunca había tenido una conversación en más de dos años desde que ganara mi armadura. Suspiré, volviendo la mirada a Isaak, se había recostado a unos metros de mí, con la cabeza hacia atrás y los ojos cerrados, el ceño fruncido y los músculos de su cuello contraídos.
- No sé.
- ¿Cómo...?
- No lo sé.
Me mordí la lengua, detestaba cuando Isaak se ponía así. Después de tanto tiempo juntos era palpable que no lograba comprenderle del todo, la tensión y nuestras circunstancias tampoco eran de ayuda. Volví a suspirar y caminé los pasos que nos separaban ante su atenta mirada, me crucé de piernas y él dejó caer su cabello húmedo, haciéndome cosquillas. Tomé un par de mechones y comencé a jugar con él.
- Dime algo, me pone nerviosa que te pongas así.
- ¿Así cómo?
- Así- Hice un gesto con las manos - Que no me hablas.
- Es... - se dio la vuelta para encararme. - Sólo trato de pensar en una salida para todo ésto, pero Atenea no ayuda...- hizo una larga pausa, su gesto no tenía ninguna expresión, pero el mío se había adornado con una "v" en la frente, no me gustaba la forma en que las Marinas, sin excepción, tomaban el asunto con Apolo.
- Poseidón tampoco. - Escupí molesta, él bufó y volvió a sumergirse en el agua. - No toquemos ese tema, por favor. Tengo suficiente con lo que pasa aquí.
- Como quieras.- Me puse en pie, malditos Santos de Plata y su sentido de la oportunidad. No voltée a registrar si Isaak me estaba siguiendo, pero sus pasos detrás mío lo delataban. - No puedes molestarte todo el tiempo, si me pides una opinión, atente a que lo que responda puede no gustarte.
Cerré los ojos y los apreté con una mano, no quería pelear con él, pero tampoco estaba tan tranquila y eso reducía mi paciencia casi a cero. Traté de pensar en cosas más alegres, como mi tarde junto a Marah y Eva, al menos a ellas parecía estarles yendo mejor, y me alegraba de corazón por ellas. En la puerta de mi cabaña, Isaak me haló del brazo antes de que entrara y me escondiera.
- Llevo días dándole vueltas a éste asunto, perdóname si no sueno optimista, no lo estoy.- Y me soltó, cuando iba a darse la vuelta, supongo que para pasar la noche en Acuario, lo rodeé con mis brazos y apreté mi cara contra su espalda. Se dio la vuelta y como si no hubiésemos sido interrumpidos, continuó lo que habíamos iniciado en el claro.
...
- ¡Quita, me duele!- Estaba sobre mi colchón retorciéndome de dolor. Isaak se las había ingeniado para sentarse en mi espalda y, según él, liberarme toda la tensión con un masaje pero parecía una tortura china. Cada presión que ejercía sobre mis hombros se sentía como una aguja sobre mi piel. De nada sirvió que hubiésemos pasado la noche juntos, habernos reído, tonteado, nada... mi espalda se empeñaba en recordarme que tenía razones para estar estresada.
- Si te quedaras quieta, ya hubiera terminado, ¡llorona!
- No me digas así. - Pataleé tercamente, a él parecía divertirle torturarme de esa manera, y a pesar de mi entrenamiento y mi fuerza, había logrado doblegarme y algo sí sabía, era tan terco como yo cuando quería algo. - Suéltame o no respondo, es en serio.
Con un besito en el cuello, me soltó y se acomodó junto a mí. Me corrí hacia el rincón para abrirle espacio pero dándole la espalda, pero él insistió más, buscando que me volteara provocándome con caricias dulces y sutiles que me erizaban la piel y hacían cosquillas.
Casi al mediodía no había probado bocado. Isaak se había apoderado de una toalla limpia y se la había puesto sobre la cabeza y el pecho, buscando que la humedad de la misma lograr refrescarlo, el uso constante de su Cosmo había terminado por agotarlo. Yo, en cambio, había optado por beber toda el agua que me fuera posible, tenía el cabello recogido, la ropa más vaporosa que encontré y estaba sentada en el comedor, al lado opuesto de donde estaba el sol.
- Levántate del suelo, rakkauteni.
- No, ni muerto. No quiero que ese asqueroso aire de verano me roce.
- Estás exagerando.
- Me da igual.
- Tonto.- Me reí, y él hizo lo mismo. Yo me sentía igual, pero nuestras maneras de huir del calor eran tan dispares. Un golpecito en la puerta nos puso alerta, Isaak se levantó de un salto y abrió, su rostro se quedó petrificado, y con curiosidad, me asomé a tiempo de ver que se corría y daba espacio a Marah para que entrara a la cabaña.
- Buenos días, Aimée, Isaak.
- Buenos días Kitty. - Isaak gruñó una respuesta ininteligible mientras se echaba otra vez al suelo y se cubría la cara con la toalla, ignorándonos por completo. Sonreí de nuevo, no podía culparle, yo debía ser una versión más pequeñita e igual de sofocada que él en ese momento, el gesto divertido en el rostro de Marah así me lo dejó claro. - ¿A dónde vas, por qué llevas tu equipaje?
Brevemente me contó que se iba tres semanas del Santuario a visitar a su familia en Oriente Medio, a la mención de Kanon, Isaak dio un respingo. Agradecí mentalmente que Marah estuviera dándole la espalda. Me levanté de mi silla y con equipaje y todo le di un abrazo constrictor, como los que me daba Aldebarán cuando estaba en de buen humor, besé sus mejillas y le deseé suerte. Nos despedimos y me estremecí cuando dándose la vuelta, Marah tendió la mano a Isaak. Para mi tranquilidad, se la devolvió pero no pasó desapercibido el anillo en su dedo y no le dedicó una sola palabra, se había puesto tan serio que me asusté.
-Bueno, sigan con lo que estaban haciendo, señores.- El tono de su voz no me gustó. - ¡Liberen al Kraken!- Y por poco parto mi propia mesa, sentí deseos de estrangularla, correr tras ella y darle una lección, ¿cómo había sido capaz de decirme eso justamente frente a Isaak? Ella y Eva no me dejaban en paz, y cuando miré a Isaak, se había puesto más rojo que el fuego de estufa, nunca lo había visto así, solté una carcajada cuando Marah debía de estar a un par de metros ya. Isaak en cambio no se movió, y el color de su cara empezó a desaparecer en cuanto registré que había encendido su Cosmo, cuando me miró, dejé de reirme de inmediato.
- ¿Eso era una anillo de compromiso?- Preguntó, receloso.
- Es... un anillo de matrimonio. - Dije, encogiéndome de hombros, como los niños cuando hacen una pequeña travesura y buscan justificarse haciendo caritas y pucheros. - Iba a contarte, pero...
- Debiste contarme de inmediato.- La frase fue cortante, acusadora y él estaba muy, muy molesto. Me puse en pie y me senté junto a él en el suelo, estiré mi mano para tocar sus mejillas pero se alejó de mi tacto, lo que me lastimó. - Tengo que irme.
- ¿A dónde vas?- Lo seguí mientras se ponía la camisa, se arreglaba los mechones más rebeldes de cabello.
- Eso tengo que notificarlo, permiso.- Pasó de mí, pero logré plantarme en la puerta antes de que saliera.
- No, Isaak, por favor, no lo hagas.- Casi supliqué, imaginaba las consecuencias de ese informe, Poseidón podría decirle a Apolo con el pretexto de quitárselo de encima; Marah podría meterse en problemas, Apolo enloquecer y Kanon... el sólo hecho de que todo ésto tuviera que ver con Kanon hacía hervir la sangre de cualquiera de los Generales, ninguno iba a dejar pasar por alto algo como una boda entre esos dos, pero Marah merecía ser feliz, y con todo el autocontrol del mundo, me enfrenté a Isaak.
- ¿Qué estupidez estás diciendo, Aimée? Déjame salir por las buenas.
- Si no, ¿qué?- Lo reté, dispuesta a agotar todo lo que tuviera a la mano. Su cara, por poco, se había puesta tan roja como hacía unos minutos, y sus ojos se endurecieron, el rencor palpable en cada poro y célula de su ser.
- Esto no es un juego, perkele! Quítate de la maldita puerta.- Palmeó la puerta con fuerza, pero yo no me moví, no tenía ninguna intención de hacerlo. Mi intuición gritaba que debía detenerlo a toda costa, mis alarmas disparadas, se me aceleró la respiración.
- No lo voy a hacer, ¿por qué siempre que mencionan a Kanon pierdes la cabeza?
- ¿Por qué?- preguntó en un susurro, pasándose la mano por el cabello -¡¿Cómo puedes preguntar por qué?!- Gritó, asustándome. - Ese hombre... ese mal nacido nos ha pisoteado a nosotros a su gusto, nos usó como carne de cañón, y tú, TÚ, entre todas las personas, ¿me preguntas eso?
Isaak estaba al borde de un ataque histérico, la mandíbula y las manos le tembladan; y el brillo en su ojo era distinto, además de rencor, podía leer dolor en cada resquicio de su bonito iris verde; su respuesta me había tomado desprevenida, momento que aprovechó para hacerme a un lado y abrir la puerta. Lo tomé del brazo antes de que saliera del todo de mi casa.
- Una semana.- Chillé, jalándolo hacia adentro.
- ¿Qué?
- Dales una semana, por favor, Isaak.
Se dio la vuelta con brusquedad, alzando el brazo para que lo soltara. Ese gesto me hirió profundamente, pero tenía escasos minutos de su atención para convencerlo.
- ¿Por qué no lo comprendes?- Las palabras salían arrastradas de su boca, luchaba por contenerse, pero la ira no le dejaba pensar con claridad. Al menos ese era un sentimiento que Camus no había logrado suprimirle a base de entrenamientos estúpidos, pensé con amargura.
- Por favor... ésto no tiene que ver con Kanon, tú lo sabes.
- Pues más te vale, ¿entiendes que me pides que falte a mi juramento para que tu amiga disfrute de su luna de miel?
- Sólo te estoy pidiendo que te calmes antes de hacer lo que tengas que hacer, Isaak.
- No creo tener que decir que mi lealtad está con Poseidón, Aimée. Èl me salvó la vida y me ha dado otra oportunidad, no cruces esa línea, no te lo voy a permirtir.
- Lo sé.- Agaché la cabeza y apreté los ojos, me sentía como una niñita tonta. Isaak nunca me había alzado la voz como acababa de hacerlo. Además, se había puesto a la defensiva conmigo, que le había defendido a capa y espada de todo el que se atreviera a mencionarlo con desprecio. -¿Eso es un sí?- Supliqué, me armé de valor para alzar la mirada y sostenerla sin echarme para atrás.
- Una semana, ni más ni menos.- Respiré aliviada dos segundos antes de ver como Isaak se iba dando un portazo, cerrando la puerta casi en mi cara.
"Kiitos, Isaak. Kiitos paljon"
Hablé a su Cosmo sin obtener respuesta. Me eché en mi cama a mirar el techo, no era capaz de llorar, ni de romper mis cosas. Esa discusión con Isaak me había dejado vacía, inerte y sin capacidad de reacción, iba a tener una semana muy larga.
-x-
Isaak no habló conmigo el resto de la semana, no me buscó, y de no ser porque sabìa que tenìa asuntos que atender para tratar de salvar las relaciones y la alianza, podría jurar que había abandonado El Santuario. De no ser por Eva y sus chispazos de alegrìa pura, no hubiese sido capaz de pasar la semana viva, menos aún cuando tenìa un viaje a Asgard en el tintero que me quitaba el sueño. María había sido intransigente, en lo que a ella como sacerdotisa respectaba, el asunto tenía que resolverlo Atenea y avisar a los demás cuando estuviera hecho. No se la había puesto fácil al viejo Patriarca, aunque con tantos años de experiencia, el lemuriano logró que volviera al reino submarino con más reflexiones y preguntas, que certezas.
Mi pelea con Isaak me habìa enseñado lo equivocada que había estado todo éste tiempo respecto a él, o al menos, de lo mucho que me había engañado a mì misma. No dormí un solo dìa, mis pensamientos iban entre lo que tendrìa que pedirle a Hilda para salvar nuestra alianza, y las palabras de Isaak... me destruìa saber que la situaciòn estaba por encima de nosotros, que hasta Shion hubiera insinuado que no habìa nada que pudiera hacerse con Atlantis, y que el odio que guardaba mi querido Kraken en su corazòn, era más fuerte que todo el amor que teníamos juntos.
Estaba en el punto de inicio, justo como cuando recién llegué al Santuario, me sentía sola y vacía, lejos de todo lo que me era amado y conocido hasta ese entonces. Lo único que habìa cambiado era mi deseo por encontrar a mi mejor amigo, pues esa persona ya no existìa, era un hombre fuerte, valiente y divertido, pero lleno de dolores y odios no resueltos, él y sus compañeros de armas. El Santuario se había repuesto de las heridas internas, de las intrigas y miedos en tiempos de Ares, el regreso de la diosa había reestablecido el status quo, su presencia era refrescante, pura y llena de amor; Atlantis..., Atlantis en cambio no se habìa recuperado del inmenso shock que fue la manipulaciòn de Kanon, de la derrota de sus guerreros, de la desolación y vergüenza con la que habìan quedado los sobrevivientes: Julián, Tethys y Sorrento, además de los miles de subordinados que tenían que recuperar la confianza perdida en sus líderes, en las caras visibles de aquel mundo irreal y màgico: por eso, a su nuevo despertar, Poseidón se habìa esmerado no sólo en revivir a sus Marinas, sino a revivir su culto: sus sacerdotes y sacerdotisas eran una parte importante de la nueva Atlantis; el entrenamiento de futuras Marinas se había convertido en una prioridad, y las relaciones comerciales con los pueblos que vivían a orillas de las salidas principales de ese submundo, estaban en buenos términos. La llegada de María al Santuario así lo había demostrado, ella se encargaba de los asuntos más álgidos para que los Generales se encargaran de su labor real, defender, proteger y velar por el ejército del Rey de los Mares.
- ¡Aimée!- Di un salto cuando Camille me zarandeó por los hombros, sacándome de ese espacio oscuro y deprimente que ocupaban mis propias reflexiones. - No has probado bocado, niña. ¿qué pasa?
- No puedo contarte.
- Trata.
- No puedo.- Insistí, revolviendo por enésima vez, la taza de té de caliente que había frente a mí.
- Trata- Insistió.
- Peleé con Isaak, no me preguntes porqué, no puedo. La tensión es palpable, y ya no tengo ideas para sugerirle al Patriarca sobre... bueno, sobre la alianza con Hilda y Poseidón.
Camille se levantó del otro extremo de la mesa, me tomó las manos y me acarició las mejillas, como si fuera una niña pequeña.
- Aimée, aprende a separar tus asuntos. Lo que es trabajo, es trabajo... y lo que tenga que ver con tu corazón, cuidalo celosamente. - Dijo, inclinándose de cuclillas. - Allá, en el Templo Papal, las vestales hablan de todo, todo el mundo tiene oídos... todos saben lo que está pasando aunque el Patriarca se esfuerce por mantenerlo en secreto.- Hizo otra pausa para servirse un poco de té y arrastrar la silla junto a mí. - Eso también te incluye a tí, pero no permitas que las intrigas malintencionadas de la gente hagan mella en tu felicidad, este lugar todavía está lleno de odios y rencores.
- No como Atlantis.
- Tal vez no, pero no se aleja demasiado. El Patriarca y Atenea sabían eso desde que comenzaron sus acercamientos con Poseidón, la paz no es fácil de conseguir, pequeña. Siempre hay intereses de terceros que tratarán de obstaculizarlo.
- ¿Lo dices por Apolo?- Asintió, volvió a tomarme la mano.
- Llevo años aquí, créeme cuando te digo que es más sabio irse con calma, cariño. Eso no lo entienden muchos de los guerreros aquí porque fueron entrenados para ser inflexibles, eso garantizaba que siguieran con vida; pero tú no eres así.
- Soy demasiado sentimental, Camille. Es horrible.- Escondí la cabeza entre las manos pensando si, al menos en lo que a Isaak respectaba, el problema era en realidad mío, por mi exceso de sentimiento, por llorona y malcriada.
- Ese no es el problema, paìs. - Me tomó las manos, separándolas y obligándome a mirarla al estar mi cara en el aire. - Atenea ha llegado llenando de amor éste Santuario, así es como debe ser. Que tú sientas en demasía es prueba de que eres humana, falible, pero compasiva... no dejes que la mierda que monsieur Camus le mete a sus aprendices en la cabeza, te llene de dudas. Mira a Crystal, a Hyoga... tú eres como ellos.
Me mordí el labio nerviosa, no podía quitarle razón a Camille, pero tampoco podía echarle el agua sucia a Isaak por su forma de ser. No era la primera vez que pasaba, ni la primera en que era difícil, pero antes no había sido por nada grave ni fuera de nuestro control. Abracé a Camille de vuelta, buscando reconfortarme. Aldebarán, se encontraba ocupado con los entrenamientos de un par de Santos que había recibido temporalmente, a quienes debía elevar en nivel, por eso nunca estaba cuando iba a buscarle, pero Camille había ayudado con su palabras, poco sí, pero suficiente.
Cuando llegué a mi cabaña me sorprendió encontrar a Isaak sentado en el marco de la ventana, pensativo y muy serio. No supe como reaccionar, así que me quedé de pie contra la puerta, mirándole de reojo, y él, al notar mi aprehensión, se bajó del marco y me estiró la mano para que la tomara. Tardé unos segundos para moverme de dónde estaba, nos quedamos de pie junto al comedor.
- ¿Cómo estás?- preguntó en un susurro, evitando mirarme por largo rato a los ojos.
- Mal.- Cerró los ojos y su rostro se contrajo en una mueca de dolor mal disimulada. Aproveché ese breve momento de debilidad suya para apoyar mi cabeza en su hombro, y más tardé yo en hacerlo, que él acunar mi cabeza en sus brazos y su cuello, lo rodeé con los brazos mientras él me daba besitos discretos en la frente.
- ¿Puedo enmendarlo?- Preguntó, su voz cada vez más y más baja. Como única respuesta, apreté el agarre de mis brazos alrededor suyo. - Entiéndeme, yo no puedo dejar pasar eso por alto.
- No quiero hablar de eso.
- Pero-
- No...- Guardó silencio mientras seguía sujetando mi cabeza y cuello con sus manos. Me obligó a separarme de él, y una vez vio que estaba llorando, me rozó la nariz con la suya y luego me limpió las lágrimas. - No vamos a ponernos de acuerdo, no quiero pelear contigo.
- Yo tampoco.
- Entonces no hablemos de eso.
- Sólo venía a despedirme. yo... debo ir a Atlantis mañana, tal vez regrese en un día o dos. No llores.
Yo no podía evitar llorar en esos momentos, no sólo era él con sus ideas inamovibles, era todo, era demasiado ya. La sensación de fracaso me acompañaba a todas partes, cada que salía al Coliseo, que cruzaba la villa de las Amazonas, la Fuente de Atenea y el Salón Patriarcal. La miradas quemaban como brasas siempre, era en momentos como esos que encontraba utilidad a la horrible máscara y su ley ya desaparecida.
- Quédate conmigo.
- Hasta que te duermas.
- Da igual, pero quédate.
Isaak em tomó en brazo y me recostó sobre mi cama, no tenía la más leve intención de soltarlo, así que tuvo que recostarse junto a mí. Me arrulló de todas las formas que pudo, y me besó con ansiedad, pero también con nerviosismo, como si fuera a desvanecerme en la mañana cuando el que partía era él. No tardé mucho en dormirme, por desgracia.
-x-
El Coliseo bullía con actividad, era como si la tensión que se sentía de Aries en adelante no llegara a los lugares comunes del Santuario, aunque las habladurías sí. En la arena se libraba un espectáculo inusual y muy atractivo para cualquiera que se preciara en conocer la historia reciente del Santuario: Aioros y Saga estaban enfrascados en una pelea de entrenamiento. Junto a mí, el rostro de Kiki pasaba del asombro a la angustia por breves segundos, unas gradas más al centro y por encima muestro, Aioria contraía la mirada nervioso, severo y Milo a su lado, hacía comentarios mordaces que lo sacaban de quicio. Acaba de comenzar la pelea y ya había asestado tres codazos al Escorpión Dorado, que insistía como un escozor.
Los otros Santos, entre ellos Seiya y los demás, se habían ubicado en las primeras gradas.
- Privet!- Saludó Hyoga mientras se sentaba junto a mí, le di una mirada de soslayo, con los ojos entrecerrados.
- Huomenta, Sorsa.- Respondí con sequedad. El aludido lanzó un gruñido molesto, odiaba con el alma que le llamasen "pato". No podía evitar molestarlo, era tan fácil sacarlo de quicio, que no tenía que hacer ningún esfuerzo. - ¿Qué?
- Tú sabes qué.
- Yo no sé nada. - Fingí, divertida con la expresión de derrota que adornó su rostro.
- Tú sí sabes.
- Que no, que no sé.- Sonreí con maldad.
- ¿Qué es "sorsa", Aimée?- Hyoga miró a Kiki con horror, y luego fijó su mirada en la mía. Yo sólo luchaba por no carcajearme ahí mismo, la mirada de Kiki viajaba de mí a Hyoga y viceversa hasta que me apiadé de Cygnus.
- "Sorsa", Kiki, es una forma de decir amigo en finés.- A duras penas pude contener la risa, los ojos de Hyoga se abrieron como platos. Kiki iba a seguir llamándole así sólo por tener una cortesía, o eso podría pensar el chiquillo.
Cuando Aioros mandó a Saga volando por los aires, el Coliseo retumbó con vitores emocionados. Me mordí la lengua, eso debió dolerle al ego del geminiano, y él no era mala persona, ni un loco fuera de control como su hermano. Alcé la cabeza al cielo, esperando que mis pensamientos alcanzaran a Marah, debía estar feliz entre su familia, con el hombre que amaba. Sonreí y jugué con el colgante de mjölmir que pendía de mi cuello. Hyoga me dio un codazo.
- Deja eso, vas a comenzar a escupir arcoiris y corazones.- Lo miré atónita.
- ¿Desde cuándo eres tú tan mordaz?
- Tengo amistades... - Mi sonrisa se borró de inmediato, hablaba de Isaak. - Oye, oye, ¿se han peleado?
- No te importa, pato.
- ¡Te estás volviendo como él!- Gritó horrorizado, haciendo el peor teatro en la historia de la humanidad. Volví a sonreír y le devolví el codazo.
- Comme ci comme ça.
La respiración de todos se detuvo cuando Saga invocó su Otra Dimensión, y Aioros su Atomic Thunderbolt. La mía en cambio, se aceleró con violencia cuando el Cosmo de Isaak apareció de nuevo en el Santuario irradiando un aura de ira. Me puse en pie y mientras la atención de todos estaba en la arena, me escabullí de ahí.
"¿Qué pasa?"
Hablé a su Cosmoenegía, pero no me respondió.
"Vamos, ¿qué pasa?"
"¿Dónde estás?"
Atinó a decir, su voz era ira pura, ni un rastro de dulzura cuando se dirigió a mí. Me detuve en medio camino, ¿quería tener ésta conversación? La noche anterior había estado dócil, pero reticente, y ahora regresaba hecho una furia, probablemente conmigo a raíz de la respuesta de Poseidón. Yo no había insistido más y le dejé marcharse, pero en ese momento mis instintos gritaban que había cometido EL ERROR más grande. Le indiqué que me buscara en el bosque junto a la Fuente de Atenea, llegué a allí con pasos lentos. Cuando me vio, cortó la distancia entre ambos a una velocidad semejante a la velocidad de la luz.
- Esto no puede seguir. - Dijo, tomándome del brazo y ejerciendo una fuerza descomunal, casi lastimándome. Me removí buscando soltar su agarre y me tomé el brazo, buscando sus ojos, pero no me estaba mirando y lo hacía deliberadamente.
- ¿Pero, qué? ¿De qué estás hablando?
Su mirada bajó al encuentro de la mía y tuve que retirarla de inmediato. Esa mirada lo decía todo.
- Tú y yo, ésto no puede seguir.
Agaché la cabeza y apoyé las manos en las rodillas, riéndome como nunca. Isaak no se movió un ápice pero su aura y cosmo se tiñeron de más ira. Dio un paso adelante y luego retrocedió. Me levanté con el estómago adolorido y limpiándome una lagrimilla.
- Es una broma terrible.
- ¿Crees que estoy bromeando? Aimée, tú y yo no podemos seguir juntos... sólo, - buscó aire y tal vez las palabras. - sólo vine a decírtelo, porque no volverás a verme.
Mi cerebro reaccionó de inmediato y me puse pálida.
- Isaak, espera. - Lo tomé del brazo y me puse frente a él, buscando su mirada pero en sus ojos no veía nada de lo que había visto la noche anterior. - ¿Por qué?
- Tus amistades están por encima de mí, Aimée, estoy harto, harto de que cada decisión que tomes para salvarles el trasero nos perjudique a nosotros.
- Eso no...
- ¡Ya basta!
- No, me niego a creer que sea eso, Isaak. Me niego, ¡háblame una maldita vez en tu vida! ¿Qué está pasando?
- Te advertí que debía informarlo, te lo dije más de una vez...- siseó, acercándose casi hasta rozar mis labios con los suyos de lo cerca que estaba. - Poseidón ha roto el acuerdo, me envía con ese mensaje para Atenea y la prohibición estricta a cualquiera de sus Marinas de entablar relaciones con nadie en el Santuario, ¿estás contenta?
- Eso no puede ser...- Se alejó de mí con dos zancadas, revolviéndose el cabello con la mano. Apoyé mi mano en su brazo pero me rechazó con un golpe, lo miré dolida, extrañada y molesta.
- Lo es.- dijo por lo bajo, y luego levantó la voz. - ¡Lo es por tu maldita culpa! Tenía que haberlo sabido desde el principio, tenía que haber escuchado a Camus... pero fui lo suficientemente estúpido para pensar que esto funcionaría. - Sus palabras me atravesaron como puñales y no hice ningún esfuerzo por evitar el llanto de ninguna manera. - Hasta nunca Aimée.
Me dejó sola en el bosque ahogada en mi propio llanto, temblando y destruída. Apreté la hierba con los puños, golpeé la srocas hasta romperme los nudillos, tiré varios árboles, y el dolor no cesaba de quemarme el pecho, de cortarme el aire. No veía, no escuchaba, no podía... en mi cabeza retumbaron las últimas palabras de Isaak, la imagen de su espalda alejándose. Se había ido y me había dejado, había regresado al Santuario con la confirmación de los temores del Patriarca, y todo porque quise defender la felicidad de mi amiga.
:::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::
Se alejó de aquel claro tan pronto como pudo, varios metros si era el caso. Tenía los puños apretados, los dientes rechinaban por la fuerza que hacía y tras suyo, los llantos de Aimée sonaban como un eco en sus oídos. Hizo ademán de cubrirse pero no tenía caso, él mismo se sentía igual, y estaba molesto, furioso con ella, consigo. Había cedido a sus peticiones, a la súplica de tiempo y clemencia para su amiga, y con ella, para Kanon. Una vez más había permitido que ese hombre le destruyera por completo.
Se sorprendió al sentir una lágrima rodar por su mejilla derecha. La izquierda estaba vacía y sin vida, como su ojo con esa cicatríz, enorme, dolorosa, pero no tanto como lo eran los lamentos de Aimée. Sintió la tierra temblar bajo sus pies a causa de sus puños heridos y su corazón roto. Se limpió la mejilla, tenía que cumplir con lo que había sido encomendado por su señor, entregar la carta y salir de la vida de Aimée para siempre, sin quererlo y sin buscarlo. Sólo esperaba que Kanon sufriera tanto o más que él lo hacía en ese momento, nunca le perdonaría esa intromisión a su propia vida de esa manera. Atlantis entera no lo haría, no pronto. Deseó con el alma haber tenido el coraje de haberlo enfrentado años atrás cuando conoció su identidad, pero era tarde para lamentarse y sonaba como un chiquillo malcriado y sentimental, él era un guerrero de los hielos, frío, cruel e indiferente. Esa era la máscara que portaba ante el mundo, y la que tendría que seguir mostrando de ahora en adelante, porque la única persona que había logrado tocar su corazón lo había defraudado, y aunque podía perdonarla y amarla siempre, no podría acercarse a ella jamás, se había enamorado sin proponérselo. Para protegerla, se mantendría al margen confiando que pudieran reunirse en otra vida, como lo habían hecho en ésta.
:::::::::::::::::::::::::::::::
A/N
Este capítulo ha sido un hueso duro de roer, pero volvemos al ruedo, ahora con Marah de regreso, y Lara Harker con la tesis lista. Espero con ansia sus comentarios, sugerencias, críticas, lo que sea, pero sobre todo, que disfruten éste capítulo como yo escribiendolo.
