Cerré el ordenador despacio. Estaba tan cansado, que mi cuerpo parecía trabajar al treinta por ciento de su capacidad. Estiré los brazos con dificultado, la silla tenia reposabrazos, así que mis codos habían estado atrapados en ellos por un lapso considerable.

Eran las cuatro de la mañana, pero había terminado la novela. Envié un mensaje SMS a Mizuki y ella lo respondió cinco minutos después, alegando que estaba contenta pero hubiera sido bueno que la despertara a las 7 y no a las 4. Quise responder que yo estaría dormido pero, no, gracias, tengo sueño, pensé.

Tiré la colilla del último de mis cigarros y pasé por alto ese hecho. Mandaría a Shuichi a la tienda después, ahora necesitaba tirarme aunque fuera con la ropa puesta y dormir.

Dormir es el acto más pacifista realizado por los seres humanos.

Me dolían las piernas.

Desde la habitación de Shuichi oí el murmullo de la música del reproductor —Nittle Grasper—, así que hice un esfuerzo sobre humano para subir las escaleras hacia el segundo piso para pedirle que se callara: últimamente, el chico se desvelaba y, por ende, me desvelaba a mi, con el ruido de la televisión y la computadora o con el de su maldito teatro en casa con bocinas súper potentes.

Abrí la puerta con cuidado y me di cuenta que no era el único que había estado trabajando. Había papeles diseminados por todo el piso, acompañados de porta lápices, pinceles y un estuche de acuarelas que se habían cuarteado con el tiempo y seguían húmedas por su reciente uso. Tropecé con cajas de CD's abandonadas sobre la alfombra y choqué con la silla en donde Shuichi había abandonado un puñado de ropa. Las luces del techo y la lámpara de la mesilla estaban encendidas, igual que el reproductor, silente en un rincón de la recámara, acomodado en ese lujoso mueble que habíamos comprado juntos.

Shuichi estaba dormido en la orilla de la cama, con una pierna contra el piso y la cara cubierta por la almohada y parte de la cobija. Llevaba puestos todavía los vaqueros y el polo oscuro que había usado para visitar a sus padres y Maiko por la tarde.

Me arrepentí de no haberlo acompañado, porque, tal vez, hubiera estado menos estresado.

Me dolía la espalda.

Me prometí no tocar la computadora hasta que tuviera un nuevo contrato o Mizuki me amenazara de muerte para que terminara los trabajos que tenía pendientes. Maldito el momento en el que se me había ocurrido aceptar un espacio en esa revista del corazón. Solo les había dado más oportunidad a mis lectoras para volverse locas y seguir acosándome en la calle.

Me preguntaba si Shuichi podría dormir tranquilo siendo acosado también por miles de personas. Se había ganado un buen público en América, así que recibía constantes cartas y proposiciones de fanáticas (y también de hombres), eso me ponía los pelos de punta.

No quería ni imaginar a nadie al lado de ese muchacho loco fanático de los tintes de cabello. Tal vez me había creído lo suficiente eso de que eran la pareja perfecta y no lo imaginaba con otro hombre o con cualquier mujer.

Yo tampoco me veía con nadie.

Tomé a Shuichi por la cadera y lo empujé al centro de la cama a pesar del cansancio, me saqué la camisa y los pantalones (los calcetines se los habían ido desde la tarde, cuando sentí que el encierro en el estudio me provocaba un calor abrazante producto del estrés) y fui a apagar las luces.

Nos abrazamos inconscientemente y el frío de la noche se hizo más llevadero. Era fácil estar con alguien como Shuichi y esperé que fuera fácil estar con alguien como yo.

Con èl hasta el insomnio era más llevadero.