Lindas nenas, aquí estoy dejándoles capítulo y acercándonos al final de esta locura.
Agradecimiento desde el fondo de mi corazoncito de alcachofa por vuestro cariño, apoyo, lectura silenciosa, comentarios... en fin.
Gracias a mi malvada beta Gaby Madriz y a Manu de Marte, otra malvada que se encarga de los adelantos.
Y a quienes no saben, ya tenemos grupito en facebook. Ahí estaremos dándoles algunas sorpresas, así que no dude en agregarnos.
Somos el grupo "Team Subversivo".
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LAS ESPERO ALLÍ!
Bueno nenas, a leer. Besos a todas.
Facebook como Catalina Lina y en Twiter como Cata_lina_lina... y sus preguntas por Aks: /Catalina_Lina
28.
― ¡Ey señorita, a dónde crees que vas! ―Exclamó Charlie cuando Bella apenas pasó por la mesa del comedor donde sus padres desayunaban. Digamos que iba con el tiempo justo para sus clases y no le daba tiempo para sentarse con ellos.
―Papá, no alcanzo…
―Hija, tomate el zumo al menos sentada en la mesa y come algo de fruta o pan... estás muy delgada ―dijo Aro, cerrando el periódico. Bella suspiró y se sentó en su sitio, agarrando el vaso de zumo de naranja y bebiéndoselo casi de una sola vez. Charlie la miró y negó con la cabeza, y cuando estuvo a punto de regañarla, Bella salió al paso, diciendo:
― ¡Qué guapos se ven esta mañana! ―Exclamó sonriéndoles a sus hombres. Ambos rodaron los ojos al unísono causándole a ella, mucha gracia.
―Muy sutil tus métodos de distracción, Isabella ―aclaró Aro―. Siempre vestimos igual…
― ¡Claro que no! Hoy se ven deslumbrantes.
―Ejem… bueno, yo quizás me esmeré un poco más ―declaró Charlie, acomodándose su corbata negra sobre la impecable camisa blanca.
―Papá, les causarás a esos japoneses una gran impresión, ya verás. ¿Vienen mujeres en la comitiva?
―Pues sí, y esta noche tenemos una cena, de esas muy elegantes que le gusta hacer a tu padre para cerrar los negocios. ―indicó Charlie, alzando las cejas.
―No soy yo quien las hace, mi asesor insiste en que así debe de ser… ¡Y yo no sé qué te quejas, si te encanta ir! ―Protestó Aro en dirección a Charlie, quien se alzaba de hombros.
― ¿Tienen alguna cita? Si no le ponen pilas a eso, seguirán pensando que son pareja, ya saben...
― ¡Muy graciosa, niñita! Todavía estas en edad de que te castiguemos ―le llamó la atención Charlie. Ella aun así, no podía dejar de reírse. Digamos que se había levantado muy animada después de estar hablando hasta muy tarde con Edward. Durante los últimos días, y cuando no estaba con él por las noches, lo llamaba por teléfono antes de dormir.
―Y hablando de parejas, ¿saldrás con Edward esta noche, señorita? ―Preguntó Aro, poniéndole sacarina a su té. Bella lo miró con sus delineadas cejas alzadas, atragantándose casi con la fruta que acababa de llevar a la boca. Desvió su vista luego a Charlie, quien sin quitar sus ojos de Bella, masticaba su sándwich de queso y jamón, alzando sus cejas igual que su hija, como esperando una respuesta.
―Yo… pues… quizás… no sé.
― ¡Mi Dios, Bella, sí o no! ―Exclamó Charlie, escondiendo su diversión.
―Sí, nos reuniremos después de… un compromiso que él tiene.
―Ah, muy bien. Nos lo saludas y dile que venga alguno de estos días, creo que ese joven tiene una charla pendiente con nosotros.
―Papá… ―Dijo ella, como suplicándole a Charlie que dejara ahí el asunto.
―Bueno, se me hace tarde. Fue un gusto desayunar con ustedes ―dijo ella, levantándose. Primero se acercó a Charlie para darle un beso en la mejilla y decirle lo mucho que lo quería, dirigiéndose luego a Aro a repetir la acción. Este reparó en el colgante que la noche pasada le había regalado, sonriendo al verlo ahora en el cuello de su hija.
―Que tengas un buen día, cariño.
―Igual tú ―besó la mejilla de Aro y se enderezó, hablándoles a los dos, mientras agarraba su cartera―. Y se comportan en la cena de esta noche.
― ¡Lo mismo para ti, señorita! ―Exclamó Charlie a sus espaldas cuando ella ya iba de salida del comedor. Escondió su risa de colegiala pensando en la cara que pondría Edward cuando le diera el recado de sus padres. De cualquier forma, ella sabía por lo que Edward le dijo la noche anterior, que ese día hablarían e intuía ella que eso sería trascendental para la relación de ambos. Se sentía feliz, confiada, esperanzada, pero no como otras veces, esta vez estaba pisando tierra firme y no estaba construyendo castillos sobre las nubes. Ella estaba segura que él sentía algo por ella, lo sentía cuando la besaba, cuando la miraba, cuando la abrazaba, cuando le hablaba, y sobre todo cuando le hacía el amor. Por eso había tomado la decisión de exponer sus sentimientos a él, muy claramente:
"Edward, yo te amo". Simple, directo, sinceros. Y que Dios la ayudara a no echarse para atrás, porque como que se llamaba Isabella Swan-Vulturi que se lo diría esa noche.
Adentro, sus padres se quedaron terminando el desayuno que Nidia tan amablemente ponía para ellos cada mañana.
― ¿Tienes algún problema en que Isabella salga con Edward? ―Preguntó Aro, terminando de beberse su té. Charlie enseguida negó.
― ¡Para nada! Y la verdad es que me alegro, aunque me gustaría que hubiese sido más directa, no sé, que me hubiese contado directamente y no enterarme yo…
―Quizás se sentía incómoda o insegura de nuestra reacción, ya sabes, acababa de terminar con Jacob.
― ¡Yo no sé en qué estaba pensando, cuando aprobé esa relación! A simple vista se notaba que ella no lo amaba ―reparó Charlie―. Me alegro que Jacob dejara pasar el asunto y no insistiera.
―Sí ―admitió Aro, suspirando. A decir verdad, Jacob Black ya no le infundía la misma confianza que antes, sobre todo después de la última vez que él estuvo en su casa y de cómo tuvo que pedirle que se fuera, dejando a su hija muy nerviosa con su visita. Eso lo había llevado a pedirle a Emmett que lo sacara de su equipo de seguridad y esperaba que esa fuera una buena decisión.
― ¡Ey, viejo Aro, dónde andas! ―voceó, llamando la atención de Aro.
―Estoy aquí, estoy aquí…
―Entonces, ¿mañana por la noche saldremos con las chicas?
― ¿"Las chicas"? ―Preguntó Aro, frunciendo su entrecejo―. ¿Te refieres a Esmerald y a doña Carmen?
― ¡Oh, Aro! ―Protestó Charlie, carcajeándose a continuación―. Mejor dime, ¿saldremos o no con ellas?
― ¡Por supuesto! ―Respondió Aro, limpiándose la boca y levantándose de la silla―. Tengo reservaciones para el mejor restaurante de La Capital, para eso de las ocho. ―Indicó, poniéndose su chaqueta gris a raya sobre la camisa blanca.
― ¡Perfecto!
― ¿Te vienes conmigo?
―No, me voy en mi coche. Tengo que pasar a un lugar antes.
―Bueno, pues, nos vemos en la oficina en un rato.
― ¡Ey, no me dijiste si la cena era de gala!
― ¿Con las chicas? ¡Es el mejor y más fino restaurante de La Capital, Charlie! ¿Tú qué crees? ―Respondió Aro, saliendo del comedor. Charlie se quedó pensando que no tenía nada nuevo que estrenar, así que antes de ir a la oficina, pasaría por la tienda del buen sastre y compraría un traje para lucirlo con Carmen. ¡Sería una noche memorable! Pensó con entusiasmo, levantándose de la mesa a continuación para partir su día.
Afuera, al empresario Vulturi lo esperaba su chofer de siempre, quien le abrió como cada mañana la puerta trasera de su coche, mientras lo saludaba.
―Bueno días, señor Vulturi.
―Demetri, buenos días.
― ¿Directo a su oficina, señor?
―Sí ―respondió Aro, mirando su reloj. Eran pasadas las nueve de la mañana.
Cerró la puerta y corrió a su sitio tras el volante, echando a andar el motor del coche para ponerse en marcha. De camino puso el dial de radio de música clásica que él y su jefe disfrutaba tanto oír mientras viajaban.
Al cabo de media hora, el coche entró al garaje subterráneo del edificio, dirigiéndose al lugar donde solía estacionar. Apagó la radio y descendió del coche; abrochó su chaqueta y en cuestión de segundos, todo se fue a negro.
Un hombre de negro que se mantuvo escondido tras una van a metros de ellos, salió de su lugar cuando su compañero noqueó con una bate de béisbol al chofer, dejándolo inconsciente y mal herido en el suelo. Ambos aliados se metieron en el coche, los dos ataviados de gorros pasamontañas, y mientras uno ponía en marcha el vehículo otra vez, el copiloto apuntaba con un arma de fuego cargada al empresario, que no entendía lo que pasaba.
―Su celular, señor Vulturi ―dijo el tipo que le apuntaba, estirando su mano a la espera que el empresario le entregaba lo que solicitaba. Aro sabía que resistirse o de plano pelear con ellos sería contraproducente para él, así que hizo lo que el hombre con el arma le decía, sacado del bolsillo interno de su chaqueta su móvil, el que recibió el copiloto, lanzándolo fuera del coche, mientras este ya iba de camino.
―Dígame cuanto quiere… ―Aro, manteniendo la calma, iba a comenzar a negociar con ellos, cuando el tipo lo interrumpió.
―Manténgase en silencio, señor. No me haga usar las balas de mi arma.
Aro suspiró y esperó que el GPS del coche estuviera en funcionamiento. Vio que el coche se dirigía hacia el sector oriente de la ciudad, alejándose del centro financiero donde trabajaba. Metros más adelante, doblaron hacia una calle poco transitada y se detuvieron estrepitosamente. El copiloto, siempre con su arma apuntándole a la cabeza, no se movió cuando el chofer descendió y abrió la puerta trasera, acercándose a Aro y poniendo una bolsa de género negra sobre su cabeza, amarrándola a su cuello sin apretar mucho a continuación.
Lo sacaron y con mucha rapidez lo metieron en otro coche, perdiendo el empresario su sentido de la orientación.
"Que Dios me ampare" rogó en silencio, mientras iba siendo llevado Dios sabe dónde por esos tipos.
**S.D**
―Emma, estoy ingresando ahora a pabellón, no puedo seguir hablando ―dijo Edward un poco harto―. Te dije que nos veríamos más tarde.
―Edward, sólo dime la hora a la que debo esperarte en mi apartamento. ―Susurró ella, mordiéndose el labio.
―Salgo a las cuatro de la clínica. Alrededor de esa hora me tendrás por allí.
― ¡Ah, qué alegría! No me falles, Edward.
―Te veo más tarde ―dijo y colgó.
Emma sonrió triunfante, dejó su móvil sobre la mesa y miró a su compañero.
―Te lo dije, Edward vendrá a mí.
―Bien, no tendrá oportunidad de saber qué ocurre si está en el quirófano… ―una llamada a su celular lo distrajo. Jacob atendió enseguida―. Dime.
―Jefe, ya tenemos al príncipe. Hicimos el cambio de carruaje y ahora lo llevamos hasta el castillo. Espero instrucciones.
―Muy bien. Muy bien. Supongo que se deshicieron de su teléfono.
―Por supuesto, jefe.
―Perfecto. Enciérrenlo en el castillo cuando lleguen y no hagan nada hasta recibir mis órdenes.
―Como ordene ―contestó tajante el hombre y colgó. Jacob miró a Emma, que nerviosa se mordía su dedo índice esperando detalles.
―Ya tenemos a Aro.
― ¿Y la hija?
―Carlisle y alguien más ahora están en eso ―informó Jacob, esperando que llegara la notificación de que Bella había sido agarrada también. Notificación que no tardó en llegar. Su móvil volvió a sonar y al descolgar oyó en silencio lo que el interlocutor le decía. Después de unos momentos, Jacob indicó a la persona del otro lado: "Voy para allá".
― ¿Ya la tienen?
―Por supuesto, te dije que éramos un equipo muy coordinado ―dijo, saliendo con Emma del apartamento.
Bella como cada mañana, aparcó su jeep en el ala trasera de la facultad de arte. Al bajar, se dio cuenta de que alguien la llamaba por la espalda, no pudiendo reconocer en primer momento de quien se trataba. Cuando miró y lo supo, suspiró por la visita tan indeseable que se acercaba a ella, sonriéndole.
― ¡Bella Swan! ―Gritó Carlisle, caminando hacia ella con paso ágil― ¡Pero qué linda estas!
―Qué quieres, Carlisle, estoy apurada ―dijo, poniendo seguro al coche. Era probable que Carlisle viniera hasta ella para pedirle dinero y se lo daría si era necesario para deshacerse de él.
― ¡Ey! ¿Así tratas a un viejo amigo de tu padre?
―Carlisle, estoy apurada ―reiteró muy seria. Escuchó que otra persona se acercaba del otro lado del coche… y sintió no sabe por qué, un escalofrío que la llenó de temor, como un presentimiento.
―Vengo a invitarte para que demos un paseíto por ahí…
―No…
Carlisle abrió su chaqueta y con disimulo le mostró la pistola que llevaba escondida. Bella abrió mucho los ojos y antes que pudiera echarse a correr, el hombre que había sentido del otro lado la sostuvo por los hombros, inmovilizándola.
―Dale las llaves a tío Carlisle, Bella ―pidió Carlisle en tono amenazante pero tranquilo. Ella, temblando, sacó las llaves de su coche y se las entregó, pasándoselas este enseguida al acompañante, quien quitó el seguro a distancia del coche, desbloqueándolo―. Ahora dame tu celular, cariño.
De igual forma, Bella sacó de su cartera su teléfono móvil, el que Carlisle miró y luego tiró a tierra pisándolo a continuación, dejándolo prácticamente inservible.
―Anda, nena, sube al coche ―indicó ahora, abriendo la puerta trasera del jeep, agarrándole el brazo y empujándola hacia adentro, mientras el otro hombre subía al asiento del piloto y daba contacto al motor.
Bella estaba temblando y ya sus ojos se habían nublado por el llanto. Temía lo peor.
― ¿Qué quie… qué quieres, Carlisle? ―Susurró con voz en llanto.
―Dar un paseo, cariño ―dijo él, acercando su nariz al cuello de la rehén. Enseguida mordió el lóbulo de su oreja y susurró lascivamente―. Tendremos una fiesta privada y lo pasaremos muy, pero muy bien, ya verás…
El jeep salió a toda velocidad del campus con dirección desconocida. Metros más adelante, y en un lugar apartado de público, hicieron el mismo ejercicio que los raptores de Aro. Sacaron a Bella del coche y la subieron a otro vehículo, no sin antes cubrirle el rostro.
Ella hipeaba y lloraba del terror, se estremecía a cada toque que Carlisle profería en ella, sintiendo asco. No sabía lo que le esperaba.
En el mismo aparcamiento donde Bella había dejado su coche, metros más allá André Beaumont había dejado su carro. Tenía que salir de la facultad por una reunión importante que tenía afuera de ésta, la que sería importante para su futuro laboral en el extranjero. Pasó silbando por el sector cuando en un desvío de su mirada, vio un móvil en el suelo. Frunció su frente y por curiosidad caminó hasta el, agachándose para recogerlo.
Él conocía ese aparato. O más bien reconocía de quien era.
"¿Isabella?"
El coche de ella no estaba por ninguna parte, ¿se le habría caído al bajar del coche? ¿Pero dónde estaba el coche? Quizás habían entrado a la facultad y había salido enseguida; quizás el móvil se le calló sin ella darse cuenta.
"Qué raro"
Sopesó las alternativas esas, no convenciéndole ninguna de ellas. No sabe por qué, pero sus alertas sonaron en su cabeza. ¿Qué debía de hacer? No quería alertar a sus padres ni a sus hermanos ―Rosalie y Garrett― hasta no saber qué había pasado. ¿Pero cómo lo averiguaría? Sacó su móvil y le marcó a la cachonda secretaria académica de la facultad, a quien le pidió que verificara si la alumna Isabella Swan estaba en la lista de la clase que se impartía a esa hora para los alumnos de su sección. La mujer lo verificó y asintió. André le pidió que comprobara de alguna forma si ella estaba en el aula, cuestión que ella negó cuando verificó la asistencia que los profesores debían llevar en un sistema en línea. Agradeció a la secretaria y colgó la llamada.
"¡¿Qué diablos?!"
Caminó hasta su coche muy rápido, mientras marcaba ahora a la casa de Isabella, donde la ama de casa le indicó que la señorita había salido hace como una hora rumbo a la universidad.
"¡Merde, merde, merde!"
Cubrió su rostro con las manos de la pura desesperación, mientras pensaba en qué debía hacer. Las autoridades no reportarían la desaparición sino hasta pasadas varias horas. Tendría que llamar a su padre entonces. Salió del coche y corrió rumbo al edificio, hasta llegar a su oficina, donde encendió el ordenador y buscó el número de contacto de sus padres. Primero le marcó al número de Aro Vulturi, no recibiendo contestación, enseguida al de Charlie Swan quien tampoco contestó.
Corrió de regreso a su coche y prefirió pasar de la importante reunión, decidiéndose a ir hasta el edificio de Vulturi a poner en alerta el asunto… ¿Pero y si sólo se le cayó el móvil sin que se diera cuenta? ¿Si en verdad no estaba en clases porque había decidido hacer otra cosa o ir a otro lugar? ¿Si ponía en alerta a su familia para nada, preocupándolos sin razón? Respiró entonces, llamando a la calma, decidiendo dejar pasar un par de horas, las que duraría su reunión a la que ya iba atrasado, para luego volver con el asunto. Sólo esperaba que estuviera tomando una buena decisión.
**S.D**
― ¡Código rojo, jefe, código rojo! ―Exclamó uno de los asistentes de Emmett Cullen entrando súbitamente a la oficina de este. Emmett alzó la cabeza de su ordenador y miró al muchacho con espanto.
―Qué sucede.
―Encontraron abandonado el coche del señor Vulturi y su teléfono estaba en el estacionamiento tirado. El chofer ―el asistente miró su tableta electrónica para cerciorarse ―Dimitri Argento, fue noqueado con un objeto contundente en la cabeza. Lo llevaron al hospital con un trauma encéfalo craneal.
― ¡Jesús! ―Exclamó Emmett, espantado, levantando su teléfono. Mientras marcaba el número, preguntó a su asistente―. ¡¿Y su seguridad?!
―El dio orden de que lo esperaran en la oficina, por unas visitas extranjeras que llegaban.
― ¡Mierda! ―Exclamó otra vez, enfurecido―. ¿Tiempo aproximado de lo ocurrido?
―Casi cuatro horas, jefe…
―¡Casi cuatro horas! ¡Mierda!
―Y hay otra cosa…
― ¿Qué cosa?
―Isabella Swan no llegó a la universidad… bueno, sí llegó, pero al parecer no se quedó ahí. Uno de sus profesores encontró su móvil botado y destruido en el estacionamiento hace algunas horas.
"¡No, no, no!"
―Reúne al equipo en la sala, dentro de unos minutos estoy allá.
―Como ordene, jefe.
Emmett insistió al teléfono de Charlie, quien sonaba y sonaba ocupado, hasta que finalmente logró comunicarse con él:
― ¡Mierda, Emmett! ¡Estoy esperando que llamen por el rescate! ¡Y no sé dónde está mi hija! ¿No está con Edward?
―Cálmate, Charlie. Ya comenzamos a trabajar. Va un equipo en camino junto con la policía, y por vida de Dios, no hagas nada sin antes evaluarlo con el equipo…
―¡Dónde demonios está mi hija, Emmett! ―Gritó desesperado el hombre, haciendo que Emmett cerrara los ojos.
―Edward está en el quirófano en este momento, no está con ella…
― ¡Dios mío! Mi niña… tengo un mal presentimiento ―dijo Charlie, con la voz en cuello, desolado.
― ¡Charlie! ¡Escúchame, no puedes perder el control ahora! En cualquier momento se comunicaran contigo, me oyes, y tendrás a Aro y a tu hija de regreso muy pronto, ¿lo entiendes? Ahora necesito que cuelgues el teléfono y esperes las indicaciones que el grupo de seguridad y la policía van a darte, ¿está bien?
―Entendido.
―Y tranquilo, Charlie. Todo saldrá bien ―prometió Emmett antes de colgar la llamada. Bufó, pasándose las manos una y otra vez por el cabello, recordando una charla que hacía varios días atrás había tenido con su hermano Edward:
―Jacob no se va aquedar tranquilo, no lo conoces, Emmett ―advirtió Edward aquella vez―. Aro cree que tomó providencias sacándolo de su equipo como me dices, pero no creo que eso sea suficiente...
― ¡Mierda, Edward, y qué quieres que haga! Jacob ha hecho un buen trabajo, no puedo mezclar su vida privada con su vida laboral y echarlo porque terminó con la hija de uno de los clientes, ¿lo entiendes, verdad?
―Emmett, sólo te pido que no le quites el ojo de encima. Por favor, hazlo por mi… no sabes de lo que Jacob es capaz de hacer….
―Creo que estas exagerando, Edward.
― ¡No exagero, maldita sea! Ese tipo forzó a Bella para tener relaciones sexuales con él ―gritó con tanta ira, que Emmett se hizo hacia atrás, como si las palabras de su hermano hubieran sido un golpe directo a su mandíbula.
― ¿Qué estás… de qué hablas? Nunca hubo una denuncia, de lo contrario me hubiera enterado y Jacob ya no estaría en la institución…
―Bella no lo va a denunciar ―aclaró Edward, con su mandíbula tensa. Emmett lo miró, y negó con la cabeza; impresionado y sin dar crédito a lo que su hermano le decía.
―Joder, Edward… ―exclamó―. Vale, le daré a Jacob un trabajo y estaré sobre él como halcón, te lo prometo.
―Gracias, Emmett.
Emmett levantó el teléfono y dio presión a la tecla número uno, que lo llevaba a comunicarse con un número secreto. Esperó que contestaran.
―Jefecito, tengo información recién salida del horno que le va a interesar.
―Diez minutos donde siempre.
―Como diga, jefecito… y lleve efectivo, ya sabe ―acordó y colgó. Emmett se levantó, agarró su móvil, su chaqueta y salió de la oficia. Porque si Jacob tenía contactos del lado oscuro, pues él también, y digamos que los suyos estaban situados en las altas esferas del lado oscuro, pues lo que Jacob sabía, él se lo había enseñado.
―Tienes los días contados, Jacob Black ―juró Emmett, dando por hecho que era Jacob quien estaba a la cabeza de toda esa locura contra Aro.
**S.D**
Aro Vulturi logró percibir el movimiento de dos o tres personas a su alrededor. También percibió un intenso olor a cigarro y a licor. No sabía cuánto tiempo había pasado pero calculó serían unos dos o tres horas desde que lo agarraron, y durante ese tiempo no hablaron con él. sintió además la llegada de coches en el exterior, abrir y cerrar de puertas, pero nada más, hasta que sintió a alguien detrás suyo maniobrar en su cuello para sacar la bolsa, percatándose del lugar en donde se encontraba. Era una habitación vieja y oscura y por lo que vio de la única ventana que había en el lugar, estaban en medio de algún campo pues estaba rodeado de vegetación.
― ¿Tiene hambre, señor Vulturi?
― ¿Qué es lo que quiere? ―Preguntó Aro de regreso, pasando por alto la pregunta del tipo, quien dejó un vaso de agua frente a él. Estaba esperando que le respondiera, cuando no muy lejos oyó el grito de una mujer, que lo hizo sentir pánico. Durante todo ese lapso de tiempo se había obligado a no perder el control, pero en ese momento la desesperación se apoderó de él, comenzando a removerse en su sitio donde lo tenían maniatado, pues ese grito, ese alarido desgarrado lo conocía.
― ¡¿Isabella?! ―Preguntó, desesperado, mirando hacia todos lados―. ¡Suelten a mi hija, ella nada tiene que ver…!
―Le recomiendo que se calme, señor Vulturi. Si se calma, las cosas saldrán bien para usted, para su hija y para nosotros ―dijo el hombre con mucha calma, percatándose que las amarras que apresaban al empresario no habían cedido.
― ¡Suelten a mi hija! ¡Bella! ―Gritó, intentando removerse otra vez. Estaba en eso cuando la puerta de la pieza volvió a abrirse y no dio crédito a lo que vio.
Emma entró al cuartucho, con su elegancia y prestancia de siempre, sonriéndole, como si se tratara de un encuentro amigable entre ambos.
― ¡Mi querido Aro, me estabas esperando! ―Exclamó, acercándose a una mesita que estaba justo frente al empresario, quien miraba con odio y resentimiento a la mujer que acaba de entrar―. Perdona si me he demorado, pero…
― ¡¿Qué mierda quieres, Emma?! ¡¿Por qué tienes a mi hija?! ¡Dime lo que quieres y suéltala de una vez!
―Tranquilo, mi querido Aro ―dijo ella, sacando un cigarro de su cartera de charol―. Dejemos a tu hija que pase un buen momento al lado con Jacob… ―abrió los ojos con travesura, tapándose la boca con diversión, como si se le hubiera escapado algo chistoso―. Oh, bueno… les hará bien un rato a solas para la reconciliación.
―Cuando les ponga las manos encima…
―Ah, ah, ah, mi querido Aro, nada de amenazas a una dama ―canturreó con picardía, encendiendo su cigarro, como burlándose del sufrimiento de Aro―. Estoy aquí para cerrar el trato de nuestra vida, mi querido. Espero que estés llano a negociar conmigo…
―¡Qué es lo que quieres! ―Gritó, desesperado, cuando otro grito de su hija al otro lado del cuarto lo inundó de horror―. ¡Qué le están haciendo! ¡Suelten a mi hija! ¡Bella!
―No, no, así no puedo negociar contigo ―dijo Emma, como ofendida, poniéndose de pie y saliendo del cuartucho―. Regreso cuando estés más tranquilo ―dijo y salió del cuarto.
Aro dejó caer su cabeza hacia adelante y se puso a llorar. Que tocaran a su hija era la peor tortura a la que lo podían someter. ¿Querían su dinero? ¡Pues que se lo llevaran! ¿Iban a matarlo? ¡Pues que lo hicieran, pero que soltaran a su hijita!
"Mi Isabella… Dios, protege a mi niña… Renée, por Dios, cuida de nuestra hija…" rogó mientras lloraba.
Isabella gritó cuando Carlisle le ordenó que se quedara quieta. Lo hizo con su rostro muy pegado al suyo, aprovechándose luego del estado indefenso de ella, pasando su lengua por su cuello y mordiéndolo. Sintió deseos de vomitar, removiéndose para apartarlo, pero él seguía con su lengua asquerosa lamiéndole la piel y agarrando su cabello por la nuca.
― ¿Te imaginas lo que va a decir Edward cuando sepa lo bien que lo hemos pasado tú y yo? ―susurró en su pido.
― ¡No, no! ¡Suéltame! ―Gritó con voz en cuello. Su garganta no podía más y sus lágrimas al parecer se habían acabado pues habían dejado de correr por su rostro. Carlisle se carcajeó malévolamente y se apartó hacia una esquina, agarrando una botella de licor y bebiendo de ella directamente de la botella.
― ¿Te das cuenta cómo hubiese sido esta situación si no me hubiesen dado la espalda?
―Por qué haces esto, Carlisle… mi padre nunca te dio la espalda… ―preguntó, devastada, tratando de hacerlo entrar en razón.
― ¡Tu padre ahora que tiene mucho dinero ya ni me mira!
―Eso no es cierto ―susurró ella―. Papá intentó ayudarte, pero tú…
― ¡No me servía la ayuda que él quería darme! ―Exclamó, dejando ver su herido orgullo―. ¡Yo fui la única persona que estuvo con él cuando estaba enfermo y casi desahuciado! ¡¿Y qué hizo cuando cometí un error?! ¡Me dio la espalda como todos los demás!
―Eso no es cierto ―reiteró ella―. Si me sueltas… si me sueltas, yo misma llenaré tus bolsillos de dinero, Carlisle, te lo juro…
― ¡Oh, nena! No trates de persuadirme ―dijo, caminando con la botella en la mano hasta la espalda de ella. Se inclinó y dejó su barbilla sobre el hombro de Bella―. Yo obtendré todo lo que quiero de este trabajito…
―Para quien trabajas… no creo que te de más de lo que yo puedo darte…
En ese momento, la puerta vieja de madera del cuarto apenas iluminado se abrió, apareciendo Jacob por el umbral. Bella abrió sus ojos mientras su respiración se agitaba aun con más violencia. Vio en los ojos de Jacob odio contenido y perversión, mientras se acercaba a ella con paso lento y siniestro.
―Mi amor ―susurró, acercándose mucho a ella, dejando un beso hosco en sus labios―. Estaba loco por verte y rememorar nuestro único y último encuentro… ¿me has extrañado, mi vida?
―No me hagas daño, Jacob ―susurró ella con terror, mientras oía a Carlisle carcajearse detrás de ella. Jacob la miró, frunciendo su cejo y negando con la cabeza.
― ¡No, mi vida, cómo iba a querer hacerte daño, si te amo tanto, mi amor! ―Se apartó y dejó su móvil en la mano―. ¿Te lo has pasado bien con tío Carlisle?
― ¡Ni te cuento, Jacob! ―Respondió Carlisle, aun con la barbilla sobre el hombro de Bella, aprovechando de darle un beso asqueroso en la mejilla.
―Nena, tenemos tantos, tantos momentos divertidos preparados para ti ―dijo, agachándose hacia ella y dejando otro beso en su boca. Se carcajeó con malicia cuando ella apartó la boca con asco.
―Toc, toc ―anunció una voz femenina al entrar al cuartucho. Ella la miro, ya ni siquiera sorprendiéndose de verla ahí. Caminó hacia ellos, y le sonrió a Bella como con simpatía―. Me marcho. Debo tomar un baño porque tengo una cita con Edward, espero no te moleste, querida, ya sabes, es un encuentro de buenos amigos… de ex amantes ―dijo, guiñándole un ojo. Bella cerró los ojos e hizo su rostro hacia un lado, hastiada de todo eso.
―Vámonos, tengo otros asuntos que atender ―le dijo a Emma, dirigiéndose a Bella enseguida, obligándola a mirarlo cuando le agarró sin mucha gentileza la barbilla―. Regreso al rato, mi cielo. Que lo pases bien con tío Carlisle ―le guiño un ojo y apartó la barbilla, dejando a Bella con ojos llenos de miedo.
―Adiós, Isabella ―se despidió Emma con voz cantarina, saliendo de la vieja casa cogida del brazo de Jacob.
―Como te imaginarás, a estas alturas ya la desaparición de Aro Vulturi está dando la vuelta al mundo, así que creo que tendrías que llamar a Charlie, para preguntar en qué puedes ayudar… o para mostrar tu preocupación.
―Seguro ―dijo, indagando en su teléfono como era que la noticia estallaba en las redes sociales. Salió del navegador y buscó entre sus contactos el número de Charlie Swan, quien contestó al segundo llamado:
― ¡¿Diga?! ¡¿Quién es?!
― ¡Oh, Dios, Charlie, me acabo de enterar de la desgracia! Por Dios… me siento tan acongojada… ―dijo, con voz lastimera. Jacob, que iba conduciendo a su lado, no podía creer la capacidad para mentir de esa mujer―. Dime cómo puedo ayudarte, ¿sería bueno que fuera?
―Te lo agradezco, Emma, pero nada podrías hacer aquí. No tenemos noticias todavía… y pues ahora debo colgarte, no puedo tener las líneas ocupadas tanto tiempo.
―Lo comprendo. Me estaré comunicando para saber cómo marcha todo, ¿sí? Mucha fuerza, Charlie…
―Muchas gracias, Emma ―dijo, y colgó enseguida. Emma suspiró y guardó su teléfono
― ¡Dios, qué contrariedad, Aro aún no da señales de vida! ―Exclamó con teatral lastima, carcajeándose junto a Jacob.
―Ya sabes, te encargas de Edward, debe ser muy rápido, luego regresas aquí. Esta noche debemos dejar todo listo, no podemos dilatar mucho, mientras más rápido, mejor.
―Entiendo ―asintió, sacando un espejo de su bolso para retocarse el maquillaje.
**S.D**
Edward salió del quirófano, exhausto. Quitó la mascarilla y la cofia, acercándose al lavadero, donde quitó los guantes y los tiró al papelero. Exhaló con cansancio, mientras dejaba que el agua tibia relajara aunque sea los músculos de sus brazos.
―Fue un impecable trabajo, Dr. Cullen ―comentó la arsenalera, lavándose junto a él. Él la miró por el espejo y sonrió, pues tenía razón, había sido un estupendo trabajo de equipo.
―Es cierto, ahora nos merecemos un buen descanso ―comentó, pasándose el jabón hasta los codos.
― ¿Tiene planes? Con los chicos iremos a un bar por aquí cerca…
―Sí, tengo planes ya.
―Oh… ¿con su novia?
Edward volvió a levantar la vista hacia su compañera, esta vez con una sonrisa tierna en sus labios. ¿Acaso tenía planes con su novia?
―Sí, con ella ―respondió muy sonriente.
―Bueno, para la próxima vez la lleva y nos la presenta.
―Seguro ―sonrió él, dejando que la colega se fuera.
Mientras se secaba las manos, cavilaba en la cita que tenía con Emma, previo a su encuentro con Bella, y pensó seriamente en pasar de la mujer e ir directamente al ático para estar con su chica, pero sabía que si no iba hoy a ver a Emma, ella insistiría y no lo dejaría en paz. Así que casi en contra de su voluntad, se daría una ducha rápida, se cambiaría, e iría al apartamento de Emma para cortar cualquier trato futuro con ella.
Llegó al camarín y lo primero que hizo fue sacar su teléfono, encendiéndolo a continuación. Tenía varias llamadas perdidas, Charlie, Emmett y Emma la mayoría. Justo cuando iba a marcarle a su hermano, una llamada entrante de Emma iluminaba la pantalla. Él rodó los ojos y metió el celular en silencio en el bolsillo de su chaqueta y cerró el casillero, yendo en dirección a las duchas, ignorando las llamadas.
Estuvo bajo el agua unos quince minutos, se vistió rápido y se preparó para salir, pasando otra vez de las llamadas. Sentía su móvil vibrar, pero lo ignoró del todo. A medida que iba acercándose al sector donde vivía Emma, su ánimo iba cambiando. Estaba jodidamente cansado y lo único que quería era la compañía agradable y no precisamente de ella.
"Joder"
Miró la hora al llegar al edificio donde vivía Emma. Las cuatro y veinte. A más tardar, cuando faltaran quince minutos para las cinco, saldría de ahí, no estaba dispuesto a pasar más tiempo. Después iría al ático a por Bella y hablaría con ella. Sí, echaría afuera sus sentimientos, probablemente cenarían y luego… sonrió con picardía, pues aquella sería una noche de celebración.
"Bueno, Edward, a lo que viniste".
Bajó de su coche y entró al edificio, bufando. Tomó el elevador hasta el piso de la mujer, y salió de este cuando llegó a su destino. Caminó por el pasillo hasta la puerta, donde pulsó el timbre. Al cabo de un minuto, Emma abría la puerta, con su sonrisa radiante y sensual de siempre. Llevaba un vestido negro hasta la rodilla, entallado y escotado en V y su pelo se arremolinaba el rededor de su rostro. Se veía esplendida.
―Edward, qué gusto. Ven, pasa ―dijo, extendiendo su mano para invitarle a pasar.
―Emma, vengo con poco tiempo ―dijo él, avanzando por el pasillo. Emma se giró y detuvo su marcha frente a él.
―Qué lástima, Edward, pero me temo que lo nuestro esta noche, da para largo…
De momento a otro, Edward sintió un fuerte dolor en la nuca, como un garrotazo, que lo hizo caer al suelo, inconsciente.
Emma suspiró, mirando a Edward desvanecido en el suelo. Alzó su vista al colaborador que golpeó al cirujano, y torciendo su cara, se lamentó:
―Pobre Edward, si no hubiera regresado del extranjero, nada de esto le estaría pasando.
―Movámonos, mujer, el jefe nos espera.
Emma fue hasta su recamara, tomó su chaqueta y su bolso, saliendo del apartamento donde el cuerpo inmóvil de Edward permanecía en el suelo.
