El cielo se había empezado a llenar de densos nubarrones, y la lluvia que había amenazado toda la noche daba indicios de ser inminente.
-Así que esa niña era la hija de Dalai Sassyn. Otra víctima más de ese viejo bastardo.-refunfuñó Lang.
Shih-na, por su parte, estaba muy callada, ausente.
-¿Shih-na? ¿Me estás escuchando?
-…No. Estaba pensando en otra cosa.
-Ya, ya lo veo. ¿Me vas a decir en qué?-bufó Lang, rudo.
-…En que yo dejé huérfana a una niña como Pia.
La rudeza de Lang se esfumó de cuajo. Era una frase demasiado dura de pronunciar, y Shih-na lo hacía con una tranquilidad irreal.
-(…) Por favor, cambiemos de tema.-suplicó Lang, dolido.
-…Está bien.-le concedió ella.- Quizá puedas ser útil por una vez y contestarme a algo, agente idiota.
-¿Eh?
Shih-na miró la ocarina que Pia le había regalado, y acto seguido hizo su pregunta.
-¿Por qué dijo Pia que era apropiado regalarme esta ocarina porque su significado tiene que ver con la luna?
-¿Que por qué? Vuelve a ser por la etimología de la palabra que adoptó la ocarina para los de Zheng Fa. Aquí se suele representar con K, es decir, okarina. Eso es por el kanji zheng faiano "okari", que es sonido, y el "na", que ya conoces, la luna. "El sonido de la Luna".
-…Así que ya lo sabías…
-¿Tú lo sabías?
-Algo había oído, sí.-murmuró con una enigmática sonrisa.
Definitivamente dejaron atrás la feria del verano para volverse a adentrar por callejones oscuros que conducían a la prisión de Shih-na.
-¿Qué te ha parecido Zheng Fa, Shih-na?-pidió Lang, deseoso de escuchar la respuesta.
-… ¿Cómo lo diría? Es bastante difícil de describir…
La réplica tardó un poco en llegar.
-Zheng Fa… Es mágica.
Esto sentó bien al licántropo.
-Me alegro de que te haya gustado.
-Hmpft. A veces la magia es mala… Porque te hace ver las cosas como lo que no son en realidad.
-Shih-na… Tienes razón, sin embargo… ¿A qué viene eso?
-Quizás lo sepas algún día… Hoy me has dejado claro que tienes toda la intención de averiguarlo…
-¿Me quieres decir que vas a contármelo todo?
-…No, no he dicho eso. Conociendo lo idiota que eres, harás lo inimaginable por descubrir todo lo que oculto. Igual lo consigues, pero debes ser muy rápido… Puesto que puedo suicidarme en cualquier momento.
-¿Serías capaz de suicidarte?
-¡Ja! Por supuesto. Si no tengo nada por lo que vivir, ¿Qué daño me haría?
Lang quería picarla.
-Pues no sé… En el avión, me demostraste que tienes algún motivo para vivir, puesto que te salvaste la vida. Y cuando ese estúpido fiscal, Sunsette, quiso matarte, estabas hiperventilando, nerviosa por si te disparaba. Eso es que querías vivir. Así que debe haber algo por lo que quieras vivir.
-(…) No estoy segura. Aun así, no voy a retirar lo que he dicho.
-Está bien. Oye… Una última cosa.
-¿Y ahora qué?-masculló ella.
-¿Por qué no huiste cuando Quercubine te lo ofreció?
-…
-Si tanto querías ocultarme la verdad, deberías haber salido corriendo, y sin embargo volviste a ayudarme. ¿Por qué?
-(…) No estoy segura.
-Eso ya lo has dicho antes.
-Lo sé.
Había algo oculto entre aquellas declaraciones. Algo complejo, sin duda. Por lo que no pudo adivinarlo por el momento.
Pasó un rato, y llegaron a las puertas de la prisión.
-Bueno, Shih-na… Ahora debes quedarte aquí… De momento.
-…Oh, es cierto. Mañana me van a cambiar de lugar. Qué nervios por conocer mi severísimo castigo.
-No te rías, te aseguro que no tiene gracia.
-…Lo suponía, agente idiota. Una condena por formar parte de esa red del diablo no es ninguna broma, y menos aquí, así que estoy preparada para lo peor.
Se oyó un trueno a la lejanía. Y después otro, y otro. No tardó mucho en empezar a caer gotas.
-Ostras, está lloviendo. Corre, pasa adentro, antes de que te acatarres.
Shih-na le ignoró. Se quedó mirando el cielo nocturno y plomizo, ausente. Las gotas se hiceron más densas. Pronto llovía copiosamente. Se estaba empapando, y no le importó lo más mínimo. Es más, pareció gustarle la sensación.
-Shih-na, ¿Se puede saber qué haces?
Ella se abandonó al abrazo de la lluvia. Se sentía protegida bajo su manto. Las pecas que llevaba dibujadas se iban borrando, las gotas le mojaban las lentillas que se le iban cayendo y la peluca de Calisto Yew se hacía más pesada con la lluvia, por lo que se deshizo de ella… Volviendo a ser Shih-na por fuera.
-…El cielo está llorando. Le duele verme con este aspecto.
Definitivamente, Shih-na estaba de loquero. Así lo creyó Lang al principio, al verla actuar de ese modo y al oírla decir frases sin ningún sentido.
-Shih-na… Nada de lo que haces ni dices tiene sentido…
-Vaya… Mira quién fue a hablar, Don Extradita-Criminales y Señorito Lang Zi dice no sé cuántos. Creo que no eres el más apropiado para criticarme.
-No, al contrario. No te estaba criticando. Hay algo en ti… Que me fascina.-le confesó él.
-Idiota.
Las nubes eran espesas, pero la luna brillaba claramente entre ellas. Shih-na la miraba embelesada. La observó un rato, se bañó con el agua que caía del cielo… Y después de unos instantes, Lang la acompañó hasta su celda.
(…)
A la hora que era, la mayoría de los otros presos estaba ya dormida, y ningún guardia dijo nada, por lo que pudieron avanzar hasta la celda sin vacilar.
-Bueno… Ahora deberías dormir un poco aunque fuera. Mañana te espera un día largo, te lo aseguro.
-…¿Debería agradecerte la advertencia?
-Es igual, tú y yo ya tenemos muchas cosas sobre las que hablar. Pero aquí no. Ni ahora.
-...Ahora sí, xie xie por esta última advertencia. La tendré en cuenta…
-En fin, yo me abro. A mí también me espera un largo día mañana… *suspiro*
-Espera, ¿No he de devolverte el vestido? Supuse que a lo mejor mañana ya no lo necesitaría, y es una pena que se desperdicie… Es bonito, ¿Sabes?
-Nah, puedes quedártelo. Ahora es tuyo. Pero está empapado, no creo que sea buena idea dormir con él puesto.
-…Tienes razón, por una vez en tu vida. ¿Te importaría pasarme la otra ropa? La dejé en esa esquina…
Lang se acercó hasta un rincón de la celda, donde estaba su anterior vestido negro y rojo cuidadosamente doblado, junto a sus bailarinas negras y rojas, los guantes largos a juego, una larga boa de pluma negra y una cinta de igual color para el cuello. Cogió toda la ropa, pero se guardó el collar en forma de cinta un instante…
-Toma. Voy a… A comentarle algo al guardia, puedes cambiarte de momento.
-¿No me digas? Estaba pensando en prepararme un té con galletas.
Sin mediar más palabra, Lang abandonó la celda cerrando momentáneamente. Mientras Shih-na se cambiaba de ropa, él observó la cinta negra. Acto seguido, cogió algo de su neceser de primeros auxilios, con el cual Shih-na le había curado la pierna…
Pasaron unos escasos minutos. Shih-na ya estaba lista, con su ropa de antes, que le sentaba tan bien como el vestido que se había quitado, con el que había paseado por Zheng Fa con el hombre-lobo.
-…Ya estoy.
-Espera, aún no. Te falta la cinta del cuello. Deja que te la ponga.-se ofreció Lang.
Shih-na se dio la vuelta con paso elegante. Lang suspiró y le ató la cinta al cuello con suma delicadeza, procurando no apretarla muy fuerte y que el tajo del cuello empeorara. Ahora, la cinta le tapaba el corte.
-Lista.
-…Está fría…
-Quizás, aquí por las noches suele hacer frío… En fin, yo me voy a mi casa.
-…¿Hasta mañana?
-Di mejor hasta luego.
-(…)
-Que descanses. Buenas noches, Shih-na.
-… Adiós.
No hicieron falta más preámbulos. Lang se puso a caminar y cerró la celda tras de sí, mirando como Shih-na se tumbaba en aquella estrecha y desgastada cama. Había dejado el vestido doblado donde antes estaba la ropa que llevaba. No tenía ninguna manta que la abrigara ni una pizca.
El agente de la Interpol puso rumbo hacia su casa, aun estando convencido de aquella noche tan especial no pegaría ojo, puesto que tenía que hacer un montón de preparativos con respecto a la sentencia que se le había adjudicado a su antigua (para él actual) subordinada.
Mientras ponía rumbo a su hogar, estando la lluvia algo más apaciguada, echó un vistazo a la luna que tanto cautivó a Shih-na unos instantes atrás. Se paró a contemplarla. Era realmente hermosa, y estaba convencido de que, para Shih-na, aquel satélite tenía un significado especial.
-No sé qué estará ocultando, respecto a la Luna y respecto a todo, pero pongo a todo el mundo por testigo de que este lobo no va a transformar su intención de conocer la verdad por mucha luna que haya en el cielo.
Dicho esto, se perdió por las calles de su ciudad natal… Rumbo a una noche en vela.
(…)
Mientras Lang y Shih-na ya se proponían dormir (mejor dicho, no dormir) en su casa o en la cárcel respectivamente, otros abandonaban Zheng Fa en un avión rumbo "al otro lado del mar".
Aquellos no eran nada menos que Quercubine, su nueva compañera Pia y el padre y la tía de la primera. Se dirigían allende estaba el abuelo de Quercubine, que les ayudaría a vengar al padre de Pia. O eso decía Quercubine…
El viaje no tuvo nada de especial: presentaciones y espera al aterrizaje. Solo hubo algo que llamó la atención de Pia.
-¿Por qué hay nombres falsos en el billete de avión?
-Es por seguridad, Pia. Por culpa de esa arpía, Calisto Yew, mi familia está en peligro, por eso mi abuelo está en la cárcel, porque Calisto Yew ha engañado a todo el mundo… Y se creen que somos mala gente.
Después de esta aclaración de Quercubine, solo restó esperar a aterrizar en Estados Unidos pasadas unas horas. La noche seguía perpetua, puesto que cuando en Zheng Fa empezaba un nuevo día, en Estados Unidos aún se estaba terminando el anterior.
Las cuatro personas abandonaron la terminal del aeropuerto estadounidense con muchas prisas, y se dirigieron nada más llegar a un centro de detención. Aguardaron en una sala de visitas unos instantes, mientras que la tía de Quercubine desaparecía con un guardia. Regresó al rato.
-He hablado con tu abuelo, sobrina. Dice que enseguida viene a visitarnos. Estaba tan preocupado por ti… Que no podía irse a dormir de la preocupación. Solo quiere la justicia, como todos nosotros.
El hecho de escuchar aquellas palabras salir de su boca provocó una reacción extraña en la tía de Quercubine.
-¡Hmpft! ¡Hmpft! ¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja! ¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja!
La risa llenaba todo el lugar, y cualquiera que la escuchara sufriría un desagradable escalofrío. Al menos quien no estuviera acostumbrado.
-Hermana, ya.-la frenó el padre de Quercubine.
-No… No lo entiendo, sin ánimo de ofender. ¿Qué le hace tanta gracia?-preguntó educadamente Pia, incómoda.
-No le hagas mucho caso a mi tía, es que tiene un sentido del humor… Peculiar.
-Jo, jo, jo, pequeña granujilla… No has cambiado nada desde que nos vimos por última vez.-interrumpió una voz sosegada.
Al otro lado del cristal apareció un anciano apoyado en un bastón y tapado con un mantón, que caminaba lentamente. Tenía un aspecto la mar de frágil.
-¡Abuelo Quercus! Me alegro mucho de volver a verte.-saludó Quercubine, haciendo una pequeña reverencia, con una gran sonrisa.
-Jo, jo, sabes que yo también me alegro de verte aquí, tesoro. Ay, qué feliz me haces visitando a tu anciano abuelo, princesita.
-Estamos siguiendo el plan para acabar con… Es decir… Para seguir haciendo justicia por todo el mundo.-corrigió el hijo del anciano.
-Oh, bien, muy bien. Me hacéis muy feliz al enseñarme que colaboráis los unos con los otros.
-Si tú lo dices, padre… Haremos todo lo posible por "continuar con la justicia".-explicó la mujer de la risa escandalosa.
-Gracias por luchar tanto por mí, hijos míos. Si solo hubiera podido tener más cuidado con las trampas de aquella niñata tramposa… ¡Quercus, imbécil! ¡Todo es culpa tuya! ¡Eres tan viejo que ya no sirves para nada!- maldijo el anciano, culpándose también con gestos.
-Oh, no, señor, no ha sido su culpa… Si me permite, por supuesto.-intervino Pia, tan cortésmente como pudo.
-¿Oh? ¿Y tú quién eres, angelito?-le preguntó Quercus.
-Abuelo, ella es Pia Sassyn, y será mi compañera en nuestra lucha contra Calisto Yew… La asesina de su padre.
-Mucho gusto, señor Alba.-saludó Pia, sujetando su falda en señal de respeto.
-¡Oh! ¿Qué ven mis cansados ojos? ¿Eres acaso, muchachita, la hija de mi viejo conocido Dalai Sassyn?
-Sí, señor. Mi padre fue asesinado hace muy poco, y vuestra nieta me ha prometido ayudarme. Porque quiero que mi papá descanse en paz.-explicó Pia, con la educación que había recibido de su progenitor.
-Tiene el anillo. El que le regaló su padre.-anunció Quercubine.
-Ah, sí, sí, el anillo. El de la lunita, claro. Es como el tuyo, pequeña nietecita. El que te dio tu amiga por tu cumpleaños, ¿Verdad?
-¿En serio? ¿Fue una amiga la que te regaló el anillo?-le preguntó Pia, habiendo escuchado anteriormente una versión distinta.
-¡…! ¡No, no fue así! Abuelo, ¿No lo recuerdas? ¡Me lo diste tú! Y de ahí, el señor Sassyn sacó la idea para el anillo de su hija.
-¡Oh, sapos y culebras! Es verdad, mea culpa, señoritas. Soy solo un viejo al que se le va la cabeza.
-Señor, no seáis tan duro con vos mismo. Solo quería deciros que contáis conmigo para ayudaros con vuestro plan de justicia hacia Calisto Yew.-pronunció Pia, esta vez seria.
-Excelente, pequeñuela. Te doy la bienvenida a mi comité de la justicia. Pero esto debe quedar entre nosotros. La información podría filtrarse, querida.
-Lo he entendido, señor Alba. Guardaré silencio.
-Buena chica. Quercubine, confío en que sepas cómo tratar a Pia. Ahora es de los nuestros, y merece un tratamiento ejemplar.
-Sí, abuelo Quercus. Le daré una habitación y la acompañaré a por ropa digna. También le hablaré sobre nuestro plan en contra de Calisto Yew y lo que haremos para conseguirlo.
Dieron un aviso al anciano, puesto que debía volver a su clausura.
-Quentin, hijo mío, acompaña a Pia hacia fuera. Quiero charlar un momento con mi hija mayor y mi querida nieta.
-Sí, padre. ¿Pia?
-Por supuesto. Ha sido todo un honor conocerle, señor Alba.
-A-adiós, Lia.
-¡…! Es Pia, abuelo. Pia, con P.-le corrigió apurada Quercubine.
-¡Oh, jo, jo! Ahora también estoy sordo como una tapia. Disculpa a este viejo, bonita.-se disculpó el anciano Quercus.
-Sin ánimo de ofender no hay ofensa posible, señor. Ahora, os dejo con vuestras familiares.
Después de despedirse, Pia se marchó con Quentin hacia fuera.
-Hala, ya se ha largado.-avisó la hija adulta de Quercus.
Al oír esto, la espalda torcida de Quercus se irguió profundamente, el bastón desapareció y el mantón se transformó en una larguísima capa. También la cara de cordero que llevaba implantada se metamorfoseó en una de pérfida víbora.
-Menos mal. Ya me estaba hartando de tantas cursiladas. Pero al parecer se lo ha tragado, que es lo importante.
-Sí, eso tenlo por seguro. Además, tiene el anillo. No hay ninguna duda.-aseguró la mujer.
-Ahora solo faltan los otros dos que se han quedado esos idiotas.-informó Quercubine.
-No debería ser complicado. A esa perra le espera la muerte, ¿No? La niñita de Sassyn no sospecha nada, habremos matado a la mujer que busca y la haremos creer que la estamos buscando todavía.-se rio Quercus, maléfico.
-En realidad… No ha sido una sentencia de muerte directa. Pero lo he dejado estar porque lo que le espera es peor… Mucho peor… Que la muerte.
-En ese caso, no hay problema. Ahora id a vigilar a la mocosa de Sassyn. Espero que no haga demasiadas preguntas.
-Yo me encargaré de todo, abuelo. Terminaré el trabajo, y mataremos a esa maldita niñata. Y lideraré la nueva red en tu nombre, abuelo, y los Alba volveremos al poder.-se conchabó la igualmente pérfida Quercubine.
-Está bien, por ahora deberé confiar en vosotros tres. No me decepcionéis, o lo pagaréis caro.
-Vamos, sobrina. Quiero reírme un poco más de esa Pia al oírla decir que Calisto Yew es la verdadera criminal. Ese imbécil de Lang la llama aún "Shih-na", ¿Te lo puedes creer? ¡Pffffft! ¡Si supiera que en realidad se llama…! ¡Pfffft! ¡Ja, ja, ja, ja, ja, no puedo respirar de la risa! ¡No tengo fuerzas ni para decirlo! ¡Ja, ja, ja, ja, ja!
-Ja, ja, ja… Si Pia supiera quién es la verdadera asesina de su padre….
Quercubine se iba a apuntar a la fiesta de las burlas, pero… Algo le hizo cambiar de idea.
-(…) S-sí… Ya…-murmuró.
-Venga, iros de aquí las dos, o nos van a pillar. Espero recibir buenas noticias pronto.
Ni un simple adiós. El anciano de la familia Alba volvió a la prisión, y Quercubine se fue con su escandalosa tía, quien no paraba de reír de un nombre que conocían cuatro personas: el número importante en Zheng Fa. Tres eran Quercus, Quentin y la mujer de la risa. Y la otra… Era su portadora.
