Adaptación del libro dulce prisionera


28

No parecía posible que los cuatro días, cada uno de ellos una verdadera eternidad, pudieran ya haber pasado. Sólo quedaban esas horas finales, horas de una congoja demasiado honda para lágrimas, horas de sueños destrozados y promesas hechas añicos.

Lucy no acertaba a recordar cuándo había sido la última vez que había faltado a su palabra. Quizá fuera alguna promesa hecha cuando era niña, alguna travesura que había negado, o tal vez aquella vez cuando había prometido no volver a jugar en el arroyo sin el permiso del abuelo manteniendo los dedos cruzados porque sabía que volvería a hacerlo. Violar una promesa solemne, hecha a Natsu por amor y respeto a sus deseos, no era algo que Lucy pudiera hacer a la ligera, pero permitir que su esposo enfrentara la horca sin su apoyo era algo que, sencillamente, no podía hacer.

De modo que se hizo fuerte para acallar su conciencia, y se preparó para la dura prueba que tenía por delante. No lloraría. Ese día, no. Había llorado lágrimas interminables en las amargas y largas horas de la noche, llorado hasta que se sintió vacía, hueca por dentro, tan carente de sentimientos como un haz de paja.

Entonces se preparó para enfrentar ese día, vistiéndose con el sencillo vestido gris ribeteado de negro que había usado para ir a la sesión del tribunal.

El discreto coche negro que Natsu había pedido prestado a Redfox aguardaba frente a la casa. Lucy salió, subió al coche y corrió las cortinas, encerrándose y encerrando también sus emociones.

Durante las horas siguientes se limitaría a existir, a sobrevivir por Natsu, a ser la reserva de fortaleza que necesitaba el hombre que amaba. No dejaría que él la viera ni le haría saber que estaba allí ni que lo vería morir. Mantendría su palabra hasta donde pudiera.

Pero tenía que estar allí, convencida de que él podría sentir su presencia aunque no pudiera verla para sacar fuerza y valor de ella.

Y Redfox también estaría allí, ocupándose de la comodidad de Natsu de todas las formas que pudiera, para traer su cuerpo de vuelta a casa una vez que su vida hubiera acabado; él era el amigo más bueno y leal que Natsu y Lucy pudieran tener.

Lucy se apoyó en el respaldo del asiento, tratando de no pensar y de hacerse fuerte para el momento que le esperaba. Pero jamás había asistido a una ejecución ni estaba preparada para el clima de fiesta ni la algarabía del gentío reunido en Tyburn Hill.

Tampoco estaba preparada para la extensa fila de costosos carruajes ocupados por la crema de la sociedad, congregada para disfrutar un día de esparcimiento.

Miró por la ventana, y vio que tampoco estaba preparada para ver la larga hilera de carros que llevaban a los prisioneros a la muerte. Cada hombre estaba sentado sobre su propio ataúd.

-¡Natsu... oh, Dios mío!

Incluso a la distancia pudo verlo, más alto que el resto, de hombros más anchos, el más corpulento y el más gallardo. No había una pizca de debilidad en la rigidez de su columna vertebral, en su cabeza levantada con orgullosa decisión, tal como ella sabía que no la habría.

Mientras avanzaba el carro en el que él viajaba, la multitud se apretaba a su alrededor, una abigarrada muchedumbre que iba desde el más mísero de los rateros hasta los miembros más encumbrados de la nobleza. Las damas de alcurnia lo observaban con sus anteojos de teatro, encaramadas sus pelucas empolvadas sobre los rostros pintarrajeados. Petimetres calzados con zapatos de hebillas de plata y ajustadas calzas de satén bajaban de sus sillas de mano. Damas cubiertas de seda de Mantua, hombres ataviados con terciopelo de Manchester, se mezclaban con los mercachifles que ofrecían sus trapos, con los deshollinadores, las amas de cría y las prostitutas.

Tyburn Hills. Lucy conocía su existencia, como todos en Magnolia, pero ni en sus más locas pesadillas podría haber imaginado la realidad. No podría haber imaginado que la gente bailara y brindara cuando el verdugo deslizaba la soga por el cuello de la víctima encapuchada. Nunca podría haber sospechado que esa gentuza cantara tonadillas obscenas u observara blandamente el espectáculo mientras, a pocos pasos, había hombres que morían.

No era posible que imaginara el olor de las manzanas asadas cuando una mujer se abría paso entre el gentío con un hornillo lleno de brasas en las que asaba la fruta que llevaba en un cesto sobre la cabeza.

El aroma flotó hasta ella; a Lucy se le revolvió el estómago por las náuseas. Por un instante pensó que podía desmayarse. Pero el momento pasó y volvió a inclinarse hacia delante, apoyada en el borde de la ventanilla.

Un vicario pasó junto a la hilera de carros, murmurando plegarias para quienes las desearan. Natsu aguardaba pacientemente su turno, sin mirar a derecha ni a izquierda, indiferente a la chusma burlona que lo rodeaba, como si para él no existiera. Lucy a duras penas podía contenerse y no ir hacia él para tocarlo por última vez. Él no querría eso, lo sabía; ella respetaría su último deseo.

En cambio, buscó entre la muchedumbre a Gajeel, segura de encontrarlo, pero no lo vio. Quizá fuera mejor, ya que él no habría aprobado que ella estuviera allí.

De modo que sus ojos volvieron hacia su alto y apuesto esposo para enviarle su fuerza, deseando haber sido capaz de salvarlo. Un movimiento en la fila de coches alineados a lo largo del camino que llevaba a la colina atrajo su atención. Lucy divisó el escudo de los Hargeon, con sus grandes letras doradas, en la portezuela del carruaje del duque. Incluso a la distancia pudo oír la risa de Zancrow y la de la descarada ramera que lo había acompañado a la ejecución.

La invadió la furia, llegó con tanta fuerza que pudo sentirla en la boca. Le corrió por la sangre, borrando la parálisis dolorosa y volviendo su cuerpo a la vida por primera vez en muchos días. Zancrow estaba allí. Había ido a ver cómo ahorcaban a su hermano. La ira la dominó y la encegueció para cualquier otra cosa que no fuera la visión de ese inhumano y falso duque, el hombre que estaba matando a su esposo.

Lucy buscó el pequeño picaporte de plata, lo hizo girar y abrió la portezuela de un golpe, luego bajó por la estrecha escalerilla.

N&L

El carro había culminado su sinuoso recorrido hasta lo alto de la colina. Natsu apenas oía el rechinar de sus pesadas cadenas de hierro ni a los guardias que abrían el cerrojo de la larga barra de metal que sujetaba su pierna a la vieja madera. Todavía tenía grilletes en los tobillos y esposas en las muñecas que estaban en carne viva.

Natsu hacía caso omiso del dolor. Se había endurecido para esa ocasión y estaba listo para aguantar hasta el final. Deseó no estar tan lleno de resentimiento y que su final fuera más pacífico, pero era difícil encontrar la paz cuando su padre no había sido vengado, y su hermano seguía eludiendo al verdugo y gozando los frutos de su criminal traición.

Y estaba Lucy, siempre Lucy. Ella lo necesitaba, tal como él la necesitaba a ella. Ella era fuerte, en efecto. Pero también era inocente y vulnerable. Necesitaba un hombre, un esposo, y él era exactamente el hombre adecuado para ella.

Lo sabía con absoluta certeza. Por desgracia, esa certeza había llegado demasiado tarde.

-Date prisa, hombre. Tú eres el próximo, ¿no lo sabes? El siguiente en la fila para la horca.

Pero no era fácil andar más rápidamente arrastrando el peso de las cadenas, aunque lo hubiera querido. En lugar de eso, mantuvo un paso sin prisa, con toda la dignidad que pudo, teniendo en cuenta el peso del hierro. Así y todo, llegó a la plataforma demasiado pronto. Natsu se detuvo en la base, aspiró profundamente para darse coraje y encaró el largo ascenso de los escalones.

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El corazón de Lucy parecía retumbar. La ira era una buena sensación latiendo en sus venas, como si finalmente volviera a estar viva y fuera un ser humano de carne y hueso por primera vez en muchos días. Marchó hacia delante, deseando tener un arma para usar contra Zancrow, llevada por su furia, una emoción que valoraba tanto más cuanto más se acercaba el momento de la muerte de su esposo.

La furia la protegía, le daba fuerzas. El coraje para ser fuerte por Natsu.

Casi había alcanzado el sitio donde estaban los cuatro elegantes tordillos, inmóviles en el frente del carruaje, piafando su incomodidad por la ruidosa y destemplada muchedumbre, cuando una mano fuerte como una garra le aferró la muñeca. La presión de unos dedos huesudos se impuso por encima de su ofuscamiento, obligándola muy a su pesar a hacer un alto a pocos pasos del coche. Obnubilada por la ira que sentía, le llevó un momento comprender qué sucedía.

-Un penique para este ciego -suplicó el mendigo, de cuclillas, sosteniendo un tazón de estaño frente a él. Estaba cubierto de harapos, y uno de sus ojos nublados la miraba sin verla, en tanto el otro aparecía tapado por un mechón de sucio pelo gris-. Una moneda para este hombre que la necesita.

Lucy se dispuso a continuar. Natsu moriría en cualquier momento. Zancrow estaba allí, delante de ella y la ira seguía bullendo en su interior.

-Ayude a este pobre viejo, señora- canturreó el mendigo - Una moneda o dos para un poco de pan.

La furia comenzó a esfumarse. Lucy quiso convocarla nuevamente, pero sus ojos fueron hacia Natsu, y se sintió ahogada por las lágrimas. Había creído que nunca más volvería a llorar. Se secó las mejillas de un manotazo y buscó en el bolsillo de su falda. Sacó un chelín de su pequeño monedero y lo arrojó en el tazón del mendigo.

-Gracias, milady - el mendigo se puso de pie; era más alto de lo que parecía, tan descarnado que los huesos le sobresalían a través de la tela de la camisa. Se echó hacia atrás el sucio mechón de pelo - Tiene usted buen corazón, milady, como su esposo. Siempre me daba una moneda cuando venía a la taberna. No era como su hermano. Nunca fue así. Yo fui quien los vio, milady; yo le envié el mensaje. Fue el más joven el que lo hizo, el más joven quien mató al viejo duque esa noche en la taberna.

Por un instante, Lucy no pudo moverse. Después se tambaleó, y temió que fuera a desmayarse. Le temblaban las rodillas y sentía la boca seca.

-¿Usted los vio? ¿Cómo pudo hacerlo? Es ciego.

-Ciego de un ojo, mi amor, no de los dos.

-¡Oh, santo Dios!

Se acercó a él, lo aferró de la huesuda muñeca y se precipitó hacia el patíbulo, temiendo que el anciano se plantara y saliera disparando. En lugar de eso, la siguió mientras ella volaba hacia la escalera, abriéndose paso entre la multitud rumbo a la plataforma en lo alto de la colina. Rateros y asesinos, ladrones y prostitutas se apartaban a su paso.

-¡Dadme paso! -gritó Lucy-. ¡Tengo que pasar!

La urgencia de su voz pareció conmoverlos y el paso se hizo más ancho. Corriendo, trastabillando, afanándose en trepar la colina, Lucy arrastró al viejo, rezando para que las palabras del mendigo produjeran la suspensión de la pena.

Tiempo. Hasta esa pequeña concesión era más de lo que osaba esperar La palabra de un mendigo contra la de un duque.

Aquélla era una locura de la peor clase; a pesar de ello siguió adelante. Una luz de esperanza comenzaba a encenderse en su corazón. Trató de no darle pábulo, pero la luz se resistió, aunque ella sabía con terrible certeza que esa esperanza moriría junto con Natsu.

Lucy alzó la vista a tiempo de ver que sobre la aun distante plataforma pasaban la soga en torno del cuello de Natsu. Él no llevaba capucha; enfrentaba a la multitud con toda la tranquila dignidad de un verdadero duque de Hargeon.

-¡Deténgase! -gritó Lucy -. ¡Debe detenerse de inmediato!

Pero todavía estaba demasiado lejos, y la muchedumbre era demasiado ruidosa para que el verdugo pudiera oírla. Tal vez no se detendría aunque la oyera.

Los labios de Lucy comenzaron a moverse en una silenciosa plegaria. A cada paso que daba, rogaba por la intervención de Dios. Es inocente. Es un buen hombre. Por favor, ¿no lo vais a ayudar? Ya casi había llegado al cadalso. El gentío había empezado a callar; apenas murmuraba, cautivado por la muerte que estaba por presenciar. El verdugo controló la soga en el cuello de Natsu.

Lucy abrió la boca para gritar, pero en ese momento se interpuso en su paso una enorme mujerona de abundante pecho que chocó con ella con fuerza sorprendente; ambas cayeron en una mezcolanza de carne, piedrecillas cortantes y polvo. Sin prestar atención a los insultos de la mujer y al dolor que sentía en una pierna, se puso en pie y siguió corriendo, aferrando una vez más el escuálido brazo del mendigo.

Pero, oh, Dios del cielo, ¡iba a llegar demasiado tarde!

Por el rabillo del ojo atisbó un borroso movimiento. Un hombre llegaba corriendo a la plataforma. Era Gajeel, ella pudo ver que subía la escalera de dos en dos y llegaba a la horca precisamente en el momento en que el verdugo quitaba la madera donde Natsu apoyaba los pies.

-¡Nooo! -aulló Lucy, mientras sentía que la inundaba una oleada de agonía, una angustia profunda que le dio vuelta el estómago. Pero Gajeel no se detuvo y corrió sobre la plataforma para lanzarse y atrapar a Natsu antes de que llegara al final de su letal caída.

-¡Oh, Dios del cielo!

Las lágrimas corrían en cascada por las mejillas de Lucy.

Otros hombres se acercaban corriendo entre la muchedumbre. El conde de Balkan llevaba a dos jueces a través de la gente que se había sumido en un profundo silencio al ver la escena que se desarrollaba ante sus ojos.

-¡Bajad inmediatamente a ese hombre! - ordenó uno de los jueces. Lucy vio que se trataba de Nab Lazaro, el hombre que había acompañado a Gajeel en el almacén - ¡Bajadlo, os digo! ¡Rápido, maldita sea!

Lucy creyó que las piernas no la sostendrían. Le temblaba todo el cuerpo, pero la fuerza con que aferraba el brazo del mendigo que no era tan ciego, no flaqueó.

-¡Su señoría! - Lucy corrió los últimos metros frente a la plataforma, jadeando en procura de aire para sus pulmones - Este hombre fue testigo del asesinato del duque de Hargeon. Por favor, sé que su palabra no vale casi nada frente a la de un duque, pero junto a las otras pruebas que hemos reunido...

-Tranquila, milady. Gracias a su cuñada Wendy Marvell, el conde de Balkan pudo rastrear a un hombre llamado Azuma. Gracias a la... ejem, persuasión, de lord Balkan, este hombre ha abandonado el camino del pecado. Ha podido ver la luz de la verdad y la justicia, y ha confesado ser el autor del crimen de la condesa de Garou. Declaró que su empleador, el duque de Hargeon, fue quien le ordenó hacerlo. Esto, más todas las pruebas ya presentadas...

Entonces se oyó un disparo. Una voluta de humo blanco se elevó desde el medio del gentío, y varias mujeres chillaron. De pie junto a Gajeel, Natsu se agachó para esquivar la bala de plomo que le pasó rozando la oreja, tan cerca que pudo oír su zumbido.

-¡Es Zancrow! - Gajeel señaló al hombre que avanzaba entre la gente dando codazos y empujones-. ¡Tenemos que detenerlo!

Natsu soltó un juramento cuando el último grillete de hierro cayó sobre los tablones de madera. Se detuvo apenas un instante antes de saltar de la plataforma para caer junto a Lucy. La besó en plena boca, y se echó a correr. Abriéndose paso entre la chusma, que volvía a mostrarse soliviantada ante los últimos sucesos, intentaba llegar hasta Zancrow. Flanqueado por Gajeel y un pequeño ejército de vigilantes, zigzagueando y dando empellones, corrió hacia el hombre que había disparado.

Zancrow corrió hacia su carruaje, con la estúpida convicción de que nadie lo había visto. O que, si alguien lo había hecho, podría comprarlo, como siempre lo había hecho antes.

Nunca llegó a destino. Natsu lo atrapó antes de que pudiera llegar a la portezuela y lo arrastró al suelo, rodando hasta terminar a horcajadas sobre él. Soltó un fuerte puñetazo directo a la mandíbula de su hermano, y Zancrow gimió de dolor al golpear el suelo con la cabeza. Natsu lo aferró de los volantes de su bordada camisa, lo obligó a ponerse de pie y volvió a golpearlo, partiéndole el labio, que manchó de sangre su levita de seda.

-Te mataré -amenazó Zancrow, rodeando con sus manos el cuello de Natsu y empezando a apretar.

Natsu se soltó de un golpe y volvió a golpearlo. Una multitud se había congregado alrededor de ellos, alentándolos, aunque Zancrow no representaba un peligro ante la fuerza evidentemente superior de Natsu. Éste se puso de pie y arrastró a su hermano a hacer lo mismo, decidido a dominar la furia que sentía surgir en su interior y que clamaba por venganza. Quería a Zancrow vivo. Quería que su hermano fuera llevado ante el tribunal y pagara por lo que había hecho.

Alguien abucheó, la gente se adelantó, y Zancrow se retorció para liberarse. Rebuscó en su chaqueta y sacó algo del bolsillo interior, una pistola que de pronto apareció en su mano.

-Como siempre he dicho, si uno quiere algo, tiene que hacerlo en persona- Zancrow amartilló el arma.

Natsu sabía que estaba demasiado cerca, que era imposible que él errara. Santo Dios, no podía permitir que ese canalla volviera a ganar. Saltó hacia el costado, tensando el cuerpo ante el inevitable disparo, y rodó sobre sí mismo. Un disparo como trueno resonó en el silencio, y enseguida otro más. Fueron necesarios varios segundos para que Natsu advirtiera que el primero había surgido desde atrás y había dado a Zancrow justo en el medio del pecho. El segundo era el sonido del arma de su hermano, que había disparado al aire, inofensiva.

Hyberion guardó su todavía humeante pistola en el pantalón, sin dar importancia al asunto.

-Por fin -declaró, sin el menor asomo de piedad.

Los ojos de Natsu fueron hacia el hombre caído a pocos pasos de él. Un último suspiro surgió de los finos labios de su hermano. Los ojos sin vida de Zancrow se pusieron en blanco, como si quisieran seguir la trayectoria de su bala perdida.

-¿Está muerto? -preguntó Gajeel cuando llegó hasta ellos.

-Sí.

Redfox le puso la mano en el hombro.

-Entonces, todo ha terminado.

Natsu asintió, sintiendo que le quitaban un enorme peso de encima. Como había dicho Gajeel, todo había terminado.

Natsu volvió sobre sus pasos hacia la colina; desde el otro extremo de la muchedumbre, Romeo lo saludó. Ese día, sus destinos se habían decidido para bien, como también el de Wendy. No existía nadie que lo mereciera más que ellos.

Al pie de la plataforma, lo aguardaban Lucy y Nab. Ella tenía los ojos húmedos por las lágrimas, pero había en ellos un brillo de infinito amor y esperanza.

-Su esposo es muy afortunado - dijo el magistrado - Ha eludido las garras de la Parca dos veces en el mismo día. Me complace saber que se ha hecho justicia volvió la mirada hacia Natsu - Creo, su gracia, que es hora de que lleve a casa a su encantadora esposa.

Lucy se mordió el labio. Por primera vez, parecía indecisa. ¿Podemos irnos a casa, su gracia?

Natsu se le acercó y la estrechó contra él.

-Sí, duquesa. A casa, a Hargeon Hall - le apoyó la mano en la mejilla - Lo que te dije era en serio. Te amo y no me marcharé. Estás condenada a mí, duquesa, hasta el fin de mis días.

Su boca se curvó en la más tierna de las sonrisas.

-Gracias a ti y a algunos buenos amigos, parece que será un tiempo muy largo.

En Tyburn Hill, la muchedumbre volvía a lanzar hurras. Por el hombre de la colina, el legítimo duque de Hargeon, que había contemplado cara a cara a la muerte y había vivido para contarlo, y por su hermosa duquesa de brillante cabellera, que lo besaba con locura.

Hasta la chusma de Tyburn Hill se conmovió al ver el final feliz


Gracias por tomarse el tiempo de leer esta adaptación