Mercy viajaba con estilo aún en medio de la batalla, y María Antonieta y Fersen pudieron darse un baño, cambiarse de ropas- Antonieta embutida en un uniforme de gala rojo de Mercy- y descansar unas horas en mullidos colchones. Antonieta se levantó pronto, sin embargo, y sin una palabra al sueco que dormía en un colchón cercano se dirigió a la tienda de comando, en donde los soldados austriacos le dirigieron una profunda reverencia, a la mujer que una vez había sido la menor de las princesas de la casa Habsburgo y ahora era la Reina de Francia. Fue con auténtico alivio que Antonieta reconoció al hijo de José, el emperador su hermano, Francis, que le besó la mano y le trajo una amplia silla de madera tallada. El muchacho parecía fogueado ya en la guerra, y estaba radiante de energía: los otros militares a su alrededor, agostados y veteranos, parecían igualmente chispeantes ante la idea de una nueva guerra con Francia. Hacía tan poco de la última que incluso algunos que Antonieta recordaba de su infancia como héroes condecorados estaban allí, listos para enfrentarse a Francia por segunda vez.
- Majestad.- dijo el príncipe Francis, castaño como la esposa fallecida de José II, con vivos ojos oscuros y seriedad viril en sus veinte años.- majestad, íbamos a liberarla, costase lo que costase. Tropas prusianas, húngaras, españolas y austríacas están listas para converger en Francia desde todos los flancos. Si Gustavo III de Suecia no se apresura, perderá el honor de ayudar a Francia a devolver el trono a sus legítimos reyes.- dijo con calor. Antonieta, fascinada, observó el vivaz rostro, aunque la memoria del rescate sangriento seguía detrás de sus párpados. Tanto rojo…
- Francis… son las órdenes de Joseph? Yo no pedí…-
- Majestad, lo que Francia ha hecho es inconcebible. Todas las testas coronadas de Europa le ofrecen su apoyo para enseñarle a esa chusma su lugar. Y personalmente, mi padre me ha enviado a rescatar a mis primos de esos animales.- dijo, arrodillándose con sus manos en las suyas.- Mi espada le sirve! Le juro que rescataré a la princesa de Francia y a mi joven primo, o moriré tratando!-
- ibas a rescatarme?-
- A usted y al rey también de ser necesario. Que los cañones limpien Francia para usted, y se la devolveremos como mi abuela se la prometió, una tierra dulce y maravillosa. No en lo que la han convertido esos revolucionarios del demonio!-explotó Francis, su rostro cargado de ideales. Y Antonieta se sintió arrebatada en su convencimiento, fascinada por su devoción. Era como volver a pisar tierra firme tras vadear un río que amenazaba derribarla: era el calor, después de un paseo al aire frío. Esa gente entendía el mundo tal y como se había entendido por siglos, no de los desconcertantes modos nuevos. Lo entendían como a ella le habían enseñado.
- Está bien, Francis.- dijo ella, y al voz de la reina de Francia volvió a su delicada garganta.- Pero necesitas ponerme a salvo. Espero un hijo de Francia.-
Fersen, que se había levantado y pasado desapercibido hasta ese momento, la oyó decirlo y supo, sin género de duda, que ella mentía: que ese hijo, al igual que Louis Charles, era suyo. No había tenido el convencimiento hasta ese momento, pero había sido tan obvio… del pobre y estresado rey apenas había salido una niña tras años de intentar, ni esperanzas que un bebé, ahora…
Pero no fue esa súbita seguridad la que lo llenó de angustia. Esa reunión de austríacos, las palabras del príncipe imperial, las de la misma María Antonieta, hablaban de un plan totalmente distinto a lo que habían acordado con Oscar: hablaban de guerra y de retomar Francia, no de un pacífico rescate o un simple asilo como habían imaginado. Aunque en su sangre la idea de luchar por la reina, de levantar la espada por el trono, resonaba con su educación clásica, una voz cargada de buen sentido en su cabeza que le recordaba mucho a Oscar le decía que ganase quien ganase, iba a ser una masacre que podía acabar con destrucción total de Francia. Iba a acabar como acabase Polonia probablemente, anexada en ducados, por increíble que pareciese.
Y Oscar… si había una guerra, Oscar…
- Majestad.- llamó, sin poder evitar hacerse notar, embutido en un uniforme sueco que le habían encontrado. Antonieta se volvió, bella con el cabello alto: a pesar de llevar una guerrera de soldado, nunca nadie iba a confundirla con un hombre como la delgada Oscar. Su cuerpo era aún más llamativo y hermoso en ese atuendo masculino, y al verla allí de pie entre los soldados, su sangre noble se sublevaba, pidiéndole luchar por ella, morir por ella…
- Majestad.- dijo en voz baja, yendo a su lado. No se le pasó desapercibido que varios austríacos le echaron miradas envenenadas: su rol en la caída de Francia era un secreto a voces, aparentemente.- Majestad, eso no es lo que había planeado el rey… lo más importante es ponerla a salvo, antes que nada. Queríamos evitar una guerra…- susurró.
- Es tarde para eso.- dijo ella, la mirada baja. Fersen sintió ganas de sacudirla, embarazada y todo.
- Majestad, si esto se convierte en una guerra, será una guerra a escala europea! Podría destruir Francia, majestad!-
- Creo que como súbdito sueco, eso no te concierne discutirlo conmigo!- dijo María Antonieta con súbita furia. Fersen vio una chispa de locura en sus ojos, una chispa de ira y de crueldad que existe incluso en la mejor de las mujeres, y dolido y enfurecido, replicó con la fácil brutalidad de un hombre elocuente que una vez había sido aclamado por su vivacidad en la exquisita corte francesa:
- Oh, pero soy francés, majestad. Por matrimonio! Me casé con una francesa… una verdadera francesa!- exclamó. Antonieta lo miró con tanta dureza que si Fersen hubiera sido menos orgulloso, habría temido por su vida entre tanto austríaco espada feliz. Pero nla Reina apartó el rostro, y habló con severidad, su tono verdaderamente real.
- Vuelve y avísale a tu mujer del avance de las tropas. Que se ponga a salvo. Que ponga a salvo a mis hijos, si puede. Pero llegaremos a París tan rápido como podamos, y no habrá cuartel. Dile eso de mi parte.-
Cuando André se despertó de un leve duermevela a medianoche- se había quedado dormido después de la cena que les diera Sophie casi inmediatamente, de cansancio. Por un momento no supo lo que lo había despertado, y luego se dio cuenta de lo que era.
París estaba en silencio. Tras todos esos meses de gritos, disparos y violencia en la noche, después de los incendios y los vándalos, después de tanto miedo, París estaba en silencio, sin más que el habitual sonsonete lejano de dicharacheros en Montmartre. André, que había pasado su infancia y juventud durmiendo en la mansión campestre de los Jarjayes o en habitaciones en Versalles, había olvidado lo que era el silencio de la noche, tan suave como agua en una garganta sedienta.
Un poco incrédulo, se despertó por completo y levantándose, subió la escalinata desde los cuartos del servicio a la sala de estar. Por supuesto, con todo el desbarajuste, había abandonado por completo el chalet que le regalasen: sólo podía pensar en estar al alcance de la voz de Oscar en una emergencia, título o no título, estados civiles o cara de vinagre de Sophie.
En la sala, Oscar, envuelta en su camisón y una bata blanca que le quedaba enorme incluso embarazada, estaba reclinada en un sofá, las piernas recogidas como una niña, mirando por la ventana, sus rizos desarreglados en profusión sobre los hombros. Sólo habían ascuas en la chimenea: André se inclinó para avivar el fuego y poner unos leños, y la sintió más que la vio sonreírle.
- No sentí frío. Es cierto lo que dicen: las embarazadas siempre tenemos calor.-
- Estás preocupada? Ya sabes lo que dicen… no noticias es buenas noticias.-
- No. Por un momento, no pensaba en Antonieta ni en Fersen. Sólo miraba París.-
- vaya.- dijo André con sorna.- Es una novedad…-
- Cállate, antipático.- dijo Oscar, sin mirarlo, rodeándose las rodillas con los brazos.- El silencio se siente tan extraño después de tanta conmoción.-
- Bueno, aparentemente se han calmado.-
- De verdad todo lo que querían era que se depusiera a Antonieta?- dijo Oscar con tristeza.- Eso no les da más pan ni más seguridad. No significa nada para ellos, todo para ella y sus hijos, y ahora… me siento como Agamenón, André.-
- No seas ridícula. Antonieta no es ninguna pura Ifigenia, y el pueblo quería que se reconociera su dolor con el descenso de la mujer que ha sido el símbolo de la indiferencia noble por su agonía. Es noble, en cierta forma, que les baste con ese reconocimiento en vez de…-
- En vez de? En vez de pedir la cabeza de todos los sacré aristos?- dijo Oscar suavemente.
- No faltaría quien lo creería correcto.- dijo André apartando la vista. Oscar se levantó, y mirándolo, los ojos incandescentes a la luz del fuego, habló con firmeza:
- Querrías mi vida, André? La de mi hijo?-
- Si no te conociera? Quizá.- dijo él con brutal sinceridad. Ella se apartó, pero él atrapó su mano y la apretó, y continuó con firmeza.- Pero te conozco, y sabes que es mi vida la que tendrían que tomar antes de dañarte a ti o a tu bebé.-
- André?-
- Sí?-
- Qué crees que va a pasar ahora? Tú entiendes mejor como piensan estos revolucionarios.-
- Sinceramente… no tengo idea.-
- Por el amor de Dios, esto es ridículo!- bramó Oscar a la mañana siguiente, cuando Girodelle, despeinado pero sin embargo exquisitamente vestido con su mejor uniforme y con arreos de brigadier llegó a buscarla temprano. Se limitó a saludar a André sin comentarios y a no preguntar por el dueño de casa, e incluso le echó una miradita libidinosa a Sophie en bata, que casi le cerró la puerta en la nariz: pero el bramido de Oscar al leer la nota enviada de las Tullerías hizo que todo el mundo se concentrase en ella, y al ver su cara roja de rabia y de sorpresa nadie le recordase que tenía el cinturón de la bata desabrochado y su oronda pancita redonda abultaba el sencillo camisón de modo inconfundible.
- Qué pasa?-
- Es… es…- Oscar parecía a punto de empezar a soltar el mejor idioma llano que aprendiese entre soldados cuando André le quitó la carta y la leyó con desparpajo. Sus cejas le llegaron a la raíz del pelo, y luego se sentó, frotándose los ojos, mientras Oscar se paseaba como un gran danés enjaulado.
- Es un baile. En la mejor tradición de la Cenicienta.- dijo André al fin con un suspiro. – Girodelle, si esto es una broma tuya…-
- Yo sólo sigo las órdenes del rey.- dijo Víctor con un encogimiento de hombros. – Le digo al rey que ha recibido sus órdenes, mi coronel?-
Oscar le echó una mirada sombría.- Tengo opciones?-
- Pues… no.-
- Muy bien.- dijo Oscar, enderezándose, una mano yendo involuntariamente a su espalda que ya empezaba a dolerle.- Dile al rey… y al Duque de Orléans… que estaré al mediodía en el Palais Royal con la duquesa de Noailles para organizar el baile en el que elegirá nueva esposa. Después tanto pelear por pan, y van a gastar dinero en un baile estúpido…-
- No es estúpido, es una nueva reina para una nueva Francia.- dijo Girodelle con sorna, mientras Sophie bufaba que los franceses estaban todos locos.- El pueblo ha accedido entusiásticamente. Los requisitos es ser francesa, soltera, atractiva y fértil, y educada en consonancia con los nuevos valores. De hecho, si te divorciaras de Fersen, podrías…-
- Largo, Girodelle.-
- Los Estados Generales siguen entretanto, y aunque yo no entiendo mucho de cifras, todos están aclamando las reformas de Robespierre y las ideas económicas de ese abate de Marsella y Necker. No dudo que el Papa nos va a excomulgar hasta el último feto, pero caramba, si Inglaterra lo hizo, porqué no nosotros.-
- Porqué no te vas a cuidar tú el baile y me dejas a mí los Estados Generales? Francamente prefiero escuchar a curas histéricos.-
- El rey te pidió específicamente.-
- Maldito seas por disfrutar esto.-
Girodelle se giró ya en la puerta con una sacudida de rizos, y sonrió.- ya que no nos queda otra opción, mejor disfrutarlo. Qué más podemos hacer?- dijo, mirando afuera, sobre el París en paz. Había salido el sol, unos pocos rayos entre las nubes oscuras.- Ella está a salvo?-
Oscar asintió.
- Bien!- dijo él, los ojos claros chispeantes, una sombra de nobleza y lealtad en ellos. Oscar se conmovió, y le tomó el antebrazo un momento antes de que se fuera: Víctor reposó su mano enguantada en la mano de su coronel. Los dos se entendían, dos antiguos realistas leales, sin embargo obligados a obedecer a la realidad y no a la realeza más. Pero los dos, aunque intentando ser prácticos bajo los nuevos valores, aún sentían aletear en sus corazones el amor al antiguo régimen en el que habían sido tan jóvenes y despreocupados.
- Una nueva Reina? Pero éstos se creen que se puede cambiar de Reina como de zapatos?- gruñó Sophie al cerrar la puerta tras Girodelle, los cascos alejándose.- Oscar, creo sinceramente que deberíamos volvernos a Suecia. Francia puede haber sido tu patria, pero claramente, ya no la es.-
- Deberías irte. Los extranjeros no son muy bienvenidos en Francia en estos momentos.- retrucó Oscar, que se había sentado un momento a pensar.- Tú y Fabian.-
- Por supuesto que mandaré al idiota de mi hermano a casa. Pero no me moveré de tu lado hasta que nazca el bebé, Oscar Francois. Habráse visto? Con el desbarajuste que hay, quién sabe si conseguiremos una partera, qué decir un médico competente. Y con tus caderas de jilguero…-
- Sophie…- Oscar se estaba sonrojando.
- Al menos me tendrás a mí. Ya he pasado dos veces por la ordalía, sé de lo que estoy hablando.-
- Dos veces…?- preguntó André, sin poder contenerse. Sophie lo miró como si dudase si contestarle o no, pero luego habló, no sin amargura.
- Mis hijos viven con la familia de su padre. Pero no estábamos hablando de eso. Estábamos hablando de cómo no te dejaré sola, y es mi última palabra!-
- Los riesgos…-
- Por si no te has dado cuenta, con la ida de la austríaca París parece una taza de leche. Además, con Necker trayendo todo ese trigo de la Lorena, espero en Dios que el pan alcance y por fin se calmen las cosas.- dijo Sophie con decisión, antes de sacar de un cesto de las doncellas una camisa de franela.- Ponte esto si, como la ridícula mujer que eres, vas a ir al Palais Royal a cumplir tus órdenes. Hay un viento cortante y no hay nada peor que el frío para los pechos cuando están empezando a desarrollar leche.-
Oscar se puso roja.- Sophie…-
- No me moveré a no ser que vea a mi hermano a tus pies como se debe. Hasta entonces, si crees que puedes echarme, vas lista.- ordenó Sophie.- Y ahora menos charla. André, despierta a Alain para que la acompañe, porque asumo que tú te vas a los Estados Generales. El desayuno estará en media hora. Muévanse!-
- Sí, señora.- dijo André, sin poder evitar sonreír. Sophie podía odiarlo, pero era verdad que era la mejor cuidadora posible para Oscar. Y cualquiera que la mantuviera alimentada y cuidada tenía su afecto.
- Hay algo profundamente humorístico en esto.- dijo una voz tras de Oscar, que con los brazos en jarras acababa de ordenar las guardias para cuidar y escoltar el Palais Royal para las tres noches de fiesta en las que, aparentemente, el Rey de Francia elegiría a su nueva Reina. Oscar no se volvió, porque conocía a la perfección la voz del señor del Palais Royal, Louis Philippe de Orléans, pero cuando el príncipe se apoyó a su lado junto a una mesa muy ornada, no pudo ignorarlo. Se había quitado la levita negra de los representantes del tercer estado, pero estaba vestido con igual simpleza con una casaca gris y chaquetón de lanilla castaña: y sin embargo, había en él la arrogancia de los Borbones que tanto le hacía falta a Louis XVII normalmente. Sin peluca y con su cabello castaño, un poco canoso en una coleta, su mirada sardónica fue con descaro a su vientre disimulado bajo el fajín, y luego a las colgaduras de terciopelo rojo que los sirvientes estaban extendiendo por las paredes cremosas con ayuda de los guardias de Oscar.
El Palais Royal, a diferencia de la mayoría de los palacios, no había sido saqueado, y su belleza seguía siendo la de una época que muchos creían perdida ya. Tras tanta destrucción, y tanto odio por los nobles, Oscar misma no podía evitar alzar las cejas al ver a verduleras y pescaderas traer de regalo sus mejores productos como regalo para la fiesta y otros, sin rubor ninguno, devolver floreros y adornos robados a Versalles o las Tullerías para dar más brillo a la " boda de la novia de la revolución". Bufó, mirando a reojo al príncipe, pero Louis Philippe no miraba a las mesas engalanadas con prístinos manteles de encaje, sino que a ella.
- Qué le parece tan humorístico?-
- Que te hayas sacrificado cual un cordero a la lujuria del sueco para proteger a una Reina a la que le quedaban seis meses de reinar de todas formas. Es humorístico, tienes que reconocerlo.-
Oscar apretó los dientes.- Apreciaré que se guarde sus burlas, Su Alteza. Honestamente, no me siento como para apreciar el humor de la situación.-
- Asumo que tu flamante marido echó a volar con ella y te dejó sola enfrentando la música.- dijo Louis Philippe, y a pesar de su tono pasota había un deje de furia en su voz.- Podría haberte casado con tu valet, y te habría salido menos mal la jugada, caramba.-
- Con mi….?- Oscar se puso roja, a lo que Louis Philippe se permitió una risotada.
- Si mal no recuerdo, estaba loquito por ti. Dios Santo, Oscar Francois. Te das cuenta que elegiste bastante mal? No es que quiera repetir un te lo dije, pero me gustaría oírte que lamentas no haberme elegido a mí. Te garantizo que no te habría ido peor.-
- No tengo nada de qué lamentarme, excepto de no haber servido mejor a mis reyes.- dijo Oscar con firmeza, a lo que Louis Philippe rodó los ojos.
- Eres tan desagradablemente leal que casi, casi, me dan ganas de encargarte una estatua. Como para que las nuevas generaciones, más inteligentes, sepan cómo se veía el Patriotismo Estúpido, en persona.-
- Si vino a insultarme…-
- Por favor no me digas que tienes a la zorra austríaca escondida. Si te encuentran con ella, te destazan.- dijo Louis Philippe, tomándola por la cintura para hablar en su oído, su susurro urgente y honesto. Ella negó, pero el príncipe, pasota y burlón, no la soltó, mirándola a los ojos de pronto con ojos muy vivos, muy preocupados, e intensos.
- Suélteme.-
- Has sido más fiel que nadie a mi sangre, Oscar, en una época en que la lealtad, la honestidad y el honor no existen. No permitiré que seas desgraciada por servir lo mejor que pudiste a una loca adúltera y a un rey débil. Ven conmigo, y te protegeré. Lo prometo.-
- Su Alteza…- musitó Oscar, sorprendida por la extraña seriedad de Louis Philippe.- No necesito nada. Estoy…-
- Estás con al menos cuatro meses de embarazo, y en algún momento alguien se va a acordar que cargas al hijo del tipo que le puso cuernos al rey. No estás segura. Deja que mi gente lo acuse de abandonarte, y serás libre. La oferta que te hice hace un año aún está en pie, Oscar Francois.-
Oscar se halló sonrojándose.- Su Alteza! Llevo al hijo de Fersen, cómo podría…?-
- Oh, corta ya, mujer ridícula! Me importa un pepino que lleves un hermanastro de mis " sobrinos"! No es por tu útero ni tu vagina que pretendía tenerte a mi lado, cuántos halagos necesitas para decidirte a venir de una vez? Ese sueco no volverá, y si vuelve, es que es un idiota suicida! Deja que gestione tu libertad, y te tendré bajo mi protección! Tómalo como el agradecimiento de los Borbones, si es todo lo que te sientes dispuesta a aceptarme!- bufó, exasperadamente, y luego la soltó, su voz tomando de nuevo su deje sardónico.- No quiero verte morir estúpidamente, Oscar Francois. Pero Dios sabe que lo intentas con tantas ganas que es por leyes de estadística que tiene que salirte al fin…-
- Su Alteza…- dijo Oscar, un poco conmovida. Hizo un reverencia, y cuando se enderezó, su mirada encontró los ojos brillantes e inteligentes de Louis Philippe, un hombre que, comprendió con súbita ternura, la apreciaba de verdad.- Le doy mis más rendidas gracias por su gentileza.-
- Pero no, verdad?-
Oscar negó con la cabeza.
Louis Philippe soltó una expresión digna de un pescadero y se largó. Oscar lo miró irse con una sonrisa que era casi afectuosa, mientras los sirvientes empezaban a encender las velas para lo que sería el primer baile de la Libertad en Francia.
El primer día estaba dedicado a la Libertad, y las damas en su mayoría habían elegido el azul, color de la nueva bandera que representaba esa virtud. André estaba exhausto cuando llegó al baile, y le costó entrar, de tan abarrotado que estaba. Aparentemente todo París se había dado cita en las puertas del Palais Rpyal, y era con muchos oohs y aaahs que las doncellas que habían puesto sus nombres en la larguísima lista de aspirantes a Reina eran llamadas a viva voz, y hacían su entrada al palacio luciendo sus mejores trapitos. Representantes de los tres estados, entre ellos Necker, Robespierre y Talleyrand flanqueaban al rey: nobles y sacerdotes, simples alcaides y modestos maestros se apretujaban a los lados del salón, y aunque se había servido comida y bebida, pocos habían mostrado interés en ella, con más curiosidad por ver a modestas hijas de sastres y a nobles princesas de la sangre entrar, ataviadas lo mejor posible, para hacer una reverencia, contestar un par de preguntas y ponerse a un lado.
El rey, en su trono, estaba pálido y cadavérico. Oscar podía sentir su dolor, su afrenta, y le dolía el corazón de verlo tan deshecho: y sin embargo tenía la gentileza de sonreír a cada dama y asentir a sus respuestas. Como devoto católico, sin importar lo que dijera Talleyrand y los suyos, el rey se sentía adúltero, se sentía en pecado mortal.
Y era tan injusto que se sintiera así. Oscar sintió una enorme piedad por su pobre Rey, y moviéndose entre los representantes, fue en persona a hacerle servir una copa de buen vino, para llevársela con sus propias manos.
- Oscar?- dijo el rey, distrayéndose un momento al verla.- Alguna noticia?- susurró. Era conmovedor que con las más bellas y elegibles mujeres de Francia frente a él, su primer pensamiento seguía siendo para su esposa.
- Ya tienen que haber salido de Francia.- dijo ella, tratando de sonreírle. – Por favor, no se preocupe… todo está bien.-
- Todo está bien.- repitió el rey, sin entonación, y apartó la vista, mordiéndose los labios. Un momento luego se había forzado a calmarse, y asintió amablemente a la hija de un noble empobrecido de la frontera que debía haber viajado sin dormir y que vestida a la moda de hacía treinta años, hacía una reverencia esperanzada. La muchacha no podía tener más de dieciseís años.
- Majestad…- dijo Oscar, y sin saber que decir, apoyó una mano en su manga, quieta a su lado. Louis la miró profundamente, sus ojos honestos, cansados y entristecidos, pero pareció recuperar algo de su energía tras ese momento, y se enderezó en el sillón que servía de trono, inspirando como si se forzara a fortalecerse. Entrecruzó las manos, y pasó la mirada por las jóvenes, antes de ponerse de pie, sin mirar a Oscar, pero hablándole en un susurro.
- No pondré en peligro Francia con mis dudas, Oscar. Si mi sacrificio sirve de algo, no arruinaré el sacrificio de Antonieta con más pausas. Pero quiero que sepas, que le digas, que nunca dejaré de pensar en ella, ni un segundo. Puede que ya no sea reina de Francia, pero siempre será la reina de mi corazón.-
- Majestad.- dijo Oscar, conmovida.- Ella lo sabe. Pero ahora tiene…-
- Ahora tengo que buscar a una mujer tan diferente a ella como pueda. Una mujer que se parezca un poco a ti, quizá.- dijo Louis, y hubo un deje de tristeza en sus ojos.- Una amiga, al menos.-
André, que esperaba a un costado, vio a Oscar dirigirse a él con los ojos húmedos, los labios tensos mientras el rey sacaba a bailar, a pesar de que había odiado bailar toda la vida, a una y otra de las aspirantes. Oscar, que parecía incapaz de mirarlo, se quedó junto a una ventana, los brazos cruzados, el gesto cargado de desánimo, y André sintió una profunda compasión por el rey, pero más por la entristecida Oscar.
- Ven afuera un rato. El lugar está lleno de guardias, no pasará nada. Al menos has comido algo?-
- No tengo hambre.-
André hizo un sonido de reproche, y tomándola de la manga se la llevó sin resistencia a una esquina de los estrechos jardines del Palais Royal, que una vez habían sido enormes, pero que Louis Philippe había hecho enrejar y convertido en huertas para los pobres. En el silencio del París pacificado, la música del baile parecía viajar lejos: y mientras Oscar se comía sin protestar un sándwich, André levantó la vista a los ventanales iluminados, y habló con voz casi soñadora.
- Es como si nada hubiera cambiado…-
- Todo ha cambiado.- dijo ella con voz sombría.
El siguiente baile tuvo como color el blanco, y el concepto de fraternidad. Una gran cantidad de doncellas, aunque menos que para el primer baile, fueron presentadas y saludaron al deprimido rey: y París siguió tranquilo, tranquilo día y noche, algunos pequeños negocios que habían sufrido vándalos y ladrones limpiándose, reabriéndose, reabasteciéndose. Había un silencio expectante, pero no desagradable: y aunque Oscar dormitaba en el día exhausta y André preparaba sus discursos para la reapertura de los Estados Generales, interrumpiéndose cada diez minutos para mirarla dormida en un sillón, no eran los únicos que empezaban a confiar en que el armisticio duraría.
La noche del tercer y último baile, rojo y llamado Fraternidad, Oscar recibió una carta que leyó, se sentó, y luego apretó en el puño, frotándose los ojos. André esperó, mirándola de reojo que dijera algo, pero lo que ella hizo fue subir a su habitación y volver con su uniforme de gala, lista para irse al baile aunque aún era temprano.
- Te veré allá.- fue todo lo que dijo, yéndose sin más. Sophie la detuvo en la puerta, su rostro tranquilo.
- Es carta de mi hermano?-
- Te habría dicho si lo fuera, Sophie. Estoy tan preocupada como tú por él.-
- Estoy más preocupada por ti. Mi hermano no anda por ahí arrastrando un melón dentro.-
- Volveré temprano. A meterme en cama y dormir. Y mañana no saldré.- dijo Oscar, y Sophie leyó una tristeza en sus ojos. La dejó ir, con un suspiro, y la vio tomar el camino del Palais Royal, en donde la esperaba el rey, que la había mandado llamar.
El palacio parecía el interior de una rosa roja, maravillosamente decorado. En verdad, muchas cosas de Versalles que habían sido salvadas de la muchedumbre se bastaban para decorar varias veces al Palacio más pequeño.
Vestido de oro, el rey que habían llamado Louis el Gordo estaba quieto en un escabel mientras un sastre le tomaba varios centímetros a sus calzones recamados. Había perdido tanto peso que su ropa de gala se le caía. Cuando Oscar entró, el rey despidió a sus asistentes, y quedándose a solas con ella, la miró arrodillarse, un poco trabajosamente aunque su vientre no estaba tan abultado.
- Te he hecho venir porque he tomado una decisión.- dijo Louis, más alto en el escabel, aunque sus ojos estaban lejanos.- Ya he elegido a mi prometida. Es una muchacha noble, de buena sangre, de Marsella.-
- Felicidades, majestad.- dijo Oscar, sin entonación.
- he decidido ser justo con ella, más de lo que supe ser con…- Louis inspiró, y las siguientes palabras salieron de golpe, como una costra de una herida.- Quiero que te lleves a mis hijos a Meudon contigo y luego a Arrasse. No hay nadie más a quien pueda confiárselos. Therése no quiere dejarme y Louis Charles…- agregó, la voz quebrándosele al hablar de su amada hija, que lo amaba tan intensamente a él también.- Cuando todo se calme, quiero que te los lleves a Austria con su madre.-
- Cuando todo se calme?-
Louis bajó la vista.- Cuando hayas tenido a tu hijo y estés recuperada, quiero decir.- El rey se frotó los ojos.- Me duele pedirte esto, Oscar. Pero mis hijos corren peligro aquí. No hay forma de saber lo que podrían hacerles para despejarle el camino a la nueva Reina, y aunque sean hijos de Francia, para el mundo son…-
Bastardos. Esa era la frase. Si no antes – porque así como nadie podía dudar que Louis-Charles era hijo de Fersen, la pequeña Therese era puro Borbón- ahora, con el matrimonio anulado, no eran sino hijos naturales del rey de Francia. Y había una lista de hijos naturales asesinados para liberar el paso a príncipes reales en la historia de Francia.
- Lo haré, majestad.- dijo Oscar sin chistar. Significaba abandonar París, ponerse en peligro, quizá arriesgar la vida, pero Oscar era fiel a su rey, y su anticuada devoción hizo que a Louis se le arrasaran los ojos y le tendiera la mano, que Oscar apretó contra su frente, de rodillas.
- No soy rey suficiente para merecerte, Oscar. Deberías haber nacido en la época del Rey Sol, o en los años de Carlomagno… una época en donde un rey hubiera podido honrar tu nobleza. No tengo nada que darte, nada con lo que premiarte excepto el agradecimiento en mi corazón. Si hay algo que pueda darte sólo dilo.- dijo en voz baja, tirando de su mano para ponerla de pie y mirarla a los ojos.- hay algo que quieras?-
- Sólo el honor de servirle, majestad. Y si es posible, verlo sonreír esta noche.-
- Oscar…- dijo Louis.- Fersen te ha abandonado? Quieres que pida que nulifiquen tu matrimonio también?-
- No.-
- Si te ha dejado, serías libre. Caramba, si no fuera porque todos te asocian con Antonieta, habrías podido bailar conmigo esta noche, vestida de rojo.-
- Con seis meses de embarazo?- retrucó Oscar con humor.
- Aún mas bella que la mayoría.- dijo Louis galantemente.- Pídeme que te divorcie de Fersen y lo haré.-
- No.-
- Porqué no?-
- Porque lo he prometido.- dijo Oscar con calma.- Que tenga una bella noche, majestad.-
El Baile Rojo fue el mejor de los tres, la noche más fabulosa que tuviera Francia en mucho tiempo. La gente se apelotonaba en las puertas y ventanas para ver pasar a las candidatas: y si el rey parecía pequeño, envejecido y poco atractivo, sus gestos y su interés en las muchachas despertaron halagos y parabienes. Era, después de todo, un rey amado por su pueblo, a pesar de todo.
La noche era tranquila, y no fue hasta las diez, dos horas antes de que se acabara el baile, que Germaine Necker entró al baile, con un simple vestido de dama de corte rojo y una escarapela sobre el seno. La hija de Necker no era realmente bella, y estaba bien entrada en la treintena, pero tenía brillantes ojos oscuros, cabellera color chocolate y la postura de una princesa, y siendo su padre el economista que los franceses confiaban que salvaría Francia, su paso fue marcado con ovaciones. Louis levantó la cabeza para saludarla, porque la conocía bien y eran amigos, Germaine generosa, llena de buen sentido, vivaz y enérgica: y en sus ojos hubo un parpadeo y una sonrisa inesperada cuando de pronto la idea surgió en su cerebro. La sonrisa de Germaine lo dijo todo: la forma en que el robusto rey la llevó a la pista de baile, despertando gritos de entusiasmo y el resonar de cien violines, electrizó a la concurrencia. Y la sencilla y generosa Germaine bailó todo el resto de la noche con el rey, al que una vez sentado a su lado hablando sin parar sobre medidas de ayuda y reforma para los parisinos, pareció haber recuperado el apetito durante la cena.
Oscar, en la puerta, se fue silenciosamente una vez el baile hubo acabado. Su silencio preocupó a André y a Alain, que la escoltaban: pero ninguno de los dos podían adivinar porqué la entristecía la elección de Germaine, que parecía haber vuelto loca de alegría a Francia.
Y sin embargo no era tan difícil.
Él la amaba locamente, y sin embargo empezaba a olvidarla. Así olvidan los hombres? Tan fácil?
Fersen, me has olvidado así?
Los tres entraron a la casa en París con las primeras luces del alba. Oscar bufó, porque las luces estaban encendidas: Sophie en pie probablemente, esperándola. Ella y André entraron a la casa, dejando a Alain con los caballos, y allí casi dieron un traspié.
Sentado en el suelo frente al fuego, con Sophie llevándose una ropa para lavar y dejándole una jarra de agua, estaba Fersen, sucio y desaliñado, comiéndose un jamón a mordiscos como si estuviera muerto de hambre, unas migas en la alfombra, los ojos hundidos. Oscar musitó su nombre: André, desconcertado, se dejó caer en una silla, y Fersen levantó la cabeza de su jamón, el cabello sucio en la cara.
- Antonieta viene detrás de mí con un ejército. Están a dos días de París. Oscar, tenemos que salir de aquí.-
