CAPÍTULO 29 –PAPARAZZI
-NARRA APRIL-
Una vez que las cosas quedaron claras, todos decidimos que era hora de irse; nos dolía la cabeza demasiado como para seguir allí.
-¿Nos veremos esta noche? –me preguntó Nick mientras me acompañaba a la puerta. El taxi estaba fuera esperándonos a Liz y a mí para llevarnos a casa.
-Creo que mejor lo dejamos para mañana, ¿no? –le dije, con la cabeza a punto de estallarme –sólo me apetece llegar a casa, ducharme y dormir eternamente.
-Está bien, creo que yo haré lo mismo –contestó, dándome un beso en la frente. Sonriéndole, me lancé a sus brazos. Tenía miedo de que pensara que era una pesada que no podía estar alejada de él, pero es que no podía remediarlo.
-Sé bueno en mi ausencia –le susurré al oído. Él me apretó más contra sí.
-Lo seré. Recuerda que mañana tenemos que empezar el rodaje. Ya no hay más excusas –me dijo.
El taxi empezó a pitar histérico, seguramente estresado por culpa de los fotógrafos que estaban agrupados en la verja. Nick resopló.
-Será mejor que nos vayamos ya –dije, refiriéndome a Liz y a mí. La busqué con la mirada pero no estaba –¿dónde se ha metido?
-¡April! vete sin mí… yo… creo que me quedo un rato más –gritó mi amiga desde algún punto escaleras arriba. Puse los ojos en blanco.
-No es justo, Joe puede seguir jugando con su Galleta un rato más y tú te vas tan pronto… -refunfuñó Nick. Me reí ligeramente.
-Tendrás que distraerte tú sólo por hoy –contesté, dándole un beso de despedida. Puso su cara de resignación mientras me veía salir por el camino hacia fuera. Ahora tendría que aguantar las fotos.
Por suerte, Nick me había conseguido algo de ropa con la que poder escabullirme porque si me hubieran visto con el mismo vestido de la noche anterior, seguro que habrían adivinado lo peor. Y no queríamos un escándalo… al menos no de momento.
Cuando la verja de la casa Jonas se cerró, los flashes empezaron a dispararse y los paparazzi gritaron mi nombre. ¿Cómo se lo habían aprendido tan rápido? Me sentí abrumada por tanta atención, así que me limité a bajar la cabeza y a entrar en el taxi lo más rápido que pude. Tan veloz que hasta que no cerré la puerta no me di cuenta de que no estaba sola.
-Hola, nueva chica Disney –saludó Maya, sentada a mi lado. Me quedé un momento de piedra pero luego intenté actuar con normalidad.
-¡Hola! –dije sonriendo –¿qué haces aquí? Creía que vivías justo ahí detrás…
-Sí, pero me apetecía salir un poco y así hablar contigo… bonita camiseta –me dijo. Llevaba la de los Road Dogs, el equipo de baseball de los Jonas, con el nombre y el número 2 de Nick en la espalda. Escondí un poco la bolsa en la que llevaba el vestido de la noche anterior, intentando que Maya no se diera cuenta.
-Eh, ¡gracias! –respondí –. Me la compré hace un tiempo.
Ella me miró con los ojos entrecerrados, como traspasándome con la mirada. Me sentía intimidada porque, al fin y al cabo, era la mejor amiga de mi novio y su opinión sobre mí tenía mucha importancia. El taxista conducía sin mostrar ningún tipo de interés en nosotras. Justo en ese momento recordé que yo no le había dado mi dirección.
-Ya le he dicho yo adónde íbamos –dijo Maya, dándose cuenta de mi desconcierto.
-¿Sabes dónde vivo? –le pregunté. Ella hizo un ademán con la mano.
-Claro. Lo sé todo sobre ti –respondió. Vale, eso me puso los pelos de punta… pero supuse que Nick se lo habría contado todo. Intenté sonreír y relajarme.
-Ah, vale –murmuré. Ella seguía mirándome con detenimiento.
-Eres muy diferente a Faith –soltó de repente. La miré algo confundida. No sabía si tomarme eso como un cumplido o como un desprecio.
-¿Gracias? –respondí –quiero decir, no sé si eso es bueno o malo.
-Faith me caía bien –se limitó a decir. Yo me revolví en mi asiento, mordiéndome la lengua para no hablar más de lo necesario. ¿Le caía bien una tipa que había hecho todo lo posible para herir a Nicholas?
-Estupendo –contesté, esbozando una tímida sonrisa. Por otra parte, Faith no había sido tan mala después de todo.
-Así que Nick y tú estáis juntos, ¿no? –preguntó, contraatacando. Una sonrisa de oreja a oreja invadió mi cara.
-Sí –respondí, feliz –no sabes la suerte que he tenido en encontrarlo.
-No hace falta que lo digas –murmuró ella, girando la mirada.
-¿Perdona? –espeté. Eso no había sonado demasiado bien.
-Seamos sinceras, April. Tu vida ha cambiado muchísimo desde que le conociste… y mucho más que va a cambiar ahora –explicó Maya. La miré confundida.
-Sí, pero bueno… supongo que es lo que implica salir con una persona como él –dije.
-¿Siempre has sido fan de los Jonas, verdad? –me preguntó. Asentí enérgicamente –entonces debes de saber que ellos dan mucha importancia a mis consejos y a mis opiniones sobre… la gente.
-Eh… supongo. Siempre has sido la mejor amiga de Nicholas, ¿verdad? –le pregunté. Ella asintió.
-Así es –respondió.
-Dicen que las chicas siempre acaban enamorándose de sus mejores amigos chicos –murmuré, como quien no quería la cosa. Lo que no iba a hacer era quedarme callada mientras que ella me atacaba.
-¿Insinúas que me gusta Nick? –dijo ella, escandalizada. Me encogí de hombros.
-Te estás tomando demasiadas molestias conmigo –respondí –algo debe de significar.
-Yo sólo me preocupo por él –espetó Maya –. No quiero que nadie le haga daño… otra vez.
-Por eso no tienes que preocuparte –le dije –; conmigo está a salvo.
Llegamos a mi casa, así que saqué el dinero para pagar al taxista y salí de allí lo antes posible. Sin embargo, al parecer Maya no había acabado porque antes de que me fuera, bajó la ventanilla de su parte y me hizo detenerme.
-Nos veremos pronto –me dijo. Luego, el taxi arrancó y dio media vuelta, supuse que a casa de Maya otra vez.
La cabeza me daba vueltas cuando entré en casa, así que ni siquiera me di cuenta de que volvía a estar sola. Mi madre, mi abuela y mi hermano se habían ido de nuevo a la casa de la playa. Ya parecía que viviera sola… aunque quizá era mejor porque así nadie me interrogaba al llegar tarde.
Entré en la ducha dando tumbos, intentando comprender la conversación que Maya y yo habíamos tenido durante el camino de regreso. Estaba claro que yo a ella no le gustaba… ahora sólo me quedaba rezar para que Nick no le diera tanta importancia a su opinión como ella creía.
***
-NARRA LIZ-
-Joe… Joe… que el taxi está aquí abajo… y A-April me espera –balbuceé mientras que él seguía dándome besos por el cuello.
-No te vayas –me dijo, subiendo para encontrarse con mis labios.
-Tengo-tengo que irme –murmuré.
-¿Ah sí? Dame una razón lógica para eso –insistió él, colocándome con facilidad sobre sus piernas. Parecía una muñequita movida a su antojo. En serio, sólo le faltaba hacerme hablar.
-Me gustaría darme una ducha –respondí, con serios problemas para concentrarme en mis palabras.
-Uhm, vaya… la última vez que lo comprobé, aquí en nuestra casa habían unas cuantas duchas –me dijo, sonriendo mortalmente.
-No puedo ducharme en el mismo edificio en el que tú estés, Joseph –contesté intentando bajarme de sus rodillas. ¿Quién era él, Santa Claus?
-Prometo portarme bien. Además, recuerda nuestra pequeña apuesta –murmuró. ¡Mierda, la estúpida apuesta de nada de sexo! Contuve un gruñido.
-Pues házmelo más fácil y déjame ir… a mi casa. Joe, déjame irme –insistí, apartándolo con todas mis fuerzas. Ni por esas, sus brazos se habían quedado enroscados a mi alrededor como lianas.
-No –negó él –estás a punto de caer, y tendrás que ser mi esclava durante una semana. Eso no me lo pierdo por nada.
Contraatacó, directo a mis labios. Por mucho que quisiera apartarme era imposible… ¿por qué tenía que ser tan irresistible? Pegándome bofetadas mentalmente, me dejé ir un poco, abandonándome a sus besos. Puñetero seductor…
-Ejem, si no os importa… -murmuró alguien de repente. Joe dejó de besarme justo en el momento en que las cosas se estaban poniendo interesantes.
-¿Qué quieres Nicholas? Estoy… estamos ocupados –dijo mi novio. El pequeño estaba en la puerta, con los brazos cruzados y mirándonos con su expresión seria.
-Me parece bien, pero podríais hacer… lo que sea que estéis haciendo en tú habitación, no en la mía, gracias –replicó. Eché un vistazo a mi alrededor. Efectivamente, estábamos en la habitación equivocada.
-Ups, perdón –se disculpó Joe rápidamente, bajándome de sus piernas y levantándose de la cama de Nick.
-¿Tengo que cambiar las sábanas? –preguntó el pequeño, mirándonos con recelo. Me puse de un color rojo brillante, medio escondiéndome detrás de Joe. Él me defendería de la ira Nicholasera. ¿Qué estaba diciendo?
-No. Has llegado justo a tiempo, hermanito –respondió el mediano, dándole unos golpecitos en el hombro. El pequeño sacudió la cabeza, mientras que nosotros dos salíamos de allí dando pasos largos.
Cuando Nick cerró con un portazo, asumimos que iba a dormir. April ya se había ido, así que ya no valía la pena que me diera prisa. Poniendo ojos pegajosos, me puse de puntillas para enroscar mis brazos alrededor del cuello de Joe. Era hora de volver al ataque.
-Huele usted un poco mal, señorito –le dije, olfateándole teatralmente. Él se puso nervioso, auto evaluando su "supuesto" mal olor.
-¿Cómo? –espetó, altanero. Luego sonrió, al parecer dándose cuenta de mis propósitos –pues tú hueles a cloro… de la piscina. ¿Nadie te ha dicho que te has de cambiar de ropa cada día?
Miré mi vestido de la noche anterior, que ya estaba medio seco. Aquello era Los Ángeles, así que no tenía que preocuparme por el frío… pero sí del olor. Lo cierto era que sí que olía un poco a cloro.
-¿Ves? Te he dicho que tenía que darme una ducha –respondí, apartándome de él rápidamente. Me daba vergüenza que me oliera… más aún.
-¿Nunca te he dicho que me encanta el olor a cloro? –me dijo poniendo su sonrisa torcida y abrazándome contra sí sin ningún pudor.
-La-la apuesta… no voy a caer yo –dije, escabulléndome de sus brazos. Él me miró fingiendo estar frustrado.
-Venga, Galleta –dijo extendiendo los brazos y poniendo morritos –dame un abrazo… sólo uno.
Mi corazón empezó a latir desenfrenado y me visualicé a mí misma dando pasos de bailarina hacia Joe, incluso acercándome bailando a lo indio, con pluma en el pelo incluida. Sin embargo, me contuve.
-No voy a caer, Joseph –respondí, negando con la cabeza.
Luego, para evitar la tentación, di media vuelta y caminé escaleras abajo en dirección al salón. Mi móvil estaba por alguna parte y tenía que encontrarlo.
-¿Qué… qué haces? –preguntó él, siguiéndome para intentar detenerme.
-Busco mi móvil –respondí, sin dejar de mirar por todas partes.
-Oh, vaya –dijo. Su tono de voz no me gustó nada, así que me giré para mirarle acusadora.
-¿Lo tienes tú? –pregunté. Joe se encogió de hombros.
-Puede…
-Joe, dámelo –le pedí, extendiendo mi mano. Tuvo la cara dura de sacarlo de su bolsillo trasero y balancearlo delante de mi cara.
-¿Lo quieres? –murmuró. Contuve un gruñido, poniéndome cada vez más histérica –ven a cogerlo.
Salió corriendo hacia el jardín trasero, obligándome a seguirle. Tenía que llamar a casa para avistar que todo estaba bien y que no tardaría en ir. Cuando llegué a la terraza no había ni rastro de él, así que empecé a impacientarme.
-¿Joe? ¿Dónde estás? –grité, mirando por todas partes –¡venga, no es justo!
De repente, alguien me empujó hacia dentro de la piscina… otra vez. Nadé hacia la superficie, echando humo por las orejas. Joseph me miraba desde fuera, riéndose.
-Siempre igual, Galletita –me dijo. Volvía a estar empapada, sólo que esta vez le tenía casi a mano…
-Joe, eres el ser más rastrero que he conocido en mi vida –exclamé furiosa. Él siguió riéndose, al parecer divertido por mi expresión.
-Venga, Galleta… hieres mis sentimientos –dijo él, haciéndose la víctima. Seguía ahí parado, mirándome chapotear para no volver a hundirme. Intenté calmarme, respirando profundamente y poniendo cara de tranquilidad.
-Está bien –murmuré, todo lo normal que pude –no pasa nada.
-¿Te quedarás un rato más conmigo? –preguntó Joe. Sonreí.
-Claro que sí, Joseph. No puedo ir a ninguna parte mojada –respondí. Él pareció animarse –pero ayúdame a salir de aquí. Vamos a hacer algo juntos.
Asintiendo totalmente contento, Joe se acercó al borde de la piscina y me tendió la mano para sacarme de la piscina. Me acerqué nadando hacia él y entrelacé mis dedos entre los suyos… tirando de él con todas mis fuerzas hacia mí, haciendo que cayera al agua de cabeza. Ahora la que se reía era yo.
-¡No me puedo creer que hayas sido capaz de hacerlo! –exclamó Joe cuando consiguió sacar la cabeza del agua. Me quedé a una distancia prudencial, para que no le fuera tan fácil devolverme la jugada.
-Te la debía de anoche –respondí, encogiéndome de hombros.
-Es cierto, que te tiré yo también –contestó él, riéndose. Luego se acercó como quien no quería la cosa hacia mí. Intenté escapar, pero me di con la espalda contra el borde.
-Ni se te ocurra… nadar un paso más –le advertí. Él sonrió seductoramente, echándose el pelo mojado hacia atrás. Contrólate, Galleta. Control, control…
-Venga, Galletita –me dijo, parándose de repente. Me estaba matando ver su camiseta mojada, las gotas que caían por su cara desde su pelo, la forma en que sus mejillas se habían enrojecido levemente…
-Mierda –gruñí. Joe empezó a reírse, sabiendo muy bien el problema que tenía.
-Te falta muy poco –canturreó él, sin moverse.
-¿Insinúas que dentro de cinco segundos voy a saltar sobre ti? –pregunté. Se tenía muy creídos sus dotes de seductor.
-Yo diría que tres segundos bastarán –replicó. No, Galleta. Contrólate, tienes que ganar esta apuesta. Pero por otra parte… ¡estaba irresistible de esa forma!
-A la mierda –murmuré. Me acerqué nadando hacia él, enrollando mis brazos alrededor de su cuello y mis piernas alrededor de su cintura.
-Nos vamos a hundir –me dijo él, pataleando con fuerza para mantenernos a flote. Sus piernas… ¡Sus piernas!
-No importa –susurré, medio ida. Me lancé a besarle con desesperación, mientras que él nos dirigía hacia el borde para que me pudiera apoyar.
Joe parecía estar pasándoselo bien también, porque sus brazos alrededor de mi espalda casi hacían daño. Sin embargo, de repente ambos nos paramos para escuchar. Un click resonó por todo el jardín.
-¿Has oído eso? –le pregunté. Él asintió, mirando hacia todos los rincones, buscando al responsable del sonidito.
-Habrán sido los aspersores –supuso Joe. Lo cual era un poco raro porque ninguno había empezado a regar. De golpe, vi como si los altos matorrales que rodeaban el jardín se movieran y un destello de luz cegadora iluminó todo el lugar.
-Paparazzi –gruñí. Tenía razón: un tipo con una cámara de zoom gigante nos apuntaba desde arriba de la valla. Al parecer, había escalado para conseguir la mejor exclusiva
-¿Pasando un buen rato en la piscina, chicos? –gritó el intruso. ¿Encima tenía la cara dura de hablarnos? ¡Pero si lo que había hecho era ilegal!
-Vámonos. Ya –me dijo Joe, apartándose rápidamente de mí y ayudándome a salir de la piscina. Luego, me siguió, dirigiéndome hacia dentro de la casa sin parar de resoplar. De repente, estaba todo serio.
-El muy… -gruñó mientras cerraba las cortinas que daban al patio trasero. Me quedé parada, temblando –¡ay, perdona Galleta! Vamos a por una toalla.
Mientras tanto, Joe cogió su móvil y tecleó rápidamente. A los pocos segundos, Nick bajó las escaleras hasta llegar al baño en el que nos estábamos secando, con cara de adormilado.
-¿Cuál es la urgencia? –preguntó, fijándose en nuestras ropas mojadas –¿hay un monzón o algo así?
-No, Nicholas. Esta vez se han pasado. Un fotógrafo casi entra en casa –explicó Joe, aún con expresión seria. El pequeño cambió la cara en seguida, buscando su BlackBerry en sus bolsillos.
-Voy a llamar a papá –contestó.
-No, espera –le detuvo Joe –estábamos… en la piscina.
El pequeño nos miró con atención.
-¿No estaríais haciendo…? –preguntó.
-¡No! –intervine yo –. No, no ha pasado nada de eso, Nick.
-Pero por la forma en que nos abrazábamos, podría parecer que sí –dijo Joe. Me puse roja, bajando la cara. Mejor sería que lo resolvieran ellos, que tenían más experiencia.
De golpe, la puerta de la entrada se cerró de un portazo, retumbando en toda la casa.
-¿De qué fotografías en la piscina me estaba hablando ese paparazzi cuando intentaba entrar? –exclamó Kevin, llegando apresuradamente. Detrás de él iba Anne, que nos miraba confundida.
-Hola, hermano –le saludó Joe, intentando sonar normal.
-¿Qué es lo que pasa? –preguntó el mayor, ignorando su saludo. No era tonto, y en cuanto nos vio a Joe y a mí mojados, se lo olió –. Decidme que no es lo que estoy pensando.
-No. Al parecer sólo se estaban abrazando –se apresuró a aclarar Nick. Anne vino a mi lado, como dándome apoyo. Se dio cuenta en mi cara de que lo estaba pasando mal.
-Vale, sólo podemos hacer una cosa –dijo Kevin. Todos le miramos intrigados –: hablar con el paparazzi para conseguir que no publique esas fotos.
-Buena suerte. En estos momentos seguramente está ya repartiéndolas por todos los canales de cotilleos del país… y quizá del mundo. Puede que Liz y yo salgamos hasta en China –espetó Joe. Le di un golpe en el brazo. ¿Cómo podía bromear con algo así? Yo por lo menos estaba aterrorizada. ¿Qué pasaría si esas fotos se hicieran públicas? La fama de los Jonas se iría al traste, y quién sabe si eso no afectaría a su carrera…
-Lo-lo siento mucho… yo no debí… -me disculpé ante los hermanos. Ellos negaron con la cabeza, como quitándole importancia.
-No es tu culpa, Liz –me dijo Kev. Nick asintió, como dándole la razón a su hermano.
-Ese maldito paparazzi no debía haber entrado; es ilegal –añadió el pequeño.
-Que alguien compruebe internet, yo voy a ver si puedo localizar al fotógrafo ese –ordenó Kevin, saliendo hacia la puerta.
-Joe… -murmuré, cuando me quedé a solas con mi novio.
-Tranquila, Galleta –respondió él, sonriendo –no pasa nada, Kevin sabrá cómo arreglarlo.
Luego, me dio un beso en la mejilla y me cogió de la mano para que le acompañara hacia el salón, donde todos se habían sentado alrededor del portátil y de la televisión, que estaba encendida pero sin voz. Parecía que estuvieran preparándose para una guerra.
-De momento no hay nada en OceanUp, ni en TMZ, ni en JustJared… ni en Zack Taylor –informó Nick, tecleando a velocidad de vértigo.
-Y si los de Disney tampoco han llamado significa que nadie lo sabe aún –murmuró Joe. Me senté al lado de Anne, que iba cambiando de canal en busca de algún anuncio del escándalo. De momento estábamos a salvo.
La puerta de la entrada volvió a cerrarse de golpe, seguido de unos pasos. Pero no de una sola persona, sino de dos. Todos nos giramos, expectantes por ver quiénes habían entrado.
-¡Tú! –exclamó Joe, levantándose nervioso del sofá. El paparazzi de la verja iba al lado de Kevin, que le lanzaba a su hermano una mirada fulminante para que se calmara.
-Buenas tardes a todos –saludó el fotógrafo, con una sonrisa de suficiencia.
-Yo me ocupo –dijo Nick, intentando hacer que Joe se sentara. ¿El señor Presidente iba a salvarnos a todos? –Ya creía que estaría usted a mil kilómetros de aquí.
El educado Nicholas, hablándole a un ser rastrero de "usted". Si por mi fuera, habría reinstaurado las torturas medievales y le habría clavado un palo afilado por el…
-Estaba seguro de que querríais llegar a algún tipo de acuerdo –replicó el paparazzi. Llevaba su cámara con zoom kilométrico colgada del cuello. No habría sido muy difícil acercarse a él, arrancársela de un tirón y salir corriendo, ¿verdad?
-Pues estaba usted en lo cierto –dijo Nick, acercándose más al hombre –¿Quiere sentarse? ¿Quizá le apetece tomar algo?
Me sentí aliviada al darme cuenta de que el salón estaba ya totalmente arreglado, porque si el paparazzi hubiera visto el estado en que había quedado de la noche anterior… bueno, ahí sí que habría tenido una exclusiva.
-No gracias –respondió el fotógrafo, quedándose de pie en el mismo sitio. Se le veía tenso, pero a la vez con una inusual chulería.
-Está bien. Entonces, ¿pasamos a hablar sobre esas fotografías? –preguntó Nick.
-Ya debéis de saber que no os deja en muy buena posición, ¿verdad? –atajó el paparazzi, mirándonos a Joe y a mí.
-Y a usted tampoco –replicó el pequeño, demostrando un control de la situación increíble. El hombre se le quedó mirando con incredulidad.
-¿Perdona?
-Sí… verá, lo que usted ha hecho ha sido entrar en una propiedad privada. Eso es delito, castigado con cárcel –explicó el señor Presidente. Contuve las ganas de bailar, porque eso había sido una bofetada en toda regla. El paparazzi se las hizo de listo.
-Bueno, nadie puede demostrar que entré en la casa –dijo –. Perfectamente podría haberlas hecho desde un árbol fuera de la propiedad.
-Da la casualidad de que sí podemos demostrarlo; tenemos cámaras de seguridad que han grabado todos sus movimientos –informó Nick. La cara del paparazzi se quedó blanca, y empezó a juguetear nervioso con sus manos. Los Jonas seguían con sus expresiones calmadas, mirando al vil fotógrafo.
-Entonces, ¿pasamos a la entrega de la tarjeta de la cámara? –intervino Kev, acercándose para tender su mano, expectante.
-Eh, no sé si debería… -murmuró el paparazzi.
-Allá usted. Aunque no creo que nadie quiera meterse en líos con unas fotografías ilegales –insistió Nick, encogiéndose de hombros. Su aparente calma era la que nos estaba salvando a todos. Joe se acercó a mí, cogiéndome la mano y apretándomela con fuerza, como tratando reconfortarme.
Sin decir nada, el paparazzi abrió el compartimiento de la tarjeta de su cámara y la sacó aún algo dubitativo. Con cuidado, la dejó sobre la palma de la mano de Kev, que pronto la apretó con fuerza entre sus dedos y la guardó en su bolsillo. ¿Eso era todo?
-Por supuesto, no existen más copias, ¿verdad? –preguntó Nicholas. El paparazzi negó con la cabeza, intimidado.
-Entonces, esto es un trato. No vais a denunciarme, ¿verdad? –insistió el hombre. Lo de las cámaras de seguridad le habían dejado fuera de combate, así que el resto había sido pan comido.
-Si usted cumple su parte del trato, no –dijo Kev.
-Ha sido un placer hacer negocios con usted –se despidió Nick. El paparazzi asintió brevemente, mientras que el mayor de los Jonas volvía a acompañarle fuera de la casa.
Cuando la puerta se cerró y nos quedamos solos, todos suspiramos aliviados. Había faltado poco…
-Bueno, Kevin… creo que esa tarjeta con fotos es mía, ¿no? –preguntó Joe, volviendo a estar animado. El mayor hurgó en su bolsillo hasta dar con ella y se la tiró al mediano, que la cogió en el aire.
-Tened más cuidado la próxima vez –dijo, yendo a sentarse con Annette al sofá. Sentí que debía darle las gracias a alguien.
-Nicholas… gracias –murmuré, con Joe a mi espalda, apoyándome. El pequeño se encogió de hombros.
-No ha sido nada. Si no fuera por mí, esta familia estaría perdida –respondió él, esbozando una sonrisa tímida –. Si no os importa, me voy a dormir. Pasadlo bien.
-Claro. Buenas noches, hermanito –se despidió Joe, cogiéndome por los hombros una vez que nos quedamos más o menos a solas –Galletita, ¿vamos a dormir?
-Sí, claro –asentí. Joe pareció contento, dirigiéndose hacia las escaleras –. Tú vas a dormir en tu cama y yo en la mía; ya es hora de que me duche y me cambie de ropa.
Él me miró algo confundido, mientras que yo sonreía y buscaba mi móvil para avisar a un taxi.
-¿Te-te vas? –preguntó, con su tono de voz de decepción.
-Venga, anímate. Mañana nos veremos –respondí, acercándome a él para darle un abrazo. Tenía que hacerme la dura.
-Mañana. Hasta mañana queda mucho tiempo –insistió Joe. Me reí ligeramente.
-Seguro que sabes arreglártelas tú sólo –contesté.
-Por lo menos déjame que te lleve yo a casa –dijo.
¿Cómo iba a decirle que no? Después de todo, yo misma me moría de ganas de poder estar un rato más con él.
No es por alardear, pero cada vez sois más!!! *lagrimita*
En serio, nunca me voy a cansar de daros las gracias por vuestros estupendosos reviews dándome ánimos.
Os aviso de que no tengo planes de acabar el fic pronto (no de momento), porque creo que me lo paso tan bien escribiéndolo como vosotras leyéndolo. GRACIAS.
Nos leemos pronto ;)
-Vicky.
