hello jejeje espero les guste este cap
recuerden de ke nada me pertenece a mi es una adaptacion
Capítulo 29
Horas después, Alice estaba sentada frente al ordenador, en su cuarto. El día había transcurrido en un suspiro, lleno de problemas por resolver. La velada, sin embargo, se había arrastrado lentamente hasta su final. Jasper no había ido a cenar.
Emmett sí había asistido a la cena, pero, a pesar de sus bromas y desenvoltura, era evidente que estaba preocupado. Edward y Carlisle también estaban ausentes. Había sido una cena de familia, con Bella y sus hijos, Emmett, Alice y Chris... y el resto de las sillas vacías. En cuanto la cena hubo acabado, Emmett se había excusado. Y la tensión que su buen ánimo no había conseguido disfrazar se había hecho palpable.
Cuando Alice mencionó que aún tenía trabajo atrasado que hacer, Chris acompañó a Bella al piso de arriba para ocuparse de los niños. De vuelta en sus habitaciones, sola, Alice intentó rellenar el resto de la velada trabajando.
Los guiones de las cuatro obras habían quedado destruidos, pero antes del mediodía le habían enviado copias nuevas. No había razón para revisarlos. Se sabía cada palabra, cada acotación. De ser necesario, podría sustituir a cualquiera de los actores el día del estreno.
Solo faltaban unos días para el estreno y, aunque esa tarde, como era lógico, el reparto se había mostrado un tanto alterado, los ensayos habían salido bastante bien. La segunda obra estaba casi tan pulida como la primera, y los ensayos de la tercera comenzarían la semana siguiente. Si no se producían nuevos incidentes.
Se habían vendido ya todas las entradas para las tres primeras noches. Pete incluso había conseguido hacerse con el atrezzo que le había pedido.
Pensó en revisar el presupuesto, pero la idea de ponerse a hacer números no le resultaba precisamente atractiva. Había mirado el reloj, se había metido en la bañera y había vuelto a mirar la hora otra vez. Eran casi las diez cuando por fin se sentó ante el ordenador, diciéndose que Jasper estaba sano y salvo, probablemente durmiendo en su cama después de un día difícil.
Ella, en cambio, se pondría a trabajar. Las obras que había escrito habían desaparecido como consecuencia de la explosión. La culpa de n o haber hecho copias era solo suya. Pero quizá fuera mejor así. Eso era lo que se decía. De todos modos, la primera era demasiado cursi y sentimental. La segunda... En fin, había invertido seis meses en ella y apenas había terminado el primer acto.
Empezaría desde cero. Una idea nueva, una nueva inspiración, y, en ciertos sentidos, también una nueva mujer. Acto uno, escena primera, se dijo mientras pinchaba un icono para crear un nuevo archivo.
El tiempo pasó deprisa. Había imprimido y arrugado incontables hojas de papel. Pero junto a su codo había un gratificante montoncillo de hojas impresas. Esta vez, lo lograría, se decía. Y, cuando acabara, produciría y tal vez hasta dirigiría personalmente la puesta en escena. Se echó a reír, estirando los dedos. ¿No era eso lo que se decía cada vez que se ponía a escribir?
Jasper la encontró así: inclinada sobre el teclado, trabajando con determinación, con el pelo recogido sobre la cabeza, sentada sobre las piernas dobladas. La luz del flexo iluminaba sus manos, que se movían incesantemente sobre las teclas. Llevaba puesta la misma bata azul de la primera noche que había ido a su encuentro. Se había enrollado las mangas hasta los codos y por delante la bata se le abría descuidadamente sobre los muslos.
Cada vez que la veía, Jasper se sorprendía de lo bella que era. A veces le sacaba partido a su aspecto, y otras lo descuidaba. Pero ella no parecía importar. Inteligencia y resolución. ¿Era eso lo que añadía sustancia a su hermosura? Había algo en ella que hacía que, al mirarla, cualquiera comprendiera que podía hacer cuanto se le antojara, y hacerlo bien.
Sus manos parecían delicadas, pero no débiles. Sus hombros parecían frágiles, pero eran fuertes. Su semblante era joven, vulnerable y lleno de sensibilidad. Pero al mismo tiempo, poseía una fortaleza y una determinación que la hacían capaz de enfrentarse a cualquier cosa que le deparara la vida.
¿Era por eso por la que la amaba? ¿Por sus capacidades? Cansado, Jasper se pasó una mano por la cara. Solo había empezado a entender los sentimientos, a analizarlos. La atracción que sentía hacia ella se había convertido en mucho más que la mera apreciación de su belleza. El deseo había calado mucho más hondo que la simple pasión física.
Una vez, le había dicho a Alice que la necesitaba. Y era cierto. Pero en ese momento no había comprendido el alcance de dicha necesidad.
Cuando había creído que podía perderla, el corazón parecía habérsele detenido. Parecía que había dejado de ver, de oír, de sentir. ¿Era eso lo que significaba amar?
Deseaba poder estar seguro. Nunca se había permitido amar a nadie, fuera de su familia y de su país. Tampoco se había permitido amar a Alice, pero al final había caído víctima de sus sentimientos. Quizá eso fuera el amor. Ser vulnerable, depender de otro, necesitar a otro. Era un riesgo enorme, un riesgo que su sentido de lo práctico le decía que no podía permitirse. Ni en ese momento, ni quizá jamás. Sin embargo, ya no podía hacer nada al respecto.
Si en ese momento le hubieran concedido un deseo habría pedido llevársela lejos a algún lugar donde pudieran vivir tranquilos, como gente corriente con una vida corriente. Tal vez esa noche, durante unas pocas horas, podrían fingir que aquello era cierto.
Jasper la vio desperezarse y apoyar la mano abierta sobre la nuca.
- Prometiste que no trabajarías demasiado.
Ella dejó la mano donde estaba, pero giró la cabeza. Jasper percibió su expresión de alivio y, a continuación, el placer que afloró a sus ojos.
- Le dijo la sartén al cazo -lo recorrió con la mirada con una avidez que hizo que la fatiga de Jasper se disolviera-. Pareces cansado, Jasper. Pensaba que estarías ya en la cama.
- He estado reunido -entró en la habitación-. Siento no haber podido asistir a la cena.
- Te eché de menos -sus manos se encontraron-. Y, aunque no pensaba decírtelo, me tenías preocupada.
- No tienes por qué preocuparte -él le apretó las manos-. Estoy en palacio desde las cinco.
- Quería preguntar por ti, pero... -sonrió un poco y sacudió la cabeza-. Supongo que no me sentía con derecho a hacerlo.
- Emmett o Bella podrían habértelo dicho.
- El caso es que ahora estás aquí. ¿Has comido algo?
- Tomamos algo en el despacho de mi padre -no habría podido decirle qué. No recordaba el sabor, solo los informes-. Me han dicho que ha venido tu hermana.
- Llegó esta mañana, a última hora -desperezándose, Alice se levantó y se acercó a un pequeño armario de estilo rococó. Sacó de él una botella de brandy y dos copas-. Espero que Bella consiga tranquilizarla. Cuando llegó estaba hecha un manojo de nervios.
- Quizá ella me ayude a convencerte de que vuelvas a América.
Alice le dio una copa y luego se sirvió una para ella.
- Ni lo sueñes.
- Podríamos posponer las representaciones. Esperar unos cuantos meses, tal vez un año...
Alice bebió n trago, enarcando una ceja.
- ¿Has hablado ya con Chris?
- No, ¿por qué?
- Por nada -sonrió, acercándose al equipo de música. Taras apretar unos botones, la música empezó a derramarse por la habitación-. No voy a marcharme, Jazz, así que es una pérdida de tiempo hablar de ello -pasó la lengua por el borde la copa-. Y yo odio perder el tiempo.
- Eres muy obstinada -con solo mirarla, con solo oír su voz, el pulso se le aceleraba-. Tal vez, si no te necesitara tanto a mi lado, podría convencerte para que te fueras.
- No. No podrías. Pero no sabes cuánto he deseado oírte decir que me necesitas a tu lado -se acercó a él, de modo que quedaron los dos de pie frente al escritorio, con la luz ardiendo a su lado.
- ¿No te lo había dicho?
- No -ella tomó su mano de nuevo-. Hay muchas cosas que no me dices con palabras.
- Lo lamento -se llevó su mano a los labios.
- No quiero que lo lamentes -bajó la copa-. Solo quiero que seas tú mismo.
- Es extraño -él se apretó su mano contra la mejilla-. Últimamente he deseado muchas veces no ser nada, más que yo mismo.
- No, por favor -por alguna razón, ella sabía que, en ese momento, Jasper necesitaba que le diera fuerzas-. Nada de remordimientos. Jamás debemos lamentar ser quiénes somos. En lugar de hacerlo, intentemos disfrutar -le pasó suavemente el pulgar por la mandíbula-. Solo disfrutar.
- Alice -Jasper no sabía qué podía decirle, qué debía decirle y qué debía callarse por el momento. Mientras ella seguía acariciándole la cara, comenzó a bajar la copa-. He estado a punto de manchar tus papeles -dijo dejando la copa a un lado de la mesa-. Trabajas demasiado.
- Le dijo otra vez la sartén al cazo.
Él se echó a reír. Cuando estaba con ella, le resultaba fácil reír.
- ¿Qué es esto? ¿Otra obra?
- No es nada -ella empezó a recoger los papeles, pero Jasper se los quitó suavemente-. Esta no la conozco. ¿Cómo se llama? ¿La hora señalada? No es una de las suplentes.
- No -azorada, Alice intentó desviar su atención-. No es nada.
- ¿Ya estás pensando en producir otra obra? -de pronto, pensó que ella se marcharía, que seguiría con su vida, con su carrera. Y procuró mostrar interés, no tristeza-. ¿Qué clase de obra es?
- Es una... una especia de drama familiar. ¿Por qué no...?
- Aquí hay muy poco -pasó las hojas con el pulgar y calculó que no habría más de veinte. De pronto, relacionó la forma en que la había visto inclinada sobre el ordenador y las bolas de papel arrugado. Sonriendo, volvió a mirarla-. La estás escribiendo tú.
Atrapada, ella se encogió de hombros y trató de restarle importancia.
- ES solo un hobby.
- Te has puesto colorada.
- Por supuesto que no. Eso es ridículo -volvió a recoger la copa de brandy y procuró parecer despreocupada-. Es solo un entretenimiento para los ratos libres -hizo girar el brandy y luego bebió, y Jasper pensó en lo mucho que lamentaba no haberla visto nunca en el escenario.
- Chérie, durante las últimas semanas me he dado cuenta de que tú no tienes ratos libres -le colocó un mechón de pelo tras la oreja-. No me habías dicho que quisieras escribir.
- Cuando se es tan mediocre como yo, no va por ahí diciéndolo a los cuatro vientos.
- ¿Mediocre? Eso tendré que juzgarlo por mí mismo -él volvió a tender la mano hacia las páginas, pero Alice se le adelantó.
- ES solo un esbozo. Todavía no la he revisado.
- Está bien. Respeto el celo de los artistas que no dejan que nadie vea su trabajo hasta que esté acabado -pero pensaba leer aquellas páginas, y pronto-. ¿Es tu primera obra?
- No -ella guardó los papeles en un cajón y lo cerró-. Había acabado una y tenía hecha parte de otra.
- Entonces, leerá la que tienes terminada.
- Ha desaparecido -ella luchó de nuevo por mantener un tono indiferente-. Estaba en la oficina.
- Has perdido tu obra -dio un paso hacia ella y tomó su cara entre las manos-. Lo siento muchísimo, Alice. Me imagino que lo que se escribe forma parte de uno. Perderlo ha de ser devastador.
Ella no esperaba que lo entendiera. La literatura, como cualquier otro arte, era una cuestión de emoción, tanto como de talento o técnica. Su alma, siempre abierta a él, se llenó de alegría.
- No era muy buena -murmuró-. En realidad, era más bien una herramienta de aprendizaje. Espero haber aprendido lo suficiente y que esta me salga mejor.
- Hace tiempo que quiero preguntarte algo.
- ¿Qué?
- Antes querías ser actriz. ¿Por qué lo dejaste?
- Porque una actriz tiene que hacer lo que le mandan. Y un productor da las órdenes.
Él sonrió.
- ¿Así de sencillo?
- Bueno, también está el hecho de que soy mejor productora que actriz.
- ¿Y la escritura?
- Es una especie de desafío personal -qué fácil le resultaba hablarle de aquello ya que había empezado. No había ya necesidad de secretos, ni de azoramiento -. Si supuestamente sé tanto de teatro, de los gustos del público, de la dirección escénica y la producción de una obra, ¿por qué no escribir una? Una que tenga éxito -añadió antes de apurar el brandy-. La primera era tan mala que pensé que la segunda solo podía ser mejor.
- Te gusta plantearte desafíos. el teatro, la esgrima, las artes marciales...
- He comprendido, quizá más tarde que la mayoría, que plantarse retos significa vivir, no simplemente existir -sacudiendo la cabeza, dejo sobre la mesa el vaso vacío-. Y tú estás estropeándolo todo.
-¿Yo?
- Sí. Aquí me tienes, filosofando, cuando lo que yo quería era seducirte.
- Te ruego me perdones -sus labios se curvaron en una sonrisa mientras se apoyaba de espaldas contra la mesa.
- Supongo que te habrán seducido antes -Alice se acercó a la puerta, la cerró con llave y luego se volvió.
- Innumerables veces.
- ¿Ah, sí? -ella enarcó una ceja, apoyándose de espaldas contra la puerta-. ¿Quién?
La sonrisa de Jasper se hizo más amplia.
- Mademoiselle, yo soy un caballero.
- No importa -dijo ella, moviendo la mano-. Mientras no sea esa inglesa rubia con la que bailabas, en vez de bailar conmigo... -él guardó silencio-. Hmm, veamos. Te he invitado a una copa. He puesto música. Y ahora creo que... -sus ojos brillaron-. Sí, creo que ya lo tengo. Si me perdonas un momento...
- Desde luego.
Ella pasó a su lado y entró en el dormitorio contiguo. Sin perder un instante, Jasper abrió el cajón y comenzó a leer la obra. Aquel diálogo entre una mujer madura y su reflejo en el espejo de su tocador lo atrapó inmediatamente.
- Alteza.
Él volvió a cerrar el cajón antes de girarse. Quería decirle que lo que había leído le parecía maravilloso. A pesar de que sus sentimientos hacia ella empañaran su juicio, sabía que había algo especial en aquellas palabras. Pero, al verla, no pudo decir nada en absoluto.
Llevaba un camisón de encaje corto, del color del agua de un lago, y una bata larga y abierta, a juego. Se había soltado y cepillado el pelo, de modo que le caía suavemente sobre los hombros. A su espalda titilaba una luz temblorosa. Tenía una mirada densa. Jasper se preguntó cómo era posible que viera su propio deseo reflejado en aquellos ojos. Entonces, como hiciera la primera vez, ella extendió la mano.
Al acercarse, Jasper se sintió levemente aturdido por el perfume de las velas y los aceites. Sin decir nada, ella lo condujo al dormitorio.
- Llevo todo el día deseando estar contigo -arrimándose a él, comenzó a desabrocharle la camia lentamente-. Tocarte -pasó una mano por su pecho antes de quitarle la camisa de los hombros-. Y que me toques.
- Cuando estamos separados, no hago más que pensar en ti, cuando debiera pensar en otras cosas -él le quito la bata y la dejó caer al suelo-. Cuando estoy contigo, no pienso más que en ti.
Alice se estremeció. Era tan raro oírlo decir aquello...
- Entonces, piensa en mí.
Media docena de velas iluminaban la estancia. La cama estaba deshecha, esperando. A través de la puerta se filtraba la música de Debussy, y nada más. En silencio, ella lo llevó hacia la cama y comenzó a amarlo como cualquier hombre soñaba con ser amado.
Su primer beso fue tierno, tranquilizador, generoso, mientras con las manos lo acariciaba hábilmente. Besó con delicadez su cara, su cuello, deteniéndose el tiempo justo para excitarlo, pero no el suficiente como para satisfacer sus ansias. El encaje, la seda, la piel de Alice se movía sobre su cuerpo, acariciándolo, hasta que la llama ardió dentro de él.
Alice lo desnudó, susurrando y apartándole las manos dispuestas a ayudarla en la tarea. Jugueteó con la lengua en el envés de su rodilla, arrancándole un gemido. Con los ojos medio cerrados, ella observaba con avidez el cuerpo al que tanto complacía. Jasper parecía de oro a la luz de las velas. De oro, brillante. Y ella se dispuso a arrasar por completo su dominio de sí mismo.
Él creyó que el corazón iba a estallarle en el pecho. Ninguna mujer había despertado un deseo tan ardiente en él. Cada vez que tendía las manos hacia ella, Alice lo eludía y luego debilitaba su voluntad lamiéndole los dientes o haciéndole una caricia leve como la de una pluma. Sintiendo que el aliento se le escapaba de los pulmones, quiso rogarle que se detuviera. Y que siguiera adelante.
Alice era la primera mujer que lo hacía sentirse indefenso. Aquella sensación le producía un leve hormigueo en el estómago, que erizaba sus músculos y que ascendía como un humo a través de su cerebro. Cada una de sus caricias le provocaba una miríada de estremecimientos. Dejó escapar un profundo gruñido y oyó que ella respondía con una suave risa.
Qué delicia descubrir que hacer estremecerse a un hombre era tan excitante. Qué satisfactorio descubrir en sí un poder que solo traía deleites. Su cabeza zumbaba de placer hasta que dejó de oír todo lo demás.
Allí, Jasper le pertenecía. Aunque solo fuera allí. Allí no había país, no había deber, ni tradiciones.
Sintiéndose al borde de la locura, él se incorporó. La enlazó por la cintura, la atrajo hacia sí, bajo él. Se cernió sobre ella, respirando entrecortadamente, y la miró con fijeza. Ella alzó la barbilla. En sus ojos brillaba el desafío.
- Eres mi locura -murmuró él, y la besó apasionadamente.
Se dejaron absorber por aquel torbellino de deseo, no queriendo liberarse, sino girar cada vez más aprisa. Rodaron sobre la cama, boca contra boca, cuerpo contra cuerpo. Él el desnudo, pero no con la delicadeza a la que la tenía acostumbrada. Le temblaban los dedos cuando le arrancó la finísima barrera que los separaba. La zarandeó, apretó su carne, clavándole los dedos, dejando a sus pasos leves estremecimientos de dolor.
Ella gimió, pero no porque sufriera, sino porque sabía que Jasper había perdido al fin el control. Eso era lo que ella quería. Había soñado con lo que hallaría tras aquella puerta firmemente cerrada. Y, ahora, lo sentía sobre ella, como una bestia que se liberaba de sus cadenas. Violento, desesperado, poseído por una especie de primitiva liberación. Jasper la arrastró más allá de la razón, a una región del deseo, de oscuridad tan densa que de pronto se sintió cegada.
Estremeciéndose, alcanzó el clímax y, estando aún sin aliento, Jasper la arrastró de nuevo al gozo.
- Jasper -Alice creyó gritar su nombre, pero en realidad lo pronunció en un leve jadeo-. Te deseo -deslizó las manos sobre su cuerpo, buscando su sexo-. Te quiero dentro de mí.
Él comprendió lo que era la locura, la verdadera locura, en el momento en que sintió que se cerraba sobre él. Ella arqueó las caderas, marcando la cadencia. Él deseaba mirar su cara, saber cuándo llegaba a lo más alto que era posible llegar. Pero sus ojos estaban nublados.
Aquella poderosa oleada los arrastró a ambos. Y, al hacerlo, Jasper dejó escapar un grito en francés, la lengua de su corazón.
ke tal? jeje
espero reviews
bye
