QUERIDÍSIMAS/MOS LECTORAS/RES! he vuelto! Espero que no me odien demasiado porque les traigo un capítulo enorme. He estado a tope con todas las cosas en mi vida que van por encima del fic, así que me disculpo por la tardanza, aunque igual creo que cumplo bastante bien en comparación con otras autoras que desaparecen meses y meses y meses e incluso años. Está bien, lo sé, lo sé, yo también me tardo meses (dos), y lo siento jaja. Pero créanme que es lo que puedo dar, no puedo dar más y tampoco lo ofrezco: les ofrezco esta historia y prometo ponerle todo mi empeño, a cambio, les pido que me esperen y me den tiempito para hacerla bien. En fin, LES AGRADEZCO UN MUNDO SU PACIENCIA Y SU INCONDICIONALIDAD. Extraño responderles una a una sus mensajes como lo hacía antes, pero es imposible (con todo lo que me demoro en publicar imagínense!) De cualquier forma, sepan que les tengo muchísimo afecto y que estoy muy, pero muy agradecida por sus lecturas y apreciaciones de la historia.

Ahora, tengo algo que decirles a parte de que las/los quiero: tal vez cuando lean este capítulo se frustrarán mucho y odiarán a un personaje o a varios personajes porque no reaccionan de las formas que ustedes querrían que reaccionaran. Sólo quiero adelantar que TODO lo escribo por una razón. Créanme que no es sólo para dar tensión y provocar dolores de cabeza a mis lectores, jaja, tengo la trama y todo lo que va a pasar perfectamente hilado en mi cabeza: las cosas que pasan en este capítulo, las reacciones de los personajes, la concatenación de los hechos, es totalmente premeditada porque es lo que causará lo que capítulos más adelante va a pasar. Les repito, ni hemos llegado a la mitad del fic. Este fic va a ser enormemente largo, jajaja. Lo tengo todo pensado. Sólo quiero que sepan esto antes de leer el capítulo y que sepan que todo tendrá un propósito mayor en esta historia.

Bueno, al terminar el capítulo pásense por el blog del fic www . rojoynegrofanfic . blogspot . com , encontrarán un video fantástico de Albus y Megara hecho por SAKURA y deliciosos fan arts de MEL. Créanme, están estupendos!

Sin más las/los dejo leer tranquilas/los

LOVE AND ROCKETS

Capítulo XXVIII

La confesión de Scorpius

1.-

Yo, rojo.

"Dos semanas…"

Rose respiró profundo mientras caminaba lenta y pesadamente por un pasillo de Hogwarts, directo hacia su sala común. Tenía la mirada casi en el suelo, perdida en algún punto intermedio entre el horizonte y la tierra. Se llevó una mano a la frente y suspiró.

"Sólo dos semanas…"

Mcgonagal había sido bastante clara luego de entregarles a ella y a Scorpius los formularios del Ministerio para que se registraran como animagos: dentro de dos semanas se llevaría a cabo la cuarta prueba. "Debo convertirme en animago en dos semanas", pensó otra vez sin apartar la mano de su frente. Podía sentir sus labios secos y su cabeza confusa, como si estuviera llena de un espeso humo caliente. "¿Cómo se supone que voy a convertirme en un animago en sólo dos semanas?", pensó con desesperación. Se detuvo en seco. Su corazón empezó a latir, convulso. De repente, algo parecido al pánico la inundó de pies a cabeza. Cerró los ojos y se tambaleó. Su mano logró apoyarse en el muro más cercano y, con delicadeza, se apoyó en él. "Dos semanas", se repitió. Seguro que el tiempo real de preparación para aquella prueba originalmente era mucho mayor, pero los miembros de la Orden habían sido claros respecto a los cambios que el asesinato de Gothias traería consigo: les habían dicho a ella y a Scorpius que la competencia debía agilizarse, que necesitaban que llegara a su fin lo más pronto posible porque la Orden de Merlín no podría continuar sólo con tres miembros, que aquello sólo debilitaría la imagen de la organización delante de un mundo mágico ya bastante agitado por los sucesos e incidentes con muggles de los últimos meses. "Pero esto es imposible", se dijo a sí misma, "convertirme en un animago en dos semanas es imposible".

Volvió a suspirar, esta vez con mayor pesadez.

Su mirada se dirigió hacia su mano izquierda en donde tenía el formulario. Lo había olvidado por completo. De repente sintió como si en su mano estuviera sosteniendo el peso del mundo entero.

Su garganta se secó.

Suspiró otra vez y dejó salir un leve quejido de incomodidad, de molestia con la vida.

Abrió los ojos.

Scorpius había salido inmediatamente de la oficina de Mcgonagal. Tan pronto ella acabó de dar la información necesaria él se puso de pie, de despidió amable pero parcamente de la directora, y caminó hacia las escaleras de caracol para perderse en ellas.

Ni una sola vez estableció contacto visual con ella.

Rose sentía un agujero en el pecho similar a un pozo negro. Había soportado muchas cosas de Scorpius Malfoy, pero era la primera vez que él la ignoraba. Era como si ella hubiese desaparecido para el slytherin. Podía sentirlo y, más que nada, lo sabía: ella no estaba en sus pensamientos. En lo que menos pensaba Scorpius era en ella. Rose lo sabía y tenía que aceptarlo. El problema era que resultaba mucho más difícil de lo que ella creía soportar que el slytherin actuara como si nada hubiera sucedido entre ellos jamás. Como si no hubiese significado nada para él.

"No significó nada para él, tonta" pensó, "te lo dijo en tu cara, ¿qué más necesitas para entenderlo? Olvida ya este asunto y concéntrate en lo que es verdaderamente importante: la competencia."

Rose elevó el formulario ante sus ojos. Las casillas a llenar eran sencillas, las preguntas consistían en datos personales básicos y luego una última pregunta: "¿En qué animal puede ud. transformarse?" Rose volvió a cerrar los ojos. ¿Cómo diablos iba a saber en qué animal podía ella transformarse? Aquel formulario era un documento hecho para llenarse una vez que la persona lograra ser un animago, pero, ¿cómo es que alguien conseguía serlo?

Rose retomó su camino y dobló una esquina. Pronto estuvo frente a la puerta de su sala común.

Cuando entró se sintió aliviada de ver el lugar casi vacío. Dos chicos de cuarto jugaban ajedrez junto a la chimenea y algunas chicas los observaban en silencio; las mesas estaban ocupadas por varios chicos y chicas de todas las edades, pero leían, de modo que era casi como si no estuvieran. La quietud reconfortó a Rose y se dejó caer sobre uno de los muebles.

Le dolía un poco la cabeza y la razón era evidente: el estrés emocional.

Albus bajó las escaleras del área de dormitorios masculina y esbozó una tibia sonrisa al ver a Rose. Ella intentó devolvérsela, pero se encontró haciendo una mueca extraña que más bien parecía una tensión muscular en su mejilla derecha. El moreno caminó hacia ella y se sentó a su lado.

—Hey, — le dijo. —Te estuve buscando.

Rose lo miró con condescendencia.

—Estaba en la oficina de Mcgonagal. Me dio esto.— dijo ella, entregándole el formulario.

Albus observó el pergamino con detenimiento. Sus cejas no se tensaron ni un solo segundo.

—De modo que vas a convertirte en una animaga.— dijo el gryffindoriano.

Rose dejó que su cabeza cayera sobre el respaldar del mueble.

—Se supone que debo.— le dijo. —En dos semanas. Es para la siguiente prueba de la competencia.

Albus clavó sus ojos verdes en ella.

—¿Dos semanas?— le preguntó.

Rose asintió. Los dos guardaron silencio. La pelirroja sintió la mirada compasiva y a la vez escrutadora de su primo por varios segundos. Lo sabía, lo conocía demasiado como para no saberlo: estaba preocupado por ella, porque la había visto llorar la noche pasada de forma incontenible y ella no le había dado ninguna explicación. Tampoco podía dársela ahora, eso era un hecho. No quería seguir poniendo en palabras sus problemas. Aquello sólo le hacía pensar más en ellos y sentirse peor. Finalmente decidió cortar el silencio:

—Al, estoy bien. — le dijo. —Ayer estuve mal. La competencia a veces me debilita. Estaba en mi periodo. Ya estoy mucho mejor. No tienes que preocuparte.

—No, no tengo. No es un deber.— dijo el moreno. —Preocuparme por ti es algo que hago naturalmente. Porque te quiero.

Rose miró a Albus con suavidad y él le dedicó una sonrisa tranquila, serena, de esas que sólo Albus podía regalar a otros.

La pelirroja se llevó un rizo rojo atrás de la oreja.

—Es sólo que…— comenzó Rose. — Cada día esta competencia se pone más difícil y yo… en realidad no sé si voy a poder con ella. —se humedeció los labios. —No sé si soy lo suficientemente inteligente, talentosa, valerosa, como para ganar. No sé si soy la clase de persona que debería ser parte de la Orden de Merlín.

—Rosie…

—A veces me siento tan pequeña.— dijo Rose, mirándolo a los ojos. —Minúscula. Como si no valiera nada.— se llevó una mano a la frente y sonrió con tristeza. —Esta competencia ha destrozado mi autoestima.

—Vas ganando.— le dijo Albus. —No deberías tenerte tan poca consideración.

Rose meneó la cabeza.

—No se trata de eso. — dijo. —Perder o ganar una prueba…Al principio se trataba de eso pero ahora todo es mucho más grande. Si gano, seré miembro de la Orden. ¿Me lo merezco? ¿En realidad puedo proteger y ayudar a otros? ¡Ni siquiera me siento capaz de convertirme en una animaga en dos semanas! Seguro que esto es una pequeñez en comparación con lo que los miembros de la Orden han tenido que hacer en menos tiempo a lo largo de sus vidas, pero yo estoy aquí, con este formulario, y no puedo dejar de sentirme asustada. ¿Sabes por qué? Porque soy una niña.— los ojos de Rose permanecían anclados en los de Albus. —Scorpius tiene razón: siempre la ha tenido. No soy más que una niña mimada que siempre lo ha tenido todo y que ante la menor situación diferente o fuera de su alcance entra en pánico. Ni siquiera sé por qué quiero ganar esta competencia. Creí que lo sabía, pero ahora no lo sé. ¿No se supone que debería tener una buena razón, algo que fuera más allá de mi ego? ¿Te parece que alguien como yo, alguien que siempre lo ha tenido todo fácil, tiene derecho a ganar esta competencia?

Albus miró hacia al frente y guardó silencio. En la tabla de ajedrez las piezas descansaban quietas y junto a la chimenea los dos chicos de cuarto pensaban en su siguiente movida. El silencio era incólume.

Albus botó aire.

—Nadie tiene esta competencia comprada, Rose.— le dijo con suavidad. —Nadie, por lo tanto, tiene el derecho de ganarla. Tienes razón: a lo largo de tu vida siempre has tenido personas que te protegen y que buscan lo mejor para ti, siempre has sido respetada, condecorada, preferida por los profesores; siempre te ha resultado fácil el colegio porque estudiar siempre fue tu fuerte. Tienes razón: esta competencia no es lo mismo. Aquí tus virtudes, tu zona de confort no existe. Es normal que te sientas minúscula, es normal que estés asustada: nada de eso significa que no merezcas ganar. Ni tú ni Scorpius comenzaron la competencia con el derecho de ganarla, se irán ganando ese derecho poco a poco conforme vayan avanzando.

Rose esbozó una sonrisa triste.

—A veces siento que es una burla del destino que sea hija de Ron Weasley y Hermione Granger.— dijo. —Fueron tan valientes durante la guerra y con tan poca experiencia, con tan pocos conocimientos; soportaron la tensión en momentos de verdadera crisis y sobrevivieron. En cambio yo, ya lo ves, dejo que mis nervios y temores se apoderen de mí en algo tan menor a una guerra como lo es una competencia. Soy risible.

—No lo eres.— dijo Albus. —Sé de lo que hablas. Soy hijo de Harry Potter, recuérdalo.

Rose sonrió, esta vez, de forma genuina. A la sonrisa le siguió un silencio breve.

—¿Sabes? En realidad mi única verdadera y auténtica virtud es la perseverancia.— dijo Rose. —Todo el tiempo estoy asustada, muerta de miedo con respecto a casi todo; y siempre dudo de mis capacidades, al menos siempre desde que empecé esta competencia.— se humedeció los labios. —Pero de alguna manera, no sé cómo, nunca abandono lo que hago…Nunca me rindo. Con los estudios era fácil: insistía hasta comprenderlo todo de pies a cabeza, incluso en las materias en las que no era muy buena, y entonces todos creían que era un genio, pero nunca lo he sido. Sólo trabajaba mucho para lograr entenderlo todo. Trabajar mucho es algo que cualquiera puede hacer, pero la gente no lo hace. No me había dado cuenta hasta que empecé esta competencia de que mis talentos en realidad son inexistentes y que se reducen a eso: a mi perseverancia con las cosas. En la segunda y tercera prueba soporté el fuego a pesar del dolor y del miedo, y tras mucho esfuerzo logré superar las situaciones, pero no fue porque fuera especialmente talentosa, sino porque no me rendí.

—Eso es bueno, ¿no lo crees?— dijo Albus. —La competencia te está ayudando a conocerte, a conocer tus limitaciones y tus cualidades. Perseverar, Rose, no es una virtud cualquiera. Es la clase de virtud que puede llevarte a donde quieras.

—Sí, hasta cierto punto.— dijo Rose. —Con perseverancia se puede lograr mucho pero no todo. Por ejemplo: no puedo sólo con perseverancia convertirme en animaga en dos semanas.

Albus asintió.

—Sí, la perseverancia tiene su propio tiempo y no necesariamente se va a ajustar a esas dos semanas.

—No tengo la menor idea de por dónde empezar.— dijo Rose con un tono agotado. —Iré a la biblioteca a buscar información sobre cómo convertirme en animaga pero dudo que la encuentre. Hay una razón por la cual no se publican libros que muestren los pasos para convertirse en un animago: el Ministerio debe controlar que no cualquiera intente transformarse en uno, por lo tanto, la información es prácticamente un secreto de estado.

El moreno adoptó una expresión pensativa.

—Creo que puedo ayudarte.

Rose frunció levemente el entrecejo.

—No lo entiendo cómo podrías.

Albus se puso de pie.

—Papá me ha contado historias sobre mi abuelo y sus amigos, sobre cómo se convirtieron en animagos para proteger al papá de Teddy aquí, en el colegio. Quizás él sepa algo sobre el proceso de transformarse en uno.

Los ojos de Rose brillaron tenuemente.

—¿Crees que tío Harry sepa cómo?— le preguntó, esperanzada.

—No es seguro que lo sepa, pero creo que si no lo sabe, al menos podrá darnos datos de dónde podremos encontrar esa información.— sonrió ampliamente. —Iré a escribirle.

Rose lo vio alejarse hacia la salida de la sala común.

—¡Gracias!— le soltó antes de que desapareciera por el umbral.

Respiró hondo. No había tiempo para más inseguridades y temores; no había, tampoco, más tiempo para pensar en Scorpius. La competencia seguía en pie y ella no podía hacer otra cosa más que continuar, que dejarse llevar por esa corriente poderosa, aunque no supiera bien a dónde la estaba llevando.

2.-

Yo, negro

Scorpius llegó a su habitación y dejó el formulario entre dos libros pesados antes de dejarse caer sentado sobre la cama. Miró por el cristal de la ventana: el sol de la tarde era resplandeciente, pero a penas calentaba la nieve helada que caía impetuosa del cielo. "Animago", pensó, "en dos semanas". Casi le parecía una burla.

El silencio y el frío de la habitación le pareció asfixiante. Bruscamente se puso de pie y caminó hacia la salida.

Sin darse cuenta de hacia dónde se dirigía acabó por salir de la sala común de Slytherin. Caminó unos minutos sin rumbo fijo hasta que no encontró más razones para seguir. No se sentía cómodo en ningún lugar del castillo. No importaba cuánto caminara, la sensación de angustia y aspereza lo perseguiría a donde fuera.

Se apoyó contra una pared. El muro estaba helado.

Soltó una risa vana, corta, vacía. No tenía ganas de seguir compitiendo. En realidad, no le podía importar menos la competencia. Entonces, ¿por qué no le había dicho a Mcgonagal en su oficina que deseaba retirarse? No había sido capaz de hacerlo y no sabía por qué. Tal vez, en el fondo, continuaba creyendo absurdamente que con la competencia podría limpiar el nombre de su familia.

"Ni ganando todas las competencias del mundo podré limpiar un apellido tan sucio como el Malfoy", pensó con sarcasmo, y volvió a sonreír de forma vacía.

Era Rose quien estaba destinada a ganar la competencia, esa era la realidad y él no estaba dispuesto a luchar contra ella. No quería más ser un miembro de la Orden. Cuando se graduara, se alejaría de todos y viajaría por el mundo, solo, sin dinero, con una mochila y una cantimplora. Era eso lo que en verdad deseaba. Estaba harto de pertenecer a un sistema que le decía qué hacer, qué pensar y cómo comportarse. No veía ya la hora de dejar el colegio.

Bufó. De cualquier manera, por lo pronto, no tenía otra opción que continuar en la competencia. Podía retirarse, nadie se lo impedía, pero había una espina en su interior, algo que le impidió abrir la boca en la oficina de Mcgonagal. Tal vez, rezagos del antiguo Scorpius y sus ambiciones estúpidas.

¿Cómo conseguir información sobre los animagos? Aquello era casi imposible. ¿Cómo esforzarse en algo que ya ni siquiera quería obtener?

"La sección prohibida", pensó, y sus pupilas se dilataron.

Claro: era allí en donde debía buscar. Si en Hogwarts había información sobre cómo convertirse en un animago debía estar allí, en la sección prohibida. Entrar no le costaría nada. Jamás lo había hecho: había tenido más que suficiente para leer en la biblioteca. Tal vez ya era hora de averiguar qué había en el área restringida, pero debía ser cuidadoso y escoger el momento oportuno.

Una voz cálida lo sacó de sus meditaciones.

—Scorpius Malfoy.— dijo Cassandra Welkins, cruzándose de brazos. —Eres la última persona que pensé encontrarme vagando en un pasillo una tarde de domingo.

Scorpius la miró inexpresivo. Su cabello castaño y rizado estaba suelto y sus ojos pardos parecían vivaces y estimulantes. Su aspecto era tal y como lo recordaba hacía un año, cuando tuvo una aventura fugaz con ella y luego lo dejaron. También como aquella vez hacía algunos meses, cuando se encontraron en la biblioteca y luego él la acompañó a su sala común. Aquella vez que vio a Rose salir de la sala común de Hufflepuff. Sí, hacía ya algún tiempo que no la veía. Era bastante curioso cómo viviendo en el mismo castillo a veces uno no veía a una persona durante meses. Reflexionó poco sobre ello y luego hundió las manos en los bolsillos de su jean.

—No hay muchos lugares interesantes a dónde ir.— le respondió él con parquedad.

Cassandra sonrió. En las comisuras de sus labios se dibujaron dos hoyuelos.

—Tienes razón. Hogwarts es enorme, pero todos sus lugares tienen un gemelo o dos y hasta tres. Eso hace que deje de ser tan interesante, ¿no lo crees? Un castillo en donde cada sitio sea único…ese sería un verdadero lugar en donde pasar un sábado.

Scorpius la miró con extrañeza y guardó silencio. Cassandra siempre había sido así: pensaba las cosas de una forma bastante peculiar, y eso solía agradarle. Sin embargo, ahora eran pocas las cosas que le agradaban y le costaba entrar en el humor de la hufflepuff.

—De cualquier forma, déjame decirte que cualquier lugar es mejor que un pasillo.— dijo Cassandra.

—¿Por qué?— preguntó Scorpius.

—Porque es un lugar de tránsito.— dijo ella. —Es un lugar que la gente cruza no para llegar a él, sino para ir a alguna otra parte. Por eso son sitios sin el mayor chiste arquitectónico y en invierno son muy fríos; porque nadie se queda demasiado tiempo en ellos. Es así.

Scorpius le dio una mirada al pasillo.

—Parece que ahora es el lugar perfecto para mí.— dijo el rubio.

La castaña sonrió.

—¿No te importa si te hago compañía?— dijo Cassandra encogiéndose de hombros. — Acabo de pelearme con mi mejor amiga, con mis padres y con casi todos los de mi casa. Tampoco tengo a dónde ir.

Scorpius frunció el entrecejo.

—¿Por qué te has peleado con todos?— le preguntó. Su curiosidad era real.

Cassandra se apoyó en el muro contrario y se estremeció brevemente por el frío.

—Por defender a Lucy Weasley.— dijo ella. —Todos la martirizan y no la dejan en paz. Constantemente tengo que encontrarme con grupos de gente intentando armar ataques en su contra. Hasta entran en su habitación y destruyen sus cosas. No estoy dispuesta a ser parte de eso, mucho menos a dejar que suceda en mi presencia.

Scorpius perdió la mirada en un punto de la pared.

—Así son los Weasleys, siempre están metidos en problemas.— dijo él, casi murmurándolo. —Lucy Weasley es una tonta. Se pone en esa situación porque quiere.

Cassandra lo miró a los ojos con seriedad.

—No es una tonta, Scorpius.— dijo la castaña. —No la conozco, jamás hemos hablado y tampoco quiero hablarle porque sé que no tendremos cosas en común, pero creo que lo que hace es valiente y genuino. Hace lo que cree que es correcto a pesar de las consecuencias. Y la respeto por eso.

Scorpius miró a Cassandra a los ojos, por primera vez percatándose del todo de su presencia. Sus miradas se sostuvieron por varios segundos.

—Así que ahora todos te dan la espalda.— dijo el slytherin.

Cassandra entornó los ojos.

—Como si me importara.— dijo ella. —Que hagan lo que quieran, los muy tarados. ¿Sabes? Nadie me obliga a estar con ellos y a hacer lo que ellos quieren. Tengo mis propias ideas y mi propia personalidad. Hago sólo lo que yo quiero. No los necesito.

Scorpius sonrió de forma espontánea y aquello le sorprendió profundamente. Era la primera vez desde que supo el secreto de su padre que sonreía porque en verdad lo sentía.

Cassandra se acarició la nuca.

—Claro que si quieres estar solo, no pasa nada. El castillo está lleno de pasillos.— dijo ella.

Había algo fresco en Cassandra, algo limpio que lo contagiaba de esa misma limpieza. Tal vez tenía que ver con que ella no conocía sus problemas y no estaba tratando de ayudarlo como lo hacía Alexander y Megara, como si fuera un animal indefenso y herido. Tal vez era porque ella lo trataba como un igual. No lo sabía. Lo que era cierto e indudable era aquella sensación de comodidad, de tranquilidad y sosiego, que empezaba a regresar a él con la sola presencia de la hufflepuff. Y no quería perder esa sensación otra vez.

—No.— dijo Scorpius. —Quédate.

3.-

Lucy acarició con delicadeza el pequeño paquete azul que llevaba en su mano y siguió caminando hacia la biblioteca. Había buscado a Alexander en varios lugares de forma infructuosa, así que pensaba poder encontrarlo en la biblioteca, aunque le parecía extraño que el slytherin hubiese adoptado esa costumbre.

Suspiró. No entendía aún por qué Alexander se había enojado tanto con ella a la salida del juicio de Ben. Lo había pensado bastante y sospechaba que tenía que ver con todo lo que él había tenido que soportar sólo para ayudarla. Alexander seguramente había tenido cosas qué hacer la mañana del sábado, y sin embargo, ella lo había hecho acompañarla. Probablemente estaba harto de sujetarle la espalda, y ella podía entenderlo. No era justo: una amistad era recíproca. Y ella, ¿qué había hecho por él en todo ese tiempo? Lucy no quería que Alexander pensara que la amistad entre los dos era unilateral, quería que supiera cuánto valoraba lo que él había hecho por ella todo ese tiempo. Acarició nuevamente el paquete: adentro descansaba un brownie de chocolate con chispitas de caramelo que le había hecho con sus propias manos. Pensó que sería un buen detalle para demostrarle lo que su amistad significaba para ella. Lucy lo había horneado ella misma, con mucha dificultad y tras varios intentos fallidos. Algunos elfos domésticos le prestaron la cocina y la ayudaron, pero casi todo lo tuvo que hacer sola. Nunca había hecho algo así para nadie, ni siquiera para Ben.

Entró a la biblioteca.

Lucy caminó silenciosamente por el pasillo, atisbando en cada pasillo y en cada mesa que dejaba atrás rastros de la presencia de Alexander. Se detuvo en seco en la sección de arte al verlo buscando un libro en la estantería de pintura cubista. El slytherin pasó su dedo por varios libros y sacó uno bastante grande. Lo abrió con curiosidad y gran concentración. Lucy se acarició la trenza naranja y se humedeció los labios antes de aproximársele.

—Uhmm….hola.— dijo Lucy con voz suave.

Alexander despegó sus ojos verdes del libro para posarlos en la hufflepuff. Pareció algo sorprendido de verla, pero la sorpresa duró unos pocos segundos, luego su rostro se normalizó y adquirió un matiz serio y distante que la intimidó.

—Hola, Lucy.— le dijo, y cerró el libro para ponerlo nuevamente en su lugar. —Ya me iba. La sección de arte es toda tuya.

Alexander se encaminó hacia el pasillo pero Lucy lo tomó del brazo, deteniéndolo. El contacto le quitó el aire a ambos y por unos momentos se quedaron quietos y en silencio. Lucy se sonrojó.

—Escucha…— le dijo. —Yo…en verdad siento haberte molestado con mis problemas. Tú no tenías por qué acompañarme al juicio. A veces no me doy cuenta de lo egoísta que puedo llegar a ser.

Alexander frunció el entrecejo.

—¿Egoísta?— repitió con incredulidad.

Lucy asintió, avergonzada.

—Lo siento.— le dijo con suavidad. —Te enojaste por mi culpa. Y en verdad lo siento.

Alexander se pasó una mano por el cabello castaño y clavó sus ojos en ella.

—¿Crees que me enojé contigo porque tenías una actitud egoísta? ¿Crees que estoy cansado de que me pidas favores o de ayudarte?

Lucy bajó la mirada y extendió el paquete azul hacia el slytherin.

—Lo hice yo.— le dijo tímidamente. —Lo hice para ti.

Alexander tomó el paquete, confundido, y lo abrió. Un brownie de chocolate hermosamente decorado apareció en el fondo de la pequeña caja. Algo cálido y denso se empezó a expander por su pecho, algo intenso, bastante similar a un ardor. Apretó las mandíbulas y botó aire.

—Lucy.— dijo mientras dejaba la cajita con delicadeza sobre la mesa. —No estaba molesto contigo porque me pediste acompañarte al juicio de Ben, mucho menos porque te he ayudado estos últimos días. Eso lo hice por mi cuenta. Porque quise.

Lucy lo miró a los ojos.

—No entiendo, entonces, ¿por qué estabas tan enojado?

Alexander cerró los ojos brevemente. Luego los abrió.

—Porque no entiendo que la vida sea como es.— le dijo en un tono enérgico. —No comprendo que la vida sea tan inequitativa, tan injusta. No soporto a Ben Wilson, para ser honesto. No soporto que un tipo como él, un tipo cualquiera, tenga a alguien que se preocupa por él y que lo quiere por encima de todo, alguien como tú: alguien que es inteligente, honesta, talentosa, valiente. Ese imbécil no te merece. No merece todo lo que haces por él. No merece lo que soportas por él….

Alexander se enmudeció. De repente se sintió acalorado y agitado, como si hubiera jugado un partido entero de Quidditch. Sí, era cierto: desde que había regresado del juicio no había dejado de sentirse mal, como si se hubiera tragado una seta venenosa y el veneno lo estuviera matando lentamente. Trató de pensar en cuál era la razón todo aquel tiempo sin encontrar respuesta alguna, y entonces, Lucy aparecía, dulce, con aquel regalo en sus manos, y él explotaba y entendía de repente lo que en verdad sentía: celos y envidia. Todo hacia Ben Wilson. Lo detestaba porque lo envidiaba. Envidiaba lo que Lucy hacía por él, lo que ella sentía por él.

Cerró los ojos, aturdido. "¿Es que acaso estoy enloqueciendo?" pensó. Su corazón latía de forma salvaje, como nunca antes. No, no podía realmente estar enamorándose de Lucy Weasley. Él había salido con muchas chicas, más guapas, más inteligentes, y jamás se había sentido así por ninguna de ellas. No tenía sentido. ¿Cómo podía Lucy despertar todo ese calor intenso en su interior? No, no podía estar enamorándose de ella.

No podía estar enamorándose de una chica que ya estaba enamorada de alguien más.

Cuando abrió los ojos se encontró con la mirada tersa, acuosa, afectiva de Lucy sobre él, en él. Sus labios estaban entreabiertos, como si no lograra salir aún de su propio ensimismamiento. Lucy permanecía quieta, silenciosa. Nunca antes alguien le había dicho que veía en ella las cualidades que el slytherin había mencionado. Esas cualidades eran siempre de otros: de sus primas, de sus primos, de sus compañeros…nunca de ella. Ella era sólo una chica simple, plana. Una hufflepuff.

Era la primera vez que alguien le decía que era mucho más que una chica servicial.

Finalmente, la pelinaranja habló con una voz tenue:

—¿En verdad piensas eso de mí?— le preguntó, conmovida. —¿Piensas…que soy valiente e inteligente?

Alexander se estremeció. "Sí, en verdad lo pienso", se dijo en su interior, pero las palabras no lograban salir. "Eres eso y más". El castaño pasó su mirada por las estanterías. ¿Qué hacía en la sección de arte? ¿Desde cuándo estaba tan interesado en la pintura, en los grabados, en los dibujos? Ese era el mundo de Lucy, no el de él. ¿Qué diablos hacía allí? ¿Desde cuándo la pelinaranja había empezado a meterse en su sangre? ¿En qué momento había dejado de ser una extraña para convertirse en alguien que le causaba aquellos sentimientos?

—¡Alex!— gritó Megara al final del pasillo. Varios alumnos en la biblioteca la callaron con un "shst!", pero ella hizo caso omiso y caminó hacia el slytherin. — Te he estado buscando por todo el colegio. Tienes que acompañarme. Es urgente.— Megara posó sus ojos oscuros en Lucy con inexpresividad y algo de agresividad. —Hola.

Lucy retrocedió un paso y se acarició las manos con timidez.

—Hola.— respondió en un tono suave y gentil.

Alexander miró a Lucy, aliviado por la presencia de Megara. Lo que menos quería ahora era estar cerca de la hufflepuff; no quería verla en su constante lucha por proteger a Ben Wilson, no quería verla sacrificarse por otro chico. No lo soportaba más. No podía permitir que sus sentimientos por ella avanzaran. Si eso sucedía, estaría perdido.

—Nos vemos luego.— le dijo con distancia. —No te preocupes. Fue cosa del momento. Ya no estoy enojado contigo. Es tu vida y puedes hacer lo que quieras.

Y con esto tomó a Megara por la muñeca y los dos se encaminaron hacia la salida de la biblioteca.

Lucy los vio alejarse en silencio. Se sintió triste, como si el frío del invierno empezara a colársele en el cuerpo. Con los ojos aún acuosos miró la mesa frente a ella.

La cajita azul sobresalía en la punta.

Mientras tanto, Alexander y Megara caminaron por un pasillo de Hogwarts y se detuvieron frente a un gran ventanal. La morena corroboró que no hubiese nadie cerca antes de pronunciar palabra alguna:

—No encuentro a Scorpius por ninguna parte.— le dijo al castaño. —Sé que él ya no es un niño y que no debería preocuparme tanto por él, pero me preocupo. No creo que en este caso sea mejor dejarlo solo. Ya ha tenido mucho tiempo para estar solo y es hora de hacerlo entrar en razón. Ni siquiera nos ha pedido nuestros apuntes para ponerse al día con las materias, cosa que no es nada común en él.— la morena soltó aire y se llevó una mano al cerquillo. —Siento que se está olvidando de todo lo que es realmente importante para él. Y no creo que debamos permitirlo. — suspiró. —Creo que incluso le ha dicho cosas hirientes a Rose.

Alexander frunció el ceño.

—¿Cómo lo sabes?— le preguntó.

—Cuando hablé con ella creí intuirlo.— dijo la morena. —¿Comprendes que esto no puede seguir así? Siento que esta vez no es como otras veces. Siento que Scorpius en verdad está mal y que nos necesita. Si no lo ayudamos, me temo que haga estupideces de las que luego se arrepienta.

Alexander colocó ambas manos en los hombro de Megara y la miró a los ojos.

—Tranquila.— le dijo. —Vamos a buscarlo, juntos. Lo encontraremos y después veremos qué hacer. Todo va a estar bien.

Megara asintió lentamente reconfortada por las palabras de su mejor amigo. Los dos volvieron a caminar.

—Por cierto, la caja azul que estaba sobre la mesa de la biblioteca…— dijo la morena. — ¿Era tuya o de esa chica Weasley?

Alexander mantuvo su rostro inexpresivo.

—No era de ninguno de los dos.

4.-

Rose entró a la biblioteca con los brazos ocupados por libros. Escogió una mesa al final, alejada de todos. La tarde de domingo era fría, se podía adivinar por los cristales de las ventanas; sin embargo, dentro del castillo el frío invernal no calaba del todo. Rose dejó los libros sobre la mesa y respiró hondo mientras se sentaba.

Ponerse al día en las materias del colegio la haría olvidarse de sus problemas, al menos por unas cuantas horas.

Una voz masculina la forzó a mirar hacia delante y encontrarse con unos ojos negros, sin pupila.

—Veo que te gustan las bibliotecas.—dijo Aarón, sentándose frente a ella. —Debí suponerlo.

Rose esbozó una sonrisa tímida y tibia. De repente, sus ojos azules se entristecieron.

—Nunca tuve tiempo para decirte cuánto siento lo que le pasó a tu padre.— dijo la pelirroja. —En verdad, lo siento.

Aarón borró la sonrisa de su rostro por unos segundos y desvió la mirada. Le costó algo recuperarse, pero regresó y con él, su sonrisa blanca, amplia, contagiosa, que lo hacía parecer un adolescente y no un joven de 21 años.

—Está bien.— dijo él. —Papá tuvo una gran vida. Ojalá yo pueda hacer algo similar con la mía. Esa sería la única forma de honrarlo.

Rose asintió y lo observó detenidamente. El uniforme de su rango en la Orden era negro a excepción de la camisa, que era blanca. Sobre su chaqueta tenía bordada la insignia de la Orden de Merlín. Si bien se había peinado el cabello y recogido en una coleta durante su presentación en Hogwarts, ahora lo llevaba tal y como en la isla de Avalon, suelto, algo largo, castaño, brillante. Aún sentado, como estaba, Rose podía percibir que su altura era al menos una cabeza más arriba que la de ella. Sus rasgos seguían siendo los que guardaba en su memoria: lisos, finos, casi femeninos. Era tal y como lo recordaba, aunque quizás con más ropa.

—Al parecer te gustan también las bibliotecas.— dijo Rose, retomando la conversación y cambiando de tema.

Aarón asintió. Rose notó que un grupo de chicas de distintas casas lo observaban desde una estantería, suspirando.

—Son quietas, silenciosas…— dijo Aarón. —No tienen nada que ver con el mundo exterior. En las bibliotecas la paz es impuesta. Me gusta que sea así.

Rose dio un vistazo alrededor y sintió más que nunca el silencio y la quietud de la que el castaño le hablaba.

—Nunca lo había pensado.— dijo ella. —Que en las bibliotecas la paz es impuesta. ¿No crees que eso hace que la paz sea algo…violenta?

Aarón abrió uno de los libros de Rose sin demasiada curiosidad.

—Todo es violencia.— dijo él. —Para que haya paz, para que seamos civilizados, hay gente atándonos con reglas, limitándonos. Es la paradoja de la paz: sólo se la puede obtener con violencia.— miró a Rose a los ojos. —Qué mundo, ¿no?

Rose sonrió tenuemente, pero de forma genuina. Aarón la observó con extrema atención.

—¿Te pasa algo?— le preguntó mientras empezaba a jugar con una pluma sobre la mesa. —¿Se te ha muerto algún padre últimamente?

Rose lo miró algo sorprendida. Aarón sonrió.

—Disculpa. Mi humor negro siempre me mete en problemas.— le dijo.

Rose sonrió.

—No, está bien.— dijo la pelirroja. —Creo que es una forma sana y valiente de encontrarle humor a la vida…porque en realidad, la vida no es nada graciosa.

Aarón la miró a los ojos.

—Vaya, eres bastante madura para tener sólo 17 años.— dijo el castaño. —Aunque ya lo imaginaba, por lo que llegué a conocerte en Avalon, me parecía que eras extraña.

—¿Extraña?— preguntó Rose.

—Y lo he corroborado desde que estoy en Hogwarts.— dijo él. —Eres una Weasley y estás compitiendo para obtener la distinción más grande del mundo mágico, todo eso debería hacerte popular, y sin embargo, casi siempre te veo sola. No creo que se deba a que otros te rechacen, todo lo contrario; sospecho que eres tú quien rechaza compañía.

Rose negó con la cabeza.

—¿Me has visto rechazándola?— le preguntó.

—No.— dijo Aarón. —Intuyo que no estás rodeada de gente porque tus compañeros ya están acostumbrados a que no te guste andar con ellos. Apuesto todo lo que tengo que cuando entraste al colegio bastantes personas se te acercaron, y tú preferiste la biblioteca y el silencio. ¿Me equivoco?

Rose frunció el ceño.

—Vaya. ¿Eres un psicoanalista o algo parecido?

Aarón rió.

—No, sólo soy observador. Es mi trabajo serlo. Por eso soy el mejor en lo que hago.— dijo el castaño. —En fin, eres extraña por eso. La gente no suele escoger estar sola, lo están porque alguna cosa en ellos provoca rechazo por parte de otros. En ti, todo es atrayente, pero parece que te gusta camuflarlo. Ni siquiera te esfuerzas, como lo suelen hacer las chicas, en tu aspecto personal. Y aún así te ves bien.

Rose se sonrojó. Aarón se apoyó más contra la mesa, acercándose.

—¿Me vas a contar lo que te pasa?— le preguntó. Rose bajó la mirada y guardó silencio. —Tiene que ver con Scorpius Malfoy, ¿o me equivoco?

Rose lo miró bruscamente a los ojos, sorprendida. ¿Es que acaso era tan fácil leerla?

Aarón sonrió.

—Sí, es por él.— dijo, seguro de su afirmación. —Está bien si no me lo quieres contar. Una vez en Avalon me dijiste que él era complicado y que su relación, cualquiera que esta sea, lo es también. No pienso entrometerme en tus asuntos, sólo quiero que sepas que eres la única persona con la que puedo hablar en este castillo, y que me agradas, precisamente porque eres extraña. Si necesitas algo, no dudes en pedírmelo.

Aarón se puso de pie y se dispuso a irse.

Fue entonces, cuando la idea vino a Rose:

—Espera.— le dijo, y él se volteó. —De casualidad, ¿sabes de dónde se pueden obtener los pasos para convertirse en animago?

5.-

Alexander y Megara llevaban media hora recorriendo el castillo cuando, a punto de rendirse, encontraron a Scorpius sentado en un pasillo. Frente a él estaba sentada Cassandra Welkins y los dos charlaban de forma amena, espontánea, aún ignorantes de la presencia de los dos slytherins al final del corredor. Megara entornó los ojos y soltó aire, aliviada.

—Bueno, lo encontramos.— dijo la morena a Alexander. —Ahora viene la parte más difícil.

Alexander asintió y respiró hondo.

—Aquí vamos.

Los dos amigos caminaron por el pasillo en dirección a Scorpius y Cassandra. El rubio y la hufflepuff voltearon al escuchar sus pasos reverberantes y se silenciaron. La sonrisa en el rostro de Scorpius se esfumó al instante.

—Te hemos estado buscando por todas partes, ¿sabías?— soltó Megara, molesta. Luego miró con algo de frialdad a Cassandra. —¿Te importa? Queremos hablar con él de cosas privadas.

Cassandra se puso de pie. Scorpius la imitó al instante.

—No puedes venir y despedir a la persona con la que estoy hablando, Megara.— le dijo en un tono seco. —No creo que haya dejado ningún asunto pendiente por hablar con ustedes.

—Te equivocas. Y mejor será que le digas que se vaya.— dijo Megara. — Al menos que no te importe que hablemos delante de ella.

Scorpius apretó los dientes y miró con verdadero enojo a su amiga. Alexander decidió intervenir:

—Scorpius, hombre… en verdad necesitamos hablar contigo.— le dijo.

El rubio miró con seriedad a Cassandra.

—Discúlpanos.— le dijo. —Ya hablaremos después.

Cassandra sonrió.

—Por supuesto.— le dijo con amabilidad y luego miró a Megara y a Alexander. —No los molesto más. Adiós.

Megara miró a la hufflepuff alejarse por el pasillo. Los tres slytherins guardaron completo silencio hasta que la figura de la castaña hubo desaparecido del todo.

Entonces, Scorpius habló:

—¿Qué quieren?— les soltó de forma agresiva. —¿Consolarme? ¿Preguntarme cómo me siento? ¿Tratarme como un enfermo? Pues ya me ven. Estoy más sano que nunca.

—No, estás más loco que nunca.— dijo Megara, enfrentándolo. — ¿Qué es lo que crees que estás haciendo? Entiendo que estás pasando por una situación bastante terrible, pero no puedes hacer a un lado a las personas que te quieren y que se preocupan por ti. ¿Acaso te has olvidado de quiénes son tus amigos?

Scorpius soltó una risa seca y entornó los ojos.

—No hagas un drama de esto.— le dijo. —Quiero estar solo.

—Solo no es precisamente como estabas.— le rebatió ella.

—¿Celosa?— dijo el rubio.

—No seas idiota, ¿quieres?— dijo Megara, enojándose aún más. —No es un chiste.

Scorpius pareció exasperarse.

—¡Por supuesto que no es un chiste! ¿Crees que no lo sé?— le soltó, furioso. — Estoy cansado de que me vean con lástima. No necesito su maldita lástima. Creen que deben ayudarme pero no necesito de su ayuda. Estoy mejor que nunca. Por fin veo las cosas claras.

Alexander lo miró a los ojos.

—No ves nada claro, Scorpius.— le dijo. — Ni siquiera estás poniéndote al día con las materias cuando sabes que los exámenes se acercan. Estás haciendo todo lo que te importa a un lado: los estudios, la competencia, tus amigos, Rose…

Scorpius miró a su amigo de forma casi amenazante. Sus ojos grises se oscurecieron por completo.

—Muchas de esas cosas que mencionaste ya no me importan más.— le dijo con sequedad. —Todas, de hecho, a excepción de ustedes: pero si siguen interfiriendo en mi vida, probablemente cambie de parecer.

Megara dio un paso hacia delante.

—No tengo la menor idea de lo que le dijiste o hiciste a Rose, pero cuando hablé con ella la vi muy triste; más triste de lo que la he visto nunca. Y tú estabas aquí, hablando con la hufflepuff esa, riéndote, en lugar de buscar a Rose y disculparte. Este no eres tú.

Scorpius la miró con ira contenida.

—No tengo nada qué decirle a Rose Weasley.— le dijo, furioso. —Si tan amiga te has hecho de ella, pues ve y consuélala tú misma. Ella y yo ya no tenemos nada. Terminamos lo que sea que estábamos teniendo.

Alexander frunció el ceño.

—¿Qué hiciste qué?— soltó el castaño. — ¿Por qué hiciste algo así?

Scorpius esbozó una media sonrisa hueca y vacía de contenido.

—¿No te gustaba ella antes? Pues siéntete contento: ahora puedes tenerla si te place.

—¡Rose no es un objeto!— gritó Megara y lo tomó por la barbilla, forzándolo a mirarla a los ojos. La mirada del slytherin era un pantano negro y espeso — ¿Qué demonios está pasando contigo!

Scorpius se soltó de ella.

—Déjenme en paz.

Y con esto, caminó lejos de sus amigos. Más lejos que nunca.

6.-

Megara entró a la biblioteca por segunda vez en menos de cuatro horas. Su mirada se encontró con la de Madame Prince, severa y anciana. Le sonrió de forma fingida y siguió su camino. Conocía bien todas las miradas molestas que atraía en aquel claustro de estudio por el ruido que hacían sus zapatos al caminar. Lo aceptaba: no sabía ser silenciosa. Odiaba las bibliotecas, esos habitáculos muertos en donde la gente se las arreglaba para que ni siquiera su propia respiración produjera el más mínimo disturbio. El ambiente le provocaba una altísima tensión en el cuerpo. Era un lugar insoportable.

Contuvo la respiración de forma involuntaria, como si se hubiera sumergido en una piscina y tuviera que conservar todo el oxígeno posible hasta alcanzar la superficie. Hacía algunas horas había entrado en esa biblioteca en busca de Alexander; ahora venía por Rose.

El cabello rojo de la gryffindoriana, aunque recogido en una rosca, funcionó como una luciérnaga encendida en medio de la noche. Megara volvió a respirar en cuanto vio a Rose estudiando y escribiendo en pergaminos sobre una mesa lejana y solitaria. Si tenía que escoger dos adjetivos para describir a Rose Weasley, sin duda alguna serían aquellos: lejana y solitaria.

Se aproximó a paso seguro y pesado.

Rose estaba tan abstraída en sus tareas que no sintió la presencia de Megara hasta que la morena apoyó sus manos sobre sus pergaminos y libros abiertos.

—Rose, tenemos que hablar.— le dijo la slytherin.

La pelirroja levantó su mirada azul y en cuanto chocó con los ojos de Megara la tristeza la envolvió de nuevo: todos sus problemas con Scorpius regresaron a su memoria y la sensación de vacío, cansancio y pesar la invadió por dentro. Miró a su alrededor. Algunos alumnos de distintas casas las observaban con curiosidad y extrañeza. Una slytherin y una gryffindor charlando significaba siempre lo mismo: pelea.

Rose se sintió incómoda pero trató de fingirlo lo mejor que pudo. Le señaló la silla a Megara para que tomara asiento y carraspeó ligeramente.

No quiero parecer grosera ni mucho menos…— comenzó la pelirroja. —Pero ya te he dicho todo lo que sé sobre Scorpius. No hay nada más que yo pueda saber sobre él y sus problemas. Y, la verdad, no quiero hablar más de ello.

Rose.— comenzó Megara y la pelirroja puso toda su atención en la morena. Había algo en los ojos de la slytherin que la conmovió: una preocupación densa y arraigada. — Sé que no debería pedírtelo, que no es tu problema y que debería respetar tu derecho a alejarte de Scorpius en estos momentos en los que su compañía puede ser tan tóxica.— Megara se cubrió el rostro con las manos durante breves segundos. —Pero es que ya no sé qué más hacer. Estoy preocupada por él.

Rose tragó saliva y miró hacia abajo. Megara continuó:

—No es como otras veces. Yo nunca lo he visto así y tengo miedo: tengo miedo de que arruine todo lo que es importante para él.— dijo la morena. —No está poniéndose al día con las tareas y tampoco parece preocuparse por la competencia; no come, anda por ahí como un zombie y ni siquiera quiere hablar con Alexander o conmigo. Él no es así.— suspiró. —Yo no puedo permitir que él mismo se destruya, no con todo lo que le ha costado obtener lo que ha obtenido. ¿Tienes idea de cuántas noches pasó en vela estudiando y preparándose cuando alguna materia se le complicaba? ¿Cuánto trabajó para ser junto a ti el mejor alumno de Hogwarts?

Rose guardó silencio. Su mirada seguía perdida en el suelo. Megara sonrió con tristeza.

—Claro que no lo sabes.— dijo la morena. —No sabías nada de él entonces. Pero yo sí: yo lo conozco desde siempre.

Rose intervino:

—No entiendo por qué me cuentas todo esto.— dijo ella. —No entiendo en qué puedo serte útil.

Megara la miró con incredulidad.

—¿Es que no lo entiendes?— le preguntó. —Te estoy pidiendo que no lo abandones.

Rose clavó sus ojos azules en la morena. Estaban acuosos e impactados.

Megara continuó:

—No sé qué tan cruel ha sido Scorpius contigo, pero sé cuán frío e hiriente puede llegar a ser.— dijo la morena. —Y sé que terminó todo tipo de relación contigo…pero no es eso lo que él en realidad quiere.

Las manos de Rose empezaron a temblar. Las bajó de la mesa y las dejó descansar sobre sus piernas.

—Creo que te equivocas.— dijo la pelirroja, intentando mantener la compostura. —Scorpius…lo que él quiere ahora, lo que él siempre ha querido es para mí un misterio. Pero sé que no es a mí.

Megara empezó a exasperarse.

—Rose, tú podrás conocerlo desde hace unos meses y quizás de una forma en la que yo jamás lo he conocido, pero sigo siendo su mejor amiga desde hace más de 10 años y creo que sé muy bien de lo que estoy hablando cuando te digo que no le eres indiferente y que significas mucho para él.

Rose la miró con total descrédito.

—¿Es que acaso te lo ha dicho?— le preguntó.

Megara rió cortamente y con sarcasmo.

—¿Es que acaso Scorpius dice lo que siente?— meneó la cabeza. —Yo sé leerlo. Sé que eres importante para él: si no lo fueras, no se esforzaría tanto en alejarte de él.

Rose cerró sus libros y empezó a recoger sus pergaminos.

—Nada de esto tiene sentido.

Megara se puso de pie.

—Lo que te pido es en realidad una súplica.— dijo la morena. —Por favor, intenta acercarte a él. Por favor, intenta hablarle: intenta hacer que entre en razón. Por favor.

Rose se detuvo. Sus ojos habían ya soltado algunas pocas lágrimas pero su rostro permanecía firme.

—Megara, no tienes idea de lo hiriente que puede llegar a ser Scorpius porque nunca has tenido que recibir sus ataques.— le dijo. —Yo sí. Y por mi sanidad mental, no puedo continuar. No puedo hacer lo que me pides. No creo poder tolerar ser humillada una vez más.

Megara se acercó a Rose lo suficiente como para hablarle un voz muy baja.

—Soy una slytherin. Rogar no es mi fuerte. De hecho, hacer lo que estoy haciendo ahora es más difícil para mí de lo que podrías jamás imaginar. Pero lo hago porque creo que sé que eres una persona honesta, que eres confiable; y también lo hago por amor.

Rose miró a los ojos a Megara. La morena continuó:

—Amo a Scorpius como a un hermano.— dijo la slytherin. —Y sería capaz de hacer cualquier cosa con tal de ayudarlo. Vine hasta aquí para suplicarte que no lo dejes, que trates de hablar con él, porque ya lo he intentado yo y no ha funcionado. Porque he llegado hasta el límite de mis fuerzas y de lo que tengo capacidad de hacer. Ya no puedo ayudarlo más. Pero sé que tú sí puedes. Tú eres diferente. No eres su amiga, eres algo más. Eres algo más importante para Scorpius, aunque él no lo quiera ver.

Una nueva lágrima corrió por la mejilla de la pelirroja, pero la limpió de inmediato con su mano y mantuvo su rostro inexpresivo. Sus ojos, en cambio, eran lagunas en donde nadaban flores caídas.

—No sé qué es exactamente lo que sientes por Scorpius.— dijo la morena —Pero sé que lo quieres al menos lo suficiente como para que esta charla te afecte. Y si es así, si en verdad lo quieres tanto como creo, te pido que vengas conmigo y vayamos las dos a buscar a Scorpius.

Rose negó débilmente con la cabeza. Entonces Megara dijo la frase decisiva:

—Hazlo por él.

Y la pelirroja se congeló.

—Nos necesita.— dijo la morena, insistiendo. —Te necesita.

Rose bajó la mirada y cerró los ojos. Adentro de ella su corazón latía desbocado. Era casi increíble que, a pesar de la herida, la sola idea de poder ayudar a Scorpius en algo le diera nuevas fuerzas. ¿Era eso amor? Poner al otro por encima de uno mismo, ¿era eso amar a alguien?

7.-

Hacía frío: esa era la única forma de describir aquella tarde de domingo en Hogwarts. El sol aún estaba por lo alto pero amenazaba con caer en cualquier momento. Scorpius salió del castillo y el frío le congeló las manos descubiertas. A pesar del invierno, algunos alumnos de Hogwarts jugaban quidditch en el exterior o paseaban; eran alumnos hastiados del castillo, de las mismas esquinas, de los mismos corredores. Scorpius sintió que quizás era eso lo único que él tenía en común con ellos: todo lo demás sólo los distanciaba.

No podía entender por qué, pero estaba rabioso. Quería deshacerse de ese enojo, de esa ira que lo carcomía por dentro, pero no tenía idea de cómo hacerlo. Había sido grosero con sus amigos: no se lo perdonaba a sí mismo. Aún recordaba los rostros de Alexander y Megara, sus expresiones llenas de preocupación y angustia. Pero era eso precisamente lo que lo sacaba de quicio: ¿es que no podían dejar que él encontrara solo la salida de ese laberinto emocional en el que se encontraba? Ellos creían que él estaba perdido, pero no era así: la vida, para todos, era ese mismo laberinto. La única diferencia radicaba en que él se había dado cuenta de ello. La competencia, las notas, las clases …antes tenían un significado para él, pero ahora no. Todo había perdido su significado. Alexander y Megara…ahora más que nunca los sentía lejanos. Ellos no podían comprender que lo que menos necesitaba él ahora era sermones o consejos. ¿De qué servían los sermones y los consejos si estaba atrapado? La única forma de llegar al centro del laberinto era encontrando el camino por sí solo. No existían fórmulas ni reglas: necesitaba espacio para pensar qué era lo que en verdad quería hacer con su vida.

"Todo este tiempo he hecho cosas para que los demás sepan que no soy todo lo que mi apellido connota", pensó con rabia, "todo este tiempo he hecho cosas para los demás, para que los demás piensen bien de mí, para obtener su aprobación: he sido un maldito esclavo de las opiniones de otros". Scorpius aceleró el paso, ni siquiera veía hacia dónde caminaba. Ya no estaba seguro de haber hecho a lo largo de su vida cosas que realmente quería hacer. Probablemente no tenía idea de lo que quería. Ahora que sabía lo de su padre, que la venda había caído tras conocer en un caso particular la faceta más terrible de su progenitor, de repente, se había dado cuenta de que no importaba cuánto se esforzara: no podía borrar un dedo el pasado criminal de su familia. Había sido estúpido asumir que podría hacerlo. Lo que tenía que hacer era aceptarlo: aceptarlo y lidiar con ello. Pero lidiar con algo así era difícil, pesado, amargo y lo llenaba de rabia con su padre el hecho de que le hubiera puesto ese peso sobre los hombros incluso antes de nacer, un peso que se pasaría generación tras generación, eterno, cíclico, porque la sangre no se limpiaba nunca del todo y siempre quedan rastros en los espacios y en el tiempo.

Entonces, ¿qué se suponía debía hacer con su vida ahora que se daba cuenta de que no importaba cuánto se esforzara, el pasado seguiría allí? No había caso intentar cambiarlo: todo lo que lo impulsaba a ser el mejor ya no estaba. En su lugar sólo quedaba una molestia interna y un desprecio hacia su propia condición. Jamás se había avergonzado de ser un Malfoy porque jamás había aceptado el pasado, jamás había pensado ni averiguado a profundidad lo que su familia había hecho. Poco, o mejor dicho, nada sabía de su tía Bellatrix Lestrange ni de sus abuelos: Narcisa y Lucius Malfoy. Podía haber buscado información, podía haberlo hecho. Y sin embargo, siempre huyó de enterarse de los detalles.

En el fondo, nunca se avergonzó de ser un Malfoy porque nunca conoció a su familia.

Ni siquiera podía decir que conocía a su propio padre.

Necesitaba hablarle. Necesitaba que llegara de una buena vez —tenía que venir a buscarlo después de la carta— y exigirle que le explicara por qué jamás le contó la verdad completa, detallada, de su pasado. Necesitaba hablar con la verdad, de hombre a hombre con su padre, por primera vez.

Sintió un pequeño dolor en el hombro y regresó a la realidad con una voz chillona y ruidosa.

—¡Mira por dónde caminas, Malfoy!— exclamó con tono despreciativo Rob Finnigan mientras se acariciaba su propio hombro. —Maldito slytherin…

Y eso fue todo lo que Scorpius pudo soportar.

Todo fue demasiado rápido para los dos amigos que acompañaban a Rob Finnigan. De repente, el gryffindor había caído al suelo y Scorpius Malfoy estaba sobre él golpeándolo como si quisiera matarlo. Por unos segundos los amigos de Finnigan se quedaron quietos, convertidos en piedra, pero reaccionaron justo en el momento en el que Rose y Megara salieron del castillo metros atrás.

—¡Por Merlín! ¡Rose, mira!— exclamó Megara tapándose la boca y señalando a la distancia.

Rose contuvo la respiración.

Los dos gryffindors se lanzaron sobre Scorpius para ayudar a Rob Finnigan y empezaron a golpearlo. El rubio devolvió varios golpes hiriendo a sus contrincantes, pero en cuanto Rob Finnigan, sangrando por la nariz, se puso de pie y se unió a sus camaradas para darle una paliza a su agresor, las fuerzas del rubio flaquearon. Pronto cayó al suelo atontado por los golpes de los gryffindorianos y aún allí, sobre el césped helado y mojado por copos de nieve, sus atacantes lo patearon repetidas veces.

—¡Deténganse! ¡Paren! ¡Ayuda!— gritaba Megara mientras corría con todas sus fuerzas hacia el lugar de la pelea. Rose corría tras ella incapacitada de hablar, silenciada por el miedo, por la violencia y por los propios latidos acelerados de su corazón.

Cuando Megara llegó se lanzó sobre la espalda de uno de los gryffindorianos y éste se la sacó de encima empujándola. Rose llegó pocos segundos después.

—Si no se detienen ahora juro que les lanzaré una maldición de las que no olvidarán jamás.— dijo la pelirroja.

Los tres gryffindorianos se detuvieron en seco al ver a Rose apuntándolos con su varita. La pelirroja los miraba con severidad y gran agitación. Jamás la habían visto así.

Megara, en el suelo, parecía estupefacta. Apuntar a compañeros de clase con la varita estaba prohibido. Era la primera vez que veía a Rose romper una regla.

—…Fue él quien empezó.— dijo Rob Finnigan, temeroso.

—Si no se largan de aquí ahora mismo me encargaré de que Mcgonagal se entere de esto.—dijo la pelirroja. Ellos la miraron con incredulidad. —¿Acaso creen que voy a tener favoritismo con ustedes porque son de mi casa? Lo que acaban de hacer es barbárico.

—¡Fue él quien empezó!— gritó Rob, señalándose la nariz. — ¡Esta nariz no se rompió sola!

—No me importa quién empezó. —dijo Rose sin bajar su varita. —Créanme: no quieren saber lo que he aprendido a hacer durante la competencia. Desaparezcan.

Los tres gryffindorianos se encaminaron hacia el castillo y Rose guardó su varita. Tanto ella como la morena corrieron hacia Scorpius, quien permanecía inconsciente en el suelo. Varios alumnos que jugaban Quidditch en las inmediaciones empezaron a acercarse con sigilosamente.

—Scorpius…Scorpius…— lo llamó Megara.

Rose acarició el rostro del rubio. Estaba libre de daños a excepción del labio y la ceja derecha, que estaba partidos. ¿Por qué había generado aquella pelea? Era casi como si hubiera deseado ser golpeado. Rose no lo comprendía, pero sentía dentro de sí todo el dolor y toda la angustia que albergaba el slytherin. Y no era precisamente por la conexión que tenían gracias a los anillos. Ella sentía el dolor de Scorpius con o sin esa conexión: sufría por él.

Megara levantó la mirada al grupo de estudiantes que empezaba a acercarse.

—¡Ayúdennos a llevarlo a la enfermería! ¡Por favor!— les pidió.

Rose seguía acariciando el rostro del rubio con lágrimas en sus ojos. Megara lo notó, pero no dijo nada. Dos ravenclaws se acercaron y tomaron a Scorpius entre los dos.

—Va a estar bien.— dijo Megara a la pelirroja. —Ya lo verás.

Las dos siguieron a los ravenclaws sin prestar demasiada atención a la procesión de metiches que iba tras de ellas, estudiantes que preferían dejar sus actividades normales con tal de enterarse de lo sucedido. Nada de aquello era común en Scorpius Malfoy: siempre le había huido a las peleas, siempre había sido demasiado indiferente a los demás como para inmiscuirse en una. Nadie lo había visto enojado jamás.

Cuando entraron al castillo, el sol comenzó a caer.

8.-

Alexander entró a su sala común y se sorprendió al verla vacía. La tarde empezaba a morir por los cristales de las ventanas y creyó encontrarse con gente regresando a sus salas comunes debido al frío. Entonces recordó que tal vez estaban en el gran comedor, cenando. "Es algo que yo debería hacer", pensó. Pero no sintió ganas y se dejó caer sobre uno de los muebles.

Lo de Scorpius era un problema grave, pero no era lo que lo aquejaba. Casi se sentía culpable por no tener todos sus sentidos enfocados en ayudar a su mejor amigo. Lo cierto era que él se sentía tan perdido como seguramente se sentía Scorpius. En su cabeza sólo había un pensamiento recurrente: Lucy.

Alexander se pasó una mano por la cabeza y botó aire. ¿La quería? ¿Querer a alguien implicaba sentir esa opresión en el pecho, esa pesadez, esa angustia asfixiante e inenarrable? Jamás había experimentado algo parecido por nadie. No podía comprenderlo. Estar cerca de Lucy había pasado con gran rapidez de ser una obligación a un placer. Poco a poco la dulzura de Lucy se había colado en su interior como una especie de miel pura, ámbar, que lo volvía tibio por dentro. ¿Cómo era que aquello había ocurrido? Lucy Weasley jamás le llamó la atención antes. La había visto tantas veces a lo largo de esos años, con su larga trenza naranja, sus pecas revoltosas, su piel porcelánica y sus grandes ojos pardos, y jamás se había fijado en ella. Le había parecido bastante común: una chica agradable, no demasiado bella. Y ahora estaba intoxicado con cada detalle de su cuerpo, un cuerpo que no podía tener. El más leve roce provocaba en él cosas que ninguna otra chica había sido capaz de provocar antes. Era su personalidad: su suavidad y a la vez la dureza y valentía de sus convicciones, su talento, la inmensa ternura que le inspiraba. La encontraba inagotablemente interesante. Jamás había encontrado a una chica interesante más allá de su físico. Pero había salido con chicas mucho más bellas que Lucy, mucho más inteligentes, mucho más talentosas, ¿qué era entonces lo que la hacía diferente a todas las demás?

Alexander se llevó una mano al pecho. Su corazón latía acelerado, como si hubiese acabado de jugar un partido de quidditch, y algo en su interior ardía: algo parecido a una llama que le quitaba el aliento. No, no podía estar sintiendo todo aquello por Lucy Weasley. No podía quererla y desearla a la vez. Iba a enloquecer.

Jamás había albergado por una misma persona sentimientos y deseo.

Cerró los ojos. No podía estarse enamorando de ella. Lucy Weasley estaba aún enamorada de Ben Wilson y él no pretendía seguirle los pasos a una chica que quería a otro. No se lo pensaba permitir a sí mismo. No podía soportar semejante humillación. Tenía que alejarse de ella, retomar su vida anterior. Debía olvidarla antes de que fuera demasiado tarde, antes de que se hundiera del todo en Lucy y se perdiera para siempre.

—Vaya, vaya, vaya.— dijo una chica de cabello negro y ensortijado. —Qué bueno encontrarte.

Alexander abrió los ojos y la miró. La chica se sentó junto a él y le pasó un dedo por la oreja muy seductoramente.

—¿Quieres ir a mi habitación?— le susurró.

"Voy a sacarte de mi cabeza, Lucy.", pensó el castaño, "Así sea lo último que haga".

Alexander miró a la slytherin y esbozó una media sonrisa.

—Quiero.

9.-

Rose se mordió el labio inferior. Madame Pomfrey revisaba a Scorpius y le untaba algunas cremas mágicas en las heridas. El slytherin aún no había recuperado el conocimiento y la luz se había extinguido dando paso a una noche espesa y fría. La pelirroja suspiró. Ver a Scorpius en aquella condición no hacía otra cosa que romperla por dentro. Quería extirparte ese dolor que el rubio sentía en su pecho, pero no podía. Miró a Megara. La morena estaba sentada en una silla no muy lejana con la cabeza apoyada sobre la mano. Se veía realmente cansada.

Rose se dispuso a acercársele cuando la voz de Madame Pomfrey se levantó en el aire llamando la atención de las dos chicas:

—No tiene nada grave.— dijo la bruja. —Se golpeó fuertemente la cabeza y tiene algunos hematomas en la espalda y por las costillas, pero no es nada del otro mundo. Se despertará en cualquier momento.—miró con severidad a Rose y a Megara. —Las peleas no solucionan nada. Díganselo al señor Malfoy.

Megara suspiró y se despeinó el cerquillo.

—Todo está bien.— dijo la slytherin, poniéndose de pie. —Es un alivio.

Rose miró a Scorpius sobre la camilla, inconsciente, con dos pequeñas cicatrices —una en la ceja, otra en el labio— como marcas de la pelea. Se borrarían en cuestión de días y volvería a tener un rostro perfecto, impecable, antinaturalmente atractivo: el mismo rostro de siempre. Pero aún así todo habría cambiado. ¿Cómo podía haberse dejado golpear de ese modo? Si lo hubiese querido habría podido escapar de los ataques de los tres gryffindors, ella lo sabía porque lo había visto: Scorpius se había dejado golpear. Había querido ser golpeado. Había buscado esa agresión.

Megara le puso una mano en el hombro.

—Rose…— le dijo con suavidad. —Va a estar bien. Ya escuchaste a Madame Pomfrey.

La pelirroja asintió.

—Lo sé.— le dijo. —No es eso lo que me preocupa.

Megara asintió.

—Entiendo.— le dijo, y guardó silencio.

Rose acercó una silla a la camilla y miró a la morena.

—Ve a comer.— le dijo. —Ya debe estar lista la cena. Yo me quedaré aquí hasta que despierte.

Megara la miró dubitativa.

—¿Estás segura?— le preguntó. —No quisiera que tuvieras que molestarte tanto…también tienes que comer.

Rose sonrió levemente.

—En realidad no tengo nada de hambre.— le dijo. —Pero tú sí pareces hambrienta y cansada.

Megara sonrió.

—Lo estoy.— le dijo. —Ha sido un día agotador.

Rose asintió. Megara la miró con gratitud y luego se acercó a Scorpius para darle un beso en la frente. Le susurró:

—Eres un idiota, ¿sabes?— dijo. —¿Cuánto más piensas preocuparnos a todos?

Megara se distanció tres pasos de la camilla y miró a Rose a los ojos.

—¿Segura que no quieres que te traiga algo de comer?— le preguntó.

Rose negó con la cabeza.

—No, en verdad no tengo hambre.— le dijo. —Estoy bien. Me quedaré hasta que despierte.

Megara sonrió.

—Gracias. Puedes buscarme a mí o a Alexander si algo sucede. — la morena se dirigió hacia la puerta de la enfermería. Antes de salir se volteó y dijo: —Gracias por ayudar a Scorpius.

Luego desapareció.

Rose suspiró. Tanto Rob Finnigan como sus amigos habían dejado la enfermería unos cuantos minutos antes. No se habían dignado a mirarla. Seguramente no entendían la reacción que ella había tenido aquella tarde. La verdad era que ni ella misma comprendía del todo lo que había sucedido. Jamás había levantado su varita contra algún compañero. En realidad, jamás había levantado su varita contra nadie. Al menos no en serio, no con la verdadera intención de atacar. Era la primera vez que quebrantaba las normas de ese modo y sin pensárselo dos veces. Rob y los demás podían, si querían, acusarla con algún profesor. Dudaba que lo hicieran, pero podían hacerlo. No tenía caso engañarse: a pesar de ser la prefecta de Gryffindor nunca había sido una verdadera líder. Los gryffindorianos no le obedecían como los slytherins a Scorpius; tampoco la admiraban ni la respetaban a ella, sino a su apellido: su apellido y todo lo que connotaba. Scorpius, en cambio, se había ganado a pulso, con su personalidad y su fuerza de carácter, a todos los de su casa. Los tenía en la palma de su mano. Rose suspiró. Era eso lo que le había atraído de él desde el principio: su fuerza interior y su valentía. Dos virtudes que ella recién estaba aprendiendo a desarrollar por sí sola, sin el apoyo de los demás, sin el apoyo de su apellido.

Los ojos de Rose se clavaron en Scorpius cuando lo sintió quejarse de forma casi silenciosa. El ceño del rubio se tensó y abrió levemente los labios. Tragó saliva. Sus manos fueron las siguientes en moverse: se apoyó en la camilla y trató de sentarse, pero pareció costarle demasiado. Rose se acercó a él de inmediato y le colocó una almohada atrás de la espalda para que pudiera recostarse sentado contra el espaldar de la camilla. Scorpius tomó con brusquedad a Rose por la muñeca, impidiendo que continuara ayudándolo. La pelirroja se petrificó en su lugar y miró a Scorpius. El rubio seguía con los ojos cerrados pero parecía tener claro quien estaba a su lado. Parecía respirarla, olerla e identificarla con absoluta facilidad. Lentamente abrió los ojos.

—Qué haces aquí.— le dijo en un tono no inquisitivo, sino más bien agresivo y seco.

Rose tragó saliva.

—Finnigan y los demás te dejaron inconsciente. Megara y yo junto a algunos chicos de Ravenclaw te trajimos aquí.— dijo de forma explicativa. —Megara estaba cansada y tenía hambre. Me pidió que me quedara hasta que despertaras.

—Ya estoy despierto.— le dijo el rubio, soltándola. Rose dio dos pasos hacia atrás. —Puedes irte.

Scorpius alcanzó un vaso con agua que descansaba en una mesita cerca de la camilla. Lo bebió con intensidad. Volvió a fruncir el ceño: se llevó una mano a la cabeza y la otra a la cicatriz en la ceja. Luego la dejó correr hacia su boca. Se palpó la cicatriz en el labio.

Rose respiró hondo. No sabía qué hacer. Su cuerpo estaba tenso y recto, como una tabla. Su corazón estaba desbocado, completamente fuera de control. Sentía una acidez en la garganta, como si le doliera tragar saliva. Trató de tranquilizarse: tenía que encontrar una manera de llegar a él, de ayudarlo, de hacerle entender que no podía seguir haciéndose daño ni culpándose por un pasado ajeno a él. De alguna forma tenía que intentarlo.

Scorpius clavó sus ojos grises en ella con fastidio.

—Dije que podías irte.— le repitió con sequedad. —¿Estás sorda?

Rose no se movió de su lugar.

—¿Qué crees que estás haciendo?— le preguntó ella. Sentía una piedra en la garganta, pero trató de que su voz no se debilitara por ello. — ¿Buscando peleas, dejando todas tus responsabilidades a un lado, ignorando a tus amigos…?

—Tú y yo no somos amigos.— le dijo Scorpius.

Rose tragó saliva y resistió el embiste.

—No me refería a nosotros.— dijo la pelirroja.

—Qué bien.— dijo el rubio. —Porque no hay un nosotros.

Rose desvió la mirada y respiró hondo. No, no podía ser tan débil. Tenía que soportar todo aquello. Debía hacerlo.

Scorpius la observó manteniendo su inexpresividad. Por dentro, una llama lo quemaba. Una llama incandescente e inagotable. La ignoró.

—No puedo imaginar lo difícil que esto debe ser para ti … lo difícil que desde siempre todo ha sido para ti.— continuó Rose. —Pero sí que puedo sentirlo.— lo miró a los ojos. —Te siento, Scorpius. Te siento y sé bien cuánto y cómo sufres.

—Ignóralo.— le dijo él. —Ignora mis sentimientos como yo hago con los tuyos. — Rose bajó la mirada, avergonzada. —Recuerda que también puedo sentirte. Te siento muy bien ahora mismo. Sé perfectamente lo nerviosa que estás y lo mucho que te afecta todo lo que te digo. —Scorpius la miró incisivamente. —Eres una niña. Olvídame. Déjame en paz. ¿Crees que tengo ganas de lidiar contigo?

Rose levantó la mirada y lo miró con fuerzas renovadas.

—No eres tú quien tienes que lidiar conmigo. Soy yo.— le dijo la pelirroja. —Eres tú quien anda por ahí haciendo estupideces y niñerías. Eres tú quien dejó a un lado toda la madurez y la valentía de la que presumías para aceptar las cosas que no se pueden cambiar y andar por el mundo desarmando todo lo que tanto te costó construir. —Rose dio un paso hacia delante. — ¿Es que acaso no puedes ser más egoísta? ¿Tienes idea de lo preocupados que están Alexander y Megara? ¿Tienes idea lo que preocupada que estoy?

Los ojos de Scorpius brillaron brevemente; dos segundos casi inexistentes y que Rose no percibió.

—No entiendo por qué tanta preocupación, Weasley.— le dijo el slytherin. —Es mi vida. ¿Es que acaso no te hace feliz que baje la guardia? Ahora por fin podrás ser la mejor en todo, no tendrás competencia.

—¡No quiero que bajes la guardia!— exclamó ella. —¡Quiero que vuelvas a ser el de antes!

Scorpius la miró con incredulidad y hastío.

—¿Por qué te importa tanto?— le soltó, con irritación. —¿Por qué no puedes desaparecer y dejarme en paz?

Entonces, Rose lo dijo:

—¡Porque estoy enamorada de ti, imbécil!

Durante varios segundos hubo un silencio profundo y hermético. Los ojos de Rose se habían llenado de lágrimas y su boca permanecía semi abierta, impactada por lo que había dicho, por lo que se había permitido decir. Scorpius, por su parte, ya no la miraba. Tenía los ojos grises fijos en un punto vacío de la enfermería. Tragó saliva. No encontró fuerzas para mirar a Rose otra vez.

La pelirroja respiró hondo y el sonido de su respiración fue duro, denso, árido. Sus manos temblaban. Una lágrima cayó por su mejilla.

Se sentía aliviada.

Era como si un enorme peso que hubiese estado depositado durante meses sobre su espalda hubiera al fin desaparecido. Una frescura, un placer inexplicable se apoderó de su psiquis y de su cuerpo. Al fin lo decía. Al fin era sincera consigo misma y con Scorpius. Sí, estaba enamorada de él. ¿Cuánto tiempo se lo había negado a sí misma? ¿Cuánto tiempo había evitado pronunciar aquellas palabras que ahora la liberaban de un peso agigantado por las horas, los días, los meses?

Rose miró a Scorpius.

—Yo…creo que te quise desde el principio.— dijo la pelirroja. —Admiraba tu inteligencia, tu capacidad para liderar, tu ausencia de miedo, tu facilidad para tomar riesgos…— se humedeció los labios. —Todo lo que tú tomabas por orgullo y prepotencia de mi parte, no era más que timidez. Me intimidabas. Te veía y no creía poder superarte en nada. Tú habías corrido verdaderos retos a lo largo de tu vida, yo sólo había transitado por un camino fácil y liviano. — Rose hizo una pequeña pausa. — Te admiraba a pesar de que tú me despreciabas y me considerabas insignificante. Y después entendí que es muy fácil pasar de la admiración a un sentimiento mucho más profundo. — se llevó un rizo atrás de la oreja. —Y si no te lo dije nunca fue por miedo. Porque en el fondo no soy muy valiente. Le tengo miedo a muchas cosas. La única razón por la cual acabo lanzándome al fuego es porque persevero. La perseverancia es mi única virtud. Por eso estoy aquí a pesar de todas y cada una de las veces que me has humillado. Porque me importas. Porque eres importante para mí. No haría nada de esto por ninguna otra persona…

—Yo no te he pedido nada.— dijo Scorpius.

—Ya lo sé.— dijo Rose. —Pero eso no cambia mis sentimientos por ti.

Scorpius tragó saliva. Se mantuvo callado durante algunos segundos más. Luego miró a Rose a los ojos. Sus ojos grises se volvieron dos muros intraspasables.

—Pues lo siento por ti.

Rose cerró los ojos. Una lágrima volvió a caer por su mejilla. En su pecho, una llaga se abrió provocándole un dolor intenso. Megara se había equivocado: no había nada que ella pudiera hacer por Scorpius. Rose lo había intentado. Se había abierto con él. Ya no le quedaba nada más por decir, nada más para dar. Todo había sido rechazado. Scorpius no quería nada de ella.

Y su amor por él no la hacía olvidar el amor por sí misma.

Se había dejado humillar por última vez. Ya no más.

Abrió los ojos.

—No te preocupes.— le dijo con una voz suave. — No soy de la clase de chicas que persiguen a quien no las quiere. No volveré a molestarte.

Scorpius la miró en silencio. Ella continuó:

—Mis sentimientos…Sigue haciendo como hasta ahora respecto a ellos: ignóralos. — le dijo. —Te prometo que haré lo mismo.

Y con esto Rose caminó hacia la puerta de la enfermería, pero justo antes de salir se detuvo y volteó hacia el rubio:

—Voy a seguir usando el anillo y regresando al pasado con o sin ti.— le dijo. —Si no quieres usar el tuyo, es tú decisión. Haz lo que quieras con él.

Y salió.

Una vez que no quedó rastro de ella, Scorpius cerró los ojos y se llevó una mano al pecho, al centro de su pecho, y la apretó contra éste como si quisiera evitar que lo que había en su interior saliera de su cuerpo al exterior. Sentía un agujero extenso, como un túnel que lo recorría, un laberinto de agujeros, un mar hecho de remolinos. Jamás se había sentido así antes.

Jamás.

Por un momento trató de convencerse de que la agitación que sentía, de que esa tormenta y ese fuego en su interior que lo mareaban se debía a los medicamentos mágicos que Madame Pomfrey seguramente le había dado. Pero no logró creérselo. No consiguió persuadirse de ello.

Casi no lo sentía por la punzada que lo perforaba de lado a lado, pero su corazón seguía allí.

10.-

Megara cenó unas cuantas frutas y luego abandonó el comedor. Alexander no se presentó, así que no veía razón por la cual continuar en aquel lugar. Pensó en volver a la enfermería, pero se echó para atrás al instante. Tal vez era mejor dejar a Rose con Scorpius, tal vez, con un poco de suerte, las cosas se arreglarían sin se quedaban solos un rato.

Aunque en realidad, tenía pocas esperanzas depositadas en ello.

Mientras caminaba por un pasillo de Hogwarts se llevó una mano a la frente. Se sentía agotada por dentro y por fuera. No tenía idea de cómo ayudar a Scorpius en aquel momento en el que parecía haberse derrumbado. Jamás creyó que él, Scorpius Malfoy, pudiera derrumbarse. Había olvidado que su mejor amigo también era humano. Había olvidado que tenía derecho a flaquear como cualquier otro.

El problema era que Scorpius no era cualquier otro: tenía una competencia importante en marcha y si se descuidaba podría perder todo por lo que había luchado durante años. Megara sentía una enorme responsabilidad sobre sus hombros: no podía dejar que Scorpius olvidara quién era. Era su amiga, su mejor amiga: no podía dejarlo caer.

Se detuvo en seco. No tenía ganas de ir a la sala común de Slytherin. No tenía ganas de ver las caras de sus compañeros, esas personas distantes y frívolas. Quería un poco de paz, un poco de quietud, un poco de silencio; un silencio que la arrullara y que le permitiera descansar aunque sólo fueran unos cuantos segundos de toda esa presión que la corroía.

"La torre", pensó.

No era demasiado tarde —a penas las 11 pm— pero ya todo el alumnado parecía estar regresando a sus salas comunes. Mañana era lunes y todos querían estar descansados para iniciar nuevamente las clases. Megara caminó directo hacia la torre de astronomía. Allí encontraría paz y quietud. Dudaba que Albus estuviera ya que era muy temprano, lo cual de cierto modo la tranquilizaba: quería estar sola.

Empezó a subir las escaleras. Los ecos de sus propios pasos le dieron una anticipada alegría. La torre de astronomía, por las noches, era un lugar que le pertenecía: era de ella —y de Albus— y allí podía encontrar la soledad que tan difícilmente se obtenía en Hogwarts. Ya casi se sentía liberada de sólo pensar en que en cuestión de segundos atravesaría la puerta y entraría a la torre.

Pero entonces, la figura de Albus Potter apoyado en una de las columnas, mirando el cielo estrellado y frío de invierno, la forzó a detenerse en el marco de la entrada. Los ojos verdes del moreno se clavaron en ella sin sorpresa, sin alteración alguna. Megara suspiró.

—Supongo que hoy no es mi día.— murmuró mientras ingresaba.

Albus se separó de la columna y descruzó los brazos.

—No te esperaba.— dijo el gryffindoriano. La examinó brevemente con inexpresividad. Luego frunció levemente el ceño. —¿Te pasa algo?

Megara lo miró con algo de fastidio. No, no quería tener a Albus cerca en aquel momento. Lo que menos necesitaba era el trato maduro, lejano, totalmente neutro del gryffindoriano. Cada vez que hablaba con él sentía que bien podía el moreno ser así de amable, así de atento, así de sincero con cualquiera.

No, no tenía ganas de sentirse "no especial" con Albus. Ya era lo suficientemente pesado tolerar esa realidad todos los días de forma natural como para que tuviera que tolerarla ahora.

Respiró hondo.

—Sí, por supuesto que me pasan cosas. ¿Sabes? Mi vida no es perfecta.— dijo la morena mientras empezaba a caminar de un lado a otro. —No espero que lo entiendas. Después de todo nada parece desestabilizarte en lo más mínimo. Pareces jamás haber tenido una crisis. Dudo que sepas siquiera lo que significa.

Albus se mantuvo tranquilo. Las palabras de Megara no parecieron afectarlo ni un ápice.

—¿Quieres contármelo?— le preguntó el moreno. —A veces hablar ayuda. Que yo lo entienda o no es algo secundario e intrascendente.

Megara entornó los ojos.

—Claro, olvidé que eres inmensamente maduro y que lo sabes todo.— le dijo con sarcasmo. —Secundario…intrascendente.— repitió. —Tal vez así te parezcan mis problemas.

Albus hundió ambas manos en los bolsillos de su jean.

—Da igual lo que yo piense.— dijo. —¿No lo crees?

Megara se detuvo bruscamente y miró el cielo estrellado. Hacía frío, pero no tanto como debería: seguramente habían echando algún hechizo en la Torre para que se mantuviera a una temperatura habitable. Los cristales de los telescopios podrían romperse o resquebrajarse a tan bajas temperaturas. Era lógico que los profesores hubieran ayudado a regular el clima de la estancia.

Megara suspiró.

—¿Sabías que el papá de Scorpius estuve presente cuando Hermione Granger fue torturada por Bellatrix Lestrange?— le preguntó.

Albus asintió.

—Conozco vagamente la historia.— le dijo.

—Pues Scorpius no la conocía en lo absoluto.— le dijo. — Y ahora que lo sabe por culpa de tu primo Hugo, no sabe qué hacer consigo mismo, con toda la rabia y confusión que le provoca saber que su padre tiene las manos manchadas con el dolor no de cualquier persona, sino nada más ni nada menos que con una de las heroínas de guerra; con la madre de su rival en la competencia de Merlín. ¿Qué puede ser más humillante que eso?

Albus guardó silencio. Megara rió con sequedad y sarcasmo.

—No tengo idea de cómo ayudarlo porque, honestamente, si yo estuviera en su situación probablemente me sentiría igual de perdida.

—Lo que hizo o dejó de hacer Draco Malfoy no tiene nada que ver con Scorpius.— dijo Albus.

Megara lo miró con irritación.

—No tienes ni la más leve idea de lo que estás diciendo.— le dijo con rabia. — Tu padre es un héroe: tú no has tenido que crecer con historias horribles sobre lo que tus padres hicieron. No tuviste que soportar que te llamen "hijo de exmortífago", que tu apellido, a la más pequeña pronunciación, evoque crímenes pasados. No sabes lo que es ir de paseo por Hogsmade y que tu entrada esté prohibida en una que otra tienda porque saben cómo te llamas y años atrás los dueños de esa tienda perdieron a su familia por una guerra que tus padres apoyaron.— los ojos de Megara se humedecieron, pero la dureza y el ímpetu de su postura no cedió. —Con todo eso hemos tenido que lidiar muchos Slytherins, muchos hijos de ex mortíos. ¿Y sabes? Lo hemos confrontado, hemos logrado vivir con ello. Pero todo tiene un límite, Potter. Y lo que Scorpius ahora conoce de su padre tal vez fue la gota que derramó el vaso.

Los ojos de Albus brillaron brevemente y su cuerpo pareció, por primera vez, reaccionar en una discusión.

—Todo lo que me dices, es cierto: no puedo saber lo que se siente.— dijo el moreno. —Pero sigo creyendo que ese pasado no te mancha a ti ni a tus amigos. Tú eres una persona distinta a la que fueron e incluso son tus padres. Lo mismo ocurre con Scorpius. Cada quien construye su propia vida, su propia historia. No relaciono en ningún punto la guerra con tu apellido. Un apellido no es nada sin las personas que lo portan. Y cada quien es un individuo. Tú eres única e irrepetible. No puedes creer que eres el reflejo de los errores de tus padres. Es una estupidez.

Megara meneó la cabeza, irritada.

—No se trata de eso, Potter.— le dijo. —Sé muy bien quién soy y qué clase de persona soy. Scorpius también. O al menos lo sabía antes. No se trata de lo que sepas, se trata de lo que sientes. Y es difícil vivir con estas cosas. Eso es lo que no puedes saber ni podrás saber jamás. Tu vida es un paraíso.

—Mi vida.— dijo Albus. —No la conoces.

Megara soportó aquella bofetada y sonrió con sarcasmo.

—Tienes razón. No sé nada de ti.— dijo la morena. —Pero adivino que no hay mucho por saber.

Albus la observó impasible.

—¿Eso es lo que crees?— soltó, casi sin interés. Casi como si no hubiese querido preguntarlo en primer lugar.

Aquello sólo consiguió exasperar más a la morena.

—Tú y yo somos muy distintos.— dijo la slytherin. —A pesar de estar en una casa cuyo emblema es el león, te falta sangre en las venas. Nada te perturba, nada te saca de tu tranquilidad, de tu neutralidad hacia todo y hacia todos. Yo soy impulsiva e intensa y tu sosiego me desespera. No sé si es por tu madurez, o porque sabes que puedes obtenerlo todo con tan sólo levantar un dedo. Tal vez te aburre Hogwarts porque está a tus pies. Tal vez. No lo sé. Porque a pesar de que durante los últimos meses hemos compartido varias charlas no creo haber intimado realmente contigo. Eres una pared. Un muro que devuelve los golpes y las palabras. Nada parece sacarte de tu lugar, de tu inamovilidad.

—Crees que no hemos intimado.—dijo Albus, mirándola a los ojos de forma ininteligible.

—Eres inasible. Jamás he conocido a alguien tan frío.— dijo la morena. —Nunca te he visto molesto o sobresaltado por alguna cosa, excitado por algún tema…ni siquiera pareces interesado en las cosas básicas que le interesan a los hombres de carne y hueso.

Albus esbozó una media sonrisa.

—¿Me estás hablando de sexo?

Megara se sonrojó levemente, pero su actitud no fue la de una chica avergonzada en lo más mínimo.

—Me alegra que sepas entender entre líneas.

Albus la miró con cierta incredulidad.

—No sabes nada de mi vida sexual.— le dijo el moreno. —Me sorprende que te sientas tan cómoda hablando de ella.

Megara se cruzó de brazos.

—Eso, justamente eso es otra de las cosas que me sacan de quicio de ti: siempre haces sentir a los demás como unos estúpidos o inmaduros. Como si no supieran de lo que hablan.

—Es que no sabes de lo que hablas.— dijo Albus con seriedad.

Megara se irritó aún más.

—¡Claro que lo sé!— le soltó. —Un día me dijiste que no tenías novia porque te tomas estos asuntos muy en serio. Porque no te gusta usar a las chicas, porque tienes primas y una hermana, y porque piensas que para una relación debe haber algo especial. ¿No es así?

—Sí.— dijo Albus. —Eso dije.

—Asumo entonces que no te acuestas con todas las chicas que se te acercan buscando eso o más de ti, ¿no?— le soltó.

—No.— dijo él. —El sexo por el sexo no me interesa.

—¿Lo ves?— le dijo Megara, intentando irritarlo. Ya ni siquiera sabía por qué había acabado en un tema como aquel. En ese momento lo único que le interesaba era obtener una reacción humana de parte de Albus. —Apuesto que no tienes idea de lo que es sentir pasión por alguien.

Albus volvió a sonreír.

—Sé muy bien lo que es la pasión, Megara.— le dijo. —La he sentido. Eso no significa que me acueste con cualquiera sólo para satisfacerme. Pienso en la otra persona: a nadie le gusta ser utilizado.

—Te equivocas.— le dijo la morena, desafiante. —No tienes idea sobre las pasiones humanas. A veces, lo único que una persona quiere es ser utilizada. Punto final.

—¿Eso crees?— le preguntó Albus, cruzándose de brazos y mirándola a los ojos con el mentón ligeramente elevado. — ¿Tu usas a chicos para satisfacerte?

Megara dudó por un instante, pero no lo mostró.

—No soy virgen— le dijo. —Soy apasionada e intensa, como te dije antes. Siento como cualquier criatura viviente. No sólo soy mi mente: también soy mi cuerpo. Y me llevo muy bien con mi cuerpo.

Albus intensificó su mirada.

—Aún no me has respondido lo que te pregunté.

Megara elevó el mentón y tragó saliva. La calefacción mágica estaba funcionando perfectamente, porque había empezado a sentir calor en todo su cuerpo.

—No tengo novio y nunca lo he tenido.— le dijo la morena. —Creo que eso ya te dice algo.

Albus dio dos pasos hacia ella. Megara sintió que empezaba a marearse: los ojos de Albus eran penetrantes, pero no dio ni un paso atrás. Quedaron tan cerca el uno del otro que podían sentir sus mutuas respiraciones sin dificultad.

—Pues bien por ti.— le dijo el moreno casi susurrándoselo. —A mí no me gusta tocar a nadie sin que lo que esté debajo de esa piel me interese.— Albus deslizó sus dedos por el cuello de Megara, acariciándolo. La morena se petrificó. — A eso yo le llamo pasión.— sus dedos continuaron bajando hasta la clavícula de la slytherin. — No se trata de algo netamente corporal. Es mucho más intenso.— sus dedos volvieron a subir por el cuello de Megara. Ella tembló. —Es más que sólo contacto físico.— los dedos de Albus subieron por el mentón de la morena y acariciaron sus labios húmedos. Sus ojos verdes se anclaron allí, en la boca de Megara. — Una atracción física puede nacer fácilmente, casi con cualquier persona. Eres tú quien no tiene idea de lo que es sentir pasión por alguien.

Megara respiró hondo y trató de no flaquear. Los ojos de Albus volvieron a encontrarse con los de ella, tan cerca el uno del otro, que ya no podían ver ninguna cosa más a su alrededor.

—Estoy segura de que eres incapaz de ser intenso.— le dijo ella, volviéndolo a desafiar y tratando de mantenerse firme a pesar de la cercanía. —Una persona tan comedida como tú, jamás podría conocer lo que es dejarse llevar por alguna emoción.

Albus esbozó una ligera sonrisa.

—¿Estás tratando de convencerme de algo?— le preguntó.

Megara negó con la cabeza.

—Ni siquiera esperaba que estuvieras aquí.— le dijo. —Sé perfectamente que no podré obtener ninguna reacción de tu parte. Ni siquiera te inmutaste cuando traje a Adam aquí.

Albus la miró con mayor intensidad.

—¿Lo trajiste para darme celos?— le preguntó. —No me sorprendería: es la típica actitud de una niña.

Megara se sonrojó intensamente.

—¿Estás absolutamente loco?— le soltó. —Yo no….

Pero eso fue todo lo que alcanzó a decir antes de que los labios de Albus besaran los suyos con gran intensidad. Megara no tuvo tiempo de reaccionar: de repente, las manos del moreno se habían anclado en su cintura y la pegaban contra él. La slytherin gimió dentro de la boca de Albus cuando sus lenguas se encontraron. Contra su pelvis pudo sentir una erección.

Jamás había recibido un beso tan excitante, tan sexual, como aquel.

Pronto la sorpresa sólo dejó paso a un intenso placer. Megara correspondió el beso y se dejó llevar. Las manos de Albus empezaron a recorrer su cintura, sus caderas, su espalda, tocándola de una forma sensual que sólo logró enloquecerla por completo. El moreno la fue lentamente llevando hacia atrás mientras seguía besándola hasta que la espalda de Megara chocó contra una columna. Albus se separó de los labios de la slytherin sólo para bajar por su cuello, dando besos y mordiscos apasionados que producían en Megara pequeños y ahogados gemidos. No supo cuándo ni cómo, pero en cuestión de segundos la morena sintió su jean desabrochado y el aliento agitado de Albus en su oído:

—Si quieres que me detenga, pídemelo.— le dijo mientras que sus manos ya empezaban a quitarle el abrigo a Megara.

La slytherin dejó salir otro gemido.

—Si te detienes, te mato.

Albus soltó el abrigo de Megara al suelo y se sacó el suyo con gran velocidad mientras ella se deshacía de sus vaqueros y zapatos. El moreno volvió a Megara con renovado ímpetu y la espalda de la slytherin volvió a chocar contra la columna. Gimió. Sus lenguas volvieron a enlazarse. Megara recorrió con sus manos la espalda ancha y atlética del moreno, clavando sus dedos en la piel suave y masculina de Albus. La sensación de su piel rozando la de él era suficientemente excitante como para obligarla a gemir.

Pronto los dos cayeron al suelo, pero no sintieron el frío del mármol.

Con gran habilidad Albus desabrochó el brasier de Megara. Sus pechos eran pequeños, redondos, con pezones color miel. Albus quedó hipnotizado y enloquecido por el color de la piel de Megara: no era del todo blanca, pero tampoco llegaba a ser morena. Era como leche con una cucharada de café. Casi le daban ganas de bebérsela entera.

Megara tuvo que llevarse una mano a la boca cuando Albus comenzó a jugar con su pezón succionando suavemente y pasando su lengua con algo de presión. Arqueó la espalda y Albus intensificó sus juegos mientras que deslizaba sus manos hacia la ropa interior humedecida de la slytherin. Se la quitó con impaciencia. Las ropas en el suelo los rodeaban en una especie de círculo imperfecto, tempestuoso, irreverente. Megara desabrochó el jean de Albus mientras que él continuaba besando sus senos y recorriéndola con sus manos. En cuestión de segundos tanto el jean como los boxers de Albus estuvieron a la altura de sus rodillas. Megara tuvo que morderse los labios y aún así no contuvo un sonoro gemido cuando él entró en ella.

La sensación era indescriptible.

Megara tembló de pies a cabeza mientras enlazaba sus piernas alrededor de Albus. El moreno la tomó por las muñecas y las colocó contra el suelo, justo arriba de la cabeza de Megara, maniatándola, imposibilitándola de mover las manos o los brazos. Aquello sólo excitó más a Megara, quien no podía creer que aquello estuviera pasando: que Albus Potter fuera tan posesivo, tan dominante en esa área cuando en el resto de cosas en la vida parecía no importarle en lo absoluto liderar. Sus ojos oscuros se encontraron, lujuriosos, con los verde esmeralda del moreno. Él sostuvo las muñecas de la slytherin contra el suelo con sólo una de sus manos, mientras que la otra la clavó en el muslo de la morena.

La segunda embestida les sacó a ambos gemidos guturales.

Megara trataba de no ser demasiado ruidosa, pero guardar la compostura era casi imposible. La sensación de Albus en su interior era desbordante. Podía sentirlo ocupándola toda, encajando en ella perfectamente. En cada embestida una oleada de placer se expandía desde su vientre hacia todas las zonas de su cuerpo.

Ni siquiera cuando terminaron fueron capaces de sentir el frío de invierno.

11.-

Cuando Rose llegó entró a su habitación miró por la ventana: la luna estaba clara y brillante, iluminaba todo el bosque. Respiró profundamente. Sentía el cansancio anclado en cada hueso de su cuerpo. Ya no quería pensar más: ya no quería seguir atormentándose. Crecer era más duro de lo que jamás imaginó. Sus sentimientos y su orgullo propio estaban heridos. ¿Qué había hecho tan mal para merecer todo aquello? No comprendía en qué momento la vida había dejado de ser fácil y sencilla para convertirse en aquel nudo de inseguridades y dudas. Se sentía insignificante, sola, débil. Era así como se sentía, pero sabía que no podía darse el lujo de rendirse.

"Todo pasará. Te recuperarás", se dijo a sí misma, "ningún dolor es eterno".

Al menos lo de Scorpius ya estaba finiquitado: debía olvidarse de él y aceptar que ella no significaba nada en la vida del rubio. Dolía, sí: pero tenía que afrontarlo y seguir adelante. Lo único que le quedaba era el colegio y la competencia. Pensaba aferrarse a las dos cosas con uñas y dientes. Con suerte, en el proceso se descubriría a sí misma.

Rose miró el anillo sobre el velador. No importaba si Scorpius optaba por dejar de soñar con el pasado, ella no abandonaría el misterio de los anillos. Su vida y sus problemas personales no tenían por qué interferir con la investigación. Los misterios seguían sin resolverse y ella no estaba dispuesta a dar marcha atrás.

"Lo haré sola, si es necesario", se dijo.

Así que se puso una pijama, se soltó el cabello y se acostó sobre la cama.

Antes de cerrar los ojos, se puso el anillo.

Sueño #14

Rose abrió los ojos en un salón del trono totalmente distinto al que estaba familiarizada. Las cosas habían sido cambiadas de lugar y algunas columnas reemplazadas por otras. También los cuadros eran diferentes al igual que el mobiliario. Era difícil de creer que allí había ocurrido un crimen tan atroz como lo fue el asesinato de Uther Pendragon, antiguo rey de Camelot.

Arturo estaba sentado en el trono y a su lado, en un trono igual de grande, estaba Guinevere.

"¿Cuánto tiempo ha pasado?", se preguntó Rose.

Varios soldados permanecían en línea a unos metros de Arturo. El rubio los miró con seriedad.

—¿Y?— les preguntó. —¿Qué han obtenido?

Sir Lancelot dio dos pasos adelante.

—Mi Lord, nuevamente nos han impedido el paso al reino Essetir.— dijo con pesar. —El rey Cenred no quiere volver a tener tratos con nadie de Camelot.

—¡Y sin embargo tiene a Morgana!— exclamó Arturo, perdiendo la compostura. Carraspeó y respiró hondo. —Discúlpenme. Es sólo que ha pasado más de un año y aún no he podido traerla de vuelta a casa.

Rose vio cómo Guinevere tomó la mano de Arturo entre las suyas, dándole apoyo silencioso y afectivo.

—Lo hemos intentado todo.— dijo Lancelot. —Pero el rey Cenred no está dispuesto a dialogar. Y ahora que Lady Morgana se ha convertido en su esposa, me temo que queda fuera de nuestro alcance.

Arturo golpeó el trono y se llevó una mano a la frente, cubriéndose el rostro.

—Déjennos solos.— dijo Guinevere.

Los soldados empezaron a salir uno a uno. Pronto las puertas se cerraron.

—El destino de Morgana ha sido terrible.— dijo Guinevere, acariciando la cabeza de su esposo. —Casada a la fuerza con ese rey déspota, cautiva en un reino tan lejano al nuestro….pero así como ella se ha mantenido fuerte y viva durante este tiempo, nosotros también debemos hacerlo y tener fe de que podremos recuperarla.

Arturo suspiró y se puso de pie para abrazar a Guinevere.

—No sé qué sería de mí sin ti.— le susurró tiernamente. —Eres mi fortaleza.

Guinevere lo acarició con ternura.

—Y tú la mía, amor.

Dos pestañeos llevaron a Rose a una habitación dentro del castillo. La pelirroja la observó con detenimiento: no creía haber estado allí antes.

La puerta se abrió y Merlín, seguido por una mujer negra muy atractiva y esbelta, entraron a la habitación. Rose se tensó: las cosas habían cambiado drásticamente durante aquel año. Merlín ya no vestía como un sirviente sino como alguien de la corte. ¿Cómo había ocurrido algo así?

El mago caminó hacia su escritorio y se sentó en la silla. Pareció intentar concentrarse en los papeles que tenía frente a él, pero terminó por ignorarlos. Miró por la ventana. El sol era fulminante.

—Las noticias que tengo de Lady Morgana no son muy alentadoras.— dijo la mujer. —¿Aún así quieres escucharlas?

Merlín la miró a los ojos con decisión.

—Sí, por favor, Nimue.— le dijo.

La mujer asintió.

—Cenred, recientemente, la forzó a desposarse con él.— le dijo. —Legalmente, Lady Morgana le pertenece.

Merlín escuchaba jugando con su mano derecha sobre el escritorio y con la mirada perdida en un vacío insondable.

Nimue continuó:

—Los druidas me contaron que todo este tiempo Cenred ha tenido a Lady Morgana presa en las mazmorras de su castillo. Tengo entendido que la maltrataba físicamente.— hizo una pausa. —Esos, al menos, son los rumores.

Merlín miró nuevamente por la ventana. Su expresión era imposible de interpretar.

—Sin embargo, tengo noticias que podrían interesarte.— dijo ella. —Los druidas dicen que Lady Morgana consiguió escapar del reino de Cenred hace dos días. Por supuesto, la están buscando por doquier y quieren mantener su desaparición en secreto.

El moreno miró a Nimue con esperanzas renovadas y se puso de pie.

—¿Sabes hacia dónde huyó?— le preguntó.

La mujer sonrió.

—Hacia el único lugar posible: el bosque.

"¿Quién es esta mujer?", pensó Rose, observándola con detenimiento. Parecía hecha de ébano: alta, esbelta, con una piel nocturna, sin nubes, sin estrellas. "¿Por qué Merlín no viste más como un sirviente?", aquella parecía ser su habitación; el mago ahora vivía en el castillo.

Rose no tuvo tiempo de pensar más en ello porque el escenario cambió:

Pronto se vio en la espesura del bosque. El sol la golpeó fuertemente en la cara y tuvo que retroceder, mareada, hasta que chocó contra el tronco de un árbol. Miró a su alrededor, acostumbrándose a la luz, y entonces la vio:

Morgana corría a una distancia no muy lejana. Vestía harapos negros y rasgados. El sonido de el trote de unos caballos alertaron a Rose. "La persiguen", pensó.

Y se apresuró a correr tras de ella.

Morgana llegó a un área rocosa y se escondió tras un cedro. Su respiración era agitada. Rose la observó con preocupación: estaba más pálida que nunca y a la vez, más bella que nunca. El dolor y la tristeza que se transfiguraba en su rostro y en sus ojos verdes la pintaban de un vaho casi poético. Los rumores que le llegaron a Merlín debían ser ciertos: las muñecas de Morgana tenían cicatrices profundas de grilletes y tenía magulladuras en las piernas que se dejaban ver por los tirones del vestido. Los ojos de Rose se humedecieron. "Ha sido torturada..", pensó, "Un año y medio soportando agresiones físicas…¿es que el infierno para Morgana nunca termina?"

Los caballos, a una distancia bastante prudente, se detuvieron en seco. Rose no alcanzaba a verlos bien pues estaban en una cuesta. Morgana se pegó al tronco y con cautela asomó ligeramente la cabeza.

Una voz se elevó en el bosque:

—¡Identifícate, lacayo!— gritó una voz masculina.

Morgana trató de divisar a través de los árboles y las rocas que invadían la cuesta, pero no podía ver más que sombras.

—Mi nombre es Merlín.— dijo una voz cálida y conocida. —Sirvo al rey Arturo Pendragon, en Camelot.

Morgana frunció el ceño, confundida, y Rose notó que el impacto en ella fue tal que clavó los dedos en el tronco del árbol.

—¿Merlín?— soltó la bruja casi en un murmullo.

Unas risas bajo la cuesta llegaron a los oídos de Rose y de Morgana.

—¡Así que un viajero de Camelot!— dijo un soldado. —Pues nosotros somos del reino Essetir y servimos a al rey Cenred. Apuesto que tenemos una presa en común: Lady Morgana.

Morgana se tensó.

—No sé de lo que hablan.— dijo Merlín en un tono despreocupado. —Yo vine aquí a dar un paseo y a recoger setas.

—¿Setas?— murmuró Morgana para sí misma. —Imbécil…

Los soldados rieron a carcajadas.

—¡Setas!— soltaron al unísono.

—Sí, son realmente valiosas.— dijo Merlín. —Para brebajes medicinales y mágicos.

Los solados dejaron de reírse.

—Mágicos…— repitió uno. —Así que eres un asqueroso brujo…

—Yo no diría que soy asqueroso.— dijo Merlín. —Además, prefiero la palabra "mago".

—Tonto…— murmuró Morgana con rabia. —Tonto, tonto…grandísimo estúpido.

—¿Y pretendes que creamos que estás aquí buscando setas para brebajes y no buscando a Lady Morgana?

—Creí que ella estaba en Essetir. Yo no puedo entrar allí. Sólo soy un sirviente.— dijo Merlín.

—Qué bueno que lo entiendes.— dijo uno de los soldados. —De cualquier forma, sólo para asegurarnos de que no seas un problema, vamos a matarte. Espero que no lo tomes como algo personal.

Morgana cerró los ojos.

—Estúpido.— volvió a murmurar. —Completamente estúpido.

Se escucharon gritos y espadas desenvainándose; algunos golpes, y luego, un temblor de tierra: gritos masculinos.

Y un quejido que hizo a Morgana salir de su escondite de forma inmediata.

Rose la siguió.

Un soldado amenazaba a Merlín, quien permanecía en el suelo con la herida de una espada en el costado de su abdomen, con la punta de su daga en el cuello. Los demás soldados estaban ahorcados por ramas de árboles que se habían enroscado en sus cuellos.

—Dile adiós a la vida, mago Merlín.— dijo el soldado.

Antes de que pudiera cumplir su cometido, el soldado empezó a incendiarse.

Gritos agónicos de dolor se expandieron por el bosque. Morgana corrió cuesta abajo y con una mano extendida lanzó al soldado a varios metros de distancia, lejos de Merlín.

Morgana se acercó al mago tendido en el suelo, desangrándose.

—Eres un imbécil. Lo sabes, ¿verdad?— dijo la morena con inexpresividad.

Merlín trató de decir algo, pero no pudo. Sólo consiguió esbozar algo parecido a una sonrisa.

Y luego se desvaneció.

El escenario cambió ante Rose de manera drástica.

La luz desapareció de súbito. Estaba en un lugar oscuro, iluminado tan sólo pero alguno que otro agujero que simulaba ser ventana. El lugar era de piedra y tenía plantas, calderos, leña…parecía estar adecuado para la supervivencia humana. Rose se abrazó a sí misma: el ambiente era bastante sobrecogedor.

Morgana apareció en una esquina cargando un balde lleno de agua. Entonces, Rose lo vio:

Merlín permanecía desfallecido, colgado de las muñecas con todo su peso, totalmente inconsciente.

La bruja le lanzó el agua fría con agresividad.

Merlín pareció emerger del fondo del mar y despertó lanzando quejidos sordos.

Morgana se acercó a él.

—Buen día.— le dijo.

Merlín tosió dos veces y haló las cuerdas que le sujetaban las muñecas. No pudo soltarse así que permaneció colgado a pesar de que, para su satisfacción, pudo asentar los pues en la tierra y liberar a sus muñecas del peso de su cuerpo.

—¿Lo es?— le preguntó el mago, clavando sus ojos en ella.

—No seas así.— dijo Morgana en un tono de súplica falsa, mirándolo de pies a cabeza. Merlín estaba empapado y gotas corrían de su cabello negro hacia su rostro. Rose notó que para ir a buscarla (porque era evidente que a eso había ido al bosque), se había vuelto a poner sus ropas de sirviente. —Tenemos mucho de lo que ponernos al día.— le dijo Morgana fingiendo un tono amable sarcástico. —Después de todo no te he visto desde que condenaste a mi hermana a una muerte lenta y dolorosa, frustraste mis planes de tomar Camelot y me forzaste a vivir en esta pocilga…

Merlín sonrió, intensificando su mirada hacia la morena.

—Estoy bastante orgulloso de esos logros.— le dijo. —Puedo morir tranquilo.

Morgana borró todo sarcasmo de su rostro y éste se vació por completo de emociones.

—Oh, pero tú no vas a morir.— le dijo. —No, no, no…— se acercó tanto a él que sus narices se rozaron. Los ojos de Morgana se transformaron en dagas. Le susurró con frialdad: —No voy a hacértelo tan fácil.

Morgana se alejó de él y Rose notó a Merlín tragando saliva. La bruja caminó hacia una mesa y echó varias hierbas a un caldero.

—¿Cómo te enteraste de que escapé de Cenred?— le preguntó la bruja.

Merlín se mantuvo serio.

—No lo sabía.— mintió. —Vine a recoger setas.

Morgana lo miró con dureza.

—Debió sentarte muy mal la noticia de que había escapado de Essetir.— dijo ella mientras colocaba el caldero sobre una llama ardiente. —Debiste pensar que el idiota de Cenred tendría la suficiente fuerza e inteligencia como para mantenerme cautiva para siempre. Apuesto a que viniste a buscarme para intentar matarme otra vez.

Merlín esbozó una sonrisa fría.

—Hay muchas setas venenosas en este bosque, hay que admitirlo.— fue todo lo que dijo.

Morgana se mantuvo inexpresiva.

—Te advierto que no vas a poder evitar que regrese a Camelot.— dijo la bruja. —Y tomaré lo que es mío.

—¿Y qué es tuyo en Camelot, si se puede saber?— preguntó el mago, mirándola de forma desafiante.

Morgana dejó el caldero y lo miró a los ojos.

—El trono.— le dijo.

Merlín volvió a esbozar una sonrisa.

—Sobre mi cadáver.— le dijo.

Morgana levantó el mentón.

—Ya tendré tiempo de pasar por encima de tu cadáver.— le dijo. —No te preocupes.

Merlín sintió una punzada intensa y soltó un quejido. Bajó la mirada hacia su abdomen: la herida que le habían hecho seguía abierta, pero ya no sangraba. Morgana caminó hacia él con un hilo de origen vegetal y una aguja que a Rose le pareció más bien un muy delgado pedazo de metal esterilizado.

—Esto va a ser divertido.— dijo Morgana mientras se acercaba a la herida de Merlín. —Y como quiero que te diviertas conmigo, no te daré nada para el dolor. Después de todo, eres un mago. Lo soportarás bien.

Morgana empezó a coser la herida abierta de Merlín y el moreno soltó un grito intenso, luego se mordió los labios al ver que la bruja sonreía con sus gritos: parecía no querer darle el placer de escucharlo sufrir.

—Dolor.— le dijo la morena mientras continuaba cosiendo la herida. —Es una palabra a la que no estás familiarizado, ¿verdad?— le dijo, y sonrió. —Se podría decir que yo soy tu dolor. Yo soy quien se encarga de ajustar cuentas con la vida y producírtelo.

Merlín temblaba por el intenso dolor que sentía, pero no gritaba más.

Morgana continuó:

—Nacimos destinados a ser el dolor del otro.— le dijo. —Tú el mío, yo el tuyo.— su rostro se volvió tenso y severo. —No tienes idea de lo que tuve que soportar en Essetir…de cuántas veces me cosieron como yo lo estoy haciendo ahora contigo. De cuántas veces me golpearon, azotaron, torturaron…— Morgana sonrió amargamente. —¿Sabes que a Cenred le excita el sadismo? Ese cerdo pervertido….

Morgana tiró del hilo para cortarlo y Merlín volvió a gritar. La bruja se incorporó y volvió a estar a la altura del moreno, quien aún temblaba.

—¿Sabes lo que es una cauterización?— le dijo. —Duele bastante. —sonrió. —Asumo que debiste aprender la forma de hacerlo a través de Gaius.— Merlín clavó sus ojos azules en ella con odio intenso. —Lástima que esté muerto. Y lástima que yo no utilice sus métodos.

Morgana colocó su mano sobre la herida del moreno.

Una llama pequeña pero intensa emergió de sus dedos.

Merlín gritó agónicamente y Rose se cubrió el rostro.

Cuando se lo descubrió, la luz del día ya no entraba por ningún agujero. Habían pasado algunas horas y Merlín parecía haberse vuelto a dormir. Morgana había encendido una fogata que iluminaba bastante bien el lugar. Rose pestañeó un par de veces seguidas: Morgana se curaba a sí misma algunas heridas en sus piernas y en su espalda.

La visión de la espalda de Morgana sobrecogió a Rose.

La piel tersa y blanca de la bruja estaba cubierta por cicatrices horribles que corrían a lo largo de su columna vertebral. Rose se llevó la mano a los labios. ¿Qué clase de horrores había experimentado Morgana?

Merlín abrió los ojos lentamente. Pareció confundido durante algunos segundos, pero al ver a Morgana la desubicación en su rostro desapareció. Sus ojos azules recorrieron con una expresión de espanto y dolor las cicatrices que Morgana limpiaba en su cuerpo. Rose supo que las mismas preguntas que ella misma se había hecho ahora Merlín se las formulaba en su cabeza.

El moreno se humedeció los labios.

—¿Qué te hicieron allá?— preguntó, espantado por cómo se habían atrevido a lacerar el cuerpo de una mujer.

Morgana, quien hasta entonces no se había dado cuenta de que Merlín había despertado, lo miró con breve sorpresa y luego con frialdad.

—Lo que reyes como Cenred o Uther le hacen a brujas como yo.— le dijo.

Merlín frunció el ceño.

—¿Lo hizo porque eras una bruja?— le preguntó.

Morgana se concentró en la limpieza de una cicatriz que no cerraba del todo aún.

—Cenred tiene un campo en donde tortura y asesina a magos y brujas.— dijo la morena. —Como estaba obsesionado conmigo, me permitió el lujo de vivir presa en sus mazmorras y vivir: pero no me liberó de los castigos.

Merlín tragó saliva.

—No puede ser que exista un lugar así.

Morgana se detuvo y lo miró a los ojos con dureza.

—Eres un estúpido, Merlín. Un imbécil.— dijo ella. —Lo que nos diferencia a ti y a mí es que yo sí conozco a mi gente: conozco los dolores, los sufrimientos de los míos, de los de mi raza. ¿Qué sabes tú de lo que nuestra comunidad ha tenido que soportar por parte de esos humanos que tanto te empeñas en proteger?

Merlín meneó la cabeza.

—Todos los humanos tienen corazón, igual que nosotros.

Morgana se puso de pie.

—Un corazón podrido de odio hacia todos los que son diferentes a ellos.— dijo la bruja. —No voy a permitir que el mundo siga siendo como lo es ahora. Voy a tomar el trono y voy a liberar a mi gente.

—¡Yo también quiero liberarlos!— exclamó Merlín. —¡Quiero que sean libres, que vivan bien, en armonía! Pero no quiero causar una guerra para conseguirlo. Quiero que magos y brujas puedan vivir en paz junto a los humanos normales…

Morgana rió con sequedad.

—A eso me refiero cuando digo que no sabes nada de tu gente.—le dijo la bruja. —Tampoco de los humanos: jamás aceptarán vivir en paz junto a nosotros. Siempre nos odiarán, siempre buscarán lastimarnos, segregarnos, matarnos. Entiéndelo de una buena vez: no hay bondad en sus corazones, no para nosotros. La guerra es necesaria: es la única salida. Por medio de ella los humanos entenderán que no estamos dispuestos a someternos más a su violencia; por medio de ella empezarán a temernos y dejarán de tratarnos como animales.

—¿Y para conseguirlo quieres sacar a tu hermano del trono?— dijo el moreno. —¿Piensas destronar a Arturo? ¿También vas a matarlo?

Morgana lo miró de forma inexpresiva.

—Arturo jamás aceptará que es sólo un humano corriente y que los poderosos somos otros.— dijo la morena. —Es hora de que la magia tome el trono.

Merlín haló las cuerdas de forma inútil.

—Vine por ti.— le dijo. —Vine a buscarte, a impedir que regreses a Camelot.

Morgana le dio la espalda. Él continuó:

—Todo está allá mejor sin ti.— le dijo con firmeza. —Siento mucho todo por lo que has pasado. Sé que estás cansada y yo también lo estoy. Camelot no te necesita. Arturo no es Uther: ha prohibido la ejecución de magos y brujas en el reino.

—¿Y les ha abierto espacios?— preguntó Morgana.

Merlín bajó la mirada.

—No.

—De modo que no los ejecuta, pero los echa de Camelot y los forza a vagar sin rumbo hasta que otros soldados como los de Cenred los capturan y los matan.— dijo la morena. —Qué buena forma de lavarse las manos.

—Las cosas no son así.— dijo Merlín. —Arturo ha sido educado toda su vida creyendo que la magia pervierte el alma de las personas. Si saca a las brujas y a los magos de Camelot es porque cree que así está protegiendo a su gente. Aún tiene mucho por aprender.

Morgana lo miró con sarcasmo.

—¿Y crees que aprenderá que la magia es una virtud y no una enfermedad?

Merlín se mantuvo firme y su mirada también.

—Sí.— le dijo. —Y cuando lo haga, todos empezaremos a vivir en paz, juntos.

Morgana negó con la cabeza.

—¿Ocultos?— le preguntó. —¿Quieres construir un mundo mágico que se mantenga oculto como una ratonera que aloja seres infectos? Yo no quiero eso: quiero verdadera libertad para los míos. Quiero que no tengamos nunca más que vivir escondiendo nuestros poderes de los humanos sólo porque son demasiado estúpidos como para entenderlos.

Merlín tragó saliva.

—Es la única forma de asegurar la paz.— le dijo.

Morgana sonrió con frialdad.

—¿La paz?— repitió. —¿Qué es eso?— se acercó a él. —La paz no existe, sólo el poder y quien lo posee.

Entonces, dos golpes en la puerta los petrificaron a ambos.

Una voz tranquilizó a Morgana.

—Soy yo.— dijo una voz masculina, juvenil. —Mordred.

Morgana respiró hondo y caminó hacia la puerta. Cuando la abrió, salió. Rose se apresuró a salir con ella.

La morena cerró la puerta tras de sí.

—Qué bueno verte.— dijo Morgana. —Creí que te había sido imposible encontrarme.

—Nunca me es difícil encontrarte.— le dijo.

Rose lo observó: ya no tenía en lo absoluto la apariencia de un niño, sino más bien la de un adolescente hecho y derecho. Había crecido un poco más desde la última vez que lo vio: superaba a Morgana en altura ya por algo más de una cabeza. Su espalda ancha, su cuerpo en general, tenía la forma del cuerpo de un hombre. Miraba a Morgana con sus ojos grandes y celestes una expresión de escepticismo.

—¿Por qué no me hiciste entrar?— preguntó él.

Morgana se mantuvo imperturbable.

—Estoy ocupada.— le dijo. —Necesito regresar a Camelot lo más pronto posible. ¿Puedes ayudarme a deshacerme de los soldados que me persiguen? Hoy casi me atrapan.

Mordred miró la puerta cerrada al interior de la casucha de piedra y luego a Morgana. Guardó un silencio breve.

—No vas a necesitar ayuda de nadie para regresar a Camelot.— le dijo el moreno. —Vine a darte una buena noticia.

Morgana lo miró, intrigada. Mordred continuó con una sonrisa en los labios:

—El rey Cenred ha sido asesinado hoy en su trono.— dijo en un tono solemne. —Morgana, ya no tienes que seguir huyendo. Ahora eres la reina de Essetir.

Morgana dejó que sus labios se entreabrieran por la sorpresa.

Cientos y miles de años más adelante Rose abrió con brusquedad los ojos y el pasado se borró. Ya no habían rastros de Morgana, Mordred o Merlín. La pelirroja se llevó una mano al pecho.

Su corazón, por dentro, era una llama incesante.

11.-

Alexander

Tan pronto amaneció Alexander salió de la cama de Lisa March y fue directo a la suya. Se bañó, se vistió y se peinó —como siempre— pobremente. No necesitaba hacer grandes esfuerzos con su cabello espeso y lacio. Éste parecía peinarse solo.

Bajó a la sala común en donde no encontró ni a Scorpius ni a Megara. El día tenía un sabor amargo, y no entendía bien del todo por qué. No sólo se trataba de sus propios problemas —sus problemas tenían nombre y apellido: Lucy Weasley—, sino de algo pesado que parecía suspenderse en el ambiente. No lograba comprender de qué se trataba, pero lo sentía.

Salió en dirección al gran comedor con la esperanza de encontrar allí a sus amigos, pero fue un fracaso. La mesa de slytherin estaba llena ese lunes y ni rastro de sus mejores amigos. Se sentó. Desayunó una tostada y un café. Procuró no levantar la mirada hacia la mesa de Hufflepuff. Procuró olvidar que existía alguien llamado Lucy.

"Quiero mi vida de antes", pensó, "quiero que todo vuelva a no tener importancia".

Acabó de desayunar lo más rápido posible y salió en busca de sus libros para la primera clase del día: Aritmancia.

Para su sorpresa —y a pesar de que la clase estaba a punto de empezar— en el aula encontró a Megara, pero no a Scorpius.

—¿En dónde está?— le preguntó a la morena.

—Debe estar descansando en la enfermería.— le dijo ella sin darle gran atención. Su voz estaba cansada y pesada. —Ayer tuvo una pelea con unos gryffindors. Pero no te preocupes, no le pasó nada grave.

Alexander no comprendía nada: ¿qué diablos estaba sucediendo a su alrededor? Era como si el mundo se hubiera puesto boca abajo y él no fuera capaz de hacer nada al respecto. Suspiró. Clavó sus ojos verdes en el perfil de Megara: tenía ojeras y parecía no haber dormido a lo largo de toda la noche. ¿Habría sido por Scorpius?

En ese momento Albus Potter y Rose entraron al salón seguidos por la profesora de Aritmancia. Megara se sentó recta de repente, como si la entrada de ellos la hubiese despertado bruscamente.

—¿Estás bien?— le preguntó.

—Uhum.— dijo Megara. Sus mejillas se habían encendido escandalosamente.

Alexander decidió pasarlo por alto: si algo había aprendido de Megara era a no preguntar cuando la otra persona no parecía querer responder. De modo que no insistió más.

La clase fue larga y aburrida.

Luego siguió Herbología. Ni rastro de Scorpius.

Alexander notó que Rose tenía dificultad en seguir la clase: había faltado ya a varias sesiones y era normal que estuviera distanciada de los avances. Albus Potter la ayudaba a todo momento y, de vez en cuando, le daba la impresión de que el gryffindoriano miraba hacia la mesa en donde estaban sentados Megara y él, pero sólo era una impresión. No hubo participaciones interesantes durante las dos horas siguientes. Los alumnos parecieron sumidos en un sueño ininterrumpido y viscoso.

La siguiente clase fue la de Adivinación. En ella, en cambio, a la única que pareció irle bien fue a Rose. Firenze era muy estricto en cuanto al uso de las hierbas sobre las tazas y la numerología en las interpretaciones simbólicas. Sólo Rose consiguió sacar interpretaciones lógicas y sin ayuda de los libros ni del profesor.

A la hora del almuerzo decidió ir a la biblioteca. No tenía apetito y continuaba anidando una sensación extraña. Megara había desaparecido a la salida de la clase de Adivinación sin decir una sola palabra y Scorpius no aparecía por ningún lado. Tal vez es el invierno, se dijo a sí mismo. Aquel maldito, frío invierno.

La biblioteca estaba casi vacía. Justo como lo sospechaba la gran mayoría de estudiantes estaban en el gran comedor almorzando. Sin embargo, en una u otra esquina había algún alumno leyendo abstraído. Alexander se sintió en paz. Tenía libros de arte bajo el brazo y tenía la única intención de devolverlos. No quería volver a abrir libros de arte: aquellos intereses venían ligados a Lucy, y quería sacársela de la cabeza lo más pronto posible. Para ello debía ser eficiente y borrar de su vida todo rastro de la pelinaranja.

Era lo mejor.

En el momento en el que depositó los libros en el carrito de devoluciones de Madame Pomfrey, una mano femenina se posó sobre su hombro.

—Así que estabas aquí.— dijo Lisa March mientras se echaba el cabello negro y ensortijado hacia atrás de forma coqueta. —Qué difícil es encontrarte.

Alexander asintió.

—Eso se debe, tal vez, a que no quiero ser encontrado.— le dijo.

Lisa sonrió.

—Vamos, no seas tan malhumorado.— le dijo ella. —No puedes ser así con la persona que te llevaste a la cama la noche pasada.— Lisa se inclinó hacia él y le depositó un beso sobre los labios. —Y por cierto: estuviste excelente.

Alexander sonrió y le acarició suavemente la cabeza. Fue entonces, y no antes, cuando vio a Lucy junto a la estantería a menos de dos metros de ellos, de pie, mirándolo con la boca semi abierta, con los ojos temblorosos, y supo que todo su malestar de aquella mañana, de aquel día nefasto, no era otra cosa más que una premonición: una premonición de ese momento, de ese instante en el que sus ojos verdes se encontraron con los de Lucy y ella ya no lo miraba como antes.

Lisa March se volteó y miró a Lucy.

—Hola.— le dijo con extrañeza. — ¿Necesitas algo?

Lucy, aturdida, con una expresión entre confusión y dolor — ¿se sentía traicionada?, se preguntó Alexander, ¿se sentía traicionada, engañada por él, ahora que sabía la verdad? ¿o aún era incapaz de aceptar que todo había sido una mentira?—, se sostuvo la cabeza con una mano y dudó unos segundos antes de responder:

—Sí.— dijo ella. —Quisiera hablar con Alexander…. Por favor.

Lisa miró al castaño en busca de una confirmación. Alexander sólo pudo asentir sin mirarla, sus ojos seguían clavados en los de Lucy.

—Bien, hablamos luego entonces.— dijo Lisa.

Y se fue.

Lucy dio un paso hacia delante y se detuvo. Alexander sentía un nudo pesado en la garganta. Ninguno de los dos habló por varios segundos. El castaño se llenó de valor para romper el silencio.

—Ahora lo sabes.— dijo el slytherin. —Quizás es mejor que haya sido así.

Lucy pestañeó varias veces. En su rostro estaba reflejado el dolor.

—¿Qué significa esto?— le preguntó la hufflepuff. —Yo creí que….creí que tú…

—Pues no lo soy.— dijo Alexander.

—¿Por qué no me lo dijiste?— le preguntó, dolida. Sus ojos estaban humedecidos.

Alexander respiró hondo.

—No quise mentirte, Lucy.— le dijo. —Espero que sepas que lo que te digo es cierto. Yo…ni siquiera sé por qué Rose te dijo algo así. No quise meterme en ese asunto. Decidí esperar a que ella regresara y preguntarle. Pensé que tal vez existía una buena razón por la que….

—¿Una buena razón?— repitió Lucy, indignada. —¿Una buena razón para mentirme?

Alexander dio un paso hacia delante.

—No es así, Lucy.— le dijo. —Nunca quise engañarte. Rose…

—¿Rose?— le preguntó. —¿Eres amigo de ella?

Alexander suspiró.

—Es una larga historia.— le dijo. —Los dos fuimos a la casa de Scorpius en Navidad, juntos, y nos relacionamos…

Lucy bajó el tono de su voz.

—No entiendo por qué me mentiste con algo así.— le dijo y su voz se quebraba. —No tiene sentido. Es la mentira más absurda, más ilógica…— lo miró a los ojos. —Creí que éramos amigos…

El reclamo triste y dolido de Lucy hería a Alexander hondamente, quizás mucho más que si la pelinaranja hubiese hecho un escándalo. En su tono había decepción: y eso, probablemente, era lo que más lo lastimaba.

Nunca antes había experimentado esa clase de dolor.

—Alexander.— dijo una voz masculina.

El castaño se volteó y vio a Scorpius caminando hacia él desde el inicio del pasillo. Alexander tomó a Lucy y la escondió en una esquina.

—Por favor, no te vayas.— le susurró. —Déjame deshacerme de él, y te lo explicaré todo.

Lucy, aturdida, fue incapaz de decir o hacer ningún gesto de aceptación. Alex emergió de aquel recoveco entre la estantería y el muro y se topó de frente con su mejor amigo.

—No fuiste a comer.— le dijo el rubio.

—No, en realidad no tenía hambre.— le dijo el castaño, mirándole con atención las pequeñas cicatrices que tenía en el rostro. —Tú no fuiste a clases.

—No.— respondió el rubio con desinterés. —En realidad no tenía ganas.

Alexander lo miró con incomodidad.

—¿Me buscabas para algo especial?— le preguntó, tratando de librarse de él lo más pronto posible.

Scorpius, quien se había distraído viendo algunos libros, lo miró a los ojos.

—Sí, para dos cosas.— le dijo. —Primero para pedirte que me prestes tus apuntes de clase.

—Me alegra que hayas decidido ponerte al día.— dijo el castaño.

—No tengo opción.— dijo el rubio, cruzándose de brazos. —Al menos no hasta que decida si lo que quiero es seguir estudiando o no. Tal vez decida dejar la competencia y salir del colegio. Viajar. Hay más cosas en el mundo que obtener un título mágico.

Alexander, en cualquier otro momento, hubiera intentado replicar el comentario de Scorpius, pero en ese instante no tenía cabeza para la locura repentina de su amigo. Casi podía sentir a Lucy recuperándose del impacto allí, escondida. Si no se apresuraba en acabar la conversación con Scorpius, tal vez Lucy se iría.

—Mis apuntes están en mi habitación. Puedes ir por ellos. ¿Qué más necesitas?— le preguntó Alexander con premura.

Scorpius lo miró a los ojos.

—Nada.– le dijo. —Venía a decirte que olvides lo que te pedí antes de irme de Hogwarts por la tercera prueba: olvida todo lo de vigilar a Lucy Weasley.

El corazón de Alexander se detuvo en seco. No tuvo tiempo siquiera de reaccionar porque Scorpius continuó:

—No sé en qué estaba pensando cuando te pedí que la protegieras de los que la molestaran. — dijo el rubio. —Los Weasleys no son nuestro problema. Que se las arreglen ellos solos.

Y con esto dicho, Scorpius dio media vuelta y caminó por el pasillo, alejándose cada vez más de un Alexander que temía darse la vuelta para enfrentar a Lucy.

Aún así, de espaldas, pudo sentirla emerger de su escondite. Cerró los ojos. Tragó saliva.

Se volteó lentamente.

Cuando abrió los ojos lo que vio lo partió por dentro: Lucy lloraba. Sus ojos eran océanos vacíos de vida, huecos, húmedos. Sus ojos eran dos heridas abiertas.

—Lucy…— comenzó él, pero ella no le permitió terminar.

—Nunca fuimos amigos realmente, ¿verdad?— dijo la pelinaranja. —Todo sólo existió en mi cabeza. Como siempre.— hizo una pausa en la que se limpió algunas lágrimas a pesar de que su rostro automáticamente volvía a empaparse. —Ni siquiera te acercaste a mí en primer lugar porque lo hubieses querido así, sino porque te pidieron que lo hicieras. Por lástima.

Alexander caminó hacia ella.

—Eso no es cierto.— le dijo. Lucy retrocedió y él se detuvo. Guardaron la distancia.

—No te conozco.— le dijo la hufflepuff. —No tengo idea de quién eres. ¿Te gustan las chicas? Todo este tiempo debí ser una carga abominable…

—No.— dijo el slytherin. —Escucha…sí, es cierto que me acerqué a ti porque Scorpius me lo pidió…

Lucy elevó la mano en señal de que se detuviera.

—¿Quién te dijo a ti y a Scorpius Malfoy que yo necesito que me cuiden?— le preguntó, indignada. — ¿Quién?

Alexander se pasó una mano por el rostro.

—Lucy, la primera vez que te vi este año fue cuando Scorpius te sacó del bosque prohibido, desfallecida, en medio de una tormenta. — le soltó. —Perdónanos por creer que necesitabas algo de ayuda.

Lucy frunció el ceño, dolida.

—No lo hicieron por mí.— dijo la pelinarajna. —Lo hicieron por Rose, ¿o vas a negármelo?

Alexander guardó silencio.

—Ya no quiero seguir mintiéndote.— le dijo.

Lucy rió con sequedad.

—Vaya.— le dijo. —Es gracioso que lo digas. Todos parecen disfrutar mucho mintiéndome.

—Las cosas no son así.— insistió él.

—Odio las mentiras— dijo Lucy.

—Lo sé.

La hufflepuff se acercó al slytherin con el rostro marcado por las lágrimas.

—Dime algo que no haya sido mentira en toda nuestra amistad. — le pidió. —Cualquier cosa.

Alexander la miró a los ojos pero ninguna palabra emergió de sus labios. Muchas cosas no habían sido mentira, pero no tenía idea de cómo verbalizarlas. Jamás había tenido que expresar algo tan complejo, definir las verdades de un sentimiento.

Lucy se cansó de esperar y dio media vuelta.

Alexander la tomó del brazo y la hizo volver.

Ella lo miró a los ojos con una distancia y una frialdad que sobrecogieron al slytherin. Jamás pensó que aquella mirada podía estar dibujada en los ojos tiernos y cálidos de Lucy.

—Odio las mentiras— le dijo con dureza. —Odio que me mientan. No quiero tu lástima. No quiero volver a hablarte nunca más.

Lucy lo empujó y Alexander, sorprendido por aquella actitud ligeramente violenta y agresiva de la hufflepuff, se dejó empujar. La miró alejarse, estupefacto, incrédulo ante las miradas, las palabras y los gestos que Lucy le había dirigido.

Una presión profundo e insoportable se alojó en el centro de su pecho.

Y dolía.

12.-

Megara se sentó en el comedor y miró a su izquierda y a su derecha. No había rastro de Alexander ni de Scorpius. Los slytherins conversaban animadamente, felices de que las clases hubieran terminado por aquel día. La morena bostezó y mientras se servía ensalada en el plato se forzó a sí misma a no levantar la mirada hacia la mesa de Gryffindor.

Con sólo pensarlo una oleada de calor la invadió de pies a cabeza.

Soltó el tenedor accidentalmente y tuvo que recogerlo con torpeza. Estaba cansada. No había conseguido dormir durante las pocas horas que tuvo para hacerlo. Aún no podía creer lo que había sucedido entre Albus y ella. Toda la noche. Ninguno de los dos abandonó la torre de astronomía hasta las cuatro de la madrugada. Fue ella quien salió primero, sigilosa, escapando del moreno.

"¿Cómo puedo ser tan estúpida?", pensó mientras comía, cabizbaja, molesta consigo misma.

¿Cómo podía haberse permitido acostarse con Albus Potter? ¿Qué era lo que significaba todo aquello? Unos minutos antes de que empezaran a besarse apasionadamente él le había dicho que no le interesaba el sexo por el sexo, ¿por qué entonces se había acostado con ella, no sólo una, sino tres veces?

Megara volvió a dejar caer el tenedor. Algunos slytherins la miraron sin disimulo y comentaron entre ellos. Megara les devolvió la mirada con antipatía y luego les sacó la lengua.

—Métanse en sus asuntos.— les dijo, en voz alta.

Los slytherins volvieron a lo suyo. Megara observó su reflejo en una de las copas. Tenía ojeras oscuras y profundas. Suspiró. Tenía que controlarse: no podía andar por el mundo con el corazón latiéndole a mil y la sangre hirviéndole por dentro. Albus compartía clases con ella, no podía escapar de su presencia así como así. Además, ¿por qué tenía tanto temor a un encuentro con el moreno? ¿de qué estaba huyendo? ¿Desde cuándo ella le huía a un chico?

Entonces, accidentalmente, levantó la mirada: Albus entraba al comedor acompañado por Fred, Louis y Hugo Weasley. Conversaba con sus primos y sonreía, despreocupado, como si nada hubiera pasado. Tenía algo de ojeras, pero no le sentaban mal y físicamente no parecía cansado. Megara intentó dejar de mirarlo, pero no pudo. Lo vio avanzar hacia su mesa y vio cómo varias chicas voltearon a verlo y cuchichearon a su paso. "Babosas", pensó con desagrado.

A su derecha, unas voces femeninas demasiado elevadas llegaron a ella:

—No sé, ¿vieron cómo entró a la sala común el otro día?— dijo una chica de cabello corto. —Estaba acabado.

—Pero eso no tiene necesariamente que ver con la competencia.— dijo otra. —Vamos, es Scorpius Malfoy: el mejor de nuestra casa.

—O al menos lo era.— dijo otra. —Dicen que hoy no asistió a clases. Parece ser que Rose Weasley lo está venciendo.

—¿Rose Weasley?— soltó una. —Por favor. Si es una princesita. Las princesitas no ganan competencias: son sólo adornos en un balcón.

—Sea como sea. — dijo la de cabello corto. —Más le vale a Scorpius ganar la competencia. Nos lo debe a todos.

Megara rió con sarcasmo. La chica de cabello corto se volteó a mirarla.

—Disculpa, me dio la impresión de que te reías de nuestra conversación privada.— dijo.

Megara volteó a verla despectivamente.

—¿Ah sí? ¿Era privada?— le preguntó. —Porque en realidad, estaban gritando. Deben tener cuidado con esas tácticas que tienen para llamar la atención. — Megara dejó la servilleta sobre la mesa. —Pero ahora me ha dado curiosidad, dime, ¿qué es lo que crees que Scorpius les debe?

La chica miró a Megara con frialdad.

—Tiene la responsabilidad de limpiar el nombre de Slytherin otra vez. Tú debes saberlo mejor que nadie— le dijo. —Después de todo, por apellidos como los suyos es que todos en esta casa estamos marcados.

Todo lo demás fue demasiado rápido: Megara tomó su copa llena de jugo de calabazas y se lo lanzó a la slytherin sobre la cabeza. La chica gritó y se puso de pie, empapada. Megara también se incorporó: todos en el gran comedor las miraban ahora, incrédulos.

—¡Eres una….!

—¡Shh! Cuidado con tu lengüita, que hay cosas mucho más peligrosas sobre esta mesa y créeme, pienso usarlas.— le dijo la morena.

Unos slytherins de sexto y séptimo empezaron a reírse, divertidos, y a corear "¡PELEA, PELEA, PELEA, PELEA!", mientras daban palmadas sobre la mesa.

Megara miró al frente. Los ojos de Albus la observaban a lo lejos. Los evitó.

—Y por cierto...— le dijo la morena acercándose a la slytherin lo suficiente como para susurrarle al oído. —Que sea la última vez que hablas mal sobre los apellidos que conforman tu propia casa. Podrías amanecer un día de estos sin una lengua que te ayude a continuar con ese discurso tan desagradable.

Y con esto, Megara caminó hacia la salida del comedor.

Unos ojos verdes la siguieron y ella pudo sentirlo.

Cuando por fin estuvo fuera del gran comedor un motor interno le forzó a seguir caminando por el pasillo a gran velocidad y con decisión. Sólo cuando escuchó la voz de Albus todo por dentro y por fuera se detuvo:

—Megara, espera.— le dijo el moreno.

La slytherin se quedó quieta y volteó para verlo caminar hacia ella por el pasillo.

Su corazón empezó a latir desmesuradamente.

Albus la miró a los ojos, intrigado.

—¿Qué pasó allá?— le preguntó.

Megara se despeinó el cerquillo.

—Nada.— le dijo. —Puse en su lugar a alguien, es todo.— sonrió. —Le enseñé a no meterse conmigo o con mis amigos.— hizo una pausa corta pero densa; luego habló con algo de hastío: — ¿Qué haces aquí?

Albus se cruzó de brazos.

—¿Por qué te fuiste tan rápido ayer por la noche?— le preguntó.

Megara lo miró a los ojos. Parecía mentira que le estuviera preguntando aquello como si fuera cualquier cosa, como si no hubiese sucedido nada entre ellos, de la forma más natural y tranquila posible.

—En realidad, me fui a las 4 de la madrugada.— le dijo. —No fue nada rápido.

Albus asintió.

—De acuerdo.— le dijo. —Pero podías haberme despertado.

Megara introdujo las manos en su túnica.

—¿Para qué?— le preguntó. — Da igual. ¿Vienes a reclamarme que no te desperté?

Albus negó con la cabeza.

—No.

—¿Entonces?— le preguntó.

Albus la miró directamente a los ojos.

—Vine a preguntarte por qué estás tan nerviosa.— le dijo. —Vine a preguntarte por qué huyes de mí.

Megara abrió los labios con incredulidad. Le costó articular una respuesta.

—¿Nerviosa? ¿Huir de ti?— le preguntó. — ¿Qué te hace pensar eso?

Albus permaneció inexpresivo.

—Te pasaste mirándome durante todas las horas de clase y cometiendo torpezas durante los ejercicios. — le dijo el gryffindoriano. — Además, cada vez que levantaba la mirada desviabas la tuya. No fue tan difícil darme cuenta, ¿sabes?

Megara soltó una risa sarcástica.

—Por Merlín que eres egocéntrico, Albus Potter.— le dijo. —Por supuesto que cometí torpezas en las clases: ¿no ves mis ojeras? Estoy muerta de cansancio. De hecho, justo ahora iba directo a mi sala común. Tengo la intención de dormir y no despertar hasta mañana.

Albus levantó una ceja.

—¿Y no crees que deberíamos hablar de lo que pasó ayer?

Megara no supo qué decir. En el fondo tenía miedo a hablar de ello. Lo que menos quería escuchar era a Albus diciéndole que se había dejado llevar por las provocaciones que ella le había hecho, que lo que había pasado había tenido lugar sólo como demostración, como prueba de que él también podía dejarse llevar por sus instintos más básicos. Y sin embargo, por otro lado, estaba la posibilidad de que lo hubiese hecho porque sintiera algo hacia ella. Pero si Albus la quería de algún modo no amistoso, ¿por qué no se lo decía? ¿por qué era tan insufriblemente neutral y lejano?

En ese momento dos chicas de Gryffindor salieron del comedor y caminaron hacia ellos.

—¡Albus! Te estábamos buscando…— dijo una de ellas. Megara notó que llevaba la falda al menos cinco centímetros por arriba de lo normal. —Dijiste que nos ayudarías con los deberes de Runas Antiguas, ¿recuerdas?

Albus esbozó una sonrisa algo indiferente.

—Lo recuerdo.— les dijo. —¿Ahora?

Megara carraspeó.

—Bueno, tendremos que dejar esa charla para otro día, Potter.— le dijo. Albus frunció ligeramente el ceño al escuchar que ella lo llamaba sólo por su apellido otra vez. — Nos vemos.

Y con esto, Megara escapó.

13.-

Alexander miró al techo. Nunca lo había entendido bien del todo, pero le fascinaba que en Hogwarts los techos estuvieran tan lejanos e inalcanzables, eran como una especie de cielo en sí mismo; un cielo que nunca cambiaba —a excepción, por supuesto, del techo del gran comedor. Se pasó una mano por el cabello castaño y lo empujó hacia atrás. Estaba sentado en un pasillo desierto de Hogwarts porque no tenía la menor idea de a dónde ir.

Se sentía perdido.

Sonrió. Era increíble cómo todo había cambiado en su interior en cuestión de días. Se sentía terriblemente mal, algo en su interior dolía de forma lacerante, pero en ese sadismo existía algo de placer. Nunca se había sentido tan vivo como ahora. Y todo gracias a Lucy. Jamás creyó que podría sentirse así, tan atraído, tan atado a otra persona. Dolía, claro que dolía, porque desde cualquier punto de vista querer a Lucy no era posible. Se había enamorado de la única chica en todo Hogwarts que jamás se enamoraría de él.

—Ben Wilson…— murmuró. —Eres un imbécil.

Al principio no había entendido cómo era que Lucy se había vuelto alguien especial para él, pero ahora le quedaba más claro que nunca: era dulce, cálida, tierna, inteligente, suave, valiente, talentosa, leal…leal hasta la muerte. ¿Cómo no enamorarse de alguien así?

"Pero ahora ella te odia", pensó. Y quizás era mejor así. Quizás era mejor arrancar de raíz esa relación. Lucy tenía todo el derecho de despreciarlo: él le había mentido y desde un principio no se acercó a ella por interés genuino, sino porque Scorpius le había pedido que lo hiciera.

Alexander suspiró y apoyó la cabeza contra la pared. "Si supieras cómo han cambiado mis sentimientos hacia ti, Lucy Weasley", pensó.

Unos pasos lo sacaron de sus pensamientos y lo forzaron a levantar la mirada. Un cabello rojo y recogido, con algunos rizos rebeldes sueltos por lugares clandestinos, se fue acercando por el pasillo. Rose se detuvo ante él y sonrió tibiamente.

—¿Qué haces aquí?— le preguntó la pelirroja.

Alexander la miró a los ojos.

—Siento.— le dijo. —Sólo hago eso: sentir. Me he sentado aquí para sentir.

Rose se dejó resbalar por la pared y se sentó al lado del slytherin.

—Sentir, duele.— le dijo la pelirroja.

—Lo sé.— dijo Alexander. — Como la vida.

Rose sonrió con tristeza.

—Se supone que debería estar investigando para la cuarta prueba, pero me siento desanimada y agotada.— dijo la gryffindoriana. —¿Te ocurre algo?

Alexander la miró con condescendencia:

—¿Por qué le dijiste a tu prima Lucy que Scorpius y yo éramos gays?

Rose frunció el ceño, confundida.

—¿Perdona?

Alexander suspiró.

—Ella y yo….empezamos una amistad. Me dijo que tú le habías dicho que yo era gay, y como no sabía la razón por la que habías hecho eso, yo decidí seguir el juego.— dijo el castaño. —El problema es que hoy se enteró de que no me gustan los hombres y ahora me odia por haberle mentido. — Alexander esbozó una media sonrisa. —Nunca me ha odiado una chica, todo lo contrario. Se siente extraño.

Rose meditó durante algunos segundos, y lo recordó: una tarde, o quizás una mañana, en la enfermería con Lucy. Su prima le había preguntado por Scorpius y su relación con él. Las preguntas inquisitivas sobre su cercanía con el slytherin la pusieron nerviosa y —no recordaba bien cómo— acabó diciendo algo que Lucy interpretó completamente mal. Ahora lo recordaba. Lucy pensó que Scorpius y Alexander eran homosexuales. Y ella nunca la desmintió para ahorrarse el problema que ello implicaba.

La gryffindoriana se mordió el labio inferior.

—Lo siento.— le dijo. —Ahora lo recuerdo. En realidad…todo fue una confusión— se llevó un rizo atrás de la oreja. —Lucy entendió mal lo que yo le dije. Nunca le dije que tú o Scorpius fueran gays. Mi error fue no desmentirla…discúlpame; nunca imaginé que tú y ella se relacionarían de ningún modo.

Alexander la miró a los ojos.

—¿Por qué?— le preguntó. —¿Qué hay de raro en ello?

Rose se encogió de hombros.

—Es que nunca un slytherin se ha relacionado con una Weasley.— dijo Rose. —Además, Lucy es tímida y especial. Es…diferente. Y a la gente no le gusta la gente diferente.

Alexander sonrió tibiamente.

—Tú eres diferente también.— le dijo. —Y a mí me gustas.

Rose se sonrojó.

—Gracias.— le dijo.

—Pero debo decirte que tu comentario no es del todo cierto.— le dijo el castaño. —Un slytherin sí se ha relacionado con una Weasley. Scorpius y tú…

Rose lo detuvo al instante.

—Scorpius y yo nada.— dijo la pelirroja. —Me lo ha dejado muy claro. Y yo lo he aceptado. Es una historia terminada.

—No sé qué es lo que Scorpius te ha dicho, pero Rose, créeme cuando te digo que en este momento no debes escucharlo.— dijo el castaño. —Para él eres importante. Nunca lo he visto tan preocupado por una chica, tan interesado por una, hasta que tú apareciste.

—Eso no es cierto.— dijo Rose. —Megara…

—Lo de Megara fue una confusión, todos lo supimos siempre, incluso él, creo, lo supo siempre.— dijo Alexander. —Rose…mi amistad con Lucy empezó porque Scorpius me pidió, antes de que viajaran para la tercera prueba, que la cuidara de los alumnos que quisiera molestarla por la decisión que tomó de apoyar a Ben Wilson. Y no lo hizo por Lucy, sino por ti.

Los ojos de Rose se humedecieron y miraron al vacío.

—Lo que siento por él…— comenzó ella, pero decidió rectificar: —Querer a alguien es doloroso porque en el camino puedes dejar de quererte a ti mismo.— dijo esta vez con fortaleza. —Yo ya no puedo más. Intenté ayudarlo, intenté que confiara en mí, que se apoyara en mí; le dije lo que sentía…— se sonrojó intensamente. —Pero no recibí nada de su parte. Y, ¿sabes?, no me gusta rogar por el afecto de otras personas. Estoy aprendiendo a aceptar que no me quieran. Creo que es lo mejor y lo único que puedo hacer después de tantas humillaciones por las que me he permitido pasar.

Alexander guardó silencio. No había nada que pudiera decirle: en el fondo, apoyaba su decisión. Rose ya había hecho más que suficiente. Scorpius estaba comportándose como un imbécil —le dolía admitirlo porque era su amigo— y la estaba perdiendo. Alexander temía que cuando Scorpius se diera cuenta de ello ya fuera demasiado tarde para ambos.

Suspiró. Se puso de pie y le extendió la mano a Rose.

—Ven.— le dijo. —Caminemos un poco.

Rose sonrió y tomó la mano ofrecida.

En el pasillo continuo Scorpius se detuvo al encontrarse con Cassandra. La castaña sonrió al verlo.

—Te buscaba.— le dijo con frescura. —Me enteré de la pelea que tuviste con algunos gryffindorianos y estaba preocupada.

El rubio la miró a los ojos con seriedad.

—Estoy bien.— le dijo.

—Sí, ya veo.— dijo Cassandra, señalándole con el índice las cicatrices que tenía en la ceja y en el labio. —Te han quedado marcas preciosas que durarán al menos un mes.

Scorpius sonrió.

—Madame Pomfrey me puso un ungüento mágico: durará unos días, como máximo.— le dijo.

Cassandra se cruzó de brazos.

—De modo que andas por ahí buscando peleas para que Madame Pomfrey te ponga las manos encima. Qué sucio.— le dijo en tono burlón.

Scorpius negó con la cabeza.

—Tu mente funciona de una forma bastante perversa.— le dijo.

Cassandra sonrió.

—Lo sé, lo sé. Es una de mis tantas virtudes.— se arregló la corbata. —Bueno, ahora que sé que estás bien me iré. Debo hacer eso que tanto odio: tareas.

—Espera.— le dijo Scorpius. —¿Tienes que irte?

Cassandra lo miró con intriga.

—¿Quieres que me quede?— le preguntó. —Vaya, Scorpius Malfoy quiere compañía. Eso es nuevo.

Scorpius miró hacia el lado derecho, dándole el perfil a la hufflepuff.

—He estado teniendo problemas últimamente. No me he sentido bien alrededor de nadie.— le dijo. —Pero contigo es diferente.

Cassandra asintió.

—Está bien.— dijo ella. —Lo imaginaba ya: es decir, imaginaba que estabas teniendo dificultades.

Scorpius la miró con extrañeza. Clavó sus ojos grises en ella con repentino y genuino interés.

—Lo sabías.— le dijo.

—Está escrito en toda tu cara.— dijo la hufflepuff. —Cualquiera que te vea puede saber que la estás pasando mal.

—Pero no me preguntaste por ello.— le dijo el slytherin. —No me preguntaste qué me pasaba.

Cassandra suspiró.

—No, no lo hice.— dijo la castaña. —No veía el punto. Cuando una persona se siente mal, a veces, lo que menos quiere es hablar de ello. Y me gusta respetar eso. Si en algún momento querías contármelo, estaría dispuesta a escucharte. Si no querías, por mí bien.

Scorpius la miró con incredulidad.

—¿Por qué dejamos de hablarnos?— le preguntó.

Cassandra sonrió.

—No dejamos de hablarnos: tú dejaste de hablarme.— le dijo ella. —Justo después de que nos acostáramos.

—Pero no me buscaste.— insistió él.

Cassandra levantó una ceja.

—Yo no le ruego a nadie.— dijo la hufflepuff, luego volvió a sonreír. —Además, no me gusta presionar a otros. Lo nuestro…tú y yo nunca dijimos que fuera algo serio. Si te alejaste de mí no me quedaba más que aceptarlo. Tampoco es que te guardé rencor por ello. Sólo entendí que las cosas eran así.

Mientras tanto Rose y Alexander caminaban en un silencio reconfortante para ambos, bastante cerca de la esquina del pasillo colindante.

—Gracias por intentar ayudar a Scorpius.— dijo Alexander de repente. —Es como un hermano para mí. Que lo hayas intentado ya te pone entre mis personas favoritas.

Rose sonrió, pero justo cuando cruzaron la esquina su sonrisa se desvaneció al instante.

En medio del pasillo estaban Scorpius y Cassandra Welkins besándose de forma apasionada e intensa. Scorpius la tenía pegada contra la pared y Cassandra aferraba sus manos al pecho del rubio.

Rose sintió un dolor intenso en el centro de su pecho y no pudo respirar más.

Scorpius soltó un ligero gemido y se separó de Cassandra llevándose una mano al pecho. Parecía mareado por la sensación ajena que había experimentado. Giró a su derecha:

Sus ojos grises se encontraron con los azules, húmedos, de Rose.

La pelirroja pudo sostenerle la mirada, pero estaba quieta, como de piedra, y sus labios semi abiertos, como si hubiese visto una catástrofe. Alexander, a su lado, la notó temblar.

El castaño clavó sus ojos verdes con enojo evidente en Scorpius.

—¿Qué demonios crees que estás haciendo?— le soltó.

Scorpius lo miró con dureza.

—No es de tu incumbencia.— le espetó. —Veo que te tomaste muy en serio mis palabras y empiezas a provechar el tiempo perdido con Weasley. Me alegro.

Pero no se alegraba. Alexander pudo ver la furia en los ojos de Scorpius y supo que se estaba haciendo una idea errónea del asunto.

—No puedes jugar con ella.— le dijo Alexander refiriéndose a Rose, y Scorpius lo entendió. —No puedes hacerle esto.

Scorpius tomó la mano de Cassandra y la apretó contra la suya.

—Me voy a la sala común. Esta conversación no tiene punto.— le dijo dándose la vuelta.

—¡Scorpius!— lo llamó casi gritándole por la indignación. —¡Detente ahora!

Rose tomó a Alexander por el brazo, deteniéndolo. Scorpius se dio media vuelta y los miró.

La pelirroja dijo en voz alta al castaño:

—Déjalo.—le dijo. —Malfoy es libre de hacer lo que quiera y con quien quiera. No te preocupes.— su voz se quebró levemente. —Ahora él y yo no somos más que rivales en una competencia. — Rose volteó y miró a Scorpius a los ojos. —No nos debemos nada.

Y con esto, Rose giró por la esquina de vuelta al otro pasillo, desapareciendo por completo de vista.

Alexander intentó seguirla pero se detuvo inmediatamente al sentir que Scorpius retomaba su camino con Cassandra.

No, no podía permitir que las cosas quedaran así.

Alexander caminó con ímpetu siguiéndoles los pasos hasta llegar a la sala común. Entraron los tres.

El lugar estaba vacío. Cassandra, quien parecía confundida y descolocaba, observó la sala común de Slytherin con atención casi infantil. Scorpius la soltó con gentiliza.

—Sube por los dormitorios masculinos. A tu derecha, la última habitación de todas es la mía. Espérame allí.— le dijo.

Cassandra asintió entendiendo que mejor era reservarse sus opiniones sobre lo que acababa de ocurrir y subió. Cuando no quedó rastro de ella. Alexander tomó la palabra.

—No sé a quién demonios quieres engañar, pero a mí no me engañas, Scorpius.— le dijo Alexander, molesto. —No voy a permitir que sigas lastimándola. Rose no se merece nada de esto.

Scorpius lo miró con furia.

—¿Qué es lo que quieres que haga? ¿eh?— le dijo el rubio. —¿Que esté con alguien con quien no quiero estar? ¡No busco lastimarla, sino alejarla de mí de una buena vez!

—¿Estás loco?— le soltó. — ¿Ahora piensas mentirme? ¿Decirme que Rose Weasley no significa nada para ti? ¿Piensas en verdad que puedes engañarme respecto a lo que sientes? ¡Estás enamorado de ella!

Y entonces, Scorpius lo confesó:

—¡Por supuesto que lo estoy, maldita sea!

Alexander se silenció y se mantuvo paralizado, confundido, mirando a su amigo como si no pudiera entender nada de lo que estaba pasando. Scorpius estaba agitado pero su mirada era gris, metálica, sin oscuridades. Esta vez, su mirada era cristalina como un lago de plata. Sus ojos estaban clavados en los de su amigo como dos dagas, o dos anzuelos, Alexander no podía estar seguro.

—¿Me crees tan imbécil como para no conocer mis propios sentimientos?— le espetó el rubio. —¡Sé perfectamente que estoy enamorado de Rose Weasley Granger! ¡Lo estoy desde hace mucho tiempo y no estoy confundido respecto a ello! ¡Jamás he sentido algo así por nadie! Mi amor por ella es algo que tengo bien claro. Más claro que cualquier cosa en mi vida. ¿Entiendes?

Alexander negó con la cabeza, aturdido.

—No, no entiendo nada.— le dijo bajando ya el tono de voz. —No entiendo por qué le haces todo esto si sabes que la amas.

Scorpius se aflojó la corbata con un solo movimiento y empezó a caminar por la sala común como un león enjaulado.

—Yo amo a Rose Weasley.— le dijo. —Pero no quiero amarla.

Alexander frunció el ceño. Scorpius continuó:

—Amarla me afecta en formas intolerables.— le dijo, mirándolo a los ojos y deteniéndose abruptamente. — ¿Crees que puedo estar junto a un rostro que me recuerda los crímenes de mi padre? No puedo siquiera verla a la cara sin sentir vergüenza por algo que no hice.— Scorpius se dejó caer en un sillón y se sostuvo la cabeza con ambas manos mientras apoyaba los codos en las rodillas. —No puedo estar con ella. Estar con ella me hace sentir inferior….me recuerda que soy un Malfoy y ella una Weasley; me recuerda el pasado de mi familia. No me gusta recordar esas cosas: no me gusta sentirme así.— Scorpius levantó la cabeza y miró a Alexander a los ojos. —No puedo estar con alguien que me hace odiarme a mí mismo. ¿Entiendes?, la amo, pero no quiero amarla. No quiero amar a Rose Weasley.

—No es algo que puedas decidir por ti mismo.— le dijo Alexander.

—Lo puedo decidir.— dijo Scorpius, poniéndose de pie. —Decido alejarla de mi vida, decido sacarla de mi cabeza, olvidarla. Es una decisión que he tomado y lo voy a conseguir. Cueste lo que cueste, voy a olvidarla.

Alexander menó la cabeza en modo de desaprobación.

—Entonces, todo lo que le has dicho hasta ahora…¿ha sido para alejarla de ti?— le preguntó.

Scorpius tragó saliva.

—Si tuve fuerzas para decirle cosas terribles y guardar silencio cuando me confesaba lo que sentía por mí, créeme, tendré fuerzas para dejar de amarla.— dijo el rubio. —Es lo mejor para los dos. Ella me olvidará y será feliz. Yo la olvidaré y también lo seré. No quiero volver a sentirme como me sentí cuando supe lo que había hecho mi padre con la madre de Rose. Me sentí avergonzado de mi familia. Y esa vergüenza no existe cuando estoy solo o con ustedes, pero emerge cada vez que la veo a ella: la veo y pienso en lo que mi padre hizo, y siento vergüenza de ser un Malfoy. — Scorpius hizo una pausa. —Dime, Alex, ¿cómo haces para amar a alguien que te hace sentir mal contigo mismo con sólo existir?

Alexander no dijo nada porque no sabía qué responder. Jamás se imaginó que detrás de todo el rechazo de Scorpius por Rose hubiese una verdadera razón. Una razón complicada, palpable, dolorosa. Y no sabía qué decir.

—¿Ahora lo entiendes?— le preguntó Scorpius. —Lo he pensado y no encuentro una mejor forma de acabar mi relación con Rose que esta. No quiero que sienta que tiene la culpa cuando no la tiene. Prefiero que piense que no la quise nunca. Es mejor para los dos. Es mejor así.

Alexander suspiró y hundió las manos en los bolsillos de su pantalón.

—Creo que te equivocas, Scorpius. Y me temo que tendrás que darte cuenta de ello tú solo, tal vez, incluso, cuando sea demasiado tarde.

—Estoy tratando de organizar mi vida.— dijo Scorpius. —Y Rose no tiene cabida en ella ahora. Sería estúpido y egoísta de mi parte pedirle que me espere.

El rubio caminó hacia las escaleras de los dormitorios de varones. Justo antes de subir, miró a Alexander.

—Rose se recuperará.— le dijo. —Y yo haré lo mismo. Es lo mejor para los dos.

Y subió, apesadumbrado, las escaleras hacia el futuro que había decidido era mejor para él: Cassandra.