Capítulo 29

Tom decidió llevar a su invitada a un restaurante del centro que tenía una hermosa terraza, para que la chica se sintiera en confianza. Partió, como le había prometido, contándole lo que sabía de la historia de los Andrew, pero poco a poco la conversación dio pasó a otros temas. La joven parecía muy culta y curiosa, aunque siempre reservada. Cuando Tom le contó que era un hacendado, ella no se mostró particularmente interesada, pero las cosas cambiaron cuando comenzó a contarle del campo. Con ello cautivó completamente su atención y, para sorpresa de Tom, comenzó a hacerle mil preguntas sobre sus cultivos, en especial, sobre los viñedos. Sin darse cuenta, se enfrascaron en una discusión sobre las bondades del suelo del lugar y sobre cuáles eran las condiciones ideales para el cultivo de los mejores vinos.

- Usted me va a perdonar, pero no hay mejor vino que el francés – dijo ella orgullosa.

- Sabía que usted diría eso. Es francesa, ¿cierto?

- Mi madre era suiza y viví en Francia y en Italia algunos años. Pero no es necesario ser francés para saberlo: el vino de Francia ES el mejor.

- Pues cualquier americano sabe que el mejor vino es de California.

- Ese pobre brebaje no puede compararse a un vino francés, ¡por favor! En todo caso, la combinación química del vino que se produce en este país no logra la pureza del vino francés, porque…

Y la chica comenzó un detallado informe químico sobre las propiedades de cada cepa que Tom realmente no entendió, pero escuchó con atención. Ya eran casi las cuatro de la tarde y decidió invitarla a dar un paseo por el centro. "Vamos", le dijo, "no tiene nada que perder, su tren sale hasta mañana por la tarde". Esta vez la chica no se resistió.

Caminaron largo rato por el centro, entre bromas y ocurrencias de Tom y, por fin, algunas risas de ella. Al caer la tarde, Tom la llevó a un lugar desde donde podían apreciarse los bosques y campos que rodeaban el lugar. Aquello pareció encantarle. Para completar el día, la invitó a cenar. Esta vez, sin embargo, ella se negó.

- Oh, por favor, por favor. ¡Es la comida que nos falta para completar el día!

- No me diga – rió la joven – Se lo agradezco, señor Stevens, pero tengo que poner algunas cosas en orden. Debo entregar un informe de mi viaje a mi jefe. Pensaba hacerlo hoy durante el viaje, pero como no podré viajar hasta mañana y llegaré atrasada, prefiero adelantarlo desde ya.

- Su tren sale a las siete de la tarde. ¿Puedo pasar por usted mañana para que almorcemos juntos?

- Señor Stevens, de verdad agradezco su gentiliza, pero…

- ¡Por favor! Luego se irá y ya nunca más sabrá de mí. ¡Sólo un almuerzo más!

- ¿Es usted siempre tan insistente?

- Sólo cuando de verdad estoy interesado.

Tom notó que el rostro de la joven cambió bruscamente. Su expresión tranquila se tornó seria y dura. ¿Qué había dicho?

- Lo siento, señor Stevens, tengo trabajo que hacer.

- ¡Por favor! – dijo tomándole otra vez la mano, pero ella se la quitó de un tirón.

- ¡Deje ya de hacer eso! Ya le dije que no voy a almorzar con usted.

- ¿Pero por qué no?

- Porque… porque…

- No tiene excusa. Lo sabía. Pasaré por usted a las doce en punto. No quiero que vuelva a perder el tren por mi culpa. ¡Nos vemos mañana!

- Pe…

- ¡Adiós!

Sin más, Tom dio media vuelta y se fue. Lo había conseguido. ¡Tenía una cita para el domingo!

Las horas le parecieron eternas esperando que dieran las doce. Llegó puntualmente a la hostería y sí, ¡sí! La chica acudió a la "cita"…. sólo que que treinta minutos más tarde.

- ¿Usted aquí?

- Sí, ayer quedamos en que almorzaríamos, ¿recuerda?

- Usted quedó en eso, no yo.

- Ah, vamos, no sea así. Ya está aquí, la perdono por haber llegado tarde. ¿Vamos?

- No voy a ir con usted.

- Por favor – rogó Tom con cara de corderito degollado, acercándose a ella para que, sin querer, viera su ceja herida.

- ¿Piensa seguir chantajeándome con esa herida para siempre?

- ¿Le gustaría que lo hiciera para siempre? – le preguntó divertido.

- ¡Es usted insoportable, señor Stevens!

- No lo soy y usted lo sabe. Vamos, su tren sale a las siete. Le prometo que esta vez no lo perderá. La llevaré al restaurante que sirve el mejor vino del país.

- ¿Aquí?

- ¡Desde luego! Este lugar guarda muchos secretos. Le aseguro que es mejor que cualquier vino francés.

- Eso es imposible – dijo orgullosa.

- ¿Vamos, entonces? – le preguntó satisfecho, ofreciéndole el brazo para llevarla hasta el auto.

- Conozco el camino – dijo ella sin darle el brazo.

- Como guste – le contestó Tom con una sonrisa de satisfacción.

Esta vez le había costado mucho menos convencerla. La ceja le ardía y tenía el ojo en tinta, pero no importaba. La indómita indiferencia de esa mujer lo volvía loco. ¡Y en realidad era todo una locura!

El almuerzo resultó un constante ir y venir de bromas de Tom y algunos cortantes comentarios de su invitada. Desde luego, el vino del lugar no había sido mejor que ningún vino francés, pero la vista era espectacular. La joven comenzó a recordar algunos de sus viajes por Europa y Tom reconoció que nunca había ido, pues había dedicado su vida al trabajo del campo y a la práctica del rodeo.

- ¿Participa usted en rodeos?

- Desde luego. ¡Soy el mejor!

- Pues me parece una práctica absolutamente bárbara y cruel – sentenció la joven.

- Eso no es cierto. Esto no es una corrida de toros.

- Pues yo creo que es lo mismo.

- ¿Acaso ha visto alguna vez un rodeo?

- No. Y no pienso hacerlo nunca. Jamás aportaría dinero a algo tan horrible.

- Usted es muy drástica, señorita. ¿Cómo puede juzgar algo sin conocerlo?

- Me basta con lo que sé.

- ¿Y qué puede saber si nunca ha ido a uno?

- Todo el mundo sabe…

- ¿Todo el mundo sabe qué? ¡Nada! Nadie ama más que yo a los caballos y a todos los animales que yo. Jamás los dañaría. No participo en ninguna prueba en que tenga que hacerles daño. De hecho, el que siempre sale más dañado soy yo.

- Señor Stevens, si me disculpa, no me interesa hablar del tema.

- Pero a mí sí y estamos conversando, así que tendrá que oírme.

La cara de sorpresa de la joven le encantó. ¡Por fin le había ganado! Tom decidió explayarse apasionadamente sobre el rodeo, el campo y los animales. La chica le prestó atención y, finalmente, comenzó a hacerle mil preguntas. La conversación siguió cuando Tom la invitó a dar un paseo por los alrededores y siguió cuando compartieron un helado en la plaza. A las seis de la tarde, la chica le recordó que el tren partía en una hora. Volvieron a la hostería y desde allí fueron a la estación, justo cuando llegaba el tren. Aún les quedaban diez minutos.

- Señor Stevens, le agradezco que me trajera a tiempo a la estación. Una vez más le pido disculpas por el incidente de ayer.

- Descuide, fue sólo un accidente.

- Le reitero que si necesita algún…

- Y yo le reitero que no necesito dinero de nadie – dijo Tom.

- Está bien. Creo que es hora que suba al tren, no quiero correr riesgos.

- Claro, ¿le ayudo con su equipaje?

- Señor Stevens… llevo sólo este bolso de mano. No es necesario, gracias.

- Claro.

- Muchas gracias por todo – la chica le extendió por primera vez la mano – fue un gusto conocer el lugar.

- Le dije que no lo lamentaría – respondió Tom sin soltar su mano y sin dejar de mirarla a los ojos – Por favor, perdone mis bromas de mal gusto, a veces soy un poco… bueno… no sé. Sólo quería que pasara un buen rato. Yo he disfrutado cada momento.

- Yo también – concedió ella bajando la vista y sin soltarle la mano. Tom sintió que su corazón daba un salto ante ese gesto – Tengo que irme, señor Stevens. Adiós.

- Por favor, ¿puedo verla de nuevo?

- No lo creo. Tengo mucho trabajo y…

- Yo también, pero siempre me haré un tiempo para usted. ¿Cómo puedo volver a verla?

- No, no… se lo agradezco, pero – la chica trataba en vano de soltar su mano.

- Dentro de tres meses será el rodeo local y voy a participar. Por favor, venga.

- Ya le dije que jamás asistiría a un rodeo.

- Y ya le dije que estaba equivocada. Por favor, déjeme demostrárselo, venga. Será aquí mismo, dentro de tres meses. La estaré esperando.

- Lo siento, señor Stevens, no creo – sonó el silbato, el tren partiría en un minuto – Tengo que irme. Adiós.

- No, adiós no. Hasta pronto. La espero en tres meses. Voy a ganar ese rodeo y ese premio va a ser para usted – Tom depositó un suave beso en la mano de la chica y ella se quedó mirándolo asombrada – La estaré esperando – por fin soltó su mano – Sé que vendrá.

La joven lo quedó mirando y el silbato volvió a sonar. De un salto subió al tren sin voltear. Una vez arriba, se sentó rápidamente. La ventana estaba abierta.

- La voy a estar esperando, señorita – gritó Tom, siguiendo el tren. De pronto se dio cuenta que no sabía su nombre – ¡No me ha dicho su nombre!

La chica sonrió con lo que a Tom le pareció un rastro de tristeza. Poco a poco el tren tomaba más velocidad. Tom lo seguía aún de cerca. "Lorraine", alcanzó a oír Tom antes que el tren por fin se perdiera.

"Lorraine", repitió Tom con voz soñadora, "sé que vendrás".

El tiempo transcurrió rápidamente. Albert y Camille comenzaron a compartir almuerzos y otras ocasiones familiares. La pareja parecía feliz. Se habían conocido sólo dos meses antes del matrimonio de Archie, durante una fiesta en la casa de Annie, y desde su primera conversación entre ambos se había dado una química muy especial.

Camille era culta y refinada. Sus modales eran exquisitos y siempre actuaba con gracia y delicadeza. Además, era dueña de una suave belleza que a nadie dejaba indiferente. En los pocos momentos que lograban estar a solas, Albert siempre lograba robarle algo más que un beso y cuando él no lo hacía, ella no temía tomar la iniciativa. La adrenalina del momento los consumía y muchas veces habían parado sólo segundos antes de que alguien los descubriera besándose apasionadamente.

Pero había algo más de Camille que a Albert le fascinaba: su inteligencia. Habían compartido largas jornadas discutiendo sobre libros, filosofía, música, viajes o incluso, para gran sorpresa de Albert, política. La chica parecía tener opiniones sobre todo y pronto descubrió su novio que el mejor regalo para ella no eran joyas, pues tenía de sobra y no la emocionaban, sino que un buen libro. La ópera y la música clásica, en particular, eran su mayor debilidad.

A los dos meses de relación comenzaron a dejarse ver juntos en algunas fiestas primero y luego, poco a poco, en el teatro. En cosa de días, los rumores corrieron entre la alta sociedad de Chicago. El joven Andrew tenía una amistad muy "especial" con la señorita Jacobs. Fue entonces que decidieron dar un paso más y asistieron juntos al matrimonio de uno de los socios de Albert. Eso era casi igual que gritar a los cuatro vientos que estaban juntos. Pero aun así, mantendrían el plan de no hacer anuncio alguno hasta después del regreso de Archie.

Lejos de Chicago, Gustav Clermont seguía atentamente las noticias sobre el consorcio Andrew.

- Gustav, sinceramente no me interesa la vida amorosa de Andrew – le comentó con franco aburrimiento Camille.

- Lo sé, querida, pero está en todos los diarios.

- ¿Y a mí qué me importa?

- Pues que esto es publicidad gratuita para sus negocios.

- Vaya publicidad – dijo irónica madeimoselle Lefevre – Creo que subestimas a Andrew si piensas que necesita esto para concentrar la atención sobre sus negocios.

- Desde luego que no, pero tú sabes cómo funcionan estas cosas.

- Sí, tienes razón. Pues bien, creo que ya es tiempo de quitarle algunos titulares.

- ¿Vas a anunciarlo ya?

- Sí, la tregua terminó. Cornwell vuelve la próxima semana, lo cual también generará titulares. Así que te propongo algo.

- ¿Qué has pensado? – preguntó Clermont preocupado.

- Nada, Gustav. ¿De verdad crees que soy tan mala? – rió traviesa Camille.

- Mala no. Astuta sí.

- Eso está mejor. Deja que Cornwell llegue. Supongo que Andrew querrá esperar a su regreso para anunciar cualquier cosa con su novia. ¡Camille! – dijo fastidiada Lefevre – Habiendo tantos nombres en el mundo tenía que llamarse igual que yo. En fin. Nos vamos a adelantar. En cuanto Cornwell regrese a Chicago, haremos un anuncio a toda página en todos y cada uno de los principales diarios del país.

- ¿Y qué piensas publicar?

- Vamos a dar la bienvenida al señor Cornwell y también le vamos a dar la bienvenida al barrio.

- ¿Te refieres a…?

- Exactamente, Gustav. Toma nota. El aviso debe decir lo siguiente.

Cuando terminó de dictar, Gustav. Guardó silencio.

- ¿Estás realmente segura de que esto es lo que quieres publicar? Es una declaración de guerra, Camille.

- ¡Vamos! Son negocios – dijo Camille con una sonrisa torcida - No hay mejor publicidad que la que se gana a costa del resto.