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El caso Regulus
29
Se le sentencia a
By Gyllenhaal
Opening: "Us against de World" de Coldplay
Los ojos de Sherlock le escocían y le lloraban.
La luz del día tremolaba gris y pálida en el corredor, al otro lado de la celda.
Se quedó un momento inmóvil, deslumbrado por la luz rojiza con que el sol naciente anunciaba la llegada del nuevo día.
Volteó hacia John, quien continuaba dormido, respirando en pausados intervalos y con una apenas distinguible sonrisa que le iluminaba el rostro, y que provocó en Sherlock un profundo regocijo.
Ese era su doctor, su compañero, su amigo, su todo.
Era algo más que lo que los aristócratas llamaban compromiso, algo más que presumir de los apellidos de sus esposas o esposos, de su posición social o sus riquezas; en otras palabras, de lo que ellos consideraban una familia.
Sherlock, sin embargo, había encontrado en esa definición algo mucho más grande y magnánimo. Para él su única familia era John. El único con quien había vivido y con el que quería seguir haciéndolo; quizá algún día tener hijos, de la forma en que fuese posible, o educar a niños para contribuir a un mejor mundo. Se veía a sí mismo envejeciendo a su lado, sin miedos, sin prejuicios, sólo ellos dos; tomados de la mano verían los amaneceres y los atardeceres; tomarían el desayuno juntos, como siempre, y resolverían incontables casos. Tendrían más mascotas, podrían, después, retirarse al campo, dedicarse a la apicultura que tanto le llamaba la atención. Y todas las noches se iría con él a dormir, como tantas veces lo habían hecho, uno en los brazos del otro, y despertaría tarde, cuando John se hubiera levantado ya y tuviera preparado el desayuno cuyo aroma atravesaría la casa y llegaría hasta él en la alcoba. O quizá lo sorprendería llevándole la comida hasta la cama.
Sherlock no pudo evitar sonreír ante esa premisa. Esperaba que todo saliera bien, y resistiría lo que tuviera que resistir para que así fuera.
Sintió a John moverse, volteó hacia él y se descubrió frente a su mirada.
—Buenos días —dijo Sherlock.
John lo besó fugazmente, y cuando se apartó le sonrió, sin dejar de ver los ojos de Sherlock.
—Buenos días —dijo también.
—¿Descansaste? —preguntó Sherlock, acariciando el rostro de John.
—Sí… Creo que tu música me hizo soñar bellas cosas.
—¿Ah, sí? Cuéntame tu sueño.
John suspiró.
—Estabas tú —dijo, y su sonrisa se hizo más amplia.
Sherlock también rio.
Sin embargo, su sonrisa se borró casi inmediatamente cuando comenzaron a escucharse pasos desde el otro lado de los calabozos, indudablemente guardias que iban por Sherlock.
El resto de los prisioneros comenzó a abuchear o gritar burlonamente, pero el guardia hacía silencio haciendo chocar su macana contra los barrotes.
—Vienen por mí —dijo Sherlock, indicándole a John que se levantara. Ambos lo hicieron; Sherlock se sentó en el catre al momento que John lo hacía sobre el balde frente a él.
Los pasos de los guardias resonaban regulares y apaciguados en el pasillo. En ese momento llegaron dos guardias, acompañados de Lestrade. Su figura alta y corpulenta llenó el vano de la celda; pareció que se encogían cuando Lestrade se inclinó y para buscar las llaves entre las que llevaba, y volvió a crecer cuando él se incorporó erguido y tieso.
Lestrade abrió la celda y le pidió a John que saliera; éste recogió el violín, el arco y la funda, y al hacerlo miró a Sherlock y tuvo que resistirse para no arrojarse a sus brazos. Salió con tranquilidad, y después los guardias entraron a la celda, esposaron a Sherlock y le ordenaron salir.
—¿A dónde lo llevan? —preguntó John a Lestrade.
—A su juicio en el zócalo —contestó el detective.
—¡¿Al zócalo? ¿Su juicio será público?
—Los líderes quieren que todo Londres se entere de la clase de hombre que es Sherlock Holmes —explicó Lestrade—. Buscan, en palabras menos eufemísticas su humillación pública.
—¡Pero es una locura! —gritó John, mientras los guardias seguían su camino con Sherlock, quien no oponía resistencia alguna.
—Pasará, John. Y será mejor que te apresures si quieres llegar a verlo. El juicio será dentro de dos horas. Habrá mucha gente, así que procura llegar temprano para que encuentres lugar —dijo esto último cuando llegaron a la salida de los calabozos, y después se retiró sin hacer caso de John.
El doctor se quedó de pie en la entrada, observando sin poder reaccionar cómo se movilizaba el resto de los policías y abandonaban sus escritorios o se dirigían en grupos a la salida; escuchó el ruido de coches en la salida, y hasta ese momento se dio cuenta de que estaba pisando un periódico cuyo titular rezaba "El juicio de Sherlock Holmes" en el que seguramente se anunciaba y se invitaba a tal evento.
Escuchó entonces más ruido, y se dio cuenta de que se trataba de un tumulto de gente a los pies de la prisión; corrió lo más rápido que pudo hacia la salida, y se encontró ahí con miles de personas que rodeaban los coches y que se manifestaban con carteles y gritos en contra del juicio. Algunos carteles decían "Holmes salvó mi vida", "Holmes salvó a mi hija", "Holmes atrapó al asesino de mi esposa", "Holmes nos devolvió la esperanza"y demás cosas.
El tumulto de gente era tal que los coches tenían problemas para emprender su camino, hasta que varios guardias salieron de ellos y comenzaron a disparar al aire para abrir paso entre la multitud.
Cuando encontraron una abertura los conductores fustigaron a los caballos y empezaron su marcha, con mucha gente siguiéndolos, arrojando todo tipo de cosas en contra de ellos.
John corrió también, desviándose a penas un poco para dejar el violín en casa de un conocido, sin dar muchas explicaciones.
Después remprendió su carrera hacia el zócalo. Las calles estaban en su mayoría vacías. Incluso los establecimientos habían cerrado, y los coches no transitaban.
Londres se detuvo el día del juicio de Sherlock Holmes.
A tres calles del zócalo John tuvo que dejar de correr porque una gran multitud de gente ya circundaba la plaza. Se abrió paso entre ellos con mucho esfuerzo. Pidió permiso, principalmente a los simpatizantes a la causa de Holmes, quienes al reconocerlo no se molestaron apartándose para que el doctor pudiera pasar.
Así se abrió paso hasta donde la policía había formado una cerca que apuntaba a los ciudadanos con escopetas o pistolas, para contenerlos.
Al centro de un círculo que era bordeado por estos policías estaba el coche que aprisionaba a Sherlock, y al que algunos de los que poyaban el juicio arrojaban cosas.
En un extremo, al pie del quiosco había dispuesta una tribuna pequeña, seguramente para la organización que estaba amañando todo en contra de Sherlock, tal como Mycroft había explicado. Había otra tribuna, mucho más grande, dispuesta al lado, con capacidad para unas veinte personas; miembros del parlamento, sin duda, que fungirían como jurados.
Los gritos de la gente eran incontenibles; por un lado estaban aquellos que protestaban, y por otro los que defendían a Sherlock. La policía era incapaz de callarlos, pero más que eso, como pensó John, seguramente no lo hacían porque el evento aún no comenzaba.
Mientras buscaba el mejor ángulo para observar el juicio, John distinguió a lo lejos a Mycroft, casi frente a él y en el lugar en el que había encontrado la mejor vista. De nuevo se abrió paso entre la gente, y decididamente llegó hasta donde estaba él.
—Mycroft —le habló, para llamar su atención. Mycroft volteó hacia él.
—Oh, mi querido Watson. Esperaba encontrarte por aquí —respondió—. El juicio está por comenzar, y con todo este alboroto creí que no vendrías.
—Dime algo, Mycroft —dijo John, mirando atemorizado el coche donde Sherlock estaba encerrado—. ¿Él estará bien?
Después volteó hacia Mycroft y lo observó con determinación.
Mycroft suspiró.
—Lo importante, Watson, es que pase lo que pase no cometas locuras.
No lo tranquilizó ni un poco esa respuesta; todo lo contrario, reavivó en él la inquietud que desde la noche anterior había anidado en su pecho.
Se escuchó entonces un par de disparos y la gente se calló finalmente. Aparecieron los miembros del parlamento, bajando de sus coches, y comenzaron a tomar asiento en la tribuna más grande, tal como John había conjeturado. Poco después aparecieron cinco personas, una mujer regordeta, de mirada despectiva; un anciano, que apenas parecía ver con claridad; otro hombre, gordo y de apariencia bonachona; y una señorita, de ojos verdes y risos castaños. Y Adrien Fellow entre ellos. Indudablemente era la organización a la que Mycroft se había referido como la mano derecha de la reina.
—Toma —dijo Mycroft a John, extendiéndole un abrigo extra que llevaba en el antebrazo—. Supuse que te quedarías con Sherly toda la noche, y la mañana estuvo anunciando nevada.
En efecto, el cielo que al amanecer había sido rojizo había retomado su tono gris, y el ambiente se había tonado aún más frío, aunque John no lo había notado hasta ese momento porque la agitación de la carrera para llegar ahí lo había mantenido con calor. Así que John se puso el abrigo, y trató de respirar para relajarse y poder prestar atención al juicio.
—Silencio por favor —exclamó Adrien en medio de los cinco en la tribuna pequeña—. A continuación llevaremos a cabo el juicio al afamado detective Sherlock Holmes.
»Este evento será presidido por mí, actual jefe de policías de Gram Bretaña y un grupo de selectas personas capaces de definir el castigo propicio.
»Comenzaremos haciendo traer al acusado.
Dicho eso Lestrade se acercó, abrió el coche en el que estaba Sherlock, y lo condujo hasta quedar frente a la tribuna. Una vez ahí lo forzaron a arrodillarse, y a permanecer en el suelo hasta que le ordenaran levantarse.
Mientras Sherlock se dejaba caer al suelo mucha gente lo abucheó, pero en respuesta a ellos algunos vociferaron a favor del detective, pidiéndole que se levantara y que no se humillara. Algunos de sus simpatizantes lloraban con inignación por el trato que los oficiales le estaban dando.
La policía tuvo que recurrir a los disparos nuevamente.
—¿Es usted Sherlock Holmes, a quien se le ha atribuido el título de El mejor detective del mundo? —preguntó Adrien, como parte del procedimiento.
—Lo soy —contestó Sherlock enérgicamente, sin flaquear.
—Se le acusa de fraude en alto grado; de traer la vergüenza a Londres y deshonrar a su alteza la reina. Se le acusa también de asesinatos, robos y secuestros, los mismos que se mencionan en sus grandes hazañas. Se le acusa de haber preparado cada uno de sus supuestos casos para resolverlos por usted mismo, complicar el trabajo a la policía y hacerse así de una reputación que le daría prestigio en cada rincón del mundo.
»Así mismo se le acusa de conspiración, engaño, desacato, y faltas para con su país a expensas del mismo. De desatar la histeria que se ha apoderado no sólo de Londres sino del país entero que ahora lee las noticias en los periódicos con estupor e indignación de lo que ha confabulado un solo hombre.
»Al contrario de los procedimientos habituales, no se procederá a preguntarle cómo se declara, ni siquiera a escuchar lo que tenga que decir en su defensa…
En cuanto lo dijo se desató una ola de gritos y vociferaciones inconformes de parte de los ciudadanos; la mayoría se mostró susceptible a defender a Sherlock; pero de nuevo los acallaron los disparos de la policía.
—Cómo se atreven —gritó John, dirigiéndose a Mycroft.
—No están dispuestos a retractarse a estas alturas, y como te dije, acusarán a Sherly de todo lo que les sea posible con tal de que no haya excusas después de haberlo sentenciado.
Sherlock, por otro lado, al escuchar las palabras de Adrien se limitó a apartar la mirada de la vista de la gente.
—¡Así pues —gritó Adrien, haciéndose escuchar entre el cuchicheo— se le sentencia a ser arrastrado por Baker Street, siendo sometido a la vergüenza pública, hasta llegar a Scotland Yard, donde será atado desnudo a la intemperie a la vista de todo el público, y donde pueda convertirse en motivo de burla tanto como su vida sea! Y se le someterá a veinte azotes. Diez aquí mismo y diez cuando llegue a Scotland Yard.
Esta vez el estruendo de lo gritos fue aún más intenso y agresivo que la vez anterior. La gente vociferó improperios en contra de la decisión, e incluso a algunos de los simpatizantes a condenar a Sherlock les pareció excesivo, y comenzaron a gritar para manifestarse e contra.
—¡¿Lo atarán al sol hasta que muera? —preguntó John, sorprendido y al mismo tiempo horrorizado con la resolución.
—Y lo arrastrarán, Watson, no menosprecies eso —contestó Mycroft—. ¡Sólo en mente de ese Adrien puede haber imaginación para lo que hará que eso implique! Lo que me preocupa por ahora son los azotes. Hace mucho que ese castigo no era impuesto.
»Sherly es fuerte, y resistente, pero dudo que pueda con algo como esto… aunque tiene que ser capaz de resistirlo.
John miró a Mycroft, aterrado. No entendía cómo podía sostenerse tan tranquilo en una situación como esa. Estuvo a punto de preguntarlo cuando de pronto se escucharon gritos de sorpresa, y John y Mycroft volvieron a prestar atención al círculo donde se estaba llevando a cabo el juicio. Una persona se había filtrado ahí, y al prestar más atención John se llevó una tremenda sorpresa al descubrir a Regulus de pie, firme y desafiante, hacia los miembros del parlamento y a Adrien y los otros cuatro.
—¿Pero qué cree que hace ese muchacho? —se preguntó Mycroft, sin reconocer al joven, mientras preguntas similares eran hechas por mucha más gente.
—No tengo la menor idea —respondió John, aún sorprendido.
Esta vez la gente guardó silencio, en espera de escuchar lo que el muchacho tuviera que decir.
Algunos guardias se acercaron para intentar detenerlo, pero Adrien hizo una señal para que se alejaran.
—Tenemos con nosotros al detective Regulus, nuestra nueva promesa detectivesca —anunció Adrien con tono vehemente, y algunos de los expectantes aplaudieron mientras otros miraban con ojos curiosos al muchacho, y contemplaban con expectación la osadía que estaba cometiendo.
Ending: "Rain" de Mika
Bueno, hablaré con sinceridad: Este capítulo lo tengo escrito desde el día de ayer, pero lo tenía como uno mismo con el que sigue. Pensé que sería lo mejor que vinieran juntos, pero se me hicieron más de 5000 palabras, y pensé que podría ser demasiado, o que a algunas no les gustaría la idea.
Por eso subo este capítulo (o parte 1) y mañana o al rato, dependiendo la respuesta que tenga, (subiré la parte 2). El capítulo ya está escrito, y nada de lo que escriban -creo xD- podrá cambiar el curso de lo que viene...
No les adelanto más ...
Muchas gracias de nuevo a todas por sus reviews... Waaa! ya casi llego al 200! Quién tendrá el honor de ser mi review 200? xD
Muchísimas gracias a todas mis lectoras.
Leí todos sus reviews, las sugerencias, los comentarios, los halagos y las advertencias xD
(No los contesto ahorita porque no tengo todo el tiempo disponible, y porque estoy en un momento de mucha inspiración y necesito seguir escribiendo xD Waaa!)
Que tengan una genial noche y un gran inicio de semana!
Saludos a todas!
