¡Buckle up! o ajustense los cinturones de seguridad, porque viene otro largo cap... hay un poco de acción, espero les agrade y gracias por la paciencia en el acercamiento entre Bella y Edward, hemos esperado tanto, que de verdad necesitamos que sea perfecto, la espera valdrá la pena. Lo juro...
Bueno, como siempre, los personajes conocidos son de Meyer pero la historia, drama y personajes nuevos son míos...
Gracias a mi Beta, Cony por su apreciado trabajo...
¡Besos!
Capítulo 29.
Orígenes.
—Bella. —Edward dio un paso al frente, ella estaba parpadeando en dirección a la mujer.
—Aléjate —volvió a indicarle la mujer a Bella. Ella parpadeó, no podía creerlo, no podía ser.
—Bella. —Esta vez la mano del escolta la tomó por el codo, alejándola unos pasos del caballo. No había necesidad de protegerla, pero estuvo tentado a colocarse frente a ella.
Luke relinchó tras ellos, pareciera que extrañara la ausencia de su dueña.
La mujer en cambio los bordeó, corriendo hacia el caballo. —¡Lo alteraron! —Edward apartó a Bella del camino, ésta dio dos tras pies aferrándose a su brazo. La mujer se acercó al caballo pero Luke no quiso el toque de ella—. Luke —rogó la mujer—, déjame verte. —El caballo movió extrañamente su cabeza y retrocedió, el espacio era amplio, logrando alejarse por completo de la vista. La mujer no dejó de insistirle al caballo que se acercara, a pesar de no obtener ninguna respuesta positiva.
—¿La ves? —la voz de Bella era un susurro tembloroso—. ¿Puedes? —Edward apretó su agarre.
—Sí —dijo rápidamente—, puedo verla, sea quien sea, está aquí y viva. —Bella sintió un escalofrío en su espalda. Nada de esto podía ser cierto, nada tenía sentido.
—Niña. —Tanto Edward como Bella estaban tan asombrados por lo que veían que no se acordaban que el viejo Quil estaba aún ahí.
La mujer en cambio volteó a ver al viejo. —Sácalos de aquí. ¿Quiénes son? ¿Se lo quieren llevar? No pueden. —Negó rápidamente—. Lo prometiste. ¡Lo prometiste!
—Nadie lo hará Neni, nadie se lo llevará, solo son visitas, pensé que te agradarían. —Bella, que pensó que nada más podría asombrarla, la voz tierna y delicada del viejo lo hizo.
La mujer negó rápidamente con la cabeza. —No, no, no, no. —Retrocedió—. Nadie. Sola, sola, quiero estar sola.
El viejo Quil suspiró abatido. —Niña. —Se dirigió a Bella—. Por favor salgamos de aquí. —Bella parecía un pez fuera del agua, su boca se abría y se cerraba constantemente, pero de ella no salía ninguna palabra. Se sintió arrastrada de su mano y trastabilló en algunos momentos antes de poder caminar halada por el brazo.
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En medio de su estupor, fue vagamente consiente de salir de nuevo al sol incandescente del campo abierto, vio tierra contra sus tenis y en todo momento sintió el agarre de Edward en su brazo o en su cintura. Cuando llegaron a los escalones de la casa, él la sostuvo contra su cadera, alzándola en el aire, quiso reclamar pero su cerebro pensó muy tarde una protesta, quería decirle a Edward que se encontraba bien, pero pensaba un poco más despacio, estaba embotada.
Fue empujada por sus hombros con delicadeza hasta que quedó sentada, observó entonces a su alrededor. Se encontraba en lo que parecía ser la sala de la casa principal de Bosque Verde. La poltrona donde la habían sentado era realmente incómoda y antigua, parpadeó hacia arriba y encontró a Edward caminando en círculos no muy lejos de ella. Quil en cambio estaba asomado por una ventana muy alta pero angosta. Prestó atención y se fijó que estaba hablando, sus labios se movían pero no veía a nadie específico, solo veía a través del cristal, no le importó interrumpir y sacudiendo la cabeza, intervino: —Ella. —Ambos hombres voltearon a verla, su voz salió rasposa y aclaró su garganta—. ¿Ella es? —La compasión de ambos pares de ojos le dijeron todo. Quil lo sabía, Edward lo había adivinado, aquella mujer no era otra que…
—No —dijo Bella negando, intentó colocarse de pie y desistiendo de la idea—. No. —Negó de nuevo—. No puede ser, ella me dejó, me abandonó cuando era una pequeña, ella no puede estar a unos pocos kilómetros de distancia de mi casa, ella no pudo haber vivido cerca de mí y jamás buscarme, ella me quería. No… —Edward caminó hasta ella, arrodillándose para quedar a nivel de su rostro, tomó sus manos haciendo que Bella parpadeara hacia él.
—Respira, linda. Respira —pidió en voz baja. Bella le hizo caso pero negó con la cabeza.
—Ella no puede ser mi mamá, Edward. —Arrugó su frente con dolor—. No quiero que lo sea. —Edward se incorporó un poco y la abrazó. Bella no lloró, enterró su rostro en el cuello de su esposo y apretó la tela de su camisa con fuerza, no podía creerlo, no quería creerlo.
Edward levantó la mirada hacia el viejo Quil, éste los observaba, en su mirada se encontraba todo el cansancio de sus más de setenta años, su tamaño era imponente, pero sus ojeras también.
—¿No debería explicarle algo? —Edward le habló directamente, acariciando el cabello del aun escondido rostro de su esposa, el viejo alzó sus cejas y respiró muy profundo.
—No sé ni siquiera por dónde empezar.
—¿Qué le parece por decirnos si efectivamente aquella mujer se trata de la madre de Bella? —Se arrepintió de sus palabras pero no por la expresión del viejo, sino por estremecimiento de su esposa, cerró los ojos sacudiendo la cabeza—. Lo siento —susurró junto a su cabello. No hubo ninguna respuesta, por lo que Edward buscó con la mirada al viejo nuevamente—. ¿Y bien?
Las botas que llevaba el viejo Quil, eran de cuero y vaqueras, eran color madera, estaban gastadas debido al trabajo al que las había sometido durante años y años. Las llevaba con espuelas, aquellas estrellas metálicas amarradas al área de los tobillos que las hacían tintinar con cada paso. Bella se separó del cuello de Edward gracias al sonido, apenas alzó la mirada observando aquellas estrellas plateadas en las botas de Quil, un estremecimiento de asco le recorrió el cuerpo. Para ella, aquellas estrellas solo servían para hacerles daño a los caballos cuando los montaban. Se obligó a sí misma a no pensar en eso, pero el sonido metálico acompañado de los tacones de madera, repiqueteaban como único sonido en la habitación.
Las botas se detuvieron frente a ella, Edward seguía a su lado, pero se había puesto de pie. Su mano estaba afianzada en su hombro mostrándole su incondicional apoyo. Bella alzó poco a poco la mirada, encontrándose con los jeans oscuros del viejo, la correa llevaba una hebilla con las letras Q y A enredadas entre sí. En su cabeza, Bella pensó que Quil era demasiado pretencioso como para tener una hebilla personalizada. Su mirada siguió subiendo hasta encontrarse con una camisa blanca. Alrededor de su cuello llevaba una corbata de bolo. Esas que se trata de una pieza de cuero trenzado con puntas de metal, mostraba una chapa redonda y brillante donde los botones se unían, para luego finalmente darle paso al rostro serio, cansado y fuerte del que había dicho era su bisabuelo.
—Sabes la respuesta a eso, Niña —dijo con voz ronca y muy masculina—. Estoy seguro de que la reconociste.
Bella entrecerró los ojos. —¿Cómo he de hacerlo? No veo a mi ma… —Sacudió la cabeza—. No veo a Renée desde que tenía cuatro años, ni siquiera tengo alguna foto de ella, esa mujer puede ser cualquiera, tú me estás engañando, tú eres el cruel y el salvaje aquí, no hay una versión diferente.
El agarre en su hombro se apretó, sin embargo Edward no intervino. Quil se sentó en otra butaca horrible y antigua quedando apartado pero al nivel de los ojos de la chica. Apoyó los codos en sus rodillas y después de respirar profundo, dejó escapar el aire lentamente.
—Como yo trate a mis animales, no tiene que ver como sea con las personas. —Bella soltó un bufido. Quil la enfocó a los ojos—. Quiero lo mejor de mis animales, Niña, para ser los mejores los entrenamientos deben ser fuertes. —Bella entrecerró sus ojos.
—Eso que dices es pura mierda. —Quil alzó sus cejas.
—Cuida tu vocabulario en mi presencia, Niña. —Edward rodó los ojos recordando como él mismo reprendía eternamente a Nicole por decir malas palabras, sin embargo en ese momento Bella era libre para decirle los insultos que quisiera al viejo, ya que para su juicio, los tenía bien merecidos.
—No contestaste a mi pregunta —indicó Bella sin disculparse.
—Ya sabes la respuesta.
Bella enderezó un poco su espalda. —Entonces déjame probar con otra pregunta. —Respiró profundo y lo enfocó—. ¿Qué hace ella aquí? ¿Y desde cuándo lo está?
Quill negó despacio. —No puedo contestarte eso.
—¡Patrañas! —Bella se colocó de pie haciendo que la mano de Edward cayera de su hombro—. ¡Nadie quiere contarme nada! ¡Todo el mundo cree que me protege! ¡No lo hacen! —sus gritos de frustración no iban dirigidos completamente al viejo, pero la chica se estaba descargándose con él.
Quil se echó hacia atrás para poder verla. —No te estoy protegiendo a ti, Niña. La protejo a ella.
Bella apretó sus manos en puños pero siguió su perorata. —Si lo que quieres decir es cierto, y no intentas protegerme, ¿por qué no me cuentas la verdad? Me dijiste que Renée era tu nieta, si eso es cierto, eso te convierte en mi bisabuelo. —Su cuerpo tembló en estremecimiento—. Yo tengo más derecho que ninguno de saber que ocurrió con ella. Fue a mí a quien abandonó siendo apenas una Niña, es a mí a quien se le deben explicaciones, no ocultármelas.
—Creo que me estás haciendo preguntas que no me corresponde a mí contestar. —Insistió el viejo, alzó sus cejas encontrando sus ojos—, pero para que no digas que lo que digo es pura mierda. —Ladeó su rostro—. Debo decir…., que considerando todo el tiempo que estuvo fuera, mi nieta tiene poco tiempo en Bosque Verde, la estoy cuidando. —Inclinó un poco la cabeza acompañando la última frase.
Bella alzó sus cejas. —¿Como cuidas a tus animales? —El sarcasmo fue directo. Quil ladeó de nuevo su cabeza.
—No me veas como el enemigo aquí, yo cuido de mi nieta ahora que se me fue permitido. —Bella resopló furiosa. Quil alzó sus cejas—. Dime algo —comentó—, aunque pienses que soy el villano de esta historia. Contéstame… ¿Quién fue el que te metió en un manicomio? —Bella abrió la boca pero no tenía que contestar, Edward se adelantó para defenderla, pero el viejo Quil le enseñó una de sus palmas, indicándole que esperara—. Estás empeñada en ponerme a mí como el malo de tu historia, Niña, cuando si prestas un poco de atención, verás que yo no te metí en esa… —su tono era un tanto irónico cuando habló—. ¿Cómo fue que la llamó él? —Frunció el ceño, para luego ampliar sus ojos en sarcasmo—. ¡Centro neurológico! —Se colocó de pie—. ¡Eso sí, que es pura mierda, Niña!
—Esta vez seré yo quien le pida que trate a mi mujer con respeto. —Edward se adelantó, colocándose entre ellos—. Puede que esté alterado, pero Bella es una dama antes que nada, así que controle su temperamento.
Quil no contestó al escolta, ambos hombres se vieron a los ojos. Quil no se disculpó, pero no siguió hablando tampoco. Bella tomó al escolta por el codo, apretó su agarre y se asomó por su costado, sin salir de un todo tras él. No dijo nada del conato de enfrentamiento, aunque le preocupaba (y secretamente se preguntaba donde se encontraban los hombres de Quil) su mente y boca estaban en otra parte.
—Estás… —Sacudió la cabeza—. ¿Estás hablando de Charlie? ¿Mi papá? ¿El hombre que me ha criado todo este tiempo? ¿Ese Charlie? ¿Él metió a mi… a ella allí?
—No veo como te es difícil de creer, Niña, lo hizo contigo después de todo.
Bella sacudió la cabeza, ya se lo había dicho pero había sido en ese momento que cayó en cuenta. —¿Cómo lo sabe? ¿Cómo sabe que me metieron allí?
Quil se alejó de nuevo, dejándose caer en la horrible poltrona, suspiró ruidosamente. —Khloe —fue lo único que dijo.
Bella sintió su mundo caerse. Edward sitió su temblor en el agarre de su brazo y de inmediato la tomó de la mano guiándola a sentarse de nuevo. —Bella —susurró su nombre; su mirada y rostro era la viva imagen del desespero, ella sacudió la cabeza.
—¿Khloe supo de ella? —No podía creerlo, eso sería la peor traición, ¿su Khloe? ¿Su mamá postiza? No, no, ella no podía haber sabido donde había estado su verdadera madre y no decirle, ella no podía haberle hecho tanto daño, no podía, simplemente no podía. Pero la había visto apenas unos minutos antes, saliendo de esa hacienda. Cerró sus ojos sintiéndose traicionada—. ¡Oh Dios! —dijo enterrando la cara en sus palmas, pequeños estremecimientos recorrieron su espalda. Edward la acarició de arriba abajo depositándole pequeños besos en su cabellera.
—Déjame llevarte a casa, esto es demasiado. Por favor, linda, déjame llevarte a casa.
Ella negó separándose de sus manos y limpiando sin ceremonia sus mejillas, observó a Edward a los ojos y cerrando los propios se adelantó depositando un beso, rápido, voraz y sorpresivo en sus labios. Al pobre no le dio tiempo de siquiera corresponderle, Bella se separó demasiado rápido de él y enfocó de nuevo la mirada en Quil, que esperaba paciente.
—Habla —le dijo con voz ronca y rasposa, sin embargo decidida—, no me importa que no me puedas contar, no me interesa que clase de trato tienes. Cuéntame. Ahora, todo lo que sepas, quiero saberlo todo y no me iré de aquí hasta que lo haga.
Quil se recostó del espaldar, suspiró ruidosamente y estiró su mano hacia la mesita de al lado que la pareja no había visto, Edward llevó instintivamente la mano a su cintura, donde debía estar su 9 milímetros, no la encontró, pero el puñal de 20 centímetros que llevaba lo hizo sentir menos desarmado.
Ambos pensaron que Quil había mandado a llamar a sus hombres para sacarlos a la fuerza de Bosque Verde, sin embargo una mujer entre sus 40 y 45 años, demasiado flaca, vestida de un taller color champaña salió a la vista, Bella parpadeó por el choque de lo que veía. A pesar de que la mujer usaba falda y tacones prudenciales, su rostro era bastante masculino.
—Leah —dijo Quil a la mujer—, tráenos whisky, a los tres. —Levantó la mano para despacharla.
—No creo que sea prudente mezclar el alcohol en esta situación —recalcó Edward. Quil suspiró.
—Necesitarán el trago una vez empiece a hablar. Créanme.
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Seth abría la boca y la cerraba sin saber que contestar, su cuerpo estaba desnudo, cubierto apenas por la toalla que se había apresurado en recoger, sus manos estaban tan entumecidas que no se sentía capaz de arreglársela alrededor de la cintura. Quería salir corriendo de regreso, pero eso significaba mostrarle todo el culo a la señorita de la casa, sintió un calor y un terror indescriptible, no tenía idea de cómo salir de aquella situación.
Alice, por otro lado, no podía creer lo que veía, su mamá era arriesgada y hacía cosas descabelladas, pero esto ya era demasiado. Todo lo que pudo haber drenado con James se fue al caño, ya que su más reciente orgasmo fue borrado de su memoria, quizás para siempre.
—¿Dónde está? —preguntó al escolta, el chico tenía tan apretada la toalla en sus manos que sus nudillos estaban pálidos.
—Se…se… señori… —balbuceó. Alice resopló cerrando los ojos un segundo.
—¿Dónde está? —habló con más determinación.
Seth bajó la mirada y con su quijada señaló tras él. Alice pasó a su lado como un petardo dejándolo solo y medio desnudo. Con manos temblorosas, se forzó a sí mismo a acomodar la toalla en su cintura y se dejó caer en un cubo blanco que había en una esquina. No tenía idea si era para sentarse o no, pero no le importaba tampoco, todo ese sitio le parecía de otro mundo, no tenía idea de que eso podía existir. Las primeras veces que había traído a la señora no había entrado, tan solo la esperaba afuera, siempre pensó que se arreglaba el cabello o se hacía cualquier tratamiento extraño de estética.
Hasta que un día le había indicado que entrara, que la acompañara…
Aunque nunca se había detenido a fijarse con detalle, siempre le había parecido que la señora tenía buen cuerpo, su ropa era aburrida, faldas muy pegadas y de tela rígida, chaqueticas que a veces le hacía preguntarse como soportaba el calor, medias veladas que jamás se le rompían y tacones señoriales altos… condenadamente altos, pero como el resto de su atuendo, aburrido, un cuerpo delgado y firme se escondía debajo de esa ropa, pero nunca se vio curioso en saberlo, la señora era unos buenos años mayor que él y simplemente estaba fuera de su liga.
Un día. Hace no se sabe cuánto. Un Seth molesto e irritado acababa de dejar a Sara en la casa de seguridad, Charlotte había discutido con su hijastra y había mandado a salir a la chica, a medio camino Seth había encontrado a su novia y cuando la vio tan alterada le dedicó el tiempo suficiente para calmarla. Sin embargo, después de un par de besos, sus manos se pusieron traviesas y ella lo había detenido con alguna excusa tonta.
Seth salió molesto y frustrado de la casa de seguridad, dejando a Sara sin decirle alguna palabra. Ya tenían lo que él consideraba el tiempo suficiente saliendo como para dar el siguiente paso. Él no quería presionarla, pero no pudo evitarlo, cuando la chica se negó a acostarse con él, en el que era el hogar de todos los escoltas de la casa, él se molestó. Y mucho.
Al momento en el que salió de la casa maldijo su comportamiento, de verdad se preocupaba por Sara, pero era demasiado mojigata y santurrona, a diferencia de las hormonas del chico que parecían duplicarse al pasar de los minutos.
Quería ir y disculparse con su chica, pero solo Dios sabía que no podía en ese momento, su deber era cuidar a la Niña, pero la primogénita llevaba su cuenta de insoportable también, Bella no dejaba que la siguieran por los terrenos de la hacienda y en los pocos días que llevaba cuidándola, no había salido de Los Cisnes, así que mandó su responsabilidad a la mierda y decidió dar un paseo para enfriar su mente y su cuerpo.
El clima en Los Cisnes no era el mejor para "enfriar" su temperamento, pero algo debía hacer para que funcionara.
Un sonido poco familiar llamó su atención. Provenía de la casi nunca utilizada piscina de la hacienda. Aceptando la distracción, Seth se dirigió hasta allí, sin preocuparse por algún intruso o por algún peligro, entró pensando que encontraría a alguien limpiando el lugar. Se fijó con asombro que el ruido que había escuchado, correspondía al techo de cristal del recinto que había sido abierto o desplazado, permitiendo que al lugar entraran los rayos de sol externos.
Seth se abrió camino entre las estatuas que a él le parecían extrañas y ajenas, sin embargo se maravilló con los rayos de sol dándole de lleno a la superficie de la piscina, observó el agua deseando con todas sus ganas poder sumergirse en ella.
Un pequeño carraspeo de garganta le hizo saber al escolta que no se encontraba solo. Su rostro palideció cuando se giró a la fuente del ruido y vio que no se trataba de ningún personal de la hacienda.
Charlotte no estaba nadando, ni siquiera estaba mojada, simplemente estaba tumbada en una de las tumbonas y gracias a que el techo de cristal del balneario estaba abierto, un rayo de sol le daba de lleno en todo el cuerpo.
Seth alzó sus cejas sorprendido, la señora de la casa podría tener cerca de los cincuenta años, la verdad no tenía idea, ¿y acerca de los trajes aburridos de antes? estaba equivocado, completamente equivocado.
No podía ser posible que el cuerpo de infarto que se mostraba ante él perteneciera a una mujer de esa edad, nunca imaginó que Charlotte tuviera aquel cuerpo, las tetas, la cintura y sus caderas, le daban una figura increíble. Mientras Maléfica se bajaba los lentes al puente de su nariz con descaro, Seth pudo verle las piernas, largas, moldeadas e interminables piernas. Su garganta tragó grueso y sus hormonas se dispararon horriblemente, haciéndole difícil ocultar su excitación.
Charlotte lo veía ahora con diversión, en un primer lugar había pensado en echarlo de ahí y reclamar su osadía de irrumpir en un lugar al que no había sido llamado, sin embargo cuando se fijó como el chico la devoraba con los ojos, le pareció divertido jugar un poco con él.
El joven sintió que podía morir de vergüenza cuando Charlotte bajó la mirada descaradamente a su entrepierna, Seth bajó la mirada también y sus mejillas se encendieron nuevamente cuando vio lo mal que estaba empalmado.
Seth creyó que le gritaría que era un pervertido y que estaría de patitas en la calle de inmediato, sin embargo Charlotte hizo algo impensable, se sentó de espalda erguida y llevando la mano hacia su cuello desató el top del bikini, dándole al chico una vista en primera fila de sus "nenas". Seth se atragantó con su propia saliva y Charlotte dio una risa pequeña, acostándose de nuevo, ajustando sus gafas de sol.
No supo cuanto tiempo se quedó allí, mirándola, pero cuando pudo reaccionar, salió corriendo, alejándose de la mujer que podía ser muy peligrosa, pero condenadamente caliente.
Charlotte en cambio sonrió al verlo huir del área de la piscina, esperó un poco a ver si regresaba a espiar, pero el chico no lo hizo, subió su ceja en una mueca tan típica de ella y se enderezó colocando de nuevo su top. Él regresaría, o en su defecto ella lo haría regresar.
Seth regresó, pero a la casa de seguridad. Mientras acalorado, atravesaba el pasillo, no se dio cuenta de la llorosa y arrepentida novia que lo esperaba, Sara estaba agazapada y acurrucada junto a la puerta de entrada, cuando vio a Seth aparecer se levantó corriendo y colisionó con el pecho del chico.
—Lo siento, lo siento, yo te amo Seth, por favor no me dejes, por favor. Solo estaba asustada, pero… —la voz de la chica tembló—, pero si lo que quieres es eso. —Tragó grueso—. Si eso es lo que necesitas para demostrarte cuando te quiero… está bien… está…
Un beso se estalló contra los labios de la chica, Seth la levantó del suelo y con premura la llevó a través del pasillo y una vez dentro de la casa, la llevó a la habitación que compartía con Sam.
Motivado por la lujuria a lo ajeno, por el deseo reprimido y por la pasión que no le pertenecía a Sara. Seth la tomó. Sin romanticismo, sin palabras bonitas, sin hacerla sentir hermosa, sin flores, sin tranquilidad.
Sara pasó por su primera vez, sin lo que toda virgen necesita. Total y absoluta entrega del hombre que ama.
En cambio para Seth el deseo no había sido saciado, Sara había sido demasiado tímida. Tierna en cierto modo, pero tímida. Y algo le decía que Charlotte podía ser todo menos tímida.
Ese mismo día, acostado desnudo con un brazo tras su cabeza mientras su novia dormía a su lado. Charlotte Swan se volvió una enferma obsesión.
No podía sacársela de la cabeza, intentó buscarla y perseguirla por los siguientes días, pero la señora simplemente parecía esfumada, las pocas veces que coincidieron ella ni siquiera lo miraba y las pocas veces que sus miradas se encontraron, él juraría que la veía fruncir sus labios en una mueca que podía pasar entre cruel y seductora.
Durante esos días había abusado de la pobre Sara, tomándola en cada pequeña oportunidad que se les presentaba, pero no era suficiente, nada parecía serlo, Charlotte se había adueñado por completo de su mente, de sus noches, de sus pensamientos y de sus manos, que noche tras noche se encargaban de su descarga.
Por lo que, semanas después, cuando la señora de la casa le había indicado sin ningún tipo de emoción que la escoltara aquel día, pensó que el día sería una tortura, sin embargo, Charlotte le indicó que lo siguiera dentro de aquel lugar, aquella hermosa y clandestina mansión.
Descubrió que en efecto no era un Spa, y ese día pudo finalmente verla, sentirla y tocarla. Todavía podía recordar como lo había dejado solo en la habitación mientras se cambiaba y si cerraba los ojos podía recordar el infame baby doll blanco trasparente con el que salió a su vista. Al igual que podía recordar el sin fin de órdenes que acató y como desesperadamente la folló. Ese día supo lo que era estar saciado, su obsesión había sido totalmente justificada, la señora había sido, implacable, increíble y exquisita. Ese día, cuando finalmente se le había permitido entrar en el cuerpo de la patrona, Seth se sintió el hombre más afortunado e imponente del mundo, el más macho de todo el planeta.
Pero no todo fue como él imaginaba, la patrona era exigente y por algo que él aún no entendía, se había obsesionado igualmente, le exigía que la escoltara todos los días, le exigía que la tomara en cualquier lugar y momento, sin importarle quien podía verlos. Seth ya estaba lleno de angustia, se había metido en un agujero sin fondo, donde si los descubrían sabía que el perjudicado iba a ser él.
Y ahora, un par de meses después. Sentado en un prostíbulo clandestino de la clase alta, cansado y drenado de maneras de las que ni sabía que existían, Seth sacudía la cabeza arrepentido, no tenía idea de cómo alejarse, o siquiera si tenía alguna oportunidad de hacerlo. Y ahora lo había visto Alice, todo se estaba desmoronando y sabía que iba a salir muy mal parado cuando todo se descubriera.
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Alice irrumpió por el pasillo amplio y despejado que le había indicado Seth, aún no lo podía creer.
Encontró la puerta fácilmente, siempre era la misma, desde que había sido introducida en ese lado de la vida de su madre, Charlotte normalmente ocupaba la misma habitación, "Caoba" se llamaba y nunca supo ni le interesó saber el porqué del nombre.
Una vez frente a la puerta se sintió dudosa antes de tocar, a pesar de que la primera vez que vino, Charlotte le indicó que si necesitaba algo, se encontraría allí, dejó muy en claro que nunca debía ser molestada. Desde el par de años que Alice llevaba yendo a esa mansión, tan solo una vez había molestado a Charlotte, y por su reacción, nunca jamás le quedaron ganas de hacerlo otra vez.
Sacudió la cabeza, diciéndose que no era momento para recordar su primer escándalo en el Spa de Sofía, cuadró sus hombros y tocó la puerta, esperó un par de segundos y Charlotte la abrió, llevaba una corta bata de seda color chocolate descuidadamente amarrada, el escote era realmente profundo, dando a entender que acababa de ponérsela.
Charlotte subió la ceja en su típica mueca, apoyó una mano en el marco de la puerta y parpadeó con diversión.
—No sabía que querías venir, pude haberte traído, ¿sabes?
Alice se abrió paso entre la puerta y el brazo de su mamá, Charlotte alzó las cejas y se giró cruzándose de brazos. —Estoy ocupada, Alice —recalcó, su tono ya no era tan divertido como antes. La chica apretó sus manos en puños.
—Sé que estás ocupada, lo sé, ¡lo vi allá afuera! —gritó fuera de sí, Charlotte borró toda simpatía de su rostro, cerró la puerta y encaró a su hija—. ¿Seth? —dijo Alice entre una mezcla de asombro, asco e incredulidad—. ¿En serio? ¿Seth?
Charlotte no contestó y se dirigió al teléfono de la habitación, todas tenían uno por si necesitaban algo extra, levantó el auricular y lo pegó a su oído, Alice abrió la boca, pero ella levantó un dedo callándola de inmediato.
—Laurent, cariño —dijo a la línea—. Es Charlotte Green. —Allí siempre usaba su apellido de soltera—. Dile al joven que vino conmigo que me espere —hizo una pausa y sonrió—. Sí, ese mismo ¿podrías ayudarlo? —Levantó la mirada encontrándose con la de su única hija—. Solo un par de minutos, tengo que resolver algo antes —otra pausa—. Sí, yo te llamaré cuando pueda venir. Gracias cariño, eres un sol. —Todo atisbo de sonrisa y simpatía se borró de su rostro, cerró la llamada y cruzando nuevamente los brazos se enfrentó a su hija.
Alice tragó grueso, perdiendo poco a poco la valentía y rabia que sentía minutos atrás, era evidente que Charlotte esperaba que continuara su perorata, pero ahora se sentía bastante intimidada.
—¿Qué pasó con la valentía? —preguntó Charlotte de manera burlona—. ¿Se te olvidó tu discurso? —Aún no hubo respuesta. Maléfica suspiró con pesar, descruzó sus brazos y le hizo señas a la puerta—. Márchate. Como te dije, estoy ocupada —su tono fue bajo y la vio directo a los ojos. Alice respiró profundo y buscando entre la frustración de las últimas horas, encontró sus palabras.
—¿Seth? —volvió a preguntar. Charlotte dejó de verse fastidiada y pasó a verse realmente molesta—. ¿Seth? —repitió la chica sin responder a la advertencia en la mirada de su madre
—¿Podrías cambiar la pregunta? ¿O por lo menos el nombre que dices? Se está volviendo atorrante.
Alice sacudió la cabeza. —¿Cómo puedes hacerle esto a papá?
Charlotte suspiró y contradiciendo a cualquier respuesta que la chica pudo pensar en obtener, se rió, una suave e incrédula risa brotó de sus labios. —¿Hablas en serio? —preguntó Charlotte. Al no obtener respuesta de su hija rodó los ojos con fastidio y caminó hasta una butaca cómoda de cuero blanco que se encontraba al lado de la ventana, se recostó del espaldar y cruzó sus piernas, dejándolas por completo al descubierto, gracias a lo corta de la bata de seda que llevaba—. ¿Qué importancia tiene que sea Seth? —preguntó a cambio, se encogió de hombros dando a entender que el chico simplemente era uno más.
Alice dio un pasó tímido hacia delante. —Me dijiste que nunca estabas con alguien cercano, que esa era una de tus reglas inquebrantables. —Charlotte se observó la manicura.
—¿Me estás juzgando, Alice? ¿O en verdad esperas que te de alguna explicación? Porque llevas tiempo ya aquí y me estás empezando a exasperar.
Alice apretó los puños. —Tu forma de vivir es extraña, me la explicaste hace unos años y no la entendí en ese entonces ni creo no entenderla ahora, pero sí me quedó claro que esto que hacías no era un engaño a papá, que era algo que… ¿necesitabas? —dijo dudosa—. Como te digo, no termino de entenderlo, pero ¿Seth? —su voz se volvió distorsionada—. Él trabaja para nosotros, vive en la misma casa, ¡ve a papá todos los días! —Charlotte alzó su ceja pero no habló—. Tiene demasiados años menos que tú. No… no puedes… no—las palabras le fallaron, el valor la fue abandonando y Charlotte decidió tomar la palabra.
—Hay algo que todavía no has aprendido de mí, jovencita. No. Te. Debo. Ninguna. Explicación. —Alice cerró sus manos sintiendo un temblor de miedo en la espalda. Charlotte se colocó de pie y caminó lentamente hacia ella—. Sin embargo, si tanto te preocupa, Seth tiene 22 años, es legamente adulto y nada de lo que hemos hecho ha sido obligado o impuesto, a pesar de tener… ¿Cómo fue que dijiste? —Por supuesto no le permitió responder—. ¡Ah…, sí! Demasiados años menos que yo, tiene poder de decisión y puede alejarse cuando quiera. Ahora, que no esté dispuesto a hacerlo. —Se encogió de hombros con una mueca satisfecha y socarrona. Alice abrió la boca indignada, Charlotte dio otro paso hacia ella y alzó su largo dedo señalándola—. Eh, Eh, ya tú tuviste tu oportunidad, ahora calla y escucha. Como dije, si él no quiere retirarse, es SU decisión, no la tuya.
Dio otro paso hacia adelante sin terminar de colocarse aún frente a Alice.
—¿Que él viva con nosotros? Es irrelevante. Si hubieras puesto tan solo una pizca de atención cuando te expliqué lo que la gente hace en lugares como este, entenderías que no importa la vida de las personas, aquí dentro nadie es conocido, familiar, amigo o enemigo. —Alice sacudió la cabeza aun confundida, sin embargo, se tragó su confusión cuando Charlotte agotó los últimos pasos hacia ella quedando peligrosamente cerca, Alice ahogó una exclamación de sorpresa y miedo—. Y ¿cómo te atreves a decir con esa cara que no entiendes mi manera de vivir? —Bajó la mirada hacia los ojos de su hija—. Pareciste entenderla la primera vez que te traje, es más, te encantó la primera vez que te traje, ¿ahora dices que no entiendes? —Ladeó la cabeza con ironía—. No entiendes y sin embargo vienes a este lugar, ¿a qué, Alice? ¿A qué viniste?
La chica abrió la boca pero de inmediato la cerró, sin poder decir palabra alguna.
Charlotte continuó demasiado sarcástica. —No me digas que viniste aquí por casualidad, ¿está James disponible? ¿Ya te atendiste con él? —Los ojos de la chica se llenaron, pero siguió sin pronunciar palabra alguna—. No quieras hacerme ver como una desalmada, tú estás aquí por lo mismo que yo, no seas hipócrita hija, tú y yo somos iguales. Bueno… —hizo una pausa y la observó de arriba abajo—, debo admitir que tu niñez tiene alguna ventaja sobre mí, así como mi experiencia la tiene sobre ti. —Alice parpadeó sin entenderla—. Yo normalmente elijo a un hombre y estoy con él hasta que quiero, no estoy con dos o más a la vez. Ya no, de todas formas.
—¿Qué? —la voz de la chica fue apenas un susurro.
Charlotte alzó un lado de su boca en burla. —James y Jasper —dijo sonriéndole. Alice sintió que se atragantaba—. ¿Tienes algún fetiche por los hombres con nombres que empiecen con J? ¿O el fetiche es por los rubios?
Alice parpadeaba como loca. —¿Cómo? No, no… ¿Cómo? Yo no, no… —balbuceó. Charlotte se alejó sentándose en la enorme cama esta vez, su sonrisa era enorme y dichosa, digna de cualquier depredador antes de darle el toque final a su presa.
—A veces no sé si sentirme ofendida o halagada de tu ingenuidad conmigo. —Alice no podía moverse, parecía paralizada, lo único que temblaba era su quijada y sus párpados—. ¿En serio creíste que no me daría cuenta?
—¿Cu…cuenta? ¿De qué? ¿De qué hablas?
—Okay —dijo Maléfica—. Me voy a empezar a sentir ofendida de que creas que soy tonta, pero te lo diré, así no te quedarán dudas de con quien estás tratando. Desapareciste en lo que tuviste la primera oportunidad de Las Vegas, tus miradas de odio hacia Jasper eran evidentes y el pobre hombre no quiere ni verte, ¿James no te enseñó nada? A estas alturas deberías saber como satisfacer a un hombre, recuerdo haberte dicho que no te juntaras con Jasper, pero sinceramente me decepcionas, pensé que estaría arrastrándose a tus pies. ¿Qué hiciste mal?
Alice sacudió la cabeza, afectada momentáneamente por su fracaso con Jasper dijo: —No hice nada mal. Él…él no me quiere a mí. —Charlotte rió en voz alta.
—¿Quién habla de querer? Él puede querer a quien quiera, pero definitivamente no debería estar huyendo de ti.
Alice se estremeció de la rabia. —Él no está huyendo de mí. —La expresión en la cara de Charlotte le hizo sentir más rabia—. ¡Además! No estamos hablando de mí y Jasper. —Apretó los labios, había aceptado su desliz con el rubio demasiado rápido—. Estamos hablando de Seth y tú, si mi papá se entera… —se tuvo que detener por la mirada que le dedicó Charlotte.
—¿Me estás amenazando, jovencita?
—No, por supuesto que no —contestó de inmediato—. Solo digo que si Seth habla.
—Él no va a hablar, lo tiene muy claro, ¿lo tienes tú? —Alice parpadeó asustada.
—Cla…claro.
Charlotte se puso de pie y tomó de nuevo el teléfono, sin verla le habló. —Te agradezco entonces que te marches, sabes que estas habitaciones se pagan por hora y no quiero perder más tiempo. —Alice abrió la boca sorprendida, pero le atendieron la llamada a Charlotte—. Laurent, cariño. Sí, soy yo, dile que suba. —Observó a su hija—. Ah, y coloca la cuenta de James en la mía, yo me encargo de los gastos. —Hubo una pausa y con una risa falsa contestó—. Por supuesto. —Rió de nuevo sin dejar de verla—. A lo mejor así se tranquiliza un poco. —Colgó el teléfono, todo atisbo de sonrisa se le fue del rostro—. Te veo en casa. —Esa fue su despedida. Alice aturdida por lo que acababa de pasar, obligó a mover sus piernas hacia la puerta, una vez en el pasillo observó sus pasos mientras caminaba por el suelo alfombrado, unos pies descalzos pasaron junto a ella, pero no levantó la mirada para tener que ver al chico escolta de nuevo, había ido a enfrentar a su madre y ahora la humillada había sido ella.
—Me dijeron que querías otra sesión. —Alice parpadeó subiendo finalmente la mirada.
—¿Qué? —Sus ojos se encontraron con James en la recepción.
—Laurent. —El rubio señaló a recepción—. Me dijo que querías repetir. —Se encogió de hombros.
Alice observó escaleras arriba. Sabía que habían muchas habitaciones en esa mansión y siempre le llamó la atención lo sola que parecía cada vez que iba, se preguntaba si los clientes se escondían mientras había algún otro en la recepción, pero entre sus pensamientos absurdos supo a que se había referido su mamá con las últimas palabras dichas al teléfono con Laurent, quería que se tranquilizara, que al acostarse con James, se olvidara de su encuentro con Seth.
Suspiró sintiéndose momentáneamente asqueada, no le contestó a James y salió por la puerta, indicándole al hombre semi desnudo del Valet, que le trajera la camioneta, había ido a drenar un poco y terminó peor de lo que había llegado
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—No creo que deberías beber más —Edward le dijo a Bella en voz baja, se había tomado su whisky y el de él y tenía en la mano otro. Bella no le hizo caso y dejó caer la cabeza hacia atrás sintiendo el calor de la bebida resbalarle por la garganta.
—Estoy bien —le susurró con la boca y lengua dormida. Él suspiró y asintió, sin embargo retiró la botella de whisky del alcance de la chica.
Bella observó al viejo Quil, había vaciado dos tragos, pero se encontraba inafectado por ellos, a pesar de que se le veía cansado. Bella apoyó los codos en sus rodillas inclinándose un poco hacia adelante. —Ya me bebí el trago. Ahora, habla —indicó sin anestesia.
Quizás en otro momento el viejo Quil hubiera aprovechado el momento para intentar enseñarle algunos modales, o por lo menos dejar en claro que Charlie no la había criado de la mejor manera, pero en ese instante no cabían ese tipo de comentarios.
—Mi nieta siempre fue muy temperamental, siempre hizo lo que le vino en gana. —Bella intentó disimular el temblor que le causó el oírlo llamar a su mamá, nieta, pero no pudo disimularlo—. Exactamente eso ocurrió cuando siendo apenas una chiquilla se enamoró de tu papá. —Bella alzó la cabeza de inmediato—. No era bueno para ella, sin ánimos de ofenderte.
—¿Por qué no era bueno para ella? —susurró.
Quil suspiró antes de contestar, alzó sus cejas y se encogió de hombros. —Eran otros tiempos, tu padre era mayor que ella por unos buenos años. Aparte, Renée pertenecía a los Ateara —dijo el apellido con orgullo—. Una familia adinerada, dueños de haciendas y ganado. —Abrió sus brazos abarcando la casa—. Charlie, en ese momento, era un don nadie —soltó con desprecio en el tono.
Sin que ninguno de los dos lo notara, Edward se sintió acusado con aquella historia, se parecía mucho a la reticencia que había presentado Charlie por su matrimonio con Bella.
—Como te dije, su relación con Charlie, no era la más apropiada. —Edward se preguntó ¿dónde estaban los padres de Renée, los abuelos de Bella?
—¿Y qué hizo ella? —la voz de Bella era monótona, carente de toda emoción. Quil en cambio soltó una risotada ronca.
—¿Y tú qué crees? —Sacudió la cabeza—. Se escapó y se casó a escondidas con el idiota.
Esta vez ambos se dieron cuenta de la similitud de la historia (por supuesto, ignorando el asunto del idiota) Bella y Edward se observaron por un segundo, para después prestarle atención de nuevo a Quil.
—Y tú la abandonaste, por supuesto —el tono de Bella fue totalmente acusador. Quil se adelantó y tomó otro trago de whisky, hizo una mueca y contestó.
—Es fácil juzgar cuando solo eres un espectador lejano.
—Sea o no lejana, dejaste a tu nieta sola, la hiciste abandonar la hacienda ¿no? —Cada similitud con su propia historia le aterraba cada vez más.
—¿Qué querías que hiciera? —Se defendió el viejo—. Le había prohibido que se juntara con tu padre, lo intenté a toda costa. —Se puso de pie y empezó a caminar en círculos—. La mandé a estudiar fuera, le coloqué hombres que la vigilaran, pero ella…, ella desafiaba a todos. ¡Hasta la encerré! —gritó volviéndose hacia la pareja. Respiró profundo, intentando calmarse—. Pero ella aguantó todo, no había manera de mantenerla vigilada, se escapaba, sobornaba, no lo sé… —hizo una pausa—, lo único que sé, es que un día, hace más de veinticinco años, llegué a casa y ella no estaba, no estaba su ropa ni sus cosas, tan solo había dejado un sobre dirigido a mí, era el certificado de matrimonio de ella con Charles Swan. Nada más.
Quil se sentó suspirando, se sirvió otro trago y Bella aceptó cuando le ofreció uno. Edward lo rechazó, no le agradaba que Bella bebiera demás porque debía mantener la cabeza clara, pero no podía impedírselo y en el fondo, entendía que la chica lo necesitara.
—¿Nunca más supiste de ella? —Quil rió sentándose de nuevo.
—Supe de ella el día que entró en estas tierras y se robó a Luke, después de eso jamás volví a verla.
—No entiendo. —Bella sacudió la cabeza—. Vivimos en el mismo estado, estamos a una hora de distancia, ¿cómo fue que nunca la buscaste?
Quil suspiró. —Llámale estupidez, orgullo, como quieras.
—Era tu única nieta, ¡yo soy tu única bisnieta! —Quil la observó a los ojos—. ¿Qué orgullo puede contra eso?
—Te conocí cuando naciste. —Bella detuvo sus gritos—. Eras una cosita mínima. —Gesticuló con sus manazas el tamaño del bebé Bella—. Fui a la clínica la noche que te trajeron al mundo, no había nadie y por eso me confié, pero ella me vio, había salido caminando al retén para darte un último vistazo antes de dormirse y ahí estaba yo, rogándole a la enfermera que me dejara verte por el cristal. —Bella apretó los labios y los puños—. Renée no me dijo nada, solo se acercó a la enfermera y por supuesto la dejaron entrar al retén, te levantó en brazos y te llevó junto a la ventana, me dejó observarte por mucho tiempo, sin decirme ninguna palabra, no me botó del lugar, aunque tampoco me recibió con los brazos abiertos.
Bella sacudió la cabeza. —No sé qué quieres que te diga por esta historia, tú la trataste mal, ¡hasta la encerraste! ¿Cómo ibas a pretender que te perdonara? La trataste como tratas a tus animales y aun así ella te dejó conocerme, no pretendas manipularme con la historia del bisabuelo arrepentido, jamás supe siquiera que existías.
El viejo Quil se enderezó, su semblante melancólico se había perdido por completo. —No pretendo tu misericordia, Niña —le habló directamente—. Ni siquiera pretendo el perdón de ella, simplemente estoy purgando mis demonios, lo que piensen los demás, no me importa, nunca lo ha hecho y nunca lo hará.
Bella apretó los puños con rabia. —No me has dicho como fue que terminó ella aquí. ¿Dónde estuvo todo este tiempo? Y si estuvo donde Charlie me metió a mí ¿cómo terminó aquí? Y más importante que nada ¿por qué la metieron en esa institución?
—Son demasiadas preguntas, no sé si pueda o deba contestártelas todas.
—¿Qué demonios significa eso?
—Significa que no es mi trabajo contártelas. —Bella resopló y Quil levantó una mano deteniéndola—. Tengamos algo claro, Niña —dijo con autoridad—. Mi prioridad ahora es ella. —Señaló fuera de la casa dando a entender que hablaba de Renée—. Sé que eres mi bisnieta, pero, Niña. —Vio por un segundo a Edward—. Tú estás bien. Ella no lo está y me voy a abocar a ella, llámame por todos los nombres que quieras, dime que soy un viejo insensible y salvaje, créeme. Lo sé, pero mi prioridad número uno es Renée, nadie más. —Negó una única vez.
—¿Entonces qué hago aquí? —preguntó Bella—. ¿Por qué me dejaste verla y por qué me estás contando todo esto? —Quil suspiró.
—Porque no la he podido hacer regresar, pensé que Luke lo haría, ella amaba a ese caballo más que a ella misma, pensé que al tenerlo cerca, la haría sentir mejor, hacerla sentir en casa. Lo había pensado hacía mucho, pero no sabía como obtenerlo, nunca pensé que tú quisieras venderlo, hasta que uno de mis hombres escuchó que Charlie quería deshacerse de él, ni siquiera pregunté el porqué, simplemente ofrecí la mejor oferta y acepté las condiciones de entrega, eso fue todo.
—Ese caballo es mío —replicó la chica con dientes apretados—. Charlie no tenía derecho alguno a vendértelo.
—Di lo que quieras, Niña —suspiró—, pero Luke está ahora en Bosque Verde y no se irá. Además, Khloe me contó que te fuiste de la hacienda, ¿dónde planeas tenerlo?
Bella apretó los puños. —Eres un ser despreciable, ahora entiendo porque ella escapó. —Quil suspiró, a pesar de querer verse inafectado, no lo logró de un todo.
—Ya te dije, Niña, mi prioridad ahora es el bienestar de ella, el de nadie más. Estás aquí porque quería que Renée te viera, de hecho, puedes venir cuando quieras, no te prohibiré la entrada a la hacienda ni a las caballerizas. Quizás tú puedas ayudarla a regresar, quizás en algún momento te reconozca.
Bella tenía una réplica casi instantánea para decirle, que podía meterse su prohibición por donde mejor le cupiera, sin embargo, las últimas palabras del viejo le llamaron enormemente la atención. —¿Regresar? —preguntó incrédula—. ¿Regresar de dónde? ¿De qué estás hablando?
Quil por primera vez se vio realmente abatido. —Ella no está bien, Niña, no lo está. Su cabeza no es la misma, su memoria tampoco, a mí me reconoce a ratos, pero no soy su persona favorita, por lo que no confía en mí. Neni está aquí y no interna porque logré probar que puedo hacerle un bien, pero vendrán y la evaluarán, si consideran que es un peligro la regresarán, ¿entiendes por qué ella es mi prioridad? No estuve para ella cuando me necesitó, pero lo estaré ahora, solo ella importa, nada más.
Y por ese mísero segundo Edward se identificó con el viejo.
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Emmett estaba en la sala de Los Cisnes, se encontraba sentado en el último escalón con la cabeza gacha. Sam se había marchado porque tenía el día libre, aun no había reacomodado la agenda luego del despido de Edward, pero de igual manera lo dejó ir. Seth estaba con la señora de la casa y estaba seguro que la joven Alice se encontraba en su habitación, o por lo menos eso creía.
Escuchó un jadeo desde lo alto de la escalera y se volteó de inmediato, la cara arrugada por el esfuerzo de Rosalie lo hizo levantarse rápidamente, la rubia arrastraba una maleta realmente grande por los escalones.
—Déjame ayudarte —dijo subiendo los escalones extendiendo su mano. Rose lo esquivó de un manotón.
—¡Yo puedo sola! —dijo sin observarlo. Emmett suspiró y se retiró alzando sus manos, habían peleado demasiado últimamente.
—¿Te vas? —preguntó apretando las manos para no ayudarla, la chica en serio no podía con la enorme maleta.
—¿Qué te hace pensar eso? —respondió irónica.
—Charlie no te ha dicho que te marches. —Bajó un escalón, siguiéndola de cerca. Rosalie volvió a jalar la maleta, ésta perdió el balance y Emmett inmediatamente lo corrigió. Rose le dedicó una mirada de odio y él volvió a levantar las palmas, alejándose, pero manteniéndose alerta.
Con dos quejidos más, Rosalie logró bajar el otro escalón. —Charlie no te dijo que te fueras —repitió el escolta—. Estoy seguro de que no le importará que te quedes.
—Soy yo la que quiere irse —dijo entre dientes.
—¿Por qué? —preguntó Emmett en voz baja—. Pensé que te gustaba la hacienda.
Rosalie detuvo sus movimientos, haciendo un equilibrio precario entre su pierna y la maleta, manteniéndola así en el escalón.
—A ver —dijo cruzándose de brazos y batiendo su cola de caballo—. Mi mejor amiga se marchó con su marido. —Emmett frunció los labios pero no dijo nada—. Mi hermano es un idiota que persigue a Charlie por toda la hacienda, Khloe es un jodido manojo de nervios, no reconozco a Charlie y puedes estar seguro como el infierno que no pienso quedarme ni por Maléfica ni por Maléfica Junior.
A pesar de sentirse serio y francamente un poco preocupado, no pudo evitar sonreír por como había llamado a Charlotte y Alice, respiró muy profundo y botó el aire lentamente. —¿Y por mí? —preguntó en voz baja—. ¿No te quedarías por mí?
Descruzó los brazos y los apoyó en sus caderas. —¿Por qué me quedaría por ti? —preguntó—. Tú no me quieres aquí.
Emmett negó despacio. —Eso no es cierto. —Rosalie sacudió la cabeza y tomó de nuevo la maleta continuando su camino.
—Pon tu mierda junta, Jefe —le dijo sin verlo a la cara—. Tú no me quieres aquí, fuimos un polvo más, no tenemos que ponerle otro nombre.
—¿En serio es eso lo que crees? —Rosalie detuvo sus movimientos pero no se giró a verlo.
—No es lo que creo, es lo que veo. Nos llevamos bien en la cama, pero cuando intenté conocerte mejor me gritaste convirtiéndote en un salvaje… La cagaste, Emmett, la cagaste en grande. —Apenas giró un poco el rostro para poder verlo por encima de su hombro—. Ya tengo la cuota de salvajes cubierta, no necesito a alguien más. —Bajó un escalón, maldiciendo que la maleta no cooperara con su escape.
—Por favor —soltó una plegaria. La rubia cerró sus ojos, deteniendo sus movimientos—. Ya te dije gritona, mi espalda es… es… —el pobre hombre no pudo continuar.
—Ya no quiero saberlo Emmett, ya no importa —su voz fue bastante baja, pero Emmett pudo jurar que sintió su voz quebrarse.
—Espera. —Ella negó sin girarse, aun faltaban unos pocos escalones pero la maleta era muy pesada y al jalarla demasiado rápido, perdió el equilibrio haciéndola caer y ser sepultada por la estúpida maleta—. ¡Gritona! —En dos segundos la socorrió quitándole la maleta de encima.
—¡Mierda! —gritó la rubia intentando ponerse de pie, inmediatamente desistió tomándose el tobillo con ambas manos—. ¡Mierda! —Emmett apartó aun más la maleta y se acuclilló frente a ella.
—Déjame verte. —Le tomó el tobillo con ambas manos y lo giró un poco, Rose arrugó la cara y apretó los dientes, lo siguiente que sintió fue como la alzaron en brazos.
—¡Bájame! —gritó. Emmett no le hizo caso y la acomodó mejor, haciendo que la chica tuviera que tomarlo por el cuello para no perder el equilibrio—. Puedo caminar. —dijo entre dientes. Emmett la bajó con crudeza, estaban en la cocina ya, Rosalie se tomó de una de las paredes y siseó con dolor al apoyar el pie, Emmett levantó una ceja pero la dejó sola, Rose cojeó adolorida dos pasos más y volvió a sentirse alzada en brazos, esta vez no opuso resistencia.
La llevó a la casa de seguridad. Neo, el labrador, correteó alrededor del escolta y se alzó en sus patas traseras para saludar a Rose, la rubia bajó una mano acariciándolo un poco. —Hola campeón. —Lo saludó en voz baja.
Emmett caminó hasta la habitación y la depositó en una de las camas individuales, Rose se quedó con las piernas estiradas jugueteando con el perro mientras él desaparecía y aparecía de nuevo con algunos vendajes y cremas.
—Voy a verte —dijo sin pedirle permiso. Rosalie siguió haciéndole carantuñas a Neo mientras Emmett se sentaba al final de la estrecha cama y se colocaba los tobillos en sus muslos, meditó un segundo para ver cual era el herido y tomó entonces el izquierdo.
Rose llevaba unas sandalias planas y fue fácil quitárselas, Emmett repitió los movimientos que había hecho antes y la observó, ella apretó los labios aguantando pero sin dejar de juguetear con Neo.
—No lo tienes roto. —Ella asintió sin hablarle. Emmett suspiró y untó un poco de crema antiinflamatoria en su tobillo, asegurándose de no masajearlo mucho para evitarle dolor. La piel de la rubia era pálida pero hermosa, le daba dolor imaginarla con un moratón—. Voy a vendártelo —indicó sin obtener aun respuesta de la chica. Neo le había traído su pelota favorita y Rose se la lanzaba hacia el pasillo, haciendo que el perro corriera a buscarla y se la trajera de nuevo.
Emmett los observó un par de veces, Rosalie procuraba no verlo a propósito, suspiró abatido, ella tenía razón, la había cagado en grande.
Dejó su pie sobre la cama y se levantó instándole a Neo que saliera de la habitación, una vez afuera, cerró la puerta. —Ahora no, amigo —le dijo antes de cerrar, el pobre labrador se sintió aun más abandonado.
Rose levantó sus rodillas, abrazándolas mientras admiraba el vendaje de su pie, se encontraba increíblemente tímida.
Emmett se sentó al final de la cama y suspiró. —Lo siento —exhaló—. No tengo excusa para como me comporté contigo, así que, lo siento. —La observó y ella se encogió de hombros.
—Imagino que no era importante —dijo bajito.
—Eso no es cierto —replicó Emmett. Ella soltó una risa triste.
—Claro que no lo era, nunca fui importante para ti. Está bien. —Volvió a encogerse de hombros.
Emmett dejó escapar el aire ruidosamente. —No fue así, Rose. —Ella alzó la mirada, sus ojos azules se clavaron en los oscuros del jefe de seguridad.
—Nunca me llamas Rose —dijo en susurro. Emmett sonrió, pero fue una sonrisa triste.
—Gritona —dijo con una inclinación—. No fue así en realidad, no puedo negarte que al principio fueron las ganas las que me hicieron lanzarme sobre ti, pero… Rose… —Negó despacio.
—¿Todo es porque intenté conocerte mejor?
—No —respondió de inmediato. Ella subió sus cejas acusatoriamente y él suspiró—. No soy nadie bueno para conocer. —Ella dio una risa amarga.
—¿No crees que debería ser yo quien juzgue eso?
—Vamos, Gritona, no es mi primera vez con una mujer donde se supone que será algo de una sola noche y resulta en algo más. ¡Adoro! cuando termina en algo más. —Rose frunció el ceño.
—Ahora sí que es verdad que no te entiendo.
Emmett se colocó de pie y pasó las manos por su cabeza, no podía despeinarse de lo corto que tenía el cabello. —¡Soy un jodido enamorado! —Rose alzó sus cejas sorprendida por su elección de palabras—. Cada mujer que me sonríe, creo que se convertirá en la madre de mis hijos. —Rose estiró sus piernas, observándolo asombrada—. ¡Ese es mi maldito problema! Desde que regresé de la maldita guerra no hago otra cosa que buscar alguien que me quiera, alguien que no se asuste por lo jodido que estoy.
Las palabras del jefe de seguridad eran reveladoras para ambos, Emmett jamás había dicho eso en voz alta pero era como realmente se sentía.
—Y me refugiaba en eso, ¿sabes? —bajó un poco el tono de voz—. Con las mujeres que intenté tener algo, o con las que me engañaba a mí mismo diciéndome que sentían algo más por mí, siempre terminaban alejándose, porque siempre las elegí pensando en que serían un polvo y nada más. Todas tenían vida propia, trabajos o hasta familias que no iban a abandonar por mí y cuando la hacían… cuando me dejaban, me destruían, diciéndome que estaba jodido, cuando en realidad ¡yo sabía que me iban a dejar! —Pasó las manos por su cabello—. Ahora lo entiendo, ahora lo veo claro.
Rose aclaró su garganta para poder hablar. —¿Por eso me elegiste a mí? ¿Porque pensaste que te iba a dejar?
Él se encogió de hombros. —No lo sé, supongo. Estabas sola y triste, jamás me ibas a tomar enserio. —Sacudió la cabeza. Rose pudo haberse sentido ofendida pero no lo dijo, en el fondo, el razonamiento de Emmett era tanto lógico como cierto.
—¿Entonces no debí preocuparme? —preguntó aún con voz baja—. ¿No debí interesarme en ti? ¿En tus heridas?
Emmett se dejó caer sentado en la cama del frente. —Nadie lo había hecho antes, me tomaste por sorpresa.
—¿A sí que es mi culpa, por preocuparme?
—¡No! —Sacudió la cabeza y la enterró en sus palmas de nuevo—. Sí —susurró—. No lo sé.
—Estás jodido, Emmett. —Él dio una risotada.
—¿Crees que no lo sé? He venido diciéndotelo desde hace ya tiempo. —Rose sonrió sacudiendo la cabeza. Emmett en sus adentros se sorprendió de que la chica no lo hubiera insultado o golpeado todavía. Observó sus perfectos dientes y la curva de su quijada—. Eres realmente hermosa, Gritona. —Ella sonrió más ampliamente.
—Lo sé. —Emmett resopló una carcajada para después ambos quedarse en silencio. Rose volvió a abrazar sus rodillas, apoyó la quijada en ellas y habló bajito—: Tienes que contárselo a alguien —susurró—. Si no quieres decírmelo a mí, está bien, pero… deberías buscar ayuda, Emm.
Él asintió pasándose ambas manos por el rostro. —La he buscado, Gritona, no sabes a cuantos grupos de terapias he ido, a cuantos loqueros. Estoy bien. —Se encogió de hombros—. Todos dicen que no vivo con la jodida guerra en la cabeza, y en cierto modo es verdad, no vivo con la guerra a diario, ¿sabes? —Levantó la mirada enganchándola con la de ella—. Jamás sueño con ella, no pienso en ella las 24 horas, simplemente vivo.
—Eso no es del todo cierto —interrumpió la rubia. Emmett la vio con el ceño fruncido—. No olvides que te conocí el día que esta casa estaba patas arriba gracias a tu crisis de guerra. Bella me dijo que no era la primera vez que te daban, así que no estás tan alejado de ella como crees.
Emmett recordó cuando casi derrumbó la casa de seguridad, alzó sus cejas. —Supongo que tienes razón.
—¿Supones? ¡Casi tumbaste la casa!
—¡Okay! ¡Okay! Tienes razón. —Rose sacudió la cabeza.
—¿Qué es lo que sentiste aquella vez? ¿Por qué querías destruir la casa?
Emmett negó. —No lo sé, es la combinación de todo y nada, mientras estuve cautivo no podía dejar de pensar en todo lo que perdería. El miedo y la rabia de estar cautivo no me dejaba pensar en nada o nadie en concreto. Pero… una vez salí, una vez estuve libre, no había nada, nadie que me esperara, toda mi vida la dediqué al ejército y cuando salí de él, no tenía nada. No hubiera importado que me mataban, Gritona, nadie me hubiera extrañado.
—Estoy segura de que eso no es cierto. —Rose se puso lentamente de pie y caminó hasta él, se arrodilló a su espalda y lentamente lo abrazó. Emmett se tensó pero no la apartó de él—. Deja de ser una niña llorona, gigante —dijo contra sus hombros. Él rió y pasó una de sus manos por sus brazos, acariciándola.
—Así somos —le dijo él aun riendo—, yo soy el llorón y tú la gritona.
—¡Ahhhh! —gritó no muy duro cerca de su oreja. Emmett soltó una carcajada y volteó su rostro, se vieron a los ojos y lentamente se acercaron. Emmett la besó sin prisas, pidiéndole perdón y agradeciéndole en cada movimiento.
Cuando se separaron se vieron a los ojos. Emmett no sabía como continuar. —¿Me permites hacer algo? —preguntó ella en voz baja. Emmett asintió un poco temeroso—. No te haré daño —dijo ella de inmediato—. Lo prometo. —Emmett volvió a asentir y se arrepintió de inmediato al sentir como ella le aflojaba la corbata del uniforme y desabotonaba su camisa blanca.
Rosalie no se detuvo, pero continuó despacio mientras se alejaba lo necesario para poder deslizar la camisa fuera de sus pantalones y de su espalda. Emmett, a pesar de morirse de miedo, hizo el movimiento necesario para deshacerse de la pequeña franelilla que tenía bajo la camisa, quedando desnudo de la cintura para arriba.
—Si se torna demasiado, dímelo —susurró ella contra la piel de su hombro. Emmett no contestó. Poco a poco Rose se separó de él, viendo por primera vez las cicatrices en su espalda.
Detallarlas le pareció grotesco y grosero, eran marcas, algunas juntas, algunas separadas, lo que más le angustiaba era el dolor por el que Emmett había tenido que pasar al sufrirlas. Despacio las recorrió con sus dedos, asombrándose de la cantidad y de lo lisa que se encontraba la piel en las que eran más grandes.
—¿Te duele? —Le pareció tonto preguntarle eso, pero su piel no dejaba de tensarse por su toque.
—No —contestó con voz ronca—. No me duele, pero, se siente diferente cuando alguien las toca.
—Pero ya las había tocado, cuando estuvimos juntos no podía soltar tu espalda. —Intentaba hacerlo reír y lo logró, esta vez toda la espalda se estremeció pero fue de risa.
—Sabes que soy intenso, Gritona. Me aruñaste tan fuerte que casi me haces cicatrices nuevas.
—Tonto —dijo ella dándole un golpecito en el hombro. Emmett rió de nuevo y tomó su mano, depositándole un beso en la palma. La haló un poco más haciendo que volviera a abrazarlo. Rose entrelazó sus manos con las de él.
—No recuerdo con exactitud cuando me capturaron, estábamos muy cerca de tierras enemigas. —Rose se quedó en silencio sepulcral mientras lo escuchaba—. El olor a tierra mojada, sangre y sudor era insoportable, quedábamos apenas diez hombres en mi batallón, unos habían logrado escapar, otros habían muerto en el ataque. —Suspiró y ella le dio otro beso en el hombro—. Había un chico bastante joven con nosotros, era insoportable y se la daba de inteligente y matón, estaba en mi batallón porque tenía una puntería del demonio, pero por nada más. Ese día fue la única vez que lo vi asustado, no nos habíamos podido ir con el rescate y debimos movernos tras el bombardeo, acercándonos cada vez más a las líneas enemigas. Yo era el capitán. Estaba a cargo de todos ellos, así que les di la orden de que avanzaran y esperaran en terreno seguro por el helicóptero de rescate, yo me quedé atrás, cubriéndolos. —Rose se quedó inmóvil. Él apretó más su agarre—. Todos corrieron, obedeciendo mis órdenes, todos menos este chico, el que apuntaba bien, se quedó y me ayudó a despejarle las vías a los demás, no sé a cuantos disparé, no lo sé… —Rose tembló con miedo—, pero finalmente escuché las hélices del helicóptero, habían venido por nosotros, nos habían venido a rescatar, podría irme a casa, podría salir de ese infierno.
Otro beso fue depositado en su hombro. —Pero el chico no obedeció, se quedó atrás disparando, le grité y grité para que me siguiera pero no lo hizo, estaba endemoniado disparando contra las fuerzas enemigas. —Sacudió la cabeza—. No podía abandonarlo, no podía simplemente dejarlo para que lo mataran. Me devolví por él, pero no llegué a tiempo, una bala le atravesó el cuello, dejándolo caer frente a mí. —Una lágrima se deslizó por el ojo de la chica—. Me quedé como un idiota viendo como la vida escapaba de sus ojos, parecía mirarme pero yo sabía que no lo estaba haciendo, en mi letanía escuché como el helicóptero alzaba vuelo, me habían dejado, me encontraba solo y tras líneas enemigas. Pensé que correría la misma suerte que "Bullseye" aunque peleé hasta el final, esperaba una bala en medio de mis ojos. —Rose apretó su rostro en su cuello, la historia era horrible—. Pero no me mataron, distinguieron mi cargo en mi uniforme y les pareció buena idea mantenerme cautivo, presionar por algún tipo de recompensa. —Sacudió la cabeza indicando que no sabía la razón.
Se quedó un segundo en silencio, acariciando ausentemente los brazos de Rose. —¿Qué te hicieron? —preguntó en un susurro tembloroso. Emmett sacudió la cabeza.
—No lo recuerdo con exactitud, no me dejaron dormir en el tiempo que me tuvieron cautivo y eso me tenía realmente fuera de mí. Recuerdo que había luces muy brillantes. Cosas frías que me congelaban la piel, o muy calientes que me quemaban hasta los huesos, no recuerdo un arma en específico, creo que mi mente lo borró en algún momento, solo recuerdo que dolía como el demonio y que nunca, nunca en mi vida había estado tan asustado y furioso al mismo tiempo. Quería matarlos, quería morirme, quería sobrevivir, quería rendirme. Todo al mismo momento.
Rose no pudo soportarlo más, soltó sus manos y lo hizo girarse, sin decir palabra alguna acunó sus mejillas y con una sutileza digna de una princesa, llevó sus labios a los de él, trabajándolos con delicadeza, compasión, simpatía y respeto.
Emmett se enderezó un poco y se dejó guiar por ella. Rose lo acostó en la pequeña cama y se subió encima de él, besándolo aún con su rostro acunado entre sus manos. —Lo siento tanto —susurró contra su piel. Él apretó la piel de sus caderas, mientras ella delicadamente besaba su cuello y aspiraba su aroma.
—Eso es lo que me sucede cuando me dan las crisis —dijo en voz baja—. Las mujeres se van de mi vida sin importarles nada, se escurren de mis dedos y no tengo más remedio que sentarme y observar, siento que pierdo el control, que no tengo dominio en nada de lo que me rodea. Me siento cautivo de nuevo.
—Shhh. —Lo silenció ella juntando sus labios de nuevo, no tenía idea de cómo consolarlo. Emmett continuó el beso, deslizó sus manos bajo la tela de la camisa de la chica y apretó un poco de piel.
—No me detengas, Gritona. Por favor, no lo hagas. —Su toque se volvió un poco desesperado, sus manos subieron por su espalda, desabrochando el sujetador de la chica.
—No planeo hacerlo —respondió ella. Se separó apenas lo necesario para poder sacar su camisa por su cabeza y lanzar el sujetador lejos.
Las manos de Emmett volaron a sus pechos, apretándolos con sus manos y repasando con su pulgar sus puntas ligeramente rosadas.
—Tienes buenas tetas. —dijo sopesándolas. Rose alzó sus cejas y afianzando mejor sus rodillas junto a las caderas de él se sentó erguida, aun con las manos de Emmett en sus pechos.
—Tengo tetas excelentes. —Él rió por lo alto y bajó sus manos a las caderas nuevamente.
—También me gusta tu culo. —Pasó sus manos a sus nalgas cubiertas por unos shorts de mezclilla.
—Jum —dijo Rose, fingiendo que pensaba detenidamente—. Entonces… ¿Qué prefieres, mi culo o mis tetas?
—Decisión difícil —dijo Emmett siguiéndole el juego—. Si tuviera que elegir alguna parte de ti, elegiría el tronco —dijo pasando sus manos por la cintura hasta sus pechos nuevamente—. Tendría tu culo y tus tetas y no tu gritona boca. —Rose le dio un fuerte manotón en el pecho, él se protegió con sus manos y rió en respuesta.
—¡Eres un idiota! —Se incorporó de inmediato, sosteniéndola de la cintura y pegándola a su desnudo pecho. Rose sintió como su erección chocaba con ella y ahogó una exclamación.
—También adoro tu boca. Solo estaba jodiendo contigo —dijo contra sus labios.
—Pues entonces, deja de joder conmigo, y jódeme. —Emmett rió contra sus labios.
—Adoro cuando dices palabrotas. —Rose entrecerró sus ojos.
—Vas a recibir una cantidad vulgar de palabrotas si no quitas tus pantalones de inmediato.
Emmett se recostó contra la pared y puso sus manos tras su cabeza, una mueca socarrona se dibujó en sus labios.
—Sírvete —dijo alzando una ceja. Rosalie entrecerró sus ojos, ganándose una repetición del gesto en él, rodó los ojos entonces y colocándose de rodillas trabajó en la bragueta del jefe de seguridad que permaneció inmóvil mientras ella lo desnudaba.
Rose tuvo que levantarse para quitar sus zapatos y medias, él colaboró alzando las caderas cuando haló sus pantalones y calzoncillos fuera. Se subió a la angosta cama gateando y se detuvo en la cintura del escolta, justo al frente de su erección.
Emmett la observó a los ojos, aunque aún tenía los brazos cruzados tras la cabeza, su actitud socarrona se había borrado, dándole paso a la lujuria. Habían estado juntos pero Rose jamás le había practicado sexo oral, no sabía si las intenciones de la chica lo eran, pero diablos que le gustaba ese suspenso.
Rose se relamió los labios y con media sonrisa se inclinó, dándole un suave beso en la punta.
—¡Dulce madre de Dios! —siseó Emmett cerrando sus ojos. Rose rió y haciendo una cuna con su lengua, lo introdujo en su boca, haciendo un sonido seco cuando lo expulsó de nuevo.
—¿Seguro que solo querías mi tronco y no mi gritona boca? —volvió a llevarlo a su boca. Emmett soltó una risa mezclada con un quejido.
—Eres mala —susurró, mordiendo su labio otra vez cuando se sintió succionado de nuevo.
—¿Mala? —preguntó antes de volver a lamerlo. Emmett cerró los ojos.
—En realidad eres buena. —Ella empezó a bombearlo con su mano, alternando con su boca—. Realmente buena —susurró dejando caer su cabeza hacia atrás.
No podía tener suficiente de su boca y sin embargo era hora de detenerla si quería que ambos disfrutaran el encuentro. Emmett se incorporó y halándola delicadamente por la cola de caballo la separó de su piel.
—Suficiente, Gritona. —La besó sorprendiéndola, no pensaba que quisiera hacerlo luego de haberlo tenido en su boca, sin embargo no pudo argumentar, porque toda pena, penuria o tristeza había sido borrada de sus gestos. Emmett la sostuvo con fuerza por el cuello mientras le devoraba la boca.
—Mi turno —dijo hurgando en su cintura, desabotonando finalmente el short de mezclilla. Rose sonrió contra sus labios, apenas le bajó los pantaloncillos hasta la mitad de los muslos, deslizando entonces su mano entre las piernas de la chica.
—¿Hoy no llevas las bragas de la abuela? —Ella sacudió la cabeza, él rió contra sus labios—. Me gustaban esas.
—Enfermo —la voz de la rubia era baja y ronca. Emmett pasaba lentamente sus dedos por su cálida piel.
—¿Enfermo? —preguntó y sin permitirle contestar introdujo un dedo en su interior.
—¡Oh Dios! —exclamó ella. Emmett mordisqueó su labio.
—Puedes llamarme Emmett. —No pudo contestarle, no pudo decirle que era un idiota. Emmett introdujo un segundo dedo en su interior y los movió con lentitud pero con constancia, volviéndola loca en cada movimiento.
Cuando no pudo mas, Rosalie llevó su propia mano a su sexo, Emmett observó maravillado como se ayudaba mientras él seguía penetrándola. —Estás tan mojada —susurró mientras la besaba—. ¿Qué fue lo que me pediste antes? —Rose gemía muy cerca del orgasmo—. ¿Que te jodiera? —Ella asintió sin poder hablar—. ¿Ahora? —Ella asintió—. ¿Dejo de mover mis dedos? —La penetró un poco más fuerte haciéndole escapar un gritito mientras negaba en respuesta—. ¿Quieres correrte sobre mis dedos? —Volvió a asentir—. Para hacer eso necesito que alejes la mano de tu clítoris.
Rose intentó reprimir un escalofrío sin mucho éxito, sus palabras y movimientos la tenían muy excitada.
Con la otra mano Emmett apartó la de ella, se sentó más derecho y detuvo el movimiento de sus dedos. —Mírame —le exigió. Ella parpadeó hacia él, sus azules ojos estaban brillantes y llenos de excitación, sus pupilas estaban muy dilatadas—. No retengas tus gritos, Gritona y déjame verte. —Sin dejarle responder, movió sus dedos con rapidez. A gran velocidad entró y salió de ella, dándole golpecitos oportunos a su clítoris con la palma de su mano. Rose abrió la boca sin apartar los ojos de él, ambos se movían cortamente de arriba abajo, a la rubia no le faltaba mucho y dio fe de ello cuando un gruñido primitivo terminado en un grito le indicó a Emmett que estaba casi ahí, mantuvo la velocidad y la cabeza de Rose se lanzó hacia atrás, mientras gritaba una y otra vez—. ¡Oh por Dios!
Él no volvió a jugar con su recién nombrado apodo, en cambio se incorporó aun mejor y sacando los dedos de la rubia, terminó de bajarle los shorts. La cama era muy estrecha haciendo que cuando volviera a intentar acostarse, se cayera contra el suelo, ninguno de los dos prestó atención, Emmett se sentó en el suelo apoyándose en la cama, la haló con él posicionándola sobre su erección, estiró su mano a la mesa de noche y tomó un condón, dándoselo a ella. Se quedó observando como Rose abría el empaque y se lo colocaba lentamente, luego, despacio se hundió poco a poco en ella. Rose siseó y Emmett bajó la mirada a sus cuerpos unidos, observando como poco a poco se perdía dentro de ella.
—Míranos —le pidió—, estoy totalmente dentro de ti. —Rose bajó la mirada, la sensación de llenura la tenía abrumada, pero igualmente los observó. Él tenía razón, no se podía distinguir cuando comenzaba ella y terminaba él—. Voy a moverme. —De igual manera no esperó su respuesta, Emmett bombeó una vez y ella gritó por la invasión, él rió contra sus labios—. Este, Gritona, va a ser el jodido mejor polvo de nuestras vidas. —Afianzó un abrazo en sus caderas y con una rapidez brutal bombeó dentro de ella una y otra vez.
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Cuando ambos se habían dado por vencidos y descansaban aún en el suelo de la habitación, Emmett estaba acostado boca abajo, una almohada robada de la cama más cercana estaba abrazada bajo su cabeza. Rose estaba de rodillas sentada sobre él, dibujando con sus dedos las intrincadas cicatrices.
—¿Te molesta lo que hago? —Él negó sin hablar. Rose depositó hermosos besos en medio de su espalda intentando distraerlo. Emmett sonrió a pesar de que ella no lo veía—. Ya está —dijo ella besándolo por última vez—. Curado y listo. —Emmett volvió a reír, sacudiéndola un poco en el proceso.
—Gracias —dijo en voz baja—. Creo que nunca nadie se había preocupado tanto por mí antes. —Rose sonrió aún acariciándole la marcada espalda.
—Solo lo hice por el sexo increíble, así que no te hagas muchas ilusiones. —Esta vez Emmett rió en voz muy alta, dándose vuelta entre las piernas de la chica. Ella soltó una exclamación por el movimiento. Rose alzó sus cejas sintiendo su creciente erección entre sus piernas.
—¿Otra vez? —preguntó la rubia. Él asintió sonriendo mientras acariciaba su estómago, ella puso los ojos en blanco—. ¿No tienes que trabajar? —Emmett resopló.
—Es raro que no me hayan venido a buscar, soy el único que está en casa ahora. —Rose asintió.
—Por la renuncia de Edward, ¿cierto?
—De ese cabrón no me hables —dijo el jefe de seguridad cambiando por completo su actitud. Rose lo vio asombrada—. Es un jodido traidor, le abrí las puertas de esta casa para ayudarlo y terminó…
—Ayudando a mi mejor amiga a salir de un jodido manicomio donde la metió Charlie. —Emmett frunció el ceño.
—¿Estás de acuerdo con lo que Edward hizo con la Niña?
—No seas ridículo, Emmett. Es Bella, no Niña. Bella tiene 24 años y sabe muy bien lo que hace. Edward ni la engañó, ni la engatusó, simplemente la ayudó. Y no se te ocurra ponerte del lado de Charlie en esto porque te juro por Dios que nunca más me acostaré contigo, ¡nunca más! Edward le hizo un bien a mi amiga, ellos se aman, ¡punto!
Emmett parpadeó asombrado, ¿se amaban? Sacudió la cabeza al sentir otro manotón contra su pecho. —Y aún estoy furiosa contigo por haber ayudado a Charlie a meterla ahí. —Emmett abrió la boca pero ella se la cubrió con ambas manos—. No —dijo agachándose ligeramente—. Estoy furiosa contigo y no tienes justificación posible. Nunca… júrame que nunca más harás algo así. —Emmett alzó las cejas, ella apretó su agarre—. ¡Nunca! —repitió—. ¡Júralo! —En sus ojos Emmett vio la incondicionalidad de la amistad de la rubia con la Niña, se parecía mucho a la de él con Edward.
Frunció los labios y asintió, ella separó sus manos con lentitud, él la tomó de las muñecas. —Está bien, lo prometo, ahora cálmate, ¿de acuerdo? —Ella asintió a regañadientes. Emmett suspiró—. Debo regresar a la casa, por más que quiera, no puedo echar otro polvo contigo. —Ella asintió de nuevo.
—No te iba a dejar hacerlo de todas formas. —Le sacó la lengua. Emmett sonrió y se incorporó, le dio un corto beso en los labios y la instó a levantarse. Rose se cubrió el cuerpo con una sábana mientras buscaba su ropa regada por la habitación. Él en cambio caminó completamente desnudo hacia el baño para apresurarse bajo la ducha. Rose rió sacudiendo la cabeza, los hombres siempre eran más exhibicionistas
Para cuando él salió, ella estaba completamente vestida, lo observó mientras se secaba y vestía, para cuando terminaba de amarrar sus pantalones, su espalda descubierta estaba hacia ella.
—No me dijiste cómo fue que saliste del cautiverio —dijo en voz baja. Emmett suspiró sin darse la vuelta.
—Edward —dijo con voz profunda, mientras tomaba una franelilla limpia del closet y se la colocaba—. Él ideó un grupo de rescate y se lanzó en una misión suicida para rescatarme. —Se dio la vuelta observando la expresión de total asombro de la chica, suspiró y completó—: Le debo la vida al cabrón ese.
En ese momento, entendió que a pesar de que no estaba de acuerdo con lo que Edward había hecho con la Niña, aún le debía la vida y a pesar de que lo golpearía al verlo, iba a escuchar sus razones para casarse con la Niña.
Estuvo listo rápidamente, se adelantó besándola dulcemente en los labios. —No te vayas de casa, si lo haces no te veré nunca. —Ella sonrió.
—¿Quieres verme?
—Todos los días si es posible. —Ella volvió a sonreír acariciándole el rostro.
—Por hoy estás salvado, es tarde para irme y de verdad necesito una ducha. —Subió sus ojos seductoramente. Él besó la punta de su nariz—. Aunque todo dependerá si Charlie me bota o no. —Él sonrió enormemente.
—Entonces puedes quedarte, él no lo hará. —Su celular repicó y de inmediato lo contestó—. Patrón —dijo a Charlie con voz muy seria—. Enseguida. —Cerró la llamada y tomando su camisa blanca y corbata le dijo a la rubia—: Charlie necesita que lo lleve a la empresa, tengo que trabajar. Nos vemos Gritona. —Se acercó depositándole un beso un poco más largo y salió de casa, dejándola esponjosa y pensativa.
Neo entró de nuevo a la casa y fue de inmediato a la habitación, haciéndole arrumacos a la rubia, ella lo acarició de nuevo y le sonrió. —Emmett está loco, ¿sabías eso? —El perro movió su cola. Rose sacudió la cabeza—. Bella te extraña, campeón. —Neo soltó un llanto como si reconociera el nombre de su dueña—. No te preocupes por ella, está bien, muy bien en realidad.
Prometiéndole a Neo que saldría a jugar con él, caminó con el perro fuera de la casa de seguridad hacia la principal. Neo obedientemente se quedó sentado en la puerta esperando su regreso, Rose le dio dos palmaditas en la cabeza y entró a una casa desierta, frunció el ceño preguntándose donde estaba todo el mundo, sin embargo frunció los labios con fastidio al pensar que tenía que subir la odiosa maleta de nuevo a la habitación. Cuando llegó a la sala frunció el ceño al no encontrarla donde la había dejado, extrañada subió las escaleras y caminó rumbo a su habitación. Al entrar, sonrió de oreja a oreja, su enorme y odiosa maleta estaba encima de su cama, una notita estaba sobre ella.
Corrió como colegiala y la tomó, en ella rezaba.
Para: La Gritona.
De: Dios.
La próxima vez que me quieras por el Sexo Increíble, dímelo. No finjas un esguince.
Abrió la boca indignada, pero de inmediato rió a carcajadas, bajó la mirada a su supuesto pie torcido y apretó los labios, pensaba que había actuado muy bien, pero él se había dado cuenta. Sacudió la cabeza. —Idiota —susurró, dejándose caer en la cama de Bella mientras abrazaba la nota contra su pecho. Era verdad que Emmett era un idiota, pero algo no la dejaba borrar la enorme sonrisa de sus labios.
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Bella entró al apartamento de Edward hecha una fiera, lanzó su bolso contra el mesón de la cocina mientras seguía gritando improperios uno tras otro.
—¡Los odio! —gritó mas claramente—. ¡No sé cual de los dos es peor!
Edward la dejó despotricar, mientras le servía un vaso de jugo de naranja del refrigerador. —No debería estar aquí —dijo dejándose caer en el sofá—. ¡Debería estar en Los Cisnes! —Edward extendió el vaso frente a ella, Bella lo tomó dando un sorbo, hizo una mueca de asco al sentir que no tenía licor.
—Bébetelo —ordenó Edward. La chica rodó los ojos y dio otro sorbo.
—No estoy borracha —declaró.
—Compláceme —dijo él en tono burlón. Bella resopló y bebió en resto del contenido. Edward le quitó el vaso de las manos y se sentó frente a ella en la mesita del centro.
—No puedes ir a Los Cisnes. —Ella abrió la boca y él levantó el dedo tapándole la boca—. Primero, prometiste no contar nada de Renée a Charlie. Segundo, recuerda que aún Charlie quiere internarte en ese sitio y anular nuestro matrimonio, es mejor no aparecer hasta asegurarnos de que no estés en peligro.
Quería decirle que en su casa no se encontraría en peligro, pero no pudo argumentar esa afirmación.
Resopló de nuevo frustrada, luego enterró la cabeza en sus palmas.
—Sólo quiero un día normal —dijo suspirando con dolor—. Un jodido día normal, sin fantasmas, sin miedo a que me internen en un manicomio, sin madres desaparecidas y aparecidas, sin enemigos ayudándome ni gente que se supone que me amaba, traicionándome; sin tener sobre la cabeza la posibilidad de que en verdad esté ¡loca de la cabeza!
—Hey. —Edward se adelantó tomándola de las mejillas, ella se sacudió violentamente.
—¡No! —dijo—. No me digas que es mentira lo que dije, no soy idiota. Tú viste lo mismo que yo, no podemos simplemente negarlo.
—No lo estoy negando. —Edward volvió a tomarla por las mejillas Bella parpadeaba rápidamente ahuyentando las lágrimas—. No te eches todo encima de un solo golpe, linda, si lo haces en verdad vas a terminar fuera de ti, ¿recuerdas lo que te dije más temprano? —Ella negó rápidamente—. Una cosa a la vez, Bella. Una cosa a la vez.
—Pero son demasiadas cosas —se quejó ella. Edward apretó su agarre mirándola a los ojos.
—Una. A .La .Vez. —Ella cerró los ojos en derrota. Lo siguiente que sintió fue la suave caricia en sus labios, cerró los ojos devolviendo el beso con ternura y lentitud. Edward intentó profundizar y ella lo dejó, sintiendo como sus lenguas bailaban y se entrelazaban entre sí. Bella llevó sus manos al nacimiento del cabello de él y apretó. Edward llevó las propias a su cintura, metiendo las manos bajo la tela para sentir su piel.
Cuando se separaron ella pegó la frente de la de él, ambos respiraban aceleradamente.
—¿Por qué era que estaba molesta? —preguntó casi jadeante.
Edward soltó una risotada que rápidamente ella acompañó, para después depositarle otro beso tierno en los labios.
—¿Qué voy a hacer? —preguntó Bella en voz baja—. ¿Por dónde empiezo?
—Descansa primero —pidió él depositándole un beso tierno en la frente—. Deja que tu mente se enfríe un poco y así entonces sabrás qué hacer primero, solo te recomiendo que no reacciones con rabia. —Ella resopló un bufido.
—¿Cómo no voy a reaccionar con rabia? Si lo que Quil dijo es verdad, mi papá es un monstruo. —Edward suspiró.
—Yo, siendo tú, no me aventuraría a creer todo lo que dice el viejo Quil. —Bella frunció el ceño—. Piénsalo bien, linda —comenzó—. Él nunca formó parte de tu vida, siendo tu bisabuelo. —Ella rodó los ojos—, haya estado molesto o no, también dejó a tu mamá. —Ella lo vio a los ojos con furia, él suspiró—. A Renée —rectificó. Bella asintió de acuerdo—. En fin —continuó Edward—, haya estado molesto con ella o no, la dejó a su suerte. Si Charlie tuvo sus razones para internarla. —Bella abrió la boca, él levantó el dedo haciéndola callar—. Solo digo, que si Charlie fue despiadado en encerrarla allí, Quil también lo fue en dejarla o no averiguar sobre ella durante tantos años. —Bella suspiró abatida.
—¿Entonces en quién confío? —Él besó su frente de nuevo.
—Por ahora es mejor que no lo hagas en nadie, pensaremos bien qué podemos hacer y averiguaremos sobre la marcha en quien podemos confiar.
Bella se sentó derecha y lo observó a los ojos. Edward le sonrió y acarició su mejilla. Bella tomó sus manos y las apretó juntas, todas las palabras que había dicho en plural la emocionaban increíblemente, se inclinó hacia delante besándolo de nuevo. —Gracias —dijo con todo el sentimiento.
Edward sonrió torcido y le guiñó un ojo. —Siempre a sus órdenes, señorita. —Hizo una inclinación que la hizo sonreír—. ¿Qué quieres hacer ahora? —preguntó Edward. Ella suspiró, a pesar de que no estaba borracha, aun sentía la pesadez del licor en su estómago.
—Creo que me vendría bien comer algo —dijo con un suspiro. Edward asintió y se levantó, caminando a la cocina, ella lo siguió pero al él decirle que tenía todo cubierto, ella indicó que iría a tomar un baño.
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Luego de que Bella se duchara con agua fría, no gracias a los besos compartidos sino a la falta de calentador, salió a su vista con pantalones de yoga y una sudadera. Edward colocó frente a ellos dos emparedados de atún acompañados con una bolsita de patatas ruffles originales, se sentaron en el mesón uno junto al otro a disfrutar de una cena normal.
—Siento lo del agua fría —dijo observando el cabello húmedo de la chica—, prometo arreglarla este fin de semana. —Ella sonrió.
—No te preocupes, estoy acostumbrada a pasar frío. Además, este fin de semana viene Nicole, no puedes perder tu tiempo arreglando un calentador. —Él frunció un poco el ceño.
—Estoy seguro que no le importará, apenas serán un par de horas.
—No —le dijo Bella—. Ese tiempo es de ustedes, no lo desperdicies, ¿okay? —Edward le asintió.
—Está bien, no lo haré. Pero igual debo arreglarlo, no me gusta verte pasar problemas.
—El agua fría no es un problema, Edward, tranquilízate.
No siguieron discutiendo, pero internamente Edward le prometió que arreglaría el calentador.
—¿Edward?
—¿Sí? —Le dio otro mordisco a su emparedado observándola.
—¿Las palabras "Sí, siempre y todos los días", te dicen algo? —Se encogió de hombros.
—Nada en específico. ¿Por qué?
Bella negó tomando una patata frita. —Por nada. —La mordió lo necesario para poder meterla completa en su boca—. Solo curiosidad —dijo con la boca llena.
—Que curiosidad más extraña. —Se burló él. Ella le hizo una mueca que lo hizo reír.
La noche terminó cayendo y Edward la acompañó a la habitación, él estaba durmiendo en el sofá desde que se había mudado Bella allí. Ella lo observó mientras tomaba ropa del armario.
—No es justo que duermas en el sofá. —Edward sonrió aún sin verla.
—Voy a pensar seriamente en mudar mi ropa afuera. Cada vez que vengo a buscar algo me dices lo mismo. —Ella rodó los ojos.
—Soy más pequeña, será más cómodo para mí dormir en el sofá, que para ti.
—El sofá no es cómodo para nadie, créeme —susurró Edward.
—¿Ah?
—Nada, Bella, te he dicho un montón que no es problema dormir en el sofá. —Su espalda llevaba dos días doliendo, pero no iba a decirle nada.
—Edward —llamó ella—. ¿Recuerdas a Jessica Stanley? —Empezó—. Ella va a estudiar si somos o no una pareja, tú durmiendo en el sofá hará caer esa teoría.
Él rió cerrando el closet y sentándose frente a ella en la cama con su ropa entre sus manos. —De verdad dudo que la señorita Stanley venga a visitarnos de sorpresa en medio de la noche y si lo hace le diremos que tuvimos nuestra primera pelea de casados y me mandaste al sofá. —Subió sus cejas en una mueca divertida. Ella suspiró.
—¿Qué tengo que hacer para que entiendas que no quiero dormir sola? —Toda burla se desvaneció de su rostro, parpadeó varias veces asimilando sus palabras.
—Creo que debiste haber empezado por ahí —su voz salió ronca y aclaró su garganta.
—¿Puedes quedarte hoy? —pidió de frente Bella—. ¿Para dormir?
Edward se colocó de pie sin contestar, Bella resopló y algo furiosa se metió bajo las mantas. En su camino por molestarse de veras con Edward. La cama se hundió a su lado, después de todo, él había aceptado su propuesta. Bella se giró encarándolo, la habitación no estaba del todo oscura, podían aún ver sus siluetas.
—No quería presionarte —dijo él—. Lo lamento, pensé que te desagradaba la idea de compartir la cama. —Ella rodó los ojos.
—Deja de disculparte. Además, ¿cómo me va a desagradar la compañía? No me gusta dormir sola.
Edward frunció el ceño. A pesar de la penumbra ella lo vio. —En la hacienda dormías siempre sola, ¿no?
—No siempre. —Acompañó sus palabras con movimientos lentos de su cabeza, mordiendo su labio aclaró un poco—. David siempre estaba por ahí, luego Rose se mudó a casa y ella me acompañaba en mi cuarto.
Desde que habían salido de la hacienda no habían mencionado al finado prometido. Edward se acercó a ella. Bella se recostó en su pecho, llevaba una franela desgastada, se preguntó si dormía normalmente así o se la había puesto por ella, Bella sintió un beso en su frente, la pregunta de Edward fue susurrada contra sus hebras.
—¿Lo extrañas? —preguntó bajito—. ¿A David? —Bella respiró muy profundo. Edward de inmediato pensó que había hecho una muy mala pregunta, cuando ella, girando su cabeza, la enterró en el hueco de su cuello.
Tenía otra disculpa en la boca cuando ella lo interrumpió.
—¿Edward? —lo llamó contra su piel.
—¿Si?
—David se fue —susurró, él apretó su agarre sin entender muy bien lo que eso significaba.
—¿Cómo lo sabes?
—Hablamos la noche antes de que Charlie me sacara de Los Cisnes, él me pidió que lo dejara ir y lo hice. —Ella se separó de su cuello para poder verlo a los ojos. Él acarició despacio sus cejas con la punta de sus dedos.
—No sé como funciona eso, linda, pero siento mucho que se marchara.
Las palabras dichas antes de marcharse David calaron de nuevo en la mente de la chica. Él le dijo que Edward era bueno y que ambos se querían, no quería creerlo, porque a pesar de todo lo que les había pasado, aún era pronto para descifrar esos sentimientos, pero los acontecimientos ocurridos luego de esa noche le lanzaban a la cara lo equivocada que estaba. Edward había hecho lo impensable y lo imposible por ella, tenía que quererla en algún nivel, estaba aterrada de preguntarle, porque se vería comprometida a contestar la misma pregunta y a pesar de que le gustaría gritar que sí…, que sí lo quería, le daba miedo.
Poco a poco se inclinó hacia abajo, Edward se alzó tan solo un poco para que ambos pudieran juntar sus labios. El beso fue como el compartido cuando llegaron de Bosque Verde, lenguas danzantes se decían lo que las palabras aún no podían y adicionándole el hecho de estar acostados y ella parcialmente encima del pecho de él, hacían deliciosas reacciones a sus cuerpos.
No era la primera vez que se besaban con tanta pasión, la verdad habían perdido un poco la cuenta de cuantos besos así habían compartido, pero no podía tener suficiente. Bella se alzó un poco más, subiendo la tela que cubría a Edward, éste se separó y sentándose deslizó su camisa sobre su cabeza. Tomándola por las caderas la sentó sobre él.
—Bella —gruñó con ella sentada en su regazo—. No creo…
Ella apretó de nuevo el cabello naciente en su cuello y dirigió la boca a la de él. —No puedo dejar de besarte. —Edward gruñó de nuevo y girándolos la recostó, acostándose sobre ella.
—Entonces no dejes de hacerlo. —Bella gimió bajito y aceptó sus labios nuevamente. Edward acarició sus costillas por encima de la sudadera y buscó el dobladillo de ésta, pero en vez de subir hacia sus pechos, bajó sus manos por el pantalón de yoga.
Una mano invasora y unos dedos traviesos la acariciaron por encima de la tela. Edward gruñó dentro de su boca y ejerció más presión en sus dedos. Bella respiraba muy profundo, su corazón se salía de su pecho y sus respiraciones parecían jadeos.
—Si no quieres que continúe, debo detenerme ahora —dijo él deteniendo sus manos—. No sé si quieres —su voz era baja y primitiva. Quería con todas sus fuerzas que Bella le permitiera continuar, pero al darse cuenta de que no recibía respuesta de la chica y de que sus manos estaban estáticas en su espalda, obligó a su mano y a sus labios a separarse poco a poco de ella.
Se retiró lo suficiente para poder verla, su expresión parecía asustada, maldiciéndose por dentro empezó a articular: —Lo… —Bella movió sus manos rápidamente a la boca de él.
—No lo sientas —susurró ella—. ¿Quieres? ¿Que tú y yo? —preguntó con voz muy temblorosa. Edward se quitó de encima de ella y se apoyó en uno de sus codos, luchaba con su respiración, así como con su entrepierna.
—Lo importante es si tú quieres —contraatacó. Bella respiró profundo, no supo qué contestar y agradeció que la oscuridad no le permitiera a él verle el sonrojo que sentía en sus mejillas—. Si me lo estás preguntando, quiere decir que aun no estás lista —continuó él—. No quiero obligarte, jamás lo querría.
—Lo sé —contestó ella—. Pero…
—¿Pero qué? —la voz de ambos ya era más calmada. Edward peinó uno de sus mechones, guardándolo tras su oreja.
—Has hecho tanto por mí, siento que te debo esto. —El silencio cayó entre ellos como una enorme piedra. Bella bajó la mirada y Edward se adelantó tomándola por la quijada, obligándola a verlo.
—Jamás digas eso de nuevo. Todo lo que he hecho, lo he querido hacer, no te exijo nada a cambio y mucho menos sexo como pago. Nunca permitas que te toque si no quieres que lo haga y te juro, aquí, viéndote a los ojos, que las veces que te he tenido entre mis brazos ha sido por deseo y porque he querido hacerlo, por absolutamente nada más. —Ella parpadeó abrumada por sus palabras, la soltó alejándose un poco—. ¡Demonios, linda! ¿Me dejaste tocarte por…, pagarme al favor? —Estaba molesto y no sabía como reaccionar sin asustarla—. ¡Mierda! Yo no, yo jamás… tienes que creerme, no quiero eso de ti, no quiero que te sientas obligada a nada. —Bella se enderezó un poco, Edward estaba alterado y esa no había sido su intención.
—¡No! —gritó interrumpiéndolo—. No dejé que me tocaras por eso, lo juro. No…
—Pero lo dijiste. —Bella se enderezó sentándose en la cama.
—Yo… quiero… —Edward, que se había sentado también, la observó a los ojos—. Yo quiero —dijo de nuevo, un poco más convincente—. Me siento nerviosa al respecto, pero sí, quiero hacer el amor contigo, pero solo si quieres. —La falta de respuesta de él la alertó—. Por Dios, Edward. ¡Te dije que te quedaras aquí conmigo! —dijo batiendo las palmas contra el colchón. Edward suspiró enterrando su cara en sus palmas.
—Porque creías que iba a aprovecharme y tener sexo contigo por pago de favores —su voz sonaba dolida y golpeada. Bella se maldijo.
—No es cierto. —Él giró un poco el rostro, observándola por solo un ojo, subió una ceja—. Lo sé —continuó ella—, lo dije, pero… ¡diablos! Es que estoy confundida… no te molestes conmigo por esto, por favor no lo hagas, lo siento, me comporté como una idiota. Lo siento…
Edward respiró profundo y botó el aire lentamente, a pesar de haberse sentido ofendido por sus palabras, no podía negar que ciertamente la chica se veía arrepentida.
—Creo que aún no estás preparada para el siguiente paso entre nosotros.
Ella soltó una carcajada amarga y se pasó la punta de sus dedos por la comisura de sus ojos.
—¿Tú crees? —preguntó irónica—. Nos casamos sin siquiera conocernos, Edward. Vivimos juntos, creo que no hemos necesitado "estar preparados". —Dibujó unas comillas en el aire—, para quemar etapas entre nosotros —su voz sonaba quebrada. Edward suspiró abatido.
—Más a mi favor, entonces —dijo él enderezándose y ganándose un fruncimiento de ceño por parte de ella—. Sí, no quemamos las etapas a tiempo, pero podemos empezar a hacer las cosas bien.
—¿A…a qué te refieres?
—No podemos, ni queremos cambiar nuestro status civil, ¿cierto? —Ella negó estando de acuerdo—. Okay —continuó él—. Seguiremos viviendo juntos, eso también es cierto, pero vamos a conocernos mejor. A pesar de ser esposos, seamos novios por un tiempo, ¿te parece?
Bella sonrió enormemente. —Hace años no tengo novio. —Él le sonrió con ternura.
—Pues ahora tienes uno.
Bella gateó por la cama y lo abrazó por el cuello, Edward respondió el abrazo con una sonrisa en los labios.
—Gracias —susurró ella contra su cuello. Edward simplemente acarició su espalda—. Entonces… ¿algún día? —preguntó ella con voz baja, aún entre sus brazos—. Algún día. No muy lejano, ¿lo…lo haremos?
Edward suspiró, se recostó en las almohadas y la atrajo hacia sí. Bella se acostó sobre su pecho desnudo y sintió de nuevo un beso en su cabello.
—Puedes jurarlo —susurró él—. Puedes jurarlo.
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¿Qué les pareció? déjenme saberlo...
