Las frases en cursiva son pensamientos.

¡Nos leemos en la nota de autor!

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Un gruñido ahogado vibró en mi garganta motivado por el insoportable tamborileo que martillaba mis sienes embravecido; el mismo que se expandía por el resto de mi cabeza a paso firme y tortuoso, retumbando en mis oídos y hostigando mis sesos. Por alguna extraña razón tenía la impresión de estar hundido en las profundidades de un turbio abismo de aguas tibias, a juzgar por la presión que apretujaba mi cabeza y la particular sensación de aislamiento que yacer bajo el agua conferiría. Me sentía pesado y lánguido, absurdamente extenuado. Y en adición a mi deplorable situación, la neblina que obstruía mi mente no me permitía escudriñar los confines de mi memoria; no conseguía rememorar hechos que no debían de distar demasiado de la línea de tiempo que en ese entonces transcurría. ¿Qué había pasado? ¿Por qué me sentía tan apaleado y ofuscado?

La lucidez me avivaba lento, pacientemente, creando una brecha en medio del caos por la cual escabullirse y traerme de vuelta a la realidad. A medida que lo hacía se tornó evidente que no lidiaba con una simple jaqueca, sino con un malestar insufrible que descendía por mi nuca e inclemente azotaba el resto de mi cuerpo.

Me mantuve en la misma posición mientras luchaba contra el dolor que febrilmente se aferraba a mí demostrando una determinación propia de quien llega para quedarse. Finalmente, resignándome ante el poderío de aquel tormento, abrí los párpados despacio creyendo que eran láminas de plomo y no parte de mi piel, topándome con un entorno que no se asemejaba al de la habitación. Me incorporé de golpe en el sofá como acto reflejo. Todo me dio vueltas con frenesí a causa del brusco movimiento, y turbado me obligué a llevar una mano a mi frente hasta que me abandonase el mareo. Luego, cuando estuve un poco más recompuesto, escaneé el ambiente con una rápida ojeada que determinó mi ubicación: me encontraba en la sala de estar.

Mis sentidos no tardaron demasiado en terminar de sacudirse los rastros de somnolencia que les impedía mostrarse tan sagaces como siempre; y al hacerlo, mis dolencias duplicaron sus fuerzas, arrancándome de los labios un improperio quejoso torpemente articulado. Enseguida me enteré de que el silencio oscilaba imperturbable, que la claridad era muy escasa y que el calor que me arropaba era proveído por la gruesa cobija que me cubría haciendo las veces de fortaleza impenetrable. No me fue muy difícil deducir lo deplorable que habrá sido mi estado al regresar a casa esa madrugada; mi incapacidad de dilucidar lo que sobrevino a ello sólo podía deberse a la influencia de una desmesurada cantidad de alcohol anegando mi sistema. Malditas cervezas artesanales y maldita sea su exquisitez. Paulatinamente las memorias que creí extraviadas comenzaron a materializarse como imágenes difusas –pero reveladoras– en el orden pertinente: Zeke, la oficina, la discusión, la tregua, el insomnio, la taberna, la tormenta, la mocosa... ¿La mocosa?

De inmediato me sentí inquieto. Endemoniadamente angustiado, para ser más exacto. Si bien no conseguía recordar con claridad qué sucedió luego de atravesar el umbral de la casa la noche anterior, lo acontecido mucho antes de eso sí permanecía nítidamente grabado a fuego en mi consciencia, recriminándome lo que ya por obvias razones no era posible evitar. Pese a que posteriormente el semblante de la mocosa denotaba la más pura neutralidad, yo no podía dejar de conjeturar que debajo de esa sosegada fachada seguía patente esa mezcolanza de tristeza y rabia que yo mismo había provocado por el maldito arrebato que ahora me causaba repugnancia. ¿Por qué había hecho aquello? ¿Cómo pude tratarla de esa manera?

Menuda imbecilidad.

El remordimiento despertó de pronto enardecido, con las energías renovadas de un Ave Fénix que revive soberbia de las cenizas, batiendo sus alas y emitiendo llamaradas candentes que se promulgaron por todo mi sistema. Lo que había hecho era inadmisible. Inaudito, imprudente. Y junto a tal sentimiento de culpa, reverberó en mis entrañas una furia dirigida a los desvaríos emocionales que me enceguecían y me arrastraban a actuar como un desquiciado.

No era la primera vez. No lo era ni por asomo. Me sorprendí a mí mismo sopesando cómo en un espacio de tiempo tan reducido pude haberle fallado tantas veces. Porque eso eran después de todo: fallas, fallas que desde ninguna perspectiva se considerarían simples deslices. Fue ineludible que mi mente divagase lejos, aventurándose entre polvorientos recuerdos de antaño, resucitando así en carne viva esas ocasiones que yo con empeño busqué sepultar bajo el peso del olvido. Ocasiones en que fui el causante de su llanto; ocasiones en que el comportamiento proveniente de mi más sombría naturaleza fue el detonante de las peores riñas que habíamos tenido. Me di cuenta entonces, al dejar de lado mi tonta ingenuidad, que el olvido nunca sería una opción y que nunca arrancaría de mí ese penoso panorama que en su mayoría yo bosquejé. Los vestigios consecuentes siempre estarían ahí; escondiéndose en los rincones más recónditos de mi memoria y aguardando pacientes en la penumbra por la más mínima señal de remordimiento, para salir a arañar mi consciencia con sus fieras garras hasta el hastío... Justo como lo hacía en ese momento.

Además de enojarme, todo aquello conseguía impresionarme en demasía. Se me hacía bastante curioso –y sumamente irónico– que el hecho de sentir tanto por ella resultase contraproducente ante ciertas circunstancias. La magnitud de mis celos, mi inseguridad y mis miedos infundados era equivalente a la de los demás sentimientos que no paraban de florecer en mí, eso era ya evidente. Iban a la par, moldeándose en distintas áreas de semejantes proporciones. Y cuando aparecían impetuosos en escena, se desparramaban en mi interior nublando mi juicio y relegándolo a un segundo plano en el cual me veía desprovisto del control sobre mis acciones. Los malditos celos tenían la fuerza suficiente para despertar un fiero instinto sobreprotector y dominante que sobrepasaba los límites de lo racional. Era entonces, debido a esto, que cometía los errores más garrafales a causa de las nimiedades que, de haber podido hacer uso de mi sentido común, no habrían generado en mí tanto revuelo.

Volví a prestarle atención a mi alrededor y oteé hasta detenerme en la cocina, donde adiviné su figura apoyada de la encimera. Silente e inerte como una estatua, Mikasa se hallaba camuflada en las sombras que velaban el sitio como criaturas vigilantes, con la mirada perdida en la nada y sosteniendo en sus manos de porcelana una taza humeante que aún expedía el delicioso aroma del café recién hecho. Se me antojó ausente, tan inmersa en sus pensamientos como para serle ajena la mirada casi desesperada que le dedicaba. Ocupé unos segundos de más para escrutarla detenidamente, rebuscando alguna grieta por la que entrever las cavilaciones que la mantenían a cientos de kilómetros de distancia. Pero no atisbé nada más allá de esa esotérica inexpresividad que encubría sus emociones a la perfección.

Con un andar parsimonioso recorrí la distancia que mediaba entre ambos. Mikasa espabiló apenas me hube posado a su lado; un efímero parpadeo de su parte me dio a entender que la tomé desprevenida. Impávida, llevó la taza a sus labios y bebió sin apartar sus orbes de los míos. Allí, iluminados a leguas, los vislumbré como un par de pozos de plata fundida de insondable profundidad. Altivos y misteriosos, con un tenue centelleo que me supo a magia, me incitaban a ahogarme en ellos... A fusionarme en su esencia y así habitar allí para siempre.

—Buenos días —murmuró quedita.

Yo no tuve voz para responder. Tal vez a causa del aturdimiento que aún entorpecía mis capacidades o porque mi lengua se negaba rotundamente a ejercer sus funciones. Luego concluí, con total simpleza, que aquello se debía a que no sabía qué decir. Empero, sí sabía que debía decir algo, lo que aumentaba en creces el desasosiego que me embargaba. Me esforzaba por idear la manera adecuada de desahogar todo aquello; sin embargo, para mi infortunio todo cuanto pude hallar en el desastre de mi mente fue un manojo de sinsentidos indescifrables que formaban frases inconclusas y carentes de toda lógica.

—Oye.

Su voz, aunque resonó suave y llana, me sacó en seco del ensimismamiento. Ahí viene, pensé esperando oír un reclamo, una mandada al infierno o una declaración de guerra... Cualquier cosa, excepto lo que dijo después.

—¿Si?

—¿Tienes hambre?

La confusión se sumó a las otras tantas. ¿A dónde demonios se había ido su enfado? No, no se había ido en lo absoluto... Seguía ahí, vivo y exhalando vapores ardientes como dragón personificado en sus adentros, oculto tal como lo había señalado rato antes. Pero, para mi asombro y desconcierto, ella estaba canalizándolo con una destreza de domador veterano. Lo mantenía calmado, rendido a lo que dictaminase su voluntad.

Asentí despacio sin rehuir del cuidadoso análisis que les hacía a mis facciones, suponía que con el fin de encontrar en mi impasividad las respuestas de sus preguntas no enunciadas. Mikasa no era tonta; tenía la certeza de que ya estaba al tanto de mis males sin que yo se lo develase. No era necesario, no para ella, que ya poseía la increíble habilidad de ver a través de mí. Sólo por esa vez, sin mencionar palabra, le agradecí a la suerte que así fuese.

De pronto la mocosa desvió su atención hacia un costado, y yo por pura inercia imité su gesto. Divisé sobre la superficie de mármol un libro de exageradas dimensiones, que en breve identifiqué como un recetario que pasó años recluido en la repisa donde yacían mis tomos inexplorados. Alargué mis dedos hasta que estos recorrieron la áspera textura de las hojas, un vistazo más detallado que sus páginas me develó que exponían patillos japoneses.

—¿Buscabas alguno en específico? —hablé al fin, con voz áspera y un tanto forzada.

Lo sopesó durante unos segundos que parecieron estirarse a la perpetuidad antes de suspirar pesadamente, previo a contestar.

—Buscaba la receta de una sopa a base de té verde, arroz y salmón que mi madre solía prepararle a papá cuando no se sentía del todo bien.

Esa afirmación aparentemente inocente confirmó mi teoría: no había forma de que le guardase un secreto a Mikasa Ackerman. A veces me preguntaba si esa pericia suya era innata y aplicable con todos, o si la había desarrollado únicamente para descifrarme a mí.

—¿Y la encontraste?

—Sí, pero me faltan ciertas especias tradicionales...

—Puedo ir por ellas a la tienda si gustas —me ofrecí.

—No es necesario, haré algo con lo que tenemos disponible. Un caldo de pollo te vendría bien para reponerte.

—Pero...

Sus dedos tibios fueron a parar a mis labios apenas avistó mi intención de refutar. Pretendió acallarme con una mirada fulminante que no dejaba espacio para discusión; no obstante, fue el sentir su tacto lo que consiguió desarmarme de mis ganas de insistir. Los recorrió brevemente, arrugando el entrecejo al advertir lo resecos y agrietados que estaban. Inspeccionó del mismo modo el resto de mis rasgos faciales y luego, sin previo aviso asió mis manos y repitió la tarea que ella desempeñaba con minuciosidad, sin querer pasar por alto ningún detalle. Yo me dejé hacer, preso de su embrujo, hasta que caí en cuenta de qué iba todo.

—Mikasa —la llamé, ella desistió en su labor para observarme a través de los mechones de flequillo que caían frente a sus ojos. Sin poder resistirme a mis impulsos, los aparté y deslicé anhelante el dorso de mis dedos por su mejilla—. Estoy bien. No tienes de qué preocuparte.

—Ve a sentarte. Te prepararé un té mientras, ¿si? —sentenció al fin, fiándose de mis palabras. Yo asentí, obedeciendo para no causarle más disgustos.

La espesa bruma se expandía por sobre los tejados tapizados con un grueso manto de nieve, marcando como suyos territorios que no le pertenecían y dejando un rastro de opacidad que le otorgaba al ambiente un aire lúgubre y aletargado. Más arriba, el amasijo de nubes –que desde hacía varias semanas consecutivas se había solidificado sobre la ciudad como una inmensa e inamovible bóveda hecha de algodón– era tan denso que los ardientes rayos del sol se quedaban atrapados en él, cargándolo de una claridad que le daba a su característico color grisáceo una luminosidad opaca que escasamente llegaba a la superficie. Suaves corrientes de viento gélido acariciaban con sutileza cuanto hallaban en su camino, jugueteando a su vez con la niebla y creando contornos indefinibles que los niños inocentes fácilmente confundirían con entes espectrales de desconocida procedencia.

El clima, en ese punto del día, divergía en demasía de la descarga de furia que se apreció en horas de la madrugada, cuyo rastro ya había sido barrido de las estrechas calles. Se respiraba una quietud que volvería a poner en alerta los instintos de los supersticiosos, quienes interpretarían tal escenario como la calma que se da lugar antes de una tormenta. Y conociéndolos, estos no dudarían en alegar que sería peor que la que aconteció pocas horas antes. Sin embargo, dichos presagios no tenían bases sólidas de las cuales sustentarse en honor a la naturaleza impredecible que las estaciones se habían labrado allí y en las demás localidades aledañas. Podían ser muy frías, húmedas o calurosas. A veces no tanto. En algunas ocasiones se mostraban dóciles y tranquilas, en otras caprichosas y despiadadas. Ese día en particular no sería la excepción: transcurriría barajando un sinfín de probabilidades, otorgándonos el beneficio de la duda en todo momento.

La débil luminosidad que se colaba por la ventana dibujaba los contornos del interior que, desde donde estaba sentado, conseguía delinear. El piso relucía impoluto y la cocina, igual de limpia, cobraba vida por la presencia de Mikasa revoloteando en el lugar. El reloj analógico, anclado a la pared que le plantaba cara a la ventana en el otro extremo de la instancia, anunciaba con sus agujas metálicas brillando tenuemente que ya faltaban pocos minutos para el mediodía.

Queriendo que milagrosamente los mortecinos rayos del sol menguasen la brutalidad de frío que el invierno exhibía orgulloso como el más simbólico de sus atributos, llevé mi mano hacia el cristal de la ventana y barrí la cortina de humedad que lo empañaba. Resultó en vano, pues del otro lado estaba peor. Resignándome ante la penosa ausencia del gran astro, un pequeño suspiro se coló por mis labios y mi vista se ancló al difuso perfil de la calle que se perdía a la distancia a merced de la neblina arremolinada que adornaba cada rincón. Nadie se atrevió a transitar aquellos senderos durante el rato que estuve custodiándolos mientras cumplía con mi perenne rol de guardián, del cual no prescindía ni en mis contados días libres. No sabía si atribuírselo al efecto narcótico que dicha estación tendía en el ambiente y sobre todas las criaturas que lo habitaban, o si simplemente se debía al respeto que todos le guardaban por considerarse la más feroz de las estaciones –a excepción de mi persona, que poco me importaba retar a mi suerte enfrentando sus adversidades–. Se me hacía bastante contradictorio el hecho de que le tuviesen tanta devoción como recelo; sin embargo, no era para menos.

Giré mi torso levemente y apoyé mi sien en mi mano empuñada, fijándome en la mocosa una vez más. Me distraje al percatarme de que el pijama cuerpo completo que usaba no lo había visto antes. Pensé a su vez que le sentaba bien el color púrpura del atuendo y me pregunté fugazmente si el ligero algodón del que estaba hecho le protegía lo suficiente de las bajas temperaturas. Allí, detallándola en secreto con un detenimiento quisquilloso, descubrí las casi imperceptibles modificaciones que se originaban en ella. Mikasa estaba cambiando, sí. Tanto su dulzura como su acritud se iban desplazando gradualmente a extremos cada vez más distantes, repelidos el uno al otro por sus incompatibles diferencias. Además, esa mañana, en definitiva, me demostró que su paciencia y su madurez también crecían vertiginosamente, a una velocidad inverosímil. Pero sucedía, o tal vez era ella quien tenía –como otra de sus tantas virtudes– la capacidad de que así fuese. Sin embargo, su transformación iba más allá de los factores referentes a su personalidad. Su cabello estaba más largo, bonito y brillante; la curvatura de sus caderas se apreciaba levemente más pronunciada y podía jurar que su piel se sentía más cremosa bajo mi tacto. Con incredulidad y fascinación yo asimilaba todo aquello, regocijándome por el privilegio de ser el único espectador de tal maravilla. ¿Cómo demonios podía ser tan dolorosamente perfecta?

No lo entendía. Y sin embargo, era posible. Mikasa lo hacía posible.

La vi acercarse con una taza de té negro que colocó frente a mí junto a una pequeña pila de tostadas untadas con mantequilla. Ante una leve señal de su parte le ofrecí mi palma abierta, donde depositó una píldora.

—Eso sin duda te hará sentir mejor —expuso, rehaciendo sus pasos camino a la cocina—. En unos treinta minutos estará listo el almuerzo.

Me quedé mudo, absorto en lo que había plantado frente a mis narices. No fui consciente de lo hambriento que estaba hasta que degusté el pan, que sirvió para mitigar los reclamos que mi estómago me hacía por no haber probado bocado desde la tarde del día anterior. Bebí el té junto al analgésico y dejando de lado la opresión en mi pecho y el dolor que me recorría entero, me concentré en lo que rondaba mi cabeza sin cesar. Un sabor amargo anegó mi boca y mi estómago se redujo al tamaño de una canica cuando asumí entre ese tumulto de emociones encrespadas la naturaleza de una en particular que quemaba y ardía más que el resto. Por primera vez en mi vida, experimenté los estragos ocasionados por el arrepentimiento. La fuerza que ejercía repercutía en el cuerpo con la misma intensidad que pesaba en la consciencia; un castigo doble y un precio justo a pagar por los actos cometidos.

Yo nunca, nunca solía arrepentirme de nada. Vivir sin cuestionarme acerca de las consecuencias de mis acciones era sinónimo de seguridad y paz, de firmeza y decisiones acertadas. Es un estilo de vida que, si bien no es fácil sobrellevarlo en un principio debido a la tonta manía humana de siempre compungirse de sus propios errores, a la larga nuestra capacidad de adaptación nos ajusta a sus leyes sin mayores complicaciones. Sólo así se priva a las equivocaciones de su peso tormentoso y se aprende a asumirlos como aprendizajes. Se continúa viviendo procurando no volver a repetirlos y sin perder tiempo en lamentaciones inútiles que no resuelven ni cambian lo que ya hecho está.

Empero, en esa ocasión era diferente: me devanaba los sesos pensando en qué hacer para redimir mis acciones. En ese momento deseé con todas mis fuerzas bajarle la luna o ir hasta el fin del mundo si así lo quisiera con tal de expiar los pecados que mancillaban mi alma y mi consciencia.

Mikasa no era la única que estaba cambiando. De hecho, era muy probable que yo, sin reparar en ello, comenzase a hacerlo con mucha más anticipación que ella. Podría considerarse de esa manera desde que mi rutina diaria, mi percepción de todo y la apatía que me regía cual dictador comenzaron a sufrir una transformación tan tremenda y catastrófica, que no lograba reconocerme al analizar detenidamente mis acciones y manera de pensar. Ahora, mi existencia ya no giraba en torno a la monotonía, veía posible lo imposible y era capaz de sentir tanto con tan poco...

Me sensibilizaba. Me volvía más humano, me convertía en el sentimental que jamás fui. Por más frustrante que resultase, en algún punto indeterminado acepté que aquello era inherente al hecho de estar enamorado... Y yo lo estaba hasta los huesos. Por eso, ya no me escandalizaba demasiado. No me malinterpreten, esto no significaba que ahora fuese débil ni tampoco que haya dejado de ser el mismo amargado, testarudo y gruñón; no, no había manera de erradicar esas cualidades que definían mi forma de ser. Eso significaba que ahora, para mi alivio y tormento, sobre la faz de la Tierra existía una persona capaz de menguar ese carácter de mierda al que todos le temían. Solo Mikasa sacaba a relucir lo mejor de mí, lo mejor que nunca pude darle a alguien más... Sólo con ella era un poco más compasivo, blando y abierto a experimentar ciertas vivencias que anteriormente me eran inconcebibles.

En un inicio, en el preludio de los tiempos que torpe y arrebatadamente pasaron a ser nuestros, vi con ojos de terror como Mikasa a ritmo certero y vertiginoso escalaba mis engorrosos riscos; sorteando los obstáculos impuestos por mi terrible temperamento, mi negación a ceder ante la obligación y mis incontables defectos, hasta alcanzar con sus propias manos la cúspide del precipicio en el que yo como buen huraño me mantuve aislado por muchos, muchos años. Vivía languideciendo en una desabrida soledad que no daba tregua, recluido en una monotonía disfrazada de comodidad que me rehusaba a abandonar. Pero todo cambió. Mi vida tomó sentido y color desde que ella llegó a mí.

Día a día, en mi interior crecían por ella nuevos sentimientos que presurosos poblaban espacios estériles que nunca antes habían sido capaces de albergar vida. Espacios que, desde siempre, estuvieron fríos e inhabitables; los mismos en los que ahora se apreciaba calidez y amenidad gracias a la presencia de la mocosa. Mikasa no tenía ni una leve noción de la gran hazaña que eso significaba... Ella no sabía que gracias a eso se convirtió en el centro de mi universo; en la fuente de energía que movía mis engranajes, en el aire que respiraba, en el suelo que me sostenía y en mi pura y absoluta verdad.

Recuerdo, en un inicio, haber estado asustado, tan aterrado... Así, porque esa mocosa despedazaba con su dulzura todos mis esquemas, mis límites y los ideales que guiaron cada paso que di antes de conocerla. Me lo arrebataba todo, todo, para meterse bajo mi piel y junto a ella, un sinfín de sentimientos que suplantaban con cálida luz mi oscuridad, que calaban y reblandecían mis huesos, que se apoderaban de mi mente, que controlaban mi cuerpo, que abrigaban mi alma... Que imperiosos derrumbaban mis barreras para liberarme de esa soledad autoimpuesta desde que tenía consciencia. Sin embargo, cuando la sensatez al fin dejó moribunda a la obstinación que se suponía invencible y que se negaba a doblegarse ante aquella energía preciosa y mística que ella me transmitía, trajo a mis manos como recompensa la absoluta aceptación y una plenitud que no imaginé posible experimentar. Ya no tenía miedo, ya no me causaba rechazo, ya no me atosigaba ni se me antojaba como una pesadilla. Mis brazos dejaron de luchar y con la escasa fuerza restante, se alzaron para abrazar eso que retoñaba en mi interior. Que me daba vida, felicidad, tranquilidad...

Y entonces, cuando al fin lo tuve apretujado entre mis brazos, me di cuenta que muy en el fondo y sin saberlo, estuve toda mi vida ansiando encontrar algo como eso. O simplemente encontrarla a ella.

El sonido de la loza recayendo en el vidrio de la mesa me hizo abandonar mi ensoñación. Un armonioso aroma a caldo y hierbas se coló por mis fosas nasales, abriéndome el apetito una vez más. La mocosa se sentó a mi lado, otorgándome una mirada distante pero preciosa que me hizo sentir más miserable. Apagar la luz que irradiaba sería lo último que haría en este mundo, y sin embargo, de a ratos yo no hacía más que opacarla con mis necedades.

—Esto está delicioso, mocosa —espeté al degustarlo, con las cejas ligeramente alzadas de puro deleite—. Deberías dedicarte al arte culinario, yo te apoyaría en lo que sea que decidas hacer.

—Con hambre todo sabe bien —murmuró sin malicia inmiscuida en sus palabras. Permanecía cabizbaja con sus orbes fijos en la comida que aún no probaba, revolviéndola lánguidamente con la cuchara.

—Si no fuese el caso, también opinaría lo mismo.

No se animó a replicar nada más, dejando la conversación que un punto muerto. Yo comía despacio, disfrutando cada sabor de aquel manjar celestial que paulatinamente me hacía sentir rejuvenecido, al tiempo que le lanzaba vistazos fugaces que fácilmente pasaban desapercibidos con el fin de cerciorarme que ella también engullese las pocas verduras que sirvió en su tazón. No hacía falta ser un observador muy ávido para percatarse de que su apetito igualaba sus ganas de dirigirme la palabra; ya en ese entonces era una certeza para mí que la sopa se le enfriaría antes de llevar una cucharada a su boca.

Me exasperaba no poder evocar ni siquiera si había dormido conmigo o no. ¿Qué tan mal estábamos? ¿Había hecho algo que acrecentó el daño que hice en la tarde? Mierda. Bien, sea como fuese, le debía unas buenas disculpas, lo suficiente para que les sirvieran de bálsamo a las heridas. Pero no allí, no en ese momento. No mientras comíamos. Tal vez me abstenía por prudencia o por no querer producirle una indigestión a causa de hacer mención de un tema que –evidentemente– todavía no le apetecía discutir.

—He quedado con Eren y Armin hoy —habló de repente, escuetamente, casi obligándose a exponer esa mínima información. El silencio retornó a la comodidad de sus labios tan pronto como los desamparó, renuente a permitirles producir otra frase complementaria. Aun así, yo le di tiempo, anhelando en mi aparente serenidad obtener algo más que eso. Pero no sucedió, así que proseguí no queriendo seguirme empapando de su arrolladora indiferencia.

—¿Y cuál es el problema? —cuestioné suavemente, disimulando con maestría mis ansiedades. Ella al fin se dignó a observarme, expectante—. No me molesta que compartas con ellos de vez en cuando, Mikasa.

No. No me sorprendía que ella quisiera dedicarles un poco de su tiempo, aún después de casarnos he estado consciente de que así sería siempre. Era bien sabido por todos que entre los tres existía estrecho lazo fraternal que los hacía inseparables, que los unía uniformemente pese a sus grandes diferencias. Por esa razón quizás, los mocosos que tenía como amigos de la infancia no eran objeto de mis celos, ni lo serían luego por más absurdos que estos pudiesen resultar. Aun cuando Eren no apoyase nuestra relación en lo más mínimo –quien, por cierto, no desaprovechaba la más etérea oportunidad de dedicarme miradas recelosas que dejaban al descubierto su desbordante descontento–; aun si no conocía a Armin más allá de lo estrictamente laboral, yo los respetaba. A ellos y a esa amistad que era sagrada para Mikasa.

—Pero no volveré.

—¿Perdón?

—Me quedaré en casa esta noche.

—Tch.

Aún no vivimos juntos, ¿lo recuerdas?

¿Y cómo hacerlo? Si las semanas que llevaba alojándose allí fueron suficiente incentivo para pensar lo contrario. Déjala, me reñí, conteniendo desesperadamente las ganas de pedirle lo contrario. De confesarle el infierno que atravesaría al estar sin ella...

¿Era egoísta? ¿Lo era por querer tenerla para mí siempre, siempre?

En esas últimas semanas de convivencia, mis brazos fueron tácitamente proclamados como su refugio personal y mi pecho se había convertido en su respaldo más recurrente aun teniendo a su disposición mullidas almohadas que seguramente podrían brindarle mucha más comodidad. Y yo se lo consentía, por supuesto. Pese a las demás opciones, la mocosa optaba por acurrucarse en mí y yo gustoso la abrazaba o jugueteaba con sus briznas negruzcas hasta que concibiese el sueño, cosa que solía suceder poco después. Por mi parte, mi apego a ella no era menor; al contrario, me atrevía a decir que superaba al suyo por mucho. Tendía rebuscarla con intensiva constancia; su compañía en mi día a día era entonces tan fundamental como respirar.

La adoraba tanto, la necesitaba tanto...

Y, a decir verdad, poner distancia y privarme de ello era un buen golpe bajo.

Me preguntaba si ella, con eso, me estaba sometiendo a una especie de venganza. Sutil pero implacable. Pacífica y violenta. Indirecta y a la vez tan directa.

Tras su estoicidad la adivinaba convenciéndose a sí misma, en medio de la tormenta que también debía de tener lugar dentro de su cabeza, de prescindir del tradicional arte comunicativo para desquitarse con métodos menos ortodoxos –pero, tal vez, un poco más efectivos–. Podía imaginarla hilando sus movimientos, cautelosa; reflexionando, estudiando con descaro esa actitud dócil y turbada que le demostraba y que era tan impropia en mí. Porque, sí, sospechaba incluso que ella ya había atisbado en mis hombros tensos y mi retraimiento preventivo, la culpa que no me permitía comportarme como normalmente lo habría hecho.

En casa. En casa. En casa.

Se repetía en mi cabeza sin parar, atormentándome.

¿Acaso no sabía ella que su hogar era ese, ahí, conmigo?

Gruñía en mis adentros, irritado por la idea. No obstante, yo no tenía absolutamente nada que reclamar. ¿Qué iba a decirle, de todos modos? No me atrevía siquiera a pedirle lo contrario luego de recordar esa promesa que le planteé con toda honestidad mientras discutíamos el tema una noche de diciembre: "esperaría toda una vida por ti de ser necesario". Ahora, no me quedaba de otra que condenarme al yugo de mi juramento. Por ley me correspondía aceptar –aunque a regañadientes– su decisión sin exigencias que allí no tenían cabida.

Retiré los platos arrastrando a cuestas el peso de su mirada, que se perdió junto a ella escaleras arriba un instante después. Seguí sus pasos una vez que terminé de lavar todos los trastos, de dejar impecable la cocina y la mesa y de colocar correctamente los cojines blancos del sofá, cargando en mis brazos el espeso edredón que me cobijó horas antes. Me ocupaba de doblarlo cuando de soslayo la vi salir del cuarto de baño envuelta en un albornoz, encaminándose sin titubeos al vestidor donde escarbó buscando la ropa de su preferencia. Teniendo el cabello recogido en una descuidada y diminuta coleta alta, podía apreciar en su cuello y en el nacimiento de sus hombros las marcas que ciego de rabia me empeñé en tatuarle en la piel durante mi estúpido arrebato. Me dolía de sólo ver cómo resaltaban muchísimo en su palidez, variando de un rojizo intenso a un tono violáceo que fácilmente podría confundirse con moretones

—¿Te duelen?

Sus orbes coincidieron con los míos a través del reflejo del espejo. Había dejado caer el albornoz y yo ni siquiera lo noté. Sin especificar qué, ella sabía a lo que me refería. Me contempló largamente antes de retomar la tarea de vestirse, y embobado la observé deslizarse por sus esbeltas piernas unas bragas negras que iban a juego con el sujetador que se puso enseguida. Unos pantalones ajustados, una camiseta y un abrigo, y sobre todo aquel tumulto de tela una gabardina que llegaba justo debajo de sus rodillas.

—¿Mikasa?

—No me duele nada —contestó sin más, enrollándose una bufanda gris de lana que encajaba con los colores pastel del resto de su conjunto.

Entonces, la pregunta volvió a golpearme como viento helado. ¿Cómo demonios podría pensar que "no vivíamos juntos"? Si ella poco a poco fue reservando para sí un espacio considerable en casi todos los rincones del townhouse. Algunas de sus camisas y chaquetas perfectamente planchadas –incluyendo las del uniforme–pendían en ganchos junto a las mías, algunos jeans doblados se hallaban en un tramo por encima del que yo acaparaba; su ropa interior guardada en un compartimiento que habilité sólo para ella, sus zapatos y botas enfilados en orden a un lado de los míos. De vez en cuando me topaba con una pulsera suya olvidada en un buró, otras veces con sus carteras rebosantes de sencillez guindadas en el perchero, o con su taza favorita albergada en la alacena. Y ni hablar de su perfume... Eso se adueñó hasta de los lugares más apartados. Todo olía a ella; su dulce aroma estaba impregnado hasta en mí. Aquello no constituía ni la mitad de sus pertenencias, pero la mocosa no se preocupaba demasiado por ello; si echaba algo de menos, lo traía consigo luego de una visita rápida a su vivienda oficial. O al menos así había sido hasta ese sábado por la mañana.

Sentado en el borde de la cama, observaba cómo guardaba en su cartera su monedero, su celular y las llaves, para luego hurgar dentro cerciorándose de no olvidar nada. Por último, resguardó su cabeza en un gorro del mismo tono gris claro de su bufanda y se administró en los labios esa pintura que no difería demasiado de su bonito color natural, pero sí cambiaba en demasía su textura y su sabor.

Sus beldades eran, en definitiva, indescriptibles. No existía ningún adjetivo que sirviera para justificar la preciosura de criatura que tenía ante mis ojos, los mismos que imantados permanecían adheridos a sus líneas como presos de un hechizo. Su belleza poseía un misticismo que trascendía hasta en su forma de caminar, y que además era tan pura y única que nada ni nadie podía igualarla de ninguna manera posible.

—¿Levi?

—¿Uhm?

—¿Me has escuchado?

Ella estaba bajo el umbral de la habitación, con su modesto bolso echado al hombro y la intención de marcharse determinando sus pasos. Entonces suspiré, renunciando de súbito a la esperanza de que cambiase de opinión.

—No.

—Te avisaba que ya me iba.

—Eso ya lo sé —rezongué, dejándole en claro mi grandísimo disgusto a expensas de su decisión—. ¿Me prometes que te cuidarás?

—¿Es eso lo que te preocupa?

—No. Digo, sí, pero no es sólo eso...

Extrañamente dubitativa, mordisqueó el interior de su mejilla y extravió su atención en los maderos del techo mientras yo la centraba en el jugueteo de mis dedos en mi regazo. Perduramos así un breve intervalo, o tal vez fueron horas, hasta que volvió a hablar.

—Ven a verme mañana, a eso de las seis de la tarde. Lo hablaremos, ¿de acuerdo?

—¿Por qué no ahora? ¿Tienes prisa?

—Porque estoy segura de que estás tan indispuesto como yo de discutirlo en este preciso momento, pero aun así quieres hacerlo por el simple hecho de postergar mi salida.

—Esa jodida perspicacia tuya es del diablo.

—¿Eso crees?

—Sí. Aún no me has prometido que te cuidarás.

—Lo haré, lo prometo.

Asentí tenuemente. En todo caso, los mocosos de Eren y Armin velarían por ella, lo que sosegaba un poco, sólo un poquísimo, mi intranquilidad. No obstante, nada, ni el más fuerte de los sedantes me arrebataría ese dolor palpitante en mi pecho que me robaba la respiración de saberla lejos de mí. He ahí las repercusiones de permitírselo todo, incluso de ser el oxígeno que llena mis pulmones. He ahí, bufaba una vocecilla en mi cabeza, he ahí.

—¿Me darías un beso antes de irte? —murmuré, volviendo a mirarla justo cuando puso un pie en el pasillo.

—Tengo labial —advirtió sin hacerlo sonar como una recriminación, sabiendo cuánto lo detestaba.

—No me importa —me apresuré a decir, temiendo que la excusa que tanteaba fuese antecesora de un rotundo no—. ¿Por favor?

Fue después de sentir sus labios apretujados contra los míos que preferí no haberle solicitado tal cosa. Y no por el sabor de la pintura o por el residuo pegajoso que dejó en mí, sino por la sensación cruenta de despedida que me quemaba la boca al verla partir.


¿Y qué si estaba con el granuja aquel?

Yo no lograba comprender cómo nuestra propia imaginación podía ser tan traicionera. No conseguía comprender cómo osaba a figurarse semejantes escenarios, a esbozar ese montón de patrañas descaradas que buscaban afianzarse en mi repertorio de certezas, para injertarle a mi alma ya magullada una dosis de veneno letal que me corroería como ácido por dentro.

¿Podrías confiar en mí, por favor?

Podía oír su voz en mi cabeza, como si se hubiese quedado atrapada allí intencionalmente. Quizás ese había sido su objetivo al decirme esas palabras, que las usase como escudo contra esos malditos pensamientos ponzoñosos que amenazaban con doblegarme ante sus perversas insinuaciones.

Mikasa no sería capaz de hacer algo así.

Yo insistía, reacio a dejarme arrastrar por esos celos bestiales que peleaban por dominarme. Esta vez no lo permitiría. No les permitiría hacerme dudar de ella, ni de su lealtad hacia mí.

Diminutos puntos blancuzcos se precipitaban desde los nubarrones que cubrían el cielo apenas iluminado, convirtiendo toda superficie en un lienzo blanco y helado que resplandecía con la poca luz suministrada. Esa tarde de domingo era una réplica exacta de la anterior; tan igual que cualquier tonto pensaría que si el tiempo no avanzó, entonces en su defecto había retrocedido. Durante el invierno el tiempo era muy relativo, que parecía manipularlo todo al son tocado por sus caprichos.

Caminaba a paso certero pero sin prisa, fijándome en la simpleza de la nieve amontonada sobre las delgadas ramas desnudas de los árboles, en las vitrinas empañadas de las tiendas que laboraron pese al mal clima, en la nubecilla de vaho que se formaba en mi rostro tras cada exhalación, en el sonido sordo producido por mis botas al incrustarse en la nieve regada por la acera, en el andar acompasado de los demás transeúntes que pasaban por mi lado ajenos a esos pequeños detalles que no escapaban de mi detenimiento. No tenía un rumbo establecido; me movía hacia algún lado y a la vez a ninguna parte.

Hacía poco más de una hora que había salido a recorrer las calles con el pretexto de distraerme, de centrar mis pensamientos en otro asunto que no fuese Mikasa Ackerman. No obstante, mi intento se vio burlado cuando, en vez de sacarla de mi mente con los pasajes por los que divagaba, aun sin tenerla allí junto a mí la veía a ella en todos lados: en el punto exacto de esa calle poco concurrida donde una vez le robé un beso, en el banquito más apartado de la plaza en el que solíamos sentarnos en silencio a contemplar a la gente ir de aquí allá, en ese abrigo similar al suyo que vestía una muchacha que cruzó frente a mí, en el cupcake que un mocoso degustaba ensimismado mientras su madre tironeaba de su mano para cruzar a la otra calle...

Mikasa. Mikasa. Mikasa.

¿Me pensará tanto como yo a ella?

Por tercera vez en un rango de veinte minutos, me corrí la manga del cárdigan para echarle un vistazo al reloj de muñeca que marcaba las 4:23pm. Suspiré, maldiciendo por lo bajo a la fatiga acumulada que acalambraba mis brazos y mis piernas. Efectivamente, no había dormido ni un poco. Y muy temprano esa mañana, harto de lidiar con mis demonios, me dirigí al cuartel para ejercitarme y drenar así mis energías restantes. Era un método que había practicado siempre que el insomnio hacía de las suyas: luego de una ardua jornada de entrenamiento, el cansancio eclipsaba cualquier impedimento que me despojase de un merecido descanso. No obstante, en esa ocasión ni siquiera uno exhaustivo dio resultado. Mis ansiedades eran tan monstruosas que no cedieron con nada.

Aún contaba con poco más de una hora libre antes de ir a su encuentro, ¿qué podía hacer hasta ese entonces? Volver a casa no era en absoluto viable, mucho menos adelantar mi cita de las seis. Introduje mis manos en los bolsillos de mi abrigo y sin más titubeos cubrí esa ruta que hacía unos cuantos meses no transitaba.


Un estruendo atronador se oyó dentro una vez que mis dedos presionaron el timbre, y luego un improperio lanzado al aire llegó a mis oídos previo a los pasos y al típico rechinido de las bisagras de la puerta al abrirse. Del otro lado, Hanji, despeinada a más no poder y vestida con harapos que debían ser de la talla de Moblit, parpadeó confundida ante mi inusual aparición, como quien no sabe constatar si lo que tiene enfrente es real o una simple alucinación.

—¡Pero qué sorpresa!

—Estaba cerca —mentí. Tuve que tomar un maldito autobús para llegar allí—. ¿Estás ocupada? Me gustaría hablar contigo —cuestioné, yendo al grano.

Esta vez frunció el ceño, el doble de extrañada que un instante antes. Fue pasados unos escasos segundos que se echó a un lado, recobrando la compostura con esa sonrisa que pocas veces se borraba de su rostro.

—Por supuesto. Hablemos, hablemos.

El pequeño complejo residencial en el que Hanji vivía contaba con cinco torres de apenas cinco pisos, ubicado a una distancia prudente del centro de la ciudad era tranquilo y cómodo en cuanto a servicios, el sitio ideal para parejas jóvenes o familias que apenas comienzan a formarse. El apartamento en sí era bonito y hogareño, pero bastante desventajoso en cuestiones de espacio: estaba abarrotado de cosas, mucho más que la última vez que estuve allí de visita. El ruido que escuché poco antes fue emitido por una caja repleta de libros que se cayó desde lo alto de una escalera, donde imaginaba la susodicha estuvo aupada recopilándolos.

—Casi te matas por mi culpa —farfullé gesticulando una mueca que ella no alcanzó a atestiguar. Por allá, en una esquina próxima al ventanal, se apreciaban otras cajas de las mismas dimensiones, selladas y apiladas en perfecto orden—. Va viento en popa el asunto de la mudanza, por lo que veo.

—¡Así es! —afirmó, briosa—. ¿Te molestaría darme cinco minutos? Si no guardo esta maldita tanda de enciclopedias ahora, siento que no lo haré nunca.

—Hmn —murmuré, acercándome al ventanal que yacía abierto de par en par, dejando entrar constantes oleadas de soplos gélidos que hacían del apartamento una vivienda esquimal con diseño citadino moderno. En definitiva, ella era la única persona que conocía capaz de tolerar el frío tan bien como un oso polar.

Me asomé al reducido balcón, que recientemente había sido despojado de la nieve excedente. Apoyando mis antebrazos de la barandilla, distinguí a lo lejos la plaza central y las amplias calles que se abrían a partir de esta en direcciones opuestas, formando una inmensa cruz cuyas callejuelas laberínticas se conectaban al final de cada cuadra. Me gustaba mucho ese estilo europeo que determinaba la distribución de las estructuras y vestía los edificios con ese aspecto clásico y más o menos antiguo que nunca pasaba de moda. Desde ese cuarto piso vislumbraba a la distancia, muy cerca de la ya mencionada plaza, el gran teatro, la catedral principal –que era bastante rebuscada por los visitantes debido a su exuberante estampa gótica–, y algunos centros comerciales que no desentonaban demasiado en ese místico entorno. En mi recogimiento no pude evitar sopesar que aquella inmensa ciudad parecía haber quedado relegada en el pasado, y sin embargo, el aire moderno se miraba en todos sus comercios, su cultura y sus habitantes. Así de ambivalente se apreciaba.

—¿Te acuerdas cuando encontramos a Erwin dormido allí en el balcón luego de pegarse la borrachera de su vida? —le escuché decir. Al voltear a verla por sobre mi hombro, ella maniobraba para acomodar la caja ya cerrada encima de las otras—. Cumplía veinticinco años, y el muy imbécil bebía sin control más por despecho que por festejar. Esa noche estaba muriéndose porque temprano había tenido una buena discusión con Marie...

—Fue cuando se le ocurrió la brillante idea de pedirnos que le dejáramos solo un momento porque iba a llamarla por veintésima vez. Supongo que ella no le contestó, pues cuando volvimos diez minutos después el sueño ya le había vencido en la silla que ocupaba aquí afuera —completé, burlón—. Sí, lo recuerdo. Erwin odia que lo menciones, su orgullo aún le escoce cuando lo haces.

—Lo sé. Esa fue la primera y la última vez que lo vi así de ebrio. Desde entonces se asegura que nos embriaguemos primero que él para evitarse esas bajezas —rió entre dientes—. Ven, pasa. Ya he terminado con esta.

Perturbado por los rastros de nevisca que se colaba dentro, me tomé la libertad de cerrar ambas puertas corredizas sin importarme un comino no tener la aprobación de la cuatro ojos. Rodé los ojos cuando la oí reír una vez más por lo bajo, intuyendo que era a costillas mías.

—Sigues siendo un friolero, enano.

—Y tú una anormal —gruñí, dejándome caer en el mullido sillón que reposaba junto a la biblioteca que abarcaba toda una pared. Era allí, tumbada en ese sillón con un libro en manos, donde ella solía invertir la mayor parte de su tiempo—. Han tardado bastante en decidirse por cambiar de lugar.

—Nos gusta mucho este. Pero con mis libros, los implementos de pintura de Moblit y los juguetes de Hans apenas sobra espacio para nosotros —expuso, de repente nostálgica—. Con nuestros ahorros pudimos costearnos una casa amplia en una urbanización más al sur, a quince minutos de aquí. Es lindísima, más les vale ir a visitarnos cuando nos instalemos debidamente.

—Seguro.

—Prepararé té, lo acompañaremos con panecillos de canela que están de rechupete. ¿Se te antoja?

Tras un asentimiento de mi parte, la castaña me sonrió hasta mostrarme sus blancos dientes y enfiló camino hasta perderse tras las paredes de la cocina, a pocos metros de la sala de estar.

—Por cierto, ¿dónde están ellos? ¿Moblit y Hans?

—Han salido a pasear. Hans no le dejó en paz por horas, así que accedió a llevarle a no sé dónde —explicó, yo sonreí tenuemente de sólo imaginar a Moblit siendo víctima de la firme insistencia de su hijo. El niño heredó sin dudas la terquedad de su madre, además del infalible poder de persuasión—. Ya me contarán los detalles de su travesía cuando regresen.

Me distraje con las letras doradas de los pocos textos que quedaban en el estante aquel. Todos eran títulos infantiles, enfilados minuciosamente como hombrecillos de guerra que esperan la voz de mando para efectuar el ataque. Los demás renglones estaban ya vacíos.

—¿Y bien? —urgió tumbándose en el asiento contiguo, para acomodarse de frente a mí con los ojos centellantes de curiosidad. En la mesita del centro las dos tazas humeantes y una bandeja de pancitos tenían buena pinta—. No estás aquí para hablar de Hans o Moblit, ni de nuestra mudanza ni mucho menos de trabajo...

—Vine por un consejo.

—Los que quieras —declaró con naturalidad. Tomó un pan y lo llevó a su boca, para luego balbucear—. Te escucho.

Fruncí el ceño, descolocado. Esa no era la reacción que esperaba, ¿y los chillidos? ¿Y las bromas infantiles de mal gusto?

—¿Lo sabes ya?

—¿Saber qué?

—¿Mikasa ya te contó?

Esta vez la enfurruñada fue ella.

—Levi, Mikasa no va por allí exponiendo a los cuatro vientos sus asuntos personales —aclaró de pronto seria, sin hacerlo sonar como un regaño—. Si se lo propone, puede ser una tumba respecto a todo lo que te concierne a ti...

—Me comporté de la mierda con ella —solté sin más, haciéndole alzar las cejas por la impresión—, y odio admitir que no es la primera vez que ocurre y también me odio a mí mismo porque sé que esto no es ni la sombra de lo que ella merece. He actuado como un patán por no comprenderla, por no tener ni idea de cómo actuar, por celos... Hanji, ¿puedes creerlo? ¡Yo, siendo un maldito demente porque me pone endemoniadamente celoso que otro idiota se acerque demasiado a esa mocosa!

¿En qué momento mi respiración se tornó tan errática? Aun con mi pecho subiendo y bajando frenético, el aire no llegaba a mis pulmones. O tal vez sí, pero la falsa sensación de asfixia me hacía especular lo contrario. Maldita ansiedad, pensé por millonésima vez en lo que iba de día mientras mis dedos se deslizaban por mi cabello, despacio, jaloneándolo levemente en el proceso.

—Bebe un poco —propuso ofreciéndome la taza—. Esto te ayudará a relajarte.

—Ya he tomado unas veinte sin obtener mejoría alguna.

—Puede que esta sí marque la diferencia.

Así lo hice, alternando el beber la infusión caliente con uno que otro mordisco a los panecillos que me anegaban la boca con el fuerte sabor de la canela. No exageró al afirmar que estaban buenísimos.

—Eso es nuevo —pensó en voz alta, dubitativa y con la mirada clavada en el techo albo—, como muchas otras cosas más. Justamente por eso diría que no está mal... Digo, eso de sentir celos. Es relativamente común que se manifiesten cuando ves a alguien más rondando a la persona que amas... ¿Qué? No me mires así, enano. ¿O vas a negarme que la amas?

Despegué los labios con la más fiera intención de protestar, pero estos automáticamente volvieron a juntarse tras considerar mi realidad con absoluta sensatez. ¿Por qué habría de seguir negando lo evidente? Joder, estaba tan cansado de eso... Sobre todo porque estaba clarísima hasta para mí la verdadera naturaleza de esos sentimientos.

—Tch, ¿alguna sugerencia?

—¿Para no amarla?

—Para controlar mis arrebatos sentimentalistas.

—¿Entonces sí la amas?

—Te mueres por escucharlo de mi boca, ¿cierto?

—Sería lindo que me lo confesaras abiertamente al menos por una vez en tu vida, enano amargado.

Lindo mis pelotas —siseé, tremendamente irritado—. Insistes otra vez y te juro que me largo.

—¡Vale, vale! —clamó alzando sus palmas como señal de derrota— . Carajo, eres insufrible —se quejó casi inaudiblemente, estirándose para volver a dejar la taza sobre la mesita—. Hmm... Preciso saber si se lo has dicho a ella.

—¿Qué?

—Lo que sientes, lo que te molesta, lo que te preocupa... ¿Se lo has confiado?

—Ha de suponerlo.

Hanji negó con la cabeza enérgicamente, endureciendo sus facciones.

Nunca debes permitir que nadie, mucho menos tu esposa, saque sus propias conclusiones. Es fatal, y peor aún luego de una discusión —suspiró pesadamente y se tomó unos segundos para reflexionar—. Con eso, sin saberlo, les haces daño a los dos. A Mikasa por dejarla a la deriva de una insoportable incertidumbre, y a ti mismo por reservarte todo. Te abrumas y te sobrecargas en demasía; es por esa razón que llegas a un punto de quiebre en el que terminas estallando. Es la consecuencia de acumular todo, Levi, sea bueno o malo. Todo esto es muy nuevo para ti y aún estás aprendiendo a sobrellevarlo, por lo que es estrictamente necesario que pongas de tu parte y modeles un poco esa maña de callarte lo que sientes.

—Aún no me has comentado cuál sería, a tu criterio, la solución —reclamé, impaciente.

—Con confianza y comunicación no hay mal que perdure o dañe una relación.

—Oh, genial. Justo las dos cosas de las que carezco —ironicé gruñendo, con mi entrecejo a punto de romperse de lo contraído que estaba. La castaña me sonrió maternalmente, cambiando drásticamente el aura que destilaba. De repente se mostró comprensiva.

—Calma, eso puedes resolverlo —alegó animosa—. Solo exprésale con lujo de detalles lo que te aflige y luego escucha con atención lo que ella tenga que decir al respecto, ¡y tarán! Todo irá mejor.

—Tch...

—Es cuestión de práctica. Ya verás que tarde o temprano comenzará a ser espontáneo —se encogió de hombros, restándole relevancia—. ¿Quieres que te diga un secreto? —musitó inclinándose hacia mí, con aires de complicidad. Yo alcé una ceja un tanto receloso, y asentí sin sospechar qué se traía entre manos—. Mikasa jamás compartiría contigo esa creencia de que tú no eres lo que merece. De hecho, ella en una oportunidad me confesó que tú, enano estúpido, eres cuánto ha querido y necesitado tener como pareja... Así que deja de estar atormentándote con esos disparates que no son más que inventos tuyos —los latidos de mi corazón bombeaban desaforados en mis oídos, y un frío repentino se apoderó de mis manos y mi cara—. Ahora, ve. Búscala, pídele perdón y sé completamente transparente con ella.

—¿Y cómo me consta que no eres tú la de los inventos, cuatro ojos? —rumié desviando la vista, absurdamente avergonzado. Mientras la aludida reía estrepitosa, yo me levanté con presura y me encaminé a la salida.


"Dame sobrinos pronto", seguido de "descansa un poco" fue lo último que me dijo antes de verme desaparecer tras la puerta.

Sería deshonesto de mi parte alegar que no anhelaba saber de ella. Como prueba infalible, en el bolsillo mi pantalón llevaba el celular que rara vez solía usar. No porque tuviese algún motivo por el que repudiar los artilugios tecnológicos, sino por puro desapego o descuido. Empero, en esos dos días había estado más atento que nunca al bendito aparato y aun así, no había recibido ni siquiera un mensaje suyo ni yo tuve la audacia de dar el primer paso.

A las 6:05pm golpeaba la puerta con mis nudillos, suavemente, no queriendo parecer demasiado desesperado... Aunque en mi fuero interno flameaba la certeza de que sí lo estaba. En el preámbulo del anochecer, acechando en las sombras de la tranquilidad que se cernía sobre el vecindario, el frío bestial le clavaba sus dientes filosos en la piel a todo el que tuviese la osadía de estar a su merced. Incluyéndome, pues a pesar de estar decentemente abrigado, lo tenía guindado del cuello haciéndome tiritar perceptiblemente.

El mecanismo de la cerradura cedió y su figura se materializó de golpe. Allí estaba ella, mágica, devolviéndole el calor a mi cuerpo sin siquiera tocarme. Nos contemplamos largamente, enajenándonos del mundo por un instante que nos supo infinito.

—He llegado cinco minutos tarde —murmuré, aventurándome a entablar una conversación con trivialidades que no tenían relevancia.

—Ya pensaba que no vendrías.

—Pero si he estado contando las horas para hacerlo.

Sus mejillas se tiñeron de carmesí y yo deseé que se abriera el suelo y me engullese. ¿De dónde había salido semejante cursilería?

—Pasa.

El interior, apenas iluminado por el danzante y limitado fulgor de la chimenea a leña, estaba templado y tan ordenado como de costumbre. Eso, en adición al olor a pino que se mezclaba con el de la mocosa, lograban una combinación perfecta que me embriagaba los sentidos. Se me hacía fascinante que, pese al rústico estilo campestre del entorno de su hogar –que difería del mío hasta en los detalles más mínimos, como el revestimiento del piso o el diseño del amueblado en general–, yo lo adorase fervientemente por el simple hecho de ser parte de ella.

No hay manera de definir lo que sentía ni de medir la gravedad del desbarajuste emocional que me liaba en ese instante. Suspiré y parsimonioso, me conduje de buenas a primeras al sofá donde me acomodé, robándome unos segundos extra de nuestro tiempo para replantearme el juego de palabras que, por el bien de ambos, debía escoger. Eran decisivas; no podía arruinarlo otra jodida vez. Ligeramente más sereno, me fijé en Mikasa y la invité a unírseme ese ademán de lenguaje universal que hasta el más ignorante habría de reconocer. No obstante, la mocosa no se movió ni un ápice por mera rebeldía. Sus pies descalzos estaban afianzados a los maderos del suelo y su cuerpo tieso bajo el efecto paralizante de una expectación temerosa.

—Estás muy raro...

—Ven aquí.

—Si tienes algo malo que decirme, entonces hazlo ya —exigió, sin inmutarse ni inmutarme a mí.

—Dios. Deja de estar conjeturando y ven aquí, mocosa —repetí despacio, dándole batalla a esa silenciosa guerra que emprendía con su expresión inquisitiva.

Percibí cierta vacilación antes de obedecer, con la misma facilidad que percibí cómo se tensó en su lugar cuando erradiqué el espacio que impuso entre los dos. Así, con su pierna a un palmo de la mía y su atención completamente puesta en mí, decidí empezar el monólogo que tanto le debía.

—Desde el principio he creído que mereces a una persona mejor que yo...

—No...

—Por favor, escúchame —solicité, suplicante. Ella meneó la cabeza en negación, y yo alargué una mano para rozarle la mejilla con las yemas de mis dedos buscando sosegarla. Por suerte no rehuyó, y en su quietud se dejó hacer sin pestañear—. Nunca antes había conocido a alguien como tú. Alguien que con su complejidad y simpleza me cautivase lo suficiente como para querer quedarme a su lado para siempre, aun siendo lo bastante sensato como para saber que los "para siempre" no existen. Sin embargo, llegaste a mi vida un día cualquiera y a partir de ese momento yo dictaminé que en mi realidad sí lo hacen, porque tú sin esfuerzo alguno me cautivaste profundamente... Porque deseo estar contigo sin importar qué, ni tampoco cómo, ni dónde. Contigo y con nadie más.

»Ya has de tener conocimiento de lo enamorado que estoy de ti, pues supongo que se me ha de notar hasta en mi embobada forma de mirarte. Me haces sentir tanto, Mikasa, tanto... Todos los sentimientos que evocas en mí son inmedibles y tan intensos que en ocasiones, cuando me superan en fuerza, me es imposible evitar que me controlen a su antojo. Es por esta misma razón que a veces soy demasiado romántico o en otras circunstancias peco de impulsivo y celoso. Y eres tú quién causa todo esto en mí, eres tú quién tiene el poder de construirme o destruirme con solo mover uno de tus dedos o pronunciar una sola palabra.

»Eres maravillosa, joder, tan especial... Que realmente dudo tener alguna cualidad que compense todo lo que tienes para ofrecerme. Esto explica por qué en un inicio te he dicho que creo que mereces a alguien mejor que yo; no obstante, esto no significa que vaya a rendirme dejándote ir. De ninguna manera, no lo soportaría: estoy en un punto de no retorno en el que perderte sería sinónimo de perderlo absolutamente todo.

La humedad acumulada en sus grandes orbes se propagó por sus mejillas apenas me detuve, y yo me apresuré en acunar su rostro en mis palmas para limpiar con mis pulgares el rastro que dejaban sus lágrimas. Mi corazón hacía amagos de salirse despavorido de mi pecho, los pulmones me fallaban en el proceso y mi mente comenzaba a ofuscarse: todo mi sistema reaccionaba a lo que sucedía. Y ya no precisamente por ansiedad, sino por nervios. Estaba jodidamente nervioso.

—Levi —consiguió articular con los labios temblorosos. Aún sosteniéndola, me aproximé y juntando mi frente a la suya, deposité en su boca un casto beso que le hizo olvidar lo que sea que pretendía decirme.

—Perdóname —susurré sobre sus labios—. Perdóname por ser tan idiota, por hacerte enojar tanto, por no decirte todo lo que pienso y siento cuando es posiblemente eso lo más que esperas recibir de mí. Perdóname por ser tan posesivo, por ser tan egoísta como para querer tenerte sólo para mí, por fallarte una y otra vez aun cuando intento dar lo mejor de mí —opté por abrazarla al escucharla sollozar, apretándola fuerte contra mi torso. Casi con alivio se resguardó en la curvatura de mi hombro izquierdo y sus manos empuñadas se aferraron a mi abrigo como si su vida dependiera de ello—. Perdóname también por todas las atrocidades que te he dicho estando enojado, por los arrebatos que de seguro han podido asustarte, y sobre todo por lo que te hice el viernes, en mi oficina... Me siento tan mal por ello que creo que el remordimiento va a matarme.

—Tonto —masculló contra mi cuello, a modo de regaño—. ¿Has estado actuando así debido a eso?

Con su respiración forzada cosquilleándome la piel, reafirmé mi agarre y me tumbé sobre mi espalda dejándola tendida sobre mi pecho, en esa posición que nos servía como portal para fugarnos de todo por un rato que sólo nos pertenecía a ambos. Los mullidos almohadones me acogieron gustosos, y con ella apoyando su cabeza justo sobre mi corazón, deslicé mis dedos en sus cabellos desordenados y cerré mis párpados deleitándome con la plenitud que se le atribuyó a ese momento tan valioso. Por primera vez no me importó que descubriese el bombeo exageradamente acelerado de mis latidos que delataba el caos emocional que enfrentaba; por primera vez no me importó mostrarme vulnerable ante ella. Me traía sin cuidado que creyese que era un sentimental, un empalagoso o un romántico, ya quedaba de su parte escoger uno a su conveniencia. Lo único que tenía relevancia era ser completamente honesto, como nunca antes lo había sido, pese al desafío que eso ameritaba.

—¿He sido muy obvio?

—Sí. En especial cuando te me escapaste a emborracharte a media noche y al volver me preguntaste si iba a dejarte al cansarme de ti.

Y ahí estaba la maldita pieza faltante del rompecabezas que no conseguía completar. Estaba tan enterrado en mi memoria que ni siquiera oyendo su testimonio fui capaz de rememorarlo con nitidez.

—Me preocupé tanto al despertarme y no encontrarte en casa... No vuelvas a hacer eso, por favor. También te lo he pedido esa noche, pero he de asumir que no lo recuerdas.

—Lo siento...

—Ya —demandó alzando la cabeza para hacer converger nuestras miradas. Algo en mis entrañas se contrajo dolorosamente al ver su tez, su nariz y sus ojos enrojecidos e hinchados—. Ya te he perdonado todo incluso antes de que te disculparas.

Un suspiro de resignación de mi parte anunció mi rendición. Satisfecha, dibujó una diminuta media luna al curvear las comisuras de sus labios, y yo me incliné un poco para repartir pequeños besos sonoros por eras áreas de su piel teñidas de carmesí.

—Lo hice, así como tú me has perdonado a mí los errores que he cometido. ¿Recuerdas la conversación que tuvimos aquí, cuando nos reconciliamos después del problema con Petra? —cuestionó quedita, yo gruñí un "hmn" en afirmación sin interrumpir el rumbo que trazaba hacia su sien. Por supuesto que la recordaba—. Tú ese día me advertiste que podrías volver a reaccionar a algo con torpeza, y yo lo acepté prometiéndote paciencia.

—¿Entonces es por esa promesa que te obligas a soportarme?

—No. Para mí nada ha sido una obligación, ni siquiera casarme contigo —alegó robándome el aliento. La mocosa aprovechó mi breve conmoción para reincorporarse, situándose en el pequeño espacio libre que sobraba junto a mi cuerpo aun tendido. Pasada la impresión, mi expresión se enterneció mientras ella se dedicaba a apartar los mechones que entorpecían mi visión—. Es humanamente imposible que lo considere de esa manera si el amor que siempre te he tenido hace que me sienta afortunada por estar a tu lado. Porque deseo estar contigo sin importar qué, ni tampoco cómo, ni dónde... Contigo y con nadie más.

—Te amo —dije sin tapujos, liberándome al fin—. Te amo con locura, Mikasa Ackerman.

—Te amo —correspondió, con una sonrisa que recompensó las horas que gasté organizando mis ideas para expresarle todo aquello—. Te amo tantísimo...

La tibieza de sus esponjosos labios equilibrando la frialdad de los míos fue el aditivo, el complemento ideal: la más pura demostración de afecto selló en nuestras almas las más puras palabras, esas que determinaron nuestra unión definitiva. Lo tenía todo; Mikasa lo era todo. Y así sería siempre, por el resto de nuestros días. El extenso beso culminó con un suspiro que hizo rebotar su aliento fresco en mi rostro y con mis dientes tironeando sutilmente su labio inferior. Sonriéndole ladino, pellizqué una de sus mejillas y percibí su leve risa aniñada mientras atrapaba mi otra mano y entrelazaba nuestros dedos. Poco después se levantó y me indicó con un leve jalón que la imitase.

Ella, caminando por delante de mí, me guió hacia su habitación. Me concedió la entrada y yo no alcancé a dar más de un par de pasos cuando quedé paralizado al asimilar las condiciones del entorno que me era tan familiar: había cajas por doquier, tal como en el apartamento de Hanji. Las más pequeñas yacían acopiadas como torres apartadas en una esquina, mientras que las de mayor tamaño estaban aún a medio llenar. Perplejo y jodidamente aturdido, tardé unos segundos en dirigirle la mirada, exigiendo –o más bien rogándole– una explicación que confirmase lo que presumía antes de que mis ilusiones se vieran perjudicadas por un grave malentendido.

—¿No te ha agradado la sorpresa?

—¿Cuándo pensabas decírmelo? —balbuceé. En mi estupor me imaginaba pálido y con mis párpados abiertos a más no poder.

—Lo decidí hace una semana. No quería hacerlo hasta tener todo listo, pero no me ha dado tiempo terminar ni siquiera contando con la ayuda de los chicos. El jueves por la noche, cuando llegaste a casa de la reunión en el cuartel y me encontraste aún despierta, fue porque estuve aquí hasta poco antes de que llegaras. Ayer te dejé solo por esto mismo —relató, escrutando cada cosa con esmero y un deje de tristeza—. No es fácil ¿sabes? Desprenderme de todo esto, dejar todo atrás...

—Yo te apoyaré, no estás sola en esto —afirmé, y su atención volvió a recaer en mí—. No es necesario que tedesprendas de todo, puedes llevarte lo que quieras... En casa le buscaremos un lugar.

—Gracias, Levi —volvió a sonreírme, tímida, y yo me quedé inmóvil contemplándola aun con su mano en la mía. La subí y planté un beso en su dorso, haciéndola sonrojarse—. ¿Cómo no amarte?

—Tch, cursi —me burlé y ella me dedicó una mirada fulminante que gritaba a todas luces "ve quién lo dice". Empero, lejos de lucir intimidante, estando así de avergonzada simuló más bien un berrinche—. He querido que te mudes conmigo desde que te lo propuse aquella noche, justo aquí.

—¿Si? ¿Durante todo este tiempo?

Asentí, y con eso pareció recomponerse su estado anímico. Enseguida empezó a explicarme que las seis cajas ya selladas contenían, para mi sorpresa, ropas y pertenencias suyas y de sus padres biológicos que conservaba desde siempre y que ahora pretendía donar a las niñas del orfanato de la ciudad y a los más necesitados. Las pocas que estaban a medio llenar contenían en cambio peluches y muñecas que no había visto y que lucían como nuevas, intactas como si no hubiese tenido la oportunidad de jugar con ellas.

Otras tantas –las que aún estaban vacías– serían ocupadas con sus respectivas posesiones actuales. Mientras ella se encargaba de embalar los juguetes, me encomendó a mí la tarea de guardar lo que quedaba en su vestidor y burós. Madre mía, ¿cuánta indumentaria puede tener una mujer? Recuerdo haber pensado que no terminaría nunca. Ya entendía por qué jamás se preocupaba por ese tipo de asuntos: tenía ropajes suficientes para usar todo un año sin repetir ni una sola vez. No obstante, me consolé a mí mismo recalcándome que teníamos todo el tiempo necesario a nuestra disposición.

Aun así, ahogado hasta la médula con aquella labor –que hacía ver las labores del cuartel como un trabajo muy sencillo–, me sentía el hombre más feliz del mundo.

Ese fin de semana estuvo dividido entre los sentimientos encontrados, las mudanzas y los "nunca antes".


—Ya te había dicho yo que él no iba a cooperar.

—Eren —le reprendió Armin por lo bajo, lanzándole al aludido una disimulada mirada desaprobatoria. El moreno hizo una mueca de disgusto, cruzándose de brazos y adoptando una postura defensiva—. Discúlpelo, capitán. No hemos tenido un muy buen día.

Un martes por la tarde los tenía a los dos frente a mí, en la privacidad de mi oficina, a donde me siguieron apenas me vieron llegar de la guardia asegurándose de escabullirse de la astucia de Mikasa, quien se había quedado en el jardín al avistar a sus demás compañeros. Yo, desde el otro lado del escritorio y aún con los informes de mi escuadrón en las manos, los observaba fijamente con aparente desinterés, sopesando lo que acababan de plantearme. Tras unos segundos de silencio que intencionalmente dejé transcurrir, logré crispar los nervios de Armin y desesperar de sobremanera al Jaeger menor.

—A ver si entendí —hablé finalmente, masajeándome las sienes con los dedos—. ¿Han venido aquí a pedirme que conspire con ustedes para organizarle una fiesta sorpresa a Mikasa? ¿Es eso?

—No exactamente. Hemos venido para informárselo, capitán —aclaró el rubio parsimonioso, aunque no menos tenso—. Consideramos que lo más indicado era que usted estuviese al tanto de lo que planeamos hacer para festejar su cumpleaños.

En efecto, el cumpleaños de la azabache estaba a unos escasos tres días de celebrarse y esos mocosos habían arruinado con esa propuesta los planes que yo mismo, minuciosamente, había concebido para esa fecha en específico. Maldije internamente y por inercia me giré hacia el ventanal, divisándola de inmediato cerca de la entrada principal manteniendo una muy animada charla con sus amigos. Sasha y Christa reían y Mikasa se mostraba divertida a lo que sea que Connie les recontaba. Reiner le escuchaba escéptico y Belthord negaba con la cabeza, sonriendo.

Mentiría si dijera que por un fugaz instante no pensé en negarme. Sin embargo, ¿cómo podría yo privarla de eso? ¿De esa dicha que sus amigos le producían?

Suspiré inaudiblemente y me volví hacia los presentes, que aún me contemplaban expectantes. Bueno, solo Armin, que esperanzado no perdía la compostura. Eren, con expresión de desdén, no esperaba absolutamente nada de mí.

—Bien, les ayudaré en lo que pueda. Pero que les quede claro que no lo hago para complacerlos a ustedes —solté con una frialdad que no evitó que Armin sonriese. Eren frunció el ceño, descolocado e incrédulo—. Ahora, siéntense y denme todos los detalles. Tienen cinco minutos para eso.

—Muchísimas gracias, capitán —agradeció el rubio, notablemente aliviado. Asió a su sorprendido mejor amigo del brazo y lo motivó a tomar asiento para cumplir con mi orden con su característica elocuencia.

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HOLAAAAAA, ¿qué tal están? No esperaban tenerme por aquí hoy, ¿cierto? Ya a estas alturas debían de estar pensando los engañé al decir que les traería pronto la actualización... ¡Lo siento, de verdad! No era mi intención (en realidad jamás lo es) tardar tanto. Les seré muy honesta: este capítulo me complicó la existencia, en serio. Al principio, antes de comenzar a escribirlo, en mi cabeza tenía una idea muy clara de lo que haría, ingenuamente creí que no tendría problemas al plasmarlo todo en una hoja en blanco. Sin embargo, para mi desgracia, no fue tan fácil como pensé: al convertirlo en letras no terminaba de convencerme. Entonces, en mi frustración lo borraba todo y volvía a comenzar, cambiando la narración para intentar así dar con un planteamiento que me gustase. Sin embargo, pese a reestructurar todo el capítulo unas tres veces, no funcionaba esa táctica. Estaba desesperándome, porque uno de mis peores miedos es caer en un punto en el que no sepa cómo continuarlo (es terrible eso), así que luego de tanto sopesarlo bastante, concluí que lo que me incomodaba no era la narración en sí sino lo que sucedía. Opté por darle un rumbo totalmente diferente y puf, se hizo la magia lol. Me encantó muchísimo el resultado, ojalá que a ustedes también les haya gustado tanto como a mí. (:

Como lo habrán notado, el capítulo en general estuvo muy centrado en los sentimientos y pensamientos de Levi. Es posible que se pregunten por qué sigo dándole lidia si el pobre ya tiene bastante claro lo que siente Mikasa, así que aprovecharé para explicárselos. Yo de todo corazón creo que, si el enano llegase a enamorarse, para él no sería nada fácil sobrellevarlo adecuadamente, sobre todo porque yo apoyo esa teoría que afirma que las personas más serias y frías son los que más sienten. Sé que él es muy inteligente, perspicaz y perfecto (¿para qué negarlo?), sin embargo, en este caso me parece una insensatez hacer de él un maestro en este arte de buenas a primeras. Amar a alguien no es para nada sencillo (menos si es la primera vez que se experimenta tal cosa), y desde mi punto de mi vista, considerando lo cerrado y complicado que Levi puede ser en este ámbito, quise que en este fic él aprendiese como normalmente todos lo hacemos: tropezándonos y cometiendo errores. En efecto, él no es tonto y por lo tanto, no se permitirá cometerlos dos veces. Puede que ustedes con estos líos mentales que le obligo a atravesar sientan que le hago mucho OoC, pero ya acá tienen el por qué. Suele ser desagradable para todo lector (incluso hasta mí, porque yo también lo soy) que modifiquen la personalidad de los personajes, así que de todos modos, me disculpo si es así. ):

Por otro lado, también aprovecharé de decirles que hasta ahora la historia ha tenido tres arcos. El primero va desde el primer capítulo hasta el capítulo 11, el segundo desde el 12 al 20 y el tercero desde el 21 hasta el actual. El siguiente arco (que aún no sé cuántos caps tendrá) será decisivo, pues es muy probable que sea el último. ¡No se me desanimen! Aún tendrán mucho RivaMika de mi parte muaajaja.

A los que se preguntan por Pixis, no se preocupen, ya aparecerá. Y Zeke igual, ni crean que lo sacaré de escena así como así jaja.

Por cierto, ¡bienvenidas todas esas personitas que se han unido a esta aventura en las últimas semanas! Es un grandísimo gusto para mí tenerlos por acá. A ustedes y a los me han leído desde el principio les agradezco inmensamente el apoyo que me brindan. Ya se los he dicho antes, pero igual se los repetiré: son ustedes los que me motivan a siempre dar lo mejor y a nunca detenerme. Son mi inspiración.

Uff, creo que me he explayado demasiado. Por último, diré: ajááá, ¡al fin sucedió lo que muchos tanto esperaban! Ya ansiaban que se dijesen "te amo", ¿no? ¿Qué opinan de esa confesión? Aw, se me derritió el corazón en ese momento :') Tan lindo él, todo nervioso por la reacción de ella. Y Mikasa súper emotiva llorando a mares, ¿y cómo no? Si eso es probablemente lo que siempre quiso oír de su parte. Ah, y la conversación con Hanji también me conmovió. Al igual que Erwin, a su manera ella es una amiga excepcional. Levi es muy afortunado por tener tan buenos consejeros, y él debe estar consciente de eso aunque a veces es muy orgulloso como para acudir a ellos.

Mini spoiler: El próximo capítulo se viene muy especial, porque será desde el POV de Mikasa. Así que les aseguro que estará bastante interesante.

PD1: Este capítulo tuvo 12.400 palabras, ¡es oficialmente el más largo hasta ahora! Dios mío, ya debo tenerlos mareados con tanta cháchara.

PD2: Disculpen los posibles errores. Le daré una segunda leída para cerciorarme de que no quede ninguno.

EN FIN. ¿Qué les pareció el cap? ¿Les gustó? ¿Sí? ¿No?

Hagan feliz a esta autora y déjenle un fav y un comentario a esta autora, se los agradecería muchísimo, en seriooo. Esos detallitos los atesoro y aprecio con la vida.

Ahora sí, me despido. ¡Nos leemos prontito! Cuídense mucho, los quiero.