XXIX
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Rin sigue mirando el televisor, pese a que hace varias horas que no pueden encenderlo.
Encogido bajo la manta, a su lado, Haruka observa las velas que han encendido para no estar completamente a oscuras. Deberían haber previsto esto, piensa Rin; sabían que la luz estaría cortada esa noche a causa de las obras que se están llevando a cabo no muy lejos de su apartamento.
Con todo, no puede decir que se esté aburriendo. De hecho, está lejos de quedarse dormido, y Haruka tiene gran parte de la culpa: de vez en cuando besa alguna parte del cuerpo de Rin, sin preocuparse por pedirle su opinión, sólo levantándole la ropa para evitar que se interponga entre ellos.
Rin no necesita muchos incentivos para seguir el juego. No obedece a ninguna lógica: un momento quiere besar la sien de su novio y al siguiente turno se esconde bajo la manta para deslizar los labios bajo su ombligo, sintiendo una risita contenida en los músculos contraídos de su abdomen.
—Rin —la voz de Haruka tiene un resquicio de duda, pero Rin no comprende por qué hasta que nota dedos largos curioseando el borde de sus vaqueros.
Tantea hasta dar con los hombros del joven y tira de él hasta que consigue que saque la cabeza de debajo de la manta. A la luz de las velas, sería fácil creer que Haruka está simplemente adormilado, pero ya hace tiempo que aprendió a reconocer ese brillo hambriento en su mirada.
—Ven aquí —murmura Rin, atrayéndolo hacia sí—. No tienes arreglo —agrega, besando sus labios por primera vez desde que han cortado la luz.
Él tampoco lo tiene, medita cuando la mano de Haruka gana la batalla contra el botón de sus pantalones, pero ni siquiera esa certeza consigue que Rin deje de desear estar a oscuras con él para siempre.
