SEIS NORTE, MARTES
Humble está de regreso para la cena. Está estrenando toda su ropa, una cara brillantemente afeitada y ojos que no se abrirán demasiado todo el camino; él se coloca a sí mismo en su mesa usual debajo de la TV en el comedor, la cual todo mundo dejó vacía mientras él estuvo fuera. Quinn está ahí también, en la mesa de al lado, dándole la espalda; yo entro, digo hola a ambos, agarro las mesas, las pongo juntas y me siento en medio de ellos dos sonriendo.
—Quinn, no sé si has tenido la oportunidad de conocer a Humble.
—No realmente —dice ella. Aún está sonriendo. Desde nuestra cita, espero.
—Humble, Quinn. Quinn, Humble.
—Ehhhh... —dice él, mirando de soslayo— Esos cortes en tu cara son asombrosos.
— ¿Gracias? —Se dan la mano.
—Das un buen apretón de manos para ser una chica —dice Humble.
—Tú das uno bueno para ser un chico.
Mi cena es frijoles y perros calientes y ensalada, con galletas y una pera para el final. La ataco.
— ¿Así que a dónde te llevaron? —Pregunto entre bocados.
—Al lado del pasillo a Geriatría —dice Humble.
— ¿Con la gente mayor? —pregunta Quinn.
—Sí. Ahí es donde te llevan cuando tienen que ser golpeado fuera de tu mente.
— ¿Dónde escuchaste el término "estrafalario"? —pregunta Quinn.
— ¿"Golpeado"? —Humble saca un pedazo de ensalada de sus dientes con su dedo gordo.
—No, ella cree que estás diciendo "estrafalario" como "eso es estrafalario" —le explico.
—Estrafalario, chiflado, golpeado, es la misma palabra. Es una palabra vieja. Yo tenía un tío que se llamaba Wacky. ¿De qué te ríes? mujer, no empieces conmigo. Esta chica es problemática.
—Sí, lo sé —dice Quinn. Y golpea su rodilla contra mi muslo. Increíble. Una chica no me hace eso desde que estaba en cuarto grado—. Ella es un desastre.
—Lo sé —dice Humble—. Es porque es demasiado brillante para su propio bien. Ella viene aquí; está quemada. Lo he visto antes. Lo veo todo el tiempo, pero en personas de veinte, treinta. Esta chica es tan inteligente que se quemó en la mitad de tiempo. Está teniendo una crisis de la mediana edad como adolescente.
—Olvida la crisis de la mediana edad —le digo—. Todo se debe a la crisis de un sexto de vida.
— ¿Qué demonios es eso?
—Bueno... —miro a Quinn. ¿Ella no va a golpearme con su pierna otra vez? No estoy segura si quiero hablar. No quiero aburrirla. Pero sé que no aburriré a Humble, y si no la aburro a ella tampoco, sería una gran victoria.
—Bueno, primero está la crisis de un cuarto de vida —digo—. Es como los personajes de Friends, personas aterrorizadas porque no se casarán. Veinteañeros. Es probablemente cierto que las personas tienen crisis de un cuarto de vida; no lo sabría. Pero yo sé que ahora las cosas van más rápido. Antes tenías que esperar hasta los veinte para tener suficientes decisiones que tomar en tu vida para comenzar a aterrorizarte. Pero ahora hay muchas cosas para que compres, y tantas formas de pasar tu tiempo, y tantas especialidades que necesitas para empezar muy temprano en tu vida, como el ballet, cierto, Quinn, ¿cuándo empezaste con el ballet?
—A los cuatro años.
—Bien. Yo empecé con el Tae Bo a los seis. Así que hay como, mucha gente enfocándose en el éxito y muchas universidades a las que se supone tienes que entrar, y muchas mujeres con las que se supone tienes sexo...
—Vas a asustarlos —dice Johnny al otro lado del salón.
— ¿Estamos hablando contigo? —pregunta Humble.
—Eh, trágate tu sal.
— ¿Qué, chico duro? Qué tal si te arranco la cabeza, te gustaría eso...
—Chicos —Quinn se levanta y quita su cabello de sus mejillas, las cuales están rojas además de estar cortadas. Todos hacen silencio.
—Así que ahora —continúo—, en lugar de una crisis de un cuarto de vida ellos tienen una crisis de un quinto de vida, que es cuando tienes dieciocho, y una crisis de un sexto de vida, que es cuando tienes catorce. Yo creo que eso es lo que mucha gente tiene.
—Lo que tú tienes.
—No sólo yo. Es el... eh... ¿debería seguir?
—Sí —dice Quinn.
—Bueno, hay mucha gente que hace mucho dinero en las crisis de un quinto y un sexto de vida. De repente ellos tienen una tonelada de consumidores con miedo fuera de sí y dispuestos a comprar crema facial, pantalones vaqueros de diseñador, cursos de preparación para la prueba de admisión, condones, autos, motos scooteres, libros de superación personal, relojes, billeteras, valores, lo que sea... todo la mierda que los de veinte y tantos suelen comprar, ahora ellos tienen a los de diez y algo comprando. ¡Ellos doblaron su mercado!
Santana ha puesto una silla a la par mía. —Esta chica es una jodida lunática —dice ella.
—Espero que la dejen aquí —dice Humble.
—Demasiado pronto —Sigo pensando—. Habrán crisis de un séptimo y un octavo de vida. Después eventualmente un bebé nacerá y los médicos le mirarán y se preguntarán inmediatamente si estará bien equipado para lidiar con el mundo; si deciden que no se ve feliz, le darán antidepresivos, iniciándolo en ese camino del consumidor.
—Hmmmmm —dice Humble. Creo que él va a seguir con algo, pero en lugar de eso dice: —Hmmmmm.
Luego:
—Tu problema es que tienes una vista del mundo totalmente formada en base a la depresión —Se reclina— ¿Qué hay de la ira?
—Yo nunca tuve mucha ira.
— ¿Por qué?
—Hay más enojo dentro de mi cabeza que fuera de ella.
— ¡Galletas extra!
Es una de las enfermeras. Todos nos ponemos en fila; es de avena y mantequilla de maní. Mientras yo me muevo hacia adelante Quinn me codea desde atrás; cuando me volteo hacia ella, quita su cara como si yo estuviera tratando de besarla pero no me dejara.
—Eres problemática —le digo.
—Eres una tonta —contesta.
Lo logré. Hablé y le gusté a ella; ella pensó que soy inteligente. Empiezo a desarrollar un plan. Una vez que tengo mis galletas, voy al teléfono para llamar a papá, quien va a traer Blade II mañana en la noche. Quiero que traiga algo más también.
