Disclaimer: La historia no nos pertenece, los personajes son de S. Meyer y la trama de LyricalKris, solo nos adjudicamos la traducción.


My Biggest Mistake, My Greatest Salvation

By: LyricalKris

Traducción: Rosie Rodriguez

Beta: Yanina Barboza


Capítulo 29: El lado más brillante.

Cuando sus pensamientos se volvieron más coherentes, la primera cosa que Bella pensó fue que era segurísimo que un camión Mack la había atropellado… con picos en el parachoques. Decir que estaba adolorida era una gran mentira.

Recordaba haber sido golpeada por Alec. Esto dolía más que eso. ¿Qué le había hecho ahora? ¿Qué…?

No. Alec estaba muerto. Recordaba su peligroso entrecejo fruncido mientras corría hacia ella, recordaba el golpe del arma mientras la apuntaba y disparaba y recordaba cómo su cuerpo se había sacudido hacia atrás antes de caer en una pila.

Su mirada ciega, la sangre brotando de la herida en el centro de su frente… era una imagen que la perseguiría por siempre. Pero de alguna manera, había sacado el móvil del bolsillo de él. Sus manos temblaban tanto que el aparato se le cayó tres veces antes de que fuese capaz de marcar.

Edward. Edward. Edward.

Y luego él respondió.

Y antes de que supiera, la adrenalina fluyendo por sus venas desapareció. Se dio cuenta de un fuerte dolor que se hacía cada vez peor a medida que los segundos pasaban hasta el punto de que sintió como si la estuvieran abriendo de adentro hacia afuera.

Los paramédicos llegaron. La voz de Edward ya no estaba y ellos le hacían preguntas. En realidad solo recordaba pequeñas cosas. Se escuchó el fuerte sonido de la sirena de la ambulancia. Una máscara de oxígeno fue puesta en su rostro y el médico le explicó que la iban a anestesiar tan pronto como llegaran al hospital.

—Es muy pronto —protestó, terriblemente asustada y confundida.

Muy pronto. Todavía le quedaban siete semanas más. La bebé tenía fecha para nacer al final de enero, comienzos de febrero. Todavía ni siquiera era Navidad.

Su bebé. ¿Qué había sucedido con su bebé?

Pero luego recordó la voz de Edward tranquilizándola, relajándola, diciéndole que su bebé estaba sana y que él la había visto.

De repente Bella estaba desesperada por abrir los ojos.

—¿Cariño? —dijo alguien a la vez que otro decía:

—¿Bella?

Esme y su madre. Bella dejó que sus ojos se enfocaran, encontrándolas. Miró a Carlisle detrás de ellas y cuando él se dio cuenta de que ella lo miraba, le sonrió con su gentil sonrisa. Pero dónde…

Bella intentó mover su mano pero la encontró sostenida. Movió su cabeza un poco y se relajó un poco más cuando observó a Edward sentado a un lado de su cama, su mano envuelta firmemente alrededor de la de ella, su cabeza hacia un lado mientras dormía.

—Finalmente se durmió hace como veinte minutos —explicó Esme, en un susurro.

Bella lamió sus labios, intentando conseguir su voz. Intentó sentarse un poco, lo que logró hacerla gemir cuando el repentino movimiento hizo doler sus entrañas.

—Ouch. Espera un momento, cielo. Hay un botón en la cama. Eso ayudará.

—Mamá —murmuró Bella con voz ronca.

Su madre le sonrió tristemente, colocando su mano sobre su mejilla.

—Oh, cariño. Lo lamento.

Bella tragó. Su boca estaba tan seca.

—¿Por qué?

Renée se veía tan culpable.

—Bueno, hablaremos de eso cuando te sientas un poco mejor.

Confundida, Bella era fácil de asustar. ¿Por qué su madre lo sentía? Tanto ella como Esme habían estado llorando, era obvio debido a sus ojos rojos con mascara corrida. La respiración de Bella se aceleró, enviando dolor a través de ella.

—¿Bebé? ¿Mi bebé? ¿Está Riley…?

—Shh… shh, Bella. Cálmate. Cálmate, cariño. —Esme la estaba empujando, tratando de recostarla—. Riley está bien, dulzura. Muy bien.

Los dedos alrededor de su mano se apretaron y el sonido de la rasposa voz de Edward diciendo su nombre hizo maravillas para calmar el pánico en Bella. Ella lo miró, aún sintiéndose alterada, justo cuando Edward se inclinó, sus ojos nublados con sueño pero también con preocupación.

—Quiero ver a mi bebé —susurró Bella lastimeramente.

—Lo sé, cariño. Pronto, ¿de acuerdo? Muy pronto. Pero ahora, necesitas recuperarte un poco. —Él le acarició la frente con los dedos.

—Escucha, Bella —intervino Renée—. Las enfermeras trajeron esto hace unos minutos, ¿ves? Esta es Riley. —Le tendió a Bella una foto instantánea.

Las manos de Bella estaban temblando, así que fue Edward quien tomó la foto de las manos de su suegra, acercándosela a Bella para que pudiera verla.

Por unos tensos segundos, Bella apenas pudo respirar mientras veía la imagen frente a ella. Riley era aterradoramente pequeña, empequeñecida por la cama en donde estaba y los cables que la adornaban. Pero por todo lo sagrado, ella era hermosa.

El amor que entonces Bella sintió fue insondable, infinito. Eran todas las emociones a la vez, porque sentía todo a la vez. Se sentía horriblemente culpable por no poder permanecer el tiempo suficiente embarazada. Riley era tan delgada, flacucha. Se sentía poderosa la absoluta necesidad de proteger a aquella pequeña e inocente bebé, su bebé, era tan maravilloso, sentía que podría con cualquiera que amenazara a Riley. Estaba maravillada y molesta, profundamente feliz e intensamente asustada.

Estaba jadeando por la fuerza de sus sollozos que la destrozaban, y aunque sabía que su cuerpo estaba protestando, apenas registró el dolor.

—Shhh, Bella. Está bien. Ella estará bien. Es perfecta, cariño. En serio —murmuró Edward en su oído, su brazo envolviendo sus hombros y su mano libre gentilmente sosteniendo su mejilla.

—Ella… ella… Es como un pajarito —murmuró Bella con voz rota.

—Eso es exactamente lo que yo dije.

El tono de su voz capturó la atención de Bella. A pesar de que todavía no estaba lista para dejar de mirar la imagen, le echó un vistazo a él. Lo que vio escrito en todo su rostro la hizo inmediatamente respirar más fácil.

Después del horror al cual Alec la había sometido, Bella había sido forzada a enfrentar la realidad que había estado intentado olvidar. Edward no era el padre biológico de Riley. Ahora, mirando a su bebé, Bella podía notar las cosas que eran de ella o de su familia. Ella se veía a sí misma en la forma de los labios de la bebé y en la nariz, y en la manera en que sus orejas era un poco grandes en comparación con el resto de su cuerpo.

Pero también podía ver a Alec. Veía las afiladas formas de sus pómulos en miniatura, y la poca presencia de cabello en la cabeza de Riley era del mismo tono oscuro que el de él.

Justo antes de mirarlo, Bella se preguntó si Edward se sentiría diferente a como decía sentirse. Se preguntaba si se sentiría desconectado porque él nunca sería capaz de verse a sí mismo en Riley. Biológicamente, ella nunca podría ser de él. Ella no era un producto del amor que él y Bella compartían.

Pero todo lo que Bella veía en su rostro, oía en su voz, era reverencia. Adoración. Amor. Ella sabía que su peor temor no tenía sentido.

Edward no miraba a la bebé y veía a Alec. Él solo veía a su hija.

—Se siente como un pajarito también. Tan cálida, pero apenas pesa —continuó Edward, escuchándose completamente embelesado mientras que con sus dedos tocaba la fotografía.

—¿La sostuviste? —Instantáneamente Bella estaba celosa—. ¿Ya todo el mundo la ha visto menos yo? —se quejó. No podía evitarlo.

—En realidad, Edward es el único que la ha visto —intervino Carlisle.

Edward parecía apenado.

—No pueden verla a menos que uno de nosotros esté con ellos —explicó.

—Y no puedo, eh, viajar aún —refunfuñó ella.

—¡Oh! Acabo de recordar. La enfermera dijo que podía llamar a una de sus colegas del área neonatal cuando te despertaras. Ella te dirá sobre Riley. —Renée sonrió infundiéndole valor.

Apurada, Bella miró alrededor, tratando de ver dónde estaba el teléfono. Edward ya estaba en eso. Marcó la extensión que Renée le indicó y se recostó con su cabeza contra la de ella para que ambos pudieran oír.

Kate se presentó a sí misma y animadamente les contó lo maravilloso que lo estaba haciendo Riley. Respiraba bien por sí sola. Había descubierto y controlado el arte de succionar cuando papi la había alimentado, lo cual Kate aseguró que era un gran logro.

—¿La alimentaste? —le preguntó Bella a Edward, mirándolo acusatoriamente.

La sonrisa de él fue pícara.

Kate continuó diciéndole cómo había sido un pequeño problema mantener la temperatura de Riley regulada, pero les aseguró que eso era común. Culminó con unas estadísticas acerca de lo mucho que Riley podía beber y cuán seguido, comentando que una vez que Bella fuera capaz de bajar y alimentarla, podría considerar amamantarla si era algo en lo que estaba interesada. Kate explicó que había varias opciones. Incluso le podían conseguir un sacaleches si era una mejor opción. Solo necesitaban asegurarse de que la anestesia ya no estuviera en su sistema.

A pesar de que el corazón de Bella dolía, ella deseaba tanto ver a su bebé con sus propios ojos, se sintió infinitamente mejor una vez que terminó de hablar con Kate. Mantuvo la foto de Riley sobre su regazo, mirándola fijamente sin pestañear mientras ponía el resto de sus pensamientos en orden.

Ahora que sabía que la bebé estaba sana, sus prioridades cambiaban un poco. Un frío temblor le recorrió la espalda.

—¿Edward? —susurró.

Escuchando la angustia en su voz, Edward sostuvo rápido su mano.

—¿Qué sucede?

—¿Qué tan… qué tan grande es en el problema en el cual estoy? —Había matado a alguien.

Por Dios, había asesinado a un policía.

El rostro sin vida de Alec apareció en su mente, y Bella respingó.

—Lo maté…

—Bueno, por supuesto que lo hiciste —dijo Esme. No había desaprobación en su voz, para nada, solo… ¿orgullo?

Edward apretó su mano.

—Estará bien. La policía… tiene preguntas. —Podía escuchar el filo de furia en su voz, pero estaba tratando de mantenerla serena—. Pero no te van a molestar hasta que estés lista.

—Fui tan estúpida. —Sintió calientes lágrimas en sus mejillas pero no podía sentirse avergonzada. Estaba demasiado apenada para estar avergonzada—. É-É-Él iba a… y le dije. Le dije sobre…

Su voz se desvaneció, mirando alrededor de su habitación a su madre, Esme y Carlisle.

—No tienes que hablar de esto en estos momentos —dijo Edward en voz baja—. Por favor, no estés molesta, Bella. Todos entienden. La policía… solo necesita investigar, ¿de acuerdo? Tienen fotos de todo… —Se calló, tragando fuerte, y Bella pudo ver el dolor y la furia en sus ojos—. Tomaron fotos de los moretones. Haría falta un completo idiota para pensar que hiciste esto por gusto en vez de por defensa propia.

—Pensé que me iba a matar. —Su voz apenas era un respiro—. O a Riley, no podía dejarlo, Edward. No podía.

—Está bien. Vas a estar bien. No te preocupes por nada, cielo. Traeré a mi abogado para acá, por si acaso. Todo va a estar bien.

—Bueno, de hecho… —Carlisle se escuchaba raramente avergonzado y eso capturó la atención de ellos. Hizo una mueca—. Uno de los mejores abogados de Nevada está aquí, en el vestíbulo, esperando para hablar contigo, Edward.

Antes de que pudieran decir algo al respecto una enfermera apareció, necesitando revisar a Bella.

—Voy a hablar con este abogado, ¿de acuerdo? —preguntó Edward en voz baja—. No estaré muy lejos.

Bella asintió. El dolor se estaba volviendo más insistente. En verdad esperaba que la enfermera tuviera algo que la ayudara.

Edward dejó un suave beso en su frente.

—Te amo mucho, Bella.

—También te amo —dijo ella con un suspiro, confiando en él para ayudarla, para mantenerla a salvo.

...

Edward estaba reticente a salir de la habitación de Bella, pero tenía otras responsabilidades. Ya se estaba maldiciendo a sí mismo por dormirse sin pensar en llamar a su abogado.

Cruzando sus brazos, miró a su padre. Por un momento, era como si sus roles hubieran sido cambiados. Carlisle se parecía un poco más al niño mientras se removía y Edward se parecía al padre esperando por una confesión.

—Tu abuelo voló hacia Las Vegas justo en el momento en que encontramos a Bella —admitió finalmente Carlisle—. Ha estado en el vestíbulo por horas.

—¿Qué quiere? —Tan cansado como estaba Edward, sus emociones parecían venir solo en casos extremos. La idea de tener que lidiar con su abuelo, o aun peor, Bella tener que lidiar con su abuelo, lo ponía profundamente furioso—. ¿Le dijiste?

—No. Tu madre llamó a Felix para dejarle saber que no te molestara con trabajo. Eso fue en algún momento ayer en la noche. Nadie le dijo que viniera. Él solo… apareció. —Tocó el brazo de Edward—. Si de algo sirve, está… diferente de lo normal. Parecía genuinamente preocupado. Ni siquiera intentó verte o a Bella, pero me dijo hace veinte minutos acerca del abogado. Aunque, no estoy completamente seguro cómo supo que necesitaríamos uno.

Edward gruñó.

—Bueno, no es impropio del abuelo asumir que un abogado será necesitado ante cualquier situación. —Frotó sus ojos con cansancio. La mayor parte de él quería decirle a su abuelo que se fuera directo al infierno, pero estaba el problema con la policía. Si decidieran, por cualquier ilógica razón, culpar a Bella por la muerte de Alec…

Bueno, no confiaba en ellos para que no lo hicieran.

—Bien. Hablaré con él.

Carlisle asintió.

—Iré contigo.

Edward estaba a punto de protestar, pero rápidamente se contuvo, recordándose a sí mismo de nuevo que no estaba solo.

—Gracias.

...

Bajo otras circunstancias, teniendo al abuelo acercándose a él en una reunión familiar o incluso en una función de la empresa, Edward probablemente le habría permitido guardar las apariencias. Él era un viejo orgulloso, y solo el hecho de que estuviera allí, no demandando ser visto sino esperando pacientemente, decía muchas cosas. Algo había cambiado, Edward lo podía ver en el rostro del hombre. Si hubiera sido cualquier otro día, con tal de ser más educado con su familia, Edward tal vez se hubiera inclinado a dejar que el anciano pretendiera que su pelea nunca había sucedido.

Pero Edward no se estaba sintiendo generoso. Estaba a la defensiva y sediento por sangre. Bella se había hecho cargo de Alec. Edward necesitaba otro blanco.

Así que después de que el abuelo Cullen presentó a la abogada, Carmen Rivera, le dedicó una fulminante mirada al anciano.

—¿Puedo hablar con usted un momento en privado?

El abuelo parecía descontento pero asintió.

—¿Por qué está haciendo esto? —preguntó Edward francamente, sus brazos cruzados y su postura cerrada.

—No estoy seguro por…

—Con todo respeto, señor, necesito que sea honesto conmigo. Por el bien de mi esposa, agradezco el gesto, pero no lo aceptaré si viene con estipulaciones.

Los labios de Edward I se torcieron hacia abajo.

—Dramático como siempre —musitó. Edward se preparó para girarse, pero la mano de su abuelo en su codo lo detuvo—. Pero —prosiguió el anciano, su tono más gentil—, dadas las circunstancias, quién podría culparte. ¿Cómo está tu esposa, Edward?

Edward miró al anciano con cautela. Su abuelo suspiró.

—Las palabras de tu padres… Bueno. Digamos que algunas veces he tenido que… reevaluar las bases de mis creencias. —Era obvio que el hombre estaba incómodo, irritado—. Genuinamente, solo quiero ayudar. Ella es tu esposa. Cualquier problema… eh… legal que tenga, me gustaría hacer ese proceso más fácil. Por ambos.

Edward miró a su abuelo queriendo tanto creerle, pero habían sido tantas las decepciones.

—Primero quiero que entienda algo. Bella es mi esposa, honesta y realmente. La amo. Riley es nuestra hija. Mi hija. —Se detuvo, dejando que las palabras fueran entendidas—. Dicho eso, creo que es justo que sepa que… biológicamente, el hombre a quien Bella le disparó en defensa propia era el padre de la bebé.

El anciano no se veía para nada contento, pero se limitó a asentir ligeramente.

—Bueno, estoy seguro que esa información le será de más utilidad a la señorita Ivanova.

Los dos hombres se quedaron de pie en un denso silencio. Tragando grueso, Edward asintió.

—Gracias —se limitó a decir.

—Nunca me dijiste cómo estaba tu esposa. Y el bebé. ¿Cómo dijiste que era el nombre del bebé?

Ella se llama Riley.

...

Bella sorprendió a todos al hablar con los policías tan pronto como se sintió un poco mejor.

Así que su habitación del hospital estaba vacía de todos sus visitantes con la excepción de Edward, Carmen y dos oficiales de la policía. Edward sostuvo su mano y fulminó a los policías con la mirada. Tan nerviosa como estaba, Bella sabía que era importante decir la historia tan rápido como fuera posible, especialmente debido a quienes involucraba.

—Queremos aclarar que esto es solo una parte del procedimiento estándar de la investigación —comenzó el primer oficial—. En este momento, no es una sospechosa. Ningún cargo está en su contra. ¿Entiende?

Bella asintió.

—Sí.

Edward apretó su mano fuertemente.

—¿Puede decir su nombre completo para la grabación, por favor?

—Bella Marie Cullen. Anteriormente Isabella Marie Swan.

Respondiendo las preguntas de los policías, Bella comenzó a contar la historia. Ellos comenzaron a desviarse rápidamente cuando ella detalló la participación de James, cómo lo conoció, su participación con Alec. Uno de ellos intervino diciendo que James era una persona de interés con el cual necesitaban hablar tan pronto como fuese posible.

—No entiendo por qué no reportó a James como uno de los que la atacó.

—Oficial Goff —dijo Carmen a manera de advertencia—. Como dijo, la señora Cullen no es sospechosa, no necesita justificar sus acciones.

El oficial carraspeó y continuó con la siguiente pregunta.

La garganta de Bella se cerró mientras decía el trato de Alec con ella. Edward acarició sus nudillos con su pulgar, pero ella podía sentir la tensión de su cuerpo. Ella odiaba que él tuviera que escuchar aquello, pero sentía que no podría hacerlo sin él a su lado. Se sentía peligrosamente cerca de derrumbarse.

Cuando llegó al punto del ataque de Alec, el intento de hacerla "arreglar las cosas" para él, Bella no pudo hablar más. Se sentía repugnante y avergonzada, al confesarles a esas personas, a su esposo, que ella había besado a Alec y le había dicho que estaba asustada de Edward. Pero cuando llegó al punto donde Alec la forzó contra el mostrador, perdió su voz por completo.

Sosteniendo su mano, Edward se inclinó hacia adelante, sus labios en su oreja, su nariz enterrándose en su cabello.

—Está bien. Bella, eres tan valiente. Estoy orgulloso de ti. Si necesitas parar solo di la palabra y esto termina ahora.

Bella sacudió su cabeza, respirando profundamente. Su cuerpo se sentía frío a excepción de la mano que él sostenía, ella se estremeció. Quería estar de vuelta en Chicago, debajo de sus cobijas, acurrucada contra él con Riley aún segura dentro de su barriga.

—Quiero terminar con esto —murmuró. Su voz extrañamente chillona y fina.

Con palabras vacilantes, describió el asalto y cómo lo detuvo. Cómo él la empujó y ella se golpeó el costado contra la pared, lo cual sin duda había causado el desprendimiento que había sufrido.

Cómo corrió por el arma y disparó mientras él corría hacia ella.

Bella no pudo contener más las lágrimas. Mientras perdía la compostura, Edward estaba allí, sentando en el borde de la cama, cuidadosamente envolviéndola en sus brazos.

—Hemos terminado —dijo él, su voz sonando con carácter definitivo. Bella podía adivinar que esas palabras eran dirigidas a los oficiales.

—Sí, señor. —El oficial Gooff se escuchó distintivamente triste—. Los dejaremos solos.

Bella oyó pisadas y luego la habitación estuvo en silencio. Edward la mecía suavemente, acariciando su cabello y ocasionalmente dejando besos en su coronilla.

En su cabeza una diapositiva de imágenes continuaban atacándola. El rostro de Alec, intimidante y muy cerca de ella. Él de pie sobre ella, cinturón en mano. La manera en cómo se veía cuando vio su reflejo en el espejo la noche anterior. Sus ojos sin vida mientras ella buscaba por su móvil y luego por las llaves de la casa. Su bebé. Su pajarito, frágil y relativamente lejos.

Para el momento en que se había tranquilizado, Bella estaba física y mentalmente exhausta.

—Deberías dormir, cariño. Te lo mereces —la animó Edward.

Bella sacudió la cabeza.

—No. Quiero a mi bebé. Necesito verla.

Por un minuto, parecía como si Edward fuera a discutir. Él debió haber visto la expresión en su rostro, porque se limitó a asentir solemnemente inclinándose para presionar el botón de llamada.

La enfermera la había hecho levantarse unos minutos antes, así no le dolería tanto cuando el camillero viniera con la silla de ruedas. Bella se encontró a sí misma retorciendo las manos de manera irregular mientras se acercaban más a la UCIN. Su corazón estaba latiendo fuerte. Estaba muy nerviosa por conocer a su hija.

—Ya casi, cielo —la tranquilizó Edward, acariciando su brazo a la vez que caminaba a su lado.

Allí estaba la primera terrorífica señal de la UCIN, tantas máquinas y suministros, todas diseñadas para mantener a las más pequeñas de las vidas con vida. Le enseñaron cómo colocarse el vestuario y Bella prestó bastante atención queriendo, necesitando hacer todo bien. Ya lo había estropeado lo suficiente. Era su culpa que Riley estuviera allí, su vida en un estado más frágil que el de la mayoría de los recién nacidos. Bella le iba a dar cada oportunidad que pudiera de crecer bien.

—Está justo a tiempo para la cena —dijo la enfermera amigablemente—. Tendremos que discutir el amamantar después. Por ahora, un biberón. ¿Le gustaría alimentarla, señora Cullen?

El sí de Bella fue tan bajo, casi inaudible. Aclaró su garganta, sus ojos fijos en la pequeña y perfecta criatura no muy lejos en la incubadora.

—Sí —dijo otra vez, y aunque estaba desesperada por sostener a su bebé en brazos, también estaba asustada.

Riley era tan insoportablemente pequeña. ¿Qué si Bella la lastimaba?

La culpa, el miedo, nada de eso importó cuando la bebé finalmente estuvo apoyada, cálida y perfecta, contra ella. La foto no le había hecho justicia. No había manera de que una imagen congelada pudiera adecuadamente representar el pequeño ser en sus brazos. Sus facciones, todas sus imposibles diminutas partes y pedazos, estaban tan intricadamente talladas. Era una obra maestra: hermosa y real. Sí, sus facciones estaban demacradas, su huesudo cuerpo enfermizo de ver, pero su piel era rosa y fresca. Cuando Bella rozó su palma con uno de sus dedos, Riley apretó, el agarre apenas allí pero aun así se notaba.

Eso tenía que significar algo.

—Hola, pajarito. Soy tu mami —susurró. Sabía que estaba llorando, podía sentir las cálidas lágrimas en sus mejillas—. Te amo, pequeña. Te amo tanto.

Hubo un tiempo, cuando su mundo estaba de cabeza e irreconocible, que Bella temió nunca amar la vida que llevaba dentro. Sí, su instinto era protegerla, a este inocente ser que ella había creado, pero la protección y el amor no eran la misma cosa. E incluso en ese entonces Bella sabía que Riley merecía todo el amor en el mundo.

Qué diferentes eran las cosas ahora.

La emoción, abundante con absoluta devoción y amor incondicional, que sentía por su hija era diferente a cualquier cosa que ella se imaginaba que existiera. Era un universo infinito y tan físicamente parte de ella como sus propias extremidades.

Sintió la mano de Edward apoyarse en su hombro y alzó la mirada solo lo suficiente para sonreírle abiertamente, feliz más allá de lo imposible. Su sonrisa de respuesta fue hermosa, sus ojos iluminados y el amor obvio en ellos.

—Mis chicas hermosas —murmuró, inclinándose para besar su frente. Mientras Riley envolvía sus labios alrededor de la tetina de su biberón, acarició con la yema de sus dedos su brazo.

—Mi familia —murmuró Bella de vuelta.