Disclaimer: Frozen es de Disney y sus asociados.

Gracias a A Frozen Fan, Allison TKM628, erika maria y Lollipop87 por sus reviews en el capítulo anterior. Sois en verdad geniales, muchas gracias.


29.

Cuenta la leyenda que un espejo mágico se rompió en cientos de trocitos. Un pedazo de ese espejo cayó en el ojo de un niño, y otro se quedó en su corazón. Ese mismo niño, tenía una amiga, que emprendió un viaje para salvar a su amigo de los encantos de una Reina de las Nieves.

Más sin embargo, la verdadera historia es ligeramente diferente.

Es cierto que la chica salvó a su amigo de la Reina de las Nieves. Pero nadie sabe, que esa chica, era la desaparecida hermana de la mismísima majestad.


Gran Pabbie miraba sin ver.

Le rodeaban el lago encalma, el silencio de los árboles, y las miradas curiosas de sus compañeros. Pero él no les prestaba atención.

Su mente estaba lejos, muy lejos de allí. Concretamente en unos treinta años atrás. En ese entonces era el consejero mayor de su majestad La Reina de Hielo, y había sido testigo silencioso de lo que había sucedido. Sin poder evitarlo. Gran Pabbie lanzó un hondo suspiro.

—¿Qué te preocupa?—preguntó Bulda.

Ella era la única que se atrevía a interrumpirlo cuando estaba sumido en una de sus profundas meditaciones.

—Todo este asunto…

—¿Te hace recordar?

—Sí. Nuevamente una reina está desaparecida.

—Pero las circunstancias son diferentes, ¿no? Así que no hay manera de que pase lo mismo, ¿no?

—Eso espero… Eso espero.


Hans notó varias cosas al despertarse. La primera era que le dolía todo el cuerpo, como si le hubieran propinado una fuerte paliza. La segunda era que no sabía dónde rayos se encontraba. ¿Seguía en la región encantada? ¿Habían llegado a Arendelle? ¿Por qué no podía recordarlo? Recordaba el sabor de los labios de Elsa, su calor, el modo perfecto en que el cuerpo femenino se amoldaba al suyo. Luego el maldito de Kristtof interrumpiéndolos. Cabalgando por las oscuras sendas de esa región encantada, todos metidos en sus pensamientos… Y luego nada. ¡Puf! Como si se hubiera desaparecido todo de repente.

Hans se incorporó lentamente. Estaba rodeado de los hombres de Kristtof, y estaban dormidos o quizás inconscientes, no es que le importara demasiado. Lentamente se levantó del suelo, mirando a su alrededor. Elsa no estaba. Era fácil deducirlo, no estaba su cabellera platinada, siempre recogida en una trenza, ni sus ojos azules siguiéndolo allá donde fuera, pero más importante aún, no estaba la presencia de Elsa, siempre imponente y adictiva.

Hans sintió un profundo vacío en su interior y tuvo que apoyarse en un árbol para no dar de bruces contra el suelo. Nunca se había puesto a pensar cómo sería un mundo en el que Elsa no estuviese. Incluso cuando estaba lejos, preparando su venganza, estaba haciendo sus planes pensando en Elsa, en lo que haría con ella. Y estas semanas con Elsa habían sido como un paraíso, como estar en un Valhalla constante. La había conocido en profundidad, la quería, se había vuelto en un adicto a Elsa. La necesitaba, y la necesita en estos momentos.

¿Dónde estás, Elsa?


Anna lo había temido desde hace semanas, pero haberlo pensado no era lo mismo que aceptarlo. Sus lágrimas de impotencia recorrían sus mejillas y ella intentaba limpiarlas a manotazos de furia.

¡Maldito Hans! ¡Maldito imbécil pelirrojo que no cesaba de lastimar a su familia! ¡Maldito…!

—No llores, Anna...

—Oh, Olaf…

Estaba viendo a su gran amigo irse, sin posibilidad de hacer nada. Sin posibilidad se salvarlo. Olaf se moría, se derretía, sin su nube de hielo sobre su cabeza, sin Elsa para salvar la situación, y Anna sólo podía llorar. Suplicar a Odín porque fuera un sueño, una pesadilla, porque despertara y todo fuera mentira. Pero sabía instintivamente que esta era la dolorosa y cruel realidad.

¿Dónde estás, Elsa? ¿Por qué no la has traído Kristtof?


Afuera de la Sala de Trono había bullicio. Alegría. Vivas. Unas y otras se felicitaban por el éxito de la misión. Una batalla ganada fácilmente, sin ninguna oposición. Había sido tan fácil que parecían ridículas las dudas que algunas habían albergado.

Adentro de la Sala no se oía nada. El silencio era casi opresivo. Pero a la figura que estaba sentada en su trono, no parecía importarle. Tenía la cabeza gacha, la mejilla posada sobre sus manos, y los ojos fuertemente cerrados. Su mente había viajado treinta años en el tiempo. Aún los recuerdos eran dolorosos: la traición, la humillación, el dolor de saberse abandonada, y el despojo que habían hecho de lo que más amaba…

Sacudió la cabeza para alejar los terribles fantasmas. El ahora. Debo concentrarme en el ahora.

Ahora ella está en casa. Donde siempre debió estar. De donde nunca debieron arrancarla


Hans no supo cuánto tiempo estuvo apoyado contra el árbol. Pudieron trascurrir minutos u horas. No importaba. No había cambio. Los hombres seguían inmóviles, quietos en el mismo lugar donde los había visto por primera vez. El pelirrojo se pasó la mano por la frente. No es que le importara, pero aquella inmovilidad no parecía normal. Su atención se concentró en la figura del Kristtof. Ni siquiera podía ver su pecho subir y bajar. Hans no se atrevía acercárseles para medir su pulso. ¿Y si le sucedía algo parecido? ¿Y si ellos… si ellos estaban muertos?

Impulsivamente, Hans golpeó la corteza del árbol. El dolor hizo que aguantara un quejido, pero no le importa. Indiferente, contempló su mano enrojecida. No podía hacer nada por esos hombres. Pero estaba seguro que para Elsa sí había una oportunidad. Elsa no podía… No, Elsa tenía que estar viva. Otro escenario era impensable. Imposible. Elsa debía… debía estar viva.

El relincho de un caballo lo sacó de sus sombríos pensamientos. Hans volteó a mirarlo. Es el caballo de Elsa. Hans se acordó de algo más: el equino había soltado su preciada carga y había huido a toda galope, dejando a Elsa sola y a merced de los que sea que hayan conjurado esas columnas de hielo. Por un segundo, Hans se planteó la oportunidad de vengarse del caballo. Pero luego desechó ese plan. Si el caballo no hubiera huido, ahora mismo tendría dificultades para trasladarse, para dejar ese escenario de pesadilla, porque todos los caballos habían desaparecido.

Hans se acercó al equino. Sus grandes ojos parecieron contemplarlo con atención. Luego inclinó la cabeza, como si diera su permiso para permitirle subir a su silla. Hans montó y tomó las riendas.

Te encontraré, Elsa. Te encontraré aunque sea lo último que haga.


Notas de la autora:

Hola queridas amantes del Helsa! Lo sé, lo sé, este capítulo está bastante corto, pero ea, ¿qué es de la vida sin un poco de intriga? ¿Y quién quiere saber qué pasó treinta años atrás?

Dejen sus comentarios e impresiones!