¡Hola a todos! ¡¿Cómo han estado?! ¡Espero que super bien! Por fin he vuelto con un capítulo sin que pasen tres meses desde el último... ¬¬ No se porque tendría que sentirme feliz de decir esto...
Pero bueno, cosas que suceden. Quería agradecerle el comentario a soeandrea.
Quería comentarles que éste capítulo será bastante largo, de hecho es el más largo que he subido en este fic. Por eso les recomendaría buscar algo de comida o bebida y ponerse cómodos.
Sin más que decir, aquí se los dejo:
Los ojos de Nami se abrieron y se posaron en el morocho. Pese a tener la nariz más deshinchada, todavía se podía ver el gran golpe que se había dado. La herida de su pecho estaba cubierta con una remera y una campera holgadas. Se había dado una ducha. El olor a humo de su cabello y las cenizas del rostro habían desaparecido.
Luffy se acercó con una sonrisa y contempló el gran tren que estaban a punto de abordar.
- Esto es genial - Susurró.
- Oi, Luffy - Sabo se acercó con el ceño fruncido - Se supone que ibas a quedarte aquí -
- ¿Y perderme la mejor parte? - Estaba de buen humor - Ya estoy bien, solo necesitaba dormir un rato -
La pelinaranja cerró las manos en dos puños. ¿Qué demonios significaba eso? ¿Acaso no se daba cuenta de lo que había pasado por sus imprudencias?. Frunció el ceño y se acercó al morocho dando pequeño pasos.
- Nami - Sonrió al verla - Me dijeron que tú… -
- Deberías estar en cama - Clavó su mirada en él.
- Oi, ya dije que… -
Era un idiota, un completo idiota. Alzó su mano y le dio una cachetada en la mejilla. Estaba cansada, solo quería que las cosas salieran bien por una vez en su vida.
- ¡Mira lo que te pasó por andar sin pensar! - Gritó.
Pero ni siquiera le dio tiempo a responder, se giró y subió al vagón de tren antes que alguien pudiera detenerla. Caminó por el pequeño pasillo y se sentó de otro lado. No quería verlo, no quería saber más nada. Posó sus ojos en la ciudad de Nagoya. Las cosas estaban por cambiar, y pronto se definiría el destino de la humanidad. Si lograban conseguir Tokio, todo volvería a ver como antes… ¿Verdad?. Sus manos estaban temblando.
Uno de los vagones del medio estaba dispuesto para aquellos que lideraban aquel batallón. Cuando estuvo todo listo, cada uno tomó posición y el tren comenzó su marcha. Nami respiró profundamente. Hacía tiempo que no estaba en Tokio… Varios meses….
Nami - Un Poco Menos De Dos Años Atrás.
Se enderezó de golpe. Estaba agitada, su cabello sudado y su piernas temblorosas. Abrió sus ojos y notó que se encontraba en su pequeña habitación. La luz se filtraba por la ventana y la alarma no paraba de sonar. Estiró su mano y la apagó desganada. La pesadilla la había perseguido hasta el último segundo de sueño y había estado a punto de soltar un terrible grito. Se quitó el cabello pegajoso de la frente y se puso de pie. La primera ya había llegado y el calor comenzaba a sentirse. Se contempló en el espejo, estaba algo pálida. Posiblemente a causa de que no había dormido bien. Soltó un suspiro y abandonó su habitación para poder desayunar.
Bajó los pequeños peldaños de su casa e ingresó en la cocina. Su hermana mayor, Nojiko, estaba de pie a la cocina. La encontró tostando pan. El jugo de mandarinas ya estaba servido en la mesa. Sonrió.
La televisión estaba prendida. Cuando Nami se sentó, posó sus ojos en la pantalla.
Las autoridades informan que la situación está controlada, sin embargo…
- Nami, ya despertaste - Nojiko volteó con un plato y lo colocó delante de su hermana - Te ves agotada - Frunció el ceño.
- Yo… - Se pasó la mano por la nuca - Tuve una pesadilla -
- Bellemere llamó hoy - Su hermana volvió a voltear y comenzó a lavar los utensilios - Su misión terminó, volverá esta tarde -
- ¡¿De verdad?! - Sonrió.
Desayunaron con el aterrador sueño que la pelinaranja había tenido y se dirigieron a la universidad que compartían en el norte de Tokio. El camino de ida fue como todos los días. Tomaron sus bicicletas y pedalearon hasta la gran entrada. Los coches poblaban la ciudad, la gente caminaba hacia sus trabajos. Otro día normal.
Dejaron sus bicicletas junto a las demás e ingresaron en el establecimiento. Los alumnos caminaba de un lado al otro, subían escaleras o avanzaban por los pasillos. Algunos cargaban libros, otros llevaban sus bolsos. Nami saludó a su hermana en la puerta y se dirigió hacia los casilleros, colocó la contraseña y tomó su libro de física. Volteó hacía el gran pasillo, subió las escaleras repletas de gente y caminó entre los estudiantes de cientas de carreras. Al encontrar su aula, ingresó y se dejó caer en su pupitre. La joven se cruzó de brazos y se recostó. Apenas había dormido y tenía un largo día por delante.
- ¿Has oído lo que dicen de Yokohama? - Oyó que una de sus compañeras le contaba a otra.
- Es una verdadera locura - Susurró otra.
- Oi, oi, oi - La voz de un chico destacó - No crean todo lo que dice la televisión, solo intentan manipularnos -
De repente, el profesor ingresó y todos los alumnos se pusieron de pie para recibirlo. Cuando el hombre asintió, tomaron asiento y comenzaron con la clase. A diferencia de otros días, Nami estaba demasiado cansada para prestar atención. Desvió la mirada hacía la ventana y contempló el hermoso día soleado que había. Y ese día volvería a ver a su madre. Sonrió al pensarlo. Bellemere solía trabajar varios meses seguidos en la marina nacional japonesa y apenas tenía tiempo para poder disfrutar de sus dos hijas. Quizás era por ello que cada vez que la mujer volvía, hacían una especie de fiesta en casa. Estaba segura que su hermana prepararía la mejor tarta de mandarinas, esa receta que solo ella conocía.
La clase terminó como todas las anteriores, aburrida y sin nada interesante para a la hora de la cena. Pero al menos, podía volver a su casa y esperar a su madre con paciencia. Guardó sus libros en su bolso y abandonó el aula antes que se congestionara la salida. Bajó los peldaños de dos en dos y arribó a los casilleros. Luego de dejar sus libros, se encaminó hacia la puerta.
Antes de poder atravesar el umbral, notó que algunos alumnos estaban siendo retenidos dentro de la universidad. Curiosa, se acercó para intentar escuchar. Al ver a la directora general de pie frente a la puerta, frunció el ceño.
- ¿Qué sucede? - Le preguntó a otro alumno que parecía estar allí desde hacía más tiempo.
- Parece que un alumno se ha suicidado - Murmuró concentrado - Quieren que nos quedemos adentro hasta que logren sacar el cuerpo -
- ¿Qué? - La espalda de Nami se erizó.
- ¡Nami! -
La pelinaranja volteó algo consternada.
- ¡Nojiko! - Corrió hasta los brazos de su hermana - Alguien se ha matado, quieren retenernos aquí -
- Lo sé, algo he oído - Comentó sin quitar la mirada de la entrada. Cada vez había más alumnos que se agolpaban en la puerta - Vamos, esperaremos en la biblioteca -
Caminaron por uno de los largos pasillos de la universidad, en contra de la corriente de alumnos que quería volver a sus hogares, e ingresaron en la gran biblioteca. Allí un grupo de alumnos contemplaba por la ventana mientras otros, simplemente, leían algunos libros o realizaban ciertas tareas.
- ¿Por qué demonios tenía que suceder hoy? - Bufó la pelinaranja mientras se dejaba caer en una banca - Justo cuando Bellemere vuelve a casa -
- Algo no anda bien - La hermana mayor se unió al grupo de alumnos que contemplaba hacia afuera.
A través de las rejas que separaban la universidad y la calle, se podía ver un extraño movimiento de personas. Vieron pasar una ambulancia, luego dos, seguidas de una dotación de bomberos. Se podía ver un camino de humo a lo lejos. Nojiko frunció el ceño.
- Quizás comenzó la tercera guerra mundial - Dijo un joven algo pasmado.
- Déjate de chorradas - Le respondió una chica.
- Oi, ¿Creen que el maldito coreano hizo de las suyas? - Preguntó un hombre de lentes que dejó su texto solo para eso.
- ¿Tu crees? - Comentó otro chico que estaba sentado en el suelo con una consola en sus manos.
Nami comenzó a sentirse acalorada. Su pesadilla no la dejaba tranquila. Se acercó a su hermana y la tomó de la mano.
- Nojiko, tengo un mal presentimiento, debemos irnos - Murmuró.
La mayor la contempló por unos segundos y asintió en silencio. Además su madre podría llegar en cualquier momento y tenían que estar en casa para darle la bienvenida. Se dirigieron a la puerta sin soltarse las manos. Tenían miedo, aunque no sabían por qué.
Inesperadamente, comenzaron a escuchar un extraño sonido que se acercaba por el pasillo. Ambas hermanas se detuvieron en seco y contemplaron la ventana de vidrio translúcido que había en la puerta. Todos en la habitación quedaron en silencio y posaron sus ojos en la entrada.
- ¿Qué es…? - Pero antes de que el joven pudiera terminar, alguien lo cayó.
Se quedaron estáticos, escuchando como el extraño se acercaba lentamente. Todos se quedaron sin aliento cuando notaron la silueta de una persona del otro lado del vidrio. Ninguno se movió. Por alguna razón, se sentían desconfiados. Quizás era el instinto, quizás era la incertidumbre.
Cuando la persona siguió de largo, volvieron a respirar. Nami contempló a su hermana por el rabillo del ojo. Hasta Nojiko se había asustado, notó un ligero sudor en la frente de su hermana. ¿Qué demonios estaba pasando?. La idea de una tercera guerra mundial apareció en su mente. ¿Cuán real podría ser eso?. Trago saliva.
- Deberíamos ir a ver quién es - Murmuró un chico.
- No me parece una buena idea - Dijo una mujer de largos cabellos rubios.
- Anda, vamos -
Uno de los menos supersticiosos se encaminó a la puerta y la abrió. Nojiko apretó la mano de su hermana, aprovecharían para irse de allí de una vez por todas. Cuando salieron tras el muchacho, comenzaron a caminar hacía el otro lado. El resto salió lentamente. El valiente se acercó a la extraño y le tomó el hombro.
- Oi ¿Sabes lo que está pasando afuera? -
Cuando el individuo volteó, el hombre soltó un grito. Ambas hermanas voltearon. Casi no podían ver a causa de la multitud que había abandonado la biblioteca, pero Nojiko, que era la mayor y la más alta, divisó como el sujeto tomaba el cuerpo del chico y lo mordía sin piedad. La desesperación invadió a todos los presentes. Los gritos no tardaron en aparecer y la gran estampida se desató. La mayor tomó a Nami con fuerza y comenzó a correr.
- ¿Qué… Qué sucede? - Tartamudeó la pelinaranja, pero no recibió respuesta.
Nojiko aprovechó que todos irían a la entrada principal y se dirigió al patio trasero, allí donde los profesores solían estacionar sus vehículos. Cuando llegaron al coche más cercano, la mayor se apoyó contra un poste de luz y dio grandes bocanadas de aire.
- ¿Qué sucedió allí dentro? - Nami señaló el gran edificio.
- Tenemos que salir de aquí - Desvió la mirada hacia la derecha, luego a la izquierda - Ven, rápido -
Una camioneta blanca que solía llevar a los estudiantes que vivían lejos de la universidad, estaba cargada y lista para partir, cuando Nojiko golpeó la puerta con desesperación. La puerta se abrió y el hombre las contempló en silencio.
- Por favor, necesitamos volver a casa - Comentó casi como súplica.
- Lo siento, estoy lleno - Dijo de mala gana.
- ¡Por favor! - Nami lo contempló algo asustada - Nuestra madre vuelve esta tarde y tenemos que llegar a tiempo -
- Bien… - El hombre hizo rodar los ojos - Arriba, vamos -
Subieron al coche y abandonaron la universidad por una de las puertas laterales. Nojiko se sentó del lado de la ventanilla y contempló la ciudad mientras intentaba averiguar qué estaba pasando. No era normal que una persona muerda a otra, menos que lo hiciera sangrar. Notó que las calles estaban vacías y que la policía recorría la ciudad con sus vehículos.
- Nojiko… - Nami le tomó la mano - ¿Qué está pasando? -
- No tengo idea, Nami - Murmuró.
Se detuvieron en un semáforo. No había nadie, ni un solo coche. El conductor comenzó a sudar frío cuando divisó a una persona que caminaba por el medio de la avenida. Todos los alumnos se pusieron de pie y contemplaron cómo el extraño avanzaba de manera torpe hacia ellos. La pelinaranja se mordió el labio inferior. ¿Por qué demonios se comportaba tan extraño?. La persona los alcanzó antes de que el semáforo cambiara y comenzó a golpear la puerta. Su rostro no era normal, tenía un extraño corte en la frente y su cuello presentaba una mordedura. Sus ojos eran transparentes, estaban idos.
- No abra la puerta - Le ordenó Nojiko con nerviosismo.
- Pero… - El hombre acercó el dedo al botón.
- ¡No lo haga! - Exclamó la mayor - ¡Tenemos que salir de aquí, ahora! -
El hombre le hizo caso y aceleró. Los alumnos se volvieron a sentar. Estaban en un estado de shock, sin saber qué pensar o qué decir. Cuando el vehículo pasó por la cuadra de su casa, ambas hermanas le pidieron que se detuviera y bajaron temerosas. El barrio estaba normal, pero no había nadie en la calle. No sabían si eso era bueno o malo. Ingresaron en su hogar a toda velocidad y cerraron la puerta a sus espaldas.
- ¡Nojiko! ¡Nami! - Bellemere las abrazó con fuerza.
Ambas correspondieron su abrazo. Cuando se separaron, Nojiko notó que su madre estaba llena de lastimaduras en sus manos y que las ventanas había varias tablas que las cubrían. Frunció el ceño.
- ¿Qué está pasando? - Preguntó sin quitarle la mirada.
- Hijas… - La mujer se acercó a la puerta y luego de cerrar con llave, colocó varias trabas - Sé que no van a creerlo - Tomó el control remoto y encendió la televisión.
Las imágenes eran perturbadoras. El título ocupaba media pantalla: La apocalipsis ha comenzado. Extrañas cosas como la que habían visto esa mañana en la universidad y en la calle, corrían por el centro de Tokio atacando y buscando gente viva. Incluso en la repetición de esa mañana, una de esas cosas atacaba a un periodista que estaba intentando cubrir el caso.
- ¿Qué son esas cosas? - Preguntó Nami incrédula.
- Tiene que ser mentira - Rugió Nojiko.
- Escuchen - Bellemere se dejó caer en una silla - El gobierno y los altos cargos de la marina han intentado manejar la situación desde que todo esto comenzó - Murmuró pensativa - Lo mantuvieron en secreto con el objetivo de que no cundiera el pánico, pero… - Bajó la mirada - Llegó un barco desde China y la epidemia llegó aquí -
- ¿Epidemia? - La mayor frunció el ceño - ¿Es una enfermedad? -
- Aún no lo saben, están trabajando en ello - La mujer dejó caer el cuello hacia atrás - Nos dieron la oportunidad de quedarnos en la base o volver con nuestras familias - Tenía la necesidad de fumar un cigarrillo - Claro que tenía que volver con ustedes -
- Vimos cómo un chico mordía a otro, tal y como si quisiera devorarlo - Nojiko seguía desafiante.
- Hija, ¿Alguna vez oíste la palabra zombi? -
Ambas quedaron heladas. ¿Zombi?. Esa palabra solo resonaba en las películas, las series, los libros y los videojuegos. Nami tragó saliva. No podía ser, tenía que ser mentira. Cuando Bellemere posó sus ojos en ella, dio un paso hacia atrás. Entonces… Todo lo que había visto ese día… Se llevó la mano a la frente y recordó su pesadilla. Quizás seguía dormida. ¿Una pesadilla dentro de una pesadilla?. Jamás había oído algo como eso pero… Siempre hay una primera vez para todo.
Salió disparada escaleras arriba y cuando ingresó en su habitación, cerró la puerta. Se apoyó de espaldas a la entrada y respiró profundamente. ¿Alguna vez oíste la palabra zombi?, la frase de su madre no dejaba de retumbar en su cabeza. ¿Cuán probable era?. Avanzó hacia su pequeña estantería y buscó con la mirada un viejo libro que una amiga le había prestado. Cuando lo encontró, tragó saliva. Contempló la tapa en silencio y abrió sus hojas. Trataba sobre un hombre que participaba de un duro rescate frente a una apocalipsis zombi… Pero… esas cosas siempre quedaban en fantasías... ¿Cómo era posible que algo así sucediera en la vida real? ¿Y más en Japón?. Se acercó a la ventana de su cuarto. Incluso estando en un primer piso, su madre había atrincherado la mayoría de las ventanas. Contempló entre dos tablas que la paz reinaba su barrio. Pero era lógico, ellas vivían en una zona residencial, lejos del centro de la ciudad.
Cegada por la curiosidad, Nami se arrimó a su escritorio y encendió el viejo ordenador que su madre había comprado años atrás. Como si su vida dependiera de ello, buscó información y datos que pudieran confirmar la historia de Bellemere. No es que no le creyera, pero estaba tan confundida… Todo era tan irreal que necesitaba más fuentes. Tecleó cualquier palabra que pudiera estar relacionada con el tema y las noticias en todo el mundo comenzaron a surgir.
Sus ojos se abrieron como platos. No era solo en Japón. Estados Unidos, todo América del Sur, Parte del este de Europa, el corazón de África, los países más poblados de Asia. Incluso se habían registrado casos en las Islas de Australia y Nueva Zelanda. Sus manos comenzaron a temblar. Accedió a otro link donde decía que el gobierno de Japón estaba disponiendo todos sus recursos para luchar contra estas cosas pero la situación no iba del todo bien. Los miembros del gobierno habían escapado a un crucero que previamente habían preparado cuando los primeros casas había aparecido en el mundo, y ya no había nadie en la isla que tomara decisiones desde tierra firme.
- No puede ser… -
De golpe, la luz se fue. Nami soltó un grito, no lo esperaba. Se puso de pie y volvió a contemplar el exterior. No había una sola casa en su vecindario que estuviera a oscuras.
- Nami… - La voz de Nojiko la hizo darse vuelta.
- Nojiko, no es solo aquí - Comentó con desesperación - Es en todo el mundo -
- Lo sé - Murmuró con la mirada apenada.
- ¿Qué es lo que vamos a hacer? - Preguntó mientras se dejaba caer en el suelo.
- Por el momento, permanecer aquí - Su hermana avanzó lentamente pero sus ojos se posaron en el viejo libro que estaba sobre la cama. Lo tomó y leyó el título - Nami, Bellemere está aquí - Intentó sonreír y guardó el libro en la estantería - Antes de llegar ha ido por comida, bebida, armas y alguna que otras cosas -
- ¡Pero…! -
- Todo va a estar bien - La mayor se agachó junto a la menor y la abrazó con fuerza - Siempre y cuando estemos las tres juntas -
(...)
A las pocas semanas perdieron la noción del tiempo. Ya no importaba qué hora era, sino si era de noche o de día. Los primeros días solían hablar y divertirse con algún juego de mesa. Pero al cabo de pocos días, ya no sabían que hacer. Comenzaron a refugiarse en sus respectivas habitación y pasaban largas horas leyendo los mismos libros o escribiendo en algún diario.
Nami estaba contemplando viejas fotografías cuando escuchó un extraño sonido proveniente de la puerta de su casa. Se asomó en silencio. Estaba aterrada. Su corazón latía con fuerza y sus piernas estaban temblorosas. Nojiko y Bellemere aparecieron en el pasillo y comenzaron a bajar los peldaños lentamente. Ambas tenían un arma en mano.
¡Nojiko! - Exclamó su madre mientras corría a sostener la puerta.
Los zombis había presionado tanto que el picaporte había comenzado a ceder. Bellemere apoyó su cuerpo contra la madera con el objetivo de hacer presión. La mayor de las hermanas corrió para poder ayudar. Nami bajó algo alterada.
- ¿Qué demonios está pasando? - Hacía tiempo que no tenía tanto miedo.
- Nojiko - Su madre sabía que la cosa no resistiría mucho. El marco de umbral comenzó a agrietarse - Busca en mi bolsillo, están las llaves del auto -
- Pero… -
- ¡Hazlo! - Le ordenó con el ceño fruncido. Cuando su hija revolvió su pantalón y encontró el llavero, agregó - Escucha, deben irse ahora -
- Bellemere, no… - La mayor frunció el ceño.
- Te lo estoy diciendo a ti, Nojiko, porque eres la mayor y sé que eres consciente de que no hay otra opción - Clavó la mirada en su hija. Ponto su cuerpo no aguantaría más presión.
Nojiko asintió en silencio y comenzó a dar pequeños pasos hacia atrás.
- Yo los distraere, abre el garaje y váyanse lejos - Comentó mientras se mordía el labio inferior - Tienen que sobrevivir, tu y Nami deben vivir -
Tragó saliva y se giró hacía su hermana pequeña. Al ver que la pelinaranja no reaccionaba, la tomó de la muñeca y la arrastró a la pequeña puerta que daba al garaje. Nami intentó forcejear pero Nojiko la obligó a ingresar en el automóvil.
Abróchate el cinturón de seguridad, Nami -
La mayor se acercó al gran portón de metal y apretó el botón para que éste comenzara a elevarse. Cuando divisó un par de pies llenos de sangre seca, corrió al interior de vehículo y colocó la llave. Era hora de partir. Titubeó un par de veces pero al ver que los zombis comenzaban a agolparse a su alrededor, pisó el acelerador. El coche arrolló varios cadáveres, algunos cayeron de costado y otros rodaron por el capó del coche. Nami soltó un grito y las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas. Cuando Nojiko dobló en la primera esquina, la menor contempló cómo su hogar era invadido.
- Bellemere…- Susurró mientras tapaba su rostro con ambas manos.
- Ya la oíste, Nami - La fuerza que estaba haciendo la mayor por no llorar era admirable - Tenemos que vivir -
Durante varios días, Circularon por las calles de Tokio en busca de alimentos, gasolina y supervivientes. Pero no encontraron a nadie. Era como si la capital hubiese quedado completamente desierta. Dado que Nami tenía grandes conocimientos cartográficos, aprovecharon una de las rutas más despejadas para dirigirse a los suburbios de la ciudad. En los días de cautiverio, Bellemere les había contado sobre uno de los refugios que había dispuesto la marina japonesa para ayudar a las víctimas de esa catástrofe: Osaka.
Y allí se dirigían cuando, al doblar en una esquina, se encontraron con una gran horda que se avanzó contra el coche. La cantidad era tal, que al dar contra un grupo de muertos, Nojiko perdió el equilibro del carro, estrellándose contra una pequeña casa abandonada.
- ¡Maldición! - Gritó intentando poner el coche en marcha. No respondía.
Los zombis comenzaron a rodear el vehículo. Las cosas golpeaban el vidrio con desesperación, tenían hambre y estaban deseosas por comer carne viva.
- ¿Qué vamos a hacer? - Preguntó la pelinaranja desesperada.
- Tenemos que… - Los ojos de la mayor se posaron en el espejo retrovisor - Oi, en esa casa hay gente - Murmuró y comenzó a tocar bocina - Tienen que ayudarnos -
Ninguna de las dos pudo evitar comenzar a llorar. Los segundos pasaban, los zombis se multiplicaban y nadie se dignaba a aparecer. Nojiko continuó tocando la bocina mientras hacía luces para que las personas se percataran de su necesidad.
Al oír un ruido metálico, Nami volteó. El gran portón de metal, abrió una pequeña hendija.
- ¡La puerta! - Exclamó casi sin aire - ¡La puerta se ha abierto! -
Dos hombres aparecieron en la calle y comenzaron a eliminar los cadáveres andantes. Un joven alto de cabellos negros y pecas en su rostro, apareció a su lado. Abrió la puerta y las contempló algo sorprendido. Los ojos de Nami se abrieron como platos cuando una de esas cosas casi ataca al otro hombre, al rubio
- ¡Sabo! -
El rubio tomó un arma que tenía amarrada a la cintura y le voló los sesos sin piedad. El rostro del hombre se manchó con sangre ajena.
- ¡Vamos! - Exclamó.
La tomó de la mano y comenzó a correr mientras golpeaba a cualquier cosa que quisiera acercarse. Cuando uno de los muertos casi la agarra, el rubio lo golpeó con una tubería que usaba como arma. Nami apretó su mano. Estaba asustada.
Siendo arrastrada por aquel joven, atravesaron el umbral de la puerta. La joven se dejó caer de rodillas sobre el brillante césped. Su pecho subía y bajaba con velocidad, apenas podía respirar.
- Luffy, cuando te diga cierras la puerta -
La pelinaranja se puso de pie y contempló cómo su hermana corría por su vida entre los cadáveres que querían devorarla. Nojiko atravesó el umbral y se tiró al suelo, acalorada. Estaban vivas, no sabía cómo pero habían logrado escapar de la muerte. El otro hombre ingresó pocos segundos después.
- ¡Ahora! -
Un tercer hombre comenzó a cerrar la puerta con todas sus fuerzas, impidiendo que alguna otra cosa ingresara en su hogar. Nami se acercó corriendo a su hermana y la ayudó a ponerse de pie.
El hombre morocho que había salido a rescatarlas, las apuntó con el arma.
- ¿Quienes son? -
El tren llevaba varios minutos en funcionamiento. Pronto abandonaron la gran ciudad para tomar las vías que llevaban a Tokio. Un reducido grupo de expertos o fanáticos de los trenes, habían sido nombrados como conductores designados. Todos confiaban en ellos. Nami contempló el paisaje urbano que se ampliaba a su alrededor. Sabía que Koala, Sabo, Luffy, su padre, su abuelo, Koby, Zoro, Hancock y Rayleigh estaba en la punta del vagón intentando definir su próximo movimiento. Pero ella no tenía ganas de participar. Estaba cansada, enojada y le dolía la cabeza.
Volvería a donde todo comenzó.
Abrió los ojos y notó que Robin estaba a su lado, leyendo un viejo libro que había encontrado en una de las casas de Nagoya. La pelinaranja se puso de pie.
- Iré al baño - Sonrió algo apenada.
La morocha le devolvió la sonrisa y corrió sus piernas para que pudiera pasar. Cuando Nami abandonó el vagón, posó su mirada en Luffy. Al parecer él morocho se había dado cuenta del movimiento de Nami y había comenzado a caminar por el pasillo para poder alcanzarla. Robin hizo una pequeña mueca, adoraba como se trataban. Ojala pudiera decir lo mismo de Zoro. Desvió la mirada al peliverde, quien al percatarse, frunció el ceño.
Nami ingresó en el baño. Cerró la pequeña puerta y se miró en el espejo. Estaba agotada. Tenía los ojos cansados y grandes ojeras. Casi no había dormido, había estado toda la noche cuidando de que la fiebre de Luffy no subiera. Abrió la canilla y lavo su rostro. Necesitaba aguantar un poco más, pronto terminaría todo.
Abandonó el baño pero cuando alzó sus ojos, divisó el cuerpo del morocho.
- Luffy - Dijo asustada. Se llevó la mano al pecho. Había estado tan concentrada en sus propios pensamientos que no esperó que el morocho apareciera de repente - Me has asustado -
- Lo siento - Luffy se acercó cabizbajo - Oi, Nami, siento haberte preocupado -
- Escucha, no importa - Le apoyó una mano en el pecho y lo alejó un par de centímetros - Será mejor… -
- No, espera - El morocho la tomó de los hombros y la empujó hacia el interior del baño. Acto seguido, se giró y trabó la puerta - Mi hermano me dijo que estuviste toda la noche a mi lado -
- Pues, no te ha mentido - La espalda de Nami chocó contra la pared.
El lugar era tan pequeño que no importaba cómo se acomodaran, los cuerpos de ambos estarían en constante roce. La mujer desvió la mirada cuando sintió la cálida respiración del hombre en su cuello.
- No quería preocuparte - Dijo apenado.
- Entonces no deberías haber hecho lo que hiciste - Ya estaba cansada de darle vueltas al asunto - Casi nos matas en el coche, Robin estaba herida, tú estabas herido - Dejar escapar todo lo que se había aguantado, era satisfactorio - Zoro te dijo una y otra vez que debíamos esperar al resto, y aun así… -
- Lo sé, lo siento, pensé que Sabo… - Ni siquiera se animó a decirlo - No quiero perder a las personas que aprecio, no de nuevo -
- Luffy - La pelinaranja tomó al morocho del rostro y lo obligó a mirarle los ojos - Entiendo como te sientes, pero quienes te apreciamos tampoco queremos perderte -
Los ojos del joven cambiaron de expresión. Fue como si hubiese entendido algo que parecía perdido en su inconsciente. Notó como mordía su labio inferior y como sus oscuros ojos comenzaban a llenarse de lágrimas. Luffy apoyó la frente en el hombro de la mujer y comenzó a llorar en silencio. Apenada por sonar tan egoísta, acarició sus cabellos y el inicio de su cuello. Quizás debería entenderlo un poco mejor...
Las palabras que su hermana le había dicho cuando ella estaba asustada en su habitación aparecieron en su mente.
- Todo irá bien, siempre y cuando estemos juntos - Murmuró.
El hombre alzó su rostro y apoyó sus labios en los de la mujer. Pese a que no lo esperaba, cerró los ojos. Era agradable sentir su calor, era de los pocos momentos donde se sentía segura. Cuando se separaron, cruzaron sus miradas. La pelinaranja se ruborizó y tuvo que bajar la vista.
- Entonces… - Aunque no era la primera vez que estaban a solas, era incómodo pensar que estaban encerrados en un baño tan pequeño - ¿Vas a tener más cuidado? -
- Claro - Sonrió - Sólo si tú te mantienes en la retaguardia - Él comentario dejó pasmada a la mujer - Si no te sucede nada, no tendré que arriesgarme -
- Bien… - No estaba muy convencida pero si era la única manera de mantenerlo al margen… Alzó los hombros - Tu ganas -
Luffy sonrió aún más. Se giró hacía la puerta y la destrabó, era tiempo de volver junto con el resto del grupo. Cuando la apuesta se abrió, ambos quedaron perplejos. Hancock había estado apoyada contra la puerta de plástico con el objetivo de averiguar qué era lo que estaba sucediendo entre ambos, pero cuando la puerta se abrió, se había golpeado y ahora se encontraba de pie en medio del estrecho pasillo. Ninguno de los tres pronunció palabras, tanto la pareja como la mujer habían quedado sorprendido al encontrar al otro en esa situación. El morocho, quien llevaba a Nami de la mano, comenzó a avanzar hacia la puerta del vagón pero la morocha lo tomó del abrigo.
- Luffy ¿Podemos hablar? - Preguntó mientras desviaba la mirada avergonzada.
Creo que deberías alejarse de esa mujer. Pues porque ella quiere hacer las cosas que haces con Nami, las palabras de Zoro aparecieron en su espalda cabeza. Un ligero escalofrío recorrió su espalda. ¿Qué se suponía que tenía que decir?.
La puerta del vagón se abrió, interrumpiendo el incómodo silencio. El peliverde apareció en el umbral con el ceño fruncido. Al divisar que Luffy y Nami no se encontraban solos, decidió acelerar el proceso.
- Oi, los están esperando para tomar el siguiente paso -
Ellos asistieron y cuando el hombre se hizo aun lado, ingresaron al largo pasillo entre los asientos del tren. Caminaron hasta llegar al extremo más alejado y se dejaron caer cerca del gran plano que habían desplegado en el suelo.
- Hemos hablado con el grupo de Sanji y el de Usopp - Dijo Robin con seriedad - Ya han ingresado a la ciudad. Están batallando al norte de Tokio -
- Las cosas están por llegar a su punto culmine - Agregó Koby mientras frotaba sus manos nervioso.
- Hay algo que me preocupa - Dragon tenía el ceño fruncido, desvió la mirada hacía la ventana más cercana.
Nami se acercó a la ventanilla y contempló el cielo. El radiante sol que caracterizaba esa mañana, había desaparecido bajo una espesa nube gris. Quedó boquiabierta. No podía ser. Contempló el cielo por varios segundos, mientras hacía cálculos en su mente.
- Tenemos menos de seis horas para la primera nevada - Murmuró.
- Es es malo - Sabo se llevó la mano a los cabellos - Si comienza a nevar, todo se complicará -
- Eso significa una cosa - Zoro se acercó y posó los ojos en Luffy.
- Tokio tiene que caer en menos de seis horas - Afirmó el morocho.
Cuando el tren abandonó la corriente eléctrica de Nagoya, continuó su recorrido. La velocidad fue decreciendo a medida que la fricción detenía la energía cinética producida por el envión. Sin embargo, gracias a los cálculos de Sabo, el tren continuó su recorrido y al poco tiempo divisaron la gran terminal de Tokio. La tensión había aumentado entre todos los soldados. Desde que comenzaron a ver las primeras señales de la capital, todos se habían alterado. Nami contempló las calles de la ciudad, estaban todas tomadas, tal y como lo recordaba. Tragó saliva y cerró sus ojos.
El tren perdió velocidad hasta que se detuvo luego de chocar contra el final de las vías y el comienzo del andén.
Luffy se acercó a la pelinaranja y antes de que ella pudiera reaccionar, le dio un sonoro beso en la coronilla. La mujer abrió los ojos y lo contempló. Tenía una confiada sonrisa en sus labios.
- Oi - Nami se puso de pie - ¿Recuerdas cuando me preguntaste qué harías después de que todo esto acabe? - El hombre asintió en silencio - Quiero tener una casa frente al mar - Murmuró algo avergonzada por admitir ese tipo de pensamientos en un momento tan delicado.
- Bien, tendremos una casa en la playa - Sonrió antes de dirigirse a la puerta más cercana.
Nami quedó en silencio. Desde que era pequeña, jamás había tenido un novio o algo similar. Durante toda su infancia y adolescencia se había enfocado en tener altas notas para poder ingresar a la universidad que su madre no podía pagar. No como su hermana, ella siempre había salido con algún que otro chico y desde pequeña la había envidiado. Aunque ahora… Bajó la mirada al recordar a Nojiko. Había hablado poco con su hermana, pero realmente había creído que todo iría bien con Ace.
El destino era cruel. Tomó el arma que le habían asignado y lo apretó con fuerza. Era difícil pensar que tendría que mantenerse atrás. Se mordió el labio inferior y comenzó a caminar hacía las escaleras del tren. Los primeros soldados ya habían pisado tierra y los primeros disparos comenzaron a escucharse.
(...)
Zoro yacía dentro del vagón, al pie de la salida. Dejó que pasaran aquellos que eran considerados como los altos mandos y cuándo divisó a Robin, la tomó de brazo con fuerza. La mujer puso sus claros ojos en él y frunció el ceño con curiosidad. Sin decir nada, el hombre la arrastró hasta otro vagón. Estaba vacío, los hombres ya habían bajado y habían comenzado el ataque. El peliverde cerró la puerta a sus espaldas y se giró hacía la morocha.
- Oi… - Ni siquiera tenía el valor para mirarla a los ojos - Yo… No quiero arrepentirme de esto -
No esperó una respuesta, la tomó de la cintura y la arrimó a su cuerpo. Estaba cansado de hacerse el duro, el indiferente. Habían pasado por tantas cosas y lo peor estaba por venir. En caso de que algo sucediera, él quería… Al menos quería…
Estuvo a punto de besarle pero fue interrumpida por el dedo índice de la morocha. Zoro la contempló pasmado. ¿En verdad iba a arruinar un momento como ese?. Su rostro se ruborizó. Ahora se sentía como un completo idiota.
- ¡Oi ¿Por qué…?! - Exclamó enojado.
- Se lo que vas a decir - La mujer bajó la mirada - Pero no quiero que sea el final - Murmuró - Guárdalo para cuando todo esto termine -
- Pero… -
Robin pasó a su lado y abrió la puerta del vagón. Antes de abandonar, contempló al peliverde por arriba de su hombro.
- Si en verdad lo quieres - Hizo alusión al beso - Vas a tener que vivir -
Cerró la puerta a sus espaldas. El rostro del peliverde ya no estaba avergonzado, su rostro estaba serio. Vivir, pensó. Esa era una palabra muy ambigua. Desvió su mirada hacia la ventana más cercana, la invasión había comenzado.
Rápidamente se apresuró a descender del tren. Necesitaban todo el apoyo posible.
Al encontrarse con Luffy, tomó su arma y lo contempló con el ceño fruncido.
- Es hora - Dijo.
El morocho y un grupo de soldados asintieron y juntos comenzaron a avanzar por el gigantesco andén. Los zombis ya habían notado sus presencias y comenzaron avanzar sin piedad. Las balas invadieron el aire, el ambiente se llenó de olor a pólvora.
Nami contempló la escena junto con un grupo de personas que yacían expectantes. Su amiga, Robin, había avanzado junto al grupo que se dirigía al este. Y había quedado completamente sola.
Tragó saliva cuando vio que un grupo de muertos, tomaba el cuerpo de hombre y lo devoraba. Los chillidos de aquellos que eran alcanzados eran perturbadores.
- ¡Ayuda! - Desvió la mirada a su derecha.
Estaban atacando a alguien. Salió corriendo. Su instinto fue más poderoso que el miedo. Apuntó a la cabeza del muerto y disparó antes que pudiera arrancar el pedazo de carne de la muchacha. Cuando el cadáver cayó muerto, se agachó y la ayudó a ponerse de pie. La gruesa capa de abrigo que los soldados tenían a causa del invierno, evitó que sufriera una herida profunda.
- Tenemos que… - La pelinaranja alzó la mirada y palideció.
El grupo de la retaguardia, al que pertenecía, se encontraba separado por una gran jauría. Los hombres y mujeres comenzaron a gritar con desesperación cuando las bestias masticaron sus cuerpos. ¡Tenían que salir de ahí!. Varios zombis empezaron a caminar hacia ellas. Nami comenzó a disparar pero sería imposible. Desvió la mirada hacia una escalera interna que se dirigía hacia los subterráneos. Era la única opción. Comenzó a bajar los peldaños de dos en dos, sin soltar la mano de la mujer. Al llegar a donde millones de japoneses solían tomar el metro para dirigirse a su trabajo, notó que estaban rodeadas. No había manera de escapar de esas. Dio varios pasos hacia atrás, hasta encontrarse con el final del andén. Miró por arriba de su hombro, el gran túnel que conectaba los subterráneos estaban a oscuras. Intentó escuchar si había alguna cosa por allí pero era imposible concentrarse.
Apretó la mano de la joven y le señaló las vías.
- Es la única salida - Murmuró.
La joven asintió. No había otro camino. Cuando ambas saltaron, las cosas se abalanzaron hacia el vacío. Pero fueron más ágiles y comenzaron a correr por las vías.
No había otra opción, deberían confiar en sus instintos.
(...)
Sanji descargó todas las balas en la horda de zombis que avanzaba por unas de las calles de Tokio. Al notar que ya no tenía municiones, maldijo. Se alejó de la gran ventana del edificio y se acercó a la caja donde su grupo guardaba las balas. Tomó un tambor y recargó el arma. Todavía faltaban varios muertos para terminar de limpiar esa área. Volvió a la ventanilla y notó que varios tanques que su equipo había recuperado, ya circulaban por las calles. Sonrió. Pronto terminarían con el norte de la ciudad y avanzarían hacia el sur. El rubio volvió a disparar y liberó el caminó para el gran camión que circulaba con más provisiones. Usopp se asomó por la ventanilla.
- ¡Todo liberado! - Exclamó - ¡Continuemos! -
Sanji guardó su revolver en el cinturón y comenzó a bajar por las largas escaleras de cemento. Llegó a la planta baja y se arrimó al coche. El suelo estaba cubierto de cuerpos. El olor a sangre era desagradable, sin embargo, todos allí ya estaban acostumbrados.
- Vamos al sur - Dijo el rubio mientras se subía al camión - Tenemos que llegar con Luffy -
(...)
Sengoku contempló el gran mapa de Japón. Por primera vez en meses podía asegurar que había un rayo de esperanza. Todas las chinches, que simbolizaban cada uno de los grupos, estaban situadas en la capital. Pronto Tokio caería, y volvería a ser de la humanidad. Se giró hacía su escritorio. Tsuru, una de las vicealmirante más renombradas de la marina japonesa, estaba sentada y tenía sus ojos puestos en él. El hombre se dejó caer en su asiento.
- Te dejaré a cargo mientras no estoy - Comentó con firmeza.
- Dudo que los almirantes estén felices con eso - Murmuró sin titubear. Después de todo, ella tenía un cargo inferior.
- A estas alturas, ya no importa - Gruñó - Tengo que ir a Kioto, luego de Tokio. Las cosas están por llegar a su fin y tengo que estar ahí - Era su deber como Almirante de Flota.
- Entiendo -
- Los buques llegarán en cualquier momento - Añadió mientras contemplaba las anotaciones que había realizado los días anteriores.
- Solo faltas tu - La mujer se cruzó de brazos y se recostó contra el respaldo.
El golpeteo en la puerta interrumpió su conversación. Ambos se giraron hacía ella en cuanto el rechinido indicó que se estaba abriendo. Franky apareció en el umbral. Su ropa y su cabello, incluso también su piel, estaba llena de grasa. El hombre limpiaba sus manos con un viejo trapo. En su rostro había una sonrisa.
- He terminado - Dijo orgulloso.
Sengoku se puso de pie.
- Tengo que partir - Anunció.
- Buena suerte - Sonrió Tsuru.
Los dos hombres caminaron por el largo pasillo de la base de Maizuru. El Almirante de flota le había encargado la reparación del helicóptero más veloz de la marina y Franky había trabajado en tiempo récord para poder terminar a tiempo. Ahora que las cosas estaban saliendo bien para la humanidad, era tiempo de viajar al sur. Sengoku contempló el gran aparato y reprimió las ganas de maldecir. No solo había arreglado el aparato, también había cambiado su pintura por algo más chillón y menos representativo de la marina. Mordió su labio inferior y prefirió ignorarlo, no era tiempo de discutir por algo como eso. Tenía que recordarse que no todos los que estaban allí eran marines por ende, no entendían lo que significaba ser uno.
- Si quieres llegar a Kioto a tiempo, debemos partir ahora - Franky contempló su creación con orgullo - Es super veloz, pero no nos teletransportará -
- Bien, vamos - Dijo decidido.
- ¡Espera! - La voz de una mujer joven los obligó a voltear.
- ¡Nosotras también queremos ir! - Dijo la otra.
Eran Kaya y Vivi. Ambas contemplaban al Almirante con determinación. Todos sus compañeros habían viajado para poder detener esas cosas. ¿Y ellas? Ellas habían tenido que quedarse por diferentes razones. La rubia por ser una de las pocas médicas que quedaban en el continente y por ayudar con la investigación. La peliceleste por ser la hija de un importante político. Pero ambas habían decidido hacer oídos sordos a sus responsabilidades para poder luchar junto a los suyos.
- La situación es complicada allá afuera - Dijo el morocho sin dejar de fruncir el ceño.
- Sabemos lo que está pasando - Vivi dio un paso al frente - Venimos de afuera -
- Además, cuantos más seamos, mejor ¿Verdad? - Kaya apretó las manos en dos puños - Seguro que necesitarán médicos y más soldados -
Sengoku se llevó la mano a la frente y soltó un gran suspiro. Ambas tenían razón.
- De acuerdo, suban -
Tal y como Franky prometió, alcanzaron la capital de Kioto en media hora. La nave era mucho más rápida que los helicópteros promedios. Descendieron con cuidado, intentando bajar en una de las grandes avenidas alrededor del grupo de soldados. Cuando la hélice se detuvo, el Almirante de flota bajó y contempló al grupo. Todavía quedaban muchos soldados con vida. Sus ojos buscaron a Nojiko y cuando la divisó, soltó una sonrisa. La mujer tenía el rostro curtido, como si la situación la hubiese llevado a la ruina. Su frente tenía un gran corte que se perdía en su cuero cabelludo pero la sangre parecía estar seca. Se acercó dando firmes pasos.
- ¿Cómo han ido las cosas por aquí? - Preguntó.
- Todo está controlado - La mujer se terminó de amarrar una venda a la mano y lo contempló - Pensé que sería mucho peor -
- Deben seguir a Tokio - Comentó mientras desviaba la mirada hacia el resto de los soldados.
- Lo sé, bordear el lago Biwa y... -
- Nosotros vamos a Tokio - La interrumpió.
- ¿Nami está allí? - Los ojos de la mujer se abrieron como paltos cuando el hombre asintió - Déjame ir contigo, tengo que... -
- Lo sé - Bufó. ¿Desde cuándo había comenzado a actuar como un abuelo paternal? - Por eso mismo vine -
Nojiko sonrió. ¡Por fin, volvería a estar cerca de su pequeña hermana!. Esperaba que ella estuviera bien. Aunque... Estaba con Luffy, claro que estaría a salvo. Te prometo que la protegeré con mi vida ¿De acuerdo?, eso le había dicho Luffy cuando su hermana se había quedado a su lado para enfrentarse a Califa y Lucci durante su asalto en el instituto. En ese entonces le había creído. ¡Él fue mordido por mi culpa! ¡Fue por salvarme a mi! ¡Y yo ni siquiera puedo salvarlo!. Aquel chico había demostrado que haría lo que sea por proteger a su hermana pequeña. La imagen de Ace apareció en su mente y bajó la mirada. Él estaría orgulloso de su hermano. Se mordió el labio inferior y comenzó a avanzar hacia el helicóptero.
- Mi super nave aguantará a quince personas más - El peliceleste asomó medio cuerpo por la pequeña ventanilla - Aquellos valientes que quieran llegar a Tokio ya, suban -
Junto a Nojiko abordaron tres mujeres y doce hombres. La tripulación estaba completa y ya no podían cargar con más personas. Cuando despegaron, la mayor de las hermanas contempló como la ciudad se hacía cada vez más pequeña. Los imponentes edificios que antes la habían rodeado ahora se veían como pequeñas torres. Distinguió como algunos muertos se acercaban a la base y eran acribillados por los vivos. El ser humano estaba ganando esta batalla y no iba a permitirse rendirse ahora. No cuando estaban tan cerca de ver a Nami.
(...)
Robin llevaba varios minutos disparando. El equipo que había formado estaba casi sobre la costa este. A medida que se iban introduciendo más en la ciudad, más muertos aparecían. No estaba segura de cuanto tiempo había pasado desde que el asalto había comenzado pero el cielo estaba cada vez más oscuro. El frío se intensificaba con cada segundo. No faltaba mucho para que la nieve comenzara a caer. Contempló que su equipo comenzaba a avanzar y los siguió. Uno de los muchachos había conseguido una motocicleta y era el que lideraba la situación. Soltó un pequeño quejido. De tanto sostener el mango del arma, le habían salido algunas burbujas y se le habían explotado. El ardor era cada vez más fuerte pero debía resistir. Comparado con muchas otras cosas, eso no era nada. Vas a tener que vivir, le había dicho. Posó los ojos en los cielos.
- Más vale que vivas - Murmuró en voz baja.
- ¡Robin! -
Cuando finalmente volvió en sí, sintió como era empujada hacía delante. Cayó de rodillas. Tuvo que soltar el arma para poder amortiguar el impacto con sus dos manos. Soltó un quejido. Su corazón latía con mucha fuerza. Sin pensarlo dos veces, tomó su arma y se giró. Sus pupilas se dilataron. ¡La habían mordido! ¡Un muerto había mordido su hombro! El muerto arrancó una parte abrigo y junto a él, un pedazo de carne. La mujer soltó un grito de dolor.
- ¡Koala! - La morocha se puso de pie y apuntó la boca del arma a la cabeza. Lo mató de un solo tiro y corrió hacía su compañera - ¿Por qué...? - Ni siquiera sabía que decir.
La pelinaranja se llevó la mano al hombro y tapó la herida con fuerza. Cerró un ojo, el dolor era insoportable. La sangre no paraba de salir. Comenzó a sentirse mareada, el mundo le daba vueltas y vueltas.
- ¡Tenemos que huir! - Exclamó Robin al divisar como una gran horda se aproximaba hacia ellas.
- No... No puedo... - Las piernas le comenzaron a temblar.
Automáticamente, la morocha comenzó a disparar. Necesitaba ganar un poco de tiempo. Desvió la mirada hacía su compañera, la mujer se había agachado. Ni siquiera podía contener la hemorragia. Oyó como el sonido de un motor se acercaba. El hombre que había conseguido la moto, se bajó y comenzó a disparar.
- ¡Llévatela! - Gritó por debajo del casco.
Algo aturdida, Robin afirmó. Rápidamente, guardó su pistola y se agachó junto a su amiga. La tomó por los brazos y la ayudó a subirse a la motocicleta. Antes de que todo eso comenzara, había manejado una similar... Aunque no estaba segura de recordar como se hacía. Apoyó el cuerpo de la pelinaranja contra el manubrio y se subió. Aceleró un par de veces antes avanzar y desapareció por las calles de Japón. Tenía que encontrar un lugar seguro para poder tratar la herida.
Circuló hacía el este. Varias cuadras. Antes de darse cuenta, se encontraba contra la Bahía de Tokio. Clavó el freno y contempló a su alrededor, los muertos no estaban cerca. Una brisa helada ingresó por el golfo. Robin tomó el cuerpo de Koala y la apoyó contra el suelo. La sangre había manchado la ropa y parte del corto cabello de la mujer.
- ¡Tienes que sobrevivir! - Exclamó mientras le quitaba el abrigo y la remera para contemplar le herida - Por favor... -
Su respiración era tenue pero todavía tenía altas posibilidades de sobrevivir. Robin aprovechó la remera para hacer una especie de venda sobre la herida. El maldito había arrancado una parte importante del músculo del su hombro, pero por suerte, le había errado a las venas y arterias que conectaban el corazón con el brazo.
- Resiste solo un poco... - Susurró.
Comenzó a escuchar el horroroso aullido de esas bestias. Las manos de Robin comenzaron a temblar. Comenzaba a sentirse perdida, acorralada. Giró su cabeza hacía la izquierda y divisó a varios muertos que caminaban hacía ellas. Se puso de pie y agarró su arma. Disparó un par de balas pero su cargador quedó vacío. Tragó saliva. Tenían que correr, pero... Contempló a Koala. Ella ni siquiera se podía mover. ¡Maldición! ¡Ni siquiera tenía tiempo para acomodarla en la motocicleta y abandonar el lugar!. Se puso delante de la pelinaranja. Si no podía combatir a distancia, se enfrentaría a ellos cuerpo a cuerpo. Buscó en su cinturón el pequeño cuchillo que le habían dado antes de abandonar Maizuru. No dejaría que toquen a una amiga.
Las balas surcaron los aires y los muertos cayeron. Robin contempló la escena anonadada. Los zombis murieron uno tras otro hasta que el peligro desapareció. Casi sin fuerzas, volteó hacía atrás. El coche estaba detenido, del pánico no lo había escuchado llegar. Las puertas estaban abiertas de par en par y detrás del fierro se encontraban Garp y Koby.
El pelirosa salió disparado hacia ellas y se arrimó junto a la mujer. Quitó la remera de la herida y contempló la sangre.
- Tenemos que tratarla ahora mismo - Comentó pensativo mientras abría el pequeño morral y comenzaba a sacar medicamentos.
Garp se acercó con aire despreocupado.
- Oi, Koby, te dije que llegarían a tiempo -
Tanto el joven como Robin, se voltearon hacía el hombre. El Vicealmirante señaló a la Bahía y ambos notaron que grandes buques de guerra avanzaban a gran velocidad.
- Ese maldito de Sengoku, lo logró - Sonrió.
Los barcos amarraron en el puerto japones y cientos de soldados comenzaron a bajar a toda velocidad. Varias camionetas repletas de armas, comidas y medicinas fueron descargadas a tierra firme. Smoker bajó del buque principal y se acercó al Vicealmirante.
- Estamos listos para avanzar - Se llevó la mano a la frente.
- Es una carnicería, tengan cuidado - Dijo Garp serio.
Los nuevos equipos comenzaron a moverse. De golpe, el estrepitoso sonido de un helicóptero aturdió a todos. La aeronave aprovechó que las calles estaban desiertas para poder aterrizar en un lugar seguro. Tan pronto como la hélice dejó de girar, sus veinte tripulantes se acercaron al equipo marino.
- Koala-san - Al divisar a la pelinaranja, Kaya salió disparada.
- Tenemos que detener la hemorragia - Dijo Koby con el ceño fruncido.
- Déjamelo a mi - La rubia tomó la remera y apretó con fuerza - ¡Vivi, necesito tu ayuda! -
- Claro - Comentó mientras se acercaba.
- Parece que las cosas no están yendo tan bien - Franky se acercó a Robin y apoyó una mano en su hombro.
La morocha se llevó una mano al rostro, tapando la mitad de su cara.
- Ha sido mi culpa, yo... -
- Robin-san, tranquila - Kaya ni siquiera volteó a verla, estaba concentrada en la herida - Yo me encargaré de ella -
- ¡Robin! - Nojiko se acercó corriendo y posó sus ojos en ella - ¿Dónde está Nami? -
- Ella está en el grupo que se quedó en el centro - Murmuró - El equipo de soporte -
Nojiko soltó un suspiro. ¿Cuán cruel sería el destino?. Por fin había logrado dar con Tokio, pero su hermana todavía estaba lejos... Y en peligro.
- ¡Tenemos que comenzar el avance! - Exclamó Sengoku mientras contemplaba a todos los marines presentes - ¡Tomen sus puestos ahora mismo! -
(...)
Chopper había leído ese informe una y otra vez. No estaba del todo seguro porqué la sangre de esas personas era diferente. Frunció el ceño. Llevaba casi dos años trabajando sin parar. Su cuerpo le pedía un descanso, pero él no podía permitírselo. Desde que todo eso había comenzado había tenido pocas horas de sueño y comidas escuetas. La mayoría de las veces se había encontrado analizando posibilidades, incluso en sus descansos. Pero ellos eran la única esperanza y no podían darse el lujo de detener la investigación.
La cabeza le explotaba. Se bajó de su asiento y caminó hacía el gran ventanal que daba al exterior. Las nubes se habían apoderado de todo Japón, el cielo gris solo daba un aire más depresivo. Posó los ojos en un muerto que se acercaba a los paredones del refugio sin saber lo que le esperaba. Había varios francotiradores dispuestos a acribillarle en cuanto estuviera en un rango cercano a cinco metros. Pero hubo algo que le llamó la atención. Un pequeño gato negro que había divisado varios veces durmiendo en la rama de un árbol, yacía junto al zombi. Pegó la nariz contra el vidrio. Aquella cosa ni siquiera se inmutaba.
- Oi, Law - Se giró y lo contempló serio - ¿Alguna vez probamos con animales? -
- ¿Qué? - El morocho posó sus grisáceos ojos en él.
- Animales - Repitió - ¿Existe la posibilidad que los animales tengan esa condición en la sangre que no atraiga a los muertos? -
El hombre se puso de pie y se acercó a un viejo expediente, lo tomó y lo abrió sobre la mesa. Chopper se acercó y arrimó el informe de la sangre de Luffy, Dragon y Garp.
- ¡Aquí! - Señaló Law - Es lo mismo -
- ¡Tenemos que avisar a Tsuru! - Exclamó - Los científicos del mundo deben saber esto, es la clave para que la cura se expanda a nivel global -
(...)
El camión iba a toda velocidad. Debían poder llevar esas provisiones al grupo que había ingresado por el sudoeste. Habían pinchado una rueda hacía tiempo pero nada les había impedido continuar con su travesía. Quizás fue esa la razón por la que el vehículo se descontroló cuando el segundo neumático explotó. Por más que Usopp intentó controlar el volante, fue imposible. El camión chocó contra un coche abandonado y cayó de costado sobre la calle. Sanji abrió los ojos con cuidado. El vidrio de su costado había explotado y el cuerpo de su amigo le impedía moverse.
- Oi, Usopp... - Pudo decir mientras lo movía para que despertara - Maldición... -
Varios de los vidrios se habían clavado en su hombro y comenzaba a arder. Intentó moverse, pero era imposible. Al alzar la mirada, sabía que estaba rodeado de muertos y aunque era casi imposible que los agarraran, pronto sería muy difícil dejar la escena. Se revolcó en su lugar, le dolía todo. Cuando notó que un grupo de personas se acercaba corriendo, comenzó a golpear el vidrio con su pierna. Distinguió a Zoro y a Luffy. Ambos lo contemplaron desconcertados y se acercaron a toda velocidad.
- ¡Sanji! - Exclamó el morocho y rápidamente comenzó a trepar por la trompa del camión.
- ¿Qué demonios están haciendo? - Zoro frunció el ceño y siguió al morocho.
Subieron al camión y abrieron la puerta. Necesitaban sacarlos de allí. Luffy ingresó medio cuerpo en el interior del vehículo y tomó a Usopp por los brazos, utilizó todas sus fuerzas para tendérselo al peliverde. Zoro lo recostó sobre el camión y posó sus ojos en el horizonte. Necesitaban apurarse o esas cosas comenzarían su ataque. Sanji pudo salir por sus propios medios, estaba apenas herido.
- ¿Qué demonios sucedió? - El peliverde lo contempló con el ceño fruncido.
- Pinchamos dos llantas - Murmuró y luego señaló al equipaje del camión - Allí hay más armas, les servirá -
Luego de que el equipo se abasteciera y pudieran guardas las sobras en algunos vehículos que había en los alrededores, comenzaron a avanzar. Usopp fue recostado en una la parte trasera de un automóvil hasta que encontraran a alguien quien pudiera tratarlo. El rubio se giró hacía los compañeros que había conocido meses atrás en el Baratie.
- ¿Dónde están Nami-san y Robin-Chan? - Era lo único que lo tenía preocupado.
- Ellas están bien, idiota, concéntrate en ti - Comentó el peliverde algo molesto porque preguntara por la morocha - ¿Acaso quieres morir? -
- Si ellas están bien, ya no me importa nada - Bufó enojado por el termino "idiota".
Repentinamente un hombre apareció corriendo por las calles internas de Tokio. Parecía lastimado y asustado. Su cuerpo temblaba y apenas podía sostener su arma con normalidad.
- ¿Y ahora qué sucede? - Preguntó Zoro mientras hacía rodar sus ojos.
- La estación... - Tartamudeó a causa del terror - La estación ha caído -
- ¡¿Qué?! - Luffy quien había estado concentrado en el orden de provisiones, se giró con brusquedad. Camino varios pasos y lo tomó de la remera - ¡¿Qué dijiste?! -
- Aparecieron miles de muertos y... -
El morocho lo soltó. La imagen de Nami apareció en su cabeza. ¡Ella era del grupo soporte, ella estaba en la estación!. Sin detenerse a pensar, salió corriendo por el mismo camino por el que el hombre había llegado. Escuchó las voces de sus compañeros que lo llamaban, pero no iba a volver. Necesitaba encontrar a Nami, necesitaba ir a salvar a Nami. Cuando divisó un cadáver andante, le disparó sin piedad. ¡Él le había pedido que se quedara en la retaguardia! ¡Él había decidido avanzar, dejándola detrás!. Cuando divisó una columna de zombis, dobló en la esquina y continuó por una calle paralela. A partir de mañana quiero que te quedes en la retaguardia. ¿Cómo había podido ser tan egoísta?. La ira comenzó a carcomer su cuerpo. Si algo le había pasado a Nami por su culpa, él...
De detuvo cuando notó que una gran horda de zombis caminaba hacia él. Era imposible continuar. Se mordió el labio inferior. Estaba a dos cuadras de la estación, si tan solo... Tomó el arma y respiró hondo. Llegaría a como de lugar. Cuando estuvo listo para salir corriendo y atravesar el muro de muertos, alguien lo tomó de su ropa y lo ingresó dentro del lobby de un edificio. Sus ojos se posaron en aquel hombre, su padre.
- ¿Qué demonios ibas a hacer? - Le preguntó con el ceño fruncido.
- Yo... Nami... - Ni siquiera sabía como explicarle la situación - Tengo que ir... -
- La estación ha caído, Luffy - Dragon no le quitó la mirada de encima - No puedes ir allí -
- ¿Qué pasó con el grupo de soporte? - Era una pregunta estúpida pero no podía pensar con claridad.
Su padre bajó la mirada. Podía ver la desesperación en los ojos de su hijo. Pero no podía mentirle, no en una situación como esa.
- Me han dicho que todos fueron devorados - Susurró - Aunque no puedo confirmarlo -
Luffy tragó saliva. Sus ojos estaban estáticos, mirando un punto fijo. Me han dicho que todos fueron devorados, devorados, devorados, aquellas palabras no paraban de retumbar en su mente. Una y otra y otra vez. Apretó su arma con fuerza pero sus piernas apenas podían sostenerse solas. La furia había escalado hasta su pecho y el calor se apoderó de él. Todo irá bien, siempre y cuando estemos juntos, había dicho Nami. Pero no, las cosas no estaban bien. ¡Las cosas estaban jodidamente mal! ¡¿Y por qué?! ¡Porque él había decidido que lo mejor era separarse!. Dejó caer el arma y se llevó ambas manos al rostro. Se agachó, había perdido el equilibrio. Ni siquiera iba a disimular las ganas que tenía de llorar. Y lloró, como si de un bebé se tratara. Solo había llorado dos veces en su vida de esa manera, cuando creyó que Sabo había muerta y cuando Ace murió.
- O... Oi... - Dragon se agachó a su lado.
Pero no sabía que decir o hacer. Respiró profundo y lo contempló en silencio. El hecho de no haber estado durante la mayor parte de su vida, le impedía poder entablar un buen rol paternal. Se mordió el labio inferior e intentó pensar que sería sensato decir en una situación como esa.
- Tenemos que seguir avanzando - Dijo finalmente.
Luffy dejó de llorar. Abrió sus ojos y contempló a su padre en silencio. Su mano tomó el arma y luego de ponerse de pie, agregó:
- Voy a llegar hasta la estación, como sea - No dudo ni un segundo.
- ¡Ya te dije que eso es...! -
- No me importa - Lo interrumpió y comenzó a avanzar hacía la calle - Espera, Nami. Voy a por ti -
Su padre lo contempló con el ceño fruncido. Pero al cabo de unos segundos, sonrió. Era la voluntad que había heredado de él, de su abuelo. Le quitó el seguro a su revolver y se dirigió junto a su hijo. Era hora de tomar el rol de padre por las riendas y apoyar a su hijo. Juntos llegarían hasta la estación.
(...)
Nami estaba corriendo por el gran túnel oscuro cuando escuchó el sonido de varios tiros resonando en las calles de Tokio. Cuando la pelinaranja se detuvo, contempló el gran andén que las guiaría al exterior. Contempló a la muchacha y la ayudó a subir. Acto seguido, utilizó todas sus fuerzas para poder trepar. Cuando estuvieron juntas, utilizaron sus sentidos para orientarse y subieron las escaleras a toda velocidad. Nami quedó estática. El cielo estaba más oscuro de lo que esperaba, la nieve no tardaría más de una hora en caer. Tragó saliva. Volvió a escuchar los disparos, los gruñidos y las voces. Tomó a la joven de la mano y comenzó a correr. A los pocos metros se encontró con uno de los grupos que habían abandonado la estación antes de que el caos se desatara.
Al divisar a Rayleigh, corrió hacía él.
- ¡Rayleigh! - Exclamó.
El hombre volteó luego de disparar a varios muertos. Frunció el ceño cuando la divisó.
- ¿Nami? ¿Qué estás haciendo aquí? - Preguntó algo confundido - Se supone que deberían estar en la estación -
- Fuimos atacados - Murmuró mientras recordaba como los muertos atacaban a su equipo y como ella se había salvado de casualidad.
- Maldición - Dijo mientras volvía a cargar su arma - He oído que unos refuerzos han llegado por la costa -
- Eso significa que pronto acabará - La ilusión apareció en sus ojos.
- Hasta que ellos no lleguen aquí, nada se acaba, Nami - El hombre continuó tirando.
Nami quedó estática por unos segundos, pero rápidamente tomó su revolver y comenzó a disparar. Tenían que ayudar, todos tenían que ayudar. Era la clave para vencer: La unión. Le voló los sesos a varios muertos antes de tener que volver a cargar. Pero no importaba cuantos cayeran, siempre llegaban más. El suelo estaba cubierto de muertos pero cientos de cadáveres continuaban avanzando. La mujer dio varios pasos hacia atrás, la situación estaba a punto de salirse de control.
- ¡Retirada! - Gritó alguien.
Todos comenzaron a correr en diferentes direcciones. Nami intentó seguirle los pasos a Rayleigh pero lo perdió de vista durante la estampida. Se encontró corriendo sola por una de las grandes calles de Tokio. ¡Maldición! Desde que todo eso había comenzado, jamás había estado sola. El miedo comenzó a crecer en su cuerpo, pero se obligó a controlarse. Voy a ir igual, le había dicho a Luffy cuando protestó ante el hecho de que ella iba a viajar a Osaka. Si tan solo pudiera estar a su lado...
Escuchó varios pasos en sus espaldas y alzó la mirada por arriba del hombro. Sintió un gusto amargo en su boca. ¿De todas las personas que podían haber en Tokio, tenía que ser ella?. Hancock corría a sus espaldas y la alcanzó a gran velocidad. Cuando Nami contempló que al frente había varios muertos que se acercaba, aprovechó que una de las puertas de los edificios estaba abierta de par en par e ingresó. Sabía que la morocha la seguía de cerca porque escuchaba sus pasos. Las sorprendieron varios muertos que habían ingresado a la edificación mucho antes de que ellas llegaran. Nami subió las grandes escaleras y corrió por un angosto pasillo. Cuando encontró una puerta que se abría, ingresaron dentro del apartamento y cerraron la puerta a sus espalda.
- Oi, si... - Nami se giró hacía la mujer pero quedó helada cuando notó que la morocha la apuntaba con el arma.
- No entiendo, en verdad no entiendo - Murmuró con la mirada gélida posada en la pelinaranja - No puedo entender qué es lo que te ve - Gruñó - Yo soy más alta, tengo mejor cuerpo que tu y soy mucho más hermosa - Sus manos temblaban - Entonces... ¿Por qué te prefiere a ti? -
Nami alzó las manos y la contempló con el ceño fruncido.
- Él no se fija en esas cosas - Comentó seria - No se fija en el exterior -
- No se fija en el exterior... - Repitió casi en un susurro - ¡No puede ser, imposible! -
- Oi, tranquila - Dijo con desesperación al notar que la mujer movía sus brazos con histeria. Si apretaba el gatillo, la bala impactaría en su cuerpo.
- Si te mato... - La morocha avanzó hacía la pelinaranja con recelo - Ya no podrá resistirse -
- ¿Qué? - Nami dio un paso atrás y chocó su espalda contra la ventana - Si me matas, no te lo va a perdonar -
La mirada de Hancock cambió radicalmente. Ya no estaba cegada por sus ganas de disparar, sus ojos se habían tranquilizado y notaba que había comenzado un debate interno sobre que hacer. Lentamente, la morocha comenzó a bajar el arma y se dejó caer de rodillas al suelo. Entonces... No había manera de tenerlo. Se llevó las manos a la cabeza y jaló de sus cabellos con impotencia. La pelinaranja aprovechó la distracción para abrir la ventanilla. Si tenía que saltar, lo haría. Cuando la morocha alzó sus claros ojos, la pelinaranja sintió un extraño cosquilleo en su espalda. ¿En verdad iba a matarla?. La mujer apoyó su arma en su cabeza con aire decisivo.
- ¡Espera! - Gritó la pelinaranja - ¿Qué estas haciendo? -
- Si yo no puedo tenerlo, entonces... -
- ¡No puedes hacer eso! - Nami dio un paso al frente - ¡Tampoco te perdonará si lo haces! -
- ¿Eso significa... - Hancock bajó el arma - ... que hay posibilidades que se enamore de mi? -
Si eso te hace sentir mejor, pensó la pelinaranja mientras asentía.
- ¡Tenemos que salir de aquí! - La morocha se puso de pie - ¡Ahora! -
Nami dejó escapar todo el aliento que había retenido durante esos momento tensos y se giró hacía la ventana.
- Debemos saltar hacia el coche - Le dijo mientras señalaba el techo del carro.
- ¿Estás loca? - Estaban en un primer piso, ¿Cómo se suponía que iban a saltar?.
- ¿Se te ocurre otra manera? - Clavó su mirada en ella.
- Salta tu primero -
Nami resopló. Se lo veía venir. Guardó su pistola en la cintura y se subió al marco de la ventana. No era la primera vez que saltaba en una situación así. Recordó cuando en Nagoya tuvieron que saltar al techo del Thousand Sunny... Solo que en ese tiempo no estaba sola. Recordó a su hermana y a todos sus amigos. Incluso Luffy estaba a su lado. Tragó saliva. Ahora yacía encerrada en una casa con una loca que estaba perdidamente enamorada de Luffy. Y que la odiaba por haberle sacado el hombre. Respiró hondo y saltó.
Cayó de rodillas sobre la chapa. Soltó un quejido. El pantalón se le había rasgado y sus piernas presentaban raspones con sangre. Bajó del techo del coche y le hizo señas a la morocha para que bajara. Hancock hizo exactamente lo mismo que ella, se subió al marco y saltó. Pero la caída no fue bien y soltó un aullido cuando su tobillo se dobló debajo de su cuerpo. Dejó escapar un quejido. La espalda de Nami comenzó a sudar frío. Los muertos estaban casi sobre ellas. Cuando Hancock bajó del coche, apoyó la rodilla contra el suelo. La pelinaranja comenzó a disparar y con su mano libre, tomó a la mujer del brazo y la ayudó a ponerse de pie.
- ¡Vamos, yo te cubro! - Gritó mientras se concentraba en darles en la frente.
Pero la morocha solo alcanzó dar tres pasos. El tobillo había comenzado a inflamarse y le resultaba difícil pisar. Maldición, ¿Por qué justo ahora?, pensó mientras se giraba hacia ella y la tomaba de la mano. Le pasó el brazo por sus hombros y la tomó de la cintura. Tenían que lograr escapar de allí. Juntas caminaron varios metros, pero no podían alcanzar la velocidad necesaria para poder escapar de esos muertos. Nami buscó con la mirada algún refugio que pudieran utilizar para que los zombis no las agarraran.
Sus ojos se posaron en un pequeño restaurante. Se arrimó jalando de la morocha con todas sus fuerzas. Pateó la puerta e ingresaron con desesperación. La pelinaranja se giró hacía la puerta y cerró justo antes de que un muerto la tocara. Dio varios pasos hacia atrás y frunció el ceño. Volvían a estar atrapadas. Alzó su mirada por encima del hombro y distinguió que Hancock masajeaba su tobillo adolorida. Los cadáveres se estaban acumulado detrás de la puerta. Nami no estaba segura de cuanto aguantaría. La imagen de Bellemere apareció en su mente. Cuando la madera comenzó a rechinar, comenzó a dar varios pasos hacia atrás. Alzó su arma y la preparó. Tenía pocas balas pero... El terror se apoderó de su cuerpo. ¿Cómo demonios iba a salir de ahí?. Tragó saliva. Había comenzado a hiperventilar.
Cuando la puerta estuvo a punto de ceder, escuchó varios tiros. Por una de las grandes ventanas del restaurante, notó que alguien pasaba corriendo y asesinaba a cada uno de los zombis. Curiosa, se acercó a la puerta y la abrió. Quedó helada al divisar a Sabo. El rubio tenía toda la ropa cubierta de sangre, su rostro tenía varias salpicaduras. Su respiración era irregular. Se había cargado a toda la horda por sus propios medios.
- Sabo... - Murmuró impactada.
- Nami - Apenas podía hablar, sus pulmones estaban intentando engullir todo el aire posible - ¿Qué está sucediendo? -
La pelinaranja bajó la mirada y se hizo aun lado. El rubio contempló a Hancock con el ceño fruncido. Sus manos estaban alrededor del tobillo y su rostro expresaba el dolor. Avanzó con determinación y contempló la herida. Rápidamente se agachó y, luego de arrancar un pedazo de su pantalón, amarró con fuerza el tobillo de la mujer. Si sus tendones o su hueso llegaban a ceder sería una complicación peor.
- Tenemos que salir rápido - Comentó mientras le tendía la mano a la morocha - Otra gran horda está llegando -
- ¿Qué? - Nami se llevó la mano a la boca - No puede ser... -
- Hay un autobús a unas cuadras, debemos llegar a él - Sabo alzó su mirada y contempló la calle. Ya estaban llegando - ¡Rápido! -
Salieron los tres juntos, intentando hacer todo lo posible por ayudarse mutuamente. La turba era descomunal, era como si todos los zombis de Japón se hubieran juntado en esa misma calle. Cuando estuvieron a pocos metros del autobús, Sabo se adelantó y forzó las puertas para que pudiera entrar. Una vez que los tres estuvieron seguros, colocaron trabas en las tres puertas. En cuestión de segundos, los muertos se agolparon alrededor del coche. Comenzaron a golpear los vidrios con violencia.
- Maldición, ¿Qué vamos a hacer ahora? - Preguntó Hancock quien yacía sentada en uno de los asientos con su pierna herida estirada.
La pelinaranja se dejó caer al suelo. Le dolía la cabeza. Ya no había nada que pudieran hacer. No tenían transporte, no tenían comida, tampoco armas. Lo único que quedaba era sentarse a esperar que alguien los encontraba. Notó que el vidrio de una de las puertas comenzó a agrietarse. Si es que los encontraban antes de que esas bestias los comieran.
- Oi, Nami - Se giró hacia el rubio.
Sabo se quitó el bolso que venía cargando es su espalda desde que se habían separado en la estación y lo apoyó en el suelo. Se agachó y abrió el cierre. ¡Estaba repleto de armas y municiones!. Le tendió revolver a Hancock y luego otro a la pelinaranja.
- Vamos a subir - Comentó mientras señalaba una pequeña escotilla en el techo del bus - Si permanecemos quietos esas cosas romperán el vidrio y será nuestro fin -
- ¿Y que hay de mi? - Preguntó la morocha.
- Quédate aquí - Dijo mientras se trepaba por uno de los asientos y abría la salida de emergencia.
Sabo utilizó la fuerza de sus brazos para poder subir al techo del coche. Su rostro palideció cuando notó la cantidad de muertos que había a su alrededor. Tenían que agradecer que esas cosas fueran terriblemente estúpidas. Si tuvieran solo una porción de racionalismo, hubiese sido su fin. Estiró su mano y tomó el bolso con las municiones que Nami le pasó. Tendrían que ser rápidos. Acto seguido, ayudó a la mujer a subir.
- ¿Entonces? - Preguntó Nami con temor.
- Solo dispara - Le ordenó.
El rubio se posicionó en la parte trasera del autobús, Nami en la delantera. Contempló a los muertos sin saber que hacer. Tenía un arma en sus manos pero... Alzó sus ojos y distinguió la Torre de Tokio. La gran edificación se imponía majestuosamente, reflejo de la supremacía del ser humano. Sus labios estaban secos.
- ¡Nami, dispara! - Escuchó la voz de Sabo.
Apretó el arma con ambas manos y comenzó a disparar. Le dio a tres muertos pero cuando estuvo a punto de disparar al cuarto, su cuerpo se tensó. Bajó el cañón del revolver y sus ojos se llenaron de lágrimas. Ese no era un zombi cualquier, esa era su madre. Bellemere tenía el rostro ensangrentado y los ojos pálidos. Su cuerpo parecía tener múltiples lastimaduras que habían sido hechas durante el ataque en su hogar. Nami dejó escapar un sollozo.
- ¿Qué sucede? - Sabo apareció a su lado y la sostuvo antes que sus piernas se flanquearan - ¿Estás bien? -
Nami alzó su dedo y apunto a Bellemere.
- Es mi madre... - Susurró.
- ¡¿Qué?! - Los ojos del rubio se posaron en el cadáver andante - Si quieres, yo... -
- No - Comentó mientras se paraba con firmeza - Tengo que ser yo -
Nami la contempló por varios segundos más, hasta que finalmente se armó de valor. Tomó la pistola y le apuntó a la frente. Disparó. El cuerpo de su querida madre cayó junto a la pila de muertos que ya habían sido eliminados. Comenzó a llorar, pero no se detuvo. Disparó, disparó, disparó. Su cuerpo comenzó a endurecerse, sus manos ya no respondía. No sabía cuanto llevaba disparando, pero podía sentir sus brazos entumecidos.
La pila de muertos fue haciéndose cada vez mayor, la horda se fue reduciendo hasta que ya no quedaba ninguno vivo. Nami dejó caer el arma. Las lágrimas ya se habían secado. El dolor era tal y ya no sentía nada en absoluto. Estiró sus manos y las contempló. Estaban rojas, la piel había comenzado a pelarse. De repente un copo de nieve cayó sobre su palma derecha.
Alzó sus ojos preocupada y notó que las nubes no habían podido retener más. La nieve comenzó a caer en forma de pequeños copos.
- ¡Sabo, está nevando! - Gritó preocupada.
El invierno les había ganado. Pero cuando volteó hacia el hombre, notó que éste contemplaba un punto fijo. Al final de la calle, varios vehículos se encaminaban hacía ellos. La esperanza volvió a su cuerpo. He oído que los refuerzos han llegado por la costa, la voz de Rayleigh retumbó en sus oídos. Y por primera vez desde que había comenzado el asalto, sonrió.
Las puertas de los coches se abrieron y varios soldados bajaron con sus armas. Los cuerpos de los zombis estaban desparramados alrededor del bus. Nami se arrimó al final del techo y bajó de un salto. Piso los asquerosos cuerpos, pero ya nada importaba. Cuando notó que su hermana se acercaba a toda prisa, le entraron ganas de llorar. Esta vez de felicidad.
- ¡Nojiko! - Exclamó y la abrazó con todas sus fuerzas.
- ¡Nami, menos mal que estás bien! - La mayor acarició sus cabellos con entusiasmo - ¿Qué sucede? - Preguntó cuando sintió las gotas de su hermana en el hombro.
- Yo... - La pelinaranja desvió la mirada hacía el cuerpo de su madre - Tuve que... -
La mirada de Nojiko se tornó dura, pero la apretó con más fuerza.
- Oi, ella estaría agradecida - Susurró en su oído - La has liberado de ese cuerpo -
Sabo contempló que la marina japonesa había logrado alcanzarlos. Distinguió a Garp y Sengoku y soltó un suspiro. Las cosas se controlarían. Pegó un salto y bajó. Se arrimó a las dos hermanas y las contempló con una sonrisa.
- Oi, ¿Has visto a Koala? -
Aquellas palabras dejaron a la mayor sumida en un incómodo silencio. Nojiko se mordió el labio inferior y le señaló una de las camionetas. Cuando Sabo desvió la mirada, notó que la camioneta tenía una cruz roja pintada. Sus ojos se abrieron y salió disparado. Tenía que ser un chiste, uno de mal gusto. Pasó por encima de todos los muertos y se arrimó al vehículo. Sin pensarlo dos veces, abrió las puertas de atrás. Su expresión se volvió seria. La pelinaranja yacía acostada boca arriba sobre una pequeña camilla, tenía una gran venda en su hombro izquierdo. A su lado, Kaya controlaba su pulso.
- ¡¿Qué demonios pasó?! - Exclamó mientras se arrimaba a Koala y le tomaba la mano.
- Estará bien - La rubia posó sus apenados ojos en el hombre - Su hombro sanará -
- ¿Por qué? - Sabo posó su mirada en el rostro de la pelinaranja - Te dije que tuvieras cuidado -
- Tenía que hacerlo... - Murmuró adolorida. La mujer dejó escapar una sonrisa - Aunque me decepcionas, ¿En verdad crees que voy a morir por una simple mordedura? -
- Yo... -
- Su cuerpo ya ha comenzado a cicatrizar, tranquilo - Añadió Kaya mientras se ponía de pie. Ya que la situación estaba controlada, tenía que dejarlos un tiempo a solas.
Cuando la rubia abandonó la camioneta, Sabo tomó el rostro de la pelinaranja con ambas manos.
- Oi, no vuelvas a asustarme de esa manera - Sin siquiera darle tiempo a responder, le dio un beso en los labios.
(...)
Nami contempló el gran ejército que había llegado junto a los tanques y las camionetas. El miedo que había sentido horas antes, se había esfumado. Ya no le preocupaba que la nieve cayera. Divisó a su amiga Robin de pie junto a varios oficiales y no pudo resistir la emoción.
- ¡Robin! - La mujer se giró y al divisarla, sonrió.
Inesperadamente, más personas llegaron al punto de reunión. Tres vehículos y varios soldados andando se acercaron con una mirada esperanzadora. Nami frunció el ceño cuando notó que un hombre habría la puerta del coche y sacaba el cuerpo de una persona herida. No era cualquier persona.
- ¡Usopp! - Kaya corrió con desesperación hacía él - Llévenlo allí, rápido -
Aquella situación le dejó una mala sensación. Cuando divisó a Sanji, se sintió más relajada. Al menos habían logrado llegar bien. El rubio se dejó caer contra uno de los vehículos y se llevó la mano a un brazo. Metió la mano en un bolsillo y sacó un cigarrillo. Nada había cambiado. También avistó a Zoro.
El peliverde caminó a toda velocidad, sin detenerse en ningún momento. Atravesó la pila de muertos que había en la calle y se acercó a Robin. Sin darle tiempo a reaccionar, la tomó de la cintura y sumergió sus labios en los de ella. Nami sonrió. Ya era hora. Hizo rodar los ojos y desvió la mirada hacía el grupo que acababa de llegar. Si mal no recordaba, Luffy había sido asignado al grupo de Zoro. Pero no importaba cuando soldados siguieran llegando, ninguno era el morocho. Frunció el ceño y avanzó hacía ellos. Quizás no estaba viendo bien. Caminó entre los hombres y mujeres, intentando ver sus rostros. Quizás Luffy no la había visto. Pero no. Ninguno era él. Se giró hacia el peliverde y por más que le dolió, se decidió interrumpir aquella escena conmovedora.
- ¡Oi, Zoro! - El hombre se giró - ¿Dónde está Luffy? -
- Creyó que estabas en la estación, fue para allá -
Los ojos de la mujer se abrieron como platos. La estación había sido tomada por aquellas bestias... ¡¿Cómo demonios había permitido que Luffy se dirigiera allá?!. Volteó en dirección al noroeste y comenzó a correr. Escuchó a su hermana decir su nombre, pero ya no importaba. Nada le importaba. Necesitaba ir a buscar a Luffy, antes de que fuese demasiado tarde. Dobló en la primera esquina pero cuando estuvo a punto de avanzar, chocó contra un cuerpo. La cosa la intentó tomar por los brazos pero Nami se defendió en vano. Cuando estuvo a punto de golpear al zombi, notó que aquella persona estaba viva.
Alzó sus ojos. Era Luffy. El aire escapó de sus pulmones en el momento que el hombre la aferró contra su pecho. Sus ropas estaban cubiertas de sangre y tenía un olor hediondo causado por la mugre de esos muertos.
- Creí que... -
- Lo sé - Lo interrumpió la pelinaranja mientras se acurrucaba contra su cuerpo.
Al separarse, lo contempló con el ceño fruncido. Tenía todo el cabello marañado y había restos de carne y nieve en el cuero cabelludo. Su rostro estaba salpicado en sangre ajena. Intentó quitarle una gota de sangre que caía por su mejilla, la salpicadura era reciente. Pero sus manos estaban temblorosas y no pudo hacerlo.
- Lo siento, mis manos... -
El morocho tomó ambas manos y las apretó con fuerza. Había pensado lo peor. Maldición. Había llegado a la maldita estación y la había buscado con desesperación. Incluso se había cargado a cada uno de los muertos. Al no encontrar ningún indicio de la pelinaranja, se había asustado. Su padre le había dicho que tal vez hubiera escapado, y había tenido razón. La mujer se llevó las manos del hombre a los labios y les dio un sonoro beso.
- Nami... - Murmuró - Todo ha acabado -
- ¿En verdad? - Bajó la mirada cuando comenzó a llorar.
Quería creerlo, en verdad quería. Pero luego de tantos meses, luego de perder la esperanza una y otra vez... ¿Cómo podía estar segura de que era real?.
- Si - La volvió a abrazar - Pronto tendremos nuestra casa en la playa -
(...)
Dos días después.
Las últimas horas de ese día se dedicaron a terminar de eliminar los muertos restantes. Pero era un hecho que habían logrado recuperar Tokio y Japón se convirtió en el primer país del mundo en recuperar el control. Luego de varios días sin saber que hacer o como organizar la victoria, todos los soldados que habían participado del ataque fueron nombrados héroes de la nación y se les anunciaron increíbles beneficios.
Las estructuras de la sociedad habían cambiado completamente. La poca densidad de habitantes que habían sobrevivido habían llevado a las autoridades a ofrecer planes de apoyo económico a aquellas personas que contribuyeran con su reproducción a la nación. Se les asignaron casa y empleos a todos.
Esa tarde, Sengoku yacía dando un discurso acerca de como sería el programa para reinsertar a todos los presentes en sociedad cuando Dragon se puso de pie. Los ojos de todos los presentes se pusieron en él.
- Oi, el gobierno no volverá a tener autoridad aquí - Todos quedaron mudos.
- ¿De qué hablas? - Preguntó el almirante de flota.
- Todos los que estamos aquí fuimos testigos de lo ocurrido - Comentó con aire autoritario - ¿Y dónde estuvieron todo este tiempo? -
- En el barco - Dijo un soldado que parecía indignado.
- Ninguno de ellos prestó su ayuda, incluso cuando su gente los necesitaba - Posó sus ojos en el Almirante con determinación - No pienso permitir que pongan un pie en tierra firme -
Los presentes comenzaron a gritar y aplaudir. Sengoku contempló que todos estaban de acuerdo con las palabras del morocho y soltó un suspiro. Por más que odiara admitirlo, tenía razón. Además de que no había participado en nada, ellos le habían querido imponer que no dejaran entrar más personas en el refugio. Si él no hubiese llegado a tiempo cuando ellos se presentaron con la cura... La humanidad jamás hubiera vencido. Garp, tu maldita familia lo hizo de nuevo, pensó para sus adentros.
- ¿Qué propones? - Le preguntó luego de un prolongado silencio.
- Elecciones totalmente democráticas y transparentes - Fue conciso.
- Y supongo que te postularás tu - Dijo un marine un tanto resentido por haberle faltado el respeto al gobierno de esa manera.
- No - Dragon se giró hacía la multitud - Propongo a la única miembro del gobierno que se atrevió a viajar a Tokio aun cuando no era seguro - Sus ojos se posaron en Nefertari Vivi.
La peliceleste quedó muda. ¿En verdad estaba hablando de ella?. Cuando notó que todos la miraban e incluso varios comenzaban a aplaudir, se puso de pie. Estaba medio perdida. No terminaba de entender que estaba pasando pero sabía que tenía una gran responsabilidad en sus hombros. Sintió como la mano de Sanji apretaba la suya y se llenó de valor. Le regaló una sonrisa antes de avanzar al frente.
- Se que no es una situación sencilla - Le dijo la única persona que se había atrevido a formar una organización en contra de la corrupción.
- Haré lo mejor que pueda para no fallar - Comentó seria.
- Bien - Dragon se giró a la gente - Quienes estén en contra de mi propuesta, alcen sus manos -
Fueron muy pocas las personas que levantaron sus manos. La mayoría estaba de acuerdo con la decisión tomada. El hombre sonrió, por fin tendrían verdadera justicia. Dejó escapar un suspiro y posó sus ojos en Sengoku.
- Si así lo quiere la mayoría - Dijo con resignación - Entonces es oficial - Todos comenzaron a aplaudir, desvió su mirada hacía un joven marine - Informarle a Tsuru - El joven asintió y abandonó el recinto - Entonces, es hora de hablar sobre el futuro. Japón ha sido el único país que ha recuperado el control, todos aquí saben que el resto del mundo continua en caos - Anunció con autoridad - Es la oportunidad para que cada uno de ustedes demuestre su verdadero valor. A aquellos soldados que participen de la conquista internacional se les brindará muchos más beneficios - Posó su mirada en todos y en cada uno de los presentes - ¿Quién se ofrece? -
El silencio se apoderó de los presentes. El terror de lo vivido en las últimas semanas había afectado a la mayoría de las personas. Nadie quería viajar al continente, nadie quería volver a enfrentar a esos malditos muertos. Al notar que nadie se ofrecía, Luffy se puso de pie y contempló al Almirante de Flota.
- Yo -
- Espera - Nami lo tomó de la mano y jaló de él para que volviera a su asiento - ¿Qué estás diciendo? -
- Tenemos que ayudar al resto - Comentó con firmeza.
- ¿Qué hay de nosotros? ¿Qué hay de la casa en la playa? - Preguntó sin poder creer lo que estaba oyendo.
- Nami... - Murmuró - Tengo que ayudar a los demás -
Los ojos de la mujer analizaron la mirada el hombre con paciencia. Entendía como se sentía y sabía que nada lo haría cambiar de opinión.
- Entonces... - Intentó ponerse de pie.
- No - Las manos de Luffy se posaron en sus hombros y la retuvieron en su asiento - Tengo que hacer esto solo -
- ¡Oi, eso no es justo! - Exclamó enojada.
- Escucha - El morocho se agachó a su lado y la contempló a los ojos - ¿Quién va cuidar de Hanaro, Sakura y Connie? - El ceño fruncido de la pelinaranja aflojó - Ellas te necesitan -
- Aun así... - No estaba segura de que pensar.
- Ya creí una vez que te había perdido - Murmuró cabizbajo. Por unos momentos se había sentido la peor basura del mundo - Si te quedas aquí, haré mejor mi trabajo - Finalmente la mujer cedió y asintió en silencio.
- No me dejas opción - Zoro se puso de pie - Yo también voy -
- Oi, oi - Sanji se enderezó - Si el idiota va, quedaré como un miedoso - Metió la mano en su bolsillo y sacó un cigarrillo - Apúntame en la lista -
- Yo también iré - La primera voz femenina los hizo voltear a todos. Nojiko estaba de pie, seria.
- ¡Nojiko! - Nami se puso de pie y caminó hacía ella - ¿Por qué? - ¿Qué estaba pasando? ¿Acaso todos sus seres queridos la dejarían sola?
- Nami... - Dijo cabizbaja - Aquí ya no queda nada para mi -
- ¿De qué hablas? - En verdad, no lo creía - Me tienes a mi -
- Tu estás segura, con eso basta - Dejó escapar una sonrisa - Quiero hacerlo, en verdad quiero ayudar a la gente -
Poco a poco, los soldados comenzaron a ponerse de pie. Más de la mitad de los soldados que habían cooperado en la recuperación en Japón se ofrecieron como voluntarios para tomar el barco que los llevaría a Corea del Sur, al continente. Partirían al día siguiente, por la mañana.
(...)
Más tarde, ese día.
El hogar provisorio que les habían dado hasta el traslado a la casa en la playa, era un pequeño departamento en el centro de Tokio. Las tres niñas que había decido adoptar como suyas yacían en una pequeña habitación durmiendo. Nami junto los platos de la cena, y lo dejó sobre la mesa de la cocina. Era extraño sentir que todo había vuelto a la normalidad. Aunque... Pronto esa paz desaparecería. Alzó la mirada por sobre su hombro y contempló al morocho en silencio. Terminó de lavar los platos y se giró hacía Luffy.
- Oi... - Murmuró algo apenada, en pocas horas estaría abordando un barco hacía la misma muerte. Prométeme que no vas a morir, Luffy. - Luffy... ¿Vas a volver sano y salvo, verdad? -
- ¿De qué estás hablando? - El morocho se puso de pie y caminó hacia ella - Claro que voy a volver sano y salvo - Sonrió mientras le quitaba los cabellos del rostro - Y cuando vuelva tendremos nuestra casa en la playa -
- ¿Lo prometes? - Insistió seria.
- Tengo una idea - Sonrió de manera pícara - Cerremos el pacto aquí y ahora -
Poseyó sus labios y metió la mano por debajo de su camisa. Iba a ser una larga noche pero tenían que aprovechar el último tiempo que les quedaba al máximo.
Uuff... Por fin he terminado. He tardado casi cinco días en escribir este capítulo. Claro está que es el final de éste fic, el próximo capitulo será un epílogo, un cierre para toda esta trama que ha llevado años desarrollar. Espero que les haya gustado y estén conformes con el desarrollo de la historia. Estoy ansiosa por leer sus comentarios.
¡Nos leemos pronto!
