Los personajes son de la genial Sthepenie Meyer y la historia es completamente mía.


Capítulo veintinueve.

-¿Lista?

-¿De verdad necesitas preguntar eso?

Rosalie rió mientras acomodaba los rizos de su cabello bajo el tocado de tul blanco. Se quedó quieta cuando estuvo terminado y admiró su peinado. Dos trenzas adornaban el frente de su cabeza a modo de corona, entrelazados con pequeñas florcitas blancas. De los costados hacia el centro se alzaba un tocado con cascadas de bucles que resaltaban la delicadeza del rostro de Bella.

Rosalie tomó sus hombros y la sacudió suavemente. Su hermana estaba pálida, contrastando notablemente con el suave maquillaje y sus labios color rubí.

-¿Estás bien?

Bella elevó la vista y clavó sus ojos en su hermana.

-Tengo el estómago revuelto, me siento pálida y horrible, me mareo y me duele la cabeza ¿Te parece un buen resumen de si me siento en forma?

Rosalie sonrió y la giró suavemente.

-Estás nerviosa, este es tu gran día.

-Si, lo sé. En la última semana no he dejado de estar así. Tengo que ponerme ese horrible esmalte en las uñas para no devorármelas.

-Exagerada. Voltéate o terminarás por tardar más de la cuenta.

Dos golpes a la puerta sobresaltaron a Bella. Rosalie se deslizó sobre sus tacones y corrió a abrir la puerta.

-No está lista pero…

Se detuvo en seco y se quedó sin palabras.

-¿Mamá y…?

Bella se puso de pie con facilidad y se quedó estática a mitad del salón. Su corazón latía salvajemente y su pulso estaba comenzando a fallar. Demasiado rápido.

-Rosie, cariño, déjame ver a tu hermana…

Bella retrocedió unos cuantos pasos y sus tacones casi se enredan con el largo del vestido.

Frente a frente, cara a cara. Se encontraba Isabella Swan y René Dwyer.

-No podía perderme este día, lo siento.

Susurró con dolor en su voz.

-Se que no tienes nada para decirme, Rosalie me invitó.

Bella no apartó la vista de su madre, debería de habérselo esperado.

-Bella, eres mi hija, no puedo estar alejada de ti. De ninguno de mis hijos y es tiempo que dejemos las cosas claras.

-No es el momento ni el lugar, René.

-¿Entonces cuando, eh? ¿Vas a negarle a tu padre el derecho de llevarte al altar?

Las lágrimas amenazaron y su rejunte de ira las hizo hacia atrás. Recordó que él ya se lo había perdido una vez.

-No lo menciones, está muerto.

-No, no lo está y tú no lo estás para él. ¿Sabes cómo ganaste el juicio para quedarte con el bebé? Por él. Por que mientras tú no lo veías él jamás ha dejado de ser parte de tu vida, Isabella. El abogado que defendió tu causa es su hijo, tú medio hermano. Se que no tuvimos la historia dorada que querías por padres y eras demasiado pequeña para entenderlo.

-No era pequeña, eso creías tú. La madurez nunca fue tu debilidad, René. Alguien tenía que ser el sensato allí.

-Pero ese no era tu papel.

-Le perdonaste una segunda vida mientras estaba contigo, mientras fingía quererme ¿Cómo pudiste? Él arruinó nuestras vidas. Yo era la que tenía que verte llorar por todos lados, suplicar por algo de misericordia y jamás vi nada de regreso. Aún así lo perdonaste.

-Los asuntos entre pareja no incluyen a los niños. Él jamás te dejó de querer.

-Bueno, cuando desapareció por seis años me dejó bien en claro su lista de prioridades.

-Pero volvió.

-¡Por favor! No lo defiendas detrás de un "volvió" No volvió por que le interesáramos, volvió por dinero y eso no puedes ocultármelo, siempre lo supe.

Inspiró hondo.

-Bien por ti si pudiste perdonarlo, yo no puedo hacerlo.

Se dio la vuelta buscando algo de calma.

-Dame una segunda oportunidad, por favor.

Soltó todo el aire que contenían sus pulmones y se aferró con fuerza al respaldo de la silla hasta que sus nudillos quedaron blancos. La voz profunda voz de Charlie Swan estaba demasiado cerca, tanto como nunca la había sentido.

Era tiempo.

Se volteó para enfrentarlo y la mano derecha le tembló ante la necesidad de golpearlo fuerte. Por atreverse a aparecer ese día tan especial para ella. Ambos estaban arruinándolo.

Indiferencia.

Ese toque de apatía golpeó el rostro de Charlie, más de lo que podría haberlo hecho una bofetada. Soltó un último exhalo antes de hablar.

-Lo siento, eso es todo lo que tengo para ofrecerte. Eres una mujer, una adulta que está por formar una familia, una de enserio y esta vez no quiero perdérmelo. He sido un estúpido, apartándome todo este tiempo creyendo que era lo mejor. Darte espacio, hasta que supe que era lo peor que podía haber hecho. Cometí un error y…

Bella se mantuvo inamovible y se acercó peligrosamente.

-Yo fui ese error y eso, nunca se perdona, Charlie. Menos cuando nunca dejas de mostrar que te arrepientes. Que arruinaste tu vida por un niño que no deseabas.

Charlie parpadeó y la miró a los ojos.

-Si, lo escuché todo.

-No puedes dejarte guiar por el pasado…

-Por supuesto que no. Por eso quiero un futuro sin ti. No voy a pedirte perdón, arruinaste mi vida y logré salir adelante por quienes realmente me amaban. Te perdono, todo el mundo comete errores, pero antes de hablar se puede pensar. Se puede medir una consecuencia. Aquí y ahora, puedes irte en paz. Pero nunca voy a olvidarlo.

-Bella, es hora.

Carlisle se quedó de pie ante la escena.

-Tengo que irme.

Rosalie se apresuró a moverle el vestido y ayudarle a salir.

Bella había accedido a ser llevada por Carlisle, él había insistido, ya que solo tenía un hijo, estaría feliz de llevarla al altar. Jasper iba a ser quién lo hiciera, pero dijo que parecía mejor de esa forma.

El corazón le dolía inevitablemente. Tal vez se equivocara, tal vez todo el mundo necesitaba una segunda oportunidad, pero realmente no podía ver el arrepentimiento de Charlie. Bella siempre había sido una persona perceptiva y no sentía que perdonarlo fuera correcto. Podía perdonarlo, lo aceptaba. Pero jamás olvidaría.

No tenía idea de cuánto bien o mal tenía su decisión. Solo sabía que hacía lo que sentía que debía hacer. Como siempre lo había hecho.

Nauseas de nuevo.

Carlisle le sostuvo firmemente el brazo.

-¿Estás lista?

-El próximo que se atreva a preguntar eso podría merecer un golpe en su rostro.

Murmuró para sí misma mientras su suegro reía a carcajadas. Lo miró levemente.

Respiró hondo.

-Estoy lista, ahora.

A paso lento se dejó guiar por Carlisle sobre la alfombra roja. Tenía algo debajo por que sus tacones no se hundían en el césped. De repente, todo quedó atrás, todo fue un gran episodio del pasado que debía olvidar. No culpaba a su madre, ella hacía lo creía que estaba bien. Le sonrió cuando la vio al pasar, ella estaba inundada en lágrimas junto a Phil, su nuevo marido, y sus hermanos.

La ceremonia se ofrecía en la casa de campo Cullen. El enorme patio trasero había sido amoldado al festejo matrimonial. Una carpa blanca y amplia, con pilares que sostenían el techo permitía la entrada de la brisa fresca de primavera. Las sillas estaban acomodadas a ambos lados del pasillo por donde venía caminando lentamente y frente a ella… su real futuro.

Edward sonrió al cruzarse con su mirada. No había ángel más hermoso sobre la tierra que su futura esposa. Bella lucía un vestido tradicionalmente blanco, pero como si fuera propio de ella, tenía su toque. Un lazo trenzado color lavanda y champaña, adornaban su pequeña cintura. El pedrusco se simplificaba a un bordado fino con pequeñas piedras de los colores del trenzado, solamente por sobre el borde superior del corsé. Unido a una amplia falda plato de raso que caía hasta el suelo y se movía delicadamente acompañando su figura.

Se cruzó con su mirada de nuevo.

Un paso más y estaría en sus brazos.

Carlisle se hizo a un lado y le ofreció a la dama. Edward le tomó la mano respetuosamente y se miraron eternamente por dos segundos. Se colocaron de frente al juez y sonrieron.

-Damas y caballeros, estamos reunidos, felices de festejar la sólida unión entre una pareja forjada en amor, compañerismo y confianza…

Sus manos siguieron más unidas y firmemente presionadas.

-… ¿Edward Cullen, desea proseguir con sus votos?

-Si…

Se aclaró la garganta y la miró solamente a los ojos.

-…Bella, me enamoré de ti ayer, quiero que seas mi hoy y formes parte de mi mañana. Prometo amarte como nunca antes lo haya hecho, protegerte como la reliquia de oro más preciada que tiene mi corazón y acompañarte hasta el final de mis días. Eres el eje alrededor del cual gira el sentido de mi vida y si algún día me faltaras, no podría continuar aquí. Te amo, Isabella Swan ¿Aceptas convertirte en mi esposa?

Tomó el anillo más pequeño y ella le tendió la mano. Luchando contra las lágrimas.

-Si, acepto.

Bella sonrió mientras sentía la dorada alianza deslizarse con cuidado por su anular izquierdo. Ella elevó la vista y dejó que sus palabras se hundieran en el verde aguamarina en el que jamás podría ser capaz de salir.

-…Edward Cullen, has sido el más preciado regalo que me ha dado la vida, deseo amarte hasta la eternidad y hacerte el hombre más feliz sobre la tierra. Eres la luz que guía mi camino y quiero recordarte que cuando mi voz calle, mi corazón seguirá hablándote. Por que te pertenece solo a ti. Eres mi infinito y todo lo que se encuentre más allá de esta vida… ¿Aceptas convertirte en mi esposo?

Bella tomó el último anillo que llevaba su nombre grabado y sonrió.

-Si, acepto…

Edward se mordió el labio inferior mientras Bella deslizaba el círculo dorado por su dedo. Era tan hermosa, tan perfecta para él que estaba luchando con las ganas de besarla antes de tiempo.

-Isabella Swan y Edward Cullen, los declaro marido y mujer…

Antes de que los vítores comenzaran Edward se abalanzó delicadamente a los labios de su nueva esposa.

-… puede besar a la novia…

Terminó por murmurar.

-Te amo, Bella, con cada latido de mi corazón.

Murmuró contra sus labios.

-Te amo, Edward, más de lo que puedo decir.

Volvió a unir sus labios y lo supo.

Ese era su lugar en el mundo.