Capítulo 29
"… de la culpa a la valentía…"
Una puntada tras otra, una y otra vez. Cuando pensaba que ya se había librado del horror de la guerra, de haber visto morir al rey en su improvisada camilla, en una tienda horrorosa y sucia. Aún tenía pesadillas sobre Oropher. Lo había mirado a los ojos cuando se le apagaba la vida, había llorado sobre él, sobre un pecho que no exhalaba; porque había sido como su padre. Lo peor fue decírselo a Thranduil. Su expresión fue del más profundo dolor, con pesar, con culpa; sabiendo que había dado la orden demasiado pronto. Había sido un terrible error, pero sólo se lo había confesado a Aldaril. No era capaz de enfrentarse a la verdad de que por su impaciencia la mayoría había muerto, incluso su padre. Al sanador se le ocurrió por un segundo que su amigo lo culparía por no poder salvarlo, pero no lo hizo. Ya tenía suficiente culpándose a sí mismo, despertándose a la mitad de la noche escuchando los gritos desgarrados del campo de batalla, de sus amigos muriendo en sus brazos; y ni siquiera los besos de su esposa eran capaces de calmarlo. Aunque no por eso dejaría de intentarlo, necesitaba aquel contacto, la había extrañado más de lo que podría admitir.
Se limpió las manos ensangrentadas y dio de beber a Elenshael una poción calmante. Ella le suplicó con la mirada, y el sanador le prometió que todo estaría bien. Acarició su sien con ternura, mientras ella le daba las gracias y le repetía que era un gran amigo, un par de veces antes de caer dormida ante la poción. Se odió a sí mismo por haber mentido, ¿a quién engañaba? ¿Por qué había dicho eso? Siempre le había dicho la verdad a todos, aunque doliera, era mejor que supieran a qué se enfrentaban para poner sus cosas en orden si hacía falta. Pero ella lo había mirado con tanta esperanza que no fue capaz de destrozarla.
Salió de la habitación mirando sus pies, caminando lentamente, tratando de no pensar. Pero dos pasos y se chocó con Thranduil, con esa expresión expectante y tan llena de esperanza como la de su esposa, con su hijo en brazos y los ojos muy abiertos. Comprendió que lo que fuera, sería mejor que el pequeño no lo oyera. Lo bajó al suelo y tuvo que insistirle para que se fuera, y sólo cuando se aseguró de que no estaba oyendo, oculto y sigiloso como siempre; le indicó a Aldaril que hablara con un ademán de sus manos. Entonces lo miró a los ojos y debió intentar varias veces antes de que le saliera la voz.
-Despídete –susurró. El rey tembló como si le hubieran clavado un puñal en el músculo donde había estado su corazón y lo hubieran retorcido, una y otra vez. El sanador hubiera jurado que escuchó su corazón romperse, pero ahora era el rey y hacía lo posible por mostrarse fuerte. No tenía necesidad de fingir frente a su amigo, pero aun así lo hizo. Escondido entre las sombras, silencioso como una de ellas, Legolas lloró.
-¿Cuánto tiempo? –balbuceó. Aldaril tomó aire antes de responder.
-Esta noche –hubo un largo silencio. El sanador evaluó la posibilidad de que el rey elfo tuviera un ataque cardíaco allí mismo y se desplomara, eso era lo que decía su expresión; pero logró mantenerse de pie. Lo asaltó el pensamiento de cómo sería estar en su lugar, y de pronto sólo quería encontrar a Elen y abrazarla muy fuerte. Pero Thranduil le sorprendió gritando, con los ojos casi saliéndose de las cuencas, mirándolo de un modo que nunca esperó de él.
-¡Te ordené que salvaras a mi esposa! ¡Tu rey te lo ordena, maldita sea! ¡¿Por qué no obedeciste?! –Aldaril suspiró y se mordió el labio.
-Ya era tarde cuando llegó, mellon-nin. Lo siento tanto –no pudo terminar la frase, el rey lo golpeó con toda la fuerza de la que fue capaz, con el puño cerrado. Volvió a abrir el corte de la ceja, que aun no había cerrado del todo, y un hilillo de sangre corrió por su párpado y su pómulo.
-¡No! ¡No lo entiendes! –por un momento el sanador se preguntó de qué hablaba- ¡Me pediste que te deje matarlo, pero no lo hiciste! ¡Mi esposa se muere y es tu culpa! –Aldaril no pudo contener un suspiro de sorpresa. Tal vez tenía razón, era su culpa. Agachó la cabeza y volvió a mirar sus pies, mientras sentía ahogarse, se esforzaba por respirar pero era inútil. Apretó los párpados esperando otro golpe aun más fuerte, pero no llegó. Lo escuchó alejarse y luego el fuerte golpe que le dio a la puerta de su esposa al cerrarse. Era todo, no volvería a verla. Arrastró los pies hasta su casa, hasta su cama, y se dejó caer, derrotado.
Legolas debió taparse la boca para no gritar. Cuando escuchó a su padre y a su tío irse se acercó a la puerta cerrada, sigiloso como bien sabía hacerlo, y pegó el oído a la gruesa madera. Escuchó a su padre llorando, rezando en susurros y si prestaba mucha atención podía escuchar a su madre hablando aún más bajo. Le decía que estaba bien, que no tenga miedo, todo estaría bien; el sanador se lo había prometido, pero el rey no lo creyó. Nada volvería a estar bien jamás. El pequeño elfo lloró más fuerte, y temeroso porque alguien descubriera que estaba espiando, corrió. Se lanzó escaleras abajo, luego otras; ni siquiera sabía que tan profundo llegaban pero parecía que corría por horas. Quería ir a donde nadie lo viera, a donde pudiera llorar en paz, donde pudiera acurrucarse en un rincón oscuro y esperar que ese dolor pasara algún día.
Cuando se atrevió a abrir los ojos no sabía dónde se encontraba. Estaba muy profundo bajo la tierra, en un largo pasillo de escaleras y antorchas con puertas formadas por barrotes de hierro, coronados por enormes cerraduras. En una escuchó un llanto como el suyo, y se acercó un poco. Vio dos niños pequeños, más pequeños de lo que él hubiera visto jamás. Sus brazos y piernas eran cortos, sus rostros más redondos, y lloraban abrazados; sin siquiera mirar al pequeño elfo que los observaba con curiosidad. Se preguntó qué eran, si enanos y hombres, u otra raza. Pero no se había olvidado de su mamá, por lo que pronto se distrajo de los dos pequeños y volvió a llorar. Escondió su rostro entre sus manitas y no las quitó ni siquiera cuando sintió que alguien lo tomaba entre sus brazos y lo alzaba. Escondió la cabeza en el hueco de su cuello, sintiendo sus rizos cosquilleando sobre los párpados cerrados y una suave caricia en la espalda, en forma circular. Elen le cantó con una voz suave y melodiosa una canción alegre, y aunque tardó un poco, el pequeño logró relajarse. Él no lo había notado, pero los hermanos también habían dejado de llorar y ahora la observaban atónitos.
-No llores, principito –le susurró, mientras algunos espasmos aislados aun contraían su pecho. Su rostro estaba enrojecido y congestionado, sólo levantó la cabeza un momento para asegurarse que era alguien conocido, y rápidamente volvió a enterrarse entre su cabello. Ella lo condujo escaleras arriba, eso lo mecía suavemente. Todo el cuerpo le dolía, no había notado lo fuerte que había corrido, o cuánto había bajado. Sentía que toda fuerza lo había abandonado y ya no lloraba, no podía siquiera abrir los ojos, sólo se entregaba a la sensación del pecho de ella contra el suyo imaginándose que era su mamá quien lo abrazaba. Entonces pasó sus brazos alrededor de su cuello y la apretó un poco.
-No quiero –balbuceó-. Porfa, Elen –suplicó, con toda la fuerza de su corazón.
-¿Qué cosa no quieres? –siguió, mientras continuaban subiendo, por una escalera que parecía interminable.
-No quiero que mi mamá se muera –sentenció, y a la elfa le estrujó el corazón. Lo apretó contra sí y lo besó con dulzura sobre la cabeza. Hizo un esfuerzo por sonreír.
-¿Quién te dijo eso? –inquirió, más por buscar pretextos para decirle que todo iba a estar bien que por desmentirlo.
-Aldaril le dijo a mi papá –respondió-. Es el mejor sanador de todo el reino, lo sabe todo el mundo –susurró, con algo de orgullo debajo de esa tristeza.
-Quizá se equivoque –sonrió, pero Legolas negó con la cabeza. Hubo un largo silencio, en el que Elen intentaba dilucidar qué decir en un momento como aquel-. Ten esperanza –lanzó al fin.
-¿Qué debo hacer? –balbuceó después de un rato. Ya casi llegaban a la superficie, podía sentir el aroma del bosque, pero después hacía falta subir más; más alto que los árboles a las torres que rozaban las nubes. Elen se mordió el labio y dejó pasar unos minutos, ordenando las palabras antes de decirlas; sintiendo cómo él se tensaba sobre sus brazos.
-Dile que la amas, díselo muchas veces; y dile que nunca la olvidarás. Toma sus manos y dale besos, todos los que quieras –el niño esbozó una media sonrisa triste, pero asintió-. No te olvides de hacer lo mismo con tu papá. Dile que lo amas y dale un abrazo muy, muy fuerte –asintió. Ella lo bajó al piso, ya habían llegado. Se limpió las lágrimas con la manga de su túnica y sólo la observó desde abajo con ojos de borrego, sin saber muy bien qué decir.
-¿Y estará bien? –ella asintió-. ¿Puedo abrazarte a ti? Para practicar –de pronto se había sonrojado. De todos modos la había abrazado todo el viaje escaleras arriba, pero Elen sólo pudo lanzar una risita, y flexionar sus rodillas para quedar a su altura. Él la abrazó muy fuerte, por largo rato; y luego juntó coraje para tocar la puerta de la habitación donde su madre agonizaba.
-Sé valiente –sentenció, mientras lo veía abrir apenas la puerta y escabullirse dentro. Sin embargo, asomó la cabeza por última vez para susurrarle.
-Abraza también a Aldaril por mí –a la elfa le estrujó el corazón, le prometió que lo haría. Pero no ahora mismo, aunque tuviera unas ganas incontenibles; porque aun tenía que terminar lo que había ido a hacer ahí abajo.
Desde que lo habían arrojado en esa celda no había dejado de temblar. No le importaba lo que hicieran con él, ya había vivido mucho. Lo que le preocupaba eran sus hijos. Los escuchaba llorar en alguna celda cercana, pero no podía verlos. Les gritó, esperando que al oírlo se tranquilizaran, pero lloraron aun más fuerte mientras un guardia le ordenó bruscamente que se callara. Volvió a gritarle, y el poco amigable elfo introdujo la punta de la lanza entre los barrotes para darle un buen golpe en la cabeza. Sonó seco, de arriba hacia abajo, como si quisiera enterrarlo en el piso. Fue ridículo, se sintió humillado, pero enseguida todo se volvió oscuro y no supo nada más. Cuando abrió los ojos supuso que ya había pasado largo rato, las antorchas estaban consumidas casi por completo, y debió refregarse los ojos antes de lograr distinguir algo. Tenía la boca como arena, hubiera dado todo por un buen vaso de agua. O de cerveza helada, eso sería celestial. No oyó a los niños llorar y eso le preocupó.
Se acercó a los barrotes y abrió la boca para gritar pero un ademán lo hizo callar. No supo si sonreír, o llorar, querría lanzarse a ella, abrazarla y decirle que la había amado de verdad, que lo sentía, que quería montar en un caballo grande y que sus hijos eran buenos niños que no merecían morir. Pero Elen sólo lo miró duramente, sin expresión, hasta que comenzó a curvar las cejas con lástima. Gani pensó que se veía tan bien, siempre igual de joven; y él tan anciano que el cabello parecía marfil sucio y se caía de a mechones cuando Dís intentaba peinarlo. Sabía que no volvería a verla, y le estrujó el corazón. Aún así, sin esperanza alguna, estiró su mano entre los barrotes. La elfa lo tomó y se acercó sin decir nada. Siempre le habían gustado sus ojos azules, eran fríos y cálidos, contradictorios como los de su padre; y no supo decir qué veía en ellos.
-Por favor, princesa –balbuceó, con la voz quebrada. Elen suspiró.
-¿De veras tenemos que pasar por la parte de las súplicas humillantes? –enseguida negó, respondiendo su propia pregunta-. Tú y yo sabemos lo que va a pasar, ¿verdad?
-Muy muerto –afirmó Gani, y ella asintió-. ¿Por qué has venido?
-Te dije que volveríamos a vernos –suspiró, y él la interrumpió antes de que pudiera decir algo más.
-Fue un accidente, te lo juro –ella volvió a negar.
-Nadie te cree, pequeñito –le conmovió que lo llamara así, hacía tantos años, esos días en Moria…-, hasta yo tengo mis dudas, y de hecho estaba ahí –el enano tragó saliva, pero se animó a preguntar; su vida ya no le pertenecía.
-La elfa… ¿murió?
-La reina –corrigió, y el enano debió contener un escalofrío-. Dice Aldaril que le quedan pocas horas; y te enterarás, te lo aseguro –él trató de no pensar en qué significaría eso-. Thranduil no te dejará morir hasta que no se lo hayas suplicado cien veces –vio el miedo en los ojos de Gani, le dio pena pero ya nada podría hacer.
-¿Puede hacer eso? –Elen se encogió de hombros.
-Es bastante resistente, si a eso te refieres. No se cansará –Gani negó con la cabeza.
-Me refiero a que, ¿puede ser tan cruel? –ella frunció el seño. Eso le molestó. Elenshael era su amiga, y que el naugrim hablara de crueldad, que intentara provocar compasión de esa forma tan baja y manipuladora, le molestaba sobremanera. Recordó haber visto a Aldaril con la mandíbula destrozada por el martillo del enano, y se preguntó cuál era su concepto de crueldad. Quizá tenían uno muy diferente. Suspiró e hizo un esfuerzo por no ser tan dura con aquel pobre infeliz.
-Dos semanas –Gani subió una ceja-. Thranduil y Elenshael estuvieron casados muchos años, pero muy recientemente engendraron a su primogénito. Cuando los guerreros partieron a constituir eso que los bardos llaman la Última Alianza, la reina tenía un embarazo reciente. Así que el rey se fue sin conocer a su hijo, y volvió pasados diez años, hace dos semanas –el naugrim la interrumpió con brusquedad.
-¿Y eso que tiene que ver conmigo? –Elen apretó los puños e hizo un esfuerzo para no estrellarle la cabeza contra los barrotes.
-Imagínate. Dos semanas de una familia feliz, un niño que recién ahora tiene un padre presente. Dos semanas de felicidad, y tú se lo arrebatas, para una eternidad de luto, cuando también su padre acaba de morir. ¿Tú tendrías compasión? –pensó un momento. Había disfrutado muchos años de su familia, pero dos semanas era demasiado poco hasta para un hombre de una vida tan corta. Ni quería imaginarse lo que sería para un elfo. Negó con la cabeza, la culpa lo abrumó y ya no pudo sostenerle la mirada.
-¿Por qué has venido? –repitió, sólo para cambiar de tema.
-He venido a ayudarte, Gani –volvió a subir la mirada, desconcertado. Le acababa de decir que el rey iba a torturarlo hasta lo impensable, entonces ¿de qué diablos estaba hablando?
-¿Cómo puedes ayudarme? –inquirió con más desesperanza que verdadera curiosidad.
-Llevando a tus hijos de vuelta a Erebor. Sé que no le hicieron mal a nadie, yo estaba allí. Sería injusto que ellos pagaran por tus estupideces –el enano repitió esas palabras dentro de su cabeza, consternado, intentando buscar dónde estaría la trampa.
-¿Así como así? –ella asintió.
-Sólo quiero que me devuelvas mi espada y renuncien a cualquier represalia que se les ocurra por tu muerte. Hacemos el intercambio, y aquí no ha ocurrido nada –Gani asintió despacio.
-Es un buen trato. Un viejo muere, dos niños viven –suspiró, y le tendió la mano entre los barrotes para cerrar el trato.
-Iré ahora mismo –anunció con decisión-. Temo que ya no volveremos a vernos –suspiró-. Si quieres decirme algo, esta es tu oportunidad –esbozó una sonrisa, a modo de consuelo. Pero él negó con la cabeza.
-Sólo rogarte que me perdones –no necesitó más explicación para saber de qué estaba hablando. Ella asintió.
-Te perdoné hace mucho. No puedo guardar rencor por toda la eternidad, no es sano, ¿sabes? Recuérdalo –él asintió con expresión solemne.
-¿Estamos en paz? –la elfa asintió, y le sonrió. Él atesoró esa sonrisa como lo último bello que había visto en la vida-. Gracias, Elennim.
-Adiós, viejo amigo –y con esto comenzó a avanzar hacia la derecha y salió del estrecho campo visual que tenía entre los barrotes. Entonces se tumbó en el suelo, mirando el techo vacío, y elevó una plegaria por la vida de sus hijos. Confiaba en ella, pero no había tenido más opción. Hubiera confiado aun si hubiera podido no hacerlo. Le sorprendió la bondad que le había mostrado, estaba seguro que arriesgaba mucho de sí misma para salvar a los pequeños enanos. Cerró los ojos, y recordó los buenos momentos que había pasado con su familia. Al fin y al cabo había sido una vida larga y con altibajos, pero ¿quién no los tenía? No tuvo miedo ni ansiedad, se sintió flotar sobre las rocas, y sencillamente se quedó a esperar la muerte.
Aldaril abrió los ojos con más decisión de la que había tenido en mucho tiempo. Ya estaba bien de llorar y lamentarse por la cantidad ridícula de personas que no había podido salvar durante la guerra. En todas las guerras moría gente, eso era obvio pero nunca antes lo había vivido. Ni siquiera lo habían culpado por la muerte de Oropher; pero por Elenshael era otro cantar. Tendría que haber matado a Gani cuando pudo. Se dejó convencer de que lo dejara, de que no podría vivir con eso; pero secretamente tenía la esperanza de que muriera por las heridas. Si así hubiera sido, si hubiera cumplido con su palabra, la reina seguiría viva. Pero ya no tenía caso arrepentirse. Se preguntó donde diablos estaría su esposa o qué estaría haciendo pero se encogió de hombros y se levantó de la cama con la pesadez de levantar una montaña derrumbada. Enseguida dejó la cabeza bajo el chorro de agua helada de la ducha, lavando la sangre que ya estaba seca y dejando que la culpa fluyera lejos. El frío lo hizo sentir limpio.
Bajó una cantidad de escaleras que no creía que existieran en dirección a las mazmorras. Quería hablar con Gani y decirle que había sido su culpa, su hacha; no su negligencia lo que había matado a Elenshael. Escupirle su verdad no lo cambiaría, pero por alguna razón necesitó que alguien asumiera la culpa para eximirlo de aquello. Pensándolo así, se sintió estúpido, pero no se detuvo. No se olvidaba que el naugrim había estado muy cerca de violar a su esposa, y quizá podría descargar su frustración dándole algunos merecidos golpes. Pero no iba a matarlo, que Thranduil tuviera su venganza si la quería. El elfo ya no quería más problemas con su amigo. Suspiró y siguió bajando, las antorchas eran débiles y casi no veía nada.
Abstraído en sus pensamientos, le sorprendió cuando algo chocó contra sus pantorrillas, ahogando un grito. Antes de que pudiera hacer algo, lo que fuera lo mordió con fuerza y maldijo entre dientes. Lo tomó del cabello para apartarlo y se sorprendió al ver un pequeño enano rubio, sin barba aun, pero con una expresión iracunda que ya había visto antes en algún momento. No comprendía que diablos hacía libre, pero no le costo nada levantarlo en sus hombros y llevarlo inmovilizado como si fuera un saco de papas. Al enano eso no le hizo gracia, y empezó a gritar como un desquiciado. Aldaril supuso que si alguien los veía tendría que inventar alguna excusa para estar allí abajo. Puso los ojos en blanco y le repitió al enano rubio que se callara, una y otra vez. Pero él no dejaba de retorcerse e intentar zafarse, en vano. La pierna le dolía donde lo había mordido, sentía la sangre escurrirse hasta el tobillo. Se preguntó si la celda que le correspondía estaría muy lejos.
-¡Fili! –un grito infantil lo hizo quedarse quieto. Aldaril intentó buscar con la mirada dónde estaría el otro, quizá podría atraparlo. Pero si era como este, que se movía como una sanguijuela, y la precaria luz del lugar; iba a ser muy difícil. Pero cuando lo vio, el enano más pequeño no iba libre. Una figura más alta y esbelta lo llevaba bajo el brazo pataleando como si fuera un libro grande. Con una mano sobre la boca, enseguida lo hizo callar.
-¿Aldaril? –susurró. Enseguida reconoció la voz de su esposa, y avanzó hacia ella para chocar sus labios con los suyos. El enano que llevaba como un saco de papas hizo una mueca de burla- ¿Qué haces aquí? –el sanador se revolvió incómodo pero se encogió de hombros.
-Nada –mintió. Elen puso los ojos en blanco.
-Bien. Entonces puedes ayudarme a llevar a estos dos de vuelta con Dís –sentenció. Ambos naugrim se quedaron quietos al escuchar el nombre de su madre. Quizá así obedecerían y se estarían quietos. O desconfiarían y sería aun peor. Él lo pensó un momento, pero recordó haber visto a Legolas tan triste y supo que no quería hacerles lo mismo a otros niños. Ya iban a perder a su padre, ¿qué sentido tenía hacerlos sufrir aun más?
-Está bien –aceptó al fin-. ¿Y Gani? –inquirió, y sintió la tensión del enano sobre su espalda.
-Le envié tus saludos –ironizó la elfa y el sanador asintió.
-¡No, no, no! –gruñó el enano, entre lágrimas, por centésima vez-. ¡Los elfos nos harán daño! ¡Fili, escapemos! –ya lo había repetido tanto que carecía de sentido. Elen lo calló con una mano firme sobre su boca.
-Cállate Kili, nos estamos escapando ahora mismo –entonces comenzó a avanzar, y el enano no pudo hacer más que seguir dando patadas de mala gana. Ella pensó en los moretones que le quedarían en los muslos de tanta patada de enano enojado-. ¿Qué ocurre? –preguntó, mirando fijamente al elfo que caminaba en silencio a su lado.
-Nada, estoy bien –volvió a mentir. Pero le lanzó esa mirada que indicaba que diría la verdad luego, y quizá no quería que los niños escucharan. Cualquier cosa que ellos dijeran, luego podrían repetirla dentro de Erebor, y debían andar con cuidado. Elen suspiró.
-Me dijiste que morir de pena en sencillamente una elección –susurró. Pero él sólo le dedicó una sonrisa dulce.
-Tranquila –se mordió el labio y la estudió de arriba abajo-. No pienso morirme pronto, pero también tengo derecho a estar triste, ¿o no? –ella asintió. Notó que Fili escuchaba con más atención que la que le hubiera gustado.
-Yo también estoy triste. No paro de pensar cómo me sentiría yo en el lugar de Thranduil. Así sí sería fácil morirse –suspiró-. Pero Legolas… no podría dejarlo solo, ¿sabes? –Aldaril asintió.
-Entiendo perfectamente –sentenció-. Sonará horrible, y no lo repetiré jamás. Pero que suerte que no nos pasó a nosotros –Elen lanzó una risita nerviosa. Luego siguieron caminando en silencio hasta los establos. Los dos pequeños tuvieron que alzar la mirada para ver las crines de los caballos. Les sorprendió tanto como aquel día que había llevado a Gani a montar sobre Rochallor. Recordando aquello, acordó con Aldaril hacer el viaje por separado, cada uno con un caballo y un enano. Bajo el abrigo de la noche, escucharon las campanas tristes a lo lejos. Cada uno por su lado elevó una plegaria por su reina y amiga; y apretaron el paso hacia Erebor.
Buenas! Ante todo, perdón la tardanza! La verdad me colgué bastante, tuve un ataque de inconformismo y estuve corrigiendo. Ya está cerca el final, pero quedan más sorpresas! ¿Qué les parecen los enanos? Niños lindos ja. Y Legolas, adorable, me encanta él. Como siempre, muchas gracias por seguir leyendo, los quiero a todos, mucho! Y gracias por sus reviews! 3 Besos enormes!
PS: prometo no tardar tanto en actualizar!
