9. Pintura
-No
puedo creer, el tiempo que ha pasado desde ese día- pensó con
dulzura al tiempo que se abrazaba a sí misma- Aquel día en el que
me entregué por completo al único hombre que he amado y al único
que amaré hasta que muera y aún más allá…- sonrió mordiéndose
los labios al tiempo que seguía inspeccionando la pintura frente a
ella.
-Buenas tardes- susurró a su oído- Señora Hiiragizawa-
depositó un gentil beso en el cuello de su esposa.
-Buenas
tardes- sonrió la joven, besando los labios de su marido- ¿Cómo te
ha ido?
-Bastante bien, aunque algo atareado- la rodeó con sus
brazos y posó su cabeza sobre el hombro de su amada- Sólo que, se
me estaban haciendo eternos estos tres días al no tenerte a mi
lado.
-A mí también- contestó acariciando su rostro con esa
gentil mano que el besó.
-¿Qué veías?
-El cuadro de nuestra
boda.
Ambos lo miraron, era enorme, con un marco dorado, se encontraba sobre la chimenea de la biblioteca donde dos personas podían verse. Un hombre de gafas, con porte altivo pero bastante feliz que portaba un traje negro con camisa blanca, abrazando por la cintura a una joven vestida de blanco con un ramo de magnolias entre sus manos enguantadas y recargando su cabeza sobre el pecho del hombre. Se veía feliz, como si estuviera dentro de un sueño, con una delicada sonrisa y un brillo especial en sus ojos.
-No te
hace justicia- le susurró su esposo.
-Entonces el pintor no hizo
bien su trabajo- respondió con una sonrisa.
-El pintor estaba muy
distraído observando tu belleza- aseguró.
-Tanto que no la
plasmo como debía, ¿no?- enarcó una ceja.
-Así es- ambos
rieron con delicadeza- Bueno mi adorada esposa- la cargó con
delicadeza- Usted debería estar en cama, el doctor le ha dicho que
no mueva un músculo durante estos últimos tres meses y yo me
encargaré de ello- comenzó su camino hacia su dormitorio.
-Pero
Eriol, me aburro mucho estando sin hacer nada- reclamó falsamente
molesta la japonesa.
Sus voces eran sonidos casi inexistentes
a medida que se alejaban de la biblioteca, dejándola a solas
completamente y sólo aquel cuadro como testigo de aquella soledad,
así como de la unión de aquel profundo amor que se profesaban. Y en
suaves trazos de pintura negra podía observarse la firma del autor
de aquella obra maestra, en una esquina casi inexistente de aquel
cuadro.
Para mi amada Tomoyo de su esposo Eriol Hiiragizawa
