Disclaimer: Los personajes de Inuyasha no me pertenecen, son exclusivos de Rumiko Takahashi. Esta historia está libre de fin de lucro.


Capítulo veintisiete

No sabía cómo y por qué habían terminado esa fría noche en un hospital, haciéndole compañía a Sōju Asano.

Desde la llamada que le hizo a Rin, todo se había convertido en un completo caos, que lo había hecho quedar en un punto muerto. Lo único que sabía, era que su mujer se había encontrado con el cuerpo inerte de Sara Asano.

Rin tenía el cabello agarrado torpemente en una coleta semi-alta, su tez era pálida, sus ojos estaban hinchados y rojizos, mientras que sus ojeras se habían acentuado mucho más, la nariz rojiza y mocosa, y los labios inflamados por los constantes pellizcos y lamidas que se provocaba ella mimas.

No era la primera vez que la veía decaída, angustiada y deprimida, había sido su consuelo silencioso en un par de ocasiones, pero nada que fuera alarmarte. Simplemente habían sido momentos de debilidad, que al día siguiente quedaban en el pasado.

Sin embargo, ese momento se vivía y sentía de una manera diferente, exageradamente palpable y desquiciante.

No sabía si acreditárselo a lo delicado de la situación que vivía Sara o, era por factores personales y añejos. Y esa última opción era la que más le cuadraba a él. Después de todo, Rin tenía un frío y preocupante historial con esos problemas alimenticios, con los cuales peleaba acérrimamente día tras día.

Bajó su vista, al instante que sintió como su esposa sujetó su mano con fuerza, como si eso fuera suficiente para tranquilizarla, o al menos no dejarla caer en desesperación. Así que reaccionó ante su agarre y acunó la mano de su mujer con una firmeza confortable, o al menos eso esperaba él.

Volvió su vista al frente, y se encontró con Asano, que no dejaba de caminar de un lado al otro, a tal grado, que pareciera que estaba formando una zanja ante la contaste fricción de la suela de los zapatos con los azulejos del piso.

Sōju Asano había llegado diez minutos después de que fue hospitalizada Sara, ya que éste no había asistido al evento en dónde su hija, iba ser una de las modelos participantes de tan importante programa. Por lo tanto, su llegada atrasada era aceptable y comprensible, nada que ver con la madre.

Naomi se había quedado en el evento, para justificar la partida tan inesperada de su hija. Aunque era obvio que lo hacía, para que nadie se diera cuenta de lo que en verdad había sucedido con Sara.

Esa mujer había preferido cubrir delicado estado de su hija, que estar a su lado y saber la verdadera razón del porque necesitó ser hospitalizada. Por eso, no le extrañaría que dicha mujer, supiera la razón del porque su primogénita había terminado en un baño, ensangrentada, con un golpe en la frente y con una gran posibilidad de sufrir un infarto cardiaco sino se le atendía inmediatamente.

Naomi Asano era la persona más despreciable e inhumana que había conocido en su vida. Y pensar que alguna vez creyó que su madre, era una mujer sin escrúpulos. Vaya que se había equivocado.

Irasue Lundgren era la madre más amorosa y comprensible del mundo.

Tanto le preocupaba aquella mujer el que se descubriera la verdad sobre la salud de Sara, que no le importó que fuera Rin y él, quienes se hicieran responsables de la llegada de la modelo a la clínica.

Mientras su madre había cubierto el puesto de Rin, dándole así la posibilidad de que pudiera partir en compañía de Sara. Incluso lo había detenido, para decirle que no le quitara el ojo de encima a Rin, con un temple tan serio y desconocido para él.

El espasmo que sintió de su esposa hizo que volviera a centrar su atención en ella, para enseguida ver el motivo por el cual había dado ese pequeño brinco en el asiento y le dio ese apretón de manos.

El doctor había aparecido frente a Asano, empezando hablar del estado en el cual se encontraría la única hija del importante político japonés. Y por lo que notó, las noticias no era nada favorables.

La expresión de Sōju y las eminentes lágrimas que surcaban el cansado y algo arrugado rostro del hombre, lo decía todo.

Sujetó rápidamente a Rin, al momento en que sintió que casi se le escapaba de las manos, con toda la intención de ir con Asano y el doctor.

—Rin —la llamó con voz parca.

Rin lo observó de soslayo y torció la boca, para enseguida volver a su desganada pose, ante la pequeña reprimenda que le dio, con tan sólo nombrarla.

Él sabía que ella estaba angustiada por lo que estaba sucediendo con Sara, como también sabía que no debía ser imprudente y no confundir las cosas.

Tenía claro que su mujer estaba en una lucha entre discernir, si estaba viviendo una desafortunada coincidencia o estaba reflejando todo con lo que su madre tuvo que vivir, cuando la susodicha padeció tal enfermedad como la anorexia.

A pesar de que su esposa no le había contado nada al respecto, sabía lo que había pasado con Kikyo Lowell. No sólo por la voz de Irasue, sino por la investigación que hizo respecto a la madre de su mujer.

Sin embargo, sabía que había cabos sueltos en la historia, piezas que los único que podían aclarárselo sería Rin, y en mayor medida el mismo André.

—¿Crees que este bien? —Preguntó en un susurró.

—No lo sé.

—Ella es fuerte —trató de creer sus propias palabras.

El pudo haber dicho que , para poder calmar y darle una esperanza a su esposa. Pero no podía decir tal desfachatez, sabiendo que Sara Asano era una sufrida y cobarde.

El doctor se retiró con pesadez, dejando al hombre de pie, totalmente petrificado en ese frío pasillo.

Asano se limpió las lágrimas y sus facciones se endurecieron, para enseguida dar paso hacia dónde ellos se encontraban. De esa manera, Rin dio un repentino salto y se dirigió al hombre. Mientras él, no tuvo más remedio que alzarse y seguir a su mujer, quedando unos cuantos pasos atrás de ella, esperando a que el hombre dijera el estado en el cual se encontraba Sara.

—¿Cómo está Sara? —Rin cuestionó tan rápido como cogió las manos del hombre mayor.

—Esta en observación, la mantienen estable —respondió Asano, mirando directamente a los ojos de Rin—. Pero su salud es delicada —la aguardentosa voz se quebró y el llanto volvió apoderarse del hombre—. Mi hija estuvo a punto de morir, y yo…yo… He sido el padre más ciego e irresponsable del mundo.

—Señor Asano —musitó Rin.

—Es mi culpa que mi preciosa hija este así, es mi culpa al dejar que esa… —gruñó entre dientes—…mujer le arruinara la vida.

Alzó la mirada y se percató de la llegada de Naomi, que caminaba con una desquiciada parsimonia y cinismo, que le provocó una extraña mezcla de nauseas y rabia, al verla como si la situación fuera lo más absurdo del mundo.

—Sōju —habló la mujer con un tono enfadoso—. ¿Ya se acabo el circo de Sara? —Hizo una pausa y los miró, tanto a Rin como a él—. ¿Siguen aquí?

Accionó tan rápido como sus reflejos le permitieron, sacando y posando detrás de él a su esposa, mientras sujetó al hombre que era la misma representación de la ira.

Naomi sólo dio un pequeño brinco hacia atrás, mientras sus ojos casi se le salían de las cuencas, al ver como su esposo casi se le iba encima como un toro enardecido, sino hubiera sido por su intromisión.

—Sōju —llamó al hombre, el cual trataba de zafarse de su agarre.

—¿Qué te ocurre? —Espetó ofendida la mujer.

—¡Tú, maldita bruja bastarda! —Carraspeó entre dientes—. ¡Es por ti que mi hija casi muere, maldita asesina desquiciada!

Se hizo un silencio morboso, por todos los que estaban presenciando dicha escena, la cual sin duda llamaba demasiado la atención para su gusto.

—Te haré la vida una mierda, ¡me escuchaste, malnacida! —La apuntó con el dedo—. Primero me divorciare de ti, y no permitiré que te acerques a Sara. Y después…

—¡Sōju! —Lo nombró autoritariamente, al momento en que lo echó hacia atrás y lo encaró, interponiéndose entre Naomi y él—. No es el momento, ni el lugar —le advirtió.

—Por favor, cálmese —pidió Rin, que agarró el brazo del hombre, así llamando su atención.

Asano miró a Rin, y como si de un hechizo se tratara, el hombre se sosegó ante la presencia de la redactora.

—Sí, tienen razón —asintió el hombre, mientras se apartaba junto con Rin.

De esa manera, le dejaron a la mujer a su merced, la cual aun se mantenía estática y «ofendida», por la manera en que su futuro exmarido le gritó.

Él no tenía nada que ver en ese asunto, no tenía nada que hacer ahí, y mucho menos le importaba lo que le pasara a esa familia. No podía ser un hipócrita, y mostrarse afectado por lo que estaba sucediendo.

Sin embargo, estaba interviniendo sólo por Ella, no había otro motivo o razón, más que ver la tranquilidad y el bienestar de Rin. Así que optó, por dirigir unas cuantas palabras a esa nefasta y repulsiva mujer.

—Le recomiendo el que se largue de aquí —habló con voz profunda, pero lo suficientemente moderada para que sólo quedara entre ellos—, si es que aun tiene un poco de decencia y respeto.

—¿Pero quien te crees…? —La mujer paró en seco, al verlo directamente a los ojos. Naomi tembló.

—Se lo dice alguien que puede destruirla con el tronar de mis dedos —amenazó con frialdad—. Ya no cuenta con la protección de su marido, y eso haría las cosas más fáciles.

Naomi tragó duro y el cuerpo se tambaleó en un par de seguros, demostrándole el miserable insecto que era.

—Si aún tiene un mínimo de decencia y empatía. Que lo dudo. Le recomiendo el que se largue, y piense muy bien cómo va enfrentar el escándalo, no sólo de su divorcio, sino de su negligencia por llevar casi a la muerte a su hija.

La mujer se irguió altanera, se acomodó la grisácea gabardina y se giró para retomar el camino por el cual había llegado.

Viró hacia atrás y vio a su esposa tratando de consolar al ministro, que no paraba de mascullar entre dientes y llorar.

Esa sería una larga noche, una que no le apetecía vivir, pero que no le quedaba de otra que tragársela entera, hasta que alguien más viniera a hacerle compañía al famélico padre de Sara.

~O~

Luego de durar aproximadamente dos horas en el hospital, en dónde lo único que podía hacer era esperar, hasta que le dieran la autorización a Sōju, de poder ver a su hija.

Inu No Taishō e Inuyasha llegaron para reemplazarlos, y así darle la oportunidad de llevarse a Rin, la cual se veía bastante afectada, por lo que estaba sucediendo con Sara. Y la cual, no estuvo de acuerdo de irse, hasta que el mismo Asano, le pidió el que fuera a descansar y que no se preocupara, que él le tendría al tanto de como iban las cosas con su hija.

Ahora ambos se encontraban en el departamento, Rin se había metido a bañar más por obligación, que por gusto. Mientras él se había quedado en la planta baja, sentado en largo sofá, bebiendo un vaso de vodka, con la tenue luz que le ofrecía la única luz encendida, la de la lámpara de su costado izquierdo.

Su mirada se había perdido en el ventanal que le daba una visión casi completa de la gran ciudad, que aun seguía viva por las luces artificiales, mientras el manto oscuro daba señales de vida, por la luna creciente y las pocas estrellas que llegaban a tintinear esporádicamente.

Esa noche se había convertido en un infierno, uno el cual no le iba ni le venía. No podía evitar el sentirse ajeno a lo que había ocurrido en las últimas horas. Pero terminó metido en el problema, gracias al destino o la manía samaritana de su esposa.

Él tenía presente lo importante y delicado que era las enfermedades alimenticias para Rin. Después de todo, la madre de ésta había pasado por esa misma vivencia. Y que, a pesar de que Rin no vivió dicha experiencia al ser prácticamente un bebé, de alguna manera repercutió en ella, hasta el grado de involucrarse en asociaciones que apoyaban a la causa, incluso el tentarse el corazón por una mujer como Sara.

Rin era una mujer sumamente fuerte en muchos aspectos, tenía sus caídas, pero nada que la hiciera quebrarse al extremo que vio ahora. Era una mujer totalmente diferente, era como un maniquí que era manejado por el titiritero de sus emociones.

Se apretó las sienes con sus dedos pulgares, moviéndolos de manera circular, para ver si eso calmaba un poco el latido tan irritante y molesto.

Muchas cosas se le habían juntado de golpe, desde el cierre de temporada en la empresa con una última colección exclusiva, pasando por noticias amarillistas que surgieron de su supuesta infidelidad, la cual era más falsa que la buena voluntad de Irasue, que era el ejemplo más allegado.

Sin dejar de lado, la presión que sentía por todas partes, ante la relación que mantenía con Rin, incluso la suya misma, la cual era la peor de todas.

Estaba más perdido que nunca, estaba en una batalla encarnizada consigo mismo, que lo único que lograba era que su mente se confundiera más de lo que ya estaba.

Y todo era culpa de la mujer que ahora mismo estaba tomando un baño, de esa mujer que le hacia creer que sus planes marchaban bien, para enseguida demostrarle que no había avanzado ni un sólo paso.

Rin era personificación de esa molesta sensación de sentirse triunfador y perdedor al mismo tiempo.

Él la poseía, pero no le pertenecía.

—Lo siento.

Retiró las manos de su rostro y giró hacia su derecha, para encontrarse con la versión más deprimente de Rin.

—¿Por qué?

—Por haberle hecho pasar esta noche tan horrenda —dijo, al instante en que cogió asiento a su costado.

—Hmm…

—Sé que el asunto de Sara no es algo que le importe…

—Tampoco debería importarle a usted —le recordó.

—Usted no entiende —atacó con amargura.

—¿Qué es lo que no entiendo, Rin? —La cuestionó abiertamente—. Sino me dice, jamás entenderé el motivo por lo cual le afecta tanto ver a una persona en ese estado.

La redactora agachó el rostro, haciendo que el largo cabello aun humedecido cayera pesadamente a sus costados, cubriendo el cansado rostro de la mujer.

—Siempre que puede me habla de lo importante que es atacar esos problemas, pero nunca me dice la razón de su empeño de ayudar a esta gente. Nunca me habla del incentivo que le orilló a preocuparse insanamente.

Rin permaneció en silencio, mientras se encorvaba hacia adelante y sus manos apretaban con fuerza el forro del asiento. Estaba seguro de que, si tuviera las uñas más largas, terminaría perforándolo.

—Me pides que empatice, pero no me das un motivo para hacerlo —suavizó su tono de voz—. No soy un hipócrita, y no voy a mostrarme afectado por algo que ni me va ni me viene —prefirió ser claro—. No me voy a lamentar por las decisiones que toma las demás personas, cada uno es responsable de su victoria y su destrucción. Y sentir lastima, es un sentimiento más desagradable que incluso odiar a alguien.

—Y no lo juzgo por ello —musitó con la voz cortada.

—No lo haces, pero me ataca como si en verdad le molestara.

Se giró hacia ella y la cogió de la barbilla, orillándola a que le diera la cara, como siempre lo hacía. Pero esa vez no se encontraría con la prepotente y burlona Rin Lowell. Ahora estaba frente a una mujer afectada y desconsolada, no había más que sólo llanto y un carácter plano.

Rin estaba llorando de nuevo, pero esa vez era diferente, sus ojos estaban gritando por consuelo, a pesar de su cuerpo seguía teniendo la misma postura etérea de siempre.

Retiró con la yema de su pulgar unas cuantas lágrimas, que recorrieron la pálida mejilla de su esposa. Lo cual le provocó esa necesidad de cogerla entre sus brazos y no soltarla jamás, convirtiéndose en el único consuelo de la mujer.

Pero no lo hizo, se mantuvo quieto, esperando en que ella hablara, debía presionarla hasta saber de propia voz, de porque ese tema la destruía como si se tratara de un tornado arrasando con ella como si fuera una casa de cartón.

—Mi madre se suicidó, al no poder controlar su problema con la anorexia.

¿Suicidio?

Él tenía entendido que Kikyo Lowell, había muerto por la enfermedad en sí, no porque hubiera cometido suicidio.

En eso cayó en cuenta que su madre contó una historia a medias, y que André había ocultado la verdad sobre el fallecimiento de su esposa. Porque todos los medios sabían exactamente lo mismo que él.

—Mi madre incursionó en el mundo del modelaje a los doces años —Rin empezó a narrar, mientras peleaba con las ganas de seguir llorando—. Desde entonces ella fue solicitada para las mejores casas de la alta costura, incluyendo su empresa.

»Kikyo Ueda, se convirtió rápidamente en una de las modelos más solicitadas en el país, sino también de manera internacional —hizo una pequeña pausa, para limpiarse las lágrimas que amenazaban con derramarse—. Se le caracterizaba por su estética delgada, su porte elegante y sus expresiones suaves y etéreas. Era considerada una modelo completa, no tenía nada que envidiarle a nadie, pero ella si era la envidia de muchas.

»Mi abuela Kaede, me contó que la vida de mi madre era ajetreada, pero jamás fue exigente, ni mucho menos extremistas. Ella llevaba una administración y un balance casi perfecto en su vida.

»Cuando ella tenía veinte años, conoció a mi papá, el cual no tenía mucho que había llegado a Japón —sonrió levemente—. Iniciaron una relación, la cual culminó en matrimonio, después de que mi madre cumplió los veintiún años.

»Y a pesar de las críticas que recibió mi madre, por haberse casado con un extranjero, siguió en el mundo del modelaje, mientras mi padre estaba a nada de tomar el liderazgo de la textilera —agachó la mirada y lo cogió de la mano, como si con ello pudiera conseguir fuerzas—. Todo iba bien hasta que mi madre quedó embarazada.

Agarró la pequeña caja de pañuelos que esta sobre la mesa de centro y se los ofreció a Rin, la cual los tomó al instante.

—Gracias —se secó las lágrimas y se sonó la nariz.

—¿No deseaba ser madre?

—Bueno, eso… —ladeó la cabeza y torció la boca—. En un principio, no hubo problemas. Según mi padre y mi abuela Kaede, ella estaba emocionada, porque después de dos años de matrimonio, por fin ambos empezarían a formar una familia. La cual habían pospuesto por sus trabajos. Él problema radicaba, en que mi madre estaba viviendo la mejor etapa de su carrera, aunque ella en un principio no le dio mucha importancia.

»Los medios, críticos, fans y Ukyo no se tomaron la noticia muy bien… —Suspiró con desdén.

Él sabía a lo que se refería Rin, ya que una persona que se dedicara al modelaje, al mundo de la actuación o, aunque fuera una figura meramente publica, tenía una presión social mucho más marcada.

Todas esas personas tenían una vida manejada con pinzas, a tal grado que inclusive sus agencias o superiores podían imponerle una vida restringida de todo. Su vida familiar y amorosa debía ser privada, estar libres de cualquier tipo de escándalos, a tal grado que se convierten en un producto meramente nacional, en dónde inclusive los seguidores podían regir el rumbo de sus vidas.

Pero lo que más le causo curiosidad, fue que mencionara a Ukyo de esa manera tan seca y con tono desagradable. Después de todo, Ukyo Ueda era nada más que su verdadera abuela materna, a diferencia de Kaede, que era sólo había sido la ama de llaves de la familia Ueda y ahora de los Lowell.

—Eso fue como un balde de agua fría para todo el mundo. Cómo era posible que una supermodelo de tal importancia y categoría cometiera el peor error de su vida —Pronunció aquella frase con dejo amargosamente sarcástico.

»Todo se complicó cuando mi madre había incumplido con un contrato con una agencia, que compró su exclusividad por seis meses —hipó—, los cuales por obvias razones no se cumplirían y tendrían que regresar el pago por adelantado que se le dio. Ukyo estaba molesta, demasiado, a tal grado de decirle a mi madre que abortara antes de que fuera demasiado tarde…

Rin se quedó callada por unos largos segundos, con la mirada llorosa y perdida en el suelo.

En eso, él pudo entender el porque tenía ese son tan despectivo hacia su abuela, y porque dicha mujer jamás había hecho acto de presencia en lo que llevaba conociendo a Rin.

Ukyo fue una total ausente, incluso el día de la boda, no había asistido ningún pariente por la parte materna de su esposa.

—Las cosas empeoraron cuando el vientre de mi madre empezó a crecer y con ello vinieron los cambios más evidentes. Cambios que comenzaron a asustar a mi madre, en especial al tener a su lado a Ukyo.

»Kaede me contó como esa mujer empezó a envenenar la mente de mi madre. Sobre todo, cuando el modelaje era la vida y el más grande sueño de Kikyo —Levantó la barbilla y lo vio directamente a los ojos—. Fue ahí cuando todo se fue a la mierda.

»A los cuatro meses de gestación, mi madre intentó provocarse un aborto, uno que había sido sugerido por Ukyo. El cual no se llevó acabo, porque mi padre lo impidió —exhaló pesadamente y continuó—. Mi padre trató de hablar con ella, hacerla entrar en razón, incluso de rogarle el que no cometiera una tontería, pero mi madre no escuchó.

—¿Entonces que hizo André? —Cuestionó con parquedad.

—Evitó el que Ukyo tuviera contacto con mi madre, y la mantuvo en total vigilancia. Pero eso no ayudo mucho —le acarició el dorso de su mano—. De alguna manera u otra, Ukyo había quebrado la fuerte mentalidad de mi madre.

»Tuvieron que recurrir a suplementos alimenticios y sueros, para que no hubiera complicaciones durante el embarazo, porque ella se había negado a probar bocado. Kikyo se había negado a todo, estaba empeñada a no tenerme.

Se mantuvo en silencio, no tenía palabras con toda la información que le estaba llegando de golpe. Sobre todo, al darse cuenta de que Rin, estaba enterada de cada detalle de lo que ocurrió con Kikyo.

No podía creer que André, hubiera tenido la valentía o la estupidez para contarle al pie de la letra lo que había ocurrido con su esposa. En especial, el latente rechazó que mostró esa mujer por su propia hija.

—A los siete meses, entró en labor de parto. El cual fue bastante complicado, por la salud tan delicada que tenía mi madre —hizo una mueca de tristeza—. Pero ya fuera por caprichos de la vida, o por una bendición divina, ambas salimos victoriosas. Aunque… —Rin paró de golpe, las lágrimas volvieron a recorrer su rostro y sus labios temblaron—. Ella no me aceptó, ni siquiera quiso verme, me odiaba…

Rin se quebró por completo, el llanto explotó fuertemente y el temblor se apoderó de todo su cuerpo.

No sabía como llamarlo, inercia, instinto o cualquier otra cosa, sólo atinó en atraer a su esposa hacia él, y rodearla con sus brazos, como si eso fuera suficiente para protegerla del dolor, a pesar de que eso jamás pasaría.

Ni una sola palabra salió de su boca, se mantuvo callado, dejando que su mujer se desahogara por completo, incluso hasta el grado del que el llanto la agotara y le diera paso, al merecido descanso mental y físico que necesitaba Rin.

Ya no le importaba saber más sobre lo que había sucedido, no quería volver a cuestionarlo, porque ya podía imaginarse lo que había continuado después de ello. Lo único que quería, era ya no ver como la tristeza se apoderaba de su alegré y cándida mujer.

Así duraron por largo minutos, hasta que la castaña había logrado calmar su angustia, los sollozos habían mermado y el temblor había desaparecido.

—Mi padre trató de hacerla entrar en razón, de ayudarla, pero ella se negó —continuó contando la historia—. Tan rápido como me tuvo, se fue en busca de su madre y empezar una dieta rigurosa y excesivos ejercicios. Pero había cosas que ya no volverían a la normalidad…

»Mientras yo, fui cuidada tanto por mi padre como por Kaede —Rin se acomodó, de manera en que terminó apoyando la cabeza sobre su hombro, así rozando la mejilla con la suya—. Yo no tengo ningún recuerdo de ella, ni el más mínimo, porque jamás estuvimos juntas, ni por error, a pesar de haber vivido en la misma casa.

»Las cosas empeoraron, cuando mi mamá comenzó a perder peso de una manera preocupante —suspiró—. Mi madre terminó cayendo presa de la anorexia, pero eso nadie lo notó, o más bien, nadie le dio importancia. Porque vamos, mientras más delgada y menos grasa tengas, más «hermosa» eres.

Apoyó su barbilla en el hombro de Rin, perdiendo su vista en un punto incierto, aunque tenía el cuerpo al cual rodeaba y del dolor que emanaba.

Él no quería que siguiera, no quería verla sufrir más, pero su esposa parecía empeñada de sacar todo lo que se tenía guardado durante quien sabe cuanto tiempo.

—Mi padre pudo volver a intervenir, cuando mi madre fue internada de emergencia —cerró los ojos, y siguió con su relato—. El doctor informó sobre el estado delicado en el cual se encontraba mi madre, diciendo que tenía un trastorno de anorexia severa. Cuando mi padre entró para verla, se derrumbó por completo. Su Kikyo ya no estaba, su hermosa Kikyo se había convertido en huesos cubiertos de piel pálida y seca.

—¿Qué decisión tomó André? —Se animó a cuestionar.

—Movió todas sus influencias para evitar el que Ukyo, se le acercara de nuevo a mi madre. Después dio por cerrada la vida como modelo de Kikyo, en una conferencia de prensa, en dónde habló del problema de anorexia que estaba viviendo. Aunque, obviamente, los medios sólo tomaron el fin de la carrera de la modelo, pero jamás hablaron sobre el problema que provocó que mi padre tomara tal decisión —masculló entre dientes—. Al principio, él trató de manejar la situación por su propia cuenta, pero ella se negó a la ayuda. Después, tomó la decisión de internarla en una clínica en dónde sería mejor atendida, aparte de que no quería que yo me diera cuenta de lo que estaba ocurriendo con mi madre, aunque yo aun era muy pequeña para saber lo que pasaba.

»Mi madre duró más de seis meses internada, pero no hubo ningún avance. Kikyo no dio su brazo a torcer, y jamás aceptó las visitas de mi padre —Rin sujetó con fuerza sus brazos y prosiguió—. Un día, mi padre recibió una fatídica llamada. Le informaron sobre el fallecimiento de su madre, el cual fue provocado por ella misma —el agua salada volvió a brotar de los ojos marrones—. De alguna manera se había hecho de un cuchillo y se cortó las venas. En su estado, la muerte fue eminente.

»Mi padre dio la noticia sobre el fallecimiento de Kikyo Lowell, por una complicación con su anorexia. De esa manera trató de evitar el que me enterara de que, al final, ella había cometido suicidio.

—¿Entonces como es que sabes todo esto? —Cuestionó intrigado.

—André y Kaede me habían contado parte de la historia, y durante largos años creí esa versión. Nadie, ni siquiera sus padres desmintieron al mío. Viví engañada hasta que un día, encontré unos diarios en el viejo desván de la casa —cogió unos pañuelos y se limpió la nariz—. Me gustaba jugar mucho ahí, porque siempre encontraba cosas viejas y bonitas —rió levemente—. Hasta que encontré esos libros, los cuales tenían la firma de mi madre. Y en dónde me entere de la verdad…

»Fue como leer a dos mujeres totalmente diferentes. En primera estaba esa nefasta Kikyo, que odiaba a todos y estaba obsesionada con volver a ser lo que alguna vez fue. Y después estaba la otra, la cual se culpaba, se martirizaba y pedía perdón.

—¿André no sabía de la existencia de esos libros?

—No, cuando le entregaron las cosas de mi madre, él no pudo abrirlas. Mi padre ya cargaba con tanta culpa, que no pudo averiguar lo que había en esas cajas. Así que simplemente prefirió no abrirlas y dejarlas guardadas.

—Entonces diste con ellos y… ¿le reclamaste?

—No sabes cuanto me arrepiento —se mordió el labio—. Lo culpe de todo, por mentirme, por no haber hecho lo suficiente por salvar a mamá. Lo juzgue, sin siquiera saber lo que mi padre sufría día a día.

»Hazla fecha, es algo que martiriza a mi padre. Aunque siempre se muestra sonriente y divertido, la verdad es que él jamás sanó —chilló—. Él no ha dejado de amarla y de culparse. Incluso aun conserva todas las cosas de mi mamá en la habitación, todo sigue en su lugar. Sus ropas, sus accesorios, las fotos, incluso una pequeña carta que un día le dejó mi mamá diciéndole cuanto lo amaba…

»Si al menos Ukyo, no hubiera sembrado todas esas estúpidas ideas. Si al menos se hubiera preocupada en verdad por su hija. Si al menos… —Calló abruptamente y trató de tranquilizarse—. ¿Ahora puede entender?

—Sí.

—Desde entonces yo tome la firme decisión de darle importancia a estos problemas, y quería llegar por el medio que alimentaba esas enfermedades —destensó su cuerpo—. También me uní a una asociación, que ayuda a rehabilitar a las personas que sufren no sólo anorexia y bulimia, sino también que han sido dañados por productos estéticos dañinos, operaciones culturitas fallidas y que sufren de baja autoestima y depresión.

»Lo que ocurrió con Sara —relamió sus labios, para enseguida seguir hablando—, me superó. Yo se de ella tan poco, pero aun así no puedo ser indiferente. Fue como un baldazo de agua fría, que me hizo perder todo mi autocontrol. Realmente yo… yo…

—Lo sé.

—Lo siento, he sido muy dura con usted —se giró y se posó frente a él—. Soy un poco inflexible cuando se trata de estos temas, y empiezo a juzgar estúpidamente. Realmente lamento el haberle hecho pasar un mal rato, por mi necedad y obstinación.

—Ve a dormir —le pidió—. Supongo que querrás ir por la mañana a ver como esta Sara, aparte necesito que mañana en la noche me hagas compañía.

—Oh —exclamó suavemente—. Es por la rueda de prensa que tendrá mañana, ¿verdad?

—Sí.

—Ok —asintió y se levantó del sofá—. ¿Viene?

—Tengo que hacer unas llamadas.

—Bien… —Se limpió lo mejor que pudo y se acercó a él, dándole un beso en la frente—. Gracias por escucharme.

Sin más que decirle, Rin tomó camino hacia la parte superior, dejándolo ahí, con una sensación vacía, amarga y desagradable.

Tanto había deseado el que la mujer se abriera a él, y ahora que lo hizo, no sabía que hacer con toda esa información. Era como si hubieran cruzado una línea que no debía, una que se podía atravesar, pero que no dejaba dar marcha atrás.

Luego de haberse tomado unos minutos más en la sala, terminando su trago de vodka, su celular sonó. Lo cogió y se dio cuenta de que se trataba de André.

Respiró profundo y aceptó la llamada.

¿Cómo esta Rin? —Cuestionó eufórico.

—Veo que mi padre ya te puso al tanto.

Sólo respóndeme —suplicó—. He estado llamando a su celular, pero está apagado.

—Afectada —fue sinceró—, pero se ha podido calmar.

¡Oh dios! —musitó con angustia.

—Mientras este conmigo, nada le pasará —dijo con una seguridad arrolladora.

Me alegra escuchar eso, Sesshōmaru —habló con calma—. No sabes lo agradecido que estoy contigo. Gracias por cuidar y amar a mi hija.

¿Amar a Rin?

Supongo que estas al tanto de…

—Sí —contestó sin dejar que el hombre terminara de hablar.

No hay duda de que he dejado a mi hija en buenas manos —aseguró con cierta alegría—. Lo siento, Sesshōmaru. No te quito más tu tiempo, espero mañana y pueda hablar con ella.

—Le diré que te llame mañana.

Gracias…por todo.

—Adiós, André,

Hasta luego.

Se quedó de pie, mirando fijamente a la noche que caía sobre de la ciudad. Se mostraba apacible, tan ausente del mar de emociones que se había desarrollado en tan pocas horas.

~O~

El día se había tornado en un total caos, entre dejar a su esposa en el hospital, el hablar con Asano, y ver a la prensa más revoltosa y desquiciante que nunca, tuvo que sacar paciencia de quien sabe dónde, para poder soportar todo y no estallar cada cinco segundos.

Estaba a nada de realizar la rueda de prensa, en dónde se hablaría sobre la colección exclusiva del año. En dónde las estrellas más importantes eran Jakotsu y modelo irlandesa, que le había traído más problemas que beneficios. Aunque tampoco podía culpar a la mujer, que también se había mostrado enfadada, ya que los chismes le habían traído varios problemas con su pareja.

Sin embargo, eso no era lo más importante, sino de los añadidos a su discurso, el cual ofrecería en cuestión de minutos.

—Hola.

Viró a su costado y se encontró con su esposa, la cual lucia sobria y elegante con ese vestido negro, que entallaba al sensual y curvilíneo cuerpo.

—Hola —la cogió de la cintura y la atrojo hacia él, robándole un beso a los rosados labios.

—Vaya, ¿y esa efusividad? —Cuestionó con una sonrisa, aunque aun se le veía agotada y angustiada.

—Eres mi esposa, puedo hacerlo cuantas veces me venga en gana.

—¡Uh, que posesivo se ha escuchado! —Posó la mano sobre su mejilla—. Mejor dígame, esposo mío. ¿Todo va bien?

—Esa pregunta debería hacerla yo —clavó su mirada a los ojos marrones.

—Mejor —sonrió a medias—, al menos mejor que ayer sí.

—¿Qué hay de Sara?

—La pasaron a cuarto, aunque no la vi. Tuve que irme al trabajo —Su melancólica expresión cambió a una llena de curiosidad—. ¿Qué fue lo que habló con Asano?

—Nada importante.

—Ajá… —Rodó los ojos.

La cogió de la barbilla y la atrajo hacia él, apoderándose nuevamente de la dulce boca, de una manera agresiva, llena de hambre.

Rin gimió ante el acto repentino y exigente, pero respondió sin dudarlo, atrayéndolo aún más a su caliente cuerpo.

Ambos se habían olvidado por completo del lugar en el cual se encontraba, incluso de que podían verlos los del personal, su familia o cualquier reportero que había sido invitado a la conferencia.

—Vaya, esto es mejor que el porno —dijo un divertido Jakotsu.

Rompieron el beso, y ambos miraron al inoportuno modista, que tenía esa sonrisa de oreja a oreja.

Rin sólo se rió y se acomodó el vestido, restándole importancia a la interrupción del pelinegro. Él tenía las ganas de sacar a patadas al tipo, por llegar en el momento menos indicado.

—Sessh, no me mires así, que me sonrojo —Jakotsu comentó con tonó burlón.

—¿Qué quieres? —Espetó entre dientes.

—Necesito que me des algunas aprobaciones.

—Parece importante —intervino Rin—. Tiene trabajo que hacer, amor —se acercó a él, acomodándole la corbata y el saco—. Te veré en el estrado.

Asintió dándole otro beso en los labios, pero ahora mucho más simple y corto, para enseguida seguirle los pasos al diseñador sinvergüenza.

Luego de haber checado los últimos detalles, se inició la rueda de prensa, en dónde sólo los medios más importantes fueron invitados, atestiguando la apertura de la entrega exclusiva, que ofrecían cada año.

Había abierto con un pequeño discurso de bienvenida y dando detalles de corte más empresarial, ya que lo artístico era trabajo de Jakotsu.

Durante la presentación, no se hicieron esperar los cuchicheos, ya que su esposa había hecho acto de presencia, en el mismo lugar en donde su supuesta amante era la estrella principal.

Era irónico, incluso gracioso que, a pesar de tanta noticia malintencionada, Rin congenió rápidamente con la modelo, la cual también se mostró divertida y amable con su esposa. Fue como si los chismes, no hubieran hecho mella en que ambas mujeres empatizaran.

Después de la intervención de Jakotsu, y de dar una probada del trabajo realizado hasta ahora por el modisto, era momento de que él volviera a tomar el micrófono y cerrar con el evento.

Sin embargo, los planes habían cambiado y se dio a la tarea de dar marcha y matar a más de un pájaro de un sólo tiro.

—En estos momentos podría dar por cerrado la conferencia, y darle pase a la recepción para que puedan disfrutar de la velada. Pero por primera vez me tomaré la atribución de hablar de algunos puntos, que me parecen importantes y los cuales puedan difundir tan rápido, como cuando lo hacen para ocasionarle problemas e incluso destruirle la vida a una persona —expresó con sobriedad.

Los presentes se mostraron rápidamente agraviados ante sus palabras, mientras sus padres, Izayoi e Inuyasha se mostraron apacibles. Aunque su atención se centró en Rin, quien no tenía idea de lo que pretendía hacer.

—No soy un hombre de escándalos, jamás le he dado importancia a lo que dicen unas cuantas hurracas sin vida propia —atacó abiertamente—. Pero últimamente se han enfocado demasiado en mi vida privada, a tal grado de incomodar a mi familia, y a la de la modelo con quien ustedes están aferrados en involucrarme.

»Están más interesado en crearse historias ridículas y sin fundamentos, en vez de darle importancia a lo que realmente importa —miró fijamente a Rin—. No pienso aclararles nada, pueden pensar lo que más les plazca. Pero si quiero hablar sobre algo que ha ocurrido, algo que afecta no sólo al mundo en el cual se desenvuelve la corporación de mi familia, sino porque es algo que ha mi esposa le interesa, y si le interesa a ella, me interesa a mí.

»Con el permiso que confirió a mí, Sōju Asano. Le informó el estado en cual se encuentra la modelo y actriz Sara Asano —expresó con voz nítida—. La hija del ministro, abandono ayer su trabajo en el evento de moda, al ser hospitalizada de urgencia por su grave problema con la bulimia, la cual atentó contra su vida.

»Sara Asano ha trabajado para nosotros como modelo e imagen de la empresa, y el ministro ha sido amigo de mi padre por más veinte años. Y es mi responsabilidad como promotor de la moda, que se de a conocer la situación en la que están siendo sometidas las modelos de nuestro país.

Observó a los presentes, los cuales se habían quedado callados, todo el murmullo insano se había apagado rápidamente, por lo tanto, continuó.

—Nuestra firma, ha decidido el hacer una campaña de concientización de los problemas alimenticios y de la imagen ideal impuesta por todos ustedes —arremetió—. Empezando con nuestro nuevo régimen de medidas para las modelos. A pesar de que es algo que ya teníamos efectuado desde hace cuatro años, se hará un reajuste, para contratar a modelos más saludables y menos «perfectas».

»Después, mi esposa y yo daremos a conocer los demás puntos que se harán presentes en la campaña —informó, mirándola directamente a ella. Rin tenía una suave sonrisa y sus ojos llorosos—. Y espero que, al salir de aquí, lleguen a sus casas a redactar lo que he informado y no la nota falsa del momento —hizo una pequeña pausa y les dio una sonrisa torcida—. Que disfruten la velada.

Los aplausos no se hicieron esperar, a pesar de que algunos no eran del todos sinceros, pero eso poco le importaba.

Bajó del estrado y fue recibido por el abrupto abrazo de Rin, ya que el vestido no le permitió moverse como ella costumbraba.

La sujetó de la cintura, evitando que cayera en el proceso y aceptando que los cálidos brazos lo rodearan por completo.

—Estoy muy orgullo de usted —musitó dulcemente sobre su oído—. ¡Gracias, Sesshōmaru!

Él había tomado la decisión en la noche, después de haber escuchado la historia de Rin. De alguna manera, lo hizo para hacer sentir mejor a la susodicha, y para darle gusto a su madre, ante los chismes que habían perjudicado a su matrimonio las últimas semanas.

Pero en ese momento, por unos cuantos segundos, sus palabras le habían agradado, se había creído todo lo dijo.

En el momento en que lo abrazo Rin, sintió que su intención había sido verdadera.


Notas:

1. Discriminación por relaciones interraciales: A pesar de que los jóvenes japoneses son más abiertos y menos juiciosos. Aun, hoy en día, se sigue presentando el rechazo, la negación e incluso el racismo ante que un japonés se relaciones con un extranjero. Incluso, los ataques a hijos de estas uniones siguen mostrándose hoy en día.

2. El control sobre las figuras públicas: Tanto Japón, como en otras entidades como Corea del Sur. Los actores, modelos, cantantes, ídolos y todo aquello que forme parte de la farándula, tienen una vida restringida y controlada. La gran mayoría de las agencias, representantes e inclusive sus propios fans, exigen que la vida de la persona en cuestión se dedique completamente en su ámbito, alejándolos de sus derechos como personas individuales.

Estos casos son muy comunes y se han hecho cada vez más notorios, por los problemas emocionales que llegan a presentar en los artistas, que han sido atacados por tener relaciones sentimentales, y los notorios problemas psicológicos que desarrollan estas personas, a tal grado de llevarlos a tentar con su vida.

Como ejemplo se puede poner el suicidio que cometió el vocalista principal de SHINee, y de un caso un tanto aislado de una Idol japonesa de dieciocho años que quedó embaraza, y la cual fue atacada por sus fans, por haberse relacionado sentimentalmente con alguien. Lo cual pone en juego su carrera con Idol.

3. Estándares de belleza en gran parte de Asia: Hoy en día se sabe que las exigencias en cuanto a la belleza en esos países son muy excesiva e irreales. Para ellos una piel exageradamente pálida, ojos grandes, cuerpos pequeños y muy delgados, son lo que ellos consideran como alguien «bello» y «lindo».

Aunque hoy en día, esto ha ido cambiado poco a poco en Japón, aun se sigue criticando el peso o la tonalidad de piel tanto en las mujeres, como en los hombres. Los cuales se implementan dietas absurdas que los llevan a graves problemas con la anorexia y la bulimia, y el consumo de artículos de belleza que han llegado a quemar o deformar tanto la piel y las facciones del rostro. Ni hablar de las operaciones faciales que son muy famosas en Corea del Sur.


¡Hola a todos!

A que están sorprendidas porque actualice una semana después del otro capítulo, y sobre todo en un viernes. ¿Cómo les quedo el ojo?

Ya en serio, espero que el capítulo sea de su agrado y que lo disfruten, o al menos esa es mi ilusión.

Quiero agradecerles a las personas que como siempre han estado apoyando, aunque sea un total silencio. Se les agradece muchísimo.

Y a mis hermosas niñas que siempre me dejan su lindo review, millones de gracias por tomarse la molestia de comentar sus impresiones sobre el capítulo publicado.

Ellas son:

Floresamaabc, GabyInuTaisho, Sessh93rin, Cleoru Misumi, Star fiire -Lupita Reyes, RenBellatrix, Maril Delgadillo, Kazamasousuke, Carmenjp, gina101528, Millyh Taisho, Zizlila, Tara Castillo, Mayuzz y Stella Aparicio Pereyra.

¡Mil gracias, hermosuras de niñas!

Como siempre, les invito a que formen parte del grupo de Facebook Elixir Plateado, y que pasen a checar los trabajos realizados por La Rozeta. Los links los encontraran en el perfil de mi fanfiction.

Me paso a retirar, no sin antes decirles que les deseo un bonito inicio de semana, que se divierta y se me cuiden mucho. Que quiero leerlas la próxima semana por acá.

¡Hasta la próxima!