No soy Meyer, los personajes no me pertenecen, escribo sin fines de lucro, bla, bla, bla…

Y sin más, con ustedes: el capítulo. ¡Muy feliz Año Nuevo 2012 para todos y cada uno de mis lectores y sus familias!¡Y muy feliz día de Reyes! Aunque esto no quepa en los zapatos de nadie, considérenlo un regalo si quieren.


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Capítulo Veintiocho: los muertos que vos matáis…

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—¿Y ahora qué le digo a Renana?

La pregunta de Edward me pilló distraída.

—¿Qué le dirás a Renana sobre qué?

Lo miré a los ojos. Tortura, dolor, miedo, sufrimiento… todo eso y más se reflejaba en su cara.

—¿Qué voy a decirle a Renana? —repitió en voz baja, ausente—. No sólo no pude ayudarle a su amiga… sino que además Bree está muerta.

—No estamos seguros de que esté muerta —intenté razonar, apretujándome más contra él en el sillón del sofá de una plaza—. Quizás Diego sintió que alguien se acercaba y destruyó el teléfono por eso, para que no lo descubriesen. No tiene por qué ser malas noticias.

—Si es así, ¿por qué no volvió a llamarnos para que nos quedemos tranquilos? —repuso Edward.

—Porque no es seguro. Alguien sospecha de él, aunque no tiene pruebas, y Diego está teniendo que ser cuidadoso —repliqué, poniendo toda la convicción posible en mi voz.

—Antes de que el teléfono fuese destruido, Jasper dijo que se escuchó un forcejeo —señaló Edward con el ceño fruncido—. Ese forcejeo, ¿sonó a que Diego trató de destruir rápidamente el teléfono, o a que alguien estaba atacándolo?

—No sé, sonó a un ruido indefinido, como viento o algo parecido, y después se cortó la comunicación —respondí encogiéndome de hombros.

En realidad había sonado más bien a alguien tirándosele encima a Diego, o empujándolo. Quizás el teléfono había salido volando y se había estrellado contra, no sé, la calle o una pared o alguna piedra. Pero yo seguía resistiéndome a pensar que era algo malo.

—Quizás Bree descubrió a Diego hablando por teléfono, tuvo miedo de que estuviese haciendo algún trato a sus espaldas, y por eso lo atacó y destruyó el teléfono —sugerí, optimista.

—De manera que sí sonó a Diego siendo atacado —masculló Edward.

—Más o menos —traté de disimular—. No se escucharon desgarradores gritos de dolor ni nada parecido.

—El teléfono estuvo roto casi de inmediato. Alguien podría estar torturando cruelmente a Diego en este momento y todo lo que pasa es que no lo oímos —repuso Edward con aspereza.

—Bueno, gracias por el pensamiento positivo.

—Soy realista. El que la conversación se haya cortado tan abruptamente son malas noticias, y el que no haya modo de contactarlo, pésimas —suspiró Edward, desesperanzado—. Me temo que podemos darlo por muerto.

—Aunque alguien haya descubierto a Diego, nada dice que Bree no esté bien —repliqué—. Diego mencionó que ellos no estaban juntos en ese momento.

—Pero Jasper mencionó a Bree en la conversación, cuando les dio indicaciones a Diego de qué camino él y Bree debían seguir para llegar hasta casa cruzándose con la menor cantidad de humanos posible —me recordó Edward—. El que haya matado a Diego, irá a por Bree después de esto.

—Nadie dijo que Diego esté muerto —repliqué otra vez, resuelta a no dejarme convencer de que los dos jóvenes vampiros estaban otra cosa que sanos y salvos—. Ni tampoco Bree. Si los dos están cuidándose las espaldas como dices, no deberíamos darlos por muertos todavía.

—Bella, pasaron casi tres horas desde que se cortó la comunicación, y no tenemos ni el menor indicio de que estén vivos.

—Edward, pasaron más de dos horas desde que Jasper, Esme y Alice salieron a cazar. ¿Eso significa que tampoco están vivos?

—¡Es distinto! —protestó él, irritado.

—No es distinto —repliqué yo—. Todos ellos están vivos hasta que se demuestre lo contrario.

Edward apretó los dientes y se acurrucó más a mi lado, envuelto en sus mantas. Llevábamos desde un rato antes de la llamada de Jasper a Diego acurrucados juntos en el estrecho sillón de una plaza, lo que significa que desde hacía casi cuatro horas que mi humano Edward y yo estábamos abrazados y ligeramente enredados el uno en el otro. Era necesario que Edward estuviese abrigado, porque por muy romántico que fuese estar en contacto piel con piel, un Edward de labios azules y dientes que castañeaban no tenía sex appeal, sino hipotermia.

Permanecimos un rato en silencio, inmersos en nuestros pensamientos. Edward me abrazó con más fuerza lo mejor posible considerando que estaba medio atrapado en su cuasi crisálida de mantas. Por la expresión de su rostro, algo me hizo pensar que seguía tan convencido de la muerte de Diego como antes, y que temía perderme a mí también.

Lo abracé con toda la fuerza que me permitía utilizar con él. En ese momento, con la posibilidad, aunque yo no quisiera aceptarla, de la destrucción de uno o ambos jóvenes vampiros, volvía a volverme consciente de lo frágil y rompible que Edward era ahora. Hasta yo no era tan completamente indestructible como me gustaría creer; Victoria estaba libre por ahí y probablemente estaba buscando un modo de vengarse de Edward y de mí. Pero no conseguiría llegar hasta él… no del modo que ella había atrapado a Diego.

—Si lo descubrió otro neófito… quizás lo mató limpiamente —sugerí en voz muy, muy baja—. Ya sabes, lo enojó que Diego estuviese traicionándolos, y lo mató primero y pensó después. No tiene por qué haber sido un baño de sangre… figurativamente.

Yo en verdad quería creer que Diego y Bree estaban bien y yendo a encontrarse con nosotros, pero la parte más racional de mi mente reconocía que las circunstancias no señalaban en esa dirección. El forcejeo que yo intentaba alejar de la mente de Edward me había sonado más a alguien tomando por sorpresa a Diego que cualquier otra cosa: por un momento, yo había escuchado una voz masculina, de un vampiro, gritando algo, quizás el nombre "Diego", quizás otra cosa… en tono de amenaza.

Aún si no había sido el otro vampiro sino Diego mismo quien había destruido el teléfono, probablemente con la intención de no ser descubierto, Diego claramente estaba en problemas, y problemas graves. Si ya sentía la necesidad de romper el teléfono a través del cual manteníamos contacto…

—Puede ser —respondió Edward en voz igualmente baja—. Pero Bree no estaba con él. Quizás ella ya adivinó que algo está mal y consiga escapar.

Yo asentí, aunque me dio la impresión que los dos estábamos intentando consolarnos mutuamente. Aunque no habíamos conocido a Bree ni a Diego, Jasper y Alice tenían una buena opinión de ellos, y todos sabíamos lo importante que era Bree para Renana.

—Lo mejor será no decirle nada a Renana —musité en voz muy baja—. O, en todo caso, decirle que perdimos contacto, que es verdad. Que no conseguimos volver a comunicarnos con Bree… y dejar que las pistas se pierdan en la nada.

—Me siento mal por haberle creado esperanzas, por haberle dado expectativas de que Bree estaría a salvo —confesó Edward.

—Te entiendo —musité, acariciando su cabello suavísimo—. Pero no lo hiciste para decepcionarla. Realmente hiciste todo lo posible para ayudar a Bree, y por un rato creímos que lo conseguiríamos.

—Si al menos pudiésemos entregarles a los familiares un cuerpo… algo que enterrar, una forma de que puedan asimilar la muerte, comenzar el proceso de duelo. Pero así, mientras no haya cadáver, oficialmente no hay muerte, y no hay esa certeza necesaria para dejar ir al ser querido muerto. Siempre queda esa pequeña esperanza de que un día regrese, y es injusto hacerlos pasar por eso cuando no hay en realidad esperanza alguna —susurró Edward.

—Si pudiésemos localizar las cenizas… ¿serviría de algo? —pregunté, calculando que al momento de sepultar a alguien, unas cenizas eran mejores que nada.

—Nosotros podríamos darles algún tipo de sepultura, pero no podríamos arriesgarnos a entregárselas a las familias —suspiró Edward con derrota—. Las cenizas resultantes de destruir a un vampiro no son las mismas que se producen al cremar un cuerpo humano, y si se las llevasen a un laboratorio forense para tratar de determinar si son de su hijo, los resultados nos pondrían en el punto de mira. Además que sería arriesgarnos demasiado aparecer en la puerta de la familia Calderas con la urna de Diego en las manos y pretender irnos sin decir dónde las encontramos.

—Estaba pensando en enviárselas anónimamente. Así tendrían los restos de Diego para enterrar, y nosotros no tendríamos nada que ver oficialmente —aclaré—. Era sólo una idea.

—Sé que tienes las mejores intenciones —me sonrió Edward con dolor—. Pero no veo cómo podríamos hacerlo.

Los dos nos quedamos en silencio de nuevo. Éramos los únicos que estaban en la casa; Carlisle cubría de urgencia el turno de la noche en el hospital, ya que el doctor Gerandy había tropezado con el cachorro de sus hijos y se había fracturado el brazo al caer; Carlisle mismo había tenido que enyesárselo. Esme, Alice y Jasper habían salido a cazar, en parte porque lo necesitaban y en parte para distraer a Jasper, que se sentía culpable por haber llamado a Diego en ese momento, lo que había llevado a que fuese descubierto. Emmett estaba trabajando en la casita; él también estaba afectado por los sucesos de la tarde, y su terapia consistía en realizar trabajos manuales para mantenerse ocupado. Rosalie estaba con él, y por supuesto Emily, la muñeca, iba con ellos.

En cierto modo, todos estábamos un poco de luto por Diego y Bree.

—Sonará horrible que yo lo diga en un momento como éste, pero… además de que lamento que hayamos perdido a Diego y Bree, estratégicamente el perderlos es un desastre —musité—. Perdemos la fuente de información de lo que está pasando al interior del aquelarre de neófitos, y hasta podríamos haber puesto a Victoria sobre aviso de que estamos sobre la pista.

—Un desastre por donde se lo mire —susurró Edward.

—Tal como Jasper dijo, el clásico movimiento de ataque sería crear nuestro propio ejército de neófitos, pero nosotros no vamos a hacer eso y Victoria sin duda lo sabe, o al menos le importa —cavilé, preguntándome cómo exactamente planeaba Victoria llevar a cabo su venganza.

—Claro.

—Incluso en el imposible escenario de que creáramos un ejército, serían todos demasiado jóvenes y salvajes, ¿verdad? —comprendí—. Los neófitos de Victoria tienen más edad, lo suficientemente poca para tener todavía la fuerza del primer año, pero sí son lo bastante antiguos como para tener un mínimo de autocontrol, lo justo y necesario para pelear… ¿verdad?

—Eso me temo —respondió Edward con voz débil.

—Aunque Victoria está loca, debo reconocer que el plan tiene algo de previsión y planificación detrás —tuve que admitir—. Yo hubiese creído que se limitaría a lanzarse contra nosotros en una misión suicida, pero resultó más lista que esto. Por desgracia para nosotros —añadí con pesar.

—Ajá.

—Pero todo su preciosos plan debe tener un talón de Aquiles —no pude evitar pensar en voz alta—. Los planes siempre tienen un punto débil. Mira a Napoleón: iba todo tan bien, se había hecho coronar emperador, iba por ahí conquistando y conquistando territorios, hasta que se le ocurrió invadir Rusia en invierno. En serio, ¿invadir Rusia en invierno, a quién se le ocurre? Fue un desastre. Todo por no tener en cuenta que si Rusia es hielo, nieve y frío todo el año, en invierno es mil veces peor. Ése fue su talón de Aquiles.

—Estupenda comparación entre un corso bajito con cáncer de estómago y una vampiresa pelirroja enloquecida —sonrió Edward con una mueca.

—Sólo hablaba de planes que salen mal por algún detalle que no tienes en cuenta —gruñí, sin dejar de buscar un hueco en el plan de Victoria, algo que eche por la borda su precioso plan de destruirnos—. Victoria tiene que cometer algún error. Tiene que haber algo que nos permita aprovechar su plan en contra de ella. Algo… algo…

Estaba tan absorta en el modo de conseguir que, en lo posible, Victoria se anulase a sí misma, que no reaccioné de inmediato cuando Edward empezó a retorcerse y a tratar de liberarse de mi abrazo y su capullo de mantas. Al contrario, hasta lo sostuve con más fuerza, creyendo que se caía.

—¿Edward? ¿Qué haces?

—Bella, tengo que… —él jadeó ligeramente—. Suéltame, por favor.

Le presté toda mi atención y noté, alarmada, que estaba pálido, cubierto de sudor frío y que su corazón latía demasiado rápido.

—¿Te sientes bien? —pregunté con sorpresa y algo de miedo al verlo así—. ¿Qué pasa?

Él no me respondió, sino que se desenredó de las mantas, cada vez más pálido, y con pasos algo tambaleantes empezó a ir en dirección al otro lado de la habitación. Apenas consiguió llegar al pasillo de que llevaba al cuarto de baño de la planta baja y a la puerta trasera de la casa cuando cayó de rodillas con un gemido.

—¡Edward! —exclamé y estuve a su lado en un segundo, justo a tiempo para verlo caer sobre sus manos, pálido y sin aliento, antes de dar dos o tres fortísimas arcadas que le sacudieron todo el cuerpo.

Antes de que yo tuviese tiempo de decidir qué hacer, si llamar a alguien, llevarlo a la cama o qué, una última y brutal arcada acabó en una catarata de vómito saliendo de la boca y la nariz de Edward. Horrorizada y consternada, me quedé junto a él, y atiné sólo a colocar una mano sobre su frente y a rodear su torso con el otro brazo antes de que una nueva ola de vómito se uniera a la anterior.

Dejé de respirar, el olor acre y pestilente era demasiado para mi agudo sentido del olfato. Contemplé con impotencia cómo Edward se retorcía entre violentas arcadas, pero ya no había nada en su estómago que echar afuera. Por fin, después de un eterno minuto, Edward se derrumbó exhausto y jadeante en mis brazos. Su corazón latía aceleradísimo y todo él estaba empapado en sudor, aunque no pude evitar notar con un mínimo alivio, gracias a la mano apoyada en su frente, que no parecía tener fiebre.

Lo tomé con cuidado en brazos, pero aún el mínimo movimiento le causó un bajo gimoteo de dolor. Edward tenía los ojos cerrados y gruesas lágrimas le habían corrido por las mejillas. Gracias a mi anterior, aunque por suerte no excesiva, experiencia con enfermedades, yo sabía que cuando el vómito es muy intenso suele ir acompañado de lágrimas involuntarias. El vómito de Edward, por lo visto, era de los realmente malos.

¿Qué ratos haces cuando era una vampiresa y tu novio humano acaba de vaciar su estómago frente a él, y están los dos solos en la casa? Dudé si llevar a Edward al hospital, llamar a Carlisle, llamar una ambulancia…

Primero lo primero; antes que nada, yo necesitaba cuidar a Edward. Con todo el cuidado posible lo llevé al baño que él no había llegado a alcanzar. Era claro que se había dirigido hacia allí, pero había llegado sólo a dos metros de la puerta. Bajé la tapa del inodoro y lo senté encima con cuidado, Edward entreabrió los ojos pero no hizo más movimiento que seguir respirando pesadamente por la boca entreabierta. Tomé una toalla de mano limpia y la mojé bajo el agua fría del grifo antes de retorcerá para quitarle el exceso de agua, pero en el nerviosismo lo hice demasiado fuerte y la toalla se rompió. Oh, bueno, podría preocuparme por eso más tarde.

Le limpié la boca, la parte externa de la nariz, y con el otro lado de la tela, las mejillas. Edward parpadeó ligeramente, pero no se movió. Tiré la toalla dentro de la bañera y busqué pañuelos de papel, pero no había en el baño. Decidí que el papel higiénico también serviría y corté una buena cantidad antes de doblarlo un par de veces, y lo acerqué a la nariz de Edward.

—Sopla —le indiqué—. Por la nariz. Suénate.

Él levantó la mano para limpiarse la nariz solo, pero su mano temblaba tanto que la dejó caer casi de inmediato y permitió que yo sostuviese el papel mientras él se limitaba a empujar los restos de vómito y moco afuera. No era la tarea más agradable que yo hubiese hecho en mi vida, pero mi preocupación por Edward estaba muy por encima de cualquier remilgo o asco que me pudiese dar el sonarle la nariz a alguien.

Tiré el papel sucio por encima de mi hombro, creo que cayó en la bañera. El baño tenía incluido un pequeño vaso en el soporte diseñado para los cepillos de dientes, aunque no había cepillos allí. Llené el vaso con agua y lo dejé apoyado en el borde del lavamanos, antes de girarme hacia Edward. Fue complicado lograr que quedara de pie y frente al lavamanos, porque sus rodillas estaban todavía muy débiles, de manera que tuve que sostenerlo con un brazo rodeando su cintura, cosa que también era incómoda porque él era más alto que yo. De algún modo, acabé sosteniéndolo a él con un brazo, frente al lavamanos, de manera que me quedaba el otro brazo libre para llevarle el vaso de agua a los labios y ayudarle a enjuagarse la boca.

Recién en ese momento, al vernos juntos en el espejo del baño, noté lo cambiado que Edward realmente estaba. No me refiero a que estaba pálido, ojeroso y débil por el violento vómito. Estaba… crecido. Había ganado al menos cinco centímetros en estos mese desde que volvía a ser humano, sus espaladas estaban un poco más anchas, sus brazos, más musculosos, y parecía menos desgarbado que antes. Sus manos y pies ya no parecían demasiado grandes para su cuerpo y un poco torpes, y hasta me sorprendió notar que tenía una buena cantidad de pequeñas pecas doradas en la nariz y los pómulos. Sus rasgos ya no eran tan afilados, tan aniñados, sino que tenía más cara de hombre, de adulto, cada día.

La humanidad le sentaba bien, muy bien.

Volví a centrarme en mi preocupación por la salud de Edward en lugar de quedarme babeando sobre él y su fantástico cuerpo. Ya tendría tiempo más tarde de admirar lo bien que le hacía acabar de crecer y desarrollarse.

—¿Cómo te sientes? —le pregunté en voz normal, tratando de sonar tranquila y compuesta.

—Mejor —murmuró Edward, aunque estaba tan tembloroso y pálido como antes—. ¿Podemos… salir? Necesito… aire…

Un poco de aire fresco no le haría mal, me dije, pero tendríamos que recoger un abrigo antes de salir. Afuera estaba fresco, y Edward estaba cubierto de sudor.

—De acuerdo, vamos afuera. Apóyate en mí sin miedo, no olvides que para mí pesas lo mismo que una pluma —intenté bromear.

Edward forzó una sonrisa cansada, pero dejó caer buena parte de su peso en mis hombros. No era un problema, yo hubiese podido sostenerlo en brazos sin problema alguno, pero algo me decía que eso hubiese avergonzado a Edward y yo estaba tratando de ser comprensiva y tolerante con los vestigios de orgullo masculino que sobrevivían en su organismo después de todas las veces que lo había llevado en brazos, desvestido cuando él se quedo dormido, visto en una cama de hospital, peleado con Emmett cuando se había pasado de la raya con sus chistes hacia Edward…

Edward solía ser alguien independiente, era el único de la familia, con la obvia excepción de Carlisle, que había dejado la familia y hecho vida por su parte. Ser el humano ya era bastante complicado para él, yo no quería empeorarlo al recordarle constantemente todo lo que él ya no podía hacer. De modo que lo dejé caminar, aunque apoyado en mí y arrastrando los pies, en lugar de simplemente tomarlo en brazos y llevarlo, que hubiese sido más fácil y rápido.

Llegamos por fin a la sala, donde estaba el perchero en el que los miembros de la familia colgaban sus abrigos de diseñador. Tomé el grueso y largo abrigo de Edward, y me las arreglé para echarlo sobre sus hombros, aunque no llegó a meter sus brazos en las mangas.

—Vamos —empecé a guiarlo hacia la puerta delantera, pero Edward gimió ligeramente, con los dientes apretados, mientras otra arcada sacudía su cuerpo y le doblaba las rodillas.

—No… —musitó débilmente, entre dos arcadas, pero su estómago estaba vacío, ya no le quedaba nada que vomitar—. No… atrás…

—No hay nadie atrás de nosotros —le dije con preocupación.

—… puerta… de atrás… —jadeó, entre dos nuevas arcadas casi convulsas.

—¿Quieres salir por la puerta de atrás? —descifré. Él asintió débilmente con la cabeza—. Edward, estamos a tres pasos de la puerta delantera. ¿Qué tiene de malo salir por aquí? El aire es el mismo adelante o atrás de tu casa.

—…aquí… me siento… peor —jadeó él, sonando agotado.

—¿Peor? —repetí —. ¿Te sentías mejor cuando estábamos lejos de esta puerta?

Creo que Edward trató de asentir con la cabeza, pero un leve movimiento que capté por el rabillo del ojo hizo que yo centrara toda mi atención en la ventana. Aunque estaba completamente oscuro afuera, mi vista vampírica era excelente; veía todo con nitidez, sólo que en una mezcla de tonos de gris, como en un televisor cuyo color estuviese mal calibrado.

—Edward —le susurré directamente en el oído, en la voz lo más baja que pude y que aún fuese audible para él—, hay alguien afuera.

—¿Mmet? ¿O… Ssme…Jazz…?

—No es Emmett, tampoco Esme o Jasper —murmuré—. Son… dos personas. Una de ellas tiene cabello rubio, ondulado… la otra tiene pelo oscuro… son vampiros.

Edward soltó una palabrota muy malsonante en un agotado hilo de voz, lo que le quitaba cualquier tipo de impresión que podría causar escucharlo decir ese tipo de cosas.

—Voy a dejarte en tu dormitorio, e ir a ver qué quieren —anuncié.

—¡No! —exclamó Edward con toda la poca energía que le quedaba—. No… sola…

—No pienso llevarte, ni lo sueñes —le advertí, tomando en brazos sin más trámite—. Apenas puedes mantenerte en pie.

Edward protestó en un constante farfullar mientras lo llevaba a su dormitorio, pero estaba tan agotado que ni siquiera podía formar las palabras correctamente. Lo acosté en su cama, lo cubrí con una manta y le di un beso en la frente.

—No te muevas, regreso enseguida —prometí.

Edward luchaba por decirme algo, pero estaba tan agotado y débil tras el feroz vómito que sus ojos se cerraron antes de que él mismo pudiese evitarlo. Salí silenciosamente del dormitorio y cerré la puerta detrás de mí con cuidado de no azotarla.

Bajé las escaleras haciendo el mínimo ruido y reuniendo todo el coraje posible. Yo no tenía idea de qué querían esos dos desconocidos, y no me agradaba para nada enfrentarme a dos vampiros potencialmente peligrosos sola, con Edward débil y enfermo a un par de tramos de escalera de distancia. ¿Por qué Alice no había llamado todavía dándome algún tipo de instrucciones? Mejor, aún, ¿por qué ella y los demás no había regresado todavía de su caza? Yo me sentiría decididamente más segura yendo al encuentro de esos desconocidos teniendo a Jasper a mi lado…

No tenía por qué ser algo malo, quizás sólo eran curiosos, me dije para darme valor. Al principio, James, Vitoria y Laurent también habían sido sólo eso, unos nómadas que se acercaron a curiosear al oír a los Cullen jugar al béisbol. Aunque yo no tenía idea de cómo reaccionar si uno de estos desconocidos quería empezar a cazar a Edward…

Bueno, ya era tarde para planes brillantes o pedir ayuda. Yo tenía la puerta que daba al frente de la casa, y hacia los desconocidos, frente a mí. Cuadré los hombros, tomé un gran respiro innecesario, levanté bien alta la cabeza, y salí de la relativa protección de la casa hacia donde estaban los dos vampiros desconocidos.

Los dos estaban muy quietos, observándome sin perderse detalle, pero no parecían dispuestos a atacarme. Ya que estábamos en terreno abierto, me dirigí directamente hacia ellos, pretender esconderme o tomarlos por sorpresa era una tontería que no funcionaría. Los observé con atención: uno tenía ondulado cabello rubio, era alto y ancho de espaldas. Tendría unos veinte años; algo en él me hacía pensar en un estudiante universitario. El otro era más delgado y un poco más bajo, con tupidos rizos oscuros; también era más joven, no tendría más de dieciocho años. Mientras que la expresión del primero era impasible, el segundo parecía irradiar curiosidad. Contuve un estremecimiento al notar que ambos tenías ojos rojo oscuros.

—Buenas noches —saludé con voz afortunadamente firme sin ser desagradable, desde una distancia prudencial de unos cinco metros—. ¿A qué debo el placer de su visita?

Los dos vampiros cambiaron una mirada como si yo acabara de hablarles en arameo o alguna otra lengua largamente extinta e incomprensible.

—¿Puedes vernos? —preguntó el rubio con estupefacción.

—Claro, ¿por qué no iba a poder? —pregunté yo, sin entender.

—Wow —silbó por lo bajo el moreno, admirado—. Tienes un buen estómago. Jasper no lo mencionó.

Me giré de inmediato hacia él.

—¿Eres amigo de Jasper? —quise saber, pensando que quizás se tratase de Peter, su amigo nómada. Pero él solía ir acompañado de su pareja, una chica de nombre Charlotte…

—Bueno, amigo… —el moreno se encogió de hombros con una mueca—. Jasper y su compañera, Alice, tenían un plan para sacarnos del nido de locos en que estábamos metidos, pero no me cuidé lo bastante las espaldas mientras estábamos hablando por teléfono y Riley casi me hizo picadillo. Por suerte Fred intervino —añadió, con una sonrisa agradecida hacia el rubio—. Jasper acababa de darme indicaciones para llegar a su casa, y creí que era ésta, pero… —el moreno se encogió de hombros.

—Ésta es la casa de Jasper y su familia —sonreí, tan repleta de júbilo y alivio como no me había sentido en más de tres horas, desde ese terrible llamado telefónico interrumpido—. Yo soy Bella. ¿Y asumo que eres Diego?

—Oh, qué desastre mis modales —sonrió él ampliamente—. Diego Calderas, para servirle, señorita —añadió la última frase en español, quitándose un sombrero imaginario y haciendo una pequeña reverencia. Aunque mi conocimiento del español era mínimo, era claro que se trataba de una galantería—. Él es Fred —añadió con un gesto hacia el rubio, que se limitó a parpadear—. Y prudentemente oculta tras su espalda, como tantas veces lo estuvo en el escondite de nuestro aquelarre, está Bree Tanner.

Mientras lo decía, una tímida cara pálida, flacucha y enmarcada en revueltos cabellos castaños se asomó cautelosamente detrás de las anchas espaldas de Fred. Pese al tiempo transcurrido, se parecía tanto a la foto en la que salía junto a Renana, la que habíamos usado para los carteles, que no tuve problema alguno en reconocerla, pese a los ojos color rojo encendido.

—¡Bree! ¡Estás bien! —me sentí tan feliz que tuve que enlazar mis dedos y apretarlos juntos para no lanzarme sobre ella y abrazarla—. Me alegro tanto de que los dos… los tres —me corregí, mirando brevemente a Fred— estén bien. Cuando ese llamado se interrumpió, temimos lo peor.

—Lo peor hubiese podido pasar, de no ser por nuestro astuto amigo —sonrió Diego, dándole un pequeño codazo a Fred, que no se dio por aludido—. Riley, nuestro vigilante, me descubrió cuando estaba hablando por teléfono y me atacó. Alcancé a destruir el aparato, pero no podía sacarme de encima a Riley tan fácilmente. Estaba muy furioso, y empezó a arrancarme los dedos para hacerme hablar —comentó Diego como si tal cosa, mostrándome la mano izquierda, donde los dedos tenían delgadas cicatrices plateadas alrededor de la base, señal de que habían sido cortados y vueltos a unir—. Por suerte Fred pasó cerca de allí, me quitó a Riley de encima y lo convirtió en paté de vampiro —añadió con alegría.

—Este par había discutido su encuentro con el tal Jasper justo detrás del sofá en el que yo estaba sentado, y habían acordado huir y sumarse a la familia Cullen —dijo Fred con voz grave, señalando de Fred a Bree—. No me gustó que Riley hubiese mentido al respecto de tantas cosas, y menos me gustó que pretendiese usarme como peón en una guerra que no es la mía.

De todos modos, tendríamos que sacarlo de en medio para poder escapar sin tenerlo respirándonos en la nuca.

—Una vez que recuperé mis dedos fuimos a buscar a Bree, la invitamos a abandonar esa madriguera apestosa y nos apresuramos a correr hacia aquí —completó Diego, contento—. Sé que Fred originalmente no estaba invitado —añadió, mucho más serio—, pero es un amigo y es de plena confianza. Me salvó la vida hoy, y pongo las manos en el fuego por él, bueno, metafóricamente —acabó con una ancha sonrisa.

—Cuantos más, mejor —dije con sinceridad—. Jasper no está en casa ahora, pero puedo presentarles a algunos integrantes de la familia, empezando por Rosalie y Emmett.

—Jasper los mencionó —respondió Fred, contento—. Dijo…

—¿Bella? —sonó una voz un poco más lejos—. ¿Con quién estás hablando?

Era Emmett, que se acercaba un poco tambaleante en mi dirección. Lo miré atónita, yo jamás había visto a un vampiro tambaleándose.

—¿Emmett? ¿Qué te pasa? —pregunté con preocupación.

—Ese venado que me comí más temprano debía estar borracho —gruñó Emmett, bizqueando en mi dirección—. Estoy todo desorientado y viendo doble. Ésos son síntomas de una borrachera, ¿no?

—No sé, no suelo emborracharme.

—Claro —él puso los ojos en blanco, mientras se tambaleaba otro paso hacia mí—. Pero yo no bebo alcohol, ya no. Soy un riguroso abstemio. Quedaron atrás mis locas borracheras de humano soltero y pendenciero. Pero bebí un venado. Entonces, el venado debía estar borracho. Bella, ¿cómo hace un venado en medio del bosque para emborracharse?

—Él no es así la mayor parte del tiempo —les aseguré a Diego, Fred y Bree en tono de disculpa.

—¿A quién le hablas, Bella? —repitió Emmett, tratando de seguir mi mirada, pero se tambaleó más que antes. Parpadeó varias veces, confundido—. Huh. Genial. Ahora además tengo el estómago revuelto. Sólo me fala el dolor de cabeza, y tengo la resaca completa. Y Rose también está aturdida. Pero ella no cazó nada hoy. Es raro, más temprano me sentí realmente descompuesto. Y, Bella, todavía no me dices con quién hablabas.

—¿Tienen algo que ver con esto? —les pregunté en tono algo acusador al trío de recién llegados.

—Es Fred —dijo Bree en voz baja, suave—. Él desorienta a los que se le acercan.

—Puede causar náuseas si lo hace realmente intenso —añadió Diego con una especie de orgullo fraternal.

—Apuesto a que causa vómitos en un humano —mascullé.

—Puede ser. Nunca lo probamos en humanos, pero si basta para echar a los vampiros de una habitación… hey, ¿cómo es que no te hace nada? No deberías ser capaz de mirarnos directamente —añadió Diego, como si acabara de ocurrírsele.

—Parece que tengo un escudo mental. Había un vampiro que podía oír los pensamientos de quienes lo rodeaban, pero no conseguía oír los míos —admití.

—¿Telepatía? —se preguntó Fred, sorprendido.

—¡Genial! —exclamó Diego, entusiasmado.

—Bella, algo está mal con mi borrachera —informó Emmett, tambaleándose a unos metros de distancia—. Los árboles están hablando.

—Entonces no estás borracho, sino alucinando —le repliqué.

—Oh. Es verdad. ¿Crees que el venado haya estado drogado? —se preguntó Emmett con el entrecejo fruncido, tambaleándose peligrosamente cuando trató de acercarse—. No me imagino al venado fumando algo. Pero debió drogarse, porque es una alucinación realmente potente. Hasta tienen tres voces distintas.

—¿Puedes hacer algo para que deje de ponerse en ridículo? —le pedí a Fred.

Él no me respondió, pero relajó los hombros y entrecerró los ojos. Emmett dejó de tambalearse y ya sólo parpadeó un par de veces, sorprendido, en dirección a Fred, Diego y Bree.

—¿Y éstos tres, de dónde salieron? —preguntó con honestos desconcierto.

—Somos tus árboles parlantes —respondió Diego con una sonrisa.

—No tienen un aspecto muy arbóreo —replicó Emmett con una mueca, antes de abrir mucho los ojos—. Oh. Un truco mental —un segundo más tarde, su cara se iluminó con una gran sonrisa—. ¿Pueden hacer lo mismo con los osos pardos? Sería de lo más divertido viéndolos portarse como borrachos… Pero primero lo primero. Yo soy Emmett Cullen.

—Él es Fred, ella es Bree, y yo soy Diego —presentó Diego, señalando a sus compañeros y a sí mismo.

—¡Hey, lo lograron! ¡Pudieron escapar! —se alegró Emmett sinceramente—. Bienvenidos a la libertad, neófitos.


Ésta vez, me gustaría que me digan cuál les pareció el personaje más fiel al canon, salvando las distancias que ése es un fic, Bella es vampiro, Edward es humano, Fred no huyó, Bree y Diego están vivos, etc. ¿Cuál de los personajes que aparecen en este capítulo es más fiel al original de Meyer, en su opinión?

Desde ya, ¡gracias por leer!