Los personajes de esta historia no me pertenecen, la historia es totalmente de mi autoría.

Capítulo beteado por Jo Beta Ffad, Betas FFAD

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Rosalie miró a Jane, que se hallaba con las mejillas encendidas, pese al frío de la noche. La escarcha había nacido de los charcos de la breve lluvia que había caído horas antes y el helor, calaba en los huesos de la muchacha que apenas sabía si sentía su trasero de tanto cabalgar.

—Queremos ver al que llaman "el Bárbaro" —susurró, mientras una brisa congelada le acariciaba el rostro—, necesito que nos brinde su protección.

Maude observó a Rosalie intentando ver en aquellos ojos azules la veracidad de las palabras que ella omitía, aunque sabía a ciencia cierta que, aquella mujer, iba a ser una joya preciosa para el futuro de los que se hallaban entre las murallas de aquella fortaleza.

—Pasad, debéis estar muertas de frío. —Los ojos de Maude se dirigieron a Jane—. Y tú muchacha, tranquilízate que aquí estarás a salvo por el momento. Ahora pasad y secad esas ropas, antes de que os brinde un jergón donde podáis descansar de vuestro largo camino hacia aquí.

Maude abrió más el portón y les dio paso, antes de silbar a uno de los muchachos que estaban haciendo guardia, como todas las noches, para poner la voz de alarma si se acercaba el enemigo. Bien sabían que aquel que denominaban "el Bárbaro", se había ganado fervientes enemigos de un tiempo a esta parte.

—Hazte cargo de los caballos y procura no hacer mucho ruido. Es tarde y no quiero que nadie se alarme por las llegadas de estas dos señoritas.

Maude rió entre dientes y dio paso a las dos muchachas delante de ella, mientras el mozo se hacía cargo de los caballos y los llevaba a la cuadra.

Rosalie no se fiaba de aquella vieja de pelos desgreñados y dientes negruzcos y, asió con fuerza la pequeña daga que llevaba escondida en la parte interior del muslo, mientras se adentraban en un gran castillo empedrado y simple.

Recorrieron varios pasillos antes de llegar a un gran vestíbulo donde una gran fuego se hallaba encendido. La vieja se giró con aquella sonrisa engreída y le guiñó un ojo.

—No seas precavida conmigo muchacha. Como le he dicho a tu hermana, no debes temer nada. Aquí estáis finalmente a salvo.

La voz de Jane se oyó, simple y casi en un susurro.

—No somos hermanas. Al menos no de sangre, señora.

Maude bajó la mirada y juntó las mano,s antes de caminar hacia Jane y apoyarle una mano arrugada en el hombro maltrecho a causa del arco.

—Es la mejor hermana que nunca has tenido, aunque no haya sido parida por tu madre. Desde luego, mucho mejor persona que esos que tienen tu misma sangre.

Rosalie miró a Jane que se hallaba consternada y con los ojos como platos.

— ¿Quién es usted… que parece saberlo todo? —Rosalie jadeó, entre asustada y admirada.

—Déjate de preguntas y quitaos esos ropajes y secaros. En la habitación continua a este cuarto, tenéis un par de jergones limpios y ropas del clan de mi Príncipe. Mañana, cuando el astro rey despierte, os llevaré ante él y entonces, le contarás toda esa información que has callando durante tanto tiempo. Será un gran alivio para él saber que tú estás vivas y que, de alguna manera, te aliaste con el enemigo para, posteriormente, venir con él y vencerlo. Eres una mujer valiente y serás recompensada. —Maude acarició con lentitud el rostro de Rosalie y sonrió con pesar—. Sé lo que es el dolor de la perdida del amor de tu vida, pero sé cómo se alivia ese dolor, dolerá siempre, pero remitirá algo… te lo prometo.

Los ojos de Rosalie se empañaron de lágrimas, mientras que veía como aquella mujer extraña se marchaba y las dejaba solas bajo el calor del hogar.

— ¿Podemos fiarnos de ella, Rosalie? —susurró Jane, mientra tiraba el arco con suavidad en un mullido nido de pieles y comenzaba a desvestirse.

—Algo me dice que me voy a llevar muy bien con esa vieja andrajosa.

Rosalie tiró de su capa negra y comenzó a quitar las ropas mojadas que se pegaban a su cuerpo.

Desnudas y enredadas en las pieles que se hallaban en casi toda las estancia, observaron como los troncos iban ardiendo completamente en silencio.

Así transcurrieron minutos o quizás horas, quién lo puede saber, pero cuando estuvieron lo suficientemente tranquilas, secas y cansadas, se marcharon a aquella estancia donde les había indicado la vieja. Allí, se enroscaron el los tibios jergones y durmieron —por primera vez—, toda la noche a pierna suelta.

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Maude subió aprisa las escaleras hacia su torreón.

Los espíritus no le habían hablado de la verdadera identidad de aquella mujer de rubios cabellos que los ayudaría, aquella que sería la guía de su señora… su mentora.

Con lágrimas en los ojos, buscó el yelmo de su esposo y lo acarició con ternura infinita y devoto amor.

—Al fin, esposo mío… al fin.

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La gente de la aldea, abandonó de sus chozas para ver salir al engendro que nunca debió parir la mujer de Anvil de Sauver; mientras que él sentía que, con la marcha de aquella niña, su vida sería más fácil y no lo fustigarían con palabras hirientes y peleas cuando el día hubiera llegado a su fin.

Algunos siseaban maldiciones y muchos otros sonreían dichosos, ya que el mismo demonio se llevaba al ser que había maldecido la aldea desde el mismo momento en que nació.

Maude no los observó siquiera.

Sabía que no era querida allí y la nueva vida que se abría ante ella aunque no sería fácil—, estaría trabada de menos dificultades de las que había vivido hasta ahora.

Montada en el mayor caballo más grande que habían visto sus ojos de trece años y, con los fuertes brazos del hombre del yelmo de león recogiéndola a su espalda, no podía hacer otra cosa que agradecer que hubiese venido a por ella. Marcharse de allí sería tan bueno para Maude como para los propios habitantes de la aldea.

Me doy cuenta que no te quieren aquí. ¿Qué les has hecho para que ninguno muestre ningún tipo de sentimiento por tu partida? La pregunta a su espalda le hizo girar levemente la cabeza, mirando los ojos claros que se vislumbraban bajo las rendijas de aquel yelmo.

Se tiene miedo a lo que no se comprende. Las palabras de Maude sacudieron al caballero como hierro ardiente. Aquella niña era mucho más madura de lo que presuponía y aquello, lo desconcertó por unos instantes antes de sonreír.

¿Eres una incomprendida entonces? ¿Qué mal puede hacer una niña de trece años a un manojo de aldeado harapientos con disentería? Las preguntas del caballero del yelmo de león, fue un susurro alojado en la orejita de Maude, ardiente y reparador.

¿A dónde me lleva? Sé que no me quiere con usted… también tiene miedo de mí y de lo que supongo en su vida, ¿cierto?

El silencio fue amortiguado por el sonido de la lluvia y los cascos de los caballos que no apremiaban en su marcha.

Ve, usted también tiene miedo a lo que no comprende.

Lionel Ward, de origen casi desconocido, se había ganado un nombre y un condado gracias a las carnicerías de ingleses que dejaban a su paso, el estandarte de las tres coronas se cernía sobre el bastión principal de su pequeña torreta, heredada de su padre muerto hacía décadas.

Lionel Ward, sabía de lo que hablaba aquella tierna niña de trece años abrigaba entre sus brazos de guerrero. Sabía lo que se sentía cuando la gentuza veía a alguien diferente.

La castigaba, insultaba y si podía ser, la aniquilaban; como habían hecho con su hermana mayor.

Respiró profundamente antes de evocar el dulce rostro de su hermana, sus rizos dorados y sus ojos verdes tan parecido a los de su madre muerta… aquella que lo había atado a aquella niña desde el mismo momento en que esta nació.

Lionel Ward, creció sabiendo que estaba prometido a alguien de por vida y que un día, más pronto que tarde, debía de marchar a buscarla. Pero lo que era un total desconcierto era porqué sus padres en concreto su madre—; había convencido a su padre para ir a buscarla a un condado tan alejado del suyo… y con tan sólo trece inviernos.

Te equivocas. Yo no sé lo que es el miedo y mientras que yo te proteja, tú tampoco lo sabrás.

Las palabras de Lionel surgieron de entre sus labios con los dientes apretados, recordando de nuevo a su hermana mayor: Rosalie.

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Los primeros rayos solares se filtraron por el pequeño ventanuco alojado en una de las paredes del cuarto donde dormían Rosalie y Jane, esta última, había despertado hace ya varios minutos, en cambio Rosalie, se desperezó y abrió los ojos pesadamente antes de girarse y encontrar a Jane de puntillas intentando mirar por el boquete que daba al exterior.

— ¿Se puede saber que estas haciendo, Jane? —La boca pastosa de Rosalie emitió un gruñido al levantarse del jergón, caminando hacia donde se hallaba Jane, muerta de la curiosidad y muda.

Rosalie le asestó un codazo —no muy fuerte— y la apartó del ventanuco para observar lo que miraba la otra rubia con tanta atención. Sonrió con picardía al ver en lo que se hallaba tan entretenida su querida cuñada y la miró con una ceja alzada.

—Cómo se nota que nos has conocido varón. —Rosalie hizo un ademán con las manos y la invitó a seguir mirando, mientras caminaba hacia un rudimentario perchero donde se hallaban dos vestidos iguales—. Parece ser que ya nos tratan como si fuéramos de su comunidad; eso es bueno. En cuanto tenga ocasión, hablaré con el pariente de mi difunto marido y lo alertaré de los planes del despiadado de tu hermano Cayo.

—Son hermosos, ¿no crees? —Jane peguntó, como si no hubiese oído ni una sola palabra de lo que había dicho Rosalie, sonando en sus labios como un susurro erótico.

—Lo más hermoso de los hombres es su afectividad, Jane. ¿De qué sirve un hombre hermoso si te maltrata o veja? El corazón y su sensibilidad hacia ti, es lo que lo hace un ser hermoso.

—Pero a simple vista… parecen animales salvajes. Dan ganas de intentar domesticarlos de alguna manera.

La risa de Rosalie hizo que Jane se avergonzara y tibios colores surgieran de sus mejillas, llevándose las manos hacia ellas y bajando la mirada hacia el suelo.

— Vístete —arrojó el vestido que le pertenecía a su cuñada y continuó carcajeándose . A ver si tenemos suerte y de esta, te saco un hombre que puedas "domesticar", querida.

Rosalie vislumbró algo parecido a una sonrisa en los labios de Jane , mientras que ambas se vestían con los colores del clan de aquel condado, de aquella fortaleza y de la vida.

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Edward se hallaba ensimismado viendo como su hembra dormía. Anhelaba de nuevo hacerla suya y, por los poros de su piel, podía oler el deseo encendido de ella, aunque estuviese en su letargo de Morfeo. Habían pasado toda la noche amándose sin descanso y pese a eso, él se encontraba con energías aptas para salir a guerrear con quien osara plantarle un mínimo de contrariedad.

No era su deseo dejarla sola en el jergón, pero ya hacía unas horas que había amanecido y podía escuchar cómo sus hombres habían comenzando el duro entrenamiento de todas las mañanas entre ellos, empuñando el duro acero y haciendo que sus cuerpos se hicieran más duros y atléticos.

Sin ganas, se levantó delicadamente y caminó desnudo en busca de sus ropajes tirados por el suelo de aquella habitación. La vida sin Bella no había tenido sentido, y ahora que la tenía bajo su techo y en sus brazos, un miedo atroz lo atenazaba.

Pronto deberían salir de nuevo. En un condado lejano, se hallaba un tirano que tenía a los lugareños sumidos en la máxima pobreza y esclavitud y ese, era su trabajo. Desde que supo quiénes habían sido sus parientes y lo que Aro había hecho con ellos… con todos ellos. Algún día el bastión de cada uno de los condados circundantes al pueblo de Irlanda, serían de los Cullen de nuevo, como lo fue de su abuelos, sus tíos y su madre.

Salió del cuarto, no sin antes dar una última mirada a su amada hembra y caminó hacia los patios interiores donde se estaban desarrollando los entrenamientos. A cada uno de sus pasos, uno de sus hombres lo saludaba, sin parar su labor con la espada. A lo lejos, pudo ver a Garret como gritaba a uno de sus hombre y le indicaba como debía hacer para no ser atacado por la espalda. Caminó hacia él y le sonrió, antes de darle un golpe en el hombro como pura camaradería.

—Buenos días, Garret —Edward se amansó el cabello y achicó los ojos, que eran víctimas del sol de la mañana.

El castaño se carcajeó y le devolvió el saludo con mucha más fuerza, sin moverlo un ápice.

—Ya veo que lo son, querido amigo. Veo que tu hembra hace que prefieras estar en su compañía, que en la de tus hombres, ¿eh? No te juzgo por eso… pero pueden comenzar a hablar mal.

Ambos hombres se carcajearon a la vez y caminaron sin rumbo, dejando atrás los sonidos de las espaldas y los puñetazos.

—Tenemos que prepararlo todo para ir lo antes posible a Geway. La situación allí es insostenible. Bien sabes que mandé un ojeador y me ha traído las peores de las noticias. Aquella pobre gente no puede vivir al mando de ese engendro. —Ahora ya no había cabida para bromas ni risas entre ellos—. Pero por primera vez en mi vida tengo, miedo Garret. No quiero dejar sola a Bella aquí, y tampoco puedo llevarla conmigo.

—Eso no será ningún problema mi Príncipe. —La voz de Maude se escuchó portentosa, pese a lo escasa de su altura.

—Maude… querida amiga. ¿Qué te trae al patio de entrenamiento? —Edward caminó hacia ella y le apresó las manos arrugadas entre las suyas.

—Debo hablar contigo Edward, a solas —Maude miró a Garret y este puso los ojos en blanco.

Garret no comprendía a la vieja, pero por supuesto, se había ganado toda su confianza; gracias a un aparatoso accidente que casi le quita la vida en una pelea por un condado próximo. Ella con sus conjuros y sus habilidades de bruja pudo curarlo y dejar a la parca sin nada que llevarse de él, que no fueran más que un par de muelas.

—Está bien, pero que sepas que al final me he de enterar… sabes que me lo cuenta todo, vieja. —Garret se giró sobre sus talones y se marchó de nuevo a guiar a los hombres de Edward.

—Ven conmigo, tengo que enseñarte algo. —Maude agarró la mano de Edward y tiró de él hacia dentro de la fortaleza con velocidad apabullante, a trompiscones. Llegaron a un salón que casi no se ocupaba y allí la vieja dio dos golpes en una de las dos puertas que lo enmarcaban.

—Soy yo, os traigo a mi Príncipe.

La puerta se abrió y Edward dio dos pasos hacia atrás sorprendido.

— ¿Tú? —abrió la boca como un niño pequeño y miró a Maude que miraba a la rubia como si fuera un Dios.

—Os pido vuestro clemencia y vuestra protección, mi señor. Jane Vulturi y yo.

— ¿Cómo me has encontrado? —Edward traspasó el umbral de la puerta y cerró, agarrando a Maude para que les hiciera compañía dentro del cuartucho—. Te creía muerta, como a mis demás parientes.

—Pude escapar. Jacob y yo pudimos escapar, pero nunca más supe de él cuando nos separamos.

Edward gruñó, no le hubiera importado que Jacob hubiera muerto en manos de Aro, solo recordar como trataba a Bella le crispaba los nervios.

—Bien, lo importante es que estas aquí . —Edward intentó sonreír algo apabullado por la sorpresa—.¿Quién es ella?

—Es la hermana de Aro.

Jane bajó la mirada muerta de miedo y vergüenza, pero la mano de Rosalie la agarró para darle fuerza y valor.

Edward abrió la boca de nuevo para hablar, pero Maude no lo dejó .

—Déjala que se explique, mi Príncipe. Ella esta aquí para ayudarnos. No oses pensar algo que no es… estas dos mujeres, son enviadas de los Dioses.

El bárbaro gruñó antes de cruzar los brazos sobre su pecho y levantar el mentón para que Rosalie comenzara a explicarse.

—Bien, es una larga historia y yo, señor mío, estoy muerta de hambre .

Maude soltó una carcajada antes de abrazar a la rubia que, con un gesto de asco, intentó mostrarse afectiva, sin mucho éxito.

—Vieja, hueles mal —le reprochó—, pero tengo mucho que agradecerte.

—Vamos a dar de comer a estas jovencitas y busca a tu hembra. Estoy segura que esta visita la va a sorprender.

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Bella había comenzado a desperezarse, mientras que recordaba cómo el cuerpo de Edward se había amoldado al suyo; cómo sus manos la habían hecho retorcerse y cómo sus besos la habían hecho viajar a lugares de éxtasis total.

Sonriendo, puso los pies en el frío suelo y buscó sus ropajes, enredados en éste.

Vestida y peinada correctamente, abrió la puerta del cuarto y caminó hacia el comedor principal y, ante su sorpresa, se dio cuenta que se hallaba completamente desolado. Extrañada, caminó hacia el patio exterior y vió a decenas de hombres peleándose entre sí y sonriendo cuando alguno de ellos aterrizaba en el suelo.

Aterrada por esta escena, caminó hacia las caballerizas con el firme propósito de ver a Fury de nuevo, algo le decía que debia de verlo, hablarle… calmarlo.

Pudo verlo en cuanto traspasó el primer palo de aquel torreón de palos gordos y húmedos. Tenía un tipo de elegancia que hacía pasar desapercibidos al restos de los animales que allí se alojaban.

Él pareció notar su presencia, y relinchó moviendo la enorme cabeza negra.

—Shhhh… Fury. Si tu amo me ve aquí, me agarra de la cabellera y me arrastra hacia la habitación de nuevo. —Bella rió ante aquella idea y elevó la palma de la mano para acariciar la cabeza del jamelgo.

Fury dejó que Bella lo tocara, volviendo a relinchar y coceando de alegría. Bella sonrió abiertamente, mientras le susurraba palabras sin sentido y el animal cerraba los ojos, como si comprendiera lo que ella le estaba diciendo.

Pero Bella no estaba sola en aquellas caballerizas, Angela la observaba entre dos palos, con un cubo de hierro entre sus manos… vacío.

Ahora ella podría decir, que había sido la nueva hembra del Bárbaro, la que había envenenado a Fury.

Continuará…


Ya estamos de nuevo con nuestro Barbarito. ¿Se sorprendieron al saber el origen de Rosealie?, pues yo sí. No tenía idea de lo que estaba tramando Sister ;) Ya nos había adelantado algo, pero no pensé que fuera así.

Ahora bien, como ya les dijo en el grupo de sus fics (les dejaré el link por si alguien se quiere unir), la siguiente historia que actualizaremos será a… ¡nuestro Capitánhijodeputa!

www . facebook groups / lahermandaddesistercullen / este es el link. - Aquí siempre estamos subiendo adelantos, organizamos las siguientes historias a publicar, imágenes, etc.

Gracias por leer,

SisterJo ;)