Capítulo XXIX
-¿Tienes frío? –preguntó al sentir la fría piel de su amada.
Candy levantó la mirada y vio aquellos cristalinos ojos llenos de amor. Aún no podía creer lo que estaba viviendo. Se encontraba rodeada con sus brazos y sentía como nunca al rubor en sus mejillas. Ya había perdido la cuenta de cuántos besos se habían dado en los últimos momentos, pero estaba segura que no le alcanzaría los dedos para contarlos. Se sentía liviana, como si estuviera flotando en el aire, o parada sobre alguna nube… Sí… Se sentía inmensamente feliz.
-Un poco, pero no importa –respondió ella sonriendo.
Era cierto. Sentía al frío en todo su cuerpo, pero no le importaba en lo más mínimo. Le gustaba estar allí, abrazada a su cuerpo. Aunque estuvieran así, parados en medio de la sala, en la totalidad oscuridad, pero aparentando ser uno solo.
Albert se separó y agarró suavemente su mano, para guiarla hasta el sofá donde había estado recostado. Se sentó y la jaló delicadamente hacia él, logrando que ella se sentara sobre sus piernas. Candy simplemente se dejó llevar, sentándose donde él le indicaba y colocando sus congelados pies sobre un costado del cómodo sofá. Luego, vio cómo Albert tomaba una de las frazadas y la colocaba encima de ambos, cubriéndolos completamente, atrayéndola aún más hacia su cuerpo. Ella no opuso resistencia, y se acomodó sobre él, abrazándolo tiernamente, recostando su cabeza en su hombro, respirando su aroma, mientras suavemente acariciaba su pecho. Así pasaron varios minutos de silencio, abrazados, mimándose, sintiéndose mutuamente…
-Albert…
-¿Sí?
-Yo también te amo… -dijo casi en susurros cerca de su oído, estremeciéndolo al instante.
Albert se separó un poco, y le levantó la barbilla para mirarla a los ojos.
-¿En serio? –preguntó tímidamente, creyendo también que estaba dentro de un sueño.
-Sí… -murmuró la joven sonriendo– Te amo…
Albert suspiró profundamente, mientras sentía la felicidad inundando todo su ser. Su corazón comenzó a dar grandes saltos de alegría mientras la abrazaba con más fuerza, buscando inmediatamente sus labios para besarlos, saborearlos y sentir aquella traviesa lengua una vez más. Lentamente comenzó a acariciarla debajo de las frazadas, comenzaron a mimarse suave y cariñosamente, al mismo tiempo que sus labios seguían con aquel juego de encuentros y desencuentros, suspirando intermitentemente, sintiéndose cada vez más profundamente. Albert podía sentir la cálida piel de Candy a través del fino camisón, despertando aquel incontrolable deseo, llevándolo a acariciar su espalda, mientras jugaba con aquellos rebeldes rizos que se desparramaban en cascada, respirando su delicioso perfume a rosas, bajando suavemente para continuar acariciando hasta llegar a aquel atrevido límite entre la fina tela y la cálida piel. Profundas respiraciones resurgieron, llevándolos a sentir cómo la sangre poco a poco comenzaba a hervir, mientras el cálido aliento humedecía aún más sus mejillas.
Candy simplemente se dejaba llevar por aquel mar de besos, caricias y sensaciones, regalándole también a él sus suaves roces, acariciando aquel masculino rostro mientras continuaba llenándolo de besos, enredando sus dedos por los suaves cabellos dorados, bajando sus labios por aquel apetecible cuello, recorriendo la cálida camisa blanca, hasta llegar a aquellos molestos botones, desabotonándolos uno por uno con atrevidos movimientos, dejando que sus dedos se incursionaran por debajo de la tela, tocando la suave piel, rozando delicadamente aquellos majestuosos pectorales como hacía años deseaba, arrancando profundos y roncos suspiros masculinos, provocando que él también quisiera devolver el placer sentido acariciando cada vez más intensamente las suaves piernas femeninas, recorriéndolas de arriba hacia abajo, hasta llegar a aquel fastidioso límite, obligándolo a incursionándose por debajo del camisón, acariciándola suavemente hasta llegar a aquella pequeña ropa interior que tanto deseaba arrancar… Y sintiendo a un volcán de pasión y deseo que comenzaba a estallar en su interior, la atrajo bruscamente apretándola contra su cuerpo, al mismo tiempo que continuaba llenándola de caricias cada vez más ardientes, bajando sus manos por aquellos firmes glúteos, arrancando súbitos gemidos femeninos, enrojeciendo aquellas pecosas mejillas…
-Albert…
Él continuó besándola sin piedad, mordisqueando suavemente su cuello, sus mejillas para desembocar en aquellos dulces y carnosos labios, continuando con aquel seductor juego de lenguas, profundizando cada vez más y más aquel apasionado beso…
-Oh, cielos, Candy… -dijo de pronto entre agitadas respiraciones, haciendo hasta lo imposible por tratar de controlarse– creo… Creo que deberíamos parar…
Y en un brusco movimiento separó sus manos del cuerpo de su amada, agarrándose fuertemente de la frazada, como si con aquel acto quisiera detener lo incontrolable, dejando caer pesadamente la cabeza sobre el esponjoso respaldo del sofá.
Candy confundida se detuvo en seco, mirándolo con sus ojos abiertos de par en par y las mejillas ardiendo. Albert la miró y vio en su rostro el debate entre la confusión, el deseo y la perturbación.
-Mi amor… -dijo mientras acariciaba dulcemente aquellas encendidas mejillas–. Créeme que me encantaría seguir besándote y acariciándote… Pero, temo no poder frenarme esta vez. Temo que ocurra lo que casi ocurrió la noche de tu cumpleaños… Porque, mi vida… -se acercó lentamente a su oído– el deseo de hacerte mía es cada vez más fuerte… -murmuró, logrando que un escalofríos atravesara la piel de Candy.
Él continuó acariciando sus mejillas, hasta que lograron tranquilizarse y luego la rodeó dulcemente con sus brazos.
–Te amo, Candy…
Ella se acomodó sobre su pecho, sintiendo la totalidad de su cuerpo, escuchando el fuerte y acelerado latir de ambos corazones, entendiendo finalmente el incontrolable deseo que ambos estaban sintiendo. Cielos… aquello era tan intenso… Y lo abrazó con más fuerza cerrando los ojos, aspirando profundamente aquel delicioso aroma a maderas y a menta, sintiendo cómo ingresaba a sus pulmones llenando completamente cada célula de su ser…
o-o-o
La leve claridad del amanecer lo despertó lentamente. Abrió sus ojos y allí la vio, acurrucada sobre su cuerpo, profundamente dormida, abrazándolo débilmente. Sus suaves rizos dorados caían libremente sobre su espalda y su lento respirar lo conmovió completamente. Era la segunda vez que se despertaba en sus brazos viéndola totalmente dormida sobre él, y eso volvió a llenar de dicha a su enamorado corazón. Suavemente comenzó a acariciar sus mejillas, despertándola delicadamente. Candy con ojos adormilados lo miró unos segundos para luego acurrucarse nuevamente sobre su pecho.
-Mi amor… -la llamó con dulzura –despierta, que ya ha amanecido…
Candy lo abrazó con más fuerza, negándose a despertar, balbuceando inentendibles palabras contra su pecho. Albert sonrió ampliamente, no podía negar que su pequeña pecosa aún seguía siendo una total dormilona. Suavemente comenzó a acariciar su espalda para luego subir nuevamente a sus mejillas, levantándole delicadamente el rostro para terminar depositando múltiples besos en su frente, en su nariz, y sobre aquellas mejillas llenas de pecas, secuestrando finalmente aquellos adormilados labios. Candy inmediatamente abrió sus verdes ojos, mirándolo cariñosamente, siguiendo con aquel dulce juego, depositando ella también pequeños besos desde el cuello hasta llegar a aquella mejilla que comenzaba a oscurecerse débilmente por la incipiente barba, para luego mordisquear a aquellos apetecibles y finos labios masculinos. Finalmente dio un profundo suspiro, y lo miró con cierto brillo travieso.
-Buen día, mi querido príncipe de la colina…
Albert sin poder evitarlo, soltó una pequeña carcajada.
-Candy, por favor, te he dicho que no me llamaras así… Me da vergüenza… –le dijo cariñosamente, mientras un suave rubor comenzaba a cubrir sus mejillas.
Ella no borró la sonrisa pícara de sus labios y acercándose aún más a su rostro, le dijo:
-Lo siento, pero de ahora en adelante serás oficialmente mi príncipe de la colina, y yo seré tu dulce y bellísima princesa.
-Totalmente de acuerdo. Ahora eres oficialmente mi princesa, mi novia… -respondió él, acercándola aún más a su cuerpo para besarla profundamente en los labios, saboreándolos como tanto deseaba.
Lentamente, Albert fue interrumpiendo el beso y levantó a Candy delicadamente de su regazo, colocándola a un costado, mientras él se ponía en pie y abrochaba su camisa. Candy lo observó detenidamente, no podía entender cómo aquel hombre con el pantalón y la camisa arrugados, y con el cabello todo revuelto y despeinado, aún así, era increíblemente guapo.
Luego, comenzaron a caminar hasta llegar a la puerta desde donde aquella traviesa dama hacía algunas horas se había escabullido magistralmente.
-Candy… -la llamó Albert al tiempo que la acorralaba contra la pared, acariciándola delicadamente las mejillas y bajando despacio, muy despacio por su cuello–. Me encantaría que tú y tu familia se hospedaran en la mansión.
-¿En la mansión?
-Sí. Allí sólo estamos Archie y yo, nadie más. Además… -fue acercándose lentamente a su oído– allí tendríamos más privacidad…
Las mejillas de la rubia se volvieron a encender, cuando los húmedos labios de su amado volvieron a apresar los suyos. Luego de aquel profundo beso, Candy lo miró intensamente sin poder borrar la sonrisa de su rostro.
-De acuerdo. Sus deseos son órdenes, señor Andrew… -respondió seductoramente.
-Hasta más tarde, mi bella dama… -se despidió Albert, mientras volvía a rodear su cintura y a besarla en los labios.
-Hasta más tarde, mi amor… -contestó ella, para luego despacio, muy despacio, abrir la puerta e ingresar a la habitación sigilosamente, no sin antes dirigirle una última seductora mirada.
Albert se quedó mirando un largo rato aquella puerta cerrada. Aún no podía creerlo, qué noche mágica había tenido. Observó a su alrededor buscando algún indicio que todo aquello no había sido un sueño, pero para su fortuna todo, absolutamente todo, había sido real. Sintiéndose totalmente despejado, se lavó la cara y se terminó de vestir, saliendo finalmente del apartamento.
Afuera, recién amanecía y hacía mucho frío, pero él no lo sentía. Una inmensa felicidad invadía completamente su cuerpo, llenándolo de energía y vitalidad. Las calles de Chicago aún estaban vacías, solamente los vendedores de diarios se encontraban ubicándose en sus puestos, y él simplemente se dedicó a observar la belleza de aquella gran ciudad. Era increíble cómo todo en ese momento le parecía tan bonito. El cielo comenzaba a salpicarse delicadamente con los colores naranja y rojo, fuego pasión pensaba él, recordando aquellas intensas caricias con su amada… Oh cielos, jamás se había sentido tan feliz, se encontraba totalmente enamorado, y lo mejor de todo: Candy lo amaba, ¡lo amaba! Unas inmensas ganas de saltar, bailar, de reír y de cantar se apoderaron de su alma… ¡Qué bella era la vida! Quería gritarlo a los cuatro vientos, ¡su corazón estaba enamorado y era correspondido!
Tan maravillosamente ensimismado en sus recuerdos se encontraba, que había llegado a su lugar de trabajo sin siquiera darse cuenta. Frente a él se podía observar a un impresionante edificio, donde encima de la entrada brillaba nítidamente el escudo de armas de Los Andrew. El portero lo reconoció inmediatamente y lo saludó sonriendo, mientras le abría la enorme puerta de cristal.
-Buenos días, señor Andrew. Qué feliz lo veo hoy…
-Buenos días, mi querido señor Smith. Oh… El amor, el amor me tiene así… –respondió guiñando un ojo y sin poder borrarse la sonrisa de los labios, ingresando al imponente edificio dando pequeños pasos de baile, despidiéndose del amable señor con las manos.
El anciano hombre enormemente sorprendido se quedó observándolo por varios minutos, hasta que el gran presidente de la empresa se hubiera perdido entre los elegantes pasillos. Era la primera vez que lo veía tan feliz, e inmediatamente se dio cuenta que no se trataba de aquella supuesta prometida, sino de alguien más, alguien que realmente había conseguido conquistar el gran corazón del heredero…
Albert llegó hasta su oficina en el último piso, silbando y cantando, bailando y saltando, sonriendo a más no poder, completamente feliz. Aún no había llegado nadie, así que sin nada más que hacer abrió las cortinas del enorme ventanal para que los suaves rayos de sol iluminaran todo a su paso. Mientras continuaba con aquellos inventados pasos de baile, regaba las plantas de interior, y luego se dispuso a cambiarse de ropa, vistiéndose con un elegante y limpio traje que tenía en un armario privado a un costado de su oficina. En eso, escuchó a la puerta abrirse, dejando entrar a un hombre vestido también con un elegante traje, que traía un periódico en la mano.
-Vaya, si que has madrugado hoy, William.
-¡Buenos días George! ¿Cómo has amanecido? Yo, estupendamente bien.
-Ya veo… ¿Y la causa de tu inmensa alegría tendrá algo que ver con la señorita Candy?
-No se te escapa nada, ¿eh? –Le respondió Albert mirándolo con complicidad– Quiero casarme con ella, George. Esta noche en la mansión les pediré su mano a sus padres. Estoy enamorado, y ya no aguanto ni un segundo más lejos de ella…
-William, creo que primero te convendría suspender tu actual compromiso ¿no lo crees? –Le sugirió mientras le pasaba el periódico, mostrándole específicamente la sección de sociales.
Allí se podía ver claramente una enorme fotografía que ocupaba prácticamente media página, donde aparecían él y Josephine bailando alegremente en algún pasado evento, bajo el título:
¡Feliz boda!
El soltero más codiciado del momento, William A. Andrew, contraerá matrimonio en los próximos meses con la bellísima Josephine Peterson.
Albert leyó aquellas líneas una y otra vez, sin poder creerlo, totalmente espantado, cayendo pesadamente sobre el sillón de su escritorio.
Luego de pensarlo detenidamente por largos minutos, suspiró resignado.
-Esto es obra de la tía Elroy…
-Sí, yo creo lo mismo. Sin su autorización, no se podría haber realizado una publicación de este estilo.
-Increíble… Creí que luego de que interrumpiera aquel compromiso de Candy con Neal no se atrevería jamás a pasar sobre mí, pero, veo que me equivoqué… -Albert se encontraba meditabundo, con la mirada perdida en aquel pedazo de periódico.
George simplemente se limitó a escuchar. Ni bien había visto aquella noticia, supo que una gran tormenta estaba a punto de estallar sobre la cabeza de su protegido.
-¡Demonios! –Gritó de pronto el joven Andrew, golpeando ferozmente el escritorio-. ¡Quién demonios se ha creído! Ella sabía perfectamente que aquella boda había sido cancelada hacía semanas. ¡Ya me tienen harto! ¡Quiénes se han creído! Creí que fui absolutamente claro con todos a quienes incumbía mi decisión, creí que fui lo suficientemente amable, respetuoso y comprensivo con absolutamente todos en aquella mansión, ¡pero esto ya es el colmo! ¡Están pasando sobre mí, sobre mis decisiones, sobre mi vida!
Albert estaba furioso, bruscamente se había levantado de su escritorio y caminaba como un león enjaulado por toda la oficina, con las manos en puño, golpeando las paredes. George lo miraba sorprendido. Jamás, pero jamás, lo había visto tan fuera de sus casillas. En un momento, el bigotudo hombre se levantó de su asiento y se dirigió a un sector a un costado de la enorme oficina, donde había una mesa sobre la cual reposaban varios vasos y bebidas. Sin decir ni una palabra y con una absoluta tranquilidad sirvió dos vasos de whisky. Luego, con paso decidido se acercó al rubio que estaba rojo de la cólera y le pasó uno de los vasos. En silencio lo bebieron de un solo trago.
-Esto no va a quedar así… -dijo Albert luego varios segundos–. Me están presionando para que actúe como no me gusta actuar.
-Lo sé –le respondió George.
-Pero… Tendré que volver a hacerlo.
-Lo sé.
-El fin de semana… Intentaré nuevamente por las buenas, de lo contrario… En la fiesta del sábado… Aunque desate el peor escándalo jamás visto…
Albert miró seriamente a George, quien con un leve gesto afirmativo comunicó que había entendido todo, aún con las pocas palabras que pudo pronunciar. Así era su relación, eran cómplices más que amigos, y padre e hijo más que cómplices. Juntos estaban sincronizados en una perfecta relación, llena de respeto y admiración, envuelta en la más profunda y grandiosa confianza.
o-o-o
Candy se despertó luego de varias horas, desperezándose con una radiante sonrisa. Le costó abrir los ojos, pero luego al darse cuenta dónde estaba tuvo que recordar todo por varios minutos para asegurarse que no había sido ningún sueño. Se levantó y se vistió con un abrigado vestido de color borravino, saliendo finalmente de la habitación.
-Buenos días, dormilona –la saludaron sus padres cariñosamente.
Pasaron varios minutos más, hasta que salió del baño más fresca que una lechuguita, y justo cuando se dirigía a la mesa para sentarse a desayunar con sus seres queridos, vio en un extremo de la sala sobre una mesita ratona, un enorme ramo de rosas rojas, reposando en un florero. Intrigada miró a sus padres primero y luego a las tres damas, quienes sonriendo ampliamente se limitaron a contestar: -Son para ti. Acaba de traerlo un mensajero.
Candy se acercó totalmente sorprendida. En aquel ramo habría de seguro más de cincuenta rosas, eran hermosas, y bien sabía que conseguirlas en aquella época del año costaba una fortuna. Entre medio de los aterciopelados pétalos rojos encontró una pequeña nota, la abrió y la leyó, sintiendo cómo su corazón por poco no se le salía del pecho de la emoción:
Para la princesa más bella…
Con amor,
Albert.
Inmediatamente llenó de besitos la nota, para terminar apretándola contra su pecho. Tan concentrada estaba en su ritual de enamoramiento, que ni siquiera se había percatado que toda la comitiva la estaba observando con los ojos bien abiertos. Luego de un momento, y dejando nuevamente la nota entre los pétalos, se dio vuelta dándose cuenta finalmente cómo la observaban. Con un pequeño rubor en el rostro, y sonriendo de oreja a oreja, se sentó tranquilamente en la mesa para comenzar a desayunar, tratando así de evadir la pregunta que todos parecían tener en la punta de la lengua.
En un momento, interrumpiendo el silencio, dijo:
-Albert nos ha invitado a hospedarnos en su mansión, aquí en Chicago. Y a mí me pareció bien, porque estaríamos más cómodos. Él dice que allá no hay nadie, solamente están él y su sobrino, así que, ¿qué opinan?
Tanto sus padres como las tres damas, todavía no podían salir del asombro. Luego, cuando por fin pudieron hablar, Emily fue la primera en preguntar.
-Y tú, ¿cuándo hablaste con el señor Andrew? ¿Acaso has madrugado esta mañana, Candy?
Candy se atragantó con la tostada que estaba comiendo y el café con leche que estaba tomando, y comenzó a toser descontroladamente. Esto causó tanta gracia a las tres damas, que estallaron en carcajadas, contagiando también a Emily y a Joseph. Todos se habían dado cuenta que algo había pasado entre la joven pareja de rubios, algo especial, algo que ninguno de ellos había sido partícipe…
-Y bien, ¿no piensas contestar Candy? –volvió a preguntar Emily.
Candy estaba tan nerviosa que comenzó a hablar atropelladamente.
-Eh… Sí, hoy a la madrugada, cuando apenas amanecía, eh… Me levanté para ir al baño, y bueno… Ahí me lo encontré, y fue ahí cuando me dijo eso, lo de la mansión, y entonces… eh…
-Por favor, díganme que yo miento mejor que ella… –dijo sonriendo maliciosamente la mayor de las damas de canoso cabello castaño y profunda mirada azul zafiro, logrando que los demás volvieran a estallar en risas.
-Oh vamos, Viviane, no seas tan mala… Está bien Candy, no te preocupes, ya entendimos, ya entendimos… -la reconfortaba Ashley, giñándole un ojo.
Luego de aquel alegre desayuno, decidieron que lo mejor sería hacer lo que el señor Andrew había aconsejado. Las amigas de Emily habían sido las que más insistieron, ya que dormir en una misma cama, había sido tremendamente incómodo para las tres. Candy no pudo ocultar la inmensa alegría que sentía al escuchar aquello, ya que eso significaba volver a verlo, y sobre todas las cosas, tener varios íntimos momentos con su querido príncipe. Sin que pudiera ocultarlo, Candy empacaba sus cosas sin borrar la sonrisa de sus labios y de vez en cuando, hasta un fuerte rubor cubría sus mejillas sin causa aparente.
Cuando por fin habían abandonado el apartamento, y estaban esperando el coche que los llevaría a la mansión, Joseph se acercó a su esposa y casi entre susurros le dijo al oído:
-Candy se puso de novia anoche…
-¿Cómo lo sabes?
-Porque tiene la misma carita de enamorada que tenías tú cuando nos pusimos de novios –le contestó dulcemente su marido.
Emily sonrió sorprendida y volvió a mirar a su hija. Observando cómo aquella mujercita cantaba y bailaba en plena vereda, sonriendo y sonrojándose cuando aspiraba profundamente el dulce aroma que brotaba del inmenso ramo de rosas que tenía en el brazo. Era evidente, aunque la joven dama de ojos verdes quisiera ocultarlo, su cuerpo lo demostraba con creces. La noche anterior se había puesto de novia con el único heredero de la familia Andrew. Estaba enamorada, y lo mejor de todo, se veía inmensamente feliz.
Continua en el próximo capítulo...
;)
