Pequeña nota de autora: Disculpad, una vez más, por haber tardado tanto en actualizar, pero he estado de exámenes finales y hasta arriba de trabajo. Espero que os guste el capítulo, que no se os haga pesado ni nada, quiero ir desvelando poco a poco qué ocurrió exactamente en Paradisia pero no podía ponerlo todo en este porque me iba a quedar excesivamente largo.
Las frases que vais a ver diseminadas son de Coldplay, el poema del principio es de Benji Verdes, y además hago alusión a Veinte poemas de amor y una canción desesperada de Neruda. Ya, yo tampoco sé por qué iban a leer a Neruda en Zaelion, pero me hacía ilusión lol.
Respuestas a los reviews en el próximo capítulo, para ir espaciándolos. En cualquier caso, gracias desde ya a AquaTenea (eres la mejor), maki-chann (bienvenida de nuevo, linda) y Alexa (bienvenida! Espero que disfrutes del capítulo ^^). Y dejad más, por favor, son mi oxígeno.
((Y te lo contaré todo cuando te vea de nuevo.))
«He sido feliz gracias a dos palabras
y he dejado de serlo por culpa de ninguna.
Lo he tenido todo en un único beso
y lo he perdido en un solo adiós. (…)
Te he echado de menos
más tiempo del que he estado contigo.» B. Verdes.
En Akillian nevaba como nunca y los oscuros pasillos servían de fortaleza. Ella se deslizó fuera de su cama porque sabía que había un único lugar en el que debía y quería estar en ese instante, y no era su cuarto. No habría podido dormir, en cualquier caso. No podía conciliar el sueño, pese a estar en casa, pese al pijama tan suave y al calor de las mantas y la lenta respiración de Ane junto a ella – hacía días que Tia no lograba dormir sola porque las pesadillas eran terribles y Ane nunca hacía preguntas, solo se metía entre las sábanas y le agarraba la mano.
La arropó y entonces tomó un libro y se aventuró por los corredores de la residencia de los Snow Kids, que se acurrucaba y dormía sobre sí misma resistiendo los embates de la nieve y el viento. El corazón le iba deprisa al llegar a la puerta de la enfermería y no sabía por qué.
(mentira, claro que lo sabía).
Abrió tratando de hacer el menor ruido posible, porque Micro-ice dormía arqueado en una postura imposible, resbalándose por el sillón. Tia reprimió una sonrisa y se acercó a él. Una luz azul entraba por la ventana y dibujaba siluetas donde no había nada.
-Mice.- le golpeó suavemente en el hombro, y susurró como con miedo a despertar a quien yacía en la camilla. Como si eso fuera posible. – Mice, despierta.
Micro-ice, aún con la boca abierta, parpadeó un poco y miró alrededor confuso antes de darse cuenta de que Tia estaba junto a él, inclinada.
-¿Tia? ¿Qué… - se frotó los ojos – qué hora es?
-Las ocho.- mintió ella. En realidad eran las cinco de la madrugada, pero prefirió hacer creer al chico que su turno ya había acabado. – Vuelve a tu cama y duerme un poco. Si sigues en esa postura, acabarás con la espalda hecha un cuatro.
-La cama… Cuatro… Sí.- Micro-ice se levantó hecho un zombie y Tia rió por lo bajo. Cuando se despertaba solía estar increíblemente desorientado y no era consciente siquiera de lo que decía. – Cuando llegue entrenamiento dile que mañana no hay Aarch.
-Creo que ya lo sabe.- respondió Tia aguantando la risa, pero Mice estaba cerrando la puerta tras de sí y ya no la escuchaba. Ella sacudió la cabeza, encendió la luz de la lámpara junto al sillón y se dejó caer en el asiento de cuero. Y finalmente miró al chico inconsciente.
D'Jok estaba tumbado en la camilla, con los ojos cerrados, como sumido en un profundo sueño. Casi parece… pensó Tia, pero no se permitió continuar y reprimió un escalofrío. Miró su pecho, que bajaba y subía casi imperceptiblemente al respirar. Miró sus brazos conectados a las distintas máquinas y a la gráfica que reflejaba su latido y el tubo bajo su nariz. Era tan difícil creer que algún día fuera a despertarse…
Cinco días. Cinco días habían pasado desde que llegaron de Paradisia. Cinco días llevaba D'Jok inconsciente. Simbai les había tranquilizado, asegurándoles que era fuerte, que se despertaría. Varios médicos habían venido a visitarle y habían ofrecido el mismo diagnóstico. Todos estaban convencidos de que, antes o después, D'Jok saldría de su letargo. Pero no sabían cuándo, ni cómo.
Es altamente probable que haya… perdido facultades, les había dicho Simbai a los jugadores y a Aarch. Y todos habían tratado de disimular el miedo, de buscarle un sentido a esas palabras. No puedo garantizar que siga siendo él.
Por eso Tia llevaba cinco días prácticamente sin dormir, a lo que era necesario sumar las pesadillas tras lo que había ocurrido en Paradisia, los sueños en los que recordaba el terremoto, las caras de los hombres de Technoid cuya muerte caería siempre sobre su conciencia, o en las que se repetían una y otra vez escenarios en los que D'Jok quedaba impedido de una forma u otra.
Se abrazó a sí misma. Sí, habían sido cinco días horribles. Pero la tormenta había sido un pequeño regalo. Aarch había hecho a los Snow Kids recluirse en la academia y se había asegurado de que nadie entrara a perturbarles. No tenían contacto con el mundo, y dada la situación, era algo maravilloso. No hablaban de lo de Paradisia, la prensa era incapaz de acosarles y su universo se había reducido súbitamente a ellos mismos. El míster, Artegor y Simbai se aseguraban de proporcionales la paz necesaria para recuperarse. Y es que todos habían quedado, de un modo u otro, marcados.
Estaban hechos polvo por el estado de D'Jok, especialmente Micro-ice. Tia estaba traumatizada, y no podía explicarle a nadie por qué. Tristan se había marchado sin decir a dónde. La explosión de multifluido había afectado inconmensurablemente a Ahito, tan sensible a las fuerzas del Espíritu, que se sentía débil todo el tiempo. Thran y Ane habían quedado atrapados durante varios minutos bajo una viga que cayó en el Estadio mientras trataban de llevar a los hermanos de Mark a la nave y ahora Thran tenía un brazo en cabestrillo y Ane tenía un montón de moratones y estaba sencillamente asustada. Y aún así, todos se turnaban para hacer compañía a D'Jok, para que no estuviera solo cuando despertara.
Tia suspiró. Le gustaba esta allí con él. Era como cuando estaban juntos y D'Jok se tumbaba con ella en la cama y la miraba leer. Y también le gustaba hablarle, porque estaba íntimamente convencida de que él la escuchaba, de que su voz iba a traerle de vuelta. Así que le leía pasajes de su libro, o le contaba viejas historias, o simplemente divagaba hasta cansarse.
-Ahora estoy con un libro de poesía. - comenzó a hablar, ignorando el bochorno de que alguien la oyera y la tomara por loca. – Sé que siempre dices que no entiendes la poesía, pero yo creo que la entiendes más de lo que crees. Este que tengo aquí es el mismo libro que me regalaste tú hace tres cumpleaños. Me encantó, y Rocket se puso celoso porque no se le había ocurrido a él.- Tia sonrió con nostalgia. - Tú ni siquiera esperabas acertar. Simplemente me dijiste que habías elegido este porque los versos no rimaban, y que me pegaba ser el tipo de persona que lee poemas que no riman. Te pedí que te lo leyeras antes que yo y que subrayaras las partes que te gustaran, y entonces yo lo leería y lo subrayaría de nuevo y te lo volvería a dejar, para ver si al leerlo por segunda vez lo comprendías. Cuando me lo devolviste la segunda vez, vi que habías rodeado nuevas estrofas. Me dijiste que creías entenderlo al fin. ¿Quieres que te lea las partes que rodeaste? Si no respondes, lo tomaré como un sí.
Sólo hubo silencio, así que Tia abrió y comenzó a buscar.
-"Tienes corazón de casa".- leyó, antes de agregar en un susurro: – Creo que yo también he empezado a comprenderlo ahora.
Y tocó el colgante que pendía de su cuello, el que le había regalado él. Qué curioso que casa pudiera ser todo ese montoncito de gente.
-"Inclinado en las tardes tiro mis tristes redes a tus oceánicos ojos."- prosiguió. – Este debía recordarte a Mei, ¿no? Tiene los ojos más oceánicos que he visto nunca. Y supongo que también el de: "Niña venida de tan lejos, traída de tan lejos, a veces fulgurece su mirada debajo del cielo. Quejumbre, tempestad, remolino de furia, cruza encima de mi corazón, sin detenerte." Aunque, si te soy sincera, siempre quise pensar que iba por mí. Quería pensar que todos te recordaban a mí, de hecho, y no entendía por qué. Qué tonta. Supongo que debía haberme dado cuenta ahí de que te quería. ¿Te das cuenta? ¿Cuándo fue eso, antes de la segunda Copa? Yo ya te quería. Y he dejado que pasara todo este tiempo. Me permití a mí misma odiarte, porque no comprendía qué me ocurría. No quería odiarme a mí misma, siempre he sido demasiado cobarde como para eso. Por eso te odiaba a ti por hacerme sentir así y te odiaba por estar con Mei. Soñaba que un buen día tú vendrías y me dirías que te gustaba, que siempre te había gustado, y te detestaba por no hacerlo, como si tuvieras la culpa de no corresponderme. Pero resulta que era cierto.- Tia sonrió de lado. – Que realmente te gustaba, contra todo pronóstico. Que no era todo una fantasía. Y no me lo confesaste jamás porque pensabas que yo de verdad de odiaba. ¿Eres consciente de en menudo lío llevamos todos estos años por no atrevernos a decirnos la verdad?- Tia se inclinó un poco hacia delante, con el libro en su regazo, y susurró: – Pero te juro, D'Jok, que si te despiertas empezaré a serte sincera. Te diré que estoy enamorada de ti, ¿vale? Pero tienes que despertar para que pueda hacerlo. Y espero que, cuando despiertes, me hayas perdonado por las cosas horribles que te hice, aunque sé que es imposible. Aún así, me gusta seguir fantaseando, como cuando teníamos dieciséis años y yo quería gustarte.
Nunca en su vida había hablado tanto. Absolutamente nunca, jamás. Era, al fin y al cabo, Tia: callada, retraída, tímida, independiente. Tenía mucho que decir y, no obstante, siempre prefería guardar silencio. Se limitaba a escuchar al resto, porque su lenguaje era otro. Era un lenguaje en el que se expresaba con gestos y miradas, con imágenes en su videocámara y los movimientos de su cuerpo con el terreno de juego. Era un lenguaje que D'Jok había aprendido a leer, porque también él había aprendido a hablar menos con palabras y más con silencios. Él, al que todo el mundo escuchaba cuando hablaba, el que ni siquiera tenía que alzar la voz. Y sin embargo, con los años, había pasado de ser un adolescente arrogante y bocazas a un joven consciente, error tras error, del daño que podía hacer con su mordaz lengua. Había madurado, y Tia no se había dado apenas cuenta. Pero sabía que D'Jok tenía esa capacidad de conquistar un reino o mandar la galaxia al infierno con tan solo un par de palabras. Formaba parte de lo que él era, de todo lo que hacía que ella lo detestara y lo deseara a un mismo tiempo, sobre todo cuando empezó a darse cuenta de que, cuando estaban todos juntos en una sala charlando y ella solo observaba en silencio, él se giraba y le pedía que hablara. Como si, de entre toda esa gente, tuviera un interés especial por hacerle hablar a ella. La acosaba con preguntas hasta que conseguía arrancar algo más que monosílabos de su boca, tirando poco a poco del hilo, y Tia se sorprendía así misma hablando con entusiasmo y agitando las manos al hacerlo, y él sonreía con satisfacción. Era la táctica que usaba durante los primeros meses en que se conocieron, preguntándole por su familia, su videocámara y especialmente sobre fútbol, cuando ella se mostraba demasiado retraída como para intimar con el resto. Fueron las preguntas de D'Jok las que, poco a poco, la abrieron al grupo. En el fondo sabía que, hasta que D'Jok llegó a su vida, nadie se había preocupado por escucharla de verdad. Especialmente, nadie como él, que podría llamar la atención de cualquiera y, sin embargo, mostraba interés hasta por las cosas más pequeñas que ella le narraba. La escuchaba con entusiasmo y hacía preguntas sobre cualquier detalle, guiándola de tema en tema y de historia en historia hasta el infinito, casi sin darse cuenta. Y como ahora él no estaba despierto para hacerla hablar, Tia tuvo que hacerlo por su cuenta. Le contó eso, y muchas cosas más.
-Si cuando despiertes me diriges la palabra, tendremos muchas cosas que decirnos.- masculló. – Sé que odias todo ese tema de los sentimientos y de las emociones, y sabes que a mí no se me da bien expresarme en general, pero haremos un esfuerzo. Juro que no voy a pedirte explicaciones. No me importa que te fueras al Equipo Paradisia. No me importa que nos ignorases. Lo único importante es que has vuelto, y yo tengo muchas cosas que preguntarte. Por ejemplo, nunca me dijiste cómo se llamaba la canción que Artie te enseñó a tocar con la guitarra cuando fuiste a Shiloh. Tampoco te acordabas de cuál era el título de esa película que te gustó tanto y que insistías en que teníamos que ver juntos. No me has llevado al sitio donde, según tú, hacen las mejores palomitas de maíz de Akillian. Y de todos esos mitos y leyendas que conoces, apenas me has contado la mitad. Por eso tienes que espabilar, D'Jok, y dejar de dormir por ambos.
Tia se recolocó en el sillón. De repente, empezaban a pesarle mucho los párpados. Debía ser la atmósfera de la habitación, sumida en la penumbra. O debía de ser que tener a D'Jok cerca resultaba tranquilizador. Reprimió un bostezo.
-Hay un poema que marcaste especialmente. Lo rodeaste varias veces, y dibujaste un par de signos de exclamación.- recostó la cabeza sobre su mano, mirando el perfil del chico. – Decía "Tú estás aquí, ah, tú no huyes. Tú me responderás hasta el último grito". ¿Por qué te gustó tanto, D'Jok?- Y añadió en un susurro: - ¿En qué te hacía pensar?
Dejó de hablar. Estaba increíblemente cansada. Decidió que, por primera vez en días, merecía algo de sueño. Así que se acurrucó y, plácidamente, se dejó arrastrar.
Tuvo un sueño tranquilo, vacío, imperturbable. No debieron pasar más de dos o tres horas hasta que se despertó, pero, al hacerlo, sintió que llevaba horas de reparador descanso. Fue el ruido de la puerta lo que la hizo despertar.
-Asumía que ibas a estar aquí.- susurró amablemente una voz. Tia giró la cara, y vio el rostro del Aarch. La chica trató de recolocarse en el sitio, algo confusa aún.
-No hay muchos otros sitios en los que prefiera estar.- y se frotó los ojos.
El entrenador tomó una de las sillas que había contra la pared y la acercó a la chica, para sentarse junto a ella.
-Que no haya entrenamiento no significa que vaya a permitirte llevar este desastre de vida, Tia.- respondió el hombre. Y había en su voz una calidez extraordinaria, más de la que ella jamás le había conocido. Era la misma voz con la que últimamente se dirigía a sus jugadores, como un padre preocupado por sus hijos.
-En teoría, cubro mi turno.- contestó ella echando un vistazo al reloj. Eran las ocho y diez de la mañana.
-Dudo que lleves aquí diez minutos.- dijo Aarch, pero prefirió dejarlo estar. En otras circunstancias, Tia se habría sentido probablemente incómoda en esa situación, pero había algo de melancolía y a la vez de calidez en el aire que le hacía sentirse a gusto. O quizás estaba demasiado exhausta mentalmente como para preocuparse por estar en silencio en una sala con el míster. A pesar de que fuera la primera vez en su vida que compartía algo tan privado con Aarch.
-¿Qué leías?- preguntó el hombre, mirándola con curiosidad. Ella tardó unos instantes en recordar el libro sobre su regazo.
-Neruda.- y le tendió el libro al ver que el estiraba la mano para mirarlo. Aarch hojeó el volumen. – Me lo regaló D'Jok hace dos cumpleaños.
-Creo que lo recuerdo.- respondió él con una leve sonrisa. - ¿Sabes que me hicieron leerme este mismo libro cuando estaba en secundaria?
-No lo sabía.- Tia se recolocó en el asiento, para poder mirarle mejor. - ¿Le gustó?
-Ni idea. Norata me hizo el trabajo.- Aarch sonrió con socarronería y algo de remota vergüenza. - Pero me acuerdo porque era uno de los favoritos de una chica con la que empecé a salir unos años después, y desde luego a ella no le pegaba leer poesía, por lo que pensé que debía de ser muy especial.- se abstuvo de decir que esa novia era Adim, aunque sin saber bien por qué Tia lo sospechaba. La chica sonrió débilmente, y le miró pasear la vista por las hojas con distracción, como si ella ni siquiera estuviera allí. Entonces levantó la vista y sentenció: - Mañana es Navidad.
Tia le miró un poco confundida.
-Lo sé. Habíamos hablado de celebrar una comida todos juntos, ¿recuerda?
-Claro. Pero eso no quita que esta noche sea Nochebuena, y que todos vayan a cenar con sus familias. No te he preguntado si pensabas ir a Luna Obia, aunque asumo que no.
-Asume bien. Mis padres están más ocupados que nunca, ya sabe.- contestó Tia, con ligera indiferencia, como si fuera un tema sin importancia.
-Todos irán a sus casas y no me gustaría que nadie se quedara aquí solo.- dijo Aarch. La observaba con sus ojos de un extraño gris iceberg, pero Tia había apartado la mirada.
-No pensaba quedarme sola. – se retorció un poco las manos. – No me habría importado, en realidad, pero Ane quiere arrastrarme con ella y su familia. No me apetece especialmente. Pero supongo que no me queda otra. Mis padres no volverán a Luna Obia hasta Año Nuevo.
Aarch asintió. Y se quedó en silencio unos segundos, antes de decir:
- Keira me ha dicho que te ha invitado a cenar con Norata, con ella y conmigo, y me ha insistido para convencerte. Si lo prefieres, todos nos alegraríamos de que vinieras. Entiendo que al ser solo tres puedes sentirte más cómoda que con tantos desconocidos.
El ambiente de calidez se había desvanecido poco a poco y Tia comenzaba a sentirse ligeramente incómoda. Especialmente, porque no le apetecía explicarle al míster que no quería ir a ningún sitio. Quería pasarse las próximas semanas en ese mismo sillón.
-Keira siempre es muy amable conmigo, pero no quiero molestar.
-¿Molestar?- Aarch parecía sorprendido. – Norata y Keira te quieren como a una hija. Eres como de la familia.
-Y yo agradezco su cariño, de verdad. Keira se preocupa mucho por mí, me invita a visitarlos, me pregunta cómo estoy, en Paradisia me llamaba con más frecuencia que mis propios padres y hasta antes de Paradisia yo me moría por ir a verlos casi a diario, porque ellos me conectaban con Rocket. Y sé que Keira insiste en estar conmigo porque soy lo más cercano a Rocket que tiene ahora mismo. Pero yo no quiero eso. No creo que esté bien. Ya no.- había acabado llegando, inevitablemente, al tema que no quería tocar; a las palabras que no quería decir. Eso sólo conseguía ponerla más y más nerviosa. Tia sabía que no había vuelta atrás y que ya había entrado sola en la red, sin que nadie la empujara, así que confesó: - Lo siento, señor, pero yo ya no quiero a Rocket.
No le miró a la cara, pero si lo hubiera hecho habría visto el cambio de expresión en el rostro del hombre, y cómo él se echaba ligeramente hacia adelante. Tampoco a Aarch le gustaba hablar de sentimientos ni emociones, pero sentía que le debía al menos eso a la chica sentada junto a él.
-Tia, nadie esperaba de ti que lo hicieras.
Lo dijo como si fuera lo más obvio del mundo, y pilló tan desprevenida a Tia que le miró. El hombre le sonrió con suavidad.
-En mi familia te apreciamos por lo que eres tú, no por lo que seas o no para él. Y quiero decirte, ya que nunca lo hice, perdón y gracias por todo.
Algo muy caliente se extendió por el corazón de la chica. Keira y Norata la habían tratado con auténtico amor, y según Aarch, todo eso tenía que ver más con ella misma que con el hecho de considerarla una buena influencia para su hijo. Y Aarch, ese hombre tan frío y tan distante, estaba insinuando que él sentía algo parecido. Tia nunca había pensado en ello porque Aarch siempre se había comportado más con Rocket como un entrenador exigente y duro que como un tío. Pero entendió que, bajo toda esa fechada pétrea, había cariño por los suyos. Que Rocket le preocupaba. Y que, aunque no lo manifestara, Aarch miraba a su alrededor, entendía lo que ocurría, y sentía. Miraba a Tia y a D'Jok y a Micro-ice y al resto, y pensaba en ellos no sólo como jugadores, también como personas a las que apreciaba. Que le importaban.
-Hice lo que tenía que hacer.- respondió Tia, intentando mantener una voz neutral, porque sabía a qué se refería Aarch con ese perdón y ese gracias: a todo lo que Rocket le había hecho y a todo lo que ella había hecho por Rocket.
El silencio se hizo entre ellos. Tia dejó de sentirse incómoda de nuevo. Simplemente miró a D'Jok y observó el movimiento de su cuerpo al respirar. Siempre lo hacía. Era como una ridícula manía, pero tranquilizadora al mismo tiempo. Pasaron varios minutos en los que el único sonido era el de la ventisca en el exterior y la máquina que registraba el pulso del chico. Aarch pasó la mano por una hoja del libro que había abierto por casualidad:
"Historias que contarte a la orilla del crepúsculo,
muñeca triste y dulce, para que no estuvieras triste."
Y miró el perfil melancólico de Tia, que observaba a D'Jok como con miedo y anhelo. Pensó durante un largo tiempo, en muchas, muchísimas cosas. Recordó otras. Y entonces habló:
-¿Sabes que D'Jok y tú os parecéis mucho?
Ella giró la cara, y no fue la primera vez que Aarch la sorprendía esa noche. Tenía las cejas alzadas.
-¿D'Jok y yo?
-Sí.- Aarch asintió. – Os parecéis mucho en esa fuerza implacable, en esa pasión. Y no me refiero sólo al fútbol, aunque también. Estáis hechos para esto. Tenéis algo que va más allá de la simple técnica, del trabajo duro, del perfeccionamiento. Es algo innato. Es una especie de sentimiento que os guía y que lleva en vosotros desde siempre porque es parte de lo que sois.
Jugó con las páginas del libro. Se dio cuenta de que Tia escuchaba con interés.
-Siempre me ha gustado veros trabajar juntos en el campo porque es como ver chocar a dos frentes abiertos que desatan un huracán al colisionar. Es algo espectacular, que combina fútbol y sentimiento.- suspiró. - Hay tanta gente que veo en el campo y me resulta… plana. Pero vosotros no.
Tia pensó en ello, en silencio. Esperó un poco antes de contestar:
-Yo creo que D'Jok y yo somos muy distintos.
-Sois radicalmente opuestos, sí.- respondió Aarch. – Pero iguales en esencia. Créeme, Tia, pese a todas las diferencias aparentes tenéis algo que os separa del resto. No sé explicarlo. Sólo sé que es difícil encontrar algo así, en el fútbol y en la vida.
Aarch, una vez más, demostraba que sabía más de lo que aparentaba. Había visto algo en ellos desde el primer día – una química, una electricidad, una magia. No estaba seguro de si alguna vez había pasado algo entre D'Jok y Tia, pero estaba seguro de que su naturaleza les empujaba a ello y ambos siempre daban muestra de querer oponerse. Una historia así sólo podía acabar trágicamente mal o terriblemente bien. Lo sabía, porque había vivido algo igual.
-Deja que te cuente una historia.- añadió al ver que había dejado a la chica tan pensativa.
Y le narró algo que nunca le habían contado a Tia: cómo conoció a D'Jok. Le explicó lo que había pasado aquella lejana noche, casi cinco años atrás, cuando Clamp y él estaban en el Planet Akillian y Bellow y sus hombres aparecieron por allí dispuestos a liquidarlos. D'Jok, pese a no conocerle en absoluto, se había metido en medio para defenderle, jugándose el pellejo, cómo no con su balón bajo el brazo. Sus amigos le habían respaldado, por supuesto, y así un grupo de cuatro mocosos le había dado un buen merecido a aquella panda de indeseables. Una sonrisa más y más grande se iba dibujando en el rostro de Tia al escuchar el relato.
-No tenía ni idea.- confesó la chica.
-Así es D'Jok.- Aarch sonrió también, con algo de nostalgia. – Puede parecer egoísta, pero una necesidad interior le lleva a proteger siempre a aquellos que lo necesitan. O a aquellos que cree que lo necesitan. A veces esa necesidad le hace pecar de impulsivo y temerario.
Aarch se incorporó, con un suspiro. Como si su trabajo allí ya hubiera terminado.
-Y tú tiendes a creer que no necesitas ser protegida, ¿no?- preguntó, pero no esperaba respuesta. Conocía lo suficientemente bien a ambos. Se aproximó a la chica y le entregó el libro de vuelta.
-Gracias.- musitó ella. Sus palabras le habían removido algo por dentro.
-No hay de qué. Te dejo con él; dudo que pudiera quedar en mejores manos.- Aarch le dio una palmada en el hombro. Los gestos de cariño no eran lo suyo y resultó quizás excesivamente rudo, pero Tia entendía la intención detrás. – Recuerda descansar un poco, ¿eh?
-Sí, míster.
[Cuando lo intentas de veras, pero no lo logras,
cuando consigues lo que quieres, pero no lo que necesitas,
cuando te sientes tan cansado, pero no puedes dormir,
atascado en la marcha atrás.]
(Fue como viajar en el tiempo.
La tierra agitándose bajo sus pies, gritos de horror, el pánico adueñándose de la gente, esa voz en la cabeza que gritaba: "Esto es el fin".
Aarch ya había vivido algo parecido.
Giró el rostro, sin saber qué ocurría, y miró a Artegor. Supo que él se sentía exactamente igual. Paralizado, asustado, sin saber qué hacer. Otra vez no, rogó al dios que quisiera oírle.
-¿¡Qué está ocurriendo!?-gritó Clamp. - ¡Hemos perdido la conexión con los jugadores!
Aarch volvió en sí y, no sin cierto esfuerzo, se centró en el teclado frente a él. Pulsó un par de botones a toda velocidad, tratando de contactar con los chicos. El temblor de tierra no le facilitó en absoluto la tarea.
-¡Snow Kids! ¡Snow Kids! ¿Me oís?- pero no obtuvo respuesta. - ¡Maldita sea!
Una sacudida aún mayor hizo caer polvo del techo, bajo la mirada atónita de los cuatro adultos en la sala. Y Simbai, hasta entonces en silencio, musitó.
-El Fluido.- la mujer había cerrado los ojos y se apoyaba en la mesa frente a ella, como si se sintiera repentinamente débil. Entonces abrió los ojos y miró al entrenador. – Tenemos que salir de aquí.
-¿Y los chicos?- exclamó el hombre, no sin cierta desesperación.
-Están saliendo del terreno, Aarch. Mira.- Clamp señaló la pantalla en su ordenador. – Son inteligentes. Sabrán ponerse a salvo.
El míster asintió, algo dudoso. El terremoto devolvió una nueva sacudida, aún más violenta, que casi los derribó, al tiempo que se escuchaba una voz por todo el Estadio, procedente de los enormes altavoces diseminados por aquí y por allá. Era una voz que Dame Simbai reconocía muy bien.
"La Sociedad del Fluido autoriza a todos aquellos en posesión del Fluido a usarlo para rescatar a tantos civiles como sea posible. Repetimos, la Sociedad autoriza a usar el Fluido."
-¡Venga, salgamos de aquí!- exclamó Clamp.
Todos obedecieron y echaron a correr, tan rápido como sus pies les permitían. El mundo parecía a punto de absorberles como un agujero negro, como si el suelo fuera a resquebrajarse bajo ellos y devorarlos.
-¡Clamp, vuelve a casa y prepara la nave para despegar!- gritó el entrenador. – Y tú, Simbai, ve con él. Probablemente llevemos a gente que necesite cuidados médicos.
No tuvo que darle indicaciones a Artegor. Vio que el hombre se detenía un instante, y le imitó. El primero cerró los puños, como si reuniera toda la fuerza del mundo, y de repente una enorme nube negra se formó a su alrededor. La Niebla Tóxica. Aarch cerró los ojos y dejó que la energía se apoderara de él también, bombeando en sus venas. Era una sensación mística, primitiva, que le llenaba y le vaciaba al mismo tiempo. Y de pronto, ahí estaba: el Espíritu.
-¿Puedes transportarte usando la Niebla?- le preguntó a Artegor. Éste asintió, y Aarch añadió: – Entonces podrás llegar al palco principal antes que yo.
Artegor entendió de inmediato.
-¿Adim?
-Llévala a la nave.- dijo Aarch por toda respuesta. – Yo veré a cuántos puedo sacar de aquí antes de que sea tarde.
-Me reuniré contigo una vez la deje con Clamp. Y, Aarch – apostilló el hombre antes de que su viejo amigo echar a correr –. Ten cuidado.
El otro sonrió levemente.
-Sobreviví a esto una vez. Pienso hacerlo de nuevo.
(…)
Magnus Blade, en cambio, jamás había vivido un día igual. Y era posible que jamás volviera a vivir ningún otro día. A secas.
Había cometido un error garrafal: salir del Estadio. En pleno transcurso de los primeros minutos del primer tiempo, se había disculpado con sus acompañantes y había salido del palco. La razón era el mensajero de Technoid que había llegado a hablar con Maddox y con él, explicándoles en susurros que se trataba de algo urgente. Y una vez fuera de la sala, les había hablado de la explosión.
Blade vio cómo el rostro del Duque se ponía más y más lívido según aquel joven iba hablando, mientras caminaban a toda velocidad por los pasillos que guiaban al exterior, donde un coche les esperaba. El hombre les explicó que dos naves pirata habían entrado en la atmósfera del planeta y que las fuerzas de seguridad de Technoid se habían desplegado para perseguirlos, ignorando que se trataba de una maniobra de distracción. Por eso, les había pillado totalmente desprevenidos la lucha en la nave de Technoid que sacaba a Blackbones de Paradisia. No sabían exactamente qué había ocurrido, pero los militares a bordo de la nave habían transmitido a la torre de control un mensaje en el que explicaban que dos piratas se habían infiltrado a bordo para rescatar a Sonny y habían abierto fuego contra todo el que se les puso por delante. Apenas le dio tiempo a Vesto Maddox, al mando de la operación, a pedir refuerzos. La nave se había estrellado en el mar.
-No se esperan supervivientes.- finalizó el joven, mirando el rostro del Duque Maddox. Era difícil definir que se apoderaba de él en aquel momento, si el puro dolor o auténtica rabia. – Lo siento, señor.
-¿Y Blackbones?- inquirió Blade, con la voz crispada.
El hombre dudó un momento.
-No estamos seguros, pero entre las últimas palabras de la retransmisión podemos entender "han huido" y "se lo han llevado". Una de las dos naves pirata ha sobrevolado cerca de la trayectoria que seguía en su caída la nave de Technoid, y dado que había dos paracaídas es muy probable que Blackbones y otro de los piratas…
-¿Y habéis dado alcance a las dos naves intrusas?- interrumpió Maddox. El empleado tragó saliva.
-No, señor. Han huido.
Maddox dejó escapar un rugido de ira, mientras Blade apretaba los puños. El hombre los miraba a ambos sin saber qué agregar. Y el Duque no dejaba de repetirse a sí mismo por dentro la misma frase, una y otra vez. No se pueden hacer tratos con piratas. Era su culpa. Todo eso era su culpa. Si no hubiera confiado en Blackbones, su hijo estaría vivo.
Su propio hijo.
-Hay un barco esperándonos en el puerto para mostrarles el lugar del accidente.- explicó el joven. Pero Blade sacudió la cabeza.
-Vayan sin mí. Antes tengo que hablar con mis encargados de seguridad. Me reuniré con ustedes más tarde.
Estaban ya en el exterior del Estadio. Vislumbró a su chófer a lo lejos, apostado junto a la limusina, y se caminó hacia él. Cuando estuvo lo bastante cerca, le dijo sin mirarle:
-Tengo que ir a casa.
Pero ojalá no lo hubiera hecho.)
[Y las lágrimas bajan como un torrente por tu cara,
cuando pierdes algo que no puedes remplazar,
cuando quieres a alguien pero se echa a perder,
¿podría ser peor?]
Trataban de hacer que todo volviera a la normalidad, poco a poco. Y aunque no era sencillo, se esforzaban cuanto podían.
Por eso, cuando Tia entró en la sala de estar a las doce de la mañana, el ambiente de paz resultó abrumador, pero también curativo. Era como tratar de hacer sanar una enorme herida a base de tiritas. Podía parecer poco efectivo, pero a base de colocar una sobre otra la sangre dejaba de brotar.
Ahito estaba medio tumbado en el sofá, con un periódico de papel entre las manos, pues Aarch era de las pocas personas que seguían comprándolos a diario. Tia se sorprendió, porque era el primero que veía en los días que llevaban allí. Thran y Ane se habían quedado la hoja de pasatiempos y resolvían un crucigrama juntos, sentados en el suelo, el primero con un brazo en cabestrillo, ambos con las manos manchadas de boli y aislados del mundo. La chica sonrió por un momento y no pudo evitar envidiarlos a ellos y a su pequeño universo para dos. Micro-ice jugueteaba con la cámara de fotos que se había llevado a Paradisia, borrando aquellas que estaban borrosas o repetidas, y Tia pensó que era un bonito signo de recuperación que estuviera dispuesto a revivir imágenes de aquel lugar. Mark era el único que faltaba, pues la había relevado en la misión de acompañar a D'Jok.
-Hola, Tia.- saludó Mice alegremente, y ella dio gracias una vez más por tenerle en su vida. – ¿Estás dejándote crecer ojeras?
La chica rodó los ojos. Micro-ice sí que sabía elogiar a una mujer.
-Tengo curiosidad por averiguar hasta qué tonalidad de morado pueden llegar.
-Si esperas un par de días, conseguirás que sean tan negras como tu alma.- contestó él en broma, y volvió a su tarea. Tia se acercó al sofá y se dejó caer entre el chico y Ahito.
Suspiró y cerró los ojos. No quería dormirse, sólo dejarse llevar. Disfrutar de pequeñas sensaciones que pudieran rescatarla, como el calor que le proporcionaba el grueso jersey que le quedaba un poco largo y le tapaba incluso las manos, o la sensación de la pierna de Micro-ice junto a su brazo. Se dejó arrastrar por pequeños sonidos, también. Artegor y Simbai charlando en el pasillo. Ahito pasando las páginas. Thran y Ane murmurando y riendo y el bolígrafo rasgando el papel.
-¿Por qué no pruebas con "antracita" en la décima?- preguntaba el chico en voz baja, inclinándose sobre el oído de su novia, que estaba tumbada bocabajo en la moqueta.
-¿La décima horizontal?- ella mordió el capuchón del boli, pensativa.
-Ajá.- respondió Thran, y Tia, que en ese momento abrió los ojos para echarles un vistazo, fue incapaz de apartarlos durante más tiempo del que le habría gustado. Porque había algo en el modo en que Thran miraba a Ane, como si fuera algún tipo de milagro, que le empapó el alma. Los bordes de la boca se le curvaban en una especie de sonrisa que alguien parecía haber imprimido de forma permanente en su cara. Y Tia echó de menos que la miraran así, como si fuera algo único y precioso que mereciera ser atesorado.
-Pero entonces no encaja con "ajustar".- Ane le mostró la hoja garabateada. A Thran le costó desviar la atención de la cara de Ane, pero hizo un esfuerzo por concentrarse en lo que ella le señalaba.
-"Acomodar o adaptar una cosa con otra"… Déjame pensar.
-¡Eh! ¿Y si ponemos "acoplar"?- Ane contó los huecos, y al darse cuenta de que había acertado, una sonrisa de oreja a oreja iluminó la estancia. - ¡Sí! ¡Soy un genio!
Thran sonrió también y se inclinó para besarla.
-Di más bien que somos una pareja de genios.- dijo muy cerca de su boca antes de unir sus labios en un delicado beso, y por un momento ambos se olvidaron del juego, y de la remota consciencia de la estancia en torno a ellos. Y Tia apartó la vista.
-Creo que deberías leer esto.
La voz junto a ella la sacó de su ensimismamiento. Ahito se había incorporado a su lado en el sofá, y le tendía el periódico. Al ver que ella se quedaba paralizada, estiró la mano aún más.
-Venga, Tia. Es hora de saber qué ocurre ahí fuera, ¿no crees?
Tia no sabía qué decir. Francamente, era como si se hubiera quedado muda. Ni siquiera se dio cuenta de que los demás les observaban de reojo. Ella se limitaba a mirar las inocentes hojas blancas que le tendía Ahito como si fueran la escenificación del crimen más atroz del mundo. Y en cierto modo, lo eran.
-Vamos, Tia.- animó suavemente Thran, que se había separado ligeramente de Ane. – Todos lo hemos leído. Hay que ir volviendo lentamente a la normalidad.
Tia sintió ganas de gritar que a la mierda la normalidad, que todo su mundo se había venido abajo junto con Paradisia y que su vida no sería normal a no ser que su conciencia súbitamente quedara limpia y el chico dos plantas por encima despertara de golpe. Que tenía miedo. Que quería llorar. Que no estaba lista para saber qué sucedía en el mundo exterior. Y casi temblaba sin darse cuenta.
Seguía quieta, incapaz de decirles nada. Pero entonces una mano amiga se posó en su hombro.
Era Micro-ice. Micro-ice, el pequeño, el despreocupado, al que nadie tomaba nunca en serio. Que la miraba de manera solemne, reconfortante, con esos ojos tan azules y tan de niño al que nadie ha contado que el tiempo pasa.
El chico no le dijo nada, sino que tendió la mano con la que la había tocado hacia Ahito y cogió el periódico, dejándolo sobre el regazo de Tia. No dijo nada ni nadie añadió una sola palabra.
Ella miró el número de la página durante un largo tiempo, sin atreverse a fijarse en los titulares. Hasta que finalmente, con manos algo temblorosas, lo desdobló y comenzó a leer. Y todos los demás volvieron poco a poco a sus posturas y quehaceres.
Cada palabra dolía como un pequeño puñal. Empezó con las noticias sobre la explosión de Paradisia. Al parecer, parecía haber sido provocada por una cantidad alarmante de Fluido de origen desconocido del que no había quedado más rastro que la destrucción que había provocado a su paso. La explosión había generado movimientos y fracturas en la corteza del planeta que, a su vez, habían dado lugar a erupciones volcánicas y seísmos en la tierra, géiseres y tsunamis en el mar. La lava devoraba la parte aún despoblada del planeta mientras que los terremotos y maremotos constantes destruían cualquier edificio que se les pusiera por delante y devoraban bosques, jardines, diques, embarcaciones… La rápida actuación había salvado muchísimas vidas, especialmente gracias a la participación de los jugadores, pero las cifras estimaban un centenar de muertos, cuarenta desaparecidos y cerca de trescientos heridos. Uno de ellos era Lord Primus, hospitalizado en Génesis, al que el diario dedicaba varias páginas. También D'Jok ocupaba una cara completa, como al parecer llevaba ocurriendo los últimos cinco días, pero los periodistas, incapaces de contactar con los Snow Kids, no tenían de dónde tirar. Además, se afirmaba que la Sociedad del Fluido había convocado un comité extraordinario para dilucidar qué había ocurrido exactamente en Paradisia y hasta qué punto el Fluido formaba parte de aquello, y que medios oficiales aseguraban que no debía descartarse la autoría de los piratas de Blackbones detrás de la debacle. Tia sintió cómo la rabia le ascendía por la garganta al leer aquello, pero esta fue reemplazada por el abatimiento cuando llegó a las fotografías que reflejaban las pérdidas humanas. Familias rotas, vidas destrozadas, y, en respuesta, la galaxia más solidaria que nunca. Homenajes a las víctimas tenían lugar a lo largo de toda Zaelion junto con plegarias por los heridos y desaparecidos. Fotos y velas conformaban pequeños altares en todas las ciudades de todos los planetas de cada sistema. Tia suspiró. Miró un par de artículos más de mucho menos peso, como el resumen de las elecciones senatoriales y la sección deportiva, en la que se anunciaba que, en señal de duelo, la Copa no se retomaría en cuatro semanas como estaba previsto, sino en ocho. Eso eran casi dos meses de descanso para los Snow Kids, como pensó Tia con profundo alivio. Y entonces, volvió a la noticia que había estado evitando, la que compartía la primera plana. El estallido y la posterior colisión de la nave H.S.S. Samson de Technoid en Paradisia.
"La delicada situación en el planeta impide recuperar los restos del fondo marino". "Mientras no cese el estado de alerta, será imposible rescatar la caja negra". "Sonny Blackbones sigue desaparecido: el Duque Maddox lo declara enemigo público número uno y llama a la movilización de todas las fuerzas de seguridad". "Los cuerpos de los treinta y seis soldados que conformaban la tripulación, carbonizados, no han podido ser identificados. Se ha celebrado un funeral colectivo, con la presencia de los máximos representantes de la galaxia, incluido el Canciller". "Zaelion se viste de luto para enterrar al más de centenar de individuos que perdieron la vida en la final del Torneo, Vesto Maddox entre ellos". "Se asume que el cadáver del vicepresidente de Technoid se encontraba junto con los otros treinta y cinco. Su padre no ha podido contener las lágrimas en el sobrio homenaje que ha tenido lugar esta misma mañana en su planeta natal, Lazio."
Tia no pudo mirar la fotografía durante más de tres segundos. La estaba destrozando, al igual que la destruía ver la imagen de las esposas, los hijos, los padres y hermanos en el funeral de aquellos a los que habían quitado la vida Sonny, Tristan y ella. Pero especialmente ella. Ella, que seguía preguntándose cada día por qué lo había hecho, si había sido lo correcto, si había merecido la pena acabar con casi cuarenta inocentes para salvar la vida a un solo hombre. Y lo peor era que una voz lógica, fría y racional le decía que sí. Pero ella fingía no oírla para poder sobrellevar un poco mejor el dolor, para no sentir que se había convertido un monstruo.
-"Me he convertido en la muerte".- musitó, recordando a un hombre en un mundo y un tiempo distantes a su era.
Y tocó la cara de una mujer que lloraba en una imagen sobre un ataúd donde le habían dicho que estaba su marido, y al fondo de la foto se veía una escalinata y en la escalinata Maddox con posición firme. Tia pensó en el dolor de ese hombre que creía haber perdido a su hijo en la misma misión a la que él mismo le había enviado por culpa de un trato unos piratas en los que ni siquiera confiaba y a los que ella misma, Tia, le había pedido que creyera. Pensó en cómo desearía entrar en esa fotografía, acercarse a él y susurrarle que Vesto estaba vivo. Aunque, en realidad, ni siquiera ella lo sabía.
Se sorprendió cuando sintió algo muy fuerte en el pecho, intenso como un fuego e hiriente como una puñalada. Tardó en darse cuenta de que era dolor. De que le dolía y afectaba profundamente lo que había leído. Que su empatía y su compasión, fruto de su naturaleza humana, se mantenían intactas. Tras tanto tiempo reprimiendo lo que sentía (amor, miedo, ira, congoja), su dolor estaba manando de la herida. Y ella se sintió extrañamente agradecida. Prometió no volver a ponerle jamás una prisión a sus emociones.
-Gracias.- susurró, levantando la vista del periódico. Los otros cuatro la miraron, pero ese agradecimiento no iba dirigido a nadie en concreto. Era un gracias a Ahito por animarla a dar ese paso, a Micro-ice por darle la fuerza, a Thran por haberla ayudado tanto en Paradisia aún sabiendo todo lo que arriesgaba y a Ane por invitarla a pasar la Nochebuena con ella, por abrazarla cuando gritaba en sueños y no hacer preguntas al respecto, por ser tan (tan tan tan) buena amiga que había dejado a un lado su enfado del día de la final del Torneo, como si nada hubiera ocurrido, para apoyarla y cuidarla y estar ahí para ella, para recuperarse de eso juntas. Los cuatro sonrieron levemente, casi al mismo tiempo. Ane miró a Thran, Thran miró a Ane, Ahito se acurrucó mucho en el sofá para seguir durmiendo y Micro-ice pensó en hacer una broma, pero se abstuvo.
Y aquella fue una de las mejores Nochebuenas que Tia vivió jamás. Los padres de Ane la atiborraron a pavo, licor y mazapán, los tíos y primos de la chica hicieron mucho ruido en torno al árbol y su abuelo contó viejas historias. No era su familia pero era una familia, y tanta alegría y tanto ruido de copas y panderetas hicieron a Tia saber que, poco a poco, se estaba curando. Que algún día sanaría. Que la vida tenía que seguir, y era así como ellos debían rendirle tributo a los que ya no estaban. Viviendo.
[Cuando estás demasiado enamorado como para dejarlo ir;
Pero si nunca lo intentas nunca sabrás
lo que vales.]
-Pásame más vino.- pidió Micro-ice estirando el brazo por encima de la mesa, decorada con mantelería blanca.
-Creo que ya has tomado suficiente.- respondió Aarch apresurándose a coger la botella y alejarla del alcance de Micro-ice.
-¡Lo necesito para hacer mi truco de magia!- se quejó él. – Primero ves el vino, luego abro la boca, y ya no lo ves más.
-Tus amiguitos y tú nos habéis hecho una magnífica demostración de ese número con las cuatro botellas anteriores. Empezamos a pillarlo.- Artegor rodó los ojos y se recolocó el gorro rojo que Aarch, trastornado por un nuevo y profundo espíritu navideño, le había regalado, esa panda de mocosos irrespetuosos, en sus palabras, le habían obligado a llevar, y que Ane había encontrado monísimo.
-Creo que esconderé el coñac que me has regalado antes de que Micro-ice lo meta en una chistera y lo haga reaparecer mágicamente mañana en su cuarto, completamente vacío.- Aarch se desperezó y Simbai se echó a reír. Ellos dos, Artegor, Clamp y los seis jugadores estaban pasando la comida de Navidad juntos. Habían almorzado hasta casi reventar y disfrutado de una larga sobremesa en la que había tenido lugar el intercambio de regalos.
-Iré a dejar esto a mi habitación y a echar un vistazo a D'Jok. Debo cambiarle el suero.- Simbai se incorporó con la bolsa de regalos en la mano y abandonó el comedor. Los demás se quedaron plácidamente sentados, charlando entre sí.
-¿Te gusta tu nuevo bolso, Ane?- le preguntó Mark con una sonrisa.
-Es perfecto, exclusivo y femenino.- respondió Ane con una sonrisa aún mayor. - Gracias por no haber dejado a Tia elegirlo.
-¡Eh!- protestó ella. – Para tu información, fui yo quien lo compró.
-¿De veras?- Ane pestañeó. – Vaya, lo siento.
-Sí.- Tia parecía indignada, pero entonces bajó la vista. – Yo abrí la cartera y lo pagué… Después de que Ahito lo escogiera.
Los chicos se echaron a reír, y Ane se lanzó a abrazar al portero exclamando "¡Lo sabía!". Él se encogió de hombros y le devolvió el abrazo.
-¿Qué puedo decir?- bromeó. - Hay quien afirma que tengo un sexto sentido para la moda.
-Sí, se llama "En caso de duda, siempre el más caro". – Micro-ice alzó su copa, y Tia sacudió la cabeza afirmativamente, recordando el golpe bajo a su cuenta corriente tras aquella compra. – Es la norma esencial que todo hombre ha de conocer si quiere retener a su novia.
-¿Por eso tú estás solo? - comentó Thran con tono de burla, ganándose una mirada fulminante.
-Y tú lo estarás pronto si no empiezas a aplicártelo.- dijo Ane con tono encantador, acariciando el hombro de Thran. Él se puso ligeramente pálido, calculando lo que le iba a costar su relación.
-Pues no sé si este genial pijama que me habéis regalado era el más caro de la tienda, pero sin duda ha sido todo un acierto, chicos, tanto como esta pequeña.- Tia hizo tintinear la delicada pulsera de oro que le habían regalado. - Y pienso leer mi nuevo manual de edición de imágenes de cabo a rabo.
-Mejor, así podrás retocar esas horribles fotos que Micro-ice me hizo en la playa.- Ane pellizcó al chico en el codo y él pegó un brinco.
-¡Au! ¡Pero si son perfectas! Captan toda la transparencia de tu alma, y también la transparencia de ese bikini que llevabas, ya sabes, el que te hacía un escote… Eeeeh.- Micro-ice vio la mirada que le dirigía Thran y compuso una enorme sonrisa inocente. – Eh… Creo que este es el momento perfecto para callarme.
-Bien, Mice, eso es lo que hemos estado intentando enseñarte todo este tiempo.- Ahito le palmeó la espalda. – Tienes que saber cuál es el momento.
-No es por el bikini.- Ane rodó los ojos. – Es que a ninguno se os ocurrió advertirme de que me había quedado dormida con las gafas de sol puestas. Parecía un oso panda.
-¿A quién demonios se le ocurre tomar el sol con las gafas puestas?- preguntó Tia, con una mueca.
-Hielo, Tia. Nieve.- respondió Ane. – Eso es todo lo que he visto durante diecinueve años de vida. Nadie me había advertido de los riesgos.
-"Nadie me había advertido de los riesgos".-Micro-ice rió. – Tiene gracia. Eso me recuerda a la primera vez que Yuki y yo nos acost… Eeeeh. Eh.- las caras de Thran y Ahito, cuyas manos estaban peligrosamente cerca del tenedor y el cuchillo, le hicieron frenar en seco.
-Micro-ice, este vuelve a ser el momento.-masculló Mark por lo bajo, ganándose un suave "Gracias" de parte del chico, que parecía querer esconderse bajo la mesa.
Ane y Tia se echaron a reír. La rubia se abrazó a sí misma, cómoda y confortable como en mucho tiempo lo había estado. El ambiente de la habitación era extremadamente agradable, y tenía el sabor dulce de un buen recuerdo. Echó un vistazo a Artegor, Clamp y Aarch, que charlaban en el otro extremo de la mesa. Luego miró de nuevo a sus amigos, que habían cambiado de tema y se reían de algo que Mark había dicho y que ella ni siquiera había oído. Estaba demasiado extasiada admirando la imagen. Una imagen que era un cuadro casi completo, una fotografía donde apenas faltaba algún rostro. Pensó en Mei y deseó que estuviera disfrutando de las Navidades con Sinedd. Pensó en Rocket y en si algún día regresaría a ver a su familia. Pensó en Tristan, y lo echó súbitamente de menos, su amistad, su buen talante y su complicidad. Esperaba que, allá donde estuviera, se encontrara bien. Que pudiera reunirse pronto con sus hermanos. Y pensó en D'Jok, claro.
Pensó en D'Jok, pero ni siquiera le dio tiempo a formular el pensamiento. Porque la puerta se abrió y ella lo sintió incluso de que entrara. Se incorporó en el sitio de golpe cuando aún Dame Simbai no había puesto un pie en la sala.
No hizo falta que la mujer dijera nada para que supieran. Tia la miró y vio la premura en sus ojos, el desconcierto, la agitación. Y Simbai sólo llegó a articular, desde el marco de la puerta:
-Ha despertado.
Los demás no llegaron siquiera a intercambiar una mirada de sorpresa. Sin pensarlo siquiera, se precipitaron en estampida hacia la enfermería, primero los jugadores, los mayores detrás. Tia corría a toda prisa con el corazón latiendo a la velocidad de la luz, escuchaba a los demás tras ella y veía delante las figuras de Mark y Micro-ice, que corrían como dos balas por los pasillos vacíos. Jamás se le había hecho el camino tan largo hacia la tercera planta. El pulso se le disparaba en las venas y el estómago se le había encogido hasta adoptar el tamaño de un alfiler, como si alguien se lo estuviera oprimiendo con unas tenazas. No era capaz de pensar en nada, solo en la sala a lo lejos, y luego a diez metro de ella, y luego delante, y luego la puerta entreabierta…
Llegó jadeante y con la boca totalmente seca. Pasó al lado de Mice y Mark, plantados en la estancia. Era extraño, porque tenía las piernas de gelatina, casi como si no pudiera moverse, y a la vez sentía que tenía que llegar a la camilla, que era una cuestión de vida o muerte.
Y ahí estaba él. En el mismo lugar en el que llevaba los últimos días, con la misma palidez, las mismas sábanas blancas, los mismos tubos y máquinas y el mismo pitido rítmico, regular. Tenía los ojos abiertos, pero casi como si le costara trabajo, como si fuera un gran esfuerzo. Miró a sus tres amigos, uno a uno, con una enorme confusión en sus ojos verde bosque. Tia casi podía oír a Micro-ice conteniendo la respiración junto a ella. D'Jok pestañeó un poco, y entonces, muy débilmente, sonrió.
-Hey.- saludó con la voz ronca.
Tia y Mice dejaron escapar un suspiro agónico casi al mismo tiempo, en el mismo momento en que los demás llegaban también a la enfermería, y Mark se llevó las manos temblorosas a la cabeza para hundirlas en su pelo antes de esbozar una pequeña sonrisa también.
-¿Cómo se te ocurre hacernos esto?- reprendió el moreno. El alivio era palpable en su voz.
D'Jok sonrió un poco más y miró a su mejor amigo, y luego a Tia, que escuchaba a los otros detrás, pero no era consciente de nada excepto de aquel chico pelirrojo a sólo dos metros de ella. D'Jok la miró como si apenas llevara unas horas sin verla, y comentó:
-Bonito pijama.
Y así, sin más, Tia dejó escapar las lágrimas que se le habían formado en los ojos. Se echó a llorar mansamente, con una sonrisa y los labios indecisos sobre si dejar escapar un sollozo o una carcajada. Las mejillas se le empaparon en segundos.
-Me lo han regalado Ahito y Thran. – atinó a hipar. Como para corroborarlo, estiró del borde inferior de la camiseta para que él pudiera admirar el dibujo del reno hecho con suave pelito blanco tan agradable de acariciar. Vio que D'Jok estiraba la mano, y con las piernas al borde del desfallecimiento se acercó, para ponerse al alcance de sus dedos. Él recorrió con las yemas aquel tacto con suave y Tia, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano, sintió cómo su propia tripa se contraía bajo aquel inocente contacto, que al mismo tiempo la destrozó por dentro. D'Jok entonces dejó caer la mano de nuevo sobre el colchón y miró a los demás, apelotonados en la puerta. Artegor. Aarch. Clamp. Simbai. Ahito. Thran. Mark. Ane. Micro-ice.
-Pero, ¿a qué vienen esas caras? No me he muerto.- masculló con la voz aún rota, pero había algo en el tono, en el modo en que lo dijo, que era D'Jok. Había vuelto. Y era la señal que todos esperaban para acercarse.
Artegor, Aarch, Simbai y Clamp sabían que era mejor darle espacio, pero Ane y Micro-ice prácticamente se subieron al colchón, Ahito y Thran empujaron el sillón cerca y se sentaron sobre los reposabrazos, Mark se reclinó para apoyar el codo en el cabecero de la camilla y Tia se quedó de pie, aún llorando en silencio.
-Ya sabía yo que esta cabeza tan dura era inmune a los golpes. - dijo Micro-ice, sin atreverse a tocarle ni siquiera. Bromeaba, pero Tia podía ver lo emocionado que estaba por tener a su mejor amigo ahí, porque él volviera a hablarle. D'Jok miró al chico, con la misma cara que ponía siempre que bromeaban entre sí.
-Espero que no hayas sido tú quien me ha mandado a este sitio. Vas a necesitar algo mejor si quieres un dormitorio para ti solo.
Sus amigos se echaron a reír.
-No le agobiéis, chicos.- advirtió Aarch, mirándoles con cautela. – Tiene que descansar.
-¡Lleva cinco días durmiendo! Creo que ya ha descansado para los próximos años.- Mark sonrió de lado.
-Eso explicaría lo confuso que me siento ahora mismo.- D'Jok se tocó la frente. Tenía la cabeza completamente embotada. - ¿Alguno de vosotros va a explicarme lo que ha pasado?
Los jugadores se miraron entre sí, algo confundidos, y después a Dame Simbai. Ella se acercó sutilmente, como si hubiera estado esperando ese momento para explicarles.
-D'Jok sufre algo de amnesia. Creo que es consecuencia de la fuerte caída.- dijo, y miró a Aarch, que había fruncido el ceño.
-¿Amnesia?- preguntó el pelirrojo, con la misma expresión que su entrenador. Simbai asintió.
-¿Qué es lo último que recuerdas?- preguntó Ahito con suavidad.
D'Jok tragó saliva, y pensó un poco antes de contestar:
-La Copa acababa de empezar. Mei se había ido a los Shadows… Algo de mi padre y unas bombas en Génesis…
Todos se miraron entre sí, con idénticos gestos de estupor.
-¿No recuerdas nada de Paradisia?- preguntó Ahito con las cejas alzadas.
D'Jok arrugó la frente.
-¿Paradisia? ¿Por qué iba a recordar algo?- entonces puso gesto de sorpresa. – Espera, ¡¿ya ha empezado el Torneo de Paradisia?!
Micro-ice soltó un silbido y una pequeña risa.
-Ponte cómodo, amigo, esto va a ser divertido.
-Poco a poco, Micro-ice.- le advirtió Dame Simbai.
Tia, en silencio, tragó saliva. No lograba apartar los ojos de D'Jok, con miedo de que, si lo hacía, él desapareciera. Ni siquiera era capaz de limpiarse los restos de lágrimas de las mejillas. Entendía lo que estaba pasando. Entendía que el chico no recordaba nada de lo que había ocurrido en los últimos cuatro meses, nada de ellos dos. Y eso dolía, pero nada era tan fuerte como el alivio de ver que estaba bien, después de todo. Así que estiró la mano y agarró la de D'Jok. Él la miró, con un atisbo de sorpresa.
-¿Sabes qué? No te preocupes.- le dijo Tia. – Tenemos todo el tiempo del mundo.
Y era cierto. Para él, lo tenía.
D'Jok le regaló una sonrisa por respuesta, y correspondió al agarre de Tia entrelazando sus manos cálidas.
(Light will guide you home
And ignite your bones
And I will try
To fix you.)
