Nota: agradezco a Katzempire la ayuda que me brindó en este capítulo, ya ves, al final cambié de opinión y sí utilicé la información.


El volumen de la ausencia.

Hay un deje de pena en su corazón, pero durante el trayecto al campamento se da cuenta de que, quizás, Wynne se equivoca. Y quizás ella no lo merezca. Y quizás eso no importe, sino el ser feliz. Zevran, el desinhibido Zevran, con su charla sobre erotismo, con su complicidad y su risa le ha mostrado otra verdad inequívoca: el deber prima, mas no por ello han de abandonarse los sentimientos.

A través de sus ojos ha visto a un Alistair que la necesita tanto como ella a él. El elfo cree en su relación y le ha impulsado, a su manera, a proseguir con ella.

¿Qué importa el futuro habiendo presente? ¿Qué son las formalidades para la nobleza? Meros espejismos. Uno vive la vida que desea en privado y cumple ciertas normas en público para mantener las apariencias. Siempre ha sido así.

─Gracias ─se detiene al lado del cuervo que cesa su parloteo y la mira con intriga en las pupilas ─. Me alegra que Loghain te enviase a asesinarnos.

─Es la primera vez que una de mis víctimas me lo agradece sin antes haber pasado por mi cama.

Suelta ella un resoplido que pretende ser risa.

─De lo contrario jamás te habría conocido y no habríamos compartido estos momentos. No seríamos amigos y desconocería dónde se esconde una de esas personas especiales que es necesario que formen parte de la historia de tu vida.

─Querida, ¿esta es una declaración de amor? ─ella ríe quedamente.

─Preferiría llamarlo una declaración de amistad indisoluble, pero me vale también dejarlo en amor platónico.

Él se lleva la mano al corazón, como si una flecha lo hubiese herido y finge un desmayo. Ambos ríen.

Puede que él no lo crea, pero es mucho mejor persona y amigo de lo que a priori pretende aparentar.

Se ha criado en Palacio, sin embargo, al volver al campamento comprende que ese es el lugar al que le gusta regresar, en el que se siente como si realmente estuviese en casa, porque aquí, entre esta gente se halla en familia. Ellos comparten sus penas y alegrías. A pesar de la tristeza que embarga su corazón, sonríe.

Esa misma tarde, temprano, un mensajero del príncipe Aeducan les trae una bolsa de monedas.

Todavía, al igual que ella, debe de estar turbado con el encuentro. Probablemente sea ello lo que le obliga a que se traten lo justo y necesario.

Bhelen ha sido pródigo con el dinero. Les ha proporcionado más de lo que cuestan los sobornos. Sabe lo caro que es financiar una guerra y, como enano, comprende el alcance de la devastación de una Ruina.

El Cártel es un cáncer que ha extendido sus raíces por El Escorial, que alcanza incluso a los barrios más ricos. Su jefa se ha vuelto osada desde que la inestabilidad política domina Orzammar.

Lo más seguro es que tengan infiltrados hasta en el ejército, así que la inactividad por parte de la soldadesca le confiere una gran superioridad a la compañía de los Guardas Grises, pues son el azote inesperado.

A pesar de la gran ventaja con la que cuentan, la labor es harto complicada, ya que esos indeseables tienen personas curtidas en la lucha que militan en sus filas. Están organizados y bien armados. Con toda probabilidad lleven meses fortaleciéndose, si no años. No cabe duda alguna de que al final, acabarían levantándose contra el poder del reino. Maleantes que aspirar a ser la ley.

La purga les lleva horas, mucho esfuerzo y dos instantes tensos. El primero de ellos se produce a la entrada, en cuanto les piden la contraseña de rigor.

Lady Aeducan todavía está meditando sobre cuál podrá ser cuando escucha detrás de ella que Zevran y Alistair contestan al alimón:

─¡Jarvia chupa huevos de lagarto!

Lo que a ella le parece una temeridad a los chicos les resulta muy gracioso y ni siquiera reprimen las risas.

Un buen grupo de hombres enfurecidos se les echa encima.

Cuando los aceros cesan de entrechocar, salpicados de sangre y con cuerpos a sus pies, la hija de Endrin se gira para comprobar si todos están bien. Ya Morrigan regaña a los dos audaces jóvenes por la irreflexiva contestación que han dado a la entrada.

─Mi hermosa hechicera, jamás hubiésemos descubierto cuál era la contraseña real. Dicen que la belleza está reñida con la inteligencia. Siempre he considerado que en ti esa afirmación era una falacia, por favor, no me defraudes.

La pequeña Guarda, que escucha la conversación a medida que se acerca a Sten, se avergüenza de no haberse dado cuenta antes de la verdad que hay en tal declaración. Ella, al igual que Morrigan, sólo consideró lo impropio que era y no miró más allá.

El qunari se halla acuclillado, de espaldas a ella. Al tocar su hombro ve que en su regazo reposa El Canino. Sangra el animal en profusión y parece inerte.

─¡Wynne!

La maga no se hace esperar. Con delicadeza examina al mabari y enseguida lo envuelve en magia. La bruja de la espesura fulmina con la mirada a Zevran y Alistair.

─Lo siento ─Leliana está visiblemente afectada ─. No conseguí desactivar a tiempo la trampa. Unas silenciosas lágrimas serpentean sus mejillas.

─No ha sido culpa de nadie. El lugar está plagado de trampas. Era imposible que pudieses ocuparte de todas ─Lady Aeducan no desea que se creen rencillas entre ellos nada más comenzar. Por consiguiente, desecha la pena y finge entereza.

─Ha perdido mucha sangre y la herida es profunda. Aun así, sobrevivirá ─todos escuchan con solemnidad el dictamen de Wynne ─. Pero me temo que hemos de dejarle descansar. No puede acompañarnos en este estado. Ni siquiera sé cuando recuperará la consciencia. Tanto podría ser en unos minutos como unas horas.

Se miran unos a otros compungidos.

─Lo más sensato será que le preparemos un lecho para que descanse ─no ha acabado de hablar y ya la Guarda está tomando una manta de un catre.

─No podemos dejarlo solo, como si lo abandonásemos ─hay un velo de ira en el tono del qunari.

Morrigan posa la mano en su hombro como si con el gesto pretendiese apaciguarlo.

─Tu hermano nos ha dado dinero para sobornos, utilicémoslo ─todos escuchan con atención a la bardo ─. Ahí fuera hay gente necesitada; paguemos a alguien para que lo cuide, un poco de oro ahora y el triple al volver. Dejaremos una prenda nuestra a su lado, así, cuando despierte sabrá que no le hemos abandonado.

Sten saca un pañuelo azul del bolsillo y lo deposita encima del mabari. La tela limpia pronto se mancha de sangre.

Con la moral baja, tras dejar atrás a El Canino, se adentran cada vez más en el laberíntico nido de ratas que es esa guarida. Llena está de trampas, mas ahora se han vuelto cuidadosos, vigilan bien dónde posan los pies.

Bandidos peligrosos, pero que al mismo tiempo nada suponen para un grupo tan curtido en la batalla, siempre y cuando estén bien atentos a todo lo que sucede a su alrededor.

El segundo instante crítico se produce cuando hallan a Jarvia. Llena de pretensiones para hacerse con Orzammar, alzándose como reina, reina corrupta, reina de odios, madre de la miseria más rastrera.

Lady Aeducan no recuerda haberla visto jamás, pero la infame Jarvia la reconoce a ella.

─Dejadla con vida ─dice señalándola con la espada ─. Muchos hombres pagarán generosas bolsas de oro por acostarse con una princesa.

Uno de sus secuaces ríe la bravata. Le faltan algunos dientes y los pocos que le restan están negros. Más que la carcajada, lo que en realidad le molesta a ella es el olor que desprende aquella boca. Una mezcla de cerveza barata y podredumbre.

De soslayo ve las manos de Alistair cerrarse, tensándose sus nervios. Y entonces ella siente miedo, miedo de que él se ciegue de ira y que debido a ello le hieran de gravedad.

Jarvia enseguida les demuestra que si ha conseguido hacerse con el liderazgo de esa chusma se ha debido a sus aptitudes de combate y porque no juega precisamente limpio. Pues intenta atacar siempre a traición.

Tres hombres se dedican a mantener a la Guarda en jaque, incluido el de la boca infernal. Sin tregua, su objetivo: agotarla, ya que como mercancía es mejor que no reciba muchas cicatrices.

Desde su posición, con la espalda pegada a la pared, de vez en cuando vuelve la vista para ver cómo van sus compañeros. Alistair trata de llegar junto a ella desde el inicio de la lid, sin mucho éxito.

Detiene un estoque con su escudo y, al asomar la cabeza, advierte con horror cómo Jarvia en un ágil movimiento se coloca tras Leliana, dispuesta a degollarla. No le da a la princesa tiempo de gritar, pues ya Alistair, de una patada en el costado, tira a la líder del Cártel al suelo. Sus hombres, los que cercan a la joven Aeducan, enardecen el combate y le obligan a desviar la vista. Aun así, puede escuchar al protegido de Duncan dirigir unas últimas palabras a tan innoble mujer.

─Nos gusta redimir a algún que otro malvado, pero no hoy ni a ti.

Escucha el grito postrer de la delincuente, el sonido de la sangre manando a borbotones. Los bandidos que luchan contra ella también lo perciben. Se dan estos la vuelta para encontrarse con su cabecilla sucumbiendo bajo una espada. Ello les da más bríos. Quizás sueñen con ocupar el puesto vacante y la aspiración no les permite contemplar la posibilidad de fracaso. Pobres insensatos, desconocedores que les quedan sólo minutos.

Al retornar al emplazamiento en donde El Canino ha quedado, encuentran que éste sale del sopor. Todavía débil, sin conseguir más que un feliz movimiento de cola.

Lady Aeducan se agacha para ofrecerle unas leves caricias, ya que no quiere lastimarlo. Mientras paga a la mujer que tan fielmente ha velado por él, puede notar que Sten, lleno de delicadeza toma en sus brazos al noble animal. Es él quien, con pasos suaves para no ocasionarle daños con el zarandeo del caminar despreocupado, lo transporta de vuelta al Barrio del Diamante.

Bhelen, en cuanto es informado de la llegada a Palacio de los Guardas Grises, tarda diez minutos en concederles una audiencia. Como la anterior vez, se halla rodeado de hombres que velan por su seguridad.

No está preparado para un encuentro íntimo, todavía no, mas sus ojos prometen tiempo al tiempo.

─Hermana, dicen que habéis eliminado a Jarvia, ¿es eso cierto?

─Puedes enviar a tus soldados a comprobarlo. En El Escorial, en la casa que usaban como base, hemos dejado sus cadáveres. Un regalo que os hacemos.

Ante sus palabras, Bhelen ríe. Es feliz, igual que cuando era niño, igual que aquel día que se escaparon de una tediosa recepción para irse a comer un nug asado a casa de los hermanos Ivo.

De súbito, su semblante vuelve a endurecerse.

─Todavía tengo que pediros un último encargo. No basta con que Jarvia haya desaparecido. Necesito algo que me dé definitivamente la corona. Algo que sea irrebatible por completo: el favor de un Paragón.

─No existe ningún Paragón vivo y lo sabes.

─Branka.

─¿Branka? Hace años que está perdida en los Caminos de las Profundidades. Ni siquiera sabemos si prosigue viva.

─Mis hombres han seguido sus pasos. No la han encontrado, pero allí abajo hay pruebas irrefutables de su paso. Y no tan lejanas en el tiempo como pudiere parecer.

─¿Qué pretendes? ¿Que vayamos hasta allí a ver si por casualidad la vemos? Y de ser así, ¿cómo se supone que la convenceremos para que regrese? ¿Y si no quiere volver?

─No necesito que vuelva, sólo que me proponga como futuro rey. Esperaba que utilizaras tu legendario encanto para convencerla de que me apoye.

Se permite el príncipe una sonrisa petulante. Ella imita su gesto y le entran ganas de darle un puñetazo en el hombro. Como en los viejos tiempos. «Los viejos tiempos». El pensamiento le endurece el rostro.

─Necesitamos los avances que han hecho tus hombres.

─Los tendréis a vuestra disposición. Una cosa más, hermana. A partir de hoy os alojaréis en Palacio cada vez que vengáis al reino. Esta es vuestra casa.

─Ya sé que es mi casa ─la contestación le sale sin pensarla, más severa de lo que debería ser.

─He pedido que se dispongan cuartos de invitados para todos ─ignora él su respuesta ─, excepto para ti. Ya sabes dónde está tu alcoba.

Lady Aeducan no puede evitar sorprenderse ni que se le iluminen los ojos, así pues, con estos, agradece y acaricia al hermano. Gesto que a su vez es correspondido.

A un asentimiento de Bhelen salen de su despacho.

Guía a la compañía por esos pasillos que tan bien conoce. Todos se muestran encantados de tener una habitación para ellos solos, una cama más que decente en vez del duro suelo. Sten le pide que en la suya pueda quedarse El Canino y, al ver que ella accede, lo acuesta en el colchón y lo tapa con una manta. El mabari sigue débil, pero con descanso al día siguiente estará como nuevo, eso asegura Wynne.

─Podemos ir a las termas reales en cuanto acabemos de asentarnos. Aunque en todas las bañeras de Palacio tienen esto ─se acerca a la que le ha correspondido a Sten y, de la boca de un grifo esculpido en piedra, saca un tapón. Empieza a manar agua de allí ─. Un alcantarillado recorre todo el suelo y las paredes. Está caliente, igual que la que hay en las termas. Cuando haya alcanzado el nivel que deseáis volvéis a ponerle el tapón y listo.

Ve que todos se han quedado maravillados ante algo que jamás habían visto.

─¿Y tu alcoba? ¿Podemos verla? ─Leliana se muestra curiosa.

─Por supuesto. No sé si le habrán hecho muchos cambios, pero vamos a comprobarlo.

Por el camino va contándoles que es un poco más grande que las suyas, les habla de que tiene una antesala, un vestidor y una sala de estudio.

─Por lo que dices debe de ser más grande que la choza que compartía con Flemeth.

─¡Chissst!

Alistair se ha detenido y Morrigan choca contra su espalda. A pesar del visible enfado de la bruja, ésta no dice nada. Todos callan y escuchan. Zevran señala al suelo. Y tras unos segundos de mutismo, a metro y medio del cuarto de la princesa, la cerámica del piso se rompe y de allí sale un pequeño grupo de enanos.

─Nos hemos equivocado. El tesoro está detrás de esta puerta.

Es entonces que reparan en que tras ellos hay gente. Se quedan paralizados durante unos breves instantes al verles, hasta que echan manos de las armas con las que van equipados, dispuestos a proseguir con lo que quiera que planeaban hacer.

Presto acuden soldados de Palacio al oír el entrechocar de armas. Los visitantes inesperados son reducidos de inmediato y llevados para ser interrogados y encarcelados. Algunos de los hombres se quedan a explorar el túnel antes de sellarlo.

─¿Tienes tesoros acumulados en cofres como los bandidos y los piratas?

─No, Alistair. A no ser que hayan trasladado el tesoro real. Lo que sería estúpido teniendo una cámara acorazada para tal menester.

A su espalda Zevran emite un silbido y es el primero en traspasar el umbral.

Dentro le espera una gran sorpresa. Todo está tal y como lo dejó. Han colocado su armadura cerca de la puerta del vestidor. No puede evitar llevar una mano a la boca encantada con lo que ve. Es como si Bhelen siempre hubiese sospechado que algún día ella regresaría, como si ese cuarto fuese un santuario en el que vive la imperecedera esencia de su hermana. Y la emoción le embarga. Sus ojos se tornan acuosos. Los cierra con fuerza para tratar de contener las lágrimas.

Detrás suya escucha los pasos de Alistair, los demás han quedado en la antesala, fascinados por los tapices, divanes y alfombras.

─Es preciosa. Digna de una reina ─le toca el hombro con levedad y al volver el rostro hacia él sus labios se rozan.

El joven carraspea y se aleja antes de que nadie les encuentre en tal tesitura.

─¿Cómo puedes dormir en el suelo habiéndote criado entre tanto lujo? Puedo decirte sin temor a equivocarme que no tenéis nada que envidiar a un noble orlesiano. Y he conocido a más de uno ─Leliana toca cada cosa que ve con reverencia.

─Bueno, quizás sea porque a parte de lirio comerciamos con piedras preciosas. Sé que mis vestidos y zapatos no os servirán, pero entre ellos a lo mejor halláis alguna tela que os guste.

Observa cómo tras la invitación tanto la bardo como la bruja entran en él. Entonces se fija en el tocador en el que tantas noches se sentaba para que sus doncellas cepillasen y trenzasen su cabello. Se acerca a él y toma el cepillo del pelo. A su lado un espejo con el que hace juego. Deja el uno y ase el otro. El marco de plata labrada y engarzado con turquesas. Nunca le ha dado mucha importancia, pero sabe quien sí lo apreciará.

─Morrigan ─al escuchar su nombre, la bruja se gira. La Guarda le indica con el índice que se acerque y así lo hace ─. Toma, esto quiero que lo tengas tú. Perteneció a mi tatarabuela y desde entonces ha pasado de generación en generación.

La hija de Flemeth abre la boca con sorpresa. Las palabras no le salen y toma el regalo con reticencia, como si en cuanto lo tocase éste fuese a desvanecerse.

─Yo no... no...

Lady Aeducan posa una mano en su brazo y menea la cabeza en negativa, pidiéndole con ese mudo gesto que le reste importancia.

─No olvides el cepillo del pelo. Las dos piezas siempre han ido juntas, no las separemos.

─Es más bonito que el que mi madre estrelló.

─¿Y esto?

Se aparta ella de Morrigan y observa a Zevran.

─Es una cesta de hilos y agujas.

─¿Pero por qué lo tienes en tu cuarto?

─Para bordar ─suelta el elfo un «humm» irónico. La conversación ha atraído las miradas de todo el mundo ─. ¿Has visto las banderas y estandartes que ondean en Orzammar? Han salido de estas manos ─las alza en alto mostrándoselas ─, igual que la colcha de mi cama u otras muchas piezas que están diseminadas por el Palacio.

─¿Tú? ¿Tú has hecho esto tan delicado? ─Alistair acaricia el cobertor admirando las pequeñas figuras que lo adornan.

Voces provenientes de la sala de estudio hace que arrastre sus pies hasta allí.

Wynne sostiene en sus manos un libro, tras ella, Leliana sigue con la mirada cada hoja que la maga pasa.

─«El viento agitó nuestras cadenas». Es un libro muy antiguo. Dicen que vuestra Capilla lo prohibió en la superficie. Te lo regalaría, pero es el original y pertenece a la familia.

─¿El original? ─la maga la mira incrédula. La enana asiente confirmando lo ya dicho.

─Pero puedes escoger cualquier otro de la estantería. Ven, Leliana. En esta zona tengo algo que te gustará.

Aparta el biombo que divide la estancia y la bardo no puede ahogar un chillido de emoción. Ante ella aparece una vitrina en la que se guarda una colección de instrumentos.

─¿Puedo? ─quiere y al mismo tiempo no osa alargar la mano.

─Cada uno es único. Mira, el caramillo me lo regalaron cuando tenía siete años. Tallaron en él el emblema Aeducan.

─¿Sabes tocarlos todos?

─Desde que tengo uso de memoria he recibido clases de solfeo y canto. Se supone que debería saber tocarlos todos con corrección, pero a la hora de la verdad manejo unos con más acierto que otros; con el que más disfruto, sin duda alguna, es con la zanfona. Aunque no soy ninguna virtuosa ─la joven pelirroja la mira escandalizada ─. Sí, ya lo sé. Es un instrumento típico de borrachos y pendencieros, habitual en las tabernas y poco apropiado para una dama. Mi padre decía que era una fase de rebeldía. Dejó de bromear con ello cuando comprendió lo que disfrutaba tocando. Puedes escoger el que desees, excepto la zanfona. Tengo previsto llevármela.

─A mí me gusta este ─Zevran se adelanta y toma el pandero.

─Si sabes tocarlo podríamos hacer algún que otro recital por las noches después de cenar ─lo dice medio en broma medio en serio.

Perdidos entre los tesoros que guarda en su alcoba se pasan las sucesivas horas. Demuestra la princesa su generosidad al dar a cada uno de sus compañeros objetos que le pertenecían y que intuye que ellos valorarán. Son bienes que nunca tomó muy en cuenta por haberlos dado siempre por hecho y que, ahora que los sabe suyos de nuevo, le regocija poder regalar.

Después de que cada uno vuelva a su cuarto, la joven se da un baño. Se percata de lo mucho que ha echado de menos su inmensa bañera y le extraña no haberlo descubierto hasta ahora que se he metido dentro.

Recibe, mientras se viste, un mensaje para que acuda a una reunión en la que les proporcionarán la información necesaria para ir en pos de Branka.

Sin aguardar más va hacia allá. Al pasar junto a la alcoba de Bhelen escucha un vagido. El sonido le hace detenerse.

Sin poder inhibir el impulso posa la mano en el picaporte y, lo más silenciosamente posible, entra. Camina como si fuese una gata y con lentitud.

Una de las damas de Palacio está sentada a la vera de una cuna de dosel blanco. La doncella, al notar su presencia se yergue asustada y mira, ora a ella, ora el moisés.

La joven no se arredra y prosigue acercándose. Una cabeza de escaso cabello rojizo se va definiendo. El rollizo bebé la examina con curiosidad.

─No podéis ─la mujer está temerosa, duda entre interponerse entre ella y el niño o coger a éste.

─Sois idiota ─la otra se ofende y a Lady Aeducan le da igual. Si después de tantos años la considera capaz de asesinar a un bebé se merece esa injuria y mil más.

Se inclina a contemplarlo. Viéndola tan cerca, la niñera se aleja unos pasos. Aprovecha ella para tomar al chiquillo en brazos, éste le sonríe. Mientras, su guardiana escapa corriendo.

No es la primera vez que acuna a un niño en el regazo. Son muchos los nobles y plebeyos que en el pasado han querido que su princesa meciese a sus hijos, pues para ellos eso era un privilegio.

El tiempo se detiene, o así lo percibe. Una regordeta mano infantil le rodea un dedo y su boquita le muestra las sonrosadas encías.

A toda prisa entra una mujer. Lady Aeducan le dedica una ojeada. Su cabello trenzado es rojo y su faz ha sido marcada. Una cazanobles. Nunca antes la había visto, no conoce su nombre, pero comprende quién es al instante.

─Soy tía ─murmura con un deje de incredulidad, más para sí misma que para la madre, tratando de asimilar la noticia. Y vuelve a fijar los ojos en el bebé mientras sonríe.

Su futura cuñada queda en la entrada, vacilante y no atreviéndose a romper el momento. Minutos después, Bhelen aparece tras su prometida, detrás de él la doncella encargada de velar por el principito.

─Se llama Endrin, igual que padre.

Suelta ella un resoplido que ambiciona ser risa irónica, mas no pasa de amargo.

─Tiene mis ojos.

Su hermano asiente mudo dándole la razón. A ella la certeza le turba.

Tras unos segundos empieza a cantar a ese inesperado niño que se deja mecer con placidez.

─Cierra los ojos, duérmete, que yo te cuidaré...

─Me la cantabas cuando era pequeño, después de que madre muriera. Durante aquellos meses te quedabas a dormir conmigo.

Él está en lo cierto, es la misma nana con la que trataba de dormirle y apaciguar sus miedos infantiles, la pérdida de la figura materna. Fueron momentos complicados para los infantes. Privados de repente de su madre y con un padre que les ignoraba casi todo el día. Sin embargo, se tenían los unos a los otros. Ella y Trian se habían volcado con el menor, a escondidas, para hacerse los valientes de cara al exterior y creyendo que, al ignorar su pena, la confianza de Bhelen hacia ellos no mermaría, lloraban y se abrazaban. Mas ahora... ahora en vez de Trian hay un voluminoso vacío que nadie puede llenar.

Mira absorta a su sobrino. Tan inocente, tan delicado. Condenado a caminar solo por la senda de la vida como todo ser humano.

Una gran ira sube por su estómago hacia el pecho para aprisionarle la garganta en un nudo. No consigue dilucidar si toda esa vesania se debe a saber que esta es la primera y última vez que se le permitirá coger a Endrin en brazos. O quizás a que Bhelen ha privado a Trian de vivir un momento tan especial. Acaso se deba también a que a ella se le ha negado el derecho a tener hijos. Nunca se mostró muy entusiasmada con la idea, además, una mujer consagrada a la guerra no puede permitirse un hijo, sería una flaqueza. Aun así, le hubiese gustado experimentar por una vez en su vida lo que es la maternidad. Pero ya no hay vuelta atrás.

O más bien sea a causa de una mezcla de todo ello lo que embarga su ser. Las lágrimas comienzan a fluir y no hay dique que pueda detenerlas. Entrega el niño a la madre.

─¡Necio! ─hay rabia en la palabra dirigida a su hermano. Anegada en lágrimas, al pasar a su lado, empuja a Bhelen. Él trata de retenerla cogiendo su brazo, mas ella sacude enérgicamente la mano que la aferra.

─Hermana.

No obstante, ella no se vuelve. En su alcoba toma la zanfona y luego deambula por Palacio, hasta que sus pies la llevan a las termas reales, vacías a esas horas.

Allí toca. El eco le devuelve multiplicados los lamentos que emite su música, espejo en el que se contempla el desgarro de su alma.

Es este son, el de alguien que se ha convertido en las ruinas del ayer, el que conduce a Alistair hasta ella.

Su desamparo encuentra por fin cobijo en los brazos que la envuelven desde atrás.

Escrito en la piedra.

Bhelen ha de tomar una dura decisión, otra más. Ser inclemente con los delincuentes y hacer que entierren los cadáveres de todo el Cártel en tierra baldía como castigo, o mostrar misericordia porque, a pesar de la vida criminal que llevaban, todos ellos tienen familia que les quería y les echará de menos.

El día vuelve a complicarse cuando, camino de la reunión en la que entregará a los Guardas Grises la información que sus hombres han recabado sobre Branka, aparece corriendo en el pasillo una de las doncellas encargada del cuidado del pequeño Endrin.

Llega sin fuelle y con temor hace una media reverencia ante él. Se retuerce las manos nerviosa.

─Mi príncipe, la señora Rica me envía a buscarle. Vuestra... vuestra hermana ha entrado en los aposentos y ha cogido a vuestro hijo.

El temor impregna su piel. Se había prometido a sí mismo que antes de que ella se fuese en pos de Branka organizaría un encuentro de hermanos. En donde podrían hablar con total libertad, sin nadie de por medio y en el que le diría lo de Rica y Endrin, porque se merece saberlo de sus propios labios y no de otros, porque a pesar de lo ocurrido sigue siendo familia y una de las personas que más quiere. Pero ahora todo se ha torcido.

Y tal y como lo sospecha ella lo toma como otra traición. Más que odio hay tristeza en sus pupilas, también tiene espacio para la alegría por él. Una alegría que jamás podrán compartir, porque así, «maldita sea», está escrito en la piedra. Porque eso forma parte del precio a pagar.

Su primer impulso es buscarla. Pero su rastro se pierde por los pasillos. Tampoco la encuentra en la alcoba. Nota que en la vitrina de instrumentos falta la zanfona. Una sonrisa melancólica cruza su rostro. Cuántas buenas veladas a cargo de sus canciones, veladas que ya no volverán, risas que se han perdido en el tiempo y sólo pervivirán en la memoria.

Pero él la conoce como nadie, sabe que la música para ella es alegría y tristeza. Que en algún rincón está dando rienda suelta a lo que siente.

Apenas ha escuchado el sonido y ya sabe que se esconde en las termas. Antes de que llegue allí, la melodía se apaga. Eso no puede significar más que una cosa, que ya se ha serenado.

Toma aire antes de entrar para darse impulso. Mas Bhelen se halla con una escena inesperada. Con ella está el Guarda Gris y la actitud que tienen no es precisamente de amigos. La incomodidad pronto se hace patente al haber sorprendido una situación tan íntima.

Con todo el sigilo del que es capaz, para que no lo adviertan, camina hacia atrás hasta que desaparecen de su vista. Sus pasos no se detienen hasta que no llega al despacho en el que atiende los asuntos del reino, ese que perteneció a su padre. Sólo entonces se permite apoyarse contra la pared y dejarse caer. Hay aflicción en su semblante. Golpea con el puño la pared. Nadie va a consolarlo ni pedirle que comparta sus dudas y temores, porque el lamento es algo que debe afrontar solo, igual que tantas cosas que quedan por venir.

Sus deberes como futuro rey no admiten demora ni vulnerabilidades. Por ello ha de sepultarlas en lo más hondo de su ser. Porque en el salón le aguardan para celebrar una cena a la que acuden nobles afines a la casa Aeducan.

Y sonreír, y fingir seguridad en sí mismo. Y hacer promesas, comprar fidelidades.

Pide que le llenen la copa de vino, es entonces cuando se fija en un mensajero que se acerca a Rica. En el rostro de ella se vislumbra pena.

Una dama se aproxima a él, le ofrece sus disculpas por no poder atenderla ahora y, cuando vuelve a mirar, ya Rica se ha escabullido del salón. Sin dudarlo un segundo la sigue. La encuentra en el desierto pasillo, sentada en un diván, lívida, en su mano sujeta una misiva. No duda en hacerse con ella.

─No te molestes. Es un antiguo amigo de mi hermano. Los Guardas Grises lo sacaron de la prisión en la que Jarvia lo tenía. Cuando ingresó allí lo hizo acompañado de mi hermano. Dice que un día dejó de comer y así murió. Inanición ─la palabra suena como una sentencia ineludible.

─Haré que lo sepulten bajo rocas.

─Hizo méritos propios para yacer en tierra baldía. Sé que suena crudo, pero en el fondo es mejor así. Nunca supo comportarse.

─Nunca lo tuvo fácil.

─No. Nadie lo tiene en El Escorial, pero eso no impide que algunas personas decidan tener honor y principios.

Bhelen acaricia el cabello de Rica. Hay mucha resignación en sus palabras, también dolor.

─Volvamos al salón. No quiero darle a tu prima Bela motivos de cuchicheos.

En cualquier otra ocasión contestaría «que le den a Bela», mas hoy no.

─¿Bela? Eso me recuerda que tengo un asunto que tratar con ella.

Lo primero que hace es buscarla con la mirada en cuanto regresan. La halla sentada coqueteando con un joven. Sonríe el heredero Aeducan sibilinamente antes de ocupar el mismo banco. Su espalda queda contra la del muchacho con el que ella flirtea.

─Prima, siempre es un gusto verte.

Ella vuelve la vista atrás y traga saliva. Hace bien, pues Bhelen jamás ha sido cariñoso con ella.

Con un ademán pide al hombre con el que estaba ocupada que se vaya.

─¿Puedo hacer algo por ti, querido primo?

─Esta tarde hemos recibido en los calabozos a unos hombres que entraron a robar a Palacio ─a medida que habla ella empalidece ─su destino era la habitación de mi hermana. ¿Te lo puedes creer? Las joyas de la abuela, esas que me pediste hace meses, a punto de ser robadas. Me preguntaba si sabrías algo sobre ello.

─No seas ridículo. ¿Y qué iba a saber yo sobre eso?

─Prima, no me tomes por idiota.

Ante el intento de ella de levantarse la toma enérgicamente por el brazo y la retiene en el banco.

─Suéltame.

─Cascabelea la serpiente. Creí que el matrimonio te enmendaría y te ha vuelto más despreciable todavía ─Hay rabia en la expresión de ella.

No puede demostrarlo, pero considera que el veneno que ha postrado a una de las nobles en la cama y por el que está condenada a morir si no descubren pronto el antídoto, salió de las manos de Bela. Ya que la dama dejó su copa al lado de la de Bhelen y la del esposo de Bela, con el que hablaba en esos momentos el día que cayó enferma. Sin saber de quién eran el par de copas que quedaron sobre la mesa, después de que ella tomase una, optaron por pedir unas nuevas. No sabe cuál de los dos era el destinatario de la ponzoña, acaso ambos.

A la prima no le ha sentado bien que le eligiese por marido a un hombre mayor que le produce repulsión, pero también lo suficientemente joven como para tener que aguantarlo durante años. Ambicioso y avaro, rígido y tradicional. No, ese hombre no casa con las pretensiones de Bela.

Mas lo de hoy ha sido lo último que le consiente; no puede dejar que se salga con la suya, por muy prima que sea. Es hora de tomar medidas drásticas. Bela siempre conspirará sin importar lo que se le dé y lo que menos necesita en estos momentos son intrigas entre los suyos. Unión y fidelidad, quien no esté por corresponder ha de desaparecer.