Capítulo 29.

Déjame ir, no esperes tanto de mí No quiero, nunca he querido, ser tu salvación Cada esperanza que tienes será despedazada No soy un gran hombre, no soy tu redención.

Roxanne estaba sentada en el catre de su celda, en el más extremo rincón, observando asustada a su compañera, una mujer madura, de piel oscura, que la miraba desde el otro lado con una extraña sonrisa.

Desde que la vio llegar, le manifestó lo hermosa que le parecía, y había estado acariciando su largo cabello negro de manera que le resultaba fastidiosa.

Al fin había podido alejarse de ella, y la miraba de hito en hito, como si en cualquier momento se le fuera a lanzar encima.

—Cameron —dijo una mujer guardia, y movió la cabeza hacia ella en respuesta—. Tienes visita. La visita era Debra, su madre, y a Roxanne no le gustó mucho el semblante que traía.

—Explícame por qué sigo aquí —atacó al tiempo que se sentaba, y Debra apretó sus dientes.

—Tenemos problemas, Rox…

—No me interesa qué clase de problemas tengas; tienes que sacarme de aquí. Esto es un infierno. ¿Ves lo que traigo puesto? Se siente como arpillera sobre mi piel. ¡Lo odio!

—Raymond no quiere pagar tu fianza.

— ¿Qué? ¿Por qué?

—Porque dice que es nuestra culpa todo lo malo que le ha pasado en la vida a su hijita.

— ¡Haz lo que siempre haces y ponlo de tu parte!

—Esta vez no creo que pueda. ¡Me pidió el divorcio!

—Hay que ver lo inútil que eres.

— ¡Es tu culpa! —exclamó Debra, y Roxanne sólo hizo rodar sus ojos—. Dijo que también te quitaría el apellido a ti —Roxanne la miró al fin.

— ¿Qué? ¿Y a mí por qué?

— ¿No te imaginas? Está indignado por todo lo que has hecho.

—Lo que hemos hecho. No pretendas hacerte la inocente.

—Todo lo hice por ti, para que pudieras tenerlo todo en la vida. Me casé con él a pesar de que me llevaba varios años por ti. Me lo aguanté todos estos años por ti…

—Y mientras tanto viajaste, gastaste dinero, y tuviste tus amantes. Te sacrificaste muchísimo —agregó Roxanne en tono sarcástico.

— ¡No te atrevas a hablarme así, Roxanne! Soy la única persona que ve por ti actualmente, y estoy haciendo todo lo posible por conseguir lo de tu fianza, así que te conviene ser amable conmigo—. Roxanne respiró profundo.

— ¿Todo lo posible? ¡Sólo vende un par de joyas!

—Ese será el último recurso.

—Con razón estoy aquí, no puedo creer lo que estoy oyendo. ¿Por qué entonces no… le pides prestado a alguien?

—No me atrevo a decirle a nadie de tu situación, me da vergüenza.

— ¿Es decir, que dejarás que me quede aquí?

—Debra la miró de reojo, y Roxanne apretó sus dientes—. ¡Valiente madre que eres!

—Hija…

— ¡No! ¡No me sirves de nada! ¡Vete ya! —Pero es que no entiendes que…

— ¡Guardia! —llamó Roxanne, indignada, dando por terminada la visita, y Debra se quedó sola en la mesa con sus ojos cerrados y llena de desesperación. Roxanne caminó de vuelta a su celda sintiendo que veía todo rojo. No podía ser que ella se quedara aquí, compartiendo el retrete con una mugrosa y usando estos harapos. Sin un espejo, sin una ducha decente.

No, no soportaría ni un día aquí. Tenía que haber una manera de salir… Cuando entró de nuevo a su celda, miró a su compañera, que parecía fascinada con ella. Y un pensamiento entró entonces en su cabeza.

Su belleza siempre encandilaba a los hombres, pero hasta ahora se daba cuenta de que ocurría lo mismo con ciertas mujeres. A los hombres, casi siempre lograba manipularlos para que hicieran lo que ella quisiera. ¿Funcionaría también con esas mujeres? ¿Qué tendría que dar a cambio? Sólo se necesitaron unas pocas horas para que la entrevista de Aidan Swafford donde hablaba de su vida y anunciaba su inminente retiro le diera la vuelta al mundo.

Llegó a oídos de Gerard por el siempre confiable Charles, y Gerard simplemente agitó su mano quitándole importancia. Como siempre, Aidan haciéndose la víctima, se dijo. Pero entonces empezó a notar algo extraño. Esa noche tuvo una reunión social, y cuando se acercó a unas mujeres, esposas de sus socios y amigos, para cumplir con la obligación de saludarlas, éstas simplemente lo miraron de arriba abajo y desintegraron el grupo. Estúpidas, se dijo. Se les olvidaba que no les convenía ser despectivas con él, pues muchas de las ganancias de sus maridos dependían de sus buenas gestiones. Las joyas que ahora mismo lucían muchas veces las habían ganado por ser amigos de él. Apuntó mentalmente los nombres de ellas para empezar a sacarlas de su círculo de favorecidos.

— ¡Hensley! —exclamó saludando a un amigo, y éste no le sonrió, sólo asintió mirándolo, y también alrededor, como si simplemente hubiese quedado atrapado—. Aburrida fiesta, ¿eh?

— ¿Te parece?

—Oh, el vino está aguado, ¿no lo notaste? Dime —añadió sin dar tiempo a contestar a su primer comentario—. ¿Has conseguido vencer a Christenson en el squash?

—Hensley, que era un hombre alto y de cabellos del color de la arena, dejó su copa de vino en la bandeja de un mesero que pasaba y respiró profundo.

—No, no lo he conseguido.

— ¿Qué me darás a cambio si por un par de semanas te cedo a mi instructor? —Hensley se echó a reír.

—Tal como siempre —dijo—. No das nada por la mera amistad, siempre pidiendo algo a cambio. Deberías, ahora que tu hijo te ha delatado con tanto detalle en la televisión, empezar a tener cuidado con ese tipo de cosas.

—Ah, no me digas que eres como esas viejas desocupadas que no hacen más que estar pendientes de los chismes y la farándula.

—Cuando esos chismes y la farándula afectan mis negocios, sí, soy como una vieja desocupada—. Hensley no agregó nada más, y simplemente se alejó. Gerard quedó allí, de pie, con su copa en la mano y solo. ¿Qué estaba ocurriendo con la gente? ¿Cómo podían creerle a un cantante que antes fue un drogadicto? Hensley entró entonces en su lista negra. Aidan miró a su novia, desnuda encima de él, mientras se movía lentamente, con sus ojos cerrados, la piel sudorosa, y exquisitamente resbaladiza alrededor de él.

Era preciosa, era perfecta, era suya.

Buscó su boca para besarla sintiéndose feliz por estar aquí, feliz por tenerla, y le rodeó la cintura con un brazo, acercándola más a su cuerpo y empujando con fuerza en su interior.

Ella estaba siendo silenciosa, y eso lo hizo sonreír. Le daba un poco de miedo ser escuchada puertas afuera, y debían tener en cuenta de que estaban en la casa de alguien más, así que apretaba los dientes y se tragaba sus gemidos.

Ella aceleró sus movimientos, yendo camino arriba hacia su orgasmo, y mientras lo apretaba, casi exprimiéndolo, le mordió los labios, la barbilla, el hombro.

Aidan la movió hasta quedar él encima, tomó sus rodillas para abrirle mejor los muslos y se hundió hasta la base dentro de ella, sentía que llegaba casi hasta su alma, que la tocaba, y salió casi todo sólo para volver a hundirse. Linda dejó salir un chillido, sorprendida, extasiada, y cuando él repitió el movimiento, y ella volvió a chillar, tuvo que besarla para ahogar sus gritos en su boca.

Juntos llegaron de nuevo.

Linda volvió a abrazarlo con fuerza mientras el orgasmo la dominaba, dejándola sin poder ver, perdiendo el dominio sobre sus sensaciones. Aidan se corrió en el interior de su cuerpo, derramándose por completo, sin dejar nada dentro, y se quedó allí, abrazándola, disfrutando de ese aroma encendido a mujer y a sexo que quedaba flotando en el ambiente luego de hacerle el amor.

—Te amo —susurró ella moviéndose un poco otra vez por los espasmos de su clímax, con las manos aún inquietas que iban perdiendo su fuerza, besándolo, besando su mejilla, su oreja, su cuello

—. Te amo —volvió a decir, y Aidan tuvo la sensación de que Linda quería comérselo, meterlo de muchas maneras dentro de ella, no separarse jamás. Y era mutuo, pensó.

Él también quería estar dentro de ella, ser uno solo para siempre. Se movió hasta caer a su lado sin fuerza, sin aire, pero saciado. Linda no quiso separarse de él, así que lo buscó con su cuerpo, tomándolo de nuevo en su mano, pero dejándola allí como señal de que le pertenecía, y que lo tomaba sólo porque podía, y Aidan sólo pudo sonreír.

Habían hablado mucho este par de días que llevaban aquí en casa de Robert. Él le había contado con detalle lo que había pasado con Roxanne, y ella le había descrito lo que vio y sintió cuando los encontró en la cama. En el teléfono de Roxanne habían encontrado fotografías comprometedoras de los dos, sólo que en todas Aidan estaba dormido.

Según la hora a la que habían sido tomadas, él ya estaba drogado; se podía concluir que ella había planeado subir esas fotos a internet y hacer un escándalo, dañando la relación de la pareja, pues, aunque Linda supiera que todo era una mentira y que no tenía nada que perdonar, en el pensamiento colectivo estaría la idea de que Aidan le había sido infiel a su novia, y verían de una manera distinta a cada uno.

—No me importa lo que la gente piense

—había dicho Aidan al enterarse—. Pero mi relación contigo es sagrada. Nunca haré nada que la perjudique, y tampoco permitiré que otro lo intente.

—Sin embargo —le dijo Linda entonces—, tú y yo somos personas públicas. Los chismes irán y vendrán siempre.

—Pero mientras pueda —insistió él—, lucharé para que siga intacta—. Linda había sonreído al escuchar eso, y él la había besado por comprenderlo. Pasó su mano con suavidad por la espalda femenina advirtiendo, con cierto pesar, que la luz del sol se metía por entre las cortinas. Hubiese preferido quedarse aquí con ella todo el día, o pasear por allí, aunque esto último era imposible.

Sin embargo, hoy había mucho que hacer. Tenía una reunión muy importante con Joe, y debía hablar de alguna manera con Elise.

También tenía temas pendientes con sus hermanos, y no quería alejarse de Linda para nada. Sin embargo, el tiempo se agotaba; ella debía volver a su trabajo, y él a Inglaterra a seguir con el plan que había ideado y que ya estaba en marcha.

—Veinticuatro horas —dijo con voz perezosa—, no son suficientes—. Ella se movió con pereza a su lado, sin soltarlo, y Aidan levantó la cabeza para mirarla. Ella estaba dormida, pero seguía sosteniéndolo con fuerza—. Necesito salir de la cama, Linda —dijo, pero ella no lo estaba oyendo, y Aidan suspiró. ¿Así, cómo iba a levantarse? Un par de horas después, Aidan bajó al salón de la casa de Robert y Alice vestido para salir.

Tenían mucho que hacer, y ya se habían retrasado un poco por su culpa. O más bien, culpa de Linda. Esa mujer no tenía control, pensó con una sonrisa llena de satisfacción. Se detuvo al escuchar la voz de Robert.

Su hermano estaba cantando. Cantaba horrible, pensó con ganas de reír. Pero cuando identificó la nana que Ellynor siempre cantaba, la que lo hacía tranquilizarse cuando las pesadillas lo acosaban, el corazón se le apretó un poco, y en silencio, se asomó, invadiendo un poco la privacidad de la pareja.

Alice estaba sentada en el regazo de Robert, y él tenía su mano en el vientre crecido de ella, acariciándolo con tal exceso de ternura, que salía a borbotones e inundaba la sala.

Alice sonreía mirándolo fijamente, mordiéndose los labios como si sólo estuviera esperando a que su marido terminara de cantar para comerle la boca a besos y mordiscos. Aidan se recostó a la pared respirando profundo.

Estaba cayendo en cuenta de que, desde hacía varias semanas, sus pesadillas no habían vuelto. Tal vez estaba libre de ellas, pensó. Tal vez se habían ido para siempre.

Pero alguien interrumpió ese momento de paz.

La mujer del servicio entró a la sala donde estaban Robert y Alice, disculpándose y pidiendo permiso, para anunciarle que tenían un visitante.

— ¿Tan temprano? —preguntó Robert un poco ceñudo—. ¿Quién?

—Yo, GrandChester—dijo la voz de Raymond, y entonces Aidan entró en la sala. Raymond lo miró a él, y luego otra vez a Robert—. Tengo entendido que mi hija está aquí. Quiero hablar con ella. Robert miró a Aidan, y éste elevó sus cejas.

—Si ella quiere hablar, bajará —dijo.

—Y si no —añadió Robert—, usted se irá por donde vino.

—Mientras tanto, puede sentarse —dijo una amable Alice, que no comprendía la hostilidad hacia el hombre, y Raymond la miró al fin. Al ver su estado, su gesto se suavizó.

—Gracias, señora.

—Me han avisado en la agencia que tienes tres días más de permiso —le comunicó Erin a Linda por teléfono, que se vestía frente al espejo con el teléfono en altavoz—. Pero ni un día más, Linda. Y eso, menos el tiempo de vuelo hasta aquí, se reduce a dos días.

—Entiendo.

—Están dispuestos a concederte tu espacio, porque se trata de Aidan, ya sabes, pero tienen dinero invertido en ti.

—Sí, un poco—. Erin se echó a reír. Un poco, decía ella. Eran varios cientos de miles, y si Linda ahora quisiera rescindir el contrato, tendría que pagarlos.

— ¿Linda? —llamó la voz de Aidan, y ella giró a mirarlo un poco extrañada. Él se había despedido hacía ya varios minutos—. Tu padre está aquí —le anunció, y Linda entonces cortó la llamada y lo miró un poco sorprendida. Bajó las escaleras escoltada por Aidan, y sentía que las manos le temblaban. ¿Qué querría su padre? ¿A qué habría venido? Podía ser cualquier cosa, desde un regaño por haberse atrevido a insultar a Debra, hasta lo que él llamaría castigo por acusar a Roxanne ante la policía.

Llegó a la sala tratando de aparentar calma y serenidad, pero lo cierto era que su corazón estaba bastante agitado.

En una esquina estaba Robert, con sus brazos cruzados y mirando a Raymond con cara de pocos amigos, y Alice estaba sentada cerca de él. Al verla, Raymond se puso en pie.

Se miraron el uno al otro en silencio por varios segundos, y al fin, Raymond dejó salir el aire.

—Hija —dijo, y Linda sintió que su pecho dolía un poco.

—Papá. —

¿Puedo hablar a solas contigo? —añadió Raymond, mirando de reojo a todos los presentes, y Linda frunció su ceño.

—Son mis amigos. Puedes decirme cualquier cosa delante de ellos.

—Son… asuntos familiares.

—En ese caso, ellos son mi familia; puedes decirme cualquier cosa delante de ellos—. Raymond cerró sus ojos y sonrió. Su hija se había endurecido.

—El despacho privado de mi esposo servirá para que conversen —intervino Alice, y Linda, a pesar de lo que había dicho, asintió moviendo su cabeza.

— ¿Quieres hablar a solas con él? —le preguntó Aidan en un susurro y Linda sonrió tocando su brazo.

—Es mi padre; no me hará nada.

—Las palabras también duelen. —

Nada de lo que diga podrá dolerme ya… y sé defenderme bien, no te preocupes —ella se empinó un poco para besarlo, y siguió a Alice hacia el despacho de Robert.

— ¿Qué relación tienes con los GrandChester? —Fue la primera pregunta de Raymond al estar a solas, y Linda respiró profundo, presintiendo el tono que tendría esta conversación. Sintió tristeza. Había tenido una pequeña, diminuta esperanza de que su padre estuviera aquí por algo bueno. Lo miró de arriba abajo cuan alto era. Ella había heredado su estatura, porque su madre había sido más bien baja. Y recordó, muy inoportunamente, aquel tiempo en que ella se sentaba en sus rodillas mientras él la mimaba, o entraba junto a su madre a su habitación para darle el beso de las buenas noches. Raymond había sido su héroe. Pero ahora… Las cosas habían cambiado demasiado.

—Estamos hospedados unos días aquí —contestó ella a su anterior pregunta—. Aidan es su hermano.

— ¿Qué? No. Su apellido es… Swafford, ¿no?

—Pero antes fue un GrandChester. Historia larga.

— ¿Cómo es posible?

— ¿Sigues empeñado en pensar que Terry y Robert son malas personas? ¿Nada aptos para ser el marido de nadie? Candy es muy feliz con Terry, y White Industries recuperó la solidez que tenía antes, y aún más.

—Linda…

—Quedó demostrado también que no engañaron, y mucho menos estafaron, al tío William, tu amigo. Por el contrario, fueron su mano derecha, su ayuda, cuando tú lo abandonaste—. Raymond la miró fijamente y en silencio por varios segundos, pero luego, como si no pudiera soportar sus palabras, esquivó su mirada y tragó saliva.

—Es cierto. También en eso me equivoqué —Linda ladeó un poco su cabeza mirándolo extrañada. ¿Él había admitido un error? ¿Estaba apenado?

— ¿A qué viniste, papá? —preguntó Linda cruzándose de brazos, reacia a creer que algo así ocurriera. No creía mucho en los milagros, no en los ocurridos en su padre. Mucho tiempo había esperado uno, y este nunca vino.

—Irrumpiendo en la casa de personas que antes odiaste tan temprano en la mañana —siguió—. ¿Se te extravió algo por aquí?

—Raymond respiró profundo. Su hija estaba decidida a ponerle las cosas difíciles, y él no se lo podía reprochar.

—Tenemos muchas cosas que hablar.

—Empieza.

—La policía vino a interrogar a Roxanne…

—No retiraré los cargos contra ella —lo interrumpió Linda.

—No lo digo por eso —la atajó Raymond, e incluso levantó una mano como si así pudiera detener sus palabras—. Ella… está detenida.

—Vaya, ¿dejaste que se la llevaran? Eso es asombroso. Antes siempre la defendiste—. Raymond meneó su cabeza negando. —Ofrecieron una fianza, pero no, no la pagué, y he congelado las cuentas de ella y de Debra, así que pasará una temporada en la cárcel. Ella debe aprender—. Ante esas palabras, Linda lo miró asombrada, en silencio, y aprovechando eso, Raymond siguió:

—Me divorciaré de Debra —dijo, y Linda ahora abrió su boca por la sorpresa—. Ya contacté a mis abogados, estaremos divorciados en poco tiempo — ¿Estás diciendo la verdad?

— ¿Te he mentido alguna vez? —Linda lo miró fijamente por varios segundos dándose cuenta de que aquello era cierto. Él había sido un padre más bien ausente, pero nunca le había dicho mentiras. Bajó su mirada sin decir nada.

—En cuanto a Roxanne, impugnaré la paternidad; ya no llevará más el apellido Cameron… de igual modo, nunca lo usó, sólo para cobrar sus cheques.

— ¿Harás eso? —Raymond asintió moviendo su cabeza, sin dejar de mirar a su hija, que parecía querer pruebas de cada cosa que le decía.

—Lo que te hicieron fue terrible —susurró—, y reconozco que fui un ciego, que me dejé… nublar la mente. Dios, estoy tan avergonzado… Tenías razón en todo. Pero… Linda, nunca me dijiste nada.

—Nunca me creíste nada.

—Nunca viniste a mí de la manera que viniste ese día y dijiste la verdad. Esperaste a que me diera cuenta por mí mismo, ¡pero no hablaste!

— ¿Qué me quieres decir, que fue mi culpa entonces?

—Cuando alguien es acosado, debe hablar. ¿Cuántas veces escuchaste eso, Linda? Y nunca lo hiciste. Yo no lo sabía; delante de mí, ustedes simplemente no se llevaban muy bien, y tengo que reconocer que pensé que en parte era debido a tus inseguridades, pero nunca te me acercaste para decirme cuánto estabas sufriendo, que Roxanne te hacía daño. Y me has acusado de poner a la hija de otro por encima de ti, pero es que tú misma nunca reclamaste tu lugar. Acepto mis errores —insistió Raymond dándose cuenta de que los ojos de Linda se habían humedecido—. Los acepto, y te pido perdón. Pero reconoce… que pudiste hacer esto que hiciste ahora mucho antes. No tan tarde, cuando ya incluso quieres… que te herede en vida—. Linda se cruzó de brazos y miró a otro lado—. ¿Lo dijiste en serio? —preguntó con voz suave, y Linda dejó rodar una lágrima—. Sabes lo que eso significa, ¿verdad?

—Linda permaneció en silencio y Raymond se acercó un paso más a ella.

—Lo siento —dijo Linda al fin. —No, mi niña. No tienes que pedirme perdón—. Linda cerró sus ojos, y Raymond toco con delicadeza un mechón de su cabello rubio rojizo, admirando cuán hermosa se había vuelto su hija, tan parecida a su madre…

—Si quieres tu dinero…

—Lo dije por… porque estaba furiosa contra ti. —Qué alivio —sonrió Raymond—. Porque si te heredo, tendré que darte todo lo que tengo, y… no quiero quedarme desempleado—. Linda elevó su mirada a él, y Raymond tomó aire y siguió—. Todo lo que tengo es tuyo, hija. Todo lo que he trabajado… es para ti.

—Pero si no hubieses descubierto lo que hacían esas dos…

—Como esposa, Debra tenía derecho, y como hija adoptiva, también Roxanne… pero mi sangre eres tú. No me he matado trabajando toda mi vida para que se beneficien los hijos de otro, sino tú.

— ¿Estás hablando en serio?

—Te lo juro por tu madre, Linda, que fue el único amor de mi vida.

—Pero te casaste con esa…

—Y me arrepiento… Por favor, dime que no es demasiado tarde, dime que… todavía podemos ser padre e hija. Te amo, mi niña—. Linda no lo pudo soportar, así que se echó a sus brazos en cuanto él dijo esa frase. Raymond la estrechó entre sus brazos y le besó los cabellos.

— ¡Has sido un idiota! —exclamó ella ahogando su voz en el pecho de él.

—Lo sé, lo siento.

—Por tantos años… Dañaste la imagen de héroe que tenía de ti—. Raymond cerró sus ojos con fuerza.

—Lo sé —volvió a decir.

—Mi madre estaría tan molesta contigo. Tan furiosa —ahora él sonrió. Sí que podía imaginar esa escena. Lo tenía bastante claro con Helen.

—Déjame disculparme. Déjame mimarte y conseguir tu perdón—. Linda se alejó un poco y lo miró, con sus ojos llenos de lágrimas y la nariz de mocos—. Déjame volver a ser tu héroe… o al menos, tu padre. Estuve investigando a tu novio, y me enteré de que ha tenido algunos problemas. Como muestra de mi arrepentimiento, déjame ayudarte, y ayudarlo a él, en lo que sea que necesiten.

—Aidan no necesita tu dinero, o tu influencia.

—Estás segura de eso? Terry GrandChester se casó con Candy porque necesitaba influencias y roce social. Pero si además, yo me pongo de su lado, será mucho mejor.

—No lo sé…

—Podría discutirlo yo mismo con ellos.

—Pensarán que tienes una segunda intención —Raymond sonrió.

—Claro que tengo una segunda intención… Mi hija será una GrabdChester, así que necesito que esos donnadies empiecen a ser notados—. Linda hizo rodar sus ojos, pero Raymond no dejó de sonreír.

— ¿Qué significa esto? —preguntó Gerard por teléfono, furioso. George Harlan estaba echándose atrás en un importante negocio, un negocio donde había esperado recibir millones de libras esterlinas—. ¿A qué crees que estás jugando?

—Me cuido las espaldas —dijo George Harlan—. Escuché que se vienen varias demandas contra ti, escándalos terribles que te arruinarán. Sólo pongo mi dinero a salvo.

— ¿De qué estás hablando? ¿De qué escándalos y demandas hablas? ¡No hay escándalos, no hay demandas!

—Lo que tu hijo dijo…

— ¡Es simple farándula! No me digas que…

—Lo siento, Swafford. Sólo estoy siendo inteligente —Harlan cortó la llamada, y Gerard estuvo a punto de tirar el aparato contra la pared, pero se lo pensó mejor y buscó en su agenda el número de uno de sus abogados, presto para demandarlo. Pero su teléfono sonó en ese momento, y la voz de un furioso Finnegan se escuchó.

— ¡No me puedo creer lo que me has hecho, Swafford! —exclamó Finnegan—. Me has traicionado, maldito hijo de perra, ¡pero me las vas a pagar!

— ¿De qué estás hablando?

— ¿Cómo se enteró mi mujer de… lo que… ya sabes? —Gerard frunció su ceño, y recordó entonces la debilidad de Finnegan por las jovencitas… vírgenes—. Ya lo sabe ella, y mi padre, y ella se divorciará, y mi padre me quitará la presidencia. ¿Te das cuenta de lo que has hecho?

—No fui yo.

— ¿Entonces quién, maldito? ¿Quién más sino tú? Te acabaré, acabaré contigo, ¡esto no se quedará así!

—Espera, Finnegan… ¡Finnegan! —gritó, pero ya él había cortado la llamada. ¿Qué estaba sucediendo? ¿Porqué de pronto todo el mundo estaba contra él? Llamó a Charles, y en pocos minutos, éste constató la verdad. Los trapos sucios de Finnegan habían salido al sol de manera misteriosa.

—Es Aidan —dijo Gerard sintiendo que la ira hervía dentro de él—. Ese hijo de su puta madre… Es él.

—Señor…

— ¿Quién más podría ser? —Charles guardó silencio, y sólo miró a su señor sintiéndose un poco nervioso—. Voy a tener que hacer algo, y pronto. Esto no puede seguir así.

— ¿Alguna… orden, señor? —Gerard agitó su cabeza asintiendo.

—Hay que callarle la boca a ese chico. De alguna manera, Charles. Charles asintió. Esta era la orden que había temido, y que al fin había llegado.

—Sí, señor —fue lo que dijo, y salió del despacho de Gerard Swafford, futuro conde de Ross, a ejecutar su orden.

Continuará...

--Hola. Lamento los desagradables comentarios. Solo les puedo pedir que confien en mi. Al final de la historia dejaré saber y entenderan... FELIZ DOMINGO