93 en Babel
Capítulo 8
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Illumi y la criatura de Nen establecieron un pacto por la temporada en la que estarían fuera de casa; mismo que inició en cuanto el monstruo tuvo de vuelta su autonomía. Illumi tomaría el lugar durante los fines de semana, mientras que el resto de los días el ente se encargaría de atender sus asuntos. Esto con tal de que no perdiera el control absoluto de su cuerpo y consciencia.
Llegó hasta una ciudad citada en las cartas; el penúltimo lugar en el que los Iluminados habitaron. Un país al que Illumi nunca antes había ido por motivos de negocios. Según los buenos tratos establecidos con la hermandad de Asesinos, los Zoldyck predominaban en una zona específica, en la que trabajaban sin ningún percance y poseían protección política, por eso mismo no importaba que tanta gente supiera de su existencia, ni siquiera Hunters serían contratados para atraparlos o estorbar en su camino. No obstante, fuera de esa área no les correspondía trabajar, a menos que estuvieran dispuestos a pelear contra los otros miembros del concilio, cosa no muy conveniente dado que ellos no eran los únicos con buen entrenamiento desde su niñez, el precio se elevaba bastante. Así que el sitio al que Illumi viajó era uno de esos raros lugares en los que no tenía permitido trabajar. En caso de que decidiera arriesgarse y matar a alguien, podía ser que los miembros de la familia de asesinos encargados de esa zona tomaran represalias en su contra o, en caso más sencillo, ser buscado por la ley y hallado, para ser luego procesado como un criminal. Por supuesto que eso arruinaría la buena reputación de los Zoldyck, e Illumi nunca se arriesgaría de forma innecesaria. Le aclaró esto al ente, y este rió cuando escuchó la advertencia.
«No te preocupes mocoso, yo sé lo que hago».
—Eso es lo que me molesta. Tenemos que acordar esto o si no olvídalo, me regreso a casa —era un domingo por la tarde, así que tenía tiempo aún para ocupar el primer plano de su cuerpo.
«Illumi... tan joven e inocente...».
La carta era clara. Los Iluminados habían vivido ahí por siete años, explotando los recursos al máximo hasta que la ciudad ya no tuvo mucho por ofrecerles y la abandonaron. La carta señalaba que había una persona en especial, un abogado de nombre Yayin Santi. Un hombre de buen corazón, noble, de poco más de cincuenta años. Durante el tiempo en que los Iluminados habitaron la ciudad, estuvo al tanto de sus necesidades, concediéndoles cuanto demandaran, pese a que esto le incomodaba excesivamente. El sujeto en cuestión actualmente era una figura pública, gracias a los contactos con los Iluminados fue postulado a una candidatura dentro de la ciudad como alcalde; él esperaba de todo corazón restaurar todo el daño que durante siete años provocó en la sociedad, o al menos así insinuaba la nota.
Así que Yayin Santi era el objetivo del ente. Era sencillo, iría con él y le sacaría tantas pruebas e información como pudiera, luego se marcharía y se aseguraría que el hombre no se atreviera a traicionarle.
—Creo que para ti ésta es una pregunta absurda pero ¿cómo piensas obtener la información de un tipo que pone en riesgo su vida si te dice todo lo que sabe? Él tiene mucho que perder si los Iluminados se enteran que te entregó información así de simple.
No quería ser obvio, pero era menester aclarar que de su parte no contribuiría a poner en riesgo la reputación de su familia. Así que forzaría al hombre de la Y a usar sus propias habilidades para tratar el asunto de Yayin Santi.
«Y como eres tan listo, ya notaste que el dinero no será nada para ese hombre. Es un buen tipo, viste la descripción en la carta».
Ni el dinero, el acoso o las amenazas harían que el sujeto hablara. Sin la cooperación de Illumi, no sería sencillo usar sus habilidades con las agujas, además, no era como si tuviera tiempo de realizar un ritual completo para controlar a la persona por un determinado tiempo y dejarle sin repercusiones mentales que delataran un abuso. Tal vez los Iluminados no vivían más ahí, pero sus espías estaban por todas partes, no podían darse el lujo de dejar sus huellas en el camino.
—Esa parte es la que más me inquieta. No aceptará dinero, y dudo mucho que tu convencimiento verbal sea suficiente.
«Illumi, ¿cuántas formas de manipulación conoces?»
—¿Formas de…? —pensó en todo su entrenamiento con su Nen manipulador, e intentó visualizar la respuesta.
«La ambición humana no comprende sólo de dinero o poder, hay cosas muy simples que un hombre puede desear. Por ejemplo, un hermano menor… —el muchacho rodó los ojos con molestia. Sí, por supuesto que él comprendía ese punto—. Hay una cosa que puedo asegurar que todos los seres de esta tierra desean, ser seducidos. No importa cuán asexual sea una persona, siempre existirá algo que le seduzca así sea de forma intelectual, sólo hay que aprender a tocar los botones correctos».
—Así que tu plan es ir a seducirlo y luego salirte con la tuya —lo dijo intentando sonar tranquilo, pero la verdad es que eso le parecía nefasto.
«Los hombres mayores tienen menos inhibición y prejuicios que un joven como tú. Esto será pan comido, ya lo verás».
Quiso no pensar mucho en lo que decía el hombre de la Y; temía averiguar algo desagradable. Al día siguiente tomó su lugar y se preparó para la visita al abogado.
La descripción de Yayin se quedó bastante corta cuando lo comparó con la persona que vio mientras lo espiaba. Un señor respetado, a pesar de que había trabajado para los Iluminados. Él defendió los derechos de su pueblo tanto como le fue posible; ocultando personas cuando había sido necesario e incluso arriesgó muchas veces su propio bienestar durante sus encuentros con esas personas misteriosas. Tenía valores y principios que prefería que fueran del dominio público, para que no se dijera que él no era un hombre de bien. Por eso muchos se alegraron cuando lo vieron postularse como alcalde. Por siete años trabajó como abogado de las altas élites del gobierno, y una vez comenzada su campaña, se vio forzado a dejar ese trabajo, no sin antes terminar sus pendientes, lo que provocó que pasara demasiado tiempo en su oficina, a expensas de descuidar su vida privada.
Por la tarde, después de la comida, esperó a un hombre llamado Gamaliel, un individuo que deseaba comprar unas minas en esa misma ciudad. Dichas minas eran propiedad de uno de sus clientes, quien había dejado en claro que sin importar la cantidad descomunal de dinero que le ofrecieran, se negara a venderlas. Era un terreno aparentemente sagrado para su cliente.
La puerta se abrió, su secretaria se asomó y sonriente le dijo en voz queda:
—Yayin, Yayin, te he estado llamando pero no respondes. El licenciado Gamaliel está aquí, por favor, recuerda que tienes una cita con él.
—Lo siento Connie. —Suspiró, tallándose los ojos de cansancio, luego se reclinó en su acojinado asiento y contestó:— Hazlo pasar.
El hombre entró. Justo como lo recordaba Yayin en su reunión pasada; trajeado, elegante y con un maletín que parecía anunciar una suma de dinero que superaba lo que él podría imaginar. Por supuesto, sabía la respuesta de su cliente y la respetaría. El tal Gamaliel caminó con calma hasta el asiento.
—Señor Gamaliel, que gusto tenerle aquí —apretó su mano en un saludo—. Gracias por venir, pase, tome asiento —le ofreció el lugar frente a su escritorio, y el invitado accedió, sentándose con una mueca alegre que no le trasmitió confianza.
Así lo hizo y Yayin prosiguió, no deseaba prolongar mucho la reunión; el tipo interrumpió todos sus asuntos con tal de tener una respuesta acerca de las minas cuando de antemano tenía la contestación en claro. Lo miró a los ojos como acostumbraba hacer con todos sus clientes, para brindarle compañerismo y seguridad.
—No le quitaré su tiempo, seré breve. Mi cliente no desea vender esas minas, para él son vitales, lamento haberle hecho darse una vuelta hasta acá.
—¿Minas? —Escuchó una especie de risa siniestra que no comprendió. El sujeto frente a él se hizo hacia adelante, recargando ambos codos sobre el escritorio—. Lo siento, pero el señor Gamaliel no vendrá este día, tuvo un percance. —Acto seguido la figura del hombre frente a sus ojos comenzó a deformarse.
El hombre de Nen trasformó su apariencia para hacerse pasar por el sujeto que Yayin esperaba, mientras que al verdadero, lo hizo perderse, gracias a sus trucos de hipnosis. Yayin estuvo a punto de tocar el botón de pánico, pero una aguja atravesó su camino y lo hizo retroceder aterrorizado.
—Permítame aclararle su situación. Señor Yayin, usted tiene algo que yo deseo. Puede dármelo de buena gana o puede hacer un lío de esto y de todos modos dármelo.
Mostró tres largas y afiladas agujas que clavó estratégicamente en la silla, junto al cuello y rostro del hombre. El abogado entendió que no estaba en una posición de discutir.
Yayin, gracias a su experiencia frecuentando a gente cruel y enloquecida, sabía cómo tratar con personas peligrosas. Así que se relajó usando uno de sus trucos mentales que tantas veces practicó para mantenerse bajo control mientras los Iluminados le atormentaban. Respiró hondo y cerró los ojos; luego los volvió a abrir, esta vez con la certeza de que tenía cosas importantes por las cuales vivir. Volteó a ver la foto que estaba sobre su escritorio, en ella dos niñas abrazadas sostenían un cartel en forma de corazón que decía "te amamos papá". Tragó saliva y se animó a hablar.
—¿En qué puedo ayudarle?
—Eso está mejor, relájese —se recargó en el respaldo de la silla; sacó una amenazadora aguja que puso entre sus dedos para jugar con ella—. Hace tres años, estuvieron aquí viviendo un grupo de Iluminados, ellos ocuparon muchos puestos importantes en la zona y sé que destrozaron muchas cosas valiosas. Necesito toda la información que tiene de ellos y lo más importante, saber en dónde puedo encontrarlos actualmente.
No podía mentir, si ese muchacho había llegado hasta ahí, con información delicada, no se trataba de cualquier persona. Yayin tembló y rogó porque sus problemas dejaran de aparecer.
—El asunto es que yo no tengo nada de eso aquí; este lugar es muy poco confiable para mí como para que yo conserve esos papeles en la oficina.
—Oh, lo sé, lo entiendo, ¿qué le parece si este día suspende sus reuniones y se dedica a reunir la información? Esta noche sería estupendo para que usted y yo tuviéramos una reunión privada.
—No puedo hoy, lo siento —quiso tomar el control, sus conocimientos previos en situaciones de emergencia le enseñaron que ser muy complaciente con un criminal sólo empeoraría las cosas, debía moderar la situación—. Pero mañana, sí que podré. Necesitaría hablar con los encargados de los del sistema de seguridad de aquí. Para tener privacidad…
—De acuerdo —Yayin le sonrió, podía entrever sus intenciones, y sus malas experiencias con gente opresiva—. Un día es todo lo que necesitas, mañana mismo lo veré en la noche. Espero que esté completamente listo.
Illumi se puso de pie, caminó hasta la gran ventana del edificio, abriéndola de lado a lado y dejó que el abogado le viera saltar por la apertura a una altura de unos veinte metros, llegar hasta abajo y caminar como si no hubiera ocurrido nada; a fin de darle a entender que estaba frente a una persona en extremo peligrosa. El azorado Yayin tuvo miedo por su vida.
El hombre de la Y tenía aproximadamente unas veinticuatro horas para asegurarse de que todo lo que fuera a ocurrir en esa oficina, quedara almacenado para su uso posterior y beneficio personal. Grabaría lo ocurrido ahí como si le importara mucho, y lo guardaría. Se dispuso a investigar el sistema de seguridad y controlar al personal.
Yayin llevó los documentos y cintas que tenía en su almacén privado. Por supuesto, no era un hombre tonto, notó en la actitud del joven morocho que no estaba bromeando con eso de matarlo. Verlo brincar por la ventana fue aterrador y le dejó en claro que no tenía posibilidad contra él. Escondió una parte de las pruebas contra los Iluminados, no porque le pudieran servir, era imposible pelear contra quienes tenían el poder de todo; guardó esas pruebas por respeto a la privacidad de sus clientes. Pese a todo lo que pudieran opinar de él respecto a su sospechosa colaboración con esos hombres, él tenía principios que proteger y sobre todo una familia por la cual pelear. No arriesgaría a sus hijas. Yayin era un hombre fuerte, había enviudado hacía cuatro años. Ahora hacía de papá y mamá de dos hermosas gemelas que lo adoraban, por las cuales seguía adelante. Desde que enviudó no se había aventurado a involucrarse en alguna otra relación por temor a que sus hijas lo tomaran a mal, aún eran muy pequeñas como para aceptar tener una segunda madre. Como abogado, aprendió a controlar sus impulsos emocionales y ahora mantenía una relación fría hacia las personas que le rodeaban, con tal de no cruzar la línea de las relaciones amorosas. Esa descripción le había costado el título de "el romántico". En todas las planas se había contado su historia como si fuera un hombre leal a su difunta esposa y las mujeres de la ciudad le veían con buenos ojos. Esta historia le valió un puntaje bastante alto en las encuestas y eso lo agradecía.
Caminó por su oficina, revisando todo por última vez. Tenía temor de que fuera su última noche. Siempre tenía ese temor de por medio porque trataba con gente muy peligrosa todos los días. Encendió la vela que estaba frente a la foto de su ex-mujer, recordó nostálgicamente como ella le hacía reír durante sus peores momentos, luego tomó los papeles y se encaminó hacía la foto de sus hijas; se prometió que sin importar el final, él libraría a sus dos princesas de todo peligro.
—Lindas niñas —una voz en su oído le hizo sobresaltarse. Tuvo mucho miedo. No había sido capaz de captar la presencia del muchacho entrando a su oficina.
Se dio la vuelta, tratando de tomar distancia del peligroso asesino que le sonreía burlescamente.
—No, no le escuché entrar… —se sintió estúpido al decir eso. Como si no tuviera algo más qué decir.
—Tranquilo señor Yayin. Tome asiento.
El rostro de Illumi mostraba una confianza absoluta. Vio cómo el hombre casi tropezaba en su camino a una silla. Avanzó con paso lento hasta un estante en el que había muchas botellas de vino.
—¿Bebe señor Yayin? —interrogó al sujeto, ojeando los objetos dentro del estante.
—No, no. Esas botellas son regalos de mis clientes, los pongo ahí a la vista para que no se ofendan si no las bebo. Usted puede servirse si gusta. Yo dejé de tomar hace algunos años.
—¿Por qué? —tomó un par de copas. Ignorando el discurso del hombre.
—Soy un padre de familia —confesó abochornado, no podía ocultarle ese detalle cuando había visto la foto de sus gemelas—, debo dar un buen ejemplo a mis hijas.
Illumi se dio la vuelta y soltó una risa suave.
—Tranquilo Yayin, no pienso hacerte daño. En realidad, mi plan nunca fue matarte. No me convendría tenerte muerto —le llevó la copa de vino—. Toma, bebe conmigo un poco.
Yayin sintió como si le hubieran quitado un gran peso sobre sus hombros. El alivio era apenas comparable con sus nervios por soltar la información sobre sus antiguos acosadores, toda una bomba lista para explotar.
—¿Qu-qué? —dudó de lo que había escuchado y quiso asegurarse.
—Tuve que hacer las cosas de este modo para tener privacidad real. Usted y yo compartimos un enemigo, no iba a llegar diciéndole mi postura así de simple y arriesgarme. Lamento haberle asustado.
Al fin soltó la carcajada. Yayin estaba feliz, una noche más que viviría para contar las ocasiones que había estado tan cerca de la muerte.
—¡Pues vaya que lo hiciste bien! —exclamó tomando la copa entre sus manos—. Lo has logrado, tienes toda mi atención, información y privacidad, ¿qué más requieres?
—Que se relaje, Yayin —entre más alerta estuviera, más difícil sería sacarle la información—. Vamos, tiene muchos años sin beber, aquí no están sus hijas y yo no le diré a nadie que rompió su pequeña regla.
Viéndolo bien, Illumi lucía diferente al día anterior. No venía con un lujoso traje que le diera ese aire ominoso, que tanto detestaba ver. Ahora portaba un extravagante traje negro y verde oscuro que resaltaba el contorno de su cuerpo de una manera poco común. Era como ver a un ser andrógino, sensual; su abdomen, sus brazos y su cuello sutilmente expuestos atraían la mirada. Por un momento se sintió confundido si lo que veía era un hombre o una mujer, pero se convenció por los etéreos detalles de su cuerpo que delataban que era un hombre lo que tenía ante sus ojos.
—Lo siento, ha sido muy sorpresivo todo esto.
—Lo entiendo, ¿qué tal si primero nos conocemos un poco? —no quería sonar apresurado pero no tenía tanto tiempo que perder—. La mujer de su foto, ¿es su esposa?
—Oh, sí…, bueno, no, hace unos años murió, linda, ¿verdad?
—Ciertamente —dio un trago y Yayin lo imitó bebiendo todavía más que su invitado—, aunque debo decir, que la belleza de sus hijas debió salir de usted.
—¡¿Qué?!, no, no…, mi esposa era muy bella, mis hijas tienen tanto que agradecerle.
—No lo creo —contestó sonriente—; pese a su edad, no parece un hombre típico. Apuesto a que ha tenido muchas propuestas desde que su mujer falleció.
El abogado soltó una sonora carcajada, jamás imaginó que se encontraría con tales comentarios por parte de un extraño joven, en la soledad de su oficina.
—Me has atrapado, sí —ahora fue el mismo Yayin quien se sirvió más licor. Se convenció a sí mismo de que era un simple muchacho enviado por alguien más a sacar información. Una persona con esa descripción no podía ser peligrosa—, he tenido bastantes propuestas, pero sabes… mis hijas…, soy un ser humano, tengo necesidades como cualquier otro y cuatro años de abstinencia me hacen querer dejar la idea de lado.
—¡Eso es bastante tiempo!, me refiero, para un hombre como usted.
De pronto le sonó que esas palabras tenían un significado diferente. Como una especie de ligera coquetería que despertó todos sus instintos. El muchacho dejó de parecer maligno, se le antojó un poco más cuando lo miró de cerca. Un extraño que iba hasta él con lisonjas agradables, alcohol de por medio, poca inhibición y nada que esconder; un ambiente excelente para hacer algún pecado sobre los sillones.
Miró con intensidad a Illumi, y este se acercó a él, se sentó sobre el escritorio, a un lado suyo y le ofreció más alcohol. Se percató de que Illumi ya iba en su cuarta copa y se veía más abierto a hablar.
—Gracias —aceptó beber más como si no hubiera mañana.
—A decir verdad, yo también tengo un buen tiempo sin involucrarme con nadie. Mi trabajo me lo ha impedido —dio un gran trago a su bebida, estaba orgulloso de poseer el cuerpo de un asesino entrenado. El alcohol no le hacía ni la más mínima mella en su cuerpo—; claro que tengo necesidades…
La voz, la forma en que movía su cuerpo se volvieron cada vez más atrayentes; como un hechizo que se conjuraba entre cada movimiento de sus manos, sus piernas. No podía quitar los ojos de encima y relamerse los labios con nerviosismo. Santi deseaba a ese muchacho, expresar lo que por tanto tiempo se había resistido como un voto de paz con su difunta mujer.
—¿Un joven tan elegante y sin sexo?, suena a una mala combinación.
Illumi sonrió complacido, el hombre le había halagado y esa era buena señal. Deslizó uno de sus pies hasta chocar "accidentalmente" con la pierna del hombre, en un suave roce que hizo estremecer al hombre. Sus hormonas estaban comenzando a enloquecer. De su frente deslizaron un par de gotas de sudor, el calor de la excitación se volvió sofocante.
—Lo siento.
Se disculpó el morocho ante el engañoso tacto, y en la mente del abogado sonó indudablemente sexy, ya no tuvo más voluntad para resistir a la tentación. Illumi supo que había tenido éxito cuando sintió la mano del señor moviéndose sobre su rodilla.
—¿Y ahora, no sientes necesidad?
El brillo de su lujuria era la señal que buscaba.
—Yayin, soy un joven inexperto, tengo aún curiosidad…
Y sin más preámbulos, se dejaron llevar por los impulsos del placer.
El ente sabía que al siguiente fin de semana, recibiría los reclamos de su anfitrión, pero había valido la pena por completo. Esa noche Yayin no sólo le entregó las pruebas, también se dejó llevar, confesando que poseía más información en su almacén privado; dando indicaciones y más detalles de su experiencia con los Iluminados. Ahora sólo quedaba conseguir esas últimas pruebas y marcharse dejando una buena marioneta detrás, para el dado caso en que volviera a necesitarle. Finalmente no quiso usar la hipnosis con él pues comprendía que sus habilidades en ocasiones dejaban inutilizables a sus víctimas, y volver una hoja en blanco a Yayin podía poner en peligro su misión. El sexo era la mejor herramienta, y la más sana de todas, por supuesto que no iba a jugar con el cuerpo de su anfitrión así de simple; tomó precauciones antes de simplemente acostarse con el hombre.
Dos días después mientras Yayin revisaba su correspondencia apareció entre sus cartas un sobre que contenía el vídeo de la cámara de seguridad de esa noche. Una nota venía adjunta, en ella le advertía que había más copias de esa grabación y que serían usadas en su contra. Se derrumbó en su asiento, atormentado por sus temores. Su carrera se arruinaría en un instante, sus hijas saldrían lastimadas. Se asustó de no haber preguntado la edad del muchacho, ni siquiera se preocupó por averiguar su nombre. En su momento no creyó posible que el mismo Illumi fuera quien hizo el trabajo, la seguridad de las oficinas dependía de una empresa que tenía un estricto sistema para trabajar, no era algo tan fácil de vencer. Inmediatamente convocó a una junta secreta con la empresa de seguridad, quienes no se hicieron de rogar. Estaba furioso, no permitiría que esto se esparciera y manchara su buen nombre. Podía reconocer su bisexualidad abiertamente, pero no toleraría que lastimaran a su familia en el proceso.
No hubo mucho de qué hablar. La grabación resultó hecha con sus cámaras, sin lugar a dudas, pero no había forma de que ese vídeo hubiera llegado hasta sus manos. Cada grabación se mantenía en las cámaras por cuarenta y ocho horas continuas, almacenaba un día a la vez y era imposible acceder a esa grabación desde cualquier lugar, sólo en determinada área era donde se hallaban las grabaciones. Los guardias nada más vigilaban que las cosas estuvieran en orden. La grabación pasaba directamente a sus servidores que eran vigilados a su vez por otros sistemas. La única forma posible de obtenerlo era que alguien hubiese violado su sistema, encendido las cámaras a distancia, grabado y luego borrado todo registro de sus servidores; aunque en la documentación estaba bastante claro que las cámaras habían sido apagadas ese día. Era una falla tremenda, o un hacker muy especializado.
Yayin no se convenció de la negativa. Sin embargo no tenía poder legal para proceder en su contra, el hecho de que él solicitara apagar las cámaras estaba registrado y firmado por él mismo. Estuvo angustiado por el resto del día hasta que, al anochecer, recibió una llamada de un número desconocido mientras estaba en casa con sus hijas.
—¡Eres tú! —la voz de Illumi era inconfundible—, ¡dime por favor que no eres menor de edad!
—Yayin, claro que soy mayor de edad —se mofó—. Sé lo que hago perfectamente.
—¡Oh Dios! Qué alivio.
—¿Te ha gustado el vídeo?
La felicidad se acabó. Entendió lo que eso significaba y se lamentó por su inocencia y estupidez. No podía creer por qué a pesar de tantas experiencias como abogado todavía se aferraba a la bondad humana cuando él mismo había visto tantas veces la corrupción y deshonra.
—¿Qué quieres?
—El otro día estuviste muy conversador, fue divertido. Recuerdo que dijiste que tenías más pruebas, están en tu almacén, el que tienes en casa. Me preguntaba si yo mismo debería ir hasta allá a por ellas.
Lección aprendida, esta vez el abogado Santi no confiaría en ese sujeto.
—No, te veré en la mañana en la fuente fuera de las oficinas. A las nueve sería perfecto.
—Allá te veré.
Yayin podía arriesgar todo menos a su familia. No le importaba entregar a esos bastardos Iluminados si con ello se aseguraba un poco de paz. Dejó que sus principios de privacidad no le dominaran y juntó el resto de las pruebas para ese traidor. Se aseguró de que no quedara nada que ocultar. Esta vez jugaría su juego. Illumi le dejó en claro que ahora trabajaría para él, así controlaría una zona en la que un Zoldyck no tenía suficiente poder. No había forma alguna de librarse de ese vídeo. Su plan estaba perfecto ahora. Ya sólo revisaría sus pruebas.
999
Se cumplió un mes desde que Illumi se marchó de casa, y Killua había pasado de uno a otro ejercicio para que su padre lo evaluara. Tenía esa sensación de que su padre era demasiado exigente y nunca quedaba satisfecho con su trabajo. Quizá porque de cierta forma se lo insinuaba, eso le molestaba mucho. La parte positiva de entrenar de esa manera, era que podía estar a solas mucho tiempo. Silva siempre estaba ocupado así que podía pasar horas practicando por su cuenta hasta que le llamaba para que pudiera evaluarlo.
Tocaba el turno de aprender a atacar a los puntos vitales con sus manos desnudas. Eso le emocionaba bastante, sin embargo, todavía sentía que faltaba algo en su vida. Illumi no sólo no le devolvió la llamada, el bastardo apagó su teléfono, cosa que le desconcertó. No esperaba que tuviera esa reacción a una simple llamada, tampoco tenía modo para saber si su hermano estaba bien o cuándo volvería. Así que se armó de valor para averiguar con la única persona que podía darle información precisa de su hermano, es decir, su padre. De una vez por todas dejaría la máscara de desinterés para librarse de la pregunta que no podía responder.
—¿El trabajo de Illumi es muy difícil? —le preguntó al finalizar una evaluación.
—¿Trabajo? —le contestó como si hubiera dicho una palabra demasiado extraña—. Illumi no está trabajando, está de vacaciones, seguramente no ha de querer tener ninguna molestia.
Molestia. Eso era lo que Killua era para Illumi. Así fue como lo interpretó. Todo su mundo se derrumbó, tanto tiempo esperándolo, creyendo que estaba en algún apuro; que su hermano se había arriesgado al sacarlo de casa para darle un tratamiento y todo para descubrir que su padre no le castigó, al contrario, le dio un premio, eso explicaba que su actitud cambiara de manera sorpresiva.
«Soy una simple molestia», se dijo con dolor.
Horas después de la noticia, ya no pudo concentrarse más en sus deberes. Se veía a sí mismo como un idiota. Uno de un tamaño descomunal, ¿qué lo hacía creer que él era especial para Illumi?, el desgraciado ni siquiera se había molestado en despedirse de él antes de ir de vacaciones. Recordaba la cortísima llamada que le hizo. Y entendió que su hermano había sido quien colgó el teléfono al escuchar su voz. Se prometió que nunca más volvería a confiar en él, pero amargamente sabía que no podría cumplir con ello. De cierto modo, siempre terminaba cayendo en sus juegos, se ilusionaba y luego, simplemente descubría que no había más motivo para confiar en él y se llevaba otra decepción.
—¿Extraña al amo Alluka? —una pregunta le interrumpió. Seguramente su rostro lleno de tristeza delató sus pensamientos.
Un mayordomo enviado con ese mismo propósito, fue el que la hizo deliberadamente. Ya se cumplía un mes desde que Killua había vuelto de casa de Illumi y su padre tenía curiosidad sobre el éxito en el experimento de su hijo mayor.
—¿Alluka?, ella está bien, está en casa. ¿Por qué tendría que extrañarla? —preguntó con naturalidad.
—Lo siento, joven amo. Ha estado actuando un poco distraído en este día. Le habré interpretado mal.
Ni siquiera sospechaba dónde estaba ella, pero su cerebro había arreglado una respuesta al vacío creado por Illumi, en su mente. Algo que le pareciera lógico y fácil de digerir. Por otro lado se sentía muy solo en casa; extrañaba mucho a Illumi, sin importar los problemas o la diferencia de edades, quería congeniar con él y ya no sentirse tan apartado del mundo. Y no era que tuviera una mala relación con Kalluto, pero el más chico siempre estaba con su madre. A diferencia de sus hermanos mayores, Killua nunca se lamentó por Kalluto. Le parecía que su hermano menor estaba satisfecho con su situación, no le escuchaba quejarse ni le veía deprimido como para que tomara en cuenta lo que estaba pasando. Además, evidentemente Kalluto estaba ya bastante habituado a su madre, cosa que le daba escalofríos.
—Buenas noches, hermano Killua —el más chico acababa de llegar de una misión con su abuelo.
Tenía entendido que su hermano menor comenzaría a entrenar con él. Su padre había tomado la repentina decisión de separarlo un poco de su madre. Por supuesto que la mujer armó un escándalo cuando lo supo, y al final tuvo que someterse a la voluntad de su marido.
—Hey Kalluto, ¿cómo te fue con el abuelo?
El menor le dirigió una mirada examinadora, como si algo estuviera mal en él.
—¿Estás bien? —le preguntó el pequeño Zoldyck.
—¿Eh?, ¿por qué lo preguntas?
—Tu postura. Normalmente mantienes la guardia alta.
Killua se dio cuenta de que estaba en lo cierto. Sus brazos estaban debajo de la altura recomendada y su cabeza gacha daba un buen ángulo para ser golpeado. De inmediato la corrigió y se ruborizó por su respuesta.
—¡Todos se dan cuenta!, ya lo sé, estoy bien… —se sentó sobre el suelo sin darle importancia al lugar, estaba cansado.
—Papá ordenó que me quedara aquí entrenando contigo, creo que nos mandará a hacer un trabajo juntos.
—Sí, también me lo dijo —hubo un breve silencio entre ambos. Entonces, como ya era de esperar Killua tomó la iniciativa, aprovechó para sacar a flote el tema que tanto dolor de cabeza le provocaba—. Kalluto tú… ¿qué piensas de Illumi?
La pregunta le tomó por sorpresa. Kalluto sabía mejor que nadie la situación, tanto del lado de su mamá y como de su hermano mayor. Tomaba una distancia prudente de todo porque entendía que la situación era peligrosa y que no era conveniente verse entrometido en eso. Tal vez Killua no se compadecía de él, pero él sí se compadecía de Killua. Sabía que lo que sea que molestara al heredero de los Zoldyck con respecto a su maligno hermano mayor, era a causa de una tercera persona; una figura que no sentía ataduras emocionales y no se dejaba llevar por las mismas motivaciones que Illumi.
—Pues… tú sabes que yo no tengo ninguna relación con Illumi —Killua resopló, temiendo haber hecho una pregunta inapropiada—. Mamá siempre dice que él trabaja para papá, es fiel y obediente a sus órdenes, y lo que yo veo es que él siempre está contigo. Personalmente yo creo que Illumi trabaja…
—¡No lo digas!, no me digas que crees que "trabaja para mi" —cortó con sarcasmo.
—Que trabaja para sí mismo —le dirigió una mirada de ironía y el albino se sorprendió—; creo que todo lo que él hace, lo hace para su propio beneficio. Si se beneficia de ayudar a papá, lo hará, si se beneficia ayudándote, lo hará. Pero no me hagas mucho caso, yo apenas lo conozco.
El albino sintió escalofríos. Parecía que su hermano más pequeño tenía demasiada razón y eso que, como había sido dicho, no compartía tanto tiempo con él. Tenía coherencia y si lo pensaba mejor, eso explicaba el asunto de la llamada. Bajó la mirada con tristeza. Kalluto silenciosamente se lamentó por herir los sentimientos de su hermano mayor. Killua volvió a prometerse que no se dejaría llevar por el morocho y sus demandas, no volvería a caer en sus juegos. De nuevo, sabía que era muy pronto para hacer promesas.
999
Illumi se despertó el fin de semana, sentía como si le hubieran apaleado rudamente. De esas raras ocasiones en las que sus enemigos eran verdaderamente difíciles como para enfrentarlos sin un buen plan. Al principio se revolvió entre las sábanas de su cama hasta que el recuerdo de Yayin llegó a su mente y se sentó de golpe.
—No puede ser… —se dijo a sí mismo—. No.
«Tan temprano y molestando», se burló el ente al notar que su anfitrión comenzaba a tener recuerdos incómodos.
—Ya, este fue mi límite. Olvídalo, no volveré a dejar que tomes el lugar. Maldito imbécil, todo lo ves fácil.
«Tranquilo niño; es sólo un poco de sexo, no es la gran cosa».
—¡Maldita sea, siento asco!, ese hombre es de la edad de mi padre —se impulsó fuera de la cama y caminó apresuradamente hacia el baño. Tenía gran urgencia por tomar un baño.
La risa del hombre de la Y no calmaba su ira.
«Pero no es tu padre, sólo fue un tipo deseoso de sexo, es todo… ¿o preferirías que fuera tu padre?, eso lo podemos arreglar».
—Cuando hablabas de seducción no sé por qué creí que te referías a algo más…
El hombre volvió a reír y eso hirió sus sentimientos, pero se contuvo metiéndose bajo el chorro de agua, intentando no ver su cuerpo desnudo.
«Illumi, tranquilízate, yo sé que esto es difícil, pero es necesario».
—No, no lo es. Dices que me comprendes, que estás de mi parte. Pues te aclaro que esto no es comprenderme. Yo… yo sólo quiero estar con Killua. Yo quería…
«¿Reservarte para él? —le interrumpió conociendo lo obvio—, ¿en verdad creías que eso era posible?, Illumi, llegó el momento en que te diga una gran verdad sobre tu familia y tendrás que escucharme esta vez».
¿Qué más le quedaba?, no importaba si le decía que no, él hablaría. Era imparable, además invariablemente lo debía escuchar, gracias a que estaba en su mismo cuerpo. Pese a su dolor interno, contuvo sus arranques y dejó que el hombre continuara.
«Illumi, dentro de muy poco tiempo tu padre te hará casarte con alguien que ya está comenzando a elegir para ti. Esa es la forma en la que los asesinos trabajan, muestran su unidad y expanden su territorio. Dan en matrimonio a sus hijos con otras familias de asesinos —lejos de sentirse aliviado, el malestar aumentó dentro de su pecho, ni siquiera para elegir una pareja era libre—. La costumbre es casarte con una hija de algún asesino que tenga una posición inferior a tu padre, de esa forma hay un balance; ellos se benefician con la posición de tu familia, y tu familia obtiene más seguidores. Es sencillo. El único que tiene la libertad de elegir con quién se casará, es el heredero. La regla no se aplicará con Killua».
Al menos una buena noticia. Pensó con amargura.
«Hay una forma de hacer que no te cases; a través de tu hermanito. Si Killua te pide para él… no como novio, no te ilusiones; sólo tendría que decir que quiere que trabajes exclusivamente para él y que no sirvas desde una posición como casado, con eso sería suficiente para mantenerte lejos de un matrimonio. Debo advertirte que una vez casado no podrías divorciarte, no es tan simple, no te estás casando por un motivo cursi, te estás casando como una alianza entre tu familia y otra familia de asesinos. Separarte sería visto como traición y te cargarías muchos enemigos. Nada conveniente, créeme».
—Ya, ya entendí. Estaría atado por la eternidad.
«Sí, y estarías obligado a tener hijos. Gracioso, ¿no?».
—No —de pronto necesitó algo en qué sostenerse, recargó sus manos contra la pared, mirando al suelo.
«Por eso mismo, he ideado un plan. Uno muy bueno y conveniente para ambos —ignoró la repentina falta de interés por parte de su anfitrión—. Ya has visto que el arte de la seducción se me da bastante bien. He vivido en cuerpos de mujeres por cientos de años, es fácil para mí dominar el arte de las féminas. Ellas son unas artistas de la seducción, no hay duda de ello, y te enseñaré a ti cómo hacerlo. El asunto está en demostrarle a tu padre por qué es más conveniente que te mantenga soltero. Piénsalo bien, si estuvieras casado ¿cuánta posibilidad habría de que Killua se fijara en ti?, serías a sus ojos un hombre de familia, como lo es tu papá. Él no se atrevería a disolver eso, ni gustándole mucho. Mantenerte soltero es la mejor opción. Hay que hacerlo al menos hasta que Killua te pida para él».
—¿Cómo se supone que le demostraré eso a papá? —tenía un mal presentimiento al hacer esa pregunta, pero quería escuchar la respuesta.
«Sé cómo funciona la hermandad de los Asesinos porque he trabajado con ellos antes. Además del matrimonio, existe algo conocido como apadrinar a un no-heredero, es otra forma de mantener lazos y normalmente se da cuando un asesino no tiene hijas para entregarlas en matrimonio. En lugar de ello, hace que uno de sus hijos que no son el heredero de la familia trabaje para otra familia. Los asesinos de los cargos más importantes tienen gustos muy extravagantes. Como las mujeres no son muy bien vistas, es común que se interesen más en otras cosas —remarcó con un aire de doble sentido imposible de ignorar—. Te llevaré ahí, te involucraré con ellos, será muy sencillo. Te desearan como una rareza, te ofrecerán lo que sea con tal de estar entre tus piernas. Y eso, créeme, tu papá lo agradecerá. Sabrá que no puede dejar que te cases con cualquier persona y procurará que alguien te apadrine».
Notó que Illumi no se movía, estaba con la cabeza pegada a la pared mientras el agua caía contra su cuerpo.
«No te casarás, sólo te darás a desear por ellos, jugaremos a la cacería y les sacaremos provecho, así cuando Killua suba, tendrá protección de todos para que él se libere de trabajar para el tipo ese que se hace llamar el único. Un dos por uno».
Al menos, eso no sonaba tan patético.
—De acuerdo —dijo con la voz seca.
Quería creer que un día todo eso terminaría y él podría ser libre, envolverse en la calidez de su predilecto hermano. Quería aferrarse a no ser una simple herramienta más. Llegar a ese trato significaba que el ente todavía no iría tras los Iluminados, pese a que ya era de su conocimiento la ubicación exacta de la hermandad. Tendría que esperar, dar un rodeo y pasarse a la tierra de los Asesinos.
La Isla de los Asesinos, públicamente conocida como Tierra Sagrada, era un territorio ubicado en el oriente. Una afamada isla distinguida por su extraordinaria riqueza. Un paraíso pequeño con poca población, rodeado de una hermosa playa, con una arquitectura destacada por sus lujosos edificios que brillaban por las noches, restaurantes de ensueño, y hoteles de servicio impecable; todo parecía sacado de alguna visión extremadamente futurista. Se había vuelto tan popular que llamaba a miles de turistas a recorrer sus calles adornadas con escandalosos ornamentos de oro y plata; que presumía la buena calidad de vida de sus habitantes, la cual parecía sobrepasar los límites de lo normal. De recorrer la isla, cualquiera asumiría que allí no había signos de pobreza. Esa tierra fantástica era gobernada por asesinos y poseían la mejor seguridad del mundo. Cabe aclarar que el presidente era sólo un peón de los asesinos, un mero representante frente a las Naciones Unidas.
Tierra Sagrada no sólo se comprendía de tal afamada isla, también había una región que pertenecía a ellos y esa era totalmente diferente, una enorme zona rural llena de campos de cultivo, gente humilde que trabajaba para la producción alimenticia de los hombres y mujeres de la isla. No se veía que fueran pobres, pero al comparar su pueblo con el esplendor de la ciudad Sagrada, parecía que lo eran.
Illumi se impresionó bastante cuando pisó por primera vez la ciudad Sagrada. Había un ambiente de sospechoso peligro por todas partes. Por supuesto, eso se debía a la presencia de tantos hombres acostumbrados a la sangre.
El ente lo guió a través de la ciudad, rentaron una habitación en uno de los hoteles más costosos del lugar, en un piso alto que le permitía observar la magnífica playa que rodeaba la isla y se quedó ahí hasta el anochecer. Entonces el ente tomó su lugar y salió a dar un paseo. Por supuesto, como lugar turístico, la vida nocturna estaba activa como si fuera de día. Ruido por todas partes, fiestas, música, mujeres semidesnudas caminando por las calles. El ente necesitaba llamar la atención en un lugar donde todo era llamativo. Pagó a dos mujeres, un par de prostitutas que por su complexión, y el sitio donde las encontró, habían valido una suma considerable de dinero por tenerlas varias horas en compañía. Y con ellas a su lado las llevó al bar más lujoso que encontró. Por dos motivos logró su objetivo: las mujeres que llevaba con él, eran conocidas entre los hombres, damas de compañía de lujo; y lo segundo, porque no venía con más escolta que esas dos mujeres. En ese lugar era común ver a gente millonaria de toda clase, pero era imposible verles sin una guardia rodeándoles. Así fuera el lugar más simple de todos, se les veía con un séquito entrenado que estaban ahí para protegerlos. El simple hecho de que apareciera solo, con una clara muestra de dinero, sólo implicaba una cosa para los habitantes de la isla: era un asesino. Uno temerario, porque estaba en Tierra Sagrada, rodeado de otros asesinos que bien podían ser aliados o enemigos, y él no parecía intimidado en lo más mínimo.
—¿Qué hacen aquí para divertirse? —les preguntó a ambas chicas.
Ellas estaban también impresionadas. El elegante joven las había llevado hasta un famoso club, y les había aclarado que no tenía ni la más mínima intención de tener sexo o siquiera tocarlas, sólo las deseaba por compañía.
—Pues… —se vieron con más confusión— esto es lo que normalmente hace la gente de aquí para divertirse.
Era incómodo porque el muchacho ni les sonreía. Las veía como intentando analizar características del lugar en el que estaba, más centrado en descubrir algo que ellas no lograban comprender.
—¿Buscas drogas?, por esta zona uno puede encontrar lo que desea —se apresuró a decir una de ellas.
—No —volteó a su alrededor—, no sirven en mí.
Perdieron la paciencia, como si hubieran encontrado a un cliente demasiado exigente, algo peligroso para su posición dado que ellas estaban forzadas dejar una excelente impresión que hiciera a sus clientes volver. Una de ellas quiso aparentar arreglarse el cabello y un hombre se acercó justo después de ello. Illumi entendió que ella había hecho una señal.
«Al fin, lo que buscaba», se dijo con una sonrisa malévola.
—Buenas noches, ¿tan temprano y ya aburrido? —le saludó alegremente como si se conocieran desde hace tiempo—. Las mujeres no son muy divertidas, ¿verdad?, si uno no las tiene en la cama no hay gracia en ellas.
Ciertamente ellas estaban acostumbradas a ese trato. No hicieron gesto de desconcierto ni se quejaron.
—Me preguntaba si esto era todo lo que hacían para divertirse aquí, estaré una temporada y no me gustaría pasar mis días aburrido —contestó, comprendía el protocolo. Como si en esa ciudad estuviera prohibido estar aburrido con tantos lujos por todas partes.
—¿Qué no te divierte esto? —señaló la fiesta que había a su alrededor—, parece que eres un tipo muy valiente, has venido hasta acá sin tus escoltas —señaló más aventurado—; todos lo han notado aquí.
—¿Es realmente necesario? Yo no lo creo —el tono arrogante les pareció agradable a quienes le alcanzaron a escuchar.
—En realidad creo que tú has venido aquí al coliseo, ¿cierto?, se nota que no eres un tipo normal. Y los asesinos de este lado no parecen reconocerte de ninguna parte.
El ente sintió la adrenalina del cuerpo de Illumi corriendo por sus venas. La sensación más excitante que pudiera sentir en muchos años. No conocía lo que era el mentado coliseo, esa era una idea nueva inventada durante una época en la que él ya no vivía.
—No lo sé, dime, el tal coliseo es de verdad divertido.
—¡Oh! Deja que te lo muestre. En el camino te explicaré lo que es.
Y así fue como lo hizo. Le siguió, dejando a un lado a las mujeres. El coliseo era el lugar más importante y famoso de la isla. No famoso abiertamente, lo trataban como si fuera un lugar ilegal y secreto, con la intención de provocar curiosidad. Era una enorme réplica del coliseo romano. Había sido construido hacía unos ochenta años, se ubicaba en el centro de la isla y servía como un lugar de espectáculos de peleas. Todo aquel que quisiera ser un miembro de algún clan de asesinos elite tenía la libertad de ir ahí a pelear y demostrar sus habilidades frente a miembros del concilio de Asesinos. Según los resultados se hacían contrataciones para servir a las diferentes familias de asesinos. No se requería tener el mismo nivel de quienes les contrataban. Al final les ofrecían entrenamiento, aunque esto dependía mucho de la familia que se interesara en los peleadores.
Las reglas variaban de acuerdo a quién dirigía durante la noche. Las peleas eran evaluadas por los cinco grandes maestros Asesinos, eminencias del arte del homicidio, cuyos puestos eran dignos de respeto entre toda la hermandad. Cinco hombres probablemente de la edad de Netero. No se dedicaban a matar, eso ya era algo innecesario; en cambio enseñaban sus técnicas a la hermandad, siempre y cuando el sujeto mostrara ser un digno candidato.
Cuando el hombre de Nen vio el coliseo a la distancia, sintió nostalgia, varios recuerdos llegaron a su mente.
—¿Acaso veremos a unos cuantos cristianos luchar contra leones? —preguntó con ironía.
—¿Qué?, ¿de qué hablas? —pero el tipo no comprendió su expresión y él no quiso continuar con una explicación.
Una vez dentro observó una versión moderna del coliseo romano que él recordaba. Un enorme sitio repleto de coloridas luces y mesas repartidas alrededor; música para ambientar, meseros, y servicio de venta de comida y bebidas; a primera vista uno diría que era un enorme club como cualquier otro dentro de Tierra Sagrada, con la excepción de que el coliseo funcionaba para otros asuntos. El lugar estaba repleto de gente, y al alzar la vista se encontró con el palco que los cinco maestros estaban sentados, observando el escenario en que el se llevaba a cabo una pelea para espectáculo de todos. Se preguntó qué dirían los fundadores de la hermandad al ver estas actividades. Seguramente dirían que era lo más estúpido que habían visto.
—¿Quieres que te lleve a inscribirte?, aún estás a tiempo —comentó.
Illumi entendió que ese era el trabajo del individuo que lo había llevado hasta ahí, escoltar peleadores nuevos al coliseo, sujetos que encontrara en la ciudad, a los que pudiera encausar hasta allí y ganar algo de dinero sirviéndoles de ese modo. Miró a su alrededor aún más entretenido por el escándalo a su alrededor. Era fácil distinguir a los asesinos de la gente común. Los turistas estaban concentrados y emocionados por las peleas; gritaban y aplaudían como si no hubieran visto peleas antes, manteniendo las apuestas en su máxima expresión; mientras que los asesinos estaban tranquilos conversando, de vez en cuando volteaban al escenario y hablaban entre ellos como si hubieran visto algo interesante o muy gracioso.
Uno de los guardias de la entrada revisó a Illumi, y entonces sucedió el efecto mágico que el hombre de la Y estaba esperando. Lo más destacable que había preparado no era la descarada muestra de dinero realizada esa noche, ni que llegara solo hasta ese lugar, sino la insignia que puso en su ropa deliberadamente, la cual lo identificaba como un Iluminado, un símbolo no muy grande, pero lo suficiente para que fuera captado rápidamente por el guardia.
—No hace falta inscribirme.
—¿Seguro?, bueno, es buena idea que primero veas, así comprenderás de qué trata. Ven, te llevaré con mis amigos, ellos están por acá…
En cuanto señaló el área, el guardia volvió a acercarse a ellos.
—Señor —llamó a Illumi—, lamentamos las molestias, el maestro Caín le invita a tomar asiento en los palcos especiales. Por favor, venga conmigo.
—¡¿Maestro Caín?!, ¡¿quién eres tú?!
La pregunta llegó muy tarde, Illumi ya se había dado la vuelta y marchado junto al guardia. Las miradas comenzaron a fijarse en él. El rumor se esparció increíblemente rápido. Eso le alegró bastante. Justo lo que necesitaba.
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