Lily temblaba. Había terminado de leer la última carta que Sirius les había enviado, la cual tenía aún entre sus manos y ahora comprendía por qué James había insistido que no la leyera. Tenía razón, en parte. Era desgarradora, pero un año encerrada como un prisionero, dependiendo de Bathilda para todo, criando a su hijo en cautiverio, le había demostrado que los horrores de la vida se manifestaban en toda clase de formas y colores. Ni todo el amor del mundo pudo acabar con la desesperación, el deseo de salir y ayudar, detener esa matanza.

— Benjy no merecía eso —gimoteó, demasiado impactada como para decir algo más elaborado.

James también lo estaba. Sirius le aseguraba que esa sería su última carta porque la comunicación era imposible y no tomaría más riesgos enviando más. En ella le contó que el ministerio estaba descontrolado, no les era posible mantener a salvo a los muggles, quienes estaban siendo asesinados de las peores maneras, ni menos a los magos. Él y Marlene se habían estado moviendo, así como todos los miembros de la Orden. Ya no tenían hogar ni acceso a las cosas más básicas. Alastor Moody lideraba un escuadrón de búsqueda pues muchos aurores desaparecían a diario, siendo Benjy Fenwick —o partes de lo que fue Benjy— su último hallazgo. Fue imposible dar con el cadáver completo, fue mutilado y gracias a las partes encontradas pudieron identificarlo.

Fue devastador para todos, como una advertencia, estaban siendo seguidos, en cualquier momento caerían, Voldemort planeaba tomar las riendas del mundo.

Marlene ahora participaba de las búsquedas diarias, ella y Sirius lo decidieron así cuando tras un duro periodo pudo volver a levantarse nuevamente y desear luchar por lo que quedaba de vida. Luego de la muerte de sus padres, hace un mes atrás, había permanecido tres días en cama, deseando su propia muerte, culpándose por no estar con ellos. Lily le mando una carta diaria hasta que recibió una respuesta de su puño y letra, y eso tardó unas semanas. Sirius se encargó en ese entonces de leerle las cartas, contarle cuentos ridículos de su infancia y cuidar de ella en todo sentido como ella siempre lo hizo con él.

Cuando la joven escritora resurgió de la profundidad de su dolor, lo hizo con más fuerza. No había duda, ahora más que nunca estaba dispuesta a pelear porque eso era lo único que algún día traería justicia, aunque ese día tardara una eternidad en llegar, aunque ese día pudiera ser uno que no llegara a ver.

— No soporto más, Lily, es injusto que nos tengan aquí encerrados como animales y no podamos hacer nada por ellos ¡Es jodidamente injusto! —se exasperó James, paseando por la sala con el ceño fruncido.

— Esto es por Harry, James, no es por nosotros —le recordó su esposa—. Harry es MI mundo y si por ese mundo yo tengo que permanecer aquí o en una celda o donde sea, encerrada por décadas, lo haré.

Potter se volteó y la miró con algo de culpabilidad en sus ojos. Por supuesto que él también estaba dispuesto a todo eso y más por Harry, porque también era su hijo y su mundo, aparte de ella, pero ver cómo todos sus conocidos, compañeros y amigos morían lo llenaba de impotencia y rabia. Dumbledore le había quitado su capa de invisibilidad desde el día uno de su encierro y siempre había resentido eso, podría haber salido a hacer algo por su gente con ella.

— Lo siento —musitó.

— No lo sientas, lo entiendo —la pelirroja se levantó del sofá en donde se encontraba sentada, dejó la carta de Sirius en la mesa de centro y se acercó hacia donde él estaba—. Desde que Voldemort identificó a Harry… esta es nuestra misión.

— Lo sé —James acarició el rostro de Lily, admirando cada peca repartida por sus mejillas, cerca de sus ojos. Lo único bueno de ese encierro seguían siendo ella y su hijo, nada más. Su única certeza era que sin ellos se hubiera vuelto loco, observando como el mundo se mueve y la gente que él ama corre peligro de morir día a día, era impensable—. He logrado pensar en algo positivo de esta cárcel.

— Dímelo —le pidió Lily.

— Tener el tiempo suficiente para contar todas esas pecas —señaló y con un dedo le picó la nariz. La ojiverde sonrió levemente hasta que esa sonrisa se convirtió en una risita alegre, como cuando eran más jóvenes y recién comenzaban con esa loca relación. Lily solía reír así con cada tonto cumplido que él inventaba, un poco nerviosa por todo lo que le hacía sentir—. Las de tu espalda también, las de tu pecho, las de tus manos…

— ¿Vas a dejar de amarme algún día? —preguntó ella, sin dejar de reír.

— Claro —respondió James sin dudar, lo que provocó que Lily frunciera el ceño.

Ahora era él quien reía.

— Cuando me muera —prosiguió. La pelirroja rodó los ojos

— Creo que lo tuyo es obsesión —reparó.

— Acabas de sonar como la Lily Evans de quince años que quería estrangularme con sus propias manos y le llamaba a lo mío "enfermedad".

Con las manos en la cintura, indignada, se dio media vuelta y caminó hacia la escalera. Iría a ver cómo seguía el sueño de Harry, su pequeño gigante que se encontraba tomando la siesta a esas horas, obviando el peligro que los rodeaba.

— Suerte que no te mejoraste —dijo, meneando la cabeza mientras caminaba.

James la alcanzó a grandes zancadas y la hizo caer en sus brazos.

— Te amo, pelirroja, ahora más que nunca —declaró, siempre teatral. James hubiera sido un excelente actor, de haber sido muggle, o eso opinó Petunia cuando accedió a conocerlo desdeñosamente—. Y Harry te amará más si no lo vas a molestar aún —le sugirió, alzando las cejas.

— ¡Solo quieres que me quede contigo! —lo acusó golpeándole el pecho, luego juntó sus labios con los de él, dejándose llevar por el momento hasta que recordó la carta, a Benjy, a los gemelos Prewett, a los padres de Marlene, personas por las cuales había llorado una noche entera cuando se enteró.

Se separó del ojiavellana y permaneció abrazada a él, todos sus gestos compuestos de angustia.

— ¿Qué sucede? —preguntó él, de inmediato.

— Nada. Me haces reír y sentir de este modo cuando no deberíamos… cuando todo allí afuera está mal —murmuró.

James volvió a besarla antes de contestar.

— Esta es nuestra manera de lidiar con todo esto y mantener a nuestra familia junta —explicó con seriedad; luego su expresión se relajó notablemente. Lily esperó algún comentario desatinado intentando no reír antes de tiempo. Así era como lo conocía—. Estoy seguro de algo… Canuto y Marlene no han dejado de comportarse como dos conejos en apareamiento solo porque estamos en medio de una guerra.

— ¡Es que eres bruto! —reaccionó luego, golpeándolo en la cabeza, presintiendo que estaban metidos en una burbuja mientras el mundo afuera vivía la peor de las tragedias, una realidad de la que habían sido apartados a la fuerza.


— Mujerzuela, tanto tiempo sin verte—Bellatrix fue más rápida que Dorcas y en menos de un segundo la tenía fuertemente agarrada de un brazo mientras Marlene apenas respiraba. Estaban solas en la parte más alta de la mansión que habían allanado siguiendo pistas con Moody por meses. Era la sede más importante a la que habían entrado y les habían tendido una emboscada. No sabían qué había sucedido con los demás, todo estaba en un perfecto silencio, no se oía caos ni gritos, quizás habían logrado escapar y vendrían a salvarlas, o quizás ya estaban todos muertos.

Marlene no podía saber.

— Suéltame, Bellatrix —gruñó la rubia.

— Ah, ah, no. Siempre supe que mi primo no era muy brillante pero ¿Meterse con un auror? ¿Acaso nunca sospechó de ti? —Dorcas y Marlene compartieron una mirada significativa y la morena la desvió, mirando hacia la ventana, deseando desaparecerse pero otro mortífago la tenía aprisionada y apenas podía mover la cabeza—. ¿No me vas a responder?

Apretó los labios y, temblando, contestó:

— El bastardo estaba tan enamorado de mí —siseó—. Tan enamorado que no vio que yo lo utilicé para infiltrarme entre los suyos, ¿Ya ves, Bellatrix? ¿Ya ves cómo los engañe a todos?

— Tú no engañaste a nadie, ¿Qué conseguiste? ¡Nada! —la mortífaga le puso la varita en el cuello y le habló al oído como una serpiente. Dorcas hizo una mueca de asco.

— Conseguí desbaratar todos y cada uno de los planes de Voldemort para…

De pronto, la joven de párpados gruesos y cabello oscuro la volteó con brusquedad y le dio una bofetada que resonó en toda la habitación e hizo que Dorcas cayera al suelo. Los mortífagos que la rodeaban comenzaron a reír, Marlene tragó sonoramente, deseando ayudarla.

— Tú no te atreves a pronunciar su nombre, mujerzuela —dijo uno de los más próximos a Bellatrix y su presa—. ¿Crees que por haber engañado al estúpido de Black hiciste algo muy grande? Estoy segura de que disfrutaste meterte en su cama para nada.

— Y dinos —continuó Bellatrix—. ¿Qué sucedió con mi primito? ¿Lo mataste?

— Los aurores no son capaces de matar, querida —dijo Rodolphus Lestrange, a su lado, con una sádica sonrisa en el rostro.

— Dime qué le hiciste a mi primo, ¡Ahora! —gritó Bellatrix, ignorando a su prometido. Agarró nuevamente a Dorcas del suelo y la levantó cual muñeca de trapo. Dorcas la miró de frente, con los ojos inyectados en sangre.

— No sé qué sucedió con él. Me di a la fuga cuando me descubrió, ¿Acaso se les ha perdido? —respondió con un tono irónico y tan real que Marlene se sorprendió pensando que Dorcas jamás sintió nada por el hermano de Sirius. Pero la había visto llorar, la había visto sufrir, la había visto obsesionarse con ese jodido disco que él escuchaba. Ella lo amaba y esas cosas saliendo de su boca la hacían parecer como si no fuera ella.

— Me parece que tu primo se murió de amor —Rabastan, el hermano de Rodolphus y quien tenía a Marlene aprisionada, intervino, mirando a Bellatrix con una ceja enarcada. La joven entornó los ojos, impaciente.

— Como dije, era incluso más débil y sentimental que mi querido primo Sirius, que debe estar abajo saldando algunas cuentas con Avery —resopló—. Al menos este cree que puede contra nosotros.

El clan rio. Marlene dejó escapar un gemido ahogado, provocando que se voltearan hacia ella y, por primera vez notificaran su existencia.

— Hola, hola, Marlene McKinnon ¿Cómo están tus padres? —preguntó Bellatrix. La morena comenzó a llorar suavemente, sin poder soportarlo—. Oh no, ¡Te hice llorar!

— Juraba que Dolohov había eliminado a toda esa estirpe —repuso Rabastan.

— No, esta chica dejó a sus padres a nuestra merced, así es su amor —sonrió la mortífaga—. Bien, no creo que debamos entretenernos mucho, los demás han tardado demasiado en subir y estoy segura de que llegará en cualquier momento…

Dorcas, adelantándose a los hechos, le dio un codazo en la boca del estómago a Bellatrix y recuperó la varita que le había quitado y tenía en su otra mano. La mortífaga se retorció del dolor sin poder evitarlo y la rubia aprovechó para desarmarla.

— Oh, es tu fin, concubina de mierda —gritó Rodolphus y Rabastan, ofendido y encolerizado soltó a Marlene presumiendo que la joven no representaba nada más que un estorbo, de ningún modo un peligro. Marlene se tocó el cuello, demasiado asombrada como para seguir llorando, y gateó hacia una orilla de la habitación. Nadie la miró. La presa era Dorcas.

— Corre, Marlene, vete, no te quedes allí… —gritó Dorcas un segundo antes de ser derribada con el rayo de un maleficio imperdonable.

— Sí, corre, pequeño cerdo, corre, están rodeados —chilló Bellatrix ya más compuesta del golpe que había recibido y Marlene la vio disfrutar de lo que los hermanos Lestrange le hacían a la rubia. El placer que vio en sus ojos la hizo sentir repugnancia y ni siquiera podía empezar a mirar a su amiga en el suelo, gritando sinsentidos, convulsionando, sintiendo algo que ella jamás en su vida podría entender—. Corre, corre, Marlene —siguió canturreando la pelinegra cuando la vio levantarse y correr hacia la puerta—. Corre porque te vamos a encontrar…

Marlene salió con la esperanza de encontrar ayuda y dispuesta a derribar a quien se interpusiera en su camino. No se quedó ni intentó desafiar a ninguno de los que estaban allí dentro porque si lo hubiera hecho de ese modo ambas estarían muertas. Dorcas la incitó a correr y eso era lo que hacía. Nunca pensó que algo parecido les ocurriría cuando se separaron en el vestíbulo en parejas, intentado encontrar pistas sobre sus compañeros desaparecidos en esa mansión, ese cuartel en donde estaban casi seguros que estuvo habitado por Voldemort. Al menos por un tiempo.

Corría por el estrecho pasillo pensando qué sería de Sirius y Peter, Remus y Edgar, Frank y Alice y las demás parejas de la brigada cuando a menos de un metro de la escalera para bajar al segundo rellano, escuchó una voz que no estaba entre los presentes en esa habitación. Era suave pero firme, cruel, muy cruel, y las frenéticas risas de los Lestrange y Bellatrix cesaron con su llegada.

No hubo palabreo y si lo hubo, no lo escuchó. Tan solo dos palabras:

— ¡Avada kedavra!

Y su mundo se hizo pedazos.

Se devolvió gritando el nombre de Dorcas hasta que no le quedó voz y antes de conseguir agarrar el pomo de la puerta e intentar asesinarlo con sus propias manos, sabiendo que estaría allí adentro con sus mortífagos, algo la agarró de la cintura y se quedó literalmente sin aire. Desapareció de la casa allanada y tras verse obligada a soportar un desagradable sentimiento producido por algo parecido a estar estancada en un tubo de goma, apareció entre grandes arbustos bajo un cielo gris, unos arbustos que solo había visto al llegar.

Aún se encontraban en las cercanías de esa mansión, se dio cuenta. Y no dejaba de repetir el nombre de Dorcas mientras los brazos que la salvaron de ese lugar la recibieron y no la dejaron caer cuando se desmoronó en llanto y gritos. Acunándola y pidiéndole silencio hasta que le cubrió la boca con unas delicadas manos de mujer.

Marlene miró a su héroe y descubrió a Emmeline Vance. Había vuelto, por fin había vuelto a casa.

— Hola, Marlene —susurró con una triste y demacrada sonrisa—. Por favor, no grites, no tengo fuerzas para realizar otra aparición y corremos el riesgo de ser encontradas.

— Emmeline… Dorcas, Dorcas fue… Dorcas…

— Lo sé —Vance acarició el cabello de su compañera y le secó las lágrimas—. He visto la muerte de cerca en donde he estado. Es un milagro que haya podido volver, estar aquí al menos para salvar a uno de ustedes… él estaba allí, lo sé, Marlene, lo sé. Sé fuerte, es lo único que te pido.

McKinnon asintió sin dejar de llorar en silencio y Emmeline la sostuvo en un abrazo que supuso que era lo único que le quedaba a ambas para intentar sobrevivir a todo lo que habían visto ese día. Cuando Moody envió un patronus al ministerio y ella junto a más de siete aurores llegaron allí no se imaginaron encontrar muertos o posibles muertes, imaginaron que podrían salvarlos a todos, que sería como las antiguas emboscadas de las que todos salían airosos.

Nunca imaginó ver a Edgar Bones en el suelo sin vida y a muchos más siendo torturados. Nunca, ni en pesadillas, esperó escuchar las palabras que le darían fin a Dorcas Meadowes, una de las aurores a quien más admiraba desde la academia. El mundo que conocía se estaba cayendo a pedazos y ella necesitaba estar con los suyos. Había estado en Estados Unidos, donde fueron amenazados de muerte por presentarse como amenazas inglesas para su orden perfecto, donde no les quisieron brindar una mano, una ayuda después de todo lo sucedido con Grindelwald en el pasado. Estuvo en Francia, en donde solo los hombres lobo llegaron a un trato con sus hombres lobo y poco después fueron traicionados. Estuvo en Hungría junto a uno de sus compañeros experto en dragones, estuvo Rusia, estuvo en Alemania. Había presenciado muertes, había sido herida, había sido amenazada y una sola vez secuestrada, saliendo airosa de cada una de esas tretas.

Ahora no estaba tan segura. Antes se sentía como un juego, ahora se sentía como la realidad.

— Por favor, dime que no hay más muertos —le pidió Marlene.

— Bueno… —resopló Emmeline, vacilando—. Rosier se sacrificó por sus amigos.

Marlene hizo un sonidito con la boca.

— Me importa una mierda Rosier —escupió con odio—. Todos ellos podrían morirse, yo misma podría matarlos…

— A pesar de lo que haya dicho Crouch, no te conviertas en eso —la detuvo la auror—. Nosotros no somos eso, es lo primero que nos enseñan en la academia de aurores. Nosotros no somos asesinos, velamos por la seguridad del mundo mágico y siempre lo haremos. Si Voldemort intenta instaurar un reino del terror que no corresponde en nuestro mundo nosotros tenemos que levantarnos en su contra, pero nunca como asesinos, nunca como ellos.

Marlene miró hacia otro lado. Se avergonzaba de su odio irracional, sí, pero no conseguía apartarlo, conseguir dejar de pensar en hacerle lo mismo a quienes le habían quitado lo que quería, todo lo que quería.

— Yo no soy un auror —susurró.

Emmeline le acarició una mejilla con mucha gentileza y le sonrió tristemente.

— No necesitas serlo para ser buena y yo creo que eres buena… siempre lo creí —confesó.

La castaña se abrazó al cuello de su vieja amiga y se quedó a su lado hasta que ambas decidieron partir a pie lejos de allí. Marlene, cuando ya estuvieron lo suficientemente lejos, se ofreció a hacer la aparición y es así como llegaron al silencioso y vacío apartamento de Dorcas.

— ¿Aquí es donde vives? —preguntó Emmeline cuidadosamente.

— No. Es… es el hogar de Dorcas… lo era, ya no lo sé, nos hemos estado moviendo mucho este tiempo, ya nadie tiene un lugar fijo —suspiró—. Lo siento Em, quizás fue mi inconsciente el que nos trajo aquí. Supongo que querías que llegáramos al ministerio cuanto antes.

— No, tú no debes ir allí, debes descansar —respondió la joven—. Yo…

Una luz las cegó y de pronto aparecieron allí Sirius y Remus.

— Maldición, maldición, ¡Maldición! —gruñó el ojigris mirando a su alrededor hasta que dio con las dos chicas—. Mierda, McKinnon, no me hagas sentir así nunca más en tu jodida vida —dijo al tiempo que Marlene corría a abrazarlo.

— Tú tampoco —fue lo único que dijo ella, enterrando su cara en su ropa—. Pensé… pensé que…

— Lo sé, lo sé —suspiró Sirius mirando a los presentes con gravedad—. Hay un maldito traidor aquí…

— Sirius, ¿Cómo…?

— ¿Acaso eres tú, Remus? —gritó el morocho, encolerizado, soltando un poco a Marlene para plantarse frente a su mejor amigo—. ¿Por qué siempre me pides que confíe en todos? ¿Por qué para ti no puede haber un traidor? ¡PORQUE ERES TÚ!

— Sirius —Emmeline se interpuso entre ambos y lo miró con una mueca—. Por favor, no es momento, estoy segura de que este es un malentendido y lo solucionaremos. Lleva a Marlene a casa, no le hace estar bien aquí —lo último lo susurró.

— ¿Por qué? ¿Dónde está Dorcas? —preguntó Remus, quien escuchó atentamente a Vance. Su compañera al oírlo se volteó y negó con la cabeza repetidas veces—. No, no puede ser. No Dorcas —murmuró sintiendo que todo el aire se le iba de los pulmones y algo adentro comenzaba a dolerle. Edgar murió frente a sus ojos, no podía creer que Dorcas también haya fallecido en esa maldita misión.

— Marlene estaba con ella, estuvo… los últimos momentos y fue él quien lo hizo —explicó Emmeline ya que McKinnon guardó silencio, mordiéndose la mejilla con fuerza hasta hacerse daño para no volver a llorar. Le dolía mucho la cabeza y comenzaba a sentir un calor y cansancio que solo equivalía a una fiebre—. Sirius llévatela y olvida ese tema, no necesitamos enemistarnos.

— Bienvenida a Inglaterra, Emmeline, aquí todo el mundo desconfía de todos y con justa razón: Hay un maldito traidor en la orden, hay un maldito que está haciendo que todo salga mal aquí, ¿Qué no ven?

Remus desconocía a su amigo.

— Sirius estás paranoico —dijo con su voz siempre calma.

— ¡Cállate! —tomó de una mano a Marlene, quien no terminaba de entender por qué dos personas que se quieren tanto y que han estado tanto tiempo juntos ahora ya no se podían ver. ¿Hace cuánto había comenzado esa locura? ¿Cómo se le había pasado por alto todo eso? En medio del dolor que comenzó cuando sus padres fueron asesinados se le había pasado todo por delante y ya no sabía por dónde retomar para comenzar a entender—. Nos vamos, espero no volver a verlos más.

— Sirius —se escandalizó Emmeline, pero de pronto y con la misma luz con la que aparecieron ambos merodeadores, desapareció junto a la morena. Se volteó nuevamente hacia Remus, esperando una explicación.

— Ha estado así desde que Crouch permitió el asesinato impune —resopló—. Desde que mataron a los Prewett y a los padres de Marlene.

Emmeline torció el gesto.

— Dame un abrazo, quieres —soltó, de todas las personas en el mundo, a él fue a quien extrañó más el tiempo que decidió pasar afuera. Ella y el hombre lobo tenían asuntos pendientes, él la apartó de su vida como si no fuera nada debido a su licantropía y ella desapareció.

— Por un momento pensé que ya no te volvería a ver —dijo Lupin cuando la abrazó fuertemente, olvidando el motivo por el cual dejó de verla por tres largos años.

— La muerte y tú tienen mucho en común —sonrió vagamente cuando se separaron, el ojimiel hizo el gesto de no entender la analogía—. Ambos me quieren lejos —fue la explicación que recibió—. Ahora que estamos viendo a todos nuestros seres queridos morir a nuestro alrededor ¿Me seguirás apartando?

Remus, orgulloso, miró hacia arriba sintiendo tanto pesar de estar dentro de las paredes que contenían a la siempre triste y hermosa Dorcas Meadowes, las paredes que le sirvieron de hogar, de testigo de su amor, de todo lo que era. Hasta sintió ganas de llorar, pero se contuvo y bajó nuevamente la mirada hacia Emmeline quien lo miraba con esos grandes ojos pardos de siempre, una mirada que conocía muy bien y que siempre intentó rehuir por miedo.

— No, ya no —respondió con un hilo de voz y volvió a contenerla entre sus brazos.


— ¿Qué… Qué fue eso? —preguntó Marlene, separándose de Sirius apenas llegaron al húmedo y oscuro cuarto en el que se estaban quedando ahora—. ¿No tienes que ir al ministerio con los demás?

— No voy a ir con ellos, ya no —se rehusó él, impaciente. Vio como Marlene se sentaba en el sofá con una expresión vacía, como si ya se le hubiera olvidado que es lo que se siente llorar, gritar, sentir al extremo. Todos estaban trastocados, esa guerra dejaría secuelas si es que no terminaban muertos y era insoportable ver como la persona a la que más amaba y a la única a la que se podía aferrar se estaba gastando, apagando, perdiendo en el dolor—. ¿Cómo estás? —preguntó, agachándose a su lado.

— Sirius, no puedes apartarte de tus amigos por esto. No hay traidores aquí, yo… —la joven intentó hacerlo entrar en razón, pero él la interrumpió de inmediato, enfadado.

— ¡No! ¿Por qué no puedo tener razón? ¿Por qué no lo ven? ¿No me crees?

— Sirius —ella, pasmada, negó rápidamente—. No es eso. Tú sabes que yo te creo y creería cada cosa que me dijeras porque confío en ti y… y te amo. No puedo soportar que continúes apartándote y cerrándote ahora con todos…

— Lo van a entender cuando sea demasiado tarde, Marlene —susurró el ojigris, derrotado. Marlene, quien se miraba las manos, alzó la mirada con asombro. La había llamado Marlene, la había llamado por su nombre y había sonado como esperaba que sonara en sus labios, como solo soñó que sonaría cuando lo dijera. Durante años inventó escenarios en donde a él se le escapara en peleas a gritos o gemidos cuando hacían el amor, pero él lo había dicho en el punto máximo de la desesperación y la nada.

La había llamado Marlene y se sintió como si todo estuviera a punto de acabar.

— Hazlo de nuevo —le pidió en voz baja y débil, casi tímida. Sirius alzó la mirada, confundido, dejando que ella tocara su rostro— Dilo de nuevo —repitió la morena.

— No dejes de creer en mí, Marlene —soltó sin dejar de mirarla a los ojos. Una sonrisa muy débil apareció en su rostro—. No te vayas, Marlene —continuó y se levantó del suelo para sentarse a su lado. McKinnon lo siguió con la mirada y esa sonrisa dulce que le provocaba seguir con eso—. Te amo, Marlene.

Para ese entonces ella reía, descubriendo que hay una forma de encontrar felicidad en lo más profundo de la miseria, agradecida de haberlo descubierto con él como en los viejos tiempos cuando solían ser amigos y se ayudaban a descubrir cosas que solos no pudieron haberlo hecho nunca. Cuando ella lo ayudó con Regulus y él a crecer como persona.

Lo besó y una última lágrima cayó por su rostro, una que él notó y secó con un dedo.

— Me alegra que me hayas hecho cambiar de opinión respecto a ti —dijo, volviendo a acariciar su rostro con ambas manos, sintiendo su barba descuidada y áspera contrastar con la suavidad de sus labios—. Nunca fui más feliz que contigo, nunca.

Sirius ya no tenía coraza ni fuerzas para ser el mismo, el que se oculta detrás de las bromas y detesta dejar sus sentimientos desnudos. Sintió que podría pasar toda esa noche diciéndole las cosas que jamás le dijo y repitiendo una y otra vez su nombre, si eso la hacía dormir en paz.

— Me alegra haber ido a escuchar ese disco de Led zeppelin a tu habitación, así es como todo comenzó ¿Lo recuerdas? —le respondió—. Y desde ahora seremos solo los dos —y Peter, pensó, atormentado—. Vamos a proteger a los Potter y todo saldrá bien ¿Vale?

Marlene asintió varias veces y él, con una mano entre sus cabellos castaños, la acercó hasta que sus labios se posaron en su frente.

— Nunca fui más feliz que contigo… nunca —repitió sus mismas palabras, ausente, y cerró sus ojos, deseando el fin, fuera positivo o terminara acabando con todos.


Capítulo agridulce en donde, por última vez, cada oveja va con su pareja, incluso Dorcas, quien acabó por encontrar a Regulus ¿No?

A propósito -tanda comercial- aprovecho de invitarlos a pasar por mi nueva historia "Regulus" que desarrolla un poco más el Regulus/Dorcas que comencé en esta historia (también funciona como historia independiente sobre ellos, pero el final que tienen es el mismo que aparece en esta historia)

Bueno, eso.

Sería muy feliz si me dijeran qué les parece en un review, si merezco tomatazos o no, ¡Lo que sea!

NOTA IMPORTANTE: No sé quién eres, "guest", pero gracias a tu comentario me di cuenta de mi error y lo enmendé (quizás ni leas esto, de todos modos) Voldemort fue quien asesinó a Dorcas y es canon, yo lamentablemente estoy siendo muy apegada a él así que tuve que hacer las modificaciones correspondientes en la escena.

Gracias de nuevo, guest.