N.d.T: A la espera de beteo.
28. Out of control
Remus pronto decidió no ocultar la cicatriz de la cara permanentemente.
—Tal vez sólo para ocasiones especiales —sugirió cuando Sirius guardó su varita sin realizar el encantamiento de ocultación.
—¿Estás seguro? —preguntó Sirius.
—Ya tengo un montón de cicatrices, una más no hará mucha diferencia. Tampoco es tan malo; cicatrizará pronto.
—Y las chicas pensarán que es sexy —añadió James, repitiendo, sin saberlo, las palabras de Sirius en la enfermería.
Remus resopló y sacudió la cabeza. Parecía que a pesar de su vacilante comienzo, Sirius y James estaban ahora en gran medida de acuerdo, al menos, cuando se trataba de consejos.
Cogió sus libros y se dirigió hacia las escaleras a la sala común. Tenía la cabeza en alto cuando los otros estudiantes se volvieron hacia él, muchos mirándole con sorpresa cuando vieron su rostro. Era sólo una cicatriz más, se dijo. Tenía muchas peores en su cuerpo, y sabía que, cualquier chica con la que tuviera una relación, tendría que aceptar mucho más que una delgada cicatriz que se extendiera por un lado de su cara.
Sirius miró su obra en la pared del sótano de los Lupin. Después de casi un año de duro trabajo, las pinturas de las paredes del mural del bosque estaban finalmente terminadas. Le había costado más horas de lo que había pensado. La primera pared era la única totalmente trabajada fuera de las lunas llenas, el resto, en los fines de semana de Hogsmeade, y en ocasiones los fines de semana cuando él y Remus se habían deslizado hacia la casa sin permiso. Hoy había sido esta última.
—Entonces, ¿qué te parece? —preguntó desde su posición en la escalera mientras esperaba a que Remus terminara su inspección.
—Te has olvidado un sitio —bromeó Remus, apuntando hacia el techo.
—¡Idiota!
—Se podría encantar como el Gran Comedor —sugirió Remus—. No puede ser tan difícil.
—Supongo que podría intentarse —estuvo de acuerdo Sirius—. Pero no quiero correr el riesgo de romper la barrera de seguridad de tu hermano o el hechizo de olor del bosque.
—No había pensado en eso. Tal vez será mejor dejarlo como está.
—¿De verdad te gusta los dibujos?
—Es maravilloso. Hace que parezca menos una prisión. A Lunático también le gusta.
—¿Es serio? ¿Cómo lo sabes?
Remus frunció el ceño y se frotó la nariz.
—Es difícil de explicar. Lunático... es... bueno, soy yo todo el tiempo, y se agita mucho cuando se acerca la luna llena. A veces puedo decir lo que siente, realmente son sólo impresiones, pero lo suficiente para saber que le gusta el mural. Él...
—¿Qué? —insistió Sirius.
—Le gustas —terminó Remus con un encogimiento de hombro—. Lo mantienes calmado, creo.
—Solamente hay una luna llena más antes de las vacaciones de verano —comentó Sirius.
Remus suspiró y se sentó junto a Sirius en la escalera.
—Lo sé. Te voy a echar de menos.
—¿Fue muy malo el verano pasado? —preguntó Sirius, volviéndose directamente hacia Remus.
Remus evitó su mirada y se mordió el labio. Sirius ya sabía la respuesta a la pregunta. Había visto las nuevas cicatrices que Remus había adquirido durante las vacaciones del pasado verano por sí mismo.
Romulus creía que no solo había sido mala suerte por parte del lobo haber probado algo de libertad, sino también que Lunático se hubiera acostumbrado a estar alrededor de Sirius cuando estaba atrapado en el sótano. Sirius sabía que el vínculo entre ellos se había fortalecido a lo largo del año. Era una situación difícil, y una de la que Romulus había hablado en varias ocasiones en los últimos meses. Estaba preocupado de que el vínculo entre Sirius y Lunático fuera demasiado fuerte.
Por un lado, era reconfortante para Sirius ser capaz de calmar al hombre lobo y que dejara de hacerse daño. Pero por la misma razón, significaba que Lunático era tan dependiente de Sirius como Remus. La diferencia con Lunático era que no le importaba si llegaba tarde o si no podía estar con él, Remus pagaría el precio de la fuerza de la unión entre Sirius y el hombre lobo.
Romulus no tenía ni idea sobre cómo resolver el problema, y como las vacaciones de verano se acercaban rápidamente, estaba claro que las cosas estaban por llegar a un punto crítico.
—Podría venir a visitarte para las lunas llenas —sugirió Sirius.
—Tu madre nunca lo permitiría —respondió Remus con voz cansada. Ya habían hablado de esto una docena de veces o más.
—No puedo dejarte sufrir de nuevo. No te habría dejado el año pasado si lo hubiera sabido.
Apenas ocultaba la acusación en su voz, pero extendió la mano para apretar la de Remus y tomar la dureza de sus palabras.
—No sabíamos lo malo que sería hasta que fue demasiado tarde —dijo Remus.
—Pero este verano sí que lo sabemos.
—Lunático sólo tendrá que aprender a pasar la noche sin ti.
—Ya sabes que te hará más daño si no estoy cerca. Voy a encontrar una forma de venir aquí.
—Tal vez sería mejor si no lo hicieras. Rom tiene razón. No siempre puedes estar ahí por mí, y he aprendido a aceptarlo. Lunático sólo tendrá que aprender también.
—No tienes que hacer esto.
—Sí, lo sé —respondió Remus con una triste sonrisa—. Lunático tiene que aprender a no depender de ti.
Sirius se quedó en silencio, sabía tan bien como Remus que ya era demasiado tarde para eso.
—Estaré aquí —susurró—. Lo prometo.
Las vacaciones de verano llegaron demasiado rápido. Tan pronto como acabaron los exámenes, los alumnos empezaron a empacar sus pertenencias para el viaje a casa.
—No estarás ocultando tu boletín de notas, ¿verdad? —preguntó Remus cuando vio a Sirius metiéndola entre los libros de su baúl—. Conseguiste la máxima puntuación en casi todo.
—Da igual, a mi madre eso no le importa —respondió Sirius mientras volvía a sacar el boletín de notas y señalaba la parte delantera—. Ella echará un vistazo aquí, imaginará que Gryffindor no ha ganado la Copa de las Casas y tendrá un berrinche, como cualquier otro año.
—¿Quizás podrías pedirle a la profesora McGonagall que lo escriba de nuevo en un pergamino sencillo?
—O tal vez podría esconderlo en mi baúl y esperar que se olvide de pedírmelo —Sirius metió el boletín en la parte posterior del baúl con un suspiro—. ¿Qué vas a hacer con tu boletín?
—Dejaré que Rom lo mire cuando aparezca de nuevo —respondió Remus encogiéndose de hombro—. Aprobé todo solo, así que espero no obtener demasiadas quejas por el comentario de "demasiados castigos".
Sirius rio y continuó guardando sus pertenencias, decidido a no mirar demasiado a Remus, y esperando que el otro chico realmente se hubiera olvidado de lo que casi había pasado al final del año anterior.
Había estado tratando de olvidarlo, pero era más fácil decirlo que hacerlo. De vez en cuando, le pareció ver que Remus le miraba de una forma curiosa; y volvía a aparecer de nuevo en su cabeza, haciendo que su corazón se acelerara, una vez más.
Era mejor olvidar, se dijo. Fue un momento de locura adolescente. Ahora era más mayor, maduro y sabio, y no estaba dispuesto a correr el riesgo de perder a su mejor amigo.
Era bastante bueno mintiéndose a si mismo.
Remus no tuvo la oportunidad de viajar a Londres con el resto, pero se consoló con despedirles en la estación de Hogsmeade.
No se fue hasta que el tren desapareció de su vista.
—Volverán pronto —le dijo Romulus.
—Seis semanas de aburrimiento.
—Sólo si dejas aburrirte —señaló Romulus—. ¿Por qué no vas a visitar a Firenze y a los centauros? No has estado allí desde hace tiempo. Probablemente piensa que te has olvidado de él.
Remus asintió pensativo.
—No lo he visto desde Pascua —respondió, un poco sorprendido al darse cuenta del tiempo que había pasado—. Creo que iré a visitar mañana el campamento. ¿Qué hay de ti? ¿Aprovecharas que el castillo está vacío para pasar tiempo con tu nueva novia?
Romulus puso los ojos en blanco. Estaba más que acostumbrado a las burlas de Remus sobre la persistente búsqueda de Myrtle en él. La molesta fantasma había llegado aparecer en los momentos más inoportunos, y recientemente cantando —con una voz más desafinada que la de Remus— fuera de la ventana del dormitorio de los chicos.
—¿Por qué no le das una oportunidad? —bromeó Remus—. Parece haberte tomado bastante cariño.
—Es una niña, y realmente no es mi tipo —murmuró Romulus.
—Entonces, ¿cuál es tu tipo? —preguntó Remus con una sonrisa descarada mientras se abrían camino a casa.
—No Myrtle la Llorona, eso te lo seguro —respondió Romulus con una mueca.
Estaba lloviendo en Londres, pero Sirius de todas formas estaba muy emocionado. La visión de su tío Alphard esperándolo en la estación era suficiente para hacerle sonreír ampliamente y lanzarse en los brazos de su tío.
—Es bueno verte también —rio Alphard entre dientes—. Aunque sabes que tu madre no aprobaría semejante exhibición de afecto en público.
A Sirius no le importaba.
—Tienes que conocer a mis amigos —dijo mientras llamaba a James y Peter.
—¿Y dónde está Remus? —preguntó Alphard cuando se dio cuenta de que faltaba alguien.
—Vive en Hogsmeade —le recordó Sirius—. Nos despidió en la estación y me hizo prometer que le enviaría una lechuza tan pronto como llegase a casa.
—Hablando de eso, es mejor que no nos entretengamos —le aconsejó Alphard—. Tu madre me dijo que la cena es a las ocho en punto.
Sirius asintió y dejó que su tío llevara el peso de su baúl. Agitó la mano para despedirse de sus amigos, y se dirigió hacia la barrera.
Alphard lo miraba con curiosidad, y Sirius sintió que su rostro enrojecía bajo su evaluación.
—¿Qué? —preguntó.
—Has crecido mucho desde el verano pasado —respondió Alphard—. ¿Las cosas están más claras para ti, o todavía estás confundido?
—Umm.
—Debo advertirte, tu madre ha creado muchas más cenas este verano, y creo que ha invitado a todas las mujeres sangre pura del país, por no hablar de la mayoría del continente. La primera es esta noche.
—Genial —murmuró Sirius con una total falta de entusiasmo.
—¿Realmente no hay alguna chica que pudieras invitar a casa para calmarla?
—Lo intenté —declaró Sirius—. Realmente lo hice. Traté de no mirarlo así y...
Alphard se detuvo y se giró para mirar a Sirius.
—Ahora deja de preocuparte. Si hay por ahí una chica para ti, la encontrarás cuanto menos te lo esperes.
—¿Y si no la hay? Si no puedo dejar de pensar en él de esa forma, ¿entonces qué?
—Nos preocuparemos cuando suceda —le tranquilizó Alphard—. Ahora, venga. No queremos llegar tarde.
Sirius asintió mientras seguía a su tío, y no se atrevió a expresar su temor de que no era bueno decir "y si y cuándo", porque estaba bastante seguro de que no podría volver a dejar de querer a Remus de la forma en que la que sabía que no debería.
—¿Qué es ese horrible ruido? —preguntó Walburga, echando una molesta mirada hacia el techo.
—Suena como música —respondió Alphard—. Probablemente viene de al lado.
—¿De al lado? —Walburga parecía disgustada ante la idea—. Los hechizos en esta casa son más que suficientes para mantener los ruidos de los vecinos muggles.
—Debe de ser Regulus —gruñó Orion.
—¿Regulus? —preguntó Pricilla, o como Sirius se refería mentalmente a ella, la chica número uno.
—Mi hermano pequeño —respondió con una forzada sonrisa.
—Sirius, cállate —espetó Walburga, cuando la madre de Pricilla preguntó si había oído bien.
—Es un squib, por lo que madre le dice que se quede arriba cuando tenemos compañía —explicó Sirius.
Si había estado esperando una reacción favorable de su visita, Sirius estaba muy equivocado.
—¿Un squib en la familia? —preguntó Pricilla, arrugando la nariz con disgusto.
—Le pasa hasta las mejores familias —le aseguró Walburga, ansiosa por suavizar las cosas lo más rápido posible.
—Esto no ha sucedido en la mía —anunció la madre de Priscilla con una burlona sonrisa—. Ven, querida, nos vamos.
—Oh, no hay que apresurarse —intervino Orion, pero ya era demasiado tarde. Pricilla se agarró el brazo de su madre y se desaparecieron del comedor.
—¿Cómo puede ser tan grosera? —murmuró Alphard mientras tomaba vino.
—¿Puedo ser excusado? —preguntó Sirius, ahora que el poco apetito que le quedaba después de comer tantos dulces y pasteles en el tren había desaparecido por completo.
Orión asintió, y salió disparado de la sala antes de que nadie pudiera detenerlo. Subió las escaleras de dos en dos y entró en la habitación de su hermano, sólo entonces parar para recuperar el aliento.
—¿No te molestarán más? —preguntó Regulus, su voz era casi un grito para hacerse oír por encima de la música.
—Es mejor bajar un poco la música —le advirtió Sirius—. La oyeron desde la planta baja, y tan pronto como las invitadas escucharon que eras un squib, se fueron. Madre está en pie de guerra.
—¿A quién le importa? —murmuró Regulus, aunque bajó un poco el volumen.
—¿De dónde sacaste esto? —preguntó Sirius, mientras miraba el tocadiscos muggle y las carátulas de discos esparcidas sobre la cama.
—De una tienda muggle de la ciudad.
—¿Cuándo tuviste la oportunidad de ir?
—Padre llegó tarde cuando vino a recogerme en el aeropuerto —respondió Regulus—. Pensé que se había olvidado de mí, así que caminé hacia casa y me detuve en algunas tiendas muggles por el camino.
—¿Tienes dinero muggle?
—Sí —dijo Regulus echando una mirada nerviosa hacia la puerta—. ¿Recuerdas el galeón que tío Alphard me dio en mi cumpleaños? Bueno, lo llevé a una casa de empeño muggle.
—¿En serio?
Regulus asintió.
—Es de oro, y el propietario pensó que era algún medallón lujoso o algo así. Me dio dinero muggle a cambio de ello.
—Pero se supone que no debemos dar dinero mágico a los muggles. Si quieres dinero muggle, se supone que debes cambiarlo en Gringotts o en algún lugar así.
—El tipo de cambio en Gringotts no es tan buena como la de la casa de empeño muggle. Además, él no sabía lo que era.
—¿Cómo sabías acerca de esas tiendas?
—Aprendimos sobre ellas en la escuela el año pasado —respondió Regulus con una sonrisa—. Los muggles tienen diferente dinero para distintos países y todo tipo de complicaciones. Pero me enteré de las casas de empeño por un estudiante de quinto año en la escuela, quien señaló que podías conseguir más dinero en empeñar una moneda que intercambiarlo correctamente. ¿A qué es genial?
—Madre y padre se volverán locos si se enteran.
—No les dirás nada, ¿verdad?
Sirius sabía que debería hacerlo. Su hermano había hecho algo que no estaba aprobado en el mundo mágico, y en el peor de los casos, había arriesgado la exposición de su mundo. Pero no quería su hermano tuviera problemas, no cuando estaba mucho mejor que antes.
—Será mejor que te escondas este lote —advirtió, agitando la mano hacia los álbumes.
—No se lo dirás, ¿verdad? —preguntó Regulus de nuevo.
—No —respondió Sirius con una pequeña negación con la cabeza—. Eso sí, no lo hagas de nuevo.
—La próxima vez usaré una casa de empeño diferente —prometió Regulus, y Sirius sabía que eso era lo mejor que iba a conseguir. Esperaba que su hermano supiera lo que estaba haciendo.
El campamento centauro había cambiado desde la última vez que Remus lo había visitado. Mientras miraba las fortificaciones que rodeaban las cabañas, se dio cuenta de que en realidad había pasado casi un año desde que había estado allí.
Remus caminó alrededor del borde de la alta pared de madera, preguntándose qué camino era el más rápido hasta la puerta que llevara a su interior.
Por fin, llegó a la puerta y llamó a la entrada.
—¿Quién anda ahí? —gritó una voz desde el interior.
—Remus Lupin —Remus volvió a llamar—. ¿Está Firenze por ahí?
Los sonidos de los cascos fueron su única respuesta, y se preguntó si iba a estar fuera todo el día.
—Cachorro, ¿eres tú?
Remus dio un paso hacia atrás cuando la puerta se abrió y Firenze trotó para saludarlo.
—No me llames así —murmuró Remus—. Ya no soy un niño.
—Claro que lo eres —contestó Firenze con una sonrisa—. Comparado conmigo, de todas formas.
Remus rodó los ojos y miró de nuevo las puertas que ahora estaban cerradas, una vez vas.
—Entonces, ¿cuándo ocurrió todo esto? —preguntó, señalando hacia la pared.
—Terminamos hace unos meses —respondió Firenze, dando una cautelosa mirada detrás de él. Condujo a Remus lejos de las cabañas antes de continuar—. Magorian sospecha que el Ministerio tratará de tomar nuestras tierras por la fuerza. Ha tomado estas precauciones para asegurarse de que no suceda.
—¿El Ministerio no tiene suficientes tierras? —preguntó Remus—. No es como si los centauros tuvieran gran parte de ella.
—No es mucho lo que tenemos, pero es valioso —señaló Firenze—. El bosque es rico en plantas y hierbas, muchas de las cuales no se pueden encontrar en ningún otro lugar de Gran Bretaña. Luego están los unicornios; este bosque es uno de los tres lugares de Gran Bretaña donde todavía se encuentran. Bueno, digamos que el Ministerio sabe lo valioso que es la tierra y Magorian cree que va a utilizar todos los medios a su alcance para obtenerlas.
—¿Eso creen?
—No he sido parte de las conversaciones con el Ministerio —respondió Firenze, con evidente amargura en su voz.
—¿Te está dejando de lado?
—En todo lo que pueda.
—Pero has estado haciendo todo lo que Magorian te ha pedido.
—No del todo.
Remus esperó a que Firenze hablase, preguntándose qué era lo que se había negado a hacer. Había pensado que el joven centauro haría cualquier cosa para recuperar su derecho de nacimiento, pero parecía que estaba equivocado.
—Magorian y Ebony tuvieron un hijo hace un par de meses —explicó Firenze—. Magorian ha dejado claro que su hijo va a ser alzado para guiar a la manada en un futuro, y quiere que sea su patrocinador.
—¿Su patrocinador?
—Mantener un ojo en él, ayudar a criarlo y entrenarlo...
—Pero es tu sobrino, ¿no vas a hacer eso de todas formas?
—Sí, pero como su patrocinador, también significa que estoy relegando de cualquier derecho que tenga por el liderazgo de la manada. Sólo el heredero del jefe tiene un patrocinador.
—¿Es por ti?
Firenze resopló y golpeó el suelo con los cascos.
—Por Magorian —respondió—. El mejor amigo de mi padre fue elegido para patrocinarme, y en su lugar...
—Te robó lo que era legítimamente tuyo.
—Y ahora quiere que patrocine a su hijo, sabiendo que yo nunca haría con él lo que hizo a mi padre.
—¿Qué vas a hacer?
—No lo sé.
—¿Qué piensa Ebony de todo esto?
—Ella está de acuerdo con Magorian —resopló Firenze con desprecio apenas disimulado—. Con tal de que se haga a su manera, estará de acuerdo con cualquier cosa.
Remus no sabía qué decir a eso, y cuando sintió caer las primeras gotas de lluvia, las utilizó como una oportunidad para cambiar de tema.
—Te invitaría a entrar en el campamento, pero Magorian no permite que cualquier no-centauro pase por las puertas —explicó Firenze en un tono de disculpa—. ¿Te quedas en el castillo o en Hogsmeade?
—Realmente en ambos sitios. Tengo permitido ir a Hogsmeade cuando quiera durante las vacaciones, pero tengo que asegurarme de estar de vuelta en la escuela con la puesta del sol. Excepto con las lunas llenas, obviamente.
—Suena como si estuvieran cuidando bien de ti.
Remus rio.
—Lo hacen. Entre los profesores y los fantasmas no me dejan ni un minuto en paz…
—No te quejes, sabes que te encanta —bromeó—. ¿Qué hay de tus amigos? ¿Vendrán a visitarte durante el verano?
—No lo creo.
—¿Ni siquiera Sirius?
—Probablemente no lo dejen sus padres. Sabe quiénes son, ¿verdad?
—¿Quién no conoce a la familia Black? Incluso los centauros han oído hablar de esa particular familia, aunque no hemos tenido tratos con ellos durante varias generaciones. Desde que uno decidió que quería añadir un trofeo de centauro a su macabra colección.
—¿Trofeo?
Firenze pasó el dedo por la garganta, creando un sonido.
—Ellos no mataron a alguien de la manada, ¿verdad? —susurró Remus.
En su mente había aparecido una horrible visión de una cabeza de un centauro exhibiéndose en casa de Sirius.
Firenze rio.
—El estúpido hombre se olvidó de que los centauros son mejores cazadores que él, a pesar de que nuestras flechas ayudaron a recordárselo. Fue hace mucho tiempo, poco más de cien años, pero es una historia que siempre se cuenta cada pocos tiempo.
—Me pregunto si Sirius lo sabe.
—Lo dudo. No me imagino a la noble casa de los Black contando sus errores y humillaciones.
—Sirius no es como el resto de su familia.
—No, no lo es —aceptó Firenze con una gran sonrisa.
—Eso es lo que cuenta —dijo Remus—. No es como los demás, de verdad.
—Nunca dije que lo fuera. De todos modos, ¿cuántos años tienes? ¿Catorce?
—Quince —corrigió Remus con un resoplido molesto.
Firenze sonrió, dejando claro que sabía exactamente la edad de Remus desde el principio.
—¿Tienes novia?
—No —respondió Remus con una sonrisa.
—¿Y Sirius? —preguntó Firenze, y hubo algo en su tono que causó que Remus se preguntarse el motivo de la pregunta.
—¿Por qué lo preguntas así? —preguntó.
—¿De que forma?
—Como si supieras la respuesta y encontraras algo divertido en ello.
Firenze se rio entre dientes.
—Creo que podría pasar un largo, largo tiempo antes de ver a tu amigo Sirius con una chica en el brazo.
La última de las cenas de Walburga Black parecía durar toda la noche. Ya era bien entrada la noche y ni siquiera iban por la mitad del plato principal.
Sirius había elegido un asiento frente a las ventanas del comedor, para gran disgusto de su madre; y estaba mirando la luna, que aparecía y desaparecía entre las nubes. Se preguntó como lo afrontaría Lunático sin él, y en silencio, trazaba un plan para poder escaparse a Hogsmeade.
Tenía un puñado de polvos flu en el bolsillo de su túnica, robado de la taza del estudio esa mañana temprano. Sólo tenía que encontrar una forma de salir por la chimenea sin que lo notasen.
La chimenea del estudio estaba descartada, ya que la habitación estaba cerrada después de que, esa misma tarde, un escarbato se había hecho camino misteriosamente hacia allí. Sirius sospechaba que Regulus probablemente lo hubiera ayudado a entrar en la casa como una forma de hacer notar su presencia y mostrar a su tío que todavía estaba interesado por las criaturas mágicas. Por desgracia, significaba que Sirius no podía ir a la habitación, como había planeado hacer desde un principio.
Dado que el estudio estaba fuera de sus límites, dejo el fuego de la cocina como la única opción, y solo tenía que asegurarse de que Kreacher no le viera ni contase que se había escapado. Había convencido a Regulus, una vez encerrado de nuevo en su habitación hasta que los invitados se hubieran ido, para que mantenga ocupado a Kreacher todo lo que pudiera cuando se hubiera servido el plato principal.
Por desgracia, el elfo doméstico todavía se mostraba muy hostil hacia Regulus, y Sirius sabía que cuanto más tiempo se prolongase la cena, más probable era que Kreacher regresara a la cocina; y su hermano, sin duda, renunciaría a intercambiar bromas con el horrible pequeño fugitivo.
—¿No está preciosa la luna esta noche? —preguntó Cherie a su lado—. Es muy romántico, ¿no te parece?
Sirius hizo un evasivo sonido, y trató de ignorar la mano que había aparecido de repente en su rodilla.
Al otro lado de la mesa, su abuela Irma le estaba mirando. Se preguntó que trataba de decirle con esa mirada, ya que estaba poco perdido. ¿Estaba molesta por las obvias actividades que estaban sucediendo debajo de la mesa o por el hecho de que no respondiese a ellas? Si se trataba de lo primero, deseaba que mirase a Cherie en lugar de él, y si fuera lo último... bueno, no había nada que quisiera hacer.
—Sirius, deja de moverte tanto —espetó Walburga—. A los quince años deberías de ser capaz de sentarte en la cena sin retorcerte como si fueras un niño pequeño.
Sirius dio un bocado a la zanahoria en lugar de responder, lo que le valió una reprimenda más. Éste vino de su abuelo Pollux sobre sus pobres modales en la mesa.
Suspiró mientras sus familiares se turnaban para criticarle, y deseaba que su tío Alphard no se hubiera retrasado. Por lo menos, podría pegarse a él una vez más, a diferencia de su tía abuela Cassiopeia, quién parecía estar subrepticiamente alentadora con Cherie por ser tan audaz con sus sinuosas manos.
El plato principal había terminado, y Sirius se volvió hacia su padre para pedir que le excusara. Orion ni siquiera había abierto la boca cuando Walburga interrumpió con un sonoro "no".
Iba a ser una larga noche.
El postre fue llevado por Kreacher al salón, y Sirius sabía que la oportunidad de colarse en la cocina mientras el elfo doméstico estaba arriba se había perdido. Los invitados fueron atendidos primeros, y en segundo lugar, la familia. A Sirius no le sorprendió lo más mínimo descubrir que le servía el último.
La mano de Cherie parecía estar permanentemente conectada a su pierna, y como tal, fue ella quien gritó de sorpresa cuando Kreacher derramó accidentalmente el postre de Sirius en su regazo. Sirius no podía evitar pensar que se había hecho algún tipo de justicia.
Después de que las cosas parecieron descender en una especie de farsa y mientras Cherie gemía por el desorden, Sirius aprovechó para deslizarse de forma desapercibida de la habitación.
La cocina estaba vacía, ya que Kreacher, sin duda, se había castigado a si mismo por haber insultado de esa forma a un invitado; y Sirius no perdió tiempo en meterse en la chimenea.
Arrojó los polvos flu y dijo claramente "Residencia Lupin, Hogsmeade", pero no pasó nada. Lo intentó de nuevo, pero a pesar de que las llamas eran verdes, simplemente no iba a ninguna parte.
Una sombra pasó la puerta, y vio a su tío Alphard flotando a ras del suelo en el pasillo. No lo culpaba, si él hubiera llegado en el momento del presente caos en la sala del comedor, no querría entrar tampoco.
Sirius intentó decir la dirección por tercera vez, en un tono más tranquilo; antes de que recordar, de pronto, un detalle importante: Remus no estaba conectado a la red flu. Romulus nunca había solicitado que fuera conectada para no alertar al Ministerio a su presencia, y Remus todavía era menor de edad y no podía aplicarse hasta que cumpliese diecisiete años. ¿Cómo podía haber olvidado una cosa así?
Negó con la cabeza ante su propia estupidez e intentó esta vez ir a Las Tres Escobas, que era la red flu pública mas cercana a los Lupin. Esta vez funcionó, y un momento después, Sirius estaba saliendo de la chimenea del pub de Rosmerta en Hogsmeade.
Se apresuró a salir de allí, todo lleno de gente, e irse al aire de la noche. No estaba seguro de la hora, pero sabía que era tarde. A lo lejos se oía a Lunático aullando en protesta por su cautiverio, y corrió por el camino hacia la casa de los Lupin abriéndose paso a través de la puerta principal.
Los aullidos de Lunático ahora eran más fuertes, y Sirius tropezó por las escaleras hasta el negro sótano, asustado de lo que iba a encontrarse cuando llegara.
Romulus se movía a los pies de las escaleras, y Sirius podía decir por su mirada que había pasado algo malo.
—Vine tan rápido como pude —jadeó.
—Sé que lo hiciste —respondió Romulus—. Sabíamos que iba a ser malo este mes.
—¿Tan malo es? —preguntó Sirius.
Sólo podía ver los ojos dorados del hombre lobo, pero había un fuerte olor a sangre en el aire, y la sensación fría de miedo se instaló en sus entrañas. Tenía su varita en la mano, pero se mostró reacio a iluminar toda la habitación.
—Bastante —dijo Romulus—. Nunca lo había visto tan violento, nada le calmaba.
—Ahora está más tranquilo —comentó Sirius.
—Porque estás aquí.
Sirius se quedó en silencio un minuto más, reuniendo valor para iluminar toda la habitación y mirar directamente al hombre lobo.
—Lumos —susurró Sirius, aunque mantuvo sus ojos cerrados para poder alargar un poco más la visión.
Finalmente, abrió los ojos y miró dentro de la jaula.
—Joder —dijo, y algo que confirmaba su estado, fue que ni Romulus fue capaz de regañarlo por su mal vocabulario.
