RENACIMIENTO

Por Mal Theisman

Robotech y sus personajes pertenecen a sus respectivos propietarios, es decir: Harmony Gold, Tatsunoko Production y todos los demás, y no es mi intención infringir sus derechos de ninguna manera concebible. Esta historia es simplemente para propósitos de entretenimiento y nada más.

Y acá les dejo el final del capítulo 18. ¡Espero que les guste!

Capítulo XVIII: Desafíos

(Parte II)

Viernes 11 de mayo de 2012

Cuando todavía tenía el rango de Primer Oficial en los Ejércitos Zentraedi, Miriya Parino experimentaba una sensación de inigualable poder cada vez que ponía pie en el módulo de comando del crucero de Azonia. La piloto de combate solía quedarse observando los múltiples videomonitores que flotaban sobre las gigantescas mesas de ploteo en el nivel inferior, mesas atendidas por docenas de oficiales que mantenían funcionando la nave y que esperaban las órdenes de la comandante del crucero.

Excepto por lo que sentía al pilotear su armadura de combate, observar esa escena era lo más cercano al poder absoluto que había sentido alguna vez Miriya Parino.

Claro, las cosas habían cambiado en su vida: tenía ahora la décima parte de su "altura normal", su nuevo rango era "segunda teniente" en lugar de "primer oficial", había cambiado su uniforme púrpura de una pieza por el más complejo uniforme de servicio de las Fuerzas de la Tierra Unida (aún más complejo ahora que debía cubrir su muy notable embarazo), su montura era un caza Valkyrie en lugar de una armadura Quaedluun-rau... y había ganado la oportunidad de vivir su vida con el ser más maravilloso del universo.

El mismo ser que la había impregnado con una copia deforme y miniaturizada, a causa de la cual había debido resignar las tareas de vuelo y conformarse con un nuevo puesto provisional.

Irónicamente, su nuevo puesto le recordaba mucho al módulo de comando en la nave de Azonia. Tenía su propia silla ubicada en una plataforma elevada desde donde podía ver lo que ocurría en el nivel inferior... salvo que tenía "primitivas" pantallas de computación en vez de videomonitores flotantes, y en vez de disponer de docenas de duras y temibles oficiales Zentraedi para atender las funciones de mando, lo único que tenía Miriya era al sargento Jan Novacek, un jovencito que había hecho carrera en las Fuerzas de la Tierra Unida a base de su excepcional (algunos dirían que "diabólico") talento con las computadoras.

Y en vez de las mesas de ploteo, en el nivel inferior había cinco complejos simuladores de vuelo diseñados y construidos a la escala exacta de la cabina de un VF-1 Valkyrie.

Y por la siguiente hora, la segunda teniente Miriya Parino-Sterling controlaría absolutamente todo lo que vieran y experimentaran los cinco pilotos de combate de su escuadrón que participarían en el simulacro de ese día... convirtiéndose en lo que los micronianos llamaban "un dios".

Era curioso que en esa sala tan pequeña y primitiva ella dispusiera de más poder que el que hubiera tenido en el crucero de Azonia.

Quizás por eso la sonrisa de Miriya era verdaderamente radiante en aquella tarde... algo que la comandante Lisa Hayes, que estaba de pie junto a Miriya, creyó erróneamente que se debía al "aura" que le daba el embarazo.

- Me alegro mucho que tu embarazo esté marchando sin problemas...

Hipótesis errónea.

- Mis tobillos están hinchados, tengo adicción por todo lo que sea dulce, mi humor está desquiciado, estoy en plena expansión abdominal, me levanto con náuseas que me duran todo el día, me retiraron de la línea de vuelo, y cada vez me es más difícil tener una noche de buen sexo con Max--

- ¡Está bien, lo lamento mucho!

Y entonces, la sonrisa volvió a la cara de Miriya.

- Salvando eso, es lo más maravilloso que me ha pasado en la vida...

Lisa sonrió, aunque por dentro suspiró aliviada: no necesitaba que en ese día Miriya se ocupara de matarla y comer sus entrañas en vez de mostrarle el funcionamiento de los simuladores de vuelo de la Base Aérea, que era la razón oficial que tenía a la comandante Hayes en la Base Aérea.

La razón real, por supuesto, era que Lisa tenía pensado "secuestrar" a uno de los pilotos de combate que participarían del simulacro, con la aviesa intención de llevarlo a cenar a un nuevo restaurant y luego a hacerle el amor toda la noche.

Ahora era el turno de Lisa de tener una sonrisa gigantesca en los labios, pero Miriya prefirió pasar a temas de negocios en vez de avergonzar a su oficial superior.

- ¿Está lista, comandante Hayes?

- Por supuesto.

- Muy bien, comencemos esto - proclamó Miriya, girando en su silla para hablarle al sargento Novacek. - Sargento, páseme el plan de simulación del comandante Hunter.

- Aquí lo tiene, señora.

Miriya leyó con suma atención la carpeta que le alcanzara el sargento Novacek... y con cada página que leía, su sonrisa se tornaba más y más traviesa.

- Mmmm... interesante.

- ¿Por qué lo dices? - quiso saber una intrigada Lisa Hayes.

La teniente Parino ni siquiera levantó la mirada de la carpeta.

- Es un típico Hunter... según los parámetros de misión, en esta oportunidad él va a conducir al Skull en una misión de auxilio a un puesto de mando que está siendo atacado por fuerzas Zentraedi.

- ¿A qué te refieres con "un típico Hunter"?

Esta vez Miriya sí miró a Lisa para contestarle... y a Lisa no le gustó para nada la mirada traviesa de la Zentraedi.

- A que está haciendo lo que mejor sabe hacer... ir al rescate.

Si no miraba hacia otro lado para evadir a Miriya, Lisa se hubiera sonrojado hasta morir... pero por suerte para ella, Miriya había decidido que ya habían sido suficientes bromas contra la comandante Hayes, de modo que volvió su atención hacia el simulacro de aquella tarde.

- Sargento, cargue el programa de simulación C-81.

- Programa cargado, teniente - respondió el sargento Novacek, que ya tenía la nariz pegada a la pantalla de su terminal.

- Ejecute.

Innumerables líneas de código, incomprensibles para Lisa y Miriya, pasaron a gran velocidad por la pantalla del sargento Novacek, indicando que el programa de simulación estaba activándose.

- ¿Quieres verlo? - sugirió Miriya a la comandante Hayes, que reaccionó como si le acabaran de ofrecer un regalo de Navidad.

- ¡Por supuesto!

Todas las pantallas en la estación de control de simulación se encendieron al mismo tiempo, iluminando el lugar con tanta fuerza que Lisa debió cubrirse los ojos hasta que se acostumbraran a la luz. Cinco de las pantallas mostraban el escenario virtual de la simulación desde el punto de vista de cada una de las cabinas, una sexta pantalla estaba programada para observar la simulación "desde el punto de vista de Dios", como había explicado el sargento Novacek... pero la última pantalla, colocada justo frente a Miriya, permanecía curiosamente apagada.

Lisa no tenía tiempo para preguntarse el por qué de ese pequeño misterio: toda su atención estaba enfocada en la batalla virtual que se desarrollaba a través de las demás pantallas de la estación.

En tiempo real y con lujo de detalles, Lisa observó a los cinco cazas Veritech aproximándose a la base que estaba "siendo atacada por una partida de Zentraedi en violación del cese al fuego", según había dicho Rick al resto de sus pilotos. Lisa pudo ver la base simulada siendo atacada desde todas partes, y envuelta en llamas... y su sorpresa debió ser tan grande como la de Rick cuando vio que los "atacantes" eran media docena de armaduras de combate Quaedluun-rau que surcaban el cielo de la simulación a velocidades pasmosas.

La secuencia que siguió el combate era demasiado vertiginosa como para que Lisa pudiera seguirle el rastro; los cazas Veritech cambiaban de modalidad según lo requerían las diversas situaciones de la batalla, en un esfuerzo por mantenerse a la par de las endemoniadas armaduras de combate Zentraedi. Incontables misiles recorrían el espacio virtual, dejando estelas de gas simulado por todas partes al lanzarse en persecución de sus enemigos de turno.

Uno de los cazas Veritech fue alcanzado por el fuego de una armadura enemiga, y la comandante Hayes tembló de espanto al ver cómo la pantalla conectada a la cabina del simulador en cuestión se apagaba abruptamente, confirmando que el caza número 4, piloteado por el tercer teniente Arthur Lewartowski, había sido destruido por completo.

Era una simulación, y se veía tan real...

Dos armaduras enemigas fueron derribadas por los Veritech, en venganza por la destrucción virtual del caza del teniente Lewartowski, y por prudencia Lisa se contuvo de festejar el derribo...

Lisa no podía dejar de pensar en Rick, que estaba peleando esa batalla virtual con la misma energía y voluntad que le ponía a todo... y los instantes en que el combate simulado se volvían para Lisa algo más real que la vida misma dejaban a la comandante Hayes temblando de pánico.

Como lo hacían los combates de verdad.

De pronto, viendo que una tercera armadura Quadrano había sido derribada, Miriya abrió la jarra de mermelada de naranja que guardaba para emergencias, entrecerró los ojos como si estuviera conteniendo su furia... y le lanzó una idea al sargento Novacek.

- Sargento, es hora de nuestro pequeño truco...

El sargento sonrió como si estuviera por cometer la travesura del siglo, y sus manos se pusieron en posición sobre el teclado de la terminal.

- ¡Sí, señora!

- Vamos a probar algo diferente esta vez... incremente la maniobrabilidad de los Quadrano en un 15 por ciento.

- ¿15 por ciento? El comandante va a volverse loco...

Miriya empaló al técnico de computación con la mirada, y ante la silenciosa furia que destilaban esos ojos verdes el sargento Novacek concluyó que lo mejor era cumplir con las órdenes recibidas sin chistar.

- Incrementando en un 15 por ciento ahora, teniente Parino.

La sangre se heló en las venas de Lisa Hayes, y su voz tenía una pizca de indignación cuando le hizo una simple pregunta a la directora de la simulación.

- ¿Estás haciendo trampa?

- Para nada... - negó Miriya, que ya se estaba relamiendo con los resultados visibles a través de la pantalla. - Mis camaradas y yo podíamos aumentar la maniobrabilidad de nuestras armaduras hasta en un 20 por ciento si desactivábamos las restricciones automáticas.

- Suena peligroso.

Miriya se sirvió una cucharada de su mermelada de naranja antes de contestarle a Lisa.

- Para un humano tamaño humano, lo es... sus cuerpos no están preparados para resistir aceleraciones tan intensas. Pero para un Zentraedi tamaño natural, eso es un riesgo aceptable.

- ¿Hacías eso muy a menudo?

La respuesta de Miriya fue tan sencilla como increíblemente orgullosa.

- Así me convertí en la mejor.

En las pantallas, la batalla virtual recrudecía ahora que las armaduras Zentraedi habían recibido la "ayuda extra" de parte de Miriya y del sargento Novacek. Enfrentados ahora a cinco armaduras de combate con maniobrabilidad incrementada, los pilotos de Veritech debieron llevar a sus mechas al límite de sus capacidades, ensayando maniobras de combate cada vez más frenéticas y desesperadas, a la vez que procuraban lanzar todas sus armas contra el enemigo... y evitar ser derribados en el intento.

Los esfuerzos de los pilotos del Skull dieron sus frutos: en menos de cinco minutos de batalla, tres armaduras Quadrano fueron derribados del cielo de la simulación, dejando a otras dos para ser destruidas. Pero por otro lado, otros dos cazas Veritech habían sucumbido ante el fuego de los Zentraedi virtuales... y en medio de la tormenta de cañonazos de misiles, uno de los dos Veritech sobrevivientes encontró que su suerte se agotaba rápidamente.

Finalmente, sólo quedaba un caza virtual en el simulacro de batalla... un caza pintado con inconfundible librea blanca y negra.

El corazón de Lisa Hayes latió con desesperación al ver cómo Rick intentaba sobrevivir a la cacería lanzada por los dos Zentraedi remanentes.

- Y el único que queda es el comandante Hunter... - anunció Miriya con una sonrisa espeluznante en sus labios, que sumada al tinte verdoso que el monitor de computadora le daba a su rostro, la hacía verse especialmente demoníaca.

- Rick... - suspiró Lisa como en una plegaria, a lo que Miriya reaccionó de manera más demoníaca.

- No por mucho...

- ¿Eh?

Rápidamente, Miriya le dio nuevas instrucciones al sargento Novacek, que sólo pusieron a Lisa en un estado de mayor ansiedad.

- Sargento, transfiera control de la unidad adversaria simulada número 1 a mi terminal.

- De inmediato, teniente.

- ¿Qué estás haciendo? - preguntó la comandante Hayes con voz temblorosa.

- Poniendo interesantes las cosas.

La pantalla de la terminal de Miriya se activó al instante, mostrando la simulación desde el punto de vista de uno de los mechas Zentraedi... que tenía al caza virtual del comandante Hunter en la mira.

Lisa contempló con fascinación perversa el resto de la batalla, viendo cómo Rick apelaba a cada truco en el libro en su afán por evadir a sus perseguidores... transformaciones fluidas que tenían más en común con la habilidad del ballet que con la furia de la batalla, giros endemoniados, trepadas hacia las nubes y caídas en picada a velocidades inimaginables, lluvias de misiles dirigidas hacia él, así como contraataques sorpresivos... la batalla continuaba con toda su furia, sin que el hecho de que se tratara de una simulación la hiciera menos frenética.

Y Miriya perseguía a Rick con decisión, manteniéndolo todo el tiempo en su mira para luego verse frustrada por las maniobras enloquecidas del Líder Skull... pero sin perderlo de vista, siguiéndolo con la inquebrantable persistencia del depredador.

El otro mecha virtual, el único que aún permanecía bajo control de la computadora, desapareció en una lluvia de disparos, y Lisa estuvo cerca de celebrar el que el hombre de su vida se hubiera podido librar de uno de sus perseguidores.

Por desgracia, la victoria de Rick vino a un alto costo: casi sin que él lo notara, el mecha "piloteado" por Miriya se colocó a las seis en punto del Líder Skull. Fue sólo por una fracción de segundo antes de que Rick reaccionara, pero fue demasiado tarde para el teniente comandante Hunter.

Con los ojos abiertos por el pánico, la comandante Lisa Hayes observó aterrorizada cómo el Skull Uno virtual de Rick estallaba en infinidad de pedazos a consecuencia de los misiles lanzados por Miriya... a la vez que la pantalla que mostraba el punto de vista de Rick se apagaba hasta quedar completamente negra.

Podía tratarse de una simulación de computadora, pero para Lisa Hayes se había sentido demasiado real... demasiado terrorífica... y su mente sufrió el embate de docenas de imágenes de combate, todas ellas mostrándole a Rick siendo derribado por el fuego enemigo...

Una sensación incalificable pero dolorosa en grado sumo inundó el alma de Lisa, y la comandante Hayes volvió a sentir en carne propia el horror de ver morir en combate al hombre al que amaba... aunque se tratara de una simulación. ¿Podía ser, o no? Él era un piloto, y debía enfrentarse al enemigo en batallas feroces e intensas como la que acababa de ver.

De pronto, Lisa observó a Miriya... y la expresión triunfal y satisfecha de la piloto Zentraedi la llenó de náuseas. Miriya se veía orgullosa, como si acabara de conseguir un gran triunfo... aunque apenas fuera una marca más en su historial de batalla. Y al verla allí sentada frente a la consola desde la que había "matado" virtualmente a Rick, Lisa Hayes trató de imaginarse la cara que pondría un eventual enemigo que derribara a Rick en combate. Muy probablemente ese enemigo celebrara su triunfo y lo considerara un logro personal, el cual sería olvidado en cuanto destruyera otra nave.

Sin importarle el tendal de dolor y lágrimas que dejaría con ese derribo.

Así de cruel era la guerra.

- Termine la simulación, sargento - ordenó Miriya como si nada hubiera ocurrido.

- Hecho.

En el nivel inferior, las cinco cabinas de simulación se abrieron al mismo tiempo, dejando que los pilotos salieran de ellas. Todos ellos parecían mareados... tal como lo habrían estado de haberse tratado de un combate real. Aquellos simuladores eran bastante convincentes en su tarea de escenificar una batalla aérea. Los cinco pilotos recobraron bien pronto la compostura, y no tardaron en buscar la salida del cuarto de simulación, viéndose particularmente irritados, cosa que motivó una observación sagaz por parte de Miriya.

- Ahora, estimo que en un minuto tu comandante Hunter y el resto de sus pilotos entrarán a esta sala en medio de un ataque de furia.

- Por tu bien, espero que te equivoques, Miriya - deseó Lisa.

Efectivamente, menos de un minuto después, las puertas de la sala de control de simulación se abrieron intempestivamente, dejando pasar a un grupo de pilotos de combate muy airados y humillados, liderados por un oficial que parecía agrandarse con la pura furia que dejaba ver en todo su cuerpo.

El piloto jefe clavó su mirada en Miriya Sterling y levantó un dedo acusador al grito desaforado de:

- ¡TÚ!

Miriya ni se inmutó, dejando que el teniente comandante Rick Hunter continuara a los gritos y hecho una furia en su aproximación.

- ¡¿Qué diablos fue eso?! ¡¿Tomaste el control del sistema otra vez para hacer tus trampas?!

- Como dijo un famoso general microniano: "una pinta de sudor en el entrenamiento ahorra un galón de sangre en el combate" - replicó Miriya con una sonrisa cruel en los labios. - Sólo te hice sudar un poco más...

El comandante Hunter estaba demasiado furioso y humillado como para contestarle a la piloto Zentraedi... de modo que sin perder su cara de ira, sólo pudo buscar un nuevo blanco, encontrando uno perfecto en la comandante Hayes, que hasta entonces había observado el intercambio entre ambos pilotos con una sonrisa divertida en los labios.

- ¡Y TÚ!

- ¿Yo qué? - se defendió la comandante Hayes sin saber de qué tenía que defenderse.

- ¡Ven para acá!

Y sin más preámbulos, Rick Hunter tomó a su novia en brazos y comenzó a besarla con pura desesperación y pasión, disfrutando cada segundo de aquello y sintiéndose más enloquecido de amor cuando la sintió desmoronarse en sus brazos... y sin que le importara que lo estuvieran observando una oficial Zentraedi con varios meses de embarazo, cuatro pilotos de combate bajo sus órdenes y un sargento técnico que se sentía como el proverbial convidado de piedra.

- ¡Awwwwwwwwwwwwwwwwwwwwwwwwww! - exclamaban al unísono las pocas mujeres allí presentes, mientras el teniente Lewartowski no se privaba de hacerle un comentario sarcástico a su líder de escuadrón.

- Oiga señor, puede soltarla... no se va a escapar a ninguna parte...

A Rick Hunter no le llegaban esos comentarios; de hecho, no tenía noción de nada que no fueran los labios de Lisa, o el sonido de sus suspiros y gemidos, o lo indescriptible de sentirla estremecerse en sus brazos... o incluso los latidos desbocados de su propio corazón al sentirla tan cerca suyo.

De haber sido por él, la hubiera besado hasta el fin de los tiempos: no importaba que no hubiera una buena razón para semejante ataque de amor. La única razón que importaba para Rick Hunter era esa mujer de cabello castaño y ojos verdes que lo estaba derritiendo allí mismo... y una vez más, Rick se lanzó con más fuerza a besarla, sintiendo en sus labios todo el amor que ella tenía por él.

Hasta que la falta de aire les hizo separarse, muy a regañadientes... dejando a un Rick Hunter emocionado hasta las lágrimas mirando a los ojos agrandados de una Lisa Hayes que estaba jadeando tanto por la falta de aire como por la pasión que acababa de enloquecerla.

- Wow... qué lindo beso...

- Y hay más de donde vino ese...

- ¿Por qué tanto cariño? - preguntó Lisa, que aún estaba atontada por los efectos del arrebato pasional de su novio.

Rick sólo la abrazó con más fuerza, dejándole el espacio suficiente para que pudiera respirar... y luego volvió a besarla suavemente en los labios, llenando su ser con el sabor de la mujer a la que amaba, a la que estaba besando como si realmente hubiera muerto en aquella batalla simulada.

Como si hubiera vuelto a la vida para verla allí, esperándolo.

- Porque si saqué algo bueno del truco de Miriya, es que tengo que estar preparado para las cosas imprevistas.

- ¿Como cuáles?

Afortunadamente para los dos jóvenes oficiales, Miriya ya se había ocupado de dejar la sala completamente vacía para ellos dos, debiendo arriar a los pilotos y al sargento Novacek como si fueran ganado díscolo.

- Como por ejemplo, salir de la peor sesión de simulación de tu vida y encontrarte a la mujer más maravillosa del universo esperándote.

- Aw... - sonrió ella, para después hacerle una caída de ojos y sonreirle de manera seductora. - Y dime, Hunter... ¿estás esperando otras cosas imprevistas?

- Esperemos que de las buenas, amor... esperemos que de las buenas.


Lunes 14 de mayo de 2012

Las sesiones de un cuerpo parlamentario son un verdadero espectáculo. Para muchos, la imagen de un grupo de legisladores discurseando desde sus escaños y cumpliendo con el protocolo que rige las sesiones del cuerpo en su trabajo cotidiano de formular las leyes de la sociedad, o perdiendo los estribos cuando el tema que está siendo discutido es el centro de un debate social de grandes proporciones, constituye una de las más vívidas y poderosas representaciones que se pueden tener de una democracia en funcionamiento.

Como suele ocurrir con muchas de las imágenes que el común de las personas se forma, ésta suele hallarse distanciada de la realidad.

Lo que pocos saben es que la mayor parte del trabajo de un cuerpo legislativo tiene lugar lejos de las cámaras de televisión, en salones menos vistosos e imponentes que el recinto de sesiones, y con frases concretas y descarnadas que poco o nada tienen en común con los discursos de una sesión. Pocas veces los asuntos se definen en las sesiones plenarias que acaparan la atención de toda la ciudadanía; por lo general, el trabajo de una legislatura tiene lugar en aquellos pequeños grupos que conforman sus miembros: las comisiones parlamentarias.

El Senado de la Tierra Unida no era la excepción a la regla.

Para poder hacer su trabajo, el Senado se dividía en una miríada de comisiones, cada una de ellas encargada de algún asunto concreto del quehacer gubernamental. Los senadores de una determinada comisión tienen a su cargo el seguimiento y el conocimiento del tema sobre el que trata la comisión, de tal manera de poder legislar mejor y con conocimiento de causa; por su tamaño más reducido y por su especificidad en una materia determinada, las comisiones son siempre el lugar en donde la legislación nace y es discutida por primera vez, antes de pasar a la sesión plenaria en donde es finalmente convertida en ley o rechazada.

Como en todas las cosas, algunas comisiones tienen más peso que otras en el Senado de la Tierra Unida, mientras que otras languidecen en la oscuridad y el anonimato. Así, por cada Comisión Senatorial de Defensa, de Seguridad, de Presupuesto o de Asuntos Fiscales que acapara la atención de los analistas políticos y el interés de los poderosos, existe una Comisión Senatorial de Asuntos Administrativos o de Fomento Económico que opera diariamente sin la molesta observación de la prensa.

La composición de una comisión senatorial es algo que queda librado a las esotéricas reglas de funcionamiento del Senado. Oficialmente cada comisión debe tener un mínimo de seis miembros, y esa es la única regla formal puesta en papel sobre el tema; todo lo demás estaba manejado por "la costumbre", que había sido heredada por el nuevo Senado aún luego del Holocausto Zentraedi... que entre otras cosas, le permitía a un senador formar parte de no más de tres comisiones.

Aún más: de acuerdo a "la costumbre", sólo los senadores con mayor peso podían aspirar a formar parte de las comisiones más relevantes, y las autoridades de las comisiones quedaban en manos de la facción mayoritaria del Senado, dejando a la oposición con las vicepresidencias de las mismas. El resto de los senadores, es decir aquellos que no gozaban del suficiente "peso" entre sus colegas como para pretender integrar alguna de las grandes comisiones, se conformaba con pertenecer a las otras más modestas y menos visibles.

Tal era el caso de la Comisión Senatorial de Distribución y Suministros, un cuerpo integrado por nueve senadores, cinco por el "oficialismo" y cuatro por la oposición, encargado de conocer y promover legislación sobre la distribución de suministros alimenticios y médicos en todo el territorio bajo la jurisdicción de la Tierra Unida. A pesar de que se tratara de una tarea importante, la Comisión de Distribución y Suministros permanecía en un anonimato conveniente para sus miembros, que así podían dedicarse a sus tareas sin el ojo molesto de la prensa, como le ocurría a sus más relevantes colegas de la Comisión de Defensa, por mencionar sólo una.

Pero el anonimato y la reserva eran cosas a las que no se adaptaba muy bien quien era quizás el miembro más notorio de la Comisión de Distribución y Suministros: Lynn Kyle, senador por Denver-Colorado.

A pesar del status de "estrella" que Lynn Kyle ostentaba en el Senado de la Tierra Unida, los rápidos movimientos de sus colegas más astutos le habían bloqueado el acceso a las comisiones más importantes del Senado, argumentando que por su inexperiencia e intransigencia, permitir a Kyle sentarse en las comisiones que supervisaban a las Fuerzas de la Tierra Unida, que redactaban los proyectos de impuestos o que daban los toques finales al presupuesto del GTU, iba a ser una invitación al caos.

Y era por eso que Kyle se había visto relegado, de buenas a primeras, a formar parte de tres de las comisiones más oscuras del Senado de la Tierra Unida: Planeamiento Urbano, Legislación Laboral, y aquella de Distribución y Suministros, de cuya reunión semanal él estaba formando parte.

El presidente de la Comisión de Distribución y Suministros era un veterano político australiano, representante de Nueva Gales del Sur y ferviente partidario de la administración Pelletier y de las Fuerzas de la Tierra Unida, lo que lo convertía en uno de los seres menos tolerables para el incendiario senador por Denver. Todo acerca del presidente de la comisión le provocaba disgusto a Kyle: sus modos, sus movimientos, el timbre de su voz y por sobre todas las cosas, la manera oficiosa en la que se conducía durante las reuniones.

Ajeno al odio que por él sentía el senador por Denver-Colorado, casi invisible en la silla que ocupaba alrededor de la mesa principal de la sala de trabajo de la Comisión, el senador Simon Fielding se dispuso a comenzar las deliberaciones del día.

- Muy bien, señores, doy por iniciada esta reunión de la Comisión - anunció el senador Fielding mientras golpeaba la mesa con su martillo ceremonial y recorría con la mirada los rostros de los otros senadores. - ¿Qué propuestas tienen?

Carraspeando para hacerse notar, el senador Albert Aubame, representante de la región africana de Dakar y Gambia, levantó la mano y respondió la pregunta del presidente de la Comisión.

- Tenemos una propuesta para reducir los impuestos a las compañías de transporte que estén afectadas a la distribución de suministros.

- Continúe.

A la invitación del senador Fielding, el senador Aubame hojeó por unos momentos el documento que contenía su propuesta legislativa, para así refrescarse un poco y poder continuar con la presentación.

- Estaríamos hablando de un recorte del... veinticinco por ciento de la tasa actual.

- Eso es mucho - observó uno de los miembros opositores, el senador por Nueva Singapur.

- Creemos que es suficiente como para hacer que sea más rentable la actividad... tal vez, hasta podríamos lograr que más empresas se interesen en el rubro.

- Interesante - sonrió el senador Fielding. - ¿Tiene un borrador de la propuesta, senador?

- Aquí lo tiene.

Dicho eso, el senador Aubame le alcanzó al presidente de la Comisión el documento con el borrador de la propuesta, permaneciendo en respetuoso silencio mientras Fielding leía someramente los principales puntos de la propuesta.

En eso, la senadora Anneli Lipponen, representante por Finlandia y una de las integrantes opositoras de la Comisión, alzó la voz para ser tenida en cuenta por el presidente.

- Tenemos una propuesta alternativa.

- La escucho.

- Proponemos establecer un nuevo servicio de transporte aéreo directamente dependiente del GTU, encargado exclusivamente del transporte humanitario. Un servicio mundial de cargas aéreas, si lo quieren llamar así. Estimamos que podríamos aumentar la frecuencia de los transportes aéreos hasta en un 30 por ciento.

Semejante guarismo llamó la atención de los demás miembros de la Comisión, pero eso no amedrentó a la oradora ni le hizo perder el control de sus nervios... sino que simplemente siguió leyendo y explicando su proyecto de legislación.

- El GTU contrataría la construcción de nuevos aviones de transporte y reclutaría antiguos pilotos de aerolíneas - explicó la senadora finlandesa. - Entiendo que ya hay fábricas que pueden producir transportes Tunny y que están esperando pedidos para ponerse en marcha.

- ¿Y con qué los pagaremos? - preguntó otro senador.

- Tenemos una serie de propuestas para el financiamiento de este nuevo servicio - respondió la senadora, leyendo directamente del borrador de su propuesta. - Por ejemplo, un impuesto a las exportaciones de cereales--

- ¿Está bromeando, senadora? - saltó uno de los miembros oficialistas, el senador por la región argentina de Córdoba y el Litoral. - Si hago eso, van a pedir mi cabeza allá en mi tierra...

- De algún lado tenemos que sacar los fondos.

- ¿Pero necesariamente tenemos que poner nuevos impuestos? - preguntó el senador Aubame, mirando luego a sus colegas con un guiño conspirativo. - Ya quiero ver las caras en la Comisión de Asuntos Fiscales cuando les presentemos esto.

Mientras la Comisión de Distribución y Suministros se deshacía en risas y comentarios del ambiente, un senador permanecía en tenso e incómodo silencio.

Lynn Kyle pasaba a veces por momentos en donde no podía creer las cosas que veía. Junto a él, en torno de la misma mesa, había ocho senadores: cinco que eran partidarios del gobierno, y tres que estaban en la oposición como él. Debía haber debate y discusión fiera entre los oficialistas y los opositores... pero en vez de eso, todo lo que Kyle veía era buen trato, cordialidad y espíritu deportivo entre los miembros.

Y eso pasaba en las otras comisiones de las que formaba parte... y pasaba tanto que Kyle se sentía más que tentado a considerar que el Senado de la Tierra Unida no era más que una gran farsa.

Lo que lo convertía entonces en un farsante.

Motivado tanto por la indignación como por su propio anhelo de sentirse útil, Lynn Kyle decidió intervenir en el debate, cosa que hizo de la manera más cortés y educada que le fue posible.

- Si me lo permiten, tengo una propuesta que creo que va a satisfacer a todos.

Tras verse interrumpido en la charla, el senador Fielding concedió, aunque de manera reticente, la palabra al joven senador por Denver.

- ¿Sí, senador Lynn?

- Propongo, como mi colega - comenzó Kyle, señalando cortésmente con la cabeza a su colega finlandesa - crear un servicio civil de transporte aéreo en el GTU, pero en vez de encargar nuevos aviones de transporte, mi proyecto contempla aprovechar las capacidades existentes en la actualidad--

- ¿Cuáles capacidades? - preguntó el senador Aubame, mientras otros dos miembros oficialistas de la comisión intercambiaban miradas resignadas, como si ya supieran cómo venía la cosa.

Kyle juntó fuerzas y se lanzó directamente a responder.

- Bueno... las Fuerzas de la Tierra Unida tienen en estos momentos un total de ochocientos aviones de transporte de todos los tipos, todos los cuales pueden emplearse para transporte de suministros y asistencia humanitaria.

Frente a Kyle, el resto de la Comisión estaba demasiado muda o confundida para poder articular alguna palabra... pero si Kyle pensó que era porque los había deslumbrado con su genio, estaba muy cerca de llevarse una cruel decepción.

- Actualmente estamos usando esos aviones para llevar suministros, senador - replicó el senador por Córdoba y el Litoral. - No veo cuál sería el beneficio de su propuesta.

- Tenga en cuenta que esos aviones de transporte pasan buena parte del tiempo afectados a misiones secundarias, estrictamente militares y por lo tanto de poca utilidad - insistió Kyle, sin ser capaz de evitar el darle un tono ligeramente despectivo a su pronunciación de la palabra "militares". - Si tuviéramos a esos aviones a permanente disposición para el transporte humanitario, en lugar de permitir que los militares los malgasten en sus corridas de transporte de armas y trastos, nuestros esfuerzos de distribución de suministros serían más efectivos.

En un esfuerzo por evitar la tormenta que ya veía venir, el senador Fielding decidió tomar las cosas en sus manos y tratar de salir de manera más o menos civilizada.

- Déjeme ver si entendí, senador... ¿está proponiendo que nos apropiemos de las aeronaves de transporte militar?

- Son recursos del GTU - contestó Kyle. - Además, ¿qué es más útil: transportar comida y medicamentos o llevar soldados de un lado a otro?

Fielding estaba demasiado anonadado por lo que escuchaba, y eso le impidió intervenir a tiempo para evitar que otra senadora oficialista expresara de manera vívida y clara su opinión al respecto.

- ¿Está bromeando?

- Tráteme con seriedad, senadora - replicó irritado Kyle. - Soy un representante del pueblo.

Lejos de impresionarse con eso, la senadora desvió la mirada y estuvo a punto de mascullar un insulto.

- Por todos los--

- Esta Comisión tratará a todos sus miembros con el respeto que se merecen - la cortó el senador Fielding con autoridad, para luego volver a ocuparse del joven y petulante senador que había lanzado aquella bomba. - Senador Lynn, ¿tiene un borrador de la propuesta?

- En realidad, está todavía siendo escrita... es parte de un proyecto mucho mayor que tengo escrito y que quisiera presentarles a ustedes--

- ¿Un proyecto? - preguntó el senador argentino, sin ocultar su recelo hacia Kyle. - ¿Sobre qué?

- Propongo la disolución progresiva de las Fuerzas de la Tierra Unida en un plazo de cinco años, y--

Otro senador oficialista, un veterano militar alemán que había ganado la senaduría por Baviera, no pudo contener sus anhelos por dejar en claro la opinión que le merecía el senador por Denver-Colorado.

- Imbécil.

- ¡Más respeto! - explotó Kyle, más iracundo por ser su rival un ex-militar.

- ¡Silencio! - exigió el senador Fielding, logrando que callara el alemán y permitiéndole volver una vez más su atención hacia Kyle. - Senador Lynn, le recuerdo que estamos en la Comisión de Distribución y Suministros. El... proyecto que usted está presentando ante nosotros debería ser ingresado en la Comisión de Defensa - lo aleccionó, agregando luego como al pasar. - No que vaya a tener mucha suerte con su propuesta.

De hecho, Fielding estaba siendo demasiado generoso con su frase: si a Kyle se le llegaba a ocurrir presentar un proyecto para disolver las Fuerzas de la Tierra Unida en la Comisión de Defensa del Senado, muy probablemente las miradas de incredulidad hubieran sido acompañadas por sonrisas socarronas, frases sarcásticas y una muy diplomática invitación a irse a un lugar que no puede mencionarse en compañía educada.

Sencillamente, semejante idea era inviable, insensata e imposible de ser considerada seriamente: la sola idea de disolver a una institución que había probado ser indispensable en los momentos más críticos de la Humanidad era una locura garantizada... sin mencionar las innumerables cuestiones prácticas, administrativas, financieras y de personal que vendrían a caballo de algo tan monstruoso como la disolución de las Fuerzas de la Tierra Unida, algo que traería más complicaciones que cualquier beneficio que pudiera reportar.

Pero Kyle no tomó el gesto de Fielding como una magnanimidad, sino que se plantó frente al presidente de la Comisión con su habitual indignación irritada.

- Señor presidente, le pido que me tome con la seriedad que merezco.

- Muy bien, lo haremos como usted quiera - suspiró resignado el senador Fielding. - ¿Quién más está esponsoreando su proyecto?

- Es un proyecto personal.

Las miradas de confusión dominaron a oficialistas y opositores por igual. No importaba que cualquier senador pudiera presentar un proyecto de ley; la simple prudencia hacía casi indispensable que cada proyecto fuera "mostrado" a otros senadores, de tal manera de poder tener así una idea de la recepción que tendría su idea antes de ser tratada en comisión... sin mencionar que, de ser algo que los senadores consultados hallaran interesante, podría darle más peso al proyecto como para enfrentar la etapa de comisión.

Tan fuerte era la prudencia en esos casos que el que un senador se arriesgara a ir a comisión con su proyecto sin mostrárselo a alguien más (y así conseguir, probablemente, su "esponsoreo"), era el equivalente senatorial a querer lanzarse a volar sin más recursos que el aleteo de las manos.

- ¿Quiere decir que no lo presenta en conjunto con ningún otro senador?

- No, señor - respondió raudo Kyle, haciendo con eso que Fielding pasara a la siguiente alternativa.

- ¿Lo consultó con su bloque parlamentario?

- No, señor.

A pesar de que cada vez se le hacía más difícil disimular su disgusto hacia el joven, el senador Fielding se obligó a seguir insistiendo de manera civilizada.

- ¿Tiene algún estudio que respalde su propuesta?

- ¿Estudio? - balbuceó Kyle, quien aparentemente tampoco sabía que los senadores solían acompañar sus propuestas con una batería de documentación que respaldara su idea.

- Una medición estadística, una proyección a futuro... - explicó con irritación el senador Fielding. - Algo.

- N-no, señor.

Fielding no insistió más y se tomó unos segundos para anotar algunas cosas en su libreta. Alrededor de la mesa, las caras de los senadores eran imposibles de describir, pero en todas ellas asomaba la incredulidad hacia el joven Kyle... cuando no el inicio del desprecio.

No era para menos: para los oficialistas, Kyle era poco menos que el Anticristo, y para no pocos senadores opositores, el joven miembro por Denver-Colorado era una broma que sólo servía para desacreditarlos ante la sociedad. Quizás los oficialistas no quisieran ver a Kyle, pero los opositores que no se lo tragaban tenían una manera de evitarlo digna del más cruel trato hacia un leproso.

Y eso hacía que mientras Simon Fielding siguiera anotando, el resto de los miembros de la Comisión de Distribución y Suministros echara miradas a cual más fea hacia el senador por Denver-Colorado.

- No lo consultó con nadie más... no lo discutió con su bloque parlamentario... no tiene estudios para respaldar la propuesta... no tiene un borrador para presentar... lo presenta ante la comisión equivocada... - repitió Fielding como si fuera una letanía de insultos hacia el Senado de la Tierra Unida. - Senador Lynn... hay procedimientos a cumplir en el Senado. Reglas de juego, si así las quiere llamar. Le sugiero que de aquí en adelante las respete y se atenga a ellas.

Sentado del otro lado de la mesa, la cara del senador Lynn Kyle era una máscara enrojecida de ira y humillación... que iba en aumento con cada nueva frase que le espetaba el senador Fielding.

- Y le recuerdo una vez más: esta Comisión trata proyectos relacionados con la distribución de suministros médicos y alimenticios, no con las Fuerzas de la Tierra Unida.

A pesar de todo, Kyle todavía tenía resto como para intentar defender su posición... no iba a permitir que sus ideas fueran desbancadas por esos amantes de los militares y los tibios que se hacían pasar por "opositores".

- Pero--

- ¡¿Mira, muchacho, por qué no te vas a organizar marchas y nos dejas legislar a los adultos?! - bramó el senador alemán, ya perdiendo completamente la compostura y desatando una feroz batahola en la sala.

- ¡Silencio, todos! - exigió Fielding. - Esta reunión continuará con normalidad, o de lo contrario...

Poco a poco, los senadores de la Comisión dejaron las posturas belicosas y convinieron silenciosamente en una paz provisoria, acomodándose en sus asientos para calmar las aguas y no provocar más arrebatos del presidente de la Comisión.

Incluso Kyle se mantuvo callado, cosa que resultaba sorprendente para muchos de los senadores presentes.

- Muy bien, ahora... volvamos a lo que estábamos tratando - anunció satisfecho el senador Fielding, quien después concedió la palabra a la senadora finlandesa como si nada hubiera pasado. - Continúe, senadora.

La junta continuó sin más problemas, y por sobre todo, sin más intromisiones de parte de Kyle... allí sentado, el resto de los senadores actuaban como si no existiera, y continuaban discutiendo las propuestas una y otra vez, hasta que por fin la junta terminó, quedando los integrantes de la Comisión de acuerdo en reunirse una vez más para consensuar sobre el proyecto del senador Aubame.

Kyle estaba demasiado ensimismado y ocupado en sus propias ideas... en sus propias desilusiones... en su propia sensación de sentirse una burla. Tenía que hacer algo para recuperarse de aquella humillación, tenía que sentir que estaba haciendo todo lo que podía por la causa de la paz, en lugar de sentirse parte de una farsa cada vez menos graciosa.

Quizás, consideró después de un rato, lo que necesitaba era tener algunas reuniones con los muchachos de la Juventud de la Paz... ellos sí que lo entendían, sí que sabían bien lo que había que hacer. Aquellos muchachos podían ser un poco extremistas por momentos, pero Lynn Kyle no iba a censurar al fervor de la juventud.

La idea de hablar un poco con aquellos jóvenes en los que el fuego seguía vivo consiguió calmar al senador por Denver-Colorado... y lo ayudó a ver el futuro con algo más de optimismo.


La nave de guerra sobrevolaba la esfera azul parduzca de la Tierra a unos mil quinientos kilómetros de altura por sobre la superficie, casi un insecto revoloteando alrededor de un planeta que aún herido y chamuscado conservaba su imponente belleza.

Se trataba de una nave de trescientos metros de eslora, de forma alargada y vagamente triangular, con dos barquillas rectangulares flanqueando el casco principal a babor y estribor y unidas al mismo por una estructura plana, además de una torre de mando que se alzaba directamente a proa del casco principal. Hacia la parte central de la nave, cuatro imponentes cañones sobresalían del casco, apuntando hacia el frente y prometiendo destrucción a cualquier cosa que se colocara frente al navío, mientras que de manera menos conspicua, tres lanzadores triples de misiles colocados en la sección del casco que separaba a las barquillas de motores albergaban las armas más letales de la nave de combate.

Diez propulsores proveían a la nave de movilidad y maniobrabilidad en el espacio: dos de ellos en el casco principal y los ocho restantes en las dos barquillas, abastecidos por la caldera Reflex colocada en las entrañas del casco principal.

A excepción de una pequeña sección de la proa, casi toda la mitad superior del casco principal estaba pintada de un intenso color azul, al igual que las barquillas de motores; la mitad inferior era de color gris acerado y marcial, dejando sólo a la sección de proa y a la torre de mando con un blanco reluciente.

El nombre de aquella nave estaba pintado a los costados de la pequeña torre de mando ubicada a proa: UES Cordelia, DD-19.

El Cordelia era un destructor perteneciente a la clase Oberth: el primer esfuerzo de la raza humana por diseñar y construir una nave de combate espacial que sirviera para defender a la Tierra contra una eventual agresión alienígena... y para el nivel tecnológico de aquellos primeros años, las naves de la clase Oberth eran un logro admirable, combinando poder de fuego y maniobrabilidad en un diseño fácil de producir en serie.

Al costo de miles de millones de créditos, el Gobierno de la Tierra Unida había construido durante los últimos siete años más de cien naves de guerra como el Cordelia, que formarían no sólo la columna vertebral de las Fuerzas Espaciales sino también la herramienta principal de la expansión y exploración humana en el Sistema Solar. Además de sus misiones militares, los destructores clase Oberth habían sido empleados también para realizar misiones científicas a los planetas del sistema solar interior y para contribuir con la construcción y establecimiento de puestos avanzados en el espacio.

Conforme la humanidad ganaba experiencia espacial a pasos agigantados, los diseñadores militares volvían a las mesas de dibujo para incorporar lo último en tecnología y experiencia al diseño de la clase Oberth, resultando en un total de cinco series sucesivas de aquellas naves, cada una más avanzada y capaz que la que lo precedía. El Cordelia pertenecía a la segunda serie de la clase Oberth, cuyas naves habían recibido nombres de personajes femeninos de la literatura universal, quizás en deferencia a cierto espíritu feminista en el Gobierno que había objetado que a las naves de la primera serie se les hubieran impuesto nombres de exploradores famosos y pioneros del espacio... siendo casi todos ellos hombres.

Sin importar las capacidades de los destructores clase Oberth, o su progreso y evolución tecnológica, o incluso la elección de nombres para las naves individuales de la clase, la llegada de los Zentraedi demostró que la Humanidad aún tenía mucho que aprender en materia de combate espacial.

Media docena de destructores clase Oberth habían enfrentado a la flota Zentraedi durante la batalla inicial de la guerra, pudiendo escapar sólo dos de ellos... con daños suficientes para ponerlas fuera de combate por un año y medio. Sencillamente, las naves Zentraedi eran más resistentes, tenían mayor poder de fuego y disponían de tecnología superior de detección y control de fuego. Aún conscientes de la inferioridad de la clase Oberth frente a las naves Zentraedi, el Alto Mando había insistido con la producción continua de la clase, tanto por la esperanza de poder superar la calidad Zentraedi con cantidad... como por tener bien en claro que por el momento no había nada mejor para poner frente a los invasores.

Para abril de 2011, un total de ciento siete destructores de la clase Oberth se hallaban en servicio, de los cuales setenta y uno estaban en órbita terrestre al momento del ataque de Dolza. Ninguno de ellos sobrevivió a la andanada inicial de la flota Zentraedi. El resto de las naves se habían salvado precisamente por estar lejos de la Tierra, ya sea por haber sido asignadas a la defensa de las colonias lunares y de los Astilleros L5, o por haber sido despachadas en misiones de exploración al espacio profundo... como le había ocurrido al Cordelia, que regresó de una misión científica a Venus en julio de 2011 sólo para encontrarse con la Tierra reducida a ruinas.

Desde el final de la guerra, la defensa del planeta frente a ataques alienígenas había quedado en manos de las naves leales a Lord Breetai, quedando las pocas naves de la Tierra Unida que habían sobrevivido asignadas a la misión de mantener la seguridad en la órbita cercana a la Tierra.

Labores de control de tráfico espacial, reconstrucción de estaciones espaciales, vigilancia orbital: esas eran las tareas del Cordelia y del resto de la flota... aderezadas de tanto en tanto por alguna misión "negra" de espiar a las naves de Breetai, con la secreta esperanza de poder sonsacar más información sobre ellas que la que recibían de los propios Zentraedi, información que el Alto Mando emplearía para asegurarse de que la siguiente generación de naves de guerra humanas no debiera enfrentarse a la misma disparidad que había azotado a la clase Oberth.

Y aquella noche (en el tiempo estándar de Nueva Macross que era la hora oficial vigente en las naves de guerra de la Tierra Unida), era precisamente una de aquellas misiones "negras" la que ocupaba a la tripulación del UES Cordelia, camuflada bajo la apariencia de estar manteniendo la seguridad orbital de la Tierra frente a cualquier potencial intruso. Todos los radares y sistemas de detección del Cordelia, excepto aquellos indispensables para la navegación, estaban escudriñando intensamente el área del espacio que ocupaban las naves de la flota de Breetai... y en el puente del Cordelia, la tripulación no podía quitarse de la cabeza la sensación de que por más que hicieran su mejor esfuerzo, los Zentraedi estaban al tanto de su indiscreta observación.

Fue justamente por estar observando a la flota Zentraedi a través de su pantalla de radar que un sargento de guardia en el puente del Cordelia pudo detectar algo inusual entre las naves de guerra de los gigantes alienígenas.

O más precisamente, en una de ellas.

El gruñido de intriga que lanzó el sargento debió haber pasado inadvertido, salvo por el hecho de que el puente del Cordelia era un espacio pequeño y apiñado al punto de ser claustrofóbico, lo que garantizó que fuera escuchado por el oficial táctico de la nave.

- ¿Qué tiene ahí, sargento?

Antes de contestar, el sargento se corrió a un lado para permitirle al oficial táctico tener una vista de la pantalla de radar... y de lo que había captado su atención.

Un pequeño punto se alejaba a gran velocidad de la colección de otros puntos que marcaba la posición de la flota de Breetai, moviéndose en un curso que la llevaba directamente hacia la Tierra... y muy cerca del Cordelia.

- A juzgar por el tamaño, señor... yo diría que se trata de una fragata Zentraedi - concluyó el sargento.

Aún siendo la nave más pequeña de la flota Zentraedi, una fragata era un rival más que importante para el Cordelia, y el oficial táctico sintió el sudor recorriéndole la espalda.

- Capitán, debería venir a ver esto... - llamó de inmediato el oficial táctico, quien ya podía presentir que estaban teniendo algo importante entre manos.

El capitán Willem Smits se levantó de inmediato de su silla y caminó los pocos pasos que lo separaban de la estación de radar, inclinándose para poder ver mejor la pantalla y la información contenida en ella.

- ¿Qué pasa, Yasuo?

- Tenemos una nave Zentraedi, posiblemente una fragata, en aproximación a nuestra posición actual y en un curso directo hacia la Tierra, capitán.

El oficial táctico y el sargento permanecieron en silencio mientras el capitán Smits estudiaba cuidadosamente la pantalla de radar; sabían por experiencia propia que era mejor no interrumpir al capitán mientras pensaba, a menos que surgiera nueva información relevante, tal y como ocurrió exactamente quince segundos después cuando la pantalla indicó que había una identificación positiva de la nave Zentraedi.

- Efectivamente es una fragata Zentraedi, señor - confirmó el oficial táctico tras leer la información en pantalla. - Está listada en nuestros registros como la Kraadel.

- Raro, muy raro... - murmuraba el capitán antes de levantar la cabeza y llamar al primer oficial. - Comandante Reiter.

- ¿Sí, señor?

- ¿Existe algún vuelo de transporte programado para este momento?

Smits calló mientras el primer oficial repasaba el informe de actividades diario que habían recibido del Alto Mando aquella mañana, el cual listaba los vuelos de transporte entre la Tierra y la Luna que debían realizar las naves Zentraedi... y su curiosidad trocó en preocupación al notar la cara que estaba poniendo su primer oficial.

- De acuerdo al orden del día, la Kraadel debería realizar el vuelo de transporte programado para hoy... - explicó el comandante Franz Reiter con cierta inquietud en la voz. - Pero no tendría que acercarse a la Tierra sino hasta dentro de ocho horas.

El capitán Smits hizo la matemática en su cabeza, tomando en consideración factores tales como la velocidad de la nave, la distancia relativa de la misma respecto a la Tierra y a la Luna y el tiempo... y unos minutos de cálculo lo llevaron a una conclusión inevitable.

Con los plazos con que se estaban manejando, no había forma de que la Kraadel pudiera haber ido a la Luna a hacerse cargo de los suministros a ser transportados como para estar transportándolos hacia la Tierra a esa hora... lo que debía significar que muy probablemente la Kraadel ni siquiera se hubiera acercado a la Luna.

Y si no estaba dirigiéndose a la Tierra para llevar la carga programada... ¿qué diablos estaba haciendo aquella nave?

Un escalofrío recorrió al capitán Smits al considerar las otras posibilidades.

- Qué diablos...

Los ojos de todo el personal del puente se clavaron en el capitán Smits.

- Envíe una señal de saludo a la Kraadel, señor Fields - ordenó entonces el capitán al oficial de comunicaciones. - Transmisión estándar.

- En camino, señor.

Pasaron unos cuantos segundos de absoluto silencio en el puente del Cordelia, apenas roto por el sonido de las computadoras y aparatos que poblaban el lugar... hasta que el oficial de comunicaciones volvió a hablar.

- No hay respuesta, capitán.

- Entonces abra un canal de comunicaciones, señor Fields. Vamos a hablarles directamente.

- Un minuto, capitán... - solicitó el teniente Fields mientras batallaba con los sistemas de comunicación del Cordelia. - Abierto, señor.

Tras asentir para agradecerle al teniente Fields, el capitán Smits tomó un micrófono colocado por encima de su silla de mando, el cual normalmente era usado para los anuncios generales... o para cuando el capitán necesitaba comunicarse directamente con otra nave.

- Fragata Zentraedi Kraadel, este es el destructor Cordelia de las Fuerzas de la Tierra Unida. Está ingresando a espacio restringido. Declare sus intenciones, cambio.

Por más autoridad que el capitán Smits pusiera en su anuncio, nada garantizaba que fueran a responderle... y esta vez, todo el personal de puente del Cordelia escuchó con creciente ansiedad la estática interminable que se colaba en el canal de comunicaciones.

Estática, pero sin respuesta.

- No contestan, señor.

Desde su puesto, el comandante Reiter miró inquisitivamente al capitán del Cordelia, como si estuviera preguntándole en silencio qué curso de acción habría de seguir la nave de guerra terrestre ante aquella situación tan curiosa como preocupante.

El capitán Smits no tardó en tomar una decisión, y toda la tripulación del puente sufrió un escalofrío colectivo cuando Smits se levantó resueltamente de su silla y caminó hacia la ventana colocada hacia el frente del puente.

- Navegación, fije un curso de intercepción hacia la Kraadel... y quiero máxima potencia en los propulsores - ordenó el capitán, como si estuviera resignado a lo que iba a ocurrir. - Comunicaciones, solicite a las naves más cercanas que se aproximen a nuestra posición... y ábrame un nuevo canal con esa nave.

La tripulación respondió con presteza a las órdenes recibidas, y muy pronto el capitán Smits estaba una vez más al micrófono, pero con la mirada clavada en un pequeño punto verde en medio del espacio, el cual podía ver perfectamente a través de la ventana del Puente.

- Kraadel, aquí el Cordelia, no está autorizada para aproximarse a la Tierra. Cambie de curso inmediatamente y regrese a su área designada.

Justo cuando el capitán terminó de hablar, la nave entera se sacudió perceptiblemente conforme los propulsores del Cordelia cobraban vida... y muy pronto, el destructor terrestre ya estaba en pleno curso de intercepción, cobrando velocidad y aceleración a cada segundo.

Por instinto, muchos de los tripulantes del Cordelia se aferraron a sus puestos, tanto por el efecto de la aceleración como por la inquietud que les despertaba la posibilidad de acabar enfrentándose a una nave Zentraedi. El Cordelia era una buena nave, pero todos sabían que no era lo suficientemente buena como para enfrentarse sola a una nave Zentraedi, a menos que fueran mucho más astutos y capaces que sus rivales.

Y eso sólo lo podrían comprobar una vez que los enfrentaran.

El momento se estaba acercando, y todos en el puente del Cordelia lo estaban viviendo con trepidación, además de ocuparse de sus estaciones.

- Kraadel, aquí el Cordelia - repitió el capitán Smits tras dos minutos de silencio en la radio. - Esta es su última advertencia: deténgase de inmediato o nos veremos forzados a abrir fuego contra su nave. Tienen dos minutos para responder.

La única respuesta visible que recibió el capitán Smits fue ver cómo la Kraadel aumentaba su velocidad en un esfuerzo por poner más distancia entre ella y el Cordelia. De inmediato y sin que el capitán se lo ordenara, el navegante del Cordelia incrementó la velocidad del destructor, llevándolo al punto de forzar la propia caldera Reflex de la nave en su intento por atrapar a la desobediente nave alienígena.

Sobreponiéndose a las inquietudes que le despertó el últimátum de Smits, el comandante Reiter se resolvió a poner las cartas sobre la mesa para asegurarse de que el capitán tuviera perfectamente claro lo que estaba en juego.

- Capitán...

El capitán Smits ni siquiera volteó para ver a su primer oficial.

- ¿Qué?

- Con todo respeto, ¿no cree que deberíamos consultar con el Cuartel General antes de... antes de disparar?

- Nuestras órdenes son claras, comandante: ninguna nave Zentraedi puede entrar en órbita cercana de la Tierra sin autorización previa - replicó Smits con dureza. - Estamos actuando de acuerdo con los procedimientos vigentes, y si esos Zentraedi no contestan, continuaremos aplicando esos procedimientos al pie de la letra.

- Lo entiendo, señor, pero...

El comandante Reiter calló, inseguro sobre cómo proseguir... pero fue el mismo capitán Smits quien lo movió a terminar la frase.

- No se contenga, comandante.

Como si la tensión de hallarse a instantes de enfrentarse con una nave de guerra no fuera suficiente, la inesperada discusión entre el capitán y el primer oficial del Cordelia atrajo la atención de todo el puente del Destructor.

- Si abrimos fuego contra esa nave, podríamos terminar rompiendo el cese al fuego entre nuestras fuerzas y los Zentraedi.

La temperatura bajó perceptiblemente en el puente del Cordelia, y por primera vez en el día los oficiales y tripulantes del puente tuvieron una clara idea de lo que estaba en juego en aquel incidente.

Muchos esperaron que el capitán Smits respondiera algo a su primer oficial, pero en vez de continuar con la discusión, el capitán sencillamente se volvió hacia el oficial de comunicaciones.

- ¿Alguna respuesta del Kraadel, teniente?

- Ninguna, señor. No recibimos nada de ellos en ninguna de las frecuencias.

- Muy bien...

Una vez más, el capitán Smits miró hacia el espacio... y hacia la figura cada vez más grande de la fragata Zentraedi, que aceleraba cada vez más en su afán por llegar a la Tierra para Dios sabía qué cosa hacer allí. Sin embargo, el capitán del Cordelia no pensaba en la misteriosa fragata Zentraedi, sino en la guerra... en la espantosa devastación que había contemplado cuando trajo de regreso al Cordelia de aquella misión científica que la había mantenido alejada de la masacre global.

¿Estaría a punto de reavivar el fuego de la guerra?

¿Sería él mismo el responsable de enfrentar una vez más a los humanos contra los Zentraedi?

El peso de la decisión estaba consumiendo el alma del capitán Smits... obligando al capitán del Cordelia a analizar el problema que tenía frente a él.

Había una nave Zentraedi en curso a la Tierra sin haber recibido autorización para ello. Una nave de guerra armada hasta los dientes y cuyas intenciones eran desconocidas.

Esa nave no respondía a los llamados y advertencias de rigor.

Y sus órdenes eran impedir que naves no autorizadas llegaran al planeta.

El deber del capitán Willem Smits y del destructor Cordelia era claro; el Alto Mando tendría que ocuparse más tarde de las repercusiones.

- ¡Estaciones de combate!

Al instante, las alarmas de batalla tronaron en todas las cubiertas del Cordelia, moviendo a la tripulación a poner al destructor en condiciones de enfrentar batalla. Era un testimonio a la calidad de la tripulación el que el Cordelia no necesitara más de un minuto para estar en condiciones de batalla, hecho que motivó una leve sonrisa por parte del capitán Smits, aunque no lo suficiente como para distraerlo de las siguientes órdenes que debía dar.

- Tácticas, prepare una salva de cañones de partículas contra el Kraadel.

- ¡Capitán! - protestó el comandante Reiter sin que el capitán le prestara atención.

- Quiero que esos cañonazos pasen a diez kilómetros de la proa del Kraadel... es la última advertencia que pienso darle.

Sólo por un instante, el comandante Reiter dio la impresión de estar cerca de tomar una medida contra el capitán... pero en vez de eso, el primer oficial del Cordelia simplemente se dejó caer en su asiento y siguió mirando hacia el frente, observando la escena sin prestar mayor atención, tal vez por estar demasiado preocupado con lo que podría suceder a partir de ese momento.

El Cordelia aceleró una vez más, y la distancia que lo separaba de la fragata Zentraedi se redujo considerablemente.

- Cañones listos, capitán - anunció con voz neutra el oficial táctico.

- ¡Fuego!

Sólo por una décima de segundo el Cordelia se detuvo en el espacio, frenado inesperadamente en su avance por el efecto de los cuatro enormes cañones de partículas disparando al mismo tiempo su carga de muerte y destrucción; muchos miembros de la tripulación sintieron el shock, aunque eso no les impidió continuar con sus labores.

En el espacio y tal como lo había ordenado el capitán, la salva disparada por el Cordelia pasó a escasos kilómetros de la proa de la fragata Zentraedi. Había sido, después de todo, un disparo de advertencia... algo pensado para hacer que la nave infractora lo pensara dos veces antes de continuar evadiendo a su perseguidor, ahora que el riesgo de seguir en esa actitud podía ser sufrir daños a la nave. Normalmente, los disparos de advertencia disuadían a cualquier infractor de continuar violando las normas... dado que existía la certeza de que los siguientes disparos no errarían intencionalmente.

Excepto que la Kraadel no detuvo su marcha, y continuó acercándose a la atmósfera terrestre con mayor determinación, bajo la mirada atónita de los oficiales del Cordelia.

Uno de ellos no pudo sino expresar su admiración por los Zentraedi.

- Qué sangre fría...

Desafortunadamente, lo que el capitán Smits sentía era algo muy distinto de la admiración... algo más cercano al temor por lo que podía estar desatándose con su próxima decisión.

El capitán consultó una de las pantallas que tenía cerca suyo: según lo que podía ver, la Kraadel estaba a menos de un minuto de entrar a la atmósfera de la Tierra, y a menos que la detuviera en ese momento, la nave Zentraedi lograría su objetivo... sea cual fuere.

- Bueno, lamentablemente hemos tenido que llegar a esto. Señor Tanaka, prepare una nueva salva... y esta vez apunte a sus motores--

Un flash de luz intenso y cegador invadió el puente del Cordelia, seguido por una serie de devastadoras explosiones que sacudieron al destructor terrestre como si fuera un juguete en las manos de un dios furioso.

Muchas de las pantallas del Puente perdieron energía y murieron a consecuencia de las explosiones, y al sonido estridente de las alarmas de combate se les sumó el griterío de la tripulación y las órdenes que se daban sin solución de continuidad... todo en un ambiente tétrico como consecuencia del humo espeso y de las luces rojas que tiñeron todo lo que se podía ver.

Sonidos espeluznantes podían escucharse en toda la nave: el sonido de la Muerte haciendo estragos entre la tripulación de la nave de combate terrestre.

Tras caer en el suelo por efecto del impacto inicial, el capitán Smits consiguió pararse y tardó un poco en recuperar la compostura, mientras trataba de evaluar lo que había ocurrido.

- ¡¡REPORTE DE DAÑOS!!

- ¡Impactos múltiples de armas de energía en el casco principal, capitán! - respondió el comandante Reiter en medio del caos del Puente. - ¡Tenemos rupturas del casco y secciones expuestas al espacio en las cubiertas 4, 5 y 6!

- ¿Navegación?

- ¡Los propulsores principales están muertos, capitán! - explicó el oficial de navegación con voz sombría. - Ingeniería reporta que la caldera Reflex está fuera de línea, y que estamos funcionando con potencia de reserva.

Ansioso por escuchar aunque sea una buena noticia, el capitán Smits se dirigió entonces a su oficial táctico, dándole unos segundos para que el hombre pudiera recuperar el control de su estación.

- ¿Qué hay de las armas, Yasuo?

El oficial táctico negó apesadumbrado... realmente no quería ser el que tuviera que dar las malas noticias.

- Los cañones primarios están fritos, señor... todos los conductos se sobrecalentaron con la fuerza de la explosión.

- Dime que al menos los lanzadores de misiles...

Volviendo a su consola, el oficial táctico analizó el estado de los lanzadores de misiles que llevaba el Cordelia, y unos segundos de análisis le dieron resultados muy interesantes.

- Los lanzadores 2, 5 y 7 pueden ser disparados a su orden, capitán.

- Entonces, señor Tanaka, alístelos para lanzamiento inmediato.

- ¡Sí, señor!

La tripulación del golpeado destructor terrestre luchó denodadamente por recuperar el control de la nave y por ponerla en condiciones de continuar la pelea, aún a sabiendas de que con ese ataque la nave Zentraedi había aumentado sus posibilidades de escapar. Sin embargo, aún con los reportes de daños que iban llegando de todas las secciones del Cordelia, el capitán Willem Smits no podía sentir más que orgullo por su tripulación... y por su nave también.

A fin de cuentas, el Cordelia acababa de resistir una andanada que debía haberlo dejado hecho una ruina muerta.

Mientras tanto, la nave Zentraedi se alejaba a gran velocidad... aunque no lo suficiente como para evadir la furia de la tripulación del Cordelia.

- ¡Salva completa! - bramó el capitán Smits, logrando que todo el puente lo escuchara aún por encima del alboroto general. - ¡Fuego!

Una vez más el Cordelia se sacudió con la fuerza de los misiles que habían sido lanzados; el sacudón fue aún más pronunciado a consecuencia de los daños recibidos durante el inesperado contraataque Zentraedi.

Los misiles del Cordelia atravesaron el espacio a velocidades increíbles, evadiendo todos los intentos de la nave Zentraedi por derribarlos... aún tratándose de monstruosidades nucleares de seis metros de longitud, eran sencillamente demasiado pequeños y ágiles como para poder ser captados por los equipos de sensores de los Zentraedi.

Ante la mirada de todo el personal de servicio en el puente del Cordelia, los tres misiles nucleares disparados por el destructor hicieron impacto en la popa de la fragata Zentraedi, iluminando la noche del espacio con el fulgor enceguecedor de tres simultáneas explosiones termonucleares.

Cuando el fulgor se disipó, quedó claro que la nave Zentraedi había resistido el ataque y que se mantenía más o menos entera... aunque su sección de motores aparecía chamuscada y repleta de agujeros ante los sensores del Cordelia.

No había un sólo hombre o mujer a bordo del UES Cordelia que lamentara el estado de la nave Zentraedi.

- La nave enemiga sufrió daños severos en su sistema de propulsión... están perdiendo altitud - informó el sargento encargado del radar, aún cuando el capitán Smits nunca pidió ningún reporte. - Caerán en la Tierra, señor.

El capitán Smits podía verlo a simple vista: azotada impiadosamente por sus misiles y con sus motores hechos trizas, la Kraadel perdió altitud rápidamente, internándose sin control en la atmósfera de la Tierra... mientras la nave que había dañado en su carrera continuaba en el espacio, casi flotando a la deriva.

Sólo había una cosa por la que se permitía sentir satisfacción el capitán del Cordelia: la nave que había lisiado a la suya no había escapado indemne de la experiencia.

Ahora había que ocuparse de las secuelas.

Sin perder un instante, el capitán Smits se volvió para enfrentar a los oficiales y tripulantes del puente: una colección de hombres y mujeres exhaustos pero alertas que acababan de sobrevivir a su primera experiencia de combate espacial, y que ahora esperaban las siguientes órdenes del capitán.

- Que todas las secciones reporten daños y bajas al Puente.

El puente cayó en un silencio absoluto, lo que sumado al humo, a las luces rojas de emergencia y al chisporroteo ocasional de alguna pantalla, terminaba dándole un aspecto sepulcral y fantasmagórico.

- Señor Fields, contacte a las naves más cercanas y solicite asistencia - ordenó entonces el capitán al oficial de comunicaciones. - Y déme un canal privado al Cuartel General en mi oficina... creo que tienen que enterarse de esto.

El oficial de comunicaciones asintió silenciosamente, y cuando el capitán comprobó que había cumplido con sus órdenes, decidió retirarse a su oficina para avisar a Nueva Macross que acababa de estallar una crisis, lo quisieran o no.

- El puente es suyo, comandante Reiter - fue lo último que dijo el capitán Smits antes de dejar el puente.


Martes 15 de mayo de 2012

Los ojos de los catorce hombres y mujeres elegantemente trajeados que estaban sentados en torno a la mesa de madera de roble estaban fijos en el hombre alto y delgado ubicado en uno de los extremos de la mesa... un hombre a quien ni el uniforme azul que vestía ni las cuatro estrellas doradas que ostentaba en el cuello le impedían sentirse un animal de laboratorio sometido a un examen particularmente impiadoso.

La Sala de Reuniones del Gabinete no hacía sentir ni cómodo ni seguro al almirante Henry Gloval, y menos cuando se hallaba compareciendo ante el Primer Ministro y sus principales colaboradores para explicar un incidente desastroso y lamentable como el que había tenido lugar la noche anterior.

- La nave recibió graves daños en casi todas las cubiertas, y el informe del capitán Smits da a entender que el Cordelia necesitará de un buen tiempo en astillero antes de volver a navegar. Prácticamente todos los sistemas principales de la nave quedaron con funcionamiento limitado: navegación, propulsión, radares, armamento... y sólo mantienen soporte vital y gravedad artificial porque el capitán ordenó desviar toda la energía disponible para mantenerlos funcionando.

Atrás del almirante Gloval, una pantalla iba mostrando a los ministros del Gabinete las imágenes tomadas pocas horas antes en el casco golpeado del destructor UES Cordelia... y muchos de los ministros desviaron la mirada al ver la magnitud de los daños.

Sólo la ministra de Defensa, Svetlana Gorbunova, se animó a romper el silencio en el que había caído la Sala de Reuniones.

- ¿Bajas entre la tripulación?

- Catorce muertos, siete desaparecidos y veintinueve heridos, ministra.

El almirante Henry Gloval llevaba en el bolsillo de su uniforme una lista con los nombres y rangos de todos los muertos y desaparecidos de la tripulación del Cordelia, pero juzgó conveniente no darla a conocer... la reunión ya tenía bastante de desagradable por sí misma.

- ¿Cuál es la situación actual del Cordelia, almirante? - preguntó entonces el Primer Ministro.

- En estos momentos está dirigiéndose con sus propulsores de emergencia hacia los Astilleros L5, escoltado por los destructores Jane Eyre y Valentina Tereshkova por si llegara a requerir asistencia de emergencia durante el viaje, señor - explicó Gloval, quien calló por un segundo antes de revelar un pequeño desarrollo de la situación. - Debo comunicar que hace una hora los Zentraedi ofrecieron un par de naves para escoltar al Cordelia, pero decidí que sería más prudente si rechazábamos el ofrecimiento.

- Comprendo su actitud, almirante Gloval... todo este incidente es verdaderamente inexplicable.

Marcel Pelletier todavía no había terminado la frase cuando giró su silla hasta quedar frente a una de las pantallas colocadas en la pared de la Sala de Reuniones, transformándose su expresión de ser comprensiva a profundamente irritada.

- ¿Qué ocurrió, comandante Breetai?

Del otro lado de la pantalla, el comandante Lord Breetai no reaccionó ante el tono con el que le había hablado Marcel Pelletier; la gravedad del asunto le imponía no sólo ser extremadamente sincero con sus aliados micronianos sino además ignorar sus endemoniados humores.

- La información que disponemos es escasa, Primer Ministro. Basándonos en transmisiones y registros que pudimos encontrar, concluimos que durante su viaje a la Luna para embarcar suministros y materiales con destino a la Tierra, una parte de la tripulación de la Kraadel se amotinó contra el comandante de la nave y tomó el mando de la misma.

- ¡¿Un motín?! - repitió Pelletier con una mezcla de incredulidad y terror... a lo que Breetai reaccionó con emociones muy diferentes.

Vergüenza. Y furia.

- Solía ser algo impensable entre nosotros... hasta no hace mucho, Primer Ministro.

- Me intriga el motivo de este motín, comandante Breetai - intervino entonces la ministra Gorbunova. - ¿Qué pudo haber puesto a la tripulación de la Kraadel en ese estado?

- Desde hace un tiempo, varios de mis oficiales han recibido... comentarios... de sus tripulaciones respecto a la negativa de desembarcar en la Tierra pese a los pedidos insistentes que se han realizado. Una de las naves donde se registraban los comentarios más vocales al respecto era la Kraadel. Es lógico concluir que el motín en la Kraadel tuvo como motivo el deseo de la tripulación de la nave de tomar residencia en la Tierra, y la falta de respuestas a este deseo.

El Primer Ministro contuvo sus ganas de arrojar a la pantalla la carpeta que Gloval le había dado al comenzar esa reunión de emergencia del Gabinete. Como si su Gobierno no se hallara lo suficientemente empantanado con la controvertida propuesta de permitir la inmigración libre de los Zentraedi a la Tierra, ahora debía hacer frente a la posibilidad de incidentes con los Zentraedi por ese mismo tema.

No, ya no era una posibilidad, recordó con pesar el Primer Ministro; había dejado de serlo cuando todos aquellos tripulantes del Cordelia perdieron la vida.

Antes de seguir hablando con Breetai, el Primer Ministro estudió las caras de sus demás ministros, encontrando que todos ellos habían tenido pensamientos muy parecidos a los suyos... todos habían visto los mismos fantasmas.

- Por más que simpatice con la opinión de sus hombres, el incidente con la Kraadel ha sido algo inaceptable, y deberemos tomar acciones contra los amotinados.

- Primer Ministro, esos hombres violaron las órdenes vigentes y se amotinaron contra sus oficiales. Sólo existe una pena posible para esa acción - replicó Breetai con una dureza infinita antes de cambiar abruptamente de tema. - Almirante Gloval, como siempre mis fuerzas están a su disposición para acabar con este grupo de insurrectos.

- El Gobierno de la Tierra Unida, comandante Breetai, agradece su oferta - se apresuró a contestar Pelletier antes de que Gloval pudiera hacerlo. - Sin embargo, este es un asunto que debemos resolver nosotros mismos con nuestras propias fuerzas.

La temperatura bajó notablemente para los ministros del Gabinete, quienes podían imaginar muy bién qué había hecho que Pelletier contestara con tanta brusquedad. Hablando directamente a Gloval, el comandante Zentraedi había ignorado al jefe legítimo del Gobierno de la Tierra Unida, poniéndolo en una situación de desventaja frente a su máximo comandante militar... y semejante cosa era algo que Marcel Pelletier jamás iba a permitir.

Curiosamente, Breetai no parecía molesto por haber sido callado de aquella manera; antes bien, se lo veía curioso y entretenido... tal vez porque era la primera vez en su vida que era desafiado abiertamente por un microniano de los que no portaban ni armas ni uniforme, y fue esa curiosidad la que hizo que siguiera escuchando a Pelletier con atención.

- Si la situación es tan tensa en su flota, poner a sus hombres a combatir contra hermanos Zentraedi sólo agravará las cosas, ¿entiende?

- Entiendo.

- Muchas gracias, comandante Breetai. Eso será todo por el momento.

- Primer Ministro, almirante... - se despidió Breetai antes de poner fin a la comunicación desde su lado.

Una vez más, el Primer Ministro de la Tierra Unida giró en su silla, esta vez quedando de frente ante el resto de su Gabinete y ante el almirante Gloval, y en un rapto de debilidad y cansancio se tomó la cabeza con las manos, como si estuviera por estallarle de dolor.

- Esto es... esto es exactamente lo último que necesitábamos que ocurriera - gruñó Pelletier. - Como si no tuviéramos suficientes críticas de la Oposición por el proyecto de inmigración... ahora nos viene a pasar esto.

Uno de los ministros creyó ser capaz de alejar los miedos colectivos del Gabinete, e hizo su mejor intento.

- No creo que pueda--

- ¿No crees? Espera a que esto sea de conocimiento público - replicó Gorbunova sin darle tiempo al otro ministro de acabar la frase. - Tendrás a los xenófobos gritando sobre la amenaza Zentraedi, tendrás a la Oposición pidiendo nuestra cabeza por poner en riesgo la seguridad planetaria, tendrás a nuestros partidarios aterrados y pensando si permitirles a los Zentraedi que vivan entre nosotros es una buena idea, por no mencionar el pánico mundial si se llega a saber que hubo un motín entre nuestros aliados Zentraedi.

- Y si esto hace que el proyecto de inmigración quede en la nada, tendrás miles de incidentes como el de hoy en nuestras manos - completó otro ministro, a quien se le notaba en la cara el repentino terror que venía con la comprensión. - Es una fórmula para el desastre...

- Tranquilicémonos y pongamos las cosas en orden, damas y caballeros - intervino Pelletier para prevenir que la reunión de Gabinete entrara en caos.

Seguro ya de que tenía la atención de todos sus ministros, Marcel Pelletier se dispuso a hacer un análisis más calmo y racional de la situación... algo que le era eminentemente difícil con toda la rabia y frustración que venía acumulando a causa de todo lo relacionado con los Zentraedi.

- Esta situación nos ha explotado en las manos y vamos a tener que hacernos cargo de ella, lo queramos o no. En dos semanas volveremos a presentar el proyecto de ley de inmigración ante el Senado, así que este asunto deberá resolverse antes de esa fecha límite... un debate parlamentario mientras nos tiroteamos con nuestros "aliados" será el fin de este gobierno.

- Concuerdo - aprobó rápidamente Eliezer Eitan, ministro de Seguridad. - Sugiero además que hagamos lo posible para mantener este asunto lejos de la atención del público.

- ¿Sugieres censurar a la prensa? - lo interrumpió uno de sus colegas. - ¿Venderles alguna historia falsa?

- ¿Por qué no? No sería la primera vez que lo hacemos, ya lo hicimos con la caída del SDF-1 y durante la guerra--

La mirada dura y terrorífica que le lanzó entonces el almirante Gloval hizo que el ministro de Seguridad ensayara una respuesta diplomática y conciliadora.

- Con sus disculpas, almirante.

Por suerte para el ministro de Seguridad, Gloval debió responder una repentina pregunta del Primer Ministro en lugar de destriparlo allí mismo por aquella referencia al encubrimiento de la guerra que había hecho el antiguo GTU.

- Almirante Gloval, ¿cuál es la condición de los Zentraedi renegados?

- Su nave aterrizó en la isla Española, y permanece con daños severos. Dadas las pobres habilidades de los Zentraedi para reparar su equipo, dudo mucho que puedan poner en servicio a la Kraadel. Sin embargo, basándonos en la información proporcionada por Lord Breetai, estimamos que los amotinados aún cuentan con medio centenar de cazas Gnerl, y un batallón completo de battlepods.

El almirante se levantó de su silla y encendió una de las pantallas de la Sala, cargando un disco de datos en la terminal adjunta para que en la pantalla pudiera verse un mapa de la región del Caribe.

- Ahora bien, desde donde aterrizaron pueden enviar battlepods y cazas a cualquier punto dentro de este radio de acción... Nueva Santo Domingo, Nueva Habana, Kingston... incluso Nueva Miami... todas están en riesgo.

- ¿Pueden sus tropas hacerse cargo de estos Zentraedi, almirante?

- Por supuesto, señor.

- Almirante Gloval, no necesito recordarle que esta es una situación extremadamente delicada. Hay demasiadas cosas en juego en estos días como para no movernos con sumo cuidado. Sus órdenes son las siguientes: deberá eliminar de raíz a estos amotinados Zentraedi y prevenir que realicen actos de violencia contra cualquier comunidad humana.

- Comprendo.

- No, almirante, no creo que comprenda - replicó Pelletier con voz grave y seria, desconcertando momentáneamente al almirante Gloval.

- ¿Señor?

- Quiero que esto le quede perfectamente claro, almirante. Esto no es una operación de mantenimiento de la paz, o de restauración del orden. Esta operación será estrictamente militar y deberá ser tratada como cualquier otra operación en tiempo de guerra.

Al almirante Gloval todavía le quedaban fuerzas para ensayar una objeción... lo último que él deseaba era que sus hombres volvieran a intercambiar disparos con los Zentraedi, y más aún cuando estaba en juego la paz que tan imperiosamente necesitaba la Tierra para restañar sus heridas.

- ¿Qué? Señor, el cese al fuego--

- Ya escuchó al comandante Breetai; en lo que a él respecta, esos hombres ya están muertos - intervino la ministra de Defensa en respaldo de su superior político. - Estos hombres se rebelaron contra sus mandos y cometieron lo que es a todas luces un acto de guerra contra la Tierra Unida y sus fuerzas de defensa. Debemos reaccionar apropiadamente ante esta amenaza.

Por prudencia, Gloval no insistió, quedando en silencio mientras Pelletier retomaba la palabra.

- Esta operación debe dejar una cosa en claro: ninguna agresión Zentraedi contra la Tierra será tolerada, y responderemos con todo el peso de nuestras fuerzas. No debe quedar ninguna duda de la voluntad de este Gobierno de proteger a la raza humana y a nuestro planeta, ni ante nuestra población ni ante nuestros aliados.

Por espacio de unos segundos, el Primer Ministro y el almirante Gloval quedaron en silencio, estudiándose mutuamente mientras toda la sala de reuniones se inundaba con la tensión del momento... una tensión que se rompió cuando el Primer Ministro de la Tierra Unida habló con toda la autoridad que le imponía su cargo.

- ¿Están claras sus órdenes, almirante Gloval?

- Sí, señor.


Desde hacía un par de horas, el almirante Henry Gloval estaba hundido en el estudio de una serie de carpetas que inundaban su escritorio, y tanto las había leído que no le costaba ningún trabajo recordar lo que decía cada página de aquellos reportes.

A la junta mantenida con el Primer Ministro y su Gabinete le había seguido una larga junta de planificación con los demás oficiales del Consejo del Alto Mando y el Estado Mayor: la situación había sido dada vuelta y analizada desde todos los puntos de vista, sin que ninguno de los jerarcas militares abandonara la sala de conferencias hasta que por fin se pusieran de acuerdo en un plan de operaciones para enfrentar la nueva crisis.

Las dificultades y condicionantes habían hecho que por momentos pareciera imposible encontrar una manera de responder efectivamente a la nueva situación, y la cabeza del almirante Gloval todavía dolía al recordar los agrios debates mantenidos durante la junta de planificación.

Había demasiadas cosas en juego: la Tierra requería desesperadamente que se mantuviera la paz para poder encarar la reconstrucción planetaria, la relación entre los humanos y los Zentraedi estaba atravesando momentos de tensión crítica, y la situación política en el Gobierno de la Tierra Unida podía calificarse adecuadamente como caótica y en franco deterioro.

Era, en suma, un polvorín que sólo necesitaba una chispa para estallar... una chispa que bien pudo haber sido el incidente entre el Cordelia y la Kraadel.

Con un movimiento brusco, el almirante Gloval cerró una carpeta que contenía fotos satelitales de reconocimiento del sitio en donde había aterrizado la fragata Zentraedi amotinada, y a falta de aspirinas para calmar su dolor de cabeza, se reclinó hacia atrás en el confortable sillón de su escritorio, permitiéndose un instante de descanso antes de volver a lanzarse sobre las carpetas y planes de misión.

Iba a ser una misión compleja y crítica, y para asegurarse de que saliera bien, el almirante Gloval necesitaba poner a cargo de la misma a las mejores personas que pudiera encontrar.

Justo en ese momento, esas dos personas llamaron a la puerta de la oficina del almirante, haciendo que Gloval levantara la voz para dar el permiso.

- Adelante...

La puerta de la oficina se abrió, dejando que la comandante Lisa Hayes y el teniente comandante Rick Hunter entraran a los dominios personales del Supremo Comandante de las Fuerzas de la Tierra Unida y cuando se hallaron frente al escritorio de Gloval, los dos oficiales se pusieron en posición de firmes para demostrar sus respetos, siendo Lisa la encargada de hacer las presentaciones de rigor.

- ¿Quería vernos, señor?

- Así es, comandantes. Por favor, tomen asiento...

Rick y Lisa accedieron, notando en su fuero íntimo que el almirante no se veía particularmente alegre por tener que convocarlos a esa reunión... y cuando Gloval estaba de mal humor, eso indicaba que las cosas estaban

- Lamento mucho haberlos apartado de sus deberes normales, pero acaba de ocurrir una emergencia.

- Lo escuchamos, señor - contestó la comandante Hayes, sin imaginarse que el almirante Gloval deseaba no tener que decir lo que venía a continuación.

- Ayer por la noche, el destructor Cordelia fue atacado por una nave de guerra Zentraedi mientras se hallaba cumpliendo tareas de patrullaje orbital. La nave ha sufrido daños severos, y tuvo numerosos muertos y heridos entre su tripulación.

Los dos jóvenes oficiales empalidecieron súbitamente por la sorpresa, y fue Rick el primero en poner sus temores en palabras.

- ¡¿Nos han atacado?!

- Pero almirante, el cese al fuego... - agregó Lisa sin poder terminar la oración.

- Se mantiene en vigencia, comandante Hayes - trató de tranquilizarla el almirante, agregando después con tono severo: - No hemos reiniciado la guerra, y no vamos a estarlo si de nosotros depende.

Tanto Rick como Lisa se calmaron y concluyeron que lo mejor sería escuchar lo que Gloval tenía para decirles, por lo que sin hacer mucho más ruido se acomodaron en las dos sillas que ocupaban y procuraron seguir tranquilos mientras el almirante explicaba la situación.

- La nave en cuestión, según nos informó el comandante Breetai, está bajo el mando de un grupo de amotinados que se sublevaron en protesta por la negativa del Gobierno a permitir la inmigración de los Zentraedi a la Tierra. Por el momento no tenemos en claro qué se proponían los amotinados, pero a juzgar por sus movimientos, creemos que pretendían llevar su nave a la Tierra y abandonarla allí para vivir clandestinamente en nuestro planeta.

Gloval calló para buscar un par de carpetas que procedió a entregar en mano a Rick y Lisa, y retomó la explicación cuando los dos jóvenes las abrieron y comenzaron a estudiarlas

- Yendo a lo concreto, comandantes, la nave... adversaria... sufrió daños en el contraataque del Cordelia, y aterrizó de emergencia en la Isla Española, en la región del Caribe. Sin embargo, sigue siendo una amenaza para nuestras ciudades y puestos avanzados en la región, de modo que deberemos actuar para neutralizar esa amenaza cuanto antes.

- Estamos listos para lo que sea, almirante - proclamó Rick en nombre de los dos.

Gloval no pudo evitar sonreír al escuchar a aquel joven piloto de combate sonando tan decidido y resuelto... aún con toda la muerte y destrucción que había visto, Rick Hunter no dejaba de ser un hombre maduro para sus pocos años de vida.

Si tan sólo su madurez no debiera ser puesta a prueba tan seguido...

- Excelente - murmuró el almirante, utilizando luego un control remoto para activar una pantalla interactiva en la que se veía la región donde se llevaría a cabo la operación... así como una pequeña colección de buques de guerra en las cercanías. - La Armada tiene un grupo de batalla en el Caribe compuesto por el portaaviones Hyperion, el transporte de asalto Perseus, y algunos buques y submarinos de escolta. Además de los buques de guerra, ese grupo de batalla dispone de media docena de escuadrones aéreos embarcados en el Hyperion y todo un regimiento de Destroids en el Perseus. Sobre la base de esas fuerzas vamos a realizar nuestro ataque contra los amotinados.

Sorpresivamente, el almirante Gloval se levantó de su silla y caminó como solía hacerlo hasta el gran ventanal de su oficina, ostensiblemente para mirar el atardecer que caía sobre Nueva Macross... aunque sus pensamientos estaban yendo entre la locura que envolvía al mundo, y el inmenso orgullo que sentía por aquellos dos jóvenes que se habían convertido en lo más cercano a unos hijos que tenía en el mundo.

Pero ellos no eran sus hijos, sino dos de sus mejores oficiales... y él no era su padre, sino el hombre que comandaba las fuerzas militares de toda la Humanidad... y ante todo estaba la misión.

- A pesar de que quisiera enviar a todas nuestras unidades dado que son las únicas en todo el mundo con experiencia de combate contra los Zentraedi, las necesidades de nuestras misiones me obligan a economizar lo más posible, de modo que sólo enviaré a los escuadrones Skull y Apollo, así como algunos elementos de infantería para que tomen parte en la misión. Pienso darle el mando táctico de los cazas, comandante Hunter, en tanto que usted, comandante Hayes coordinará la operación desde el centro de mando del Hyperion.

Rick y Lisa intercambiaron miradas que se decían todo sin necesidad de usar palabras... y tras llenarse de la fuerza que Rick le transmitía con sólo tomarla de la mano, la comandante Lisa Hayes hizo la única pregunta que podía hacer en una situación como aquella.

- ¿Cuándo partimos?

Y sólo había una única cosa que quedaba por decir en aquella reunión.

- Mañana mismo - respondió el almirante.


NOTAS DEL AUTOR:

- Hey, no me culpen, al fin y al cabo me gustan las historias de guerra... además, esto es Robotech, ¿o no? De vez en cuando tienen que volar los Veritech e intercambiar algunos disparos...

- Se me hizo que los comienzos de la convivencia entre humanos y Zentraedi no fueron nada agradables al principio (y terminaron siendo menos agradables todavía al final, como lo mostró la serie...), con demasiados recelos, rencores y temores por ambas partes... sin mencionar a los políticos.

- Para que lo puedan visualizar mejor, el diseño del Cordelia aparece en los capítulos 3 y 27 de Robotech... es el tipo de nave de guerra humana que no es el ARMD (pero que igual explotan).

- Como siempre, deseo agradecer a todos los que leen la historia y dejan sus comentarios y reviews... y en particular a mis betas Evi, Sara y Kats por toda su ayuda y compañía en esta locura de los fanfics.

- Y ya que estamos en el tema de los fics, si alguno de ustedes no fue a leer "Vientos de Eternidad" de Evi, les aviso que mientras leen esta frase estoy cargando un virus que les va a arruinar las computadoras hasta el Día del Juicio Final. La única forma de evitarlo es yéndose de esta página y entrando rápido a leer el fic de Evi. No lo hagan por mí, háganlo por ustedes que van a disfrutar mucho y por el bien de sus computadoras... :P

(¡Hey! ¡Era sólo una broma!)

- ¡Mucha suerte a todos y será hasta la próxima, con el Capítulo 19!