Disclaimer: Todos los personajes pertenecen a Stephenie Meyer

BAJO LOS FOCOS

CAPÍTULO 29

Bella se despertó al estirar su brazo y descubrir la cama vacía a su lado.

El jet lag, más el agotamiento que le había provocado el nerviosismo de los últimos días, sumado a los dos increíbles orgasmos que su marido le había provocado, la habían dejado exhausta por lo que no se extrañó de haberse quedado dormida.

Hubiera deseado despertar junto a Edward, pero por alguna razón él ya había abandonado la cama.

Reacia a volver a vestir su combinación, se calzó sus bragas y la camiseta de Ramones de Edward que descansaba sobre la butaca y que le llegaba a medio muslo.

La voz de Edward se escuchaba risueña al otro lado de la puerta, pero una tierna emoción la invadió en cuanto la abrió.

De pie recostada en el marco de la puerta observó a su marido tumbado sobre la alfombra.

Vestido con unos vaqueros viejos de esos que Esme ya habría hecho desaparecer y una camiseta gris bastante suelta, el cabello completamente despeinado y los pies descalzos era la definición de chico sexy.

Pero no fue su sensualidad lo que la enterneció, sino verlo riendo con el pequeño bebé que sentado junto a él, recostado entre cojines, no dejaba de levantar pequeños juguetes que le daba a su padre una y otra vez.

Edward notó su presencia y le dedicó una mirada tan dulce y encantada que se sintió derretirse en su interior.

Estiró su brazo hacia ella instándola a acercárseles.

—Hola, mami —le llamó con ternura —Ven aquí a jugar con nosotros.

Benedict le vio y estiró sus pequeños bracitos hacia ella.

Bella caminó hacia ellos y se puso de rodillas junto a Edward para alzar a su pequeño y llenarlo de besos en el cuello que lo hicieron reír mientras la empujaba con sus manitos regordetas alejándola de él.

Edward les observaba embelesado y sentía su corazón desbordarse a punto de explotar henchido de amor.

Queriendo mantener a raya las lágrimas que inundaban sus ojos, se sentó junto a su mujer y rodeó con sus brazos todo su mundo estrechándolo contra él.

Los últimos cuatro meses de su vida, habían sido los peores que hubiera podido imaginar, pero finalmente parecía que todo volvía a ponerse en su lugar. En el lugar en el que siempre debió haberse mantenido.

—¿Cuánto tiempo lleváis aquí?

—Un par de horas o algo así.

—¿Tanto he dormido? —inquirió sorprendida.

—Sí —reconoció él —No es nada extraño después de un vuelo tan largo.

—Lo siento. No quería dormirme. Aún creo que tenemos muchas cosas que hablar.

Edward estiró su mano hacia ella para acariciar su rostro con cariño.

—Tenemos todo el tiempo del mundo, cielo. Mi fin de semana está completamente libre y pienso dedicarlo por entero solamente a nosotros tres.

Bella sonrió complacida para reír divertida cuando su hijo trepó sobre ella para alcanzar el pecho de su madre cubierto por la camiseta de su padre.

—¿Tienes hambre, pequeñín? —dijo risueña ante la mirada de su marido.

Tomó al niño entre sus brazos y levantó su camiseta para acercar a su bebé a su pecho inflamado.

Edward se recostó en el sofá y la acercó recostándola en su pecho para rodearlos a ambos entre sus brazos.

—Shelley acababa de darle de comer pero me imagino que él también debe estar agotado.

—Deberíamos pedir una cuna al servicio de habitaciones.

—Ya lo he hecho —dijo él —He hecho que la trajeran junto con vuestro equipaje. Shelley se ofreció a recogerle cuando se durmiera pero imagino que ella ha de estar exhausta también así que le he dicho que no se preocupara y descansase.

—Me parece bien. Veo que has pensado en todo —murmuró girando su rostro para besar a su marido que no desperdició la oportunidad de volcarse con desespero sobre sus labios.

—Solo en lo mejor para nosotros —murmuró contra sus labios entreabiertos —También he pedido la cena para nosotros. La traerán en cualquier momento.

—Tal vez deberíamos llevar a Ben a la cama —propuso Bella con su pequeño dormido contra su pecho desnudo, después de alimentarle.

—Déjamelo a mí —dijo Edward levantándose para tomar a su hijo entre sus brazos y dirigirse a la habitación que había designado para su hijo.

Bella se levantó tras él para dirigirse a la puerta en cuanto dos golpes resonaron anunciando la llegada de su cena.

Cuando Edward volvió ya había dispuesto la cena sobre la mesa.

Cenaron charlando distendidos con Bella contándole sobre Los Ángeles, su trabajo, y él sobre el rodaje y sus compañeros de trabajo.

Ambos se recostaron satisfechos en sus asientos antes de que Edward estirara su mano sobre la mesa para tomar la de su mujer y tirar de ella obligándola a ponerse en pie y caminar hasta él para sentarse en su regazo.

—Ahora que tienes el estómago lleno ¿qué planes tienes para mí? —preguntó bajando su boca sobre el cuello femenino para dejar suaves besos y mordiscos que le erizaron.

Bella rió recostándose contra él.

—Edward, tenemos que hablar —dijo por fin sabiendo que no podían seguir retrasando la charla que realmente marcaría el nuevo inicio de su matrimonio.

—¿Es absolutamente necesario? —inquirió él retomando su tarea de distraerla con besos y caricias.

—Sabes que sí. Podríamos continuar retrasándolo pero tendremos que hablar tarde o temprano y yo preferiría hacerlo ahora —reconoció.

Edward suspiró pero reconoció la sensatez en las palabras de su esposa.

—De acuerdo, hablemos —concedió —Pero ¿podemos hacerlo sin movernos de aquí? Quiero mantenerte sobre mis piernas.

—Me gusta estar aquí —aceptó recostándose contra su pecho.

Edward se mantuvo en silencio esperando que su mujer se sintiese cómoda para comenzar la conversación que habían estado postergando durante meses, pero ella no parecía encontrar las palabras.

—¿Hay algo en particular que quieras decirme? ¿O preguntarme tal vez? —la instó por fin.

—En estos dos meses desde que tú estás aquí —dijo ella por fin —he estado intentando ocuparme de lo que creo que últimamente no iba bien en nuestro matrimonio.

—Y eso es… —dijo él interrogante.

—Por un lado mi seguridad, ya sabes, sin importar lo que tú pienses o digas yo no me he sentido cómoda conmigo misma últimamente —dijo y cubrió su boca cuando él se dispuso a contradecirla —No digas nada. Sabes que es así y de verdad que está bien porque he estado trabajando en cambiar lo que no me gustaba.

—¿Eso qué significa?

—He estado siguiendo un régimen alimentario y he estado yendo al gimnasio para seguir una rutina de ejercicios para ponerme en forma.

—Vaya, cielo, eso está muy bien. ¿Te sientes mejor ahora?

—No me habría atrevido a usar lencería si no me hubiese sentido más confiada —explicó y la sonrisa seductora que le dedicó su marido la hizo reír.

—Alabo que lo hicieras, entonces. Y dime ¿crees que podré encontrar algo más de lencería sexy en esas maletas?

—Algo tal vez.

—Genial. ¿Podemos ahora pasar a eso y revolver un poco en tu equipaje?

Bella sonrió divertida pero en absoluto más tranquila ya que sabía que la siguiente confesión era algo más duro de afrontar para ella y sería más difícil de explicar al hombre al que amaba por sobre todas las cosas.

—No es lo único de lo que me he estado ocupando.

—¿De qué otra cosa?

—Lo sabes —respondió sintiéndose nerviosa y algo avergonzada —Del sexo —dijo y sintió claramente la rigidez que atacó repentinamente el cuerpo de su marido.

—¿Del sexo? —preguntó él más por decir algo que por realmente comprender lo que ella intentaba explicar.

—Sí. He visto a mi médico para intentar entender y solucionar lo que sucede con mi cuerpo cuando quieres penetrarme —explicó y tuvo que reconocer que sincerarse con su marido era mucho más simple de lo que había imaginado en un comienzo.

Ese hombre era su marido, el hombre al que amaba por sobre todas las cosas y que la amaba a ella de igual forma. Sabía que no había nada que no pudiera confiarle ni temor que él no estuviese dispuesto y preparado para ayudarla a erradicar.

Y desde el momento exacto en que ella había decidido recuperar su matrimonio y dejar a una lado todas sus inseguridades, sus dudas y sus miedos, sabía que podía, y debía, contar con él.

Así que hizo a un lado toda su pena y sus reparos y habló con decisión y seguridad.

—Bella… no tenías que enfrentarte a esto tú sola… sabes que debíamos afrontarlo juntos y que yo quería que lo hiciéramos…

—Lo sé, Edward. Lo sé, pero yo necesitaba tomar las riendas. De cualquier forma no es algo que esté definitivamente solucionado y necesito de ti para seguir desde aquí —explicó confundiéndole.

—Cuéntamelo. Sabes que estaré contigo siempre y que puedes contar conmigo para lo que sea.

—Lo sé, y eso es lo que voy a hacer —explicó y tuvo que tomarse un minuto para poner en orden sus ideas— Mi médico me ha dicho que sufro de vaginismo.

—¿Qué es eso? —preguntó Edward confundido.

—Es una disfunción sexual que hace que los músculos de mi vagina se cierren cuando intentas entrar en mí—explicó sonrojándose y sintiéndose cada vez más vergonzosa.

—Hey, cariño, ¿te incomoda contármelo?

—No, solo es un poco… raro…

—Bella, sabes que no hay nada que tú no puedas decirme o contarme.

—Lo sé —aceptó sabiendo que él tenía razón y no había nada que ella tuviera que ocultarle a su marido.

—Dime, ¿qué es lo que causa esta afección?

—Puede estar relacionado con el parto difícil, miedos o inseguridades, qué sé yo… alguna de esas cosas o todas ellas juntas.

—De acuerdo y ¿qué es lo que debemos hacer para que te sientas mejor?

—El tratamiento tiene una parte psicológica y una fisiológica —explicó —Hace varias semanas he comenzado las visitas con un terapeuta y he estado trabajando en la parte psicológica.

—¿Estás yendo a terapia? —inquirió extrañado.

—Sí.

—Bella, nena, ¿por qué no me lo dijiste? Me hubiera gustado acompañarte.

—Sé que lo hubieras hecho, pero yo necesitaba hacerlo por mí misma.

Edward claudicó reconociendo que, si su mujer prefería hacerlo de esa forma y, por lo que parecía, le había funcionado, él no era quién para cuestionárselo.

—De acuerdo —aceptó —si tú te sientes mejor así…

—Sí.

—¿Y la parte fisiológica?

—He comenzado también con el tratamiento físico, pero creo que deberíamos continuar haciéndolo juntos —dijo sintiéndose nerviosa y algo avergonzada.

Edward no entendió su repentina tensión, pero tuvo que reconocer que por primera vez en seis meses Bella había tomado las riendas en la recuperación de su vida y su matrimonio y eso era algo de lo que él solo podía sentirse orgulloso.

Sabiendo que ella habría enfrentado la parte más difícil de todas, a él solo le restaba ponerse a su altura y hacerse cargo de la parte que le tocara.

Nunca había estado más dispuesto a hacer frente a un desafío.

Decidido a hacer su parte preguntó.

—Dime lo que tengo que hacer y ya puedes contar con eso. ¿De qué se trata?

Bella le observó con reservas, pero rápidamente se decidió a hablar.

—La parte física busca volver a acostumbrar a mi cuerpo a la penetración y para ello he comenzado una terapia que consiste en la utilización de unos dilatadores —dijo y la mirada interrogante de su marido la confundió.

—Explícame —pidió Edward.

Bella se levantó de su regazo para dirigirse al neceser que había en la maleta que Edward había traído desde su habitación. Sacó de él el estuche que contenía los dilatadores y se lo entregó a su marido sentándose en la butaca frente a él.

Edward abrió la caja para encontrarse con cinco artilugios similares, pero de diferentes colores y tamaños. Eran algo así como una especie de tubos de ensayo de distinto largo y grosor, desde el más estrecho que se asemejaba al tamaño de un bastoncillo de algodón hasta el más grueso del tamaño tal vez de dos dedos.

Estudió los dilatadores y no fue difícil imaginarse su función, pero quedaban muchas explicaciones técnicas que solo su mujer conocía.

—¿Cómo lo haces? ¿Simplemente los introduces en tu cuerpo?

Bella se sintió mucho más relajada al notar la tranquilidad con la que su marido hablaba y su actitud abierta la llenó de confianza.

—Cuando comencé fue muy difícil lograr introducir el más pequeño, pero después de unas sesiones de terapia y un poco de paciencia pude introducirlo en mi cuerpo sin dolor. Debo hacerlo a diario y mantenerlo allí durante unos quince o veinte minutos. Con el transcurrir de los días finalmente mi cuerpo se acostumbró y se volvió sencillo hacerlo. Entonces pude pasar al segundo tamaño y he tenido que repetir el ejercicio con este segundo. Ahora mismo no tengo problemas para albergar ese tamaño pero aún no he intentado con el tercero. Mi médico dice que se volverá más sencillo con el tiempo y deberé continuar la secuencia hasta llegar al último tamaño. Entonces debería poder albergarte a ti sin problemas y sin dolor alguno —reconoció sonrojándose.

Edward sonrió con una sonrisa torcida y ella se relajó.

—Vaya —dijo por fin sosteniendo uno de esos dilatadores en su mano —¿Y puedo ayudarte con ello?

—Sí. Mi médico de hecho lo recomienda. Dice que eso nos hará ganar confianza y vivirlo con naturalidad.

—¿Y podemos comenzar ahora mismo? —preguntó impaciente.

Bella se sorprendió, pero se repuso rápidamente.

—Sí, supongo que sí.

Edward guardó el dilatador y cerró la caja. Se levantó de su asiento y tomó la mano de su esposa para dirigirse a la habitación.

—¿Y no pensarás que soy una especie de pervertido si confieso que esto me excita hasta límites insospechados? —dijo divertido y sugerente haciéndola reír divertida y más segura que nunca de que nada podría evitar que todos sus problemas finalmente desaparecieran.


Solo decir que nos quedan pocos capítulos de esta historia.

Gracias a todos por los reviews, alertas y favoritos y siempre por leer.

Les espero en el grupo de Facebook Las Sex Tensas de Kiki.

En mi perfil tienen el link del tráiler que hizo Maia Alcyone para el fic.

Adelanto del próximo capi:

—¿De verdad no te ha importado…?

—Me ha encantado —la cortó rotundo —Toda ella ha sido una experiencia sexy, excitante y deliciosa —confesó —Me he sentido más que completo y complacido. Mi único temor es que tú no lo pasaras bien.

—Yo lo he pasado maravillosamente —repitió a su vez y supo que estaba siendo completamente sincera —Aunque reconozco que me preocupa un poco que tú no lo disfrutes al no poder… ya sabes… penetrarme…

—Nena, lo que ha sucedido esta noche sobre esta cama ha sido increíble.

Besitos y nos seguimos leyendo!