Capítulo 29
«¡Zelena, finalmente has aparecido! Han pasado muchos días y no me has venido a visitar» dijo August, agarrando los barrotes de la celda.
«He estado ocupada celebrando la muerte de Emma Swan» dijo ella, mostrando una diabólica sonrisa.
«Finalmente conseguiste librarte de la mujer que arruinó a tu familia. ¡Ahora, podemos estar juntos!» dijo él, entusiasmado.
«Eso no es así, August. No confundas las cosas» murmuró la pelirroja, con los brazos cruzados.
«Dijiste que sería libre…»
«Dije que cuando me ayudases a dejar al descubierto las flaquezas de aquella maldita vampiro, yo te perdonaría la vida. Es muy diferente» lo interrumpió de forma grosera
«No entiendo…pensé que…»
«¡Pensaste mal!» gritó, acercándose «¿Realmente creíste que yo sería capaz de tener una relación amorosa y sexual con un animal? Lo siento mucho, querido…no me gusta la zoofilia» dijo Zelena, de forma burlona
«¿Me has engañado todos estos años?» preguntó August, incrédulo
«¡Claro que te he engañado! Además, para poco me has servido. Así que no tengo ninguna razón para mantener tu maldito corazón latiendo» dicho eso, Zelena disparó innumerables veces al pecho de August, sin piedad. Los proyectiles de plata, dejados por su abuelo, quemaban la carne del híbrido que agonizaba en el suelo. Zelena solo se detuvo cuando tuvo la certeza de que había dejado de respirar.
Esperó unos minutos más, solo por precaución, y rápidamente se marchó. Whale que había seguido los pasos de la pelirroja, al oír los disparos, se asustó, imaginando lo que podría estar pasando. Cuando finalmente la pelirroja dejó el sitio, el científico entró para ver de qué se trataba. Sus ojos se salieron de las órbitas al encontrarse con el híbrido muerto.
«Estaba claro que ella estaba metida en el asunto» dijo Whale para sí mismo mientras sacaba fotos de la escena.
Pasaron algunas semanas y ya no se hablaba más de la tragedia que había envuelto a Emma Swan. Todos habían retomado sus actividades, excepto Regina. La alcaldesa solicitó un permiso de unas semanas y a pesar de no dejar dicho la razón para ello, su petición fue atendida rápidamente. Su rutina se basaba prácticamente en llorar, dormir, despertar y llorar de nuevo.
«Regina, me parte el corazón verte así» dijo Ruby, acariciando los cabellos de la alcaldesa
«Ella no ha vuelto…eso significa que está muerta, que me ha dejado» decía mojando la almohada con sus lágrimas.
«No puedes seguir así, Regina. Hace casi un mes que estás encerrada en este cuarto…»
«Déjame en paz, por favor, déjame sola con mi dolor…» dijo ella sin importarle la aflicción que también sentía su hermana pequeña.
Nada fue diferente hasta que el permiso acabó. Después de un mes encerrada en casa, llorando la repentina muerte de su amada, Regina volvió al trabajo. Y no tardó Killian en volver a intentar un acercamiento con la alcaldesa. El joven moreno de ojos azules llegó a oír rumores de que la morena mantenía una relación con Emma Swan, pero eso no era obstáculo para el hijo del alcalde de Boston, sobre todo porque su supuesta rival estaba muerta.
Con el pasar del tiempo, Regina finalmente se fue recuperando. Todos los fines de semana visitaba la tumba de su amada fallecida y le dejaba algunas flores.
En una de esas visitas, cuando volvía para casa, Regina divisó una figura rubia, vestida de negro, entrando en un restaurante de las cercanías del ayuntamiento. Paró su coche bruscamente y corrió en dirección a aquella que seguía atormentando sus sueños y pensamientos.
«¿Emma?» llamó la alcaldesa, tocando suavemente el hombro de aquella que imaginaba ser la razón de su sufrimiento, sin embargo, cuando la figura se dio la vuelta para mirarla, la decepción en los ojos de la morena se hizo presente.
«Disculpe. Pensé que era otra persona» dijo ella, marchándose enseguida.
Tuvo que cambiar de camino para que las personas no viesen las lágrimas en su rostro siempre que sus ojos se posaban en aquella calle donde su único y verdadero amor residió.
Dos años después
«¿Para qué es todo eso? ¿Cuánto tiempo te ausentarás?» preguntó Zelena, mientras Regina cerraba la última maleta
«El congreso durará quince días. Y no me estoy llevando sino lo necesario» dijo ella
«Disfruta de las bellezas de Londres, hermanita. ¡Quiero muchas fotos, eh!» dijo Ruby, abrazando fuertemente a la morena.
«Buen viaje, Regina, y por favor, no dudes en llamar si necesitas algo» dijo Zelena, despidiéndose de su hermana.
Antes de que el avión despegase, Regina aferró el colgante de su collar con firmeza. Había cogido esa manía desde que supo la muerte de Emma, y cuando se sentía nerviosa por algún motivo, ejecutaba ese gesto. Mantener ese minúsculo objeto entre los dedos era como si estuviese tocando a la mujer que continuaba en su mente, en su corazón.
Cuando finalmente llegó a Londres, cogió un taxi y se fue derecha al hotel. El congreso comenzaría al día siguiente, a las nueve de la mañana. Personas del mundo entero participarían en aquel evento destinado a los gobernantes que, de forma directa o indirecta, contribuían a un mundo sostenible. Un motivo más para que la alcaldesa se acordase de Emma, ya que, gracias a la implantación de la fábrica, ella era una de las invitadas especiales del evento.
El primer día, Regina agradeció al cielo el hecho de que las presentaciones no hubiesen sido tan largas. Pasar horas sentadas oyendo hablar a personas, muchas veces de cosas que ella no entendía, era como mínimo aburrido. Al dejar la sede donde se estaba llevando a cabo el congreso, decidió dar un paseo por las agitadas calles de la capital inglesa. Sus ojos recorrían las exuberantes bellezas de aquella ciudad cuando de repente, se fijaron en alguien un tanto familiar.
«Emma…» susurró, mientras caminaba en dirección a aquella mujer que parecía intentar esconderse bajo la ropa que llevaba.
Regina apresuró el paso en el intento de alcanzar a la que parecía la "sosias" de Emma. A pesar de las gafas negras y de la gorra, la alcaldesa estaba convencida de que se trataba de su amada. Infelizmente, por culpa de la enorme cantidad de gente, Regina acabo perdiendo a la mujer de vista.
«¡Dios mío…me voy a volver loca!» murmuró para sí misma mientras volvía al hotel.
La semana en Londres no fue diferente a lo que Regina había imaginado. La ciudad era maravillosa, pero no estaba con ánimos para paseos y fotos como Ruby le había sugerido. Cuando las ponencias acababan, dependiendo de la hora, la alcaldesa daba una pequeña vuelta y se iba al hotel. Además, estaba cansada de buscar el rostro de Emma en las caras de las británicas.
Finalmente el último día en aquel lugar había llegado. Pasaban de las 21:00 y Regina contaba los minutos para que acabase la última ponencia, volver a su hotel, hacer las maletas y coger el primer avión a la mañana siguiente. Cuando su reloj marcó las 21:35 en punto, dieron por concluidas las ponencias, y después de los agradecimientos, la alcaldesa se retiró rápidamente.
«Lo que me faltaba…¡lluvia!» exclamó la alcaldesa, mientras sus ojos recorrían la calle en busca de un taxi.
Pero en vez de encontrar lo que estaba buscando, Regina divisó otra vez una silueta semejante a Emma.
«¡Esta vez no se me escapa!» dijo ella, caminando deprisa sin preocuparse por la lluvia
Cuánto más se acercaba a la figura rubia, más fuerte latía el corazón de Regina. Temiendo perderla de vista otra vez, la alcaldesa recurrió a algo inusitado.
«¡Policía, aquella mujer me ha robado el móvil!» gritó la morena, y rápidamente, el hombre uniformado corrió en dirección de la susodicha
Regina continuó caminando, siguiendo los pasos del policía, que aparentemente estaba solicitando refuerzos por radio, ya que la sospechosa había echado a correr tras oír los gritos de la morena. Los tacones altos le dificultaban caminar con desenvoltura por las calles mojadas, así que decidió quitárselos sin vacilar, y corrió al encuentro de aquella que ya estaba siendo sometida por dos agentes que le cortaron el paso.
«Entonces, señora…¿es esta mujer la que le ha robado?» preguntó uno de los policías, dándole la vuelta al cuerpo que tenía delante.
El corazón de Regina se disparó de una forma absurda en el exacto momento en que se encontró con aquellos dos ojos verdes, tapados por las lentes mojadas de las gafas transparentes.
«Sí» dijo ella «quiero decir, ¡no!» se corrigió rápidamente, respirando con cierta dificultad.
«¿Sí o no, señora?» preguntó el policía, impaciente ante la indecisión de Regina
«No, no fue ella. Disculpen la molestia» murmuró la morena, intentado esconder el shock en que se encontraba.
«¿Está segura?» preguntó el agente
«Sí, señor, muchas gracias. Voy a disculparme con la muchacha, pueden irse…» dijo Regina, y los policías, un tanto desconfiados, se separaron.
Emma permanecía inmóvil. Sabía perfectamente que aquellos tres policías no eran suficientes para detenerla, sin embargo, se había jurado a sí misma, y en memoria de su hermana Elsa, que nunca más usaría su fuerza para herir a personas inocentes. Y en aquel momento, los policías eran inocentes, solo estaban haciendo su trabajo.
Su expresión era la misma que tenía cuando Regina la vio por primera vez, y su corazón se encontraba tan acelerado como el de la mujer que tenía delante.
Ambas se miraban bajo la lluvia. Era como si una quisiese derrumbar a la otra con la mirada.
Emma no esbozaba ningún gesto como casi siempre, y Regina ya dejaba ver la rabia y la decepción que sentía en aquel momento.
«Regina…» intentó pronunciar, sin embargo, fue cortada por la furia de la alcaldesa.
«¡Cobarde!» exclamó la morena, dándole una bofetada que hizo que sus gafas cayeran «¿Cómo fuiste capaz de huir, de mentir, de abandonarme?» gritó con lágrimas en sus ojos que, a pesar de la lluvia, no pasaron desapercibidas para Emma.
«No hui…te libré de un peso innecesario» dijo ella
«¿Peso innecesario? No creo que me estés diciendo eso…» dijo ella, sonriendo irónicamente
«¡Necesitaba marcharme, Regina! ¡No quería volverme un monstruo, no quería que me vieses convertida en un monstruo!» exclamó la vampiro casi a gritos, bajando enseguida la mirada «Ya no soportaba ver el mido en tus ojos cada vez que me volvía agresiva…» concluyó en un tono de voz casi inaudible
«¡Podías haber hablado conmigo! ¡Yo hubiera comprendido, te hubiera ayudado!» gritó, mientras las lágrimas se deslizaban por su rostro mezclándose con las gotas de lluvia.
«No podía condenarte a una vida llena de miedos, preocupaciones…» murmuró cabizbaja
«Hiciste algo peor. Me condenaste a una vida de sufrimiento, dolor, amargura…soledad. Dos años, cuatro medes y veinte días llorando una muerte que nunca se produjo» dijo Regina, estallando en un llanto compulsivo
Emma no contuvo la emoción y en un impulso envolvió a la morena en sus brazos, estrechándola fuertemente, con ternura. No había pasado un solo día en que no hubiera deseado ese momento.
«¡Suéltame! ¡No me toques nunca más! ¡Te odio, Emma, te odio!» gritaba, mientras forcejaba para soltarse y golpeaba a la rubia con sus puños cerrados.
Emma, por su parte, permanecía en silencio, impidiendo que Regina se separase. Sus brazos rodeaban la cintura de la morena que continuaba debatiéndose a gritos.
«Cálmate, Regina…» decía Emma, en voz baja
«¡He dicho que me sueltes!» gritó una vez más, y antes de que dijese nada más, Emma trató de callarla con un beso.
Durante algunos segundos, Regina intentó separarse, pero en vano, ya que la fuerza de Emma no se podía comparar con la suya. Aunque la rabia que sentía era inmensa, no consiguió resistir por mucho tiempo hasta rendirse por completo, y dejarse besar con pasión. Se besaron intensamente mientas el agua de la lluvia empapaba ambos cuerpos.
