CAPITULO 28: El talón de Aquiles

Un mes después

"¿Vas a estar el resto de tu vida sin hablarme?"

Luego de media hora tocando a la puerta de su hermano, Eliza se había sentado en el suelo, a la espera de que Neil abriera la misma y le permitiera entrar. "¡Neil, abre la puerta! ¿Qué demonios te ocurre?"

Aunque era la una de la tarde, Neil continuaba tirado sobre la cama, que continuaba sin arreglar, y pasado un mes desde que hubiera regresado a la mansión Legan, no estaba dispuesto a vestirse ni hablar con nadie. "Si gustas, podemos traerte el carrito de postres…", oyó decir en tono de broma a su hermana, quien no cesaba en su empeño de hacerlo hablar, de una vez y por todas, sobre los pasados tres meses de su vida, reconociendo que a pesar de lo mucho que había disfrutado sus maldades, y del inmenso amor que comenzaba a sentir por su Alma Errante, había extrañado mucho a su hermano, y no era sino hasta ahora que se había dado cuenta de cuán importante era Neil para ella. Continuó dando golpes en la puerta, hasta que Neil abrió, y cuando Eliza vio el semblante gris y apagado de su hermano, se arrepintió de haberlo molestado por lo que dijo: "Discúlpame, hermanito; sólo estaba aburrida y quería ver si tú-"

¡PAF!

Sucedió tan de repente que Eliza no podía asimilar lo que había pasado, hasta que sintió el ardor de la sangre bajar de su nariz. El impacto de la cachetada había sido tan fuerte que tuvo el resultado de un culatazo, mas Neil permaneció inmutable, mientras ella se limpiaba el rostro con una mano. "Ya una vez alguien me había lanzado un escupitajo, pero esto…" Su ensangrentado rostro ahora estaba bañado en lágrimas. "¡No se puede esperar algo así de un hermano!"

"¿Ah, no?" Neil se cruzó de brazos, indiferente al dolor físico de ella. "¿Y qué se puede esperar de una hermana que intenta matar a dos jovencitas sólo por envidia?" La agarró por los cabellos diciendo: "Deberías agradecer que no te haya matado, pues ganas no me faltan para hacerlo."

Eliza comenzó a temblar, pues nunca antes había visto a Neil tan furioso con ella, y se aventuró a preguntar: "¿Tanto amas a Candy?"

Pero en lugar de calmar los ánimos de su hermano, éste sólo acrecentó su ira. "¡Estúpida! No todos somos como tú, que vives, comes, y sueñas con Candy, pues no tienes nada más con qué llenar tu vida… estoy hablando de Susana Marlowe. ¿Qué pretendías al haberla sacado de su casa y separarla de Terry?"

Ella llevó las manos a su cabello con tal de soltarse, pero él era mucho más fuerte, por lo que no pudo hacerlo. "¡Me estás lastimando!", gritó llorando.

"¿Y eso qué?", preguntó él con indiferencia. "¿Qué harás ahora… llamar a mamá o a papá para darles la queja? ¿No eras tú quien insistía en que abriera la puerta para hablar contigo? Pues aquí estoy, hablando según mis términos." Apretó sus manos sobre el cabello rojizo. "¡Ya dime de una vez por qué quisiste hacerle daño a Susana, antes que se me agote la paciencia!"

Su hermana lo miró con furia. "¡Yo sólo quería alejarla de Terry! ¿Pero por qué te importa tanto esa inválida oportunista?"

¡PAF!

Esta vez Eliza no pudo controlar más su apacible llanto. Haciendo a un lado su orgullo, comenzó a llorar una vez más de miedo y de dolor, y sus lágrimas descendieron a su vestido, bañándolo de sangre. Se llevó las manos al rostro, pues nunca antes se había sentido tan despreciada por su hermano, y la sensación no era para nada agradable, al contrario… se sentía sola y vacía, al igual que en los pasados tres meses, cuando no tenía nadie en quien confiar sus fechorías, razón por la cual había abierto un poco su corazón a Alma Errante. Iba a salir corriendo a lavarse el rostro cuando Neil la tomó del brazo y le dijo, con lágrimas en los ojos: "Susana es la mujer que amo, Eliza; no como a Candy, pues eso fue sólo una ilusión de niño mimado; pero Susana y yo nos enamoramos, y aunque prácticamente la arrojé de vuelta a los brazos de Terry, ella es la mujer de mi vida, y la única a la que siempre amaré… pero no creo que conozcas ese sentimiento." Sosteniendo la cerradura de la puerta para tirarla y volver a encerrarse en el dormitorio, añadió: "Tú sólo te amas a ti misma… y no me queda otro remedio que odiarte."

"¡No digas eso, Neil!", gritó Eliza a todo pulmón. Entonces tuvo que enfrentar una triste realidad: si ella quería ganar nuevamente la confianza de su hermano, tenía que componer un poco las cosas. Colocando una mano sobre el hombro de Neil le dijo: "Aguarda un momento. Voy a traer algo que leí hoy, y que había ocultado a propósito, pues jamás pensé que sería de tanto interés para ti. Luego que lo veas, prometo que no volveré a molestarte."

"¿Otra más de tus sucias trampas, Eliza?"

Pero ella había salido a toda prisa por el corredor en busca del artículo que sería la salvación de Neil, como también su perdición, pero debía correr el riesgo de hacerlo. En su pasada lucha por vencer a quienes creía sus enemigos, Eliza había perdido a su hermano, infligiéndole más daño que a Candy o a Susana juntas, y con lágrimas en los ojos, finalmente aceptó su gran verdad en la vida: Neil era lo más valioso y preciado que ella tenía, más que su padre casi ausente, y que su vanidosa madre, e incluso más que la herencia que había perdido por su insensatez. Su hermano, sin haber sido un mal hombre, había aceptado participar de todas sus intrigas, sólo para verla feliz y pasar más tiempo juntos y en familia, y era su deber corresponder a él por todas las obras, buenas o malas, que él se dispusiera a hacer por amor a su hermana. Regresando con el artículo, suspiró de alivio al ver que Neil continuaba de pie en el marco de la puerta, hasta que éste se hizo a un lado, dejándola entrar a la habitación. Sin rodeos, ella le hizo entrega del diario, y en cuanto Neil leyó los titulares, buscó la fecha de publicación del artículo. "Es de hoy", dijo con voz queda; y sin nada más que decir, abrió el ropero de golpe y sacó el primer traje que encontró. "Sabía que lo harías", comentó Eliza.

Neil contempló a su hermana, y salió corriendo del dormitorio. "¿Adónde vas?", preguntó ella. Iba a buscarlo cuando él volvió con una toalla húmeda en la mano, y aplicó la misma en la ensangrentada nariz de ella. ¿Cómo un simple acto de bondad como lo había sido mostrar el artículo de un diario había transformado a Neil de esa manera? Comenzó a llorar una vez más, y esta vez Neil la apretó contra su pecho, y a pesar de la violencia de los pasados minutos, sintió que la amaba más que nunca. "Lo siento mucho, Eliza", dijo entre sollozos, acariciando los cabellos que él mismo había revuelto en el altercado, "¡En verdad lo siento tanto!"

"Creo que me lo merecía", aceptó ella mientras continuaba abrazando a su hermano. Entonces se apartó y dijo: "Sólo tienes hasta mañana, Neil. Anda, ve y encuentra lo que has estado buscando." Y sin decir más, lo dejó a solas para que pudiera vestirse. Su vestido se había manchado, y su cabello estaba despeinado, pero ahora marchaba a su cuarto con una hermosa sonrisa enmarcando su rostro. Por primera vez, había hecho lo correcto. "¡Qué bien se siente hacer el bien!", exclamó con redundancia.

/

Al día siguiente en Nueva York, una repentina ceremonia estaba a punto de comenzar, y tal y como Terry había acordado con Susana, la misma se llevaría a cabo lo más rápido posible, y sólo las familias de ambos habrían de presenciar el enlace. Aún no comprendía cómo había llegado a esta situación: sólo recordaba que estaba durmiendo por última vez en su departamento, y a la mañana siguiente, estaba completamente desnudo, y a su lado, Susana Marlowe se agitaba bajo las sábanas. "Creo que me confundiste con Candy", había dicho ella con reproche. Ahora estaba pagando las consecuencias de aquella noche, pero por nada del mundo permitiría que su hijo por nacer no tuviera su apellido. Después de todo, él había quedado marcado para siempre como el hijo ilegítimo de Sir Richard Granchester, y no soportaba la idea de causar el mismo sufrimiento a un hijo suyo. Ningún otro Granchester recibiría el estigma de ser un hijo nacido fuera del matrimonio… al menos no por parte de él.

Al llegar a la iglesia, Russell lo esperaba al pie de las escaleras. "Llega justo a tiempo, señor Terry."

"Eres mi padrino de boda, Russell", recordó el actor. "¿No crees que ya es hora de que me trates de tú?"

En virtud de las circunstancias, Russell se dio por vencido. "De acuerdo, Terry; pero sólo por eso.. porque soy el padrino de la boda." Entonces vio algo que capturó su atención. "Creo que debes deshacerte de ese anillo."

"¿El aro de matrimonio… por qué?" Al ver la confusión en los ojos de Russell, supo de qué se trataba. Alargando su mano para hacer más fácil el desprendimiento, removió el anillo blanco y dorado de su dedo anular. No lo tiraría a la basura, no; pero ahora debía cumplir con otras responsabilidades. 'Lo lamento, Candy', dijo en su interior. 'Si tan sólo supiera dónde estás…'

Los dos amigos entraron a la iglesia, y al hacerlo, Richard saludó a ambos jóvenes desde el banco donde él y sus niños estaban sentados. Terry sonrió al recordar los breves momentos que compartió con sus medios hermanos antes de volver a Nueva York, y sintió que por primera vez había realizado un gran avance con ellos, tal vez gracias a la intervención de su padre. Y aunque su esposa cara de cerdo nunca viera con buenos ojos al hijo mayor del duque, lo único que importaba a Terry era llevarse bien con los niños, algo que al fin estaba logrando.

Varios bancos más adelante, Eleanor Baker miraba consternada a su hijo ante el gran paso que éste estaba a punto de tomar, y aunque por experiencia comprendía las razones por las cuales él se había mostrado firme en llevar a cabo el enlace, sabía que su hijo jamás sería feliz junto a Susana. No pudo evitar mirar hacia atrás, y su mirada se encontró con los inquisitivos ojos de Richard, quien mostró una sonrisa como pocas, y ella bajó la cabeza ocultando el rubor en su rostro. Este era el carismático y desenfadado Richard que había conocido, y de quien ella se había enamorado.

Debido a que Susana no tenía amigas, la señora Marlowe fungiría como madrina del enlace. Aunque no le agradaba para nada la idea de que Susie y Terry adelantaran la boda, pues de antemano ya sabía, gracias a la señorita Eliza, que él y la desvergonzada enfermera de Chicago habían estado juntos en Inglaterra, al menos tenía el consuelo de que el joven británico era, después de todo, un hombre de palabra, dispuesto a cumplir cabalmente su responsabilidad; y por ello tomó la decisión de no contar nada a su hija acerca de la confidencia que había hecho Eliza sobre la carta que había enviado Candy pidiendo a Terry que se reuniera con ella en Londres. De todas maneras, no estaba contenta con el giro que había tomado la relación de Susie con el actor, pues hasta una ciega se habría dado cuenta de que Terry no amaba a su hija, y ahora resultaba que la había embarazado, haciendo que la madre de Susana se enfadara con él, aunque no tanto como con su propia hija, a quien desconocía por completo. ¿Dónde habían quedado los buenos valores que siempre le había enseñado? Aunque al fin ésta realizara su sueño de convertirse en la señora Granchester, las vías que había tomado para concretar su matrimonio habían sido extremas y por demás vergonzosas; y ya que Susana no hablaba mucho sobre el particular, a su madre le constaba que la chica se sentía culpable por haberse entregado a los deseos de la carne, pues a partir del momento en que dio a conocer su estado de gravidez, se había mostrado más introvertida de lo usual, y en ocasiones se le veía tan agobiada, que quien no conociera sus sentimientos por Terry, hubiera jurado que no lo quería del todo.

El sacerdote a cargo de la ceremonia, el padre Wilson, tomó su lugar en el altar. Debido a la urgencia con la que se estaría llevando a cabo la unión matrimonial, no había flores ni decoración costosa, sólo el escaso número de invitados. No era la primera vez que el padre Wilson oficiaba un casamiento relámpago, aunque por lo general los contrayentes lucían muy enamorados, contrario al actor que ahora esperaba impaciente al pie del altar, quien no dejaba de secarse el sudor de la frente. 'Un hombre que se casa enamorado no muestra tanta ansiedad', pensó.

Al ver al padre Wilson en el altar, Terry sacó nuevamente el pañuelo de su pantalón, y removió el sudor de sus sienes. Por segunda vez en su vida, habría de resignarse a estar el resto de la misma con Susana, pues en esta ocasión una nueva vida estaba de por medio, y la criatura era inocente del error cometido por sus futuros padres, por lo que el niño no tenía por qué pagar las consecuencias. Pero ya era tarde para recriminarse, aunque no dejaba de sentirse culpable por haber cometido la estupidez de acostarse con Susana, máxime cuando se trataba de un error. ¿Cómo pudo haber sucumbido ante las caricias de la actriz, cuando sabía perfectamente que su cuerpo sólo podía pertenecer a Tarzán pecosa, a quien había jurado proteger y serle fiel el resto de su vida, aún sin haberse casado con ella de verdad? 'Oh, Candy', se dijo, mientras aflojaba el nudo de la corbata, pues sentía que se asfixiaba; y con esto recordó aún más la belleza de su esposa del alma mientras le anudaba la corbata antes de sus cenas con Von Haller, entre otras ocasiones especiales. Agitó la cabeza de un lado a otro para apartar la imagen de la rubia de su mente. 'Aún no entiendo por qué huiste, pecosa escurridiza', pensó con humor y tristeza a la vez. De repente, todos se pusieron de pie al ver llegar a Susana, y Terry reconoció lo mucho que ésta había cambiado gracias a la nueva pierna que había adquirido. Más segura y confiada, la chica de largos cabellos caminaba a pasos agigantados, orgullosa de caminar sin tropiezos rumbo al altar; y ante la falta de una figura paternal que la entregara, su futura esposa capturaba miradas a su paso, provocando admiración en los presentes, aunque a Terry le daba la impresión de que caminaba demasiado rápido. '¿No se supone que esté disfrutando el momento?', se preguntó. Entonces pensó en el sinnúmero de veces que ella había pedido concretar el casamiento cuanto antes, y dedujo que los deseos de Susana en casarse eran tan grandes que no podía esperar un minuto más para hacerlo.

Susana se unió a él en el altar. Contrario a lo que había esperado de ella, su novia no llevaba un atuendo de falda amplia ni costosos encajes como una vez hubiera comentado, sino un discreto vestido de manga corta, que más bien era apropiado para un pasadía en el parque, y no llevaba flores ni velo, esto último por razones obvias. Antes de que el padre Wilson hiciera la señal de la cruz para comenzar, él tocó el hombro de la joven, pues nunca antes la había visto tan nerviosa. "¿Estás bien?", preguntó Terry.

Ella iba a contestarle cuando una sombra se interpuso entre los rayos de sol que se infiltraban por la entrada de la iglesia y a través de las puertas abiertas de par en par. Al ver la silueta reflejada en el altar, Susana reconoció la misma de inmediato, y se dio la vuelta, al igual que el resto de los invitados. "¡Oh!"

Cruzado de brazos, y descansando su cuerpo contra el marco de la puerta, Neil Legan contemplaba extasiado la belleza de Susana. Había estado tan habituado a las rústicas ropas de la rubia durante su estancia con los ilinis que ya casi había olvidado lo hermosa que lucía llevando otra vestimenta. Caminó hacia el altar con paso lento pero firme, y al quedar frente a los novios, la vio temblar de pies a cabeza. "Hola, Susana", dijo, ante la atónita mirada del padre Wilson y de los demás.

Terry se llevó las manos a la cabeza. ¿Qué rayos hacía Neil Legan en plena boda? Recordó la anécdota que le había contado Candy en Isola Bella sobre cómo el hermano de Eliza la había llevado bajo engaño a una villa con quién sabía qué intenciones… y entonces tomó a Legan por el cuello, levantándolo en el aire. "¿Qué haces aquí, Neil?", preguntó con enojo, esperando que el otro huyera de miedo e incluso llamara a la señora Legan, mas no lo hizo, lo que exacerbó más los ánimos de Terry. "¿Acaso tú y Eliza no han tenido suficiente con todo lo que nos han hecho a mí y a Candy?"

Susana se llevó las manos a la cintura. "¿Tú y Candy?", repitió a su novio. "¿Y tú qué tienes que ver ahora con Candy?"

El padre Wilson intervino. "Si nos disculpa, joven", dijo, en referencia a Neil, "tenemos una boda que celebrar."

"Y si usted me disculpa, padre", ripostó Neil, "yo tengo una boda que detener."

"¡Neil!", exclamó Susana.

Terry alzó las manos al aire, en un esfuerzo por no exaltarse. "¡Aguarden un momento! Susana, ¿acaso conoces a Neil?"

Susana se cruzó de brazos, ofendida por el tono de quien estaba a punto de ser su esposo. "¿No te parece evidente?"

"¿Alguien quiere explicarme qué es lo que sucede?", preguntó el padre Wilson, mas nadie respondió.

La señora Marlowe dio dos pasos adelante, interponiéndose entre todos, incluyendo al padre Wilson. "¡Por nada del mundo detengas esta boda, Susana!"

"¡Mamá, por favor!" Por primera vez, Susana deseó que su madre la dejara en paz. "¿No ves que estoy esperando una respuesta de Terry?" Tomó a su prometido por el brazo. "¡Dime de una vez qué hicieron tú y Candy durante mi ausencia!"

Terry miró a ambos lados de la iglesia, esperando ver el rostro de Eleanor y buscar algún indicio de aprobación para decir la verdad; pero al hallarla, su semblante no mostraba ninguna expresión, y Terry comprendió el silencioso mensaje: Debes afrontar este problema tú solo. Sin pronunciar una sola palabra, él emitió una oración con los labios: Gracias, mamá… te amo. Y logró su cometido, pues los ojos de Eleanor adquirieron un hermoso brillo de orgullo materno. Terry se dirigió a Susana para hablarle, pero la señora Marlowe no lo permitió. "¡Tu futuro marido viajó a Inglaterra porque Candy White le envió una carta pidiéndole que se vieran!"

Todos en la iglesia se conmocionaron, lanzando un grito de asombro, o levantándose de los bancos para mirar más de cerca lo que estaba pasando. El padre Wilson sintió que iba a asfixiarse dentro de su sotana por lo que dijo: "Voy a estar en la sacristía hasta que a alguno de ustedes se le ocurra continuar con el casamiento." Y secándose el sudor de su frente, se marchó por una puerta lateral, aunque nadie había advertido su retirada.

Russell avanzó hacia el grupo. "Debe haber un error, señora Marlowe. La señorita Candy sólo estuvo de paso por Londres como escala para viajar a Sicilia, donde fue enviada bajo engaño por una enemiga."

"Y esa enemiga es mi hermana", agregó Neil. "Susana, ¿olvidaste cuando mencioné que no se podía confiar en Eliza porque había enviado a Candy a Italia?"

"¿Usted es hermano de la amiga de mi hija?", preguntó la señora Marlowe a Neil. "¡Ahora sí no comprendo nada!"

"¿Qué es lo que no comprende, señora?", preguntó Terry.

Sosteniéndose de la pila bautismal para no desmayarse, la señora Marlowe dijo: "Hace un tiempo viajé a Illinois para preguntar a la señorita Eliza por el paradero de Susie, y fue entonces cuando ella me contó sobre una carta que usted había recibido de Candy, invitándolo a reunirse en Londres con ella."

"¡Eso es mentira, mamá!", gritó Susana con rabia. No podía creer que Eliza había sido capaz de jugar con su madre, y mucho menos luego de que ésta hubiera hecho tan largo viaje de Nueva York a Sunville. "Eliza no es como tú y yo pensábamos. ¡Es muy mala! Tanto, que la idea de alejarme de Nueva York no había sido mía, sino de ella… porque quería verme lejos de Terry."

"¡Oh, por Dios!" La señora Marlowe comenzó a llorar sin consuelo, pues había recibido con los brazos abiertos a la peor enemiga que había tenido su hija. Antes había pensado que dicha enemiga era Candy White, pero ahora se daba cuenta que la rubia enfermera sólo había sido una víctima más de Eliza Legan. "¿Entonces tú y Candy nunca estuvieron juntos, Terry?"

Terry respiró hondo. "La mentira de Eliza se convirtió en realidad, señora. Candy y yo estuvimos juntos… pero no en Inglaterra, sino en Italia."

La piel morena de Neil se puso pálida al escucharlo. "Si eso es cierto, ¿cómo explicas que quieras casarte ahora con Susana?"

"¿Qué relación guardas con ella, Legan?"

Para ganar tiempo y evitar quedar al descubierto, Susana miró a su madre con reproche. "¿Por qué nunca me contaste sobre la supuesta carta que Candy había enviado a Terry, según Eliza?"

Sin dejar de llorar, la señora Marlowe explicó: "Estabas tan triste a tu regreso de Chicago, que no quise arruinar más tu vida con un comentario impertinente; además, surgió lo del casamiento, y pensaba que si decía algo al respecto, echaría por tierra tus planes de casarte."

Russell, quien estaba a punto de regresar a su lugar al pie del altar por entender que estaba demás en la conversación, preguntó: "¿Por qué estaba en Chicago precisamente, señorita Marlowe?"

"¿Quién es este mequetrefe?", preguntó Neil.

"Este 'mequetrefe', como dices, es mi mano derecha, y mi mejor amigo", contestó Terry sumamente ofendido.

"Fui a Chicago a verla a ella… a Candy", confesó Susana. "Quería encontrarla frente a frente, y confirmar con mis propios ojos que ella ya no te amaba", buscó a Neil con la mirada, "y ahora comprendo, por todo lo que nos ha hecho Eliza, que jamás la habría encontrado allí."

Terry estudió con minuciosidad el cruce de miradas entre Neil y Susana, y decidió atar los cabos que aún quedaban sueltos. "¿Qué relación hay entre ustedes… y por qué estás aquí en primer lugar, Legan? Y por lo que más quieras, ¡no vayas a decir que pasabas por aquí y se te ocurrió entrar a rezar tres Padrenuestros y cuatro Avemarías!"

"El sarcasmo no te sienta bien en estos momentos, Terry, aunque en cierto modo te comprendo", comentó Neil, antes de mirar fijamente a Susana, hasta que al fin dijo: "No puedo permitir que te cases con ella… porque es mi esposa."

Ninguno de ellos, en su estupor ante lo que se había escuchado, había visto al padre Wilson emerger de la sacristía, hasta que todos escucharon la voz del clérigo retumbar por toda la iglesia, mientras señalaba con un dedo acusador a Susana. "Tú… ¡pecadora! ¿Cómo te atreves faltar el respeto a Dios de esta manera?"

"¡Esto tiene que ser una broma, padre!", exclamó Terry en defensa de su prometida. "Susana nunca haría algo así, ¡se lo aseguro!"

"Nos casamos por el rito indígena", admitió Susana, para horror de Terry y el resto de los invitados. "Terry, mamá… Neil y yo estuvimos juntos en Illinois, y mientras él estuvo con amnesia, se enamoró de mí, y yo de él. Nos casamos con la bendición de los ilinis, y habríamos sido muy felices a no ser porque cuando él recobró la memoria, descubrió que yo supe la verdad sobre su origen antes que él." Tomó la mano de Neil diciendo: "En el artículo que leí sobre ti, se desprendía la idea de que tú y Candy tenían en común algo más que una herencia compartida, y deduje que habían sido, o eran, novios… y tuve miedo de perderte a ti también, por ella", mencionó, con el corazón en la mano.

El padre Wilson dirigió una mirada furibunda a Susana. "¿Entonces por qué ibas a casarte con este otro chico?"

Terry miró a Susana, a la espera de una contestación, aunque la respuesta sería más que obvia: porque se embarazó de él. No obstante, ella dijo: "Padre, precisamente iba a hablar con Terry sobre esto, pues ahora que lo pienso, estuve a punto de cometer un gravísimo error conmigo misma, con Terry, y con muchas otras personas."

"¡Susana!", exclamaron Terry y Neil al unísono.

"Así es", balbuceó ella, con lágrimas en los ojos, antes de hablar a Terry: "¿Ninguno de ustedes había notado la rapidez con la que caminé hasta el altar?"

Terry asintió con la cabeza. "Poco faltó para que corrieras, y pensé que estabas ansiosa por casarte de una vez."

"En realidad quería hablar contigo a la mayor brevedad… para cancelar la boda." Y al oír que todos murmuraban en el interior de la iglesia, añadió: "Terry, aunque Neil y yo no estamos casados por la Iglesia, él es el hombre que amo, y al que siempre amaré, aunque él no me corresponda."

"¿No corresponderte?", repitió Neil con ironía. "¿Por qué crees que vine de Sunville tan rápido como pude?" La tomó por los hombros de manera que ambos quedaron mirándose a los ojos. "Fui un estúpido al haberte abandonado, y no merecías que te tratara tan mal. No sabes cómo han sido para mí estas semanas sin verte, sin tocarte, sin abrazarte… incluso le di un par de cachetadas a Eliza cuando ella sólo trataba de alegrarme el día. Susana", la tomó por la barbilla, acariciándola con sus ojos almendrados. "¡Susana, te amo!"

"Oh, Neil…", suspiró ella, desbordándose de amor por el chico malcriado y prepotente que había llegado sin memoria a la aldea de los ilinis. ¿Pero cómo olvidar la discusión que habían tenido el día de su despedida? Además, aún le faltaba por conocer el resto de la familia Legan, y si los padres de Neil resultaban ser como Eliza, no quería imaginar lo que sería una vida con todos ellos en Sunville. Por último, debía pensar en la reputación de su madre, y en todo el daño que le había hecho con su ausencia… y con sus errores. "¡Neil, lo nuestro es imposible!"

Terry se interpuso entre ambos. "No quisiera interrumpir este momento de creciente intimidad, pero hay algo que debes saber, Neil…" Se acercó al otro de manera que sólo él y Susana pudieran escucharlo, "¡Susana espera un hijo mío!"

Neil dio un paso atrás, aterrado ante las palabras de Terry. ¿Cómo Susana pudo haberlo olvidado tan fácilmente… si en verdad había dejado de amar a Terry alguna vez? La posibilidad de que ella nunca hubiera hecho a un lado su cariño hacia el actor ahora era una realidad, pues el fruto de esa relación crecía dentro de su vientre. "¿Susana, cómo pudiste?", preguntó al vacío.

"Temo que en esto no hay marcha atrás, Legan", dijo Terry, quien por vez primera sintió pena por el hermano de Eliza, pues era notable el amor que sentía por Susana. "Soy un hombre de palabra, y debo asumir la responsabilidad de mis actos."

"¡Esperen!", exclamó Susana con desesperación. "Precisamente de eso quería hablarte, Terry. Cometí un grave error, y no quiero que dicho error adquiera proporciones gigantescas…"

"¿Gigantescas?", repitió Neil con cinismo y dolor a la vez. "¿Qué puede ser más gigantesco que saber que la mujer con quien me casé me engañó con otro procreando un hijo con él?"

"¿Podemos hablar de esto en privado?", preguntó ella a ambos jóvenes.

"Para Dios no hay secretos", sostuvo el padre Wilson. "Lo que sea que tengas que confesar… debes decirlo aquí."

"¿Frente al altar?", cuestionó Susana con incredulidad. "¡No puedo, padre; además, esto será muy duro para mi madre!"

"¿Más duro que lo que estuviste a punto de hacer?", insistió el clérigo.

"Ya no será necesario que digas nada, Susie", intervino Neil. "Sé que cuando recuperé la memoria, hice y dije cosas terribles, y te ruego que me perdones", alzando los hombros, dio la vuelta para marcharse, no sin antes decir, "Ahora me queda claro con quién quieres pasar el resto de tu vida… adiós, Susana."

"¡Neil, no te vayas!" En cada paso que él daba para alejarse, Susana sentía que su corazón se iba desgarrando poco a poco. Luego de haber perdido las esperanzas de volverlo a ver, aquí estaba, tratando de impedir que se casara con Terry, tal y como ella pensaba hacer, pero no a tan alto costo, y entonces gritó: "¡El hijo que espero no es de Terry, sino tuyo!"

Terry sintió que se lo tragaba la tierra, y cuando volvió a buscar a Eleanor con la mirada, ésta estaba tan sorprendida como él. El duque, por su parte, había tapado los oídos de los niños para evitar que ellos escucharan una palabra más de la incómoda conversación. Entonces Terry observó a Neil, y al verlo a los ojos, supo que todo cuanto el joven Legan había dicho era cierto: Susana y él habían compartido los pasados meses como marido y mujer. Buscó al padre Wilson con la mirada, pero éste yacía inconsciente sobre el suelo. "Debe haber recibido una impresión muy fuerte", supuso Russell mientras corría al auxilio del religioso. "Lo llevaré a la sacristía; todo esto ha sido muy duro para él."

"No tanto como para nosotros", dijo Terry entre dientes a medida que Russell desaparecía de la vista de todos, y se dirigió a Susana. "¿Cómo estás segura de que Neil es el padre de la criatura?"

Pero Susana no lo escuchaba, pues estaba consolando a una destrozada señora Marlowe. "¡Dios, qué vergüenza… qué vergüenza tan grande!", gritaba la mujer.

"Lo siento tanto, mamá", suplicaba su hija entre sollozos, "pero es mejor así, por el bien de todos…"

"Terry te hizo una pregunta, Susana, y merecemos una respuesta… todos la merecemos", dijo Neil con voz cortante.

Con la señora Marlowe ocultando la cabeza entre sus brazos, Susana señaló: "Nunca me acosté contigo, Terry. Traté de hacerlo, pero estabas tan dormido y soñando con Candy, que fue imposible hacerte reaccionar. Y además…", bajó la cabeza para evitar la penetrante mirada de Neil. "Me faltó valor. A duras penas te había desvestido, y sentí mucha pena al hacerlo pues para entonces el único hombre con quien había estado-" Se detuvo al pensar en sus noches de matrimonio con Neil. "El día que regresé a Nueva York, descubrí que estaba embarazada, y tuve miedo, ¡mucho miedo! Neil me había abandonado, como también había renegado de nuestro matrimonio en la villa indígena, y la soledad que me había arropado era tan insoportable que no me creía capaz de hacerme cargo de un niño por mi propia voluntad."

Esta vez fue Eleanor quien se puso en pie, confrontando a la joven que había estado a punto de arruinar la vida de su hijo. "Ninguna mujer está preparada a cabalidad para asumir el rol de madre. ¡El instinto y la experiencia se obtienen sólo a base de tiempo y esfuerzo!"

La señora Marlowe abandonó su refugio en brazos de Susana para salir en defensa de su hija. "Compréndala, señora Baker; mi Susie estaba tan asustada al descubrir que sería madre y que no tendría el apoyo de su enamorado…"

"¿Y usted cree que no sé lo que se siente?" Eleanor dirigió una mirada profunda a Richard, quien asintió con la cabeza, permitiéndole proseguir. "¿Acaso fue más fácil para mí haber encarado mi maternidad mientras que mi vida estaba en el ojo público, sufriendo la mayor de las humillaciones al haber quedado sola esperando a mi pequeño?" Luchó con todas sus fuerzas para no llorar, y no tuvo que esforzarse demasiado, pues su indignación rebasaba los límites de su dolor. "No digas que no puedes valerte por ti misma, Susana; siempre has estado bajo el amparo de todos, incluso de Terry. Yo, en cambio, tuve que defenderme sola en un mundo donde la vanidad supera los auténticos sentimientos, mientras batallaba porque mi hijo tuviera un apellido así como la ayuda económica de su padre."

"¡Ya no tiene nada más que reprocharme, señora; sé perfectamente que soy una cobarde!" Una vez más, Susana liberó su llanto. "Es por eso que estoy aquí, manchando mi propio nombre, y poniendo mi dignidad por el suelo, con tal de arreglar las cosas para todos, incluyéndome a mí."

"Si querías arreglar las cosas como dices", reclamó Neil, volviendo a avanzar hacia ella, "¿por qué no me dijiste desde un principio?"

"¡Porque te amo tanto que no quiero tenerte contra tu voluntad!", gritó ella a pleno pulmón, causando un fuerte eco dentro de la iglesia. "Ya me habías dejado muy claro que no querías estar más conmigo, ¿así que por qué habría de decirte que esperaba a tu hijo? Probablemente te habrías casado conmigo sólo por lástima, o por darle un apellido a nuestro bebé… pero ahora me doy cuenta de que estaba tratando de enmendar un daño ocasionando otro, y no hubiera sido justo para Terry afrontar la responsabilidad de una paternidad que no le correspondía. Neil", tomó las manos morenas entre las suyas, "Por mucho que te ame, estoy dispuesta a cuidar de nuestro hijo sola. ¿Qué mejor aliciente para superarme que la criatura que es un producto de nuestro amor?" Se acercó más a él, y sin nada más que ocultar le dijo: "Te amo, Neil, siempre te he amado… y es tan grande mi amor por ti que estoy dispuesta a dejarte libre, como siempre lo has sido."

Neil quedó sin palabras. Susana había resultado tan lastimada por su rechazo, que estaba dispuesta a sacrificar su felicidad con tal de verlo bien y en paz. ¿Pero cómo iba a estar en paz sabiéndola lejos, y sin amarla como hubiera deseado? Entonces recordó que había sido él quien la había apartado de su lado; él, quien había cerrado las puertas a su matrimonio; él, quien la había hecho pedazos al pretender que ella rehiciera su vida con Terry. ¿Por qué, si por primera vez se enamoraba de una mujer que le correspondía, le había preparado el camino para marcharse? "Yo también soy un cobarde", admitió a ella en voz alta. "He sido un cobarde al no haber luchado por nuestro amor y pensar antes en la opinión de mi familia." Suspiró al reconocer sus propias limitaciones. "De niño siempre he huido de mis obligaciones, pero ahora que voy a ser padre, no quiero que mi niño o niña cometa los mismos errores que nosotros…"

"¡No quiero que estés conmigo sólo porque voy a tener a tu hijo!", exclamó Susana.

"Nuestro hijo", recordó él, rodeando la cintura de ella con sus brazos. "Perdóname, Susie… perdóname por haberte tratado tan mal el día que nos despedimos, y por no haberte buscado mucho antes. He venido aquí, sin haber tenido idea alguna de que esperábamos un hijo, porque te amo, Susana, y quiero casarme contigo, esta vez por nuestra Iglesia, y quiero estar contigo el resto de nuestra vida, disfrutando de tu compañía y la de nuestro bebé."

Susana acarició la mejilla de su esposo. "Neil, ¡qué más quisiera que estar contigo hasta el fin de mis días! Pero hay algo que tú y yo hemos olvidado. ¿Cómo me recibirá tu familia, en especial Eliza? No estoy segura de que ella o tus padres me acepten."

Neil suspiró. "Antes de haber comprado el boleto para tomar el tren hasta aquí, ya había pensado en pedir al tío Albert que me consiga un trabajo en su nuevo edificio aquí, en Nueva York. Y sobre mis padres… tendrán que aceptarte en uno u otro modo, pues no te perderé otra vez."

"¿Estarías dispuesto a dejar a tu familia… por mí?"

"Dejarlos en el amplio sentido de la palabra… no. Sin embargo, hay veces en que es necesario distanciarse un poco para vivir con madurez. Y en cuanto a Eliza, ayer descubrí cuál es su talón de Aquiles: ¡yo!"

"¿Eh?" Terry temió que Neil hubiera enloquecido. "¿Tú, el talón de Aquiles de Eliza? ¡Pero si siempre te ha manejado a su antojo!"

"Hasta ayer", informó el otro. "Sólo le bastó verme enojado con ella para comprender que el mundo no gira a su alrededor, y que en su afán por desgraciar a otras personas, había lastimado a su propio hermano sin proponérselo."

Terry se frotó la barbilla. "Aún se me hace difícil creer que Eliza está arrepentida. ¡Nadie cambia tanto de la noche a la mañana, Neil!"

"Pues yo sí cambié… y cambié para convertirme en un mejor hombre", aseguró Neil, recordando las sabias palabras del señor Nicholas. "Además, Eliza está descubriendo el amor, aunque nadie, ni siquiera ella, sabe de quién se trata. No hay poder más curativo que el amor." Apretó a Susana contra él. "¿Qué dices, mi amor… aceptarías ser mi esposa?"

Todo el sufrimiento e indecisión que había padecido Susana en el transcurso del pasado mes se había desvanecido en un instante. Los ojos de Neil eran como dos ventanas traslúcidas a través de las cuales se podía entrever la marejada de sensaciones que atravesaban el alma que en un tiempo había sido turbulenta. "Sólo si me perdonas por lo que hice", susurró.

El sonrió. "Entonces estamos a mano, pues yo también hice muchas cosas por las cuales debo pedirte perdón, aunque hay dos personas con las que debemos hablar antes", dijo, señalando a la señora Marlowe y a Terry.

"Tienes razón", aceptó ella, apartándose de su esposo para hablar con Terry. "Desde que me conociste, no he hecho sino causarte un problema tras otro, pero te prometo que nunca, nunca más seré un obstáculo para ti. En Illinois aprendí a caminar con mi pierna suplente y a realizar tareas físicas y domésticas, con el apoyo de Neil y mis amigos indios; pero cuando me dejó, sentí que no contaba con las fuerzas suficientes para cuidar a un hijo, y una vez más recurrí a ti-", se detuvo para llorar amargamente, "¡y casi me convierto en un monstruo al pretender que tú pagaras las consecuencias de mi cobardía!"

A pesar de la magnitud de la mentira bajo la cual se habría convertido en su esposo el resto de su vida, Terry sintió una inmensa compasión por la chica. ¡Cuánta desesperación debió haber sufrido al descubrir que esperaba un hijo del hombre que la había abandonado! Entonces pensó en Eleanor, y en la difícil decisión de esta última en enviarlo a Londres con el duque, y comprendió finalmente el sacrificio de amor de su progenitora, aunque ésta lo lamentara más tarde. No lo pensó dos veces para casarse con Susana en cuanto fue avisado sobre el embarazo, y ahora que tenía la certeza de que el padre de la criatura era Neil, le sobrevino un enorme vacío, pues aunque ahora respiraba aliviado al saber que no se había acostado con Susana, la ausencia de una figura a quien pudiera proteger sólo ensanchaba el apaleado corazón del actor, haciendo más latente el recuerdo de Candy. 'Con un hijo en quién pensar, sería mucho más fácil', pensó. Tomó a Susana por el hombro, y mostrando una amplia sonrisa exclamó: "¡Ya basta de cursilerías y discursos de despedida! Soy actor, ¿lo olvidas? Ya estuvo bueno de tanto sentimentalismo; ahora vayan y busquen al padrecito antes que al pobre le dé un infarto por todo lo que ha tenido que escuchar, y cásense de una buena vez."

Susana sabía que él sólo bromeaba para ocultar su orgullo y corazón heridos, lo cual agradeció en silencio, pues su antiguo prometido sólo estaba facilitando las cosas para dejar el camino libre a Neil. "El y yo no podemos casarnos aquí. ¡Esta es tu boda, Terry, y no debemos tomar ventaja de eso!"

Pero Terry estalló en una estruendosa carcajada, haciendo vibrar las paredes de la iglesia. "Esta iglesia no me pertenece, ni tampoco este casamiento; incluso tú no me perteneces." Buscó en uno de sus bolsillos, y del mismo extrajo una pequeña caja con un juego de anillos de matrimonio adentro. "No sé si le quede bien a Legan, pero al menos el tuyo lo compré en tu tamaño."

"¡No pensarás regalarme el anillo que compraste para ti!", protestó Neil.

El inglés volvió a reír. "¿Vas a despreciar mi obsequio de bodas?" Volvió a meter la mano en el bolsillo, esta vez para sacar el anillo blanco y dorado que había adquirido en Taormina. "Cuando me vea en la necesidad de sentir un anillo entre mis dedos", dijo, deslizando el aro por el anular, "con éste me será suficiente."

"Ese anillo", musitó Susana, admirando el doble tono de la joya desde la noche en que había vuelto a ver a Terry en su departamento, "lo has llevado en la mano desde que volviste de Europa. Es por ella que lo usas, ¿verdad?"

"¡Susana!", comenzó Neil, advirtiendo un raro destello en los ojos de Terry. "No debemos mencionar a Candy…" Quiso mencionar que los Legan habían recibido la noticia hacía un mes de que la enfermera estaba de vuelta en América, y que al cabo de unos días de haber arribado al hogar de Pony, había partido rumbo a un destino desconocido por todos, incluso por su tío Albert; pero sería inútil informarle a Terry cuando bien sabía que sería imposible encontrarla, por lo que prefirió guardar silencio y no causar más penas a su nuevo amigo. Tomando el anillo que él le ofrecía, Neil lo colocó en su bronceada mano, y el mismo le quedaba un poco suelto, mas no tanto como para caerse o lucir mal. "En otras circunstancias, habríamos sido amigos", destacó.

Terry sólo asintió con la cabeza y vio cómo el gran amor de Susana caminaba para aclarar las cosas con la señora Marlowe, y lo oyó decir: "A juzgar por lo que hizo mi hermana, señora Marlowe, debo suponer que usted no debe tener muy buen concepto de mí, y la verdad es que no he sido un hombre bueno; pero de algo puede usted estar segura, y es de que amo a su hija como nunca antes había amado a alguien en forma similar, y mi deseo es verla y hacerla feliz."

La señora Marlowe volvió a llorar, esta vez de emoción. Cuatro meses atrás, Susie había escapado de Nueva York en busca de respuestas a su confusión sentimental, y ahora regresaba con un nuevo amor, y un hijo producto de ese amor. Debía estar furiosa con ambos por haber propiciado todo un escándalo involucrando a Terry, pero al ver cómo su hija recobraba la vida con sólo mirar a Neil Legan, su humillación ahora pasaba a un segundo plano. La felicidad de su hija era más importante que cualquier vergüenza que ésta le ocasionara en público, aunque el hombre que había seleccionado Susie con el corazón no fuera otro que el hermano de la traidora Eliza Legan. "Apenas lo acabo de conocer, joven", admitió, "pero ya una vez mi Susie había ofrecido su corazón a un noble muchacho, y apostaré nuevamente a su buen juicio."

Neil contuvo los deseos de abrazar a la madre de Susana, pues no quería asustarla. "Le prometo que me ganaré su confianza, señora."

"Pero hay algo más", dijo Susana, sintiendo que flotaba sobre nubes, y que todo era un hermoso sueño del cual no quería despertar. "¿Cómo haremos para convencer al padre Wilson de que nos case? Debe estar pensando lo peor de nosotros, ¡y con toda razón!"

Terry se frotó la barbilla. "Russell tiene un don con las personas. Si él no logra calmar al padre, dudo que alguno de ustedes lo haga."

Eleanor se aproximó al banco donde estaban sentados el duque de Granchester y sus aburridos niños. "Richard, sé que este asunto no me compete, pero si así lo permites, iré a hablar con el padre."

Como un niño pequeño, Richard sintió unos enormes deseos de dar saltos de alegría. ¿Eleanor, pidiéndole permiso para hablar con el clérigo? Ella era una mujer adulta responsable de sus acciones; ¡no tenía por qué consultar con él para nada! ¿Tanto valoraba ella su opinión? Una sonrisa perfilada se dibujó en las comisuras del duque mientras guardaba la esperanza de tener aún un lugar en el corazón de la actriz, y de que la amistad entre ella y el ayudante del señor Andley no fuera algo más. "Claro, Eleanor", le dijo. "Confío en que serás de mucha ayuda para estos muchachos."

"Gracias", dijo ella con una sonrisa, antes de correr a la sacristía; y al cabo de unos minutos, tanto ella como Russell, seguidos por un meditabundo padre Wilson, aparecían ante sus amigos con una sonrisa de triunfo en sus respectivos rostros, y Richard no podía estar más orgulloso de ella.

El padre Wilson refunfuñó diciendo: "Lo haré sólo porque ya estos chicos se habían casado anteriormente, aunque por medio de métodos no ortodoxos, y es preciso bendecir la unión como Cristo nos enseñó."

"¡Gracias, padre!", exclamó Susana con lágrimas en los ojos, tomando su lugar en el altar… junto a Neil, su esposo y verdadero amor. Aún quedaban muchos escollos por superar, pero con el poder transformador del amor, nada sería imposible para ellos. "Me dedicaré a escribir obras de teatro", susurró ella a su marido antes que el padre diera inicio a la ceremonia.

"Me parece muy bien, querida", sonrió él, y de repente pensó en el señor Nicholas. "Ese viejo loco aprendió a conocerme antes que yo lo hiciera por mí mismo. ¡Debemos ir a visitarlo a Oklahoma, Susie!"

"Claro que iremos", reafirmó ella, mostrando un profundo respeto por el señor Nicholas, y admirando el soslayado aprecio que sentía Neil por su mentor espiritual. "¿Pero qué te parece si primero nos casamos?"

Neil acarició el vientre de su esposa. "Me conoces muy bien; sabes que soy muy impaciente, y más aún cuando se trata de la llegada de nuestro bebé."

"¿En serio quieres a la criatura, Neil?"

"¿Cómo no hacerlo, si es la mejor obra de amor que tú y yo hemos creado?"

"¡Silencio!", gritó el padre Wilson, ansioso por comenzar la boda, por lo que no perdió más tiempo y dio por iniciado el casamiento, con la sola presencia de las familias de Susana y Terry, pero Neil no lo lamentó, pues sin importar el furor que causara en los Legan la noticia de su enlace, sus padres, así como su hermana, tendrían que adaptarse a su nueva vida… y si pasaba el resto de la misma en Nueva York, sería mejor para todos.

Luego de una ceremonia mucho más breve de lo usual, el padre Wilson impartió la bendición final, y Neil y Susana se besaron con todo el amor que habían reprimido en las últimas semanas. Terry, quien observaba a lo lejos, sonrió con melancolía, siendo el primero en abrazar y felicitar a los recién casados. "Una disparatada idea ha asaltado mi mente, Legan…"

"¿De qué se trata?", preguntó Neil.

"Que tenías razón al decir que en otras circunstancias, habríamos sido amigos."

"Aún podemos serlo aunque…" Tragó saliva, pues luego de muchos años de negación, finalmente abrió su corazón para ser libre. "Espero que un día Candy me perdone-"

"Creo que ya lo hizo", sostuvo Terry. "Siempre estaba en paz consigo misma y con el mundo cuando me hablaba de ti y de Eliza. Es como si en cierto modo estuviera agradecida a ustedes por haber impulsado ciertos sucesos en su vida…" Quiso añadir, 'en nuestra vida', pero no quería empañar el feliz momento de Neil y Susana, quien no pudo evitar decir: "Tu felicidad está junto a ella, Terry, y espero que algún día también me perdone."

"No sé si tenga siquiera la oportunidad de hablar con ella, Susana", se quejó el actor. "Candy me expulsó de su vida, sin explicarme el cómo ni los porqués, aunque al menos me consuela haber confirmado que tú no enviaste ninguna carta a Sicilia, y que no fuiste la causante de su abandono."

"¿Crees que con el engreído de mi marido a mi lado, me hubiera resultado fácil escribir?", planteó ella causando la risa de todos; y dentro de sí, Terry sintió que le apretaba la corbata, y al tocarla, pensó sin remedio en las delicadas manos que habían aprendido a anudarla… y a desanudarla. 'Tarzán pecosa', pensó, '¡si tan sólo Albert o yo tuviéramos noticias tuyas! Sólo así estaré tranquilo… y preparado para decir adiós.'

Mientras el resto del grupo felicitaba a los recién casados, Russell lloraba a todo pulmón al pie de las escaleras fuera de la iglesia. Aunque ya había transcurrido algún tiempo luego de haber perdido a su familia y a su novia, las heridas en el corazón del pelirrojo no habían cerrado por completo, y si bien se alegraba de hacer compañía a su amigo Terry, por primera vez Russell se detuvo a mirar a su alrededor. A pesar del envidiable aplomo con el que siempre se desenvolvía, y gracias al cual servía de apoyo y vivo ejemplo a sus allegados, y a los no tan allegados, la inexplicable soledad que ahora lo invadía no podía ser compensada con la mayor de las alegrías, ni con el alivio de saber que su jefe y amigo ya no habría de casarse con Susana Marlowe, quien había resultado ser en realidad Susana Legan. Un gran vacío llenaba su interior mientras continuaba derramando un caudal de lágrimas por sus mejillas. ¿Por qué estaba tan deprimido? Intentó calmarse, pero el ambiente de felicidad que lo había rodeado segundos antes lo había hecho rememorar su anterior etapa de despreocupada dicha y gratitud al lado de aquéllos a quienes había apreciado y que habían ido a morar con el Señor. "No puedo ser fuerte todo el tiempo, mi Dios", balbuceó entre sollozos. "¡Me cansé de ser siempre el más fuerte!"

"Quiero ser fuerte contigo, y por ti", murmuró una agradable voz de mujer.

Russell alzó la cabeza para ver de dónde provenía la voz. Al hacerlo, una linda chica de cabello marrón oscuro y anteojos lo miraba con modestia. "¡Patty!", exclamó él con excitación. ¡Dios no lo había desamparado después de todo! Su tristeza se había desvanecido por completo al verla sonriente en plena calle, y hasta entonces no había tenido idea de lo mucho que la había extrañado; pero en cuanto la vio, su alma adormecida renació, y la sangre corrió fugazmente por sus venas. "Patty, ¿qué haces en Nueva York?"

Patty bajó la cabeza. Si recorrer sola un largo viaje en tren con ruta de Chicago a Nueva York por instrucciones de su abuela había sido lo más arriesgado que había hecho en su vida, el haber atravesado casi el mismo camino años más tarde por su propia voluntad superaba con creces la experiencia previa… pero tenía que hacerlo. Por ella, por Candy… y por Russell. "Leí en los diarios que Terry y Susana se casaban hoy, y quise ver cómo habían marchado las cosas, aún sin haber sido invitada", respondió vagamente.

Russell estudió el rostro de su amiga, y de repente lo asaltó una duda, pues aunque Patty apreciaba a Terry, su amistad no era tan cercana como para haber viajado tan lejos sólo porque estuviera preocupada por el actor. "¿Candy te pidió que vinieras, Patricia?"

"Dudo que ella esté al tanto de la boda", sostuvo su amiga. "Hasta hace poco había estado en el hogar de Pony, pero nos hizo prometerle que no diríamos nada a Terry y a Albert." Sintiendo remordimiento por no haber ayudado a Terry ni revelado la verdad a Russell, añadió: "Ahora se ha marchado a otro estado, y esta vez no quiso decir dónde ha ido, ni siquiera a la señorita Pony y a la hermana María, aunque tengo entendido que ella estaba próxima a enviar una carta a Albert." Extendiendo las manos con frustración señaló: "Tal parece que al fin decidió abrir su corazón a Albert y contarle todo."

"¿Aún no sabes la razón por la que abandonó Sicilia como lo hizo?"

Ella negó con la cabeza. "Candy no soporta agobiarnos con su tristeza, pero no sabe que al esconder sus penas, no hace sino preocuparnos aún más." Iba a cambiar de tema y confesar a Russell el verdadero motivo de su viaje a Nueva York cuando se topó con la mirada perdida de Terry, y dio un brinco de susto. "¡Terry!", exclamó Patty, debatiéndose entre reír al ver al actor sano y salvo, o llorar ante la posibilidad de que él hubiera escuchado su plática con Russell, pero Terry disipó rápidamente sus dudas. "¿Cómo estás, Patty?", preguntó en tono demasiado casual para la ocasión, a medida que bajaba las escaleras; y al verlo, Patty supo que él había escuchado todo. "Hola, Terry", dijo en voz baja, "debo confesarte que Candy-"

"Debemos irnos antes que Susana me entre a patadas con su nueva pierna pues no le permito salir de la iglesia de una vez", interrumpió él con una falsa sonrisa. "¿No deberías estar en Florida?"

"No estás siendo muy amable, Terry", opinó Russell. "¿Olvidas lo mucho que te he hablado de Patricia?"

"Descuida, Russell, entiendo", sonrió Patty, fingiendo ignorar las últimas palabras del pelirrojo, y se dirigió una vez más a Terry. "Antes que Candy se despidiera de nosotros en el hogar, intenté convencerla de que te avisara sobre su regreso pero-"

Pero Terry continuaba con su juego. "¡Qué tonto he sido, Russell! ¿Cómo pude haber olvidado lo enamorado que estás de tu amiga?" Antes que ambos jóvenes abrieran la boca para protestar, él se inclinó haciendo una reverencia. "Si me disculpan, olvidé que Eleanor y mi padre siguen dentro de la iglesia, y si me descuido, terminaré teniendo un nuevo hermanito." Y sin dar pie a que Patty y Russell hicieran preguntas, regresó corriendo al interior de la iglesia.

Russell comenzó a reír. "¡Qué ocurrencias las de mi amigo! No es la primera vez que disimula indiferencia ante un tema para ocultar un dolor muy profundo en su alma…" Rió una vez más, esta vez con ironía, lo suficiente para que Patricia lo contemplara extasiada, recordando la resolución que había hecho antes que tomara el tren a Nueva York. Entonces Russell dejó de reír y dijo: "Creo que él sí tendrá un hermanito pronto…"

"¿Insinúas que la señora Baker está embarazada?", preguntó Patty con espanto.

"No, Patty", aclaró él, "pero su corazón ya está ocupado, aunque ella no lo sabe, y aún tiene la edad para si su nueva ilusión continúa viento en popa."

"¿Sigue enamorada del duque?"

"No lo sé", admitió él, aunque cada día estaba más convencido de que las cartas que había recibido y respondido la señora Baker en los pasados meses habían iluminado su rostro, más que la presencia del duque en la iglesia. "Ella tiene un amigo que le escribe", agregó, evitando ofrecer más información por respeto a la madre de Terry.

Sin encontrar más temas de los cuales platicar, Patty se sonrojó, bajando la mirada al suelo, mientras buscaba valor para sincerarse con él y abrir una nueva puerta en la vida de ambos. "Russell", comenzó, "creo que no te he dicho toda la verdad…"

"¿Sobre qué?", preguntó él, ansioso por escuchar alguna confidencia personal que concerniera a ambos, por lo que tanteó un poco el terreno. "¿Viniste sólo para ver qué acontecía con Terry y Susana, o no?"

Patty tragó saliva. Había llegado el momento en que tomaría las riendas de su destino sin miedos ni tropiezos; y ahora que tenía a Russell frente a ella, ahora que lo había vuelto a ver luego de un mes que parecía no tener fin, le faltaban agallas para hablar… las mismas agallas con las que había subido al tren para ir al encuentro de él. Sin embargo, al haber escuchado la pregunta que Russell le había formulado, supo que le sería más fácil romper el hielo. "Yo", balbuceó, contando hasta diez para dominar los nervios, "Antes de venir, pasé por un convento aquí en Nueva York."

El entusiasmo inicial de Russell se había venido en picada al haberla escuchado. ¿Por qué Patty tendría otros motivos ocultos para viajar a Broadway? ¡Qué ingenuo era! Contuvo los deseos de abofetearse, pues luego de tantas soledades y pérdidas en su vida, aún conservaba la ilusión a destiempo de un niño pequeño aguardando gratas sorpresas. Ocultando su gran desilusión, preguntó con fingida alegría: "¿Entonces vas a ser monja después de todo?" Y antes que ella contestara añadió: "Lo que no comprendo es por qué esperaste a llegar a Nueva York para tomar la decisión, en lugar de hacerlo en Florida o en el hogar de Pony."

Ella percibió la frialdad contenida en las palabras de su amigo, a lo que respondió con calma: "Tenía que consultar algo primero."

"¿Algo sobre qué?" Al oír su propia voz, Russell apretó sus manos para controlarse. Estaba muy intranquilo, y no estaba seguro de querer escuchar el resto de lo que Patty tenía que decirle, pero la respuesta de ella lo sorprendió: "Con todo el caos generado por la guerra, supuse que a diario llegarían muchos niños procedentes de Europa… niños sin padres, y a veces hablando otro idioma, por lo que no pueden siquiera comunicar lo que sienten." Se detuvo un instante para estudiar la reacción de su amigo. ¿Qué tal si hacía el ridículo, y Russell no pensaba igual que ella? Pero ya había comenzado, por lo que se dispuso a continuar. "Nueva York es la ventana a América, y la primera ciudad en ofrecer albergue a miles de refugiados, por lo que supuse que la necesidad de voluntarios y otros trabajadores al servicio de los inmigrantes era vital y urgente, y pensé que tal vez yo…" Sus palabras se desvanecieron al encontrar un millón de posibilidades en las pupilas grises de su amigo; y para despejar toda confusión, no se hizo esperar más. "Pensé que podría dar clases a los niños desamparados que llegan del otro lado del mundo. Después de todo, cuento con mis vivencias en el convento de Florida, y no pocos me han comentado que poseo bastante paciencia para enseñar a otras personas."

Un destello de luz se asomó a los ojos del muchacho, cuya expresión era indescifrable, y ella se sintió responsable por haber creado tal reacción. "No puedes enseñar en un convento sin antes haber terminado tu noviciado", dijo él con cautela, con el propósito de obtener más información, a lo que ella rió, aclarando la situación. "No ingresaré a ningún convento, Russell. Pasé por allí a hablar con las monjitas pues a diario ellas ofrecen su ayuda al necesitado, ¿y quién mejor que ellas para indicarme si mi presencia aquí sería imperiosa o no?"

El se sacudió la cabeza. "No entiendo. ¿Qué pasará con la abuela Martha? ¡Tú y ella son inseparables!"

"La abuela casi me sacó a patadas del hogar de Pony", informó ella con una sonrisa. "Fue ella quien me propuso realizar este viaje en primer lugar, y más que cumplir su voluntad, estoy obedeciendo su mandato. Además…", avanzó a él con otra sonrisa conspiradora, "¡le va tan bien con el señor Cartwright, que creo que se quedará en Illinois para siempre!"

Russell permaneció impávido al configurar una imagen de la enérgica viejecita departiendo con el generoso padre adoptivo de John y Jimmy, hasta que estalló en risas exclamando: "¡Vaya que hacen una buena pareja esos dos!"

Para Patty, la risa de Russell era el elemento que faltaba para completar el cuadro de lo que sería un mundo nuevo para ella, y por primera vez se alegró de haber hecho caso a la abuela, y en un impulso, permitió que las palabras brotaran de su corazón. "No seré monja, Russell… no puedo serlo pues no es mi propósito en la vida. Creo que siempre lo supe, pero no quise aceptarlo, hasta que me vi en la necesidad de hacerlo."

"¿Hacerlo cómo?", insistió Russell, desesperado por escuchar lo que su alma tanto anhelaba oír.

Ella se quitó los anteojos, limpiándolos en un gesto inconsciente. "Sé que prometiste volver al hogar de Pony en cuanto tuvieras la oportunidad, pero no quise ponerte en aprietos con Terry, aunque él habría entendido tus razones para marcharte de Nueva York. Russell: si pude ser feliz en el hogar de Pony, lejos de Florida, también puedo ser feliz en cualquier otra parte… como aquí, en Nueva York, a tu lado."

Russell enmudeció. Su sentido auditivo lo había traicionado; no era posible que Patty le indicara su deseo de vivir en Nueva York de manera permanente, y mucho menos para estar con él. "¿Por qué quieres estar a mi lado como dices?", indagó.

"Porque quiero estar contigo", fue la simple respuesta de ella, "porque te extraño y te necesito, porque no dejo de pensar en ti ni un solo momento, y porque no quiero ser sólo tu amiga. Russell, yo quiero-"

El la silenció con el dedo índice. "Shhh…" Al hacerlo, Patty pudo sentir cómo la mano de él temblaba, y fue entonces cuando lo oyó decir: "Yo tampoco he dejado de pensar en ti, Patricia, pero lo nuestro no puede ser…"

Ella retrocedió unos pasos. "¿Tú… diciéndome que no podemos tener una oportunidad juntos? ¿No se supone que sea yo quien ponga obstáculos emocionales entre nosotros? Me sorprendes, Russell, y me decepcionas." Se dio la vuelta para que él no viera las lágrimas rodar por sus mejillas. "Dime por qué no quieres estar conmigo, Russell."

"No digas eso, Patty; ¡claro que quiero estar contigo!", exclamó él con desesperación. "Me gustas mucho y lo sabes, pues mi interés en ti ha sido muy obvio desde el día en que llegué al hogar de Pony. Es sólo que…", miró al cielo en busca de las palabras adecuadas para alejar de su lado a lo más hermoso que le había ocurrido, "¡Yo no soy como él, Patty! No soy como Stear; no estoy a la altura de su inteligencia ni de su procedencia. ¿Qué puedes esperar de un hombre que no es ni la mitad de lo que era él?"

"¡Claro que no eres como él, Russell!", gritó ella en plena calle, sin temor a que los transeúntes la escucharan. "No eres como él pues a diferencia de ti, Stear nunca tuvo que padecer necesidades, ni llegó a tocar fondo como tú lo hiciste. Stear era feliz pues así creció, aún mientras sus padres estaban lejos, pero siempre contó con una familia que lo apoyaba, y estaba rodeado de lujos y comodidades. Tú, en cambio, conociste la riqueza y la pobreza en un breve lapso de tiempo, pero al igual que a Job, Dios te compensó con una vida digna y honrada, pues El vio en ti un alma pura y con mucha fe. Lo único que tú y Stear tienen en común, Russell, es la nobleza de su corazón." Extendió la mano para tocar uno de los cabellos rojizos, pero al ver que se apartaba, señaló: "¡Ni siquiera se parecen físicamente!"

"¡No sigas, por favor!", insistió el apesadumbrado joven. "¿No ves que mientras más diferencias estableces entre él y yo, más comparaciones haces entre ambos?"

Pero Patty no se daba por vencida, no todavía… y mucho menos después de haber realizado tan largo viaje en tren. "Eres un ser humano extraordinario, Russell, y gracias a ti, y al cariño de otros amigos, he salido adelante, e incluso me recuperé de mi depresión, recapacitando a tiempo sobre el error que estuve a punto de cometer si me convertía en monja." Antes que él se diera cuenta, acarició la mejilla del joven con una de sus delicadas manos. "¿Sabes lo que creo? Que tienes miedo… el mismo miedo que me mantuvo encerrada en un convento hasta hace unos meses."

"¿Crees que con todo lo que me ha pasado, hay alguna razón por la que deba tener miedo?"

"¡Precisamente por eso! Tienes miedo de perderme como has perdido a tu familia y a tu primera novia, miedo de volver a entregar tu corazón y destrozarlo con otra tragedia. ¿Pues sabes qué? ¡Yo también estoy aterrada! No tengo idea de lo que me espera aquí en Nueva York, y a decir verdad, será la primera vez que me desenvolveré sola en una ciudad tan grande, sin la ayuda de la abuela Martha y de mis otros amigos; pero si tú te sobrepusiste a la miseria, al frío en las calles, y a la muerte de tus seres amados sin haber perdido la fe en el Señor, ¿por qué no puedo abrazar los cambios y enfrentar la vida yo también? Contigo o sin ti, vale la pena intentarlo, y has sido tú precisamente quien me ha enseñado a enamorarme de la vida, Russell." Se dio la vuelta para marcharse, no sin antes mirarlo a los ojos por última vez, luego de haber agotado todos los discursos posibles para convencerlo de que estar juntos sí era posible. "Adiós."

"¿Te marchas?", preguntó él con horror, y de inmediato se arrepintió de haber flaqueado en su deseo de llevar más allá su amistad con Patty. Ella había tenido razón en todo: su inseguridad con respecto a Stear no había sido sino una pobre excusa para ocultar su miedo en iniciar una nueva relación que comprometiera una vez más sus sentimientos; pero ahora, al verla alejarse de la iglesia y de su vida, había llegado a la conclusión de que prefería enfrentar la posibilidad de sufrir otra pérdida, ya fuera mediante una muerte o una separación, que vivir para siempre con la certeza de no haberlo intentado, pues el cerrar las puertas al amor le habría de crear una infelicidad aún mayor que la de obtener la felicidad, sin importar cuánto durase. Minutos antes, lloraba sin remedio a las afueras de la iglesia porque se sentía triste y solitario; y ahora que se presentaba una nueva oportunidad ante sus ojos, la desechaba por temor a sufrir otra inevitable tragedia. "¡Patty, espera!" Corrió hacia ella, deteniéndola por una de sus muñecas, y cuando obtuvo la atención de la chica dijo en voz baja: "Es verdad… tengo mucho miedo, miedo de volver a sufrir, de perderte; pero justo ahora que te he rechazado, y especialmente al ver cómo estabas dispuesta a marcharte, me doy cuenta de que esta vez yo, y nadie más que yo, hubiera sido el causante de mi pérdida, y no quiero que sea así…" La atrajo hacia sí, envolviéndola con sus brazos; y cuando estuvo a punto de besarla, ella bajó la cabeza apenada. "¡No me digas que Stear nunca te ha besado!", exclamó él.

"Sólo en la mejilla, y en muy contadas ocasiones", reveló ella. "Stear me amaba, pero su idea del romance no era la misma que la de otros jóvenes de su edad. El expresaba su cariño del mismo modo en que desarrollaba su pasión por los inventos: con optimismo y mucha, mucha paciencia."

"¿Y nunca deseaste que te besara de verdad, aunque sólo fuera una vez?"

"Claro que lo deseaba, pero yo era tan feliz con sólo verlo realizar alguno de sus proyectos, que pasé por alto cualquier otra demostración de afecto."

"Pues si hay algo que me niego a perder ahora… es tiempo", dijo él con firmeza, atrapando la barbilla de ella entre sus dedos, y antes que Patty se percatara de lo que estaba ocurriendo, Russell la estaba besando, no en la mejilla, ni en la frente, sino en los labios, buscando sorber el néctar de su boca; y aunque ambos se encontraban a plena luz del día y en una calle asestada de gente, ella le correspondió con igual intensidad, adaptando las comisuras de su boca a la incesante exploración de él. Así estuvieron unos minutos, hasta que él se apartó para recuperar el aliento. "Espero que te haya gustado nuestro primer beso, Patty", sonrió, mientras tomaba una de las frágiles manos entre las suyas. "¿Debo suponer que ya somos novios?"

"Debimos suponerlo desde el día en que nos conocimos."

"Ibas a golpearme con una estaca, ¿recuerdas?"

"Tenía miedo, Russell, pero ya pasó", admitió ella, buscando refugio en los fuertes brazos del muchacho, hasta que recordó la razón por la que ambos se encontraban en la iglesia. "¡Pobre Terry! Debe estar sufriendo mucho por Candy… aunque ella también sufre."

"Es una lástima que ella mantenga en secreto las circunstancias bajo las cuales se marchó de Italia."

"Decir adiós parecer ser parte del destino de nuestros dos amigos… pero no tiene que ser así con nosotros."

"Tienes razón, Patty querida", reconoció él, orgulloso de su valiente novia, y tomados de la mano, ambos aguardaron a que salieran los invitados.

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Aunque sólo eran las cuatro de la tarde, un extraño silencio reinaba en la mansión Legan, y Eliza salió de su habitación a ver qué pasaba. "Aquí todo es siempre caos y problemas, y no una perturbadora calma", dijo a solas caminando por el corredor. "Estoy acostumbrada a crear tensión, ¡no a sentirla!"

Al bajar las escaleras, la servidumbre brillaba por su ausencia. 'Debe ser que mamá ordenó a todos que se retiraran', pensó; y al escuchar voces provenientes del cuarto de servicio, pudo confirmar que estaba en lo correcto. Salió a los jardines en busca de sus padres, pues no había indicio alguno de movimiento en el interior de la casa, salvo en el área de los empleados. Al adentrarse en el vergel, oyó voces provenientes de una floresta en la parte trasera de la casa, y con paso sigiloso pero apresurado, ella avanzó entre los arbustos hasta divisar a sus padres discutiendo acaloradamente. "¡Tienes que entenderlo de una buena vez, Sarah!", oyó gritar a su padre. "¡Esta vez me quedaré para siempre, y no habrá nada ni nadie que me lo impida!"

"Esta casa está muy bien sin ti, querido", insistió la señora Legan. "Tienes muy mala impresión de nosotros; todos, incluso Neil, somos independientes, y podemos arreglárnoslas sin tu ayuda."

"Lo dices como si no quisieras que me quedara", reclamó el señor Legan. "¿Acaso temes perder el control de tus hijos y de todos en general?"

"¡Por supuesto que quiero que te quedes!", exclamó su esposa. "Pero tengo miedo de que me hayas convertido en una extraña para ti, y que no volvamos a ser los mismos de antes."

"Por si lo olvidaste, somos un matrimonio."

"¡Pues tal parece que fuiste quien lo olvidó!"

"¿A qué te refieres?"

La señora Legan contempló con desprecio a su marido. "¿Crees que no me he dado cuenta de tus viajes de 'negocios' a Nueva York?"

"¡No me gusta el tono con el que me estás hablando!"

Eliza se cubrió la boca para no reír. Nunca antes había visto a sus padres tan alterados, y verlos en plena disputa conyugal era lo más divertido que había sucedido en los últimos días, más que la repentina partida de Neil para impedir la boda de Terry y Susana. Fue entonces cuando su madre retomó la palabra, y a partir de ese instante, la sonrisa se borró del rostro de la chica: "¿Crees que soy tonta y que no leo los diarios? ¿Acaso me tomas por estúpida, amor mío, cuando veo las fotografías donde apareces todo sonriente junto a los actores de Broadway?"

"¿Qué hay de malo con que disfrute de una buena obra durante mis viajes?", cuestionó el señor Legan.

"El problema no es que vayas a Broadway, sino con quién te ves allá."

"¡Te juro, Sarah, que no tengo amoríos con nadie en Nueva York!"

"¿Y quién ha hablado de amoríos, cariño? Si me estuvieras engañando, me habría enterado por medio de mis amigas de Nueva York… pero no puedes negar que estás enamorado en silencio de Eleanor Baker."

Eliza volvió a taparse la boca, esta vez para no gritar. 'Vamos, papá, ¡defiéndete!', quiso decir; pero el señor Legan abrió la boca una y otra vez en busca de un argumento en su defensa, hasta que atinó a decir: "No sé de qué me estás hablando, mujer."

'Tus ojos mienten, papito', recriminó Eliza en silencio, viendo cómo su progenitor caía del pedestal donde ella lo había colocado. ¿Eleanor Baker, la actriz? En eso, escuchó decir a la señora Legan: "Estoy segura de que no has tenido un romance con ella, pero basta con notar el embeleso con que la miras en cada fotografía donde apareces junto a ella para ver la fascinación que sientes."

"Siento admiración por su trabajo, y ha sido una buena amiga", se defendió el señor Legan. "Además, tengo la impresión de que se ha enamorado de otro hombre."

"Y es por eso que ya no consideras necesario seguir viajando a Nueva York, ¿verdad?" La señora Legan se cruzó de brazos, y ya para entonces las lágrimas de Eliza habían humedecido la falda de su vestido. ¡Esto no podía estar sucediendo! Si de algo se vanagloriaba Eliza Legan, era de la estabilidad financiera y conyugal de sus padres, pues a pesar de las ausencias de él, a Eliza siempre le había quedado claro que el amor entre ellos era firme como una roca… y ahora comprendía que no era así, y que lo que aparentaba ser una relación comprensiva, en realidad no era sino una fachada más de Sarah Legan para cuidar las apariencias.

Cansado de sostener una ardua lucha en una guerra que ya estaba perdida, el señor Legan respiró hondo diciendo: "Eleanor no sabe ni sabrá lo que siento por ella, y te juro por mis hijos que ella nunca hizo o dijo algo que alimentara mis ilusiones. Ahora comprendo que es inútil que yo siga abrigando alguna esperanza con ella, y para mi tranquilidad y la de ustedes, he decidido no seguir haciendo negocios en Nueva York, ya que sí realizaba asuntos de trabajo allá, y fue en uno de esos viajes donde conocí a Eleanor."

Eliza no pudo escuchar más. Salió corriendo a toda prisa de su casa, sus lágrimas flotando en el aire. Su familia no era perfecta, ella lo sabía muy bien; pero su padre, su íntegro, moral y responsable padre, frecuentaba a una actriz de Broadway en lugar de amar a su esposa. "¿Por qué, papá?", reclamaba a gritos, sin detener su carrera fuera de los predios de la mansión Legan. "Primero el cambio de Neil, y ahora esto. ¿De qué sirve que te quedes, papito, si ya no puedo confiar en ti?" Continuó corriendo a toda velocidad, pues quería huir lo más lejos posible, pero en medio de los árboles, tropezó con una piedra, y cayó de bruces sobre la tierra, dando rienda suelta a su soledad hecha llanto. En tan sólo unos días, el mundo había girado de cabeza, y ella había sido responsable de gran parte de los sucesos acaecidos. ¿Cómo habría de imaginar que sus actos acarrearían grandes complicaciones para su propia familia, repercutiendo en ella misma? Siguió llorando sin cesar, pues no hallaba otro modo de expresar su remordimiento, y aunque ella no había participado directamente en los problemas de sus padres, se sintió culpable por haber llevado la semilla de las desgracias a la familia.

"¿Eres tú, Eliza?"

Sobresaltada por la voz, Eliza alzó la cabeza, y un joven vestido con un extraño uniforme sonreía con timidez. "¿Eliza?", repitió, y el oírlo ella sintió que lo conocía de toda la vida. Una mirada comprensiva de aquel muchacho de largos cabellos oscuros era todo lo que necesitaba para seguir respirando y encontrar la paz que ahora buscaba. "¿Te conozco?", preguntó ella.

Con ojos profundos y sinceros él contestó: "No en realidad… aunque algunos de mis amigos sí, y también he leído mucho sobre ti."

Con ávido interés, ella secó sus lágrimas y se incorporó, cruzando las piernas sobre el suelo. "¿En serio?"

Sentándose junto a ella, él afirmó: "Aunque ésta es la primera vez que te veo, te conozco más de lo que puedas imaginar, y ahora que estoy por comenzar una nueva etapa en mi vida, quise venir a verte… y a pedirte perdón. ¡Qué bueno que te encontré!"

El corazón de Eliza comenzó a galopar sin sentido, anticipando lo que su razón se negaba a reconocer. "¿Pedirme perdón… por qué?"

"Por haberte usado", respondió él sin tapujos. "Por haber hallado en ti un esparcimiento a mi mente, y por haber pretendido auscultar en las profundidades de tu alma. A costa tuya mantuve mi cordura en los últimos meses que me quedaban entre aquellas cuatro paredes, y aunque contaba con un buen amigo y compañero, escribirte se había convertido en mi norte y mi obsesión, pero ahora que salí", respiró hondo, pues no encontraba la manera de continuar, "ahora que salí de ese calvario, puedo ver las cosas con claridad y-"

Ella lo silenció con el dedo índice. "¡Aguarda un momento!" Retrocedió un poco para examinar el rostro del joven, y algo parecía no encajar con él. "Te me haces un tanto conocido, como si te hubiera visto en el periódico o algo así…" Entonces reparó en la particular vestimenta, y las palabras de él regresaron a su mente: Ahora que salí de ese calvario, puedo ver las cosas con claridad… Se levantó de golpe, y las piezas que faltaban para completar el rompecabezas que había intentado completar habían sido halladas al fin: el sobre sin remitente, la identidad oculta, las palabras de amargura… y para confirmar sus suposiciones, el chico se levantó, quedando a escasos centímetros de ella y dijo: "Hace unas horas salí de la prisión, pero mi mente siempre se mantuvo divagando en otra parte… como un alma errante."

Eliza nunca había padecido de asma, y mucho menos de fatiga crónica, pero de repente, sintió que le faltaba el aire, y a no ser porque había chocado de espaldas contra el tronco de un árbol, habría caído desmayada al suelo. "Noooo…", gimoteó, deseando con todas sus fuerzas que todo fuera sólo una pesadilla. "¡Este es el peor día de mi vida!"

"No sabes cómo lo lamento", susurró él, tomando a la chica por los hombros. "Aunque nunca te vi como un instrumento de venganza, lo cierto es que había escuchado hablar de ti gracias a los amigos que me ayudaron en la mina de Georgetown. A través de ellos descubrí que tú habías llamado a las autoridades para que vinieran a apresarme, y con ello contrariaras a Candy. Entonces ingresé a la prisión, y allí conocí a mi compañero de celda Charlie, quien además de convertirse en mi mejor amigo, también está a punto de quedar en libertad. Atando cabos con Charlie, quien también conocía a Candy, ambos llegamos a la misma conclusión: que tú habías sido la principal causante de las penas de nuestra amiga."

Eliza se llevó las manos al rostro. "¿Conoces a Candy?" Haciendo memoria de todo lo acontecido a partir del regreso de Candy del colegio San Pablo, intentó armar las piezas del juego, y vagamente recordó al delincuente de nombre Charlie que había convalecido en el hospital Santa Juana asumiendo la identidad de Terry. ¿Pero quién era este presidiario que a todas luces era su Alma Errante? Había mencionado la mina de Georgetown en la que Candy había trabajado con unos obreros, y donde además había ocultado a un prófugo de la justicia… Se abrazó con fuerza para controlar el temblor que se había apoderado de ella, pues había recordado todo, pero fue él quien confirmó la verdad sobre su hallazgo. "Mi nombre es Arturo… Arturo Kelly."

Cuatro meses atrás, nada ni nadie hubiera sorprendido a Eliza Legan, quien no era para nada impresionable. Cuatro meses atrás, Eliza Legan habría asumido las riendas de su vida y la de otros, asumiendo el control de los destinos ajenos. Cuatro meses atrás, Eliza Legan no habría sucumbido ante la agonía de su hermano por su amor perdido, ni se habría consternado ante la falta de amor entre sus padres; pero cuatro meses atrás, tampoco se había enamorado con locura de un sujeto a quien sólo había conocido a través de unas cartas. "Todo fue mentira", lo acusó con lágrimas frescas brotando de sus ojos, "¡Todo lo que escribiste en esas cartas fueron puras mentiras!"

"Te equivocas, Eliza", sostuvo Arturo. "En un principio me dispuse a escribir sólo por curiosidad, pues me resistía a creer que una muchacha que había crecido en la opulencia y que formaba parte de una destacada familia hubiera dedicado tanto tiempo y esfuerzo, a lo largo de gran parte de su vida, en colocar un obstáculo detrás de otro a una chica cuyo único error, si de veras se le puede llamar así, había sido arribar a la mansión de los Legan para formar parte de tu familia. En mis pláticas con Charlie en la cárcel, él y yo habíamos tenido varios desacuerdos sobre tu forma de ser, pues mi amigo opinaba que tú eras la encarnación del diablo, mientras que yo me reafirmaba en que tu comportamiento tan mezquino no era sino el reflejo de un alma solitaria e incomprendida."

"¿Jugaste conmigo sólo para contradecir a tu amigo delincuente?"

"Quiero aclararte una vez más, Eliza, que nunca fue mi intención jugar contigo, aunque de todos modos lo hice en forma involuntaria… incluso no había comentado nada a Charlie sobre mis planes de escribirte y de conocer tu verdadera personalidad por miedo a que él dispusiera de las cartas en su deseo de hacerme el bien."

"¿Entonces?"

"Un día, Charlie y yo habíamos recibido un periódico en nuestra celda, y en el mismo se anunciaba tu disposición de casarte y de recibir correspondencia de tus pretendientes. Fue en ese momento que decidí, a espaldas de Charlie, comenzar a escribirte, impaciente por saber qué te motivaba a mostrar un corazón tan gris." Buscó la mirada altiva de ella, admirando la chispa en sus ojos. "Con el tiempo, comencé a interesarme en tus cosas, desviándome de mi propósito inicial, pero siempre manteniendo mi identidad al margen por miedo a que dejaras de escribir en cuanto supieras que yo era un presidiario, aunque ya se mostró que soy inocente del delito que se me había imputado."

"¿Y por qué te enviaron a la cárcel de todos modos?"

"Por haber huido", reconoció él. "El punto, Eliza, es que a medida que continuaba recibiendo tus cartas, un nuevo sentimiento se había apropiado de mi ser, algo que nunca antes había experimentado, y que iba más allá de la compasión y el deseo de hallar una amiga en medio de mi penosa situación…" Se acercó peligrosamente, y para su sorpresa, Eliza no se alejó ni mostró resistencia. "Me enamoré de ti, Eliza… con tus defectos, e incluso con tus maldades, aunque algo en mi interior me dice que has cambiado y que ya no cometerás ninguna otra locura."

A pesar de su rabia, Eliza no paraba de llorar. En cuestión de horas, había perdido y recuperado la confianza de su hermano, como también había descubierto el amor imposible de su padre, y la indiferencia de su madre ante la estadía permanente de su marido, pero esto… su Alma Errante, o mejor dicho, el otrora convicto Arturo Kelly, amigo de Candy, y el hombre de quien se había enamorado sin tener idea alguna de quién era en realidad… la calculadora Eliza Legan había caído en las redes del amor, y sucumbido ante las trampas bajo las cuales sólo por amor habría alguien de caer. "Supongo que yo también me enamoré", admitió, "o de lo contrario no me habría dejado engañar con tanta facilidad."

"No te engañé", enfatizó Arturo. "Te oculté la verdad, pero nunca escondí lo que sentía, y me mostré ante ti tal cual era. Eliza…" Se acercó aún más, de manera que ella podía percibir el suave aliento de su boca, "Amarte ha sido lo mejor que me ha sucedido mientras estuve en la cárcel, y también lo más peligroso. Sólo quería pasar a verte, y decirte frente a frente la verdad, pues a partir de ahora no me verás nunca más."

"¿Cómo?" Aunque estaba furiosa con él y consigo misma por no haberse dado cuenta antes de lo que se escondía tras las confusas cartas, el sólo imaginar que Arturo se marcharía para siempre había creado un incómodo y desconocido vacío en su interior. "¿Aún así te atreves a marcharte?"

"No soy tan ciego, ni tan iluso", dijo Arturo con firmeza. "No serías capaz de sostener una relación con el hombre a quien tú misma habías ordenado apresar, pues eres demasiado orgullosa para eso, y aún no estás lista para amar sin condiciones ni reservas. Todavía tienes muchas ataduras emocionales que impiden que florezcas tal cual eres, sin el deseo de tronchar las aspiraciones de otras personas, pues Candy no ha hecho nada para merecer tu desprecio." Retrocedió lo suficiente para que ella lo viera por última vez. "Me dolerá amarte, y más aún olvidarte, pero debo hacerlo por tu bien… por el bien de ambos." Deseoso de enjugar el llanto con su propia mano, apretó la misma contra su pecho. "Espero que algún día me perdones por todo el dolor que te causado." Se dio la vuelta para marcharse, pero en un repentino movimiento, se viró nuevamente, y tomando a Eliza por la barbilla, la besó en los labios, en una fugaz, pero ardiente caricia; y justo cuando ella había comenzado a disfrutar del roce de los labios de Arturo con los suyos, él salió corriendo en una estampida, dejándola sola con sus sentimientos encontrados. "No te vayas", susurró, aún después de que ya él se había desaparecido de su vista, "No te vayas, por favor…" Con sus dedos, tocó los pulsantes labios que habían recibido por vez primera la miel de un dulce beso, y una tardía realidad arropó todo su interior: el beso que había recibido, y con ello el amor que sentía por Arturo, era más fuerte que su deseo de hacer el mal a Candy. ¿Qué importaba la mucama ahora, si en su mente y su corazón se habían aglomerado millares de sensaciones producidas por su encuentro con el Alma Errante? Al diablo con la herencia del tío Albert; a esas alturas, le importaba un rábano si pasaba el resto de su vida en harapos, pues la confesión y posterior partida de Arturo habían dejado su piel en carne viva. Ya no le quedaban fuerzas para llorar, pues su corazón estaba adormecido con tanto sufrimiento. 'Así debió haberse sentido Candy muchas veces por mi culpa", pensó, sintiendo vergüenza de sí misma, y del espantoso ser en el que se había convertido… aunque Arturo la había hecho sentirse hermosa, aún después de haberle confesado a ella toda la verdad. Caminó con lentitud sin destino ni rumbo determinado, pues sólo quería borrar de su memoria todo el dolor latente que había minado su cabeza.

"¿Señorita Legan?"

La señora Townsend surgió de entre los árboles, y su presencia no podía ser más inoportuna para Eliza. "¿No se supone que usted vive en Chicago, señora?", preguntó con sarcasmo.

Sorprendida ante la parquedad de la joven, la señora Townsend indicó: "Estaba de compras aquí en Sunville, pues adoro los vestidos de este pueblo, y fue en una de las tiendas donde finalmente obtuve tu domicilio."

"¿Qué se le ofrece ahora?", indagó Eliza sin ocultar su enfado.

La señora Townsend aclaró su garganta. "En vista de que Neil Legan es tu hermano, debes saber que una amiga mía lo vio subir recientemente a un tren con destino a Nueva York y-"

"Escuche bien, vieja entrometida", dijo Eliza alzando la voz más de lo acostumbrado, "Antes que nada, ¡no me trate de tú! No soy su amiga ni nada parecido para que establezca tanta confianza conmigo. En segundo lugar, su chisme ya está un poco viejo, pues fui yo la primera en saber que Neil había partido a Broadway. Y en tercer lugar… a través de otros miembros de mi familia, supe que usted casi le arruina el matrimonio a mi primo Archie, pero por suerte, él y Annie lograron salir adelante con su noviazgo, así que ya no tiene ninguna excusa, señora, para que nos deje a todos en paz. ¿Hay algo más que quiera decirme, vieja chismosa?"

La señora Townsend dejó asomar lágrimas de indignación por sus pupilas. "¿Cómo… me… llamaste?", preguntó entre dientes.

"Lo que oíste, vieja metiche", dijo Eliza sin remordimiento. Lo último que necesitaba en el día tan difícil que había tenido, era escuchar la sarta de patrañas que la otra tenía que decirle… y fue entonces cuando comprendió que ella había sido precisamente como esta mujer, y lo más importante, que no quería seguir actuando de esa manera. Giró sobre sus talones, no sin antes mirar con desprecio a la insoportable viuda. "¡Cuánto me alegro de no haberme convertido en alguien como usted!", finalizó, antes de dejar a la señora Townsend con la boca abierta y sin palabras.