Muchas Gracias a todos, en verdad... Gracias por seguir de cerca esta historia que ya se acaba. Éste, mis queridos amigos, es el comienzo del fin... queda muy poco pero no menos importante. Creo que para mí este relato fue dificil de concretar por todos los temas dificil de tratar, como rompimientos, hijos de por medio, lealtades, engaños, infidelidad, etc, etc...
Les dejo este capítulo que contiene muchas sensaciones y por sobretodo, acciones que sólo los amantes son capaces de realizar.

Cuidense mucho y no tardaré en publicar.

BUEN VIAJE!! :)

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29. La Boda

- ¿Ya no quieres a mamá?- esa pregunta de su hija Lilly le calcinó el corazón. Era como guardar indulgencias en bolsillos rotos… nunca podría sentirse totalmente perdonado por lo que estaba haciendo, por lo complejo que era ser padre y marido por tantos años. Comprendió que había formado parte de un retrato familiar perfecto que con el tiempo se fue descascarando poco a poco.
- La sigo queriendo… pero no del mismo modo- respondió Harry sumamente incomodado- Estaré siempre con ustedes, de eso pueden estar seguros.

Sentado en el comedor del que fue su hogar junto a Ginny, todo lo vio diferente. Sus tres hijos lo miraban desconcertados ante la noticia que se marchaba del lado de su madre sin desear entrar en más detalle. James fue el único que mantuvo su mirada sombría, estaba indignado y Harry no pudo culparlo. Albus, por otro lado, fruncía el ceño como si esperase que en cualquier momento le informaran de la mala broma de la que estaba siendo víctima. La pequeña Lilly tenía sus expresivos ojos inundados de lágrimas. Apartó un mechón de su cabello rojizo, denotando un movimiento tan femenino y maduro a sus diez años, que provocó una dichosa sonrisa en el moreno. Estaba creciendo a pasos agigantados.
Ginny se mantuvo en silencio. Apoyada en el umbral de la sala, oía cómo su marido les explicaba que debía viajar lejos por motivos de trabajo y que ya no estarían juntos por razones que no entenderían porque eran "asuntos de gente grande"… qué ganas tuvo de decirles que era por culpa de la madrina de James: la linda tía Hermione. Sin embargo, decidió tragarse ese venenoso comentario que no haría más que empeorar las cosas. Luego de todo ese tiempo vivido, desde que Harry fue atacado hasta la aventura de ir a Skye Island como desesperada forma de ganar terreno perdido, Ginny había entendido que la castaña siempre había sido la indicada. A pesar de odiarla por ser el fantasma entre ella y Harry, lamentó que esos dos no se diesen cuenta antes de su amor para evitar todo el dolor que estaban pasando. Si eran hechos el uno para el otro, por qué el destino jugó con sus vidas involucrando a los hijos de ambos matrimonios. Pensó en su hermano Ron y un nudo ató el centro de su pecho. Sabía que el pelirrojo era demasiado obstinado. Desde el primer momento estuvo enamorado de Hermione y dejarla ir sería simplemente un castigo. La joven Weasley observó el ceño cabizbajo de Harry comprendiendo quizás lo que pasaba por su mente: Sintiéndose una basura por causar semejante catástrofe.

- ¿Vendrás seguido a vernos?- preguntó Albus.
- Por supuesto- dijo su padre siendo lo único que pudo decir con firmeza. James no quiso decir nada. Se levantó de la mesa estrepitosamente subiendo las escaleras a su cuarto casi corriendo.
- ¡James!- lo llamó Ginny sin conseguir respuesta.
- Déjalo- instó el ojiverde a media voz- Si quiere odiarme… está bien- los demás niños Potter se levantaron de sus sillas para acompañar a su hermano sin desear agregar nada más a tan tensa plática. Harry los vio marcharse con una tristeza dibujada en su semblante. Suspiró agobiado.
- ¿Qué piensas hacer ahora?
- Irme lejos por un tiempo- respondió a su esposa casi por reflejo. La joven enarcó una ceja y atacó de manera sarcástica.
- ¿Con Hermione?- el moreno la miró significativamente. Carraspeó para aclarar su garganta deshecha.
- He decidido dejarla libre.
- ¿Por qué?
- Porque no podemos estar juntos- Ginny asintió de manera ensimismada- Vi su sacrificio, su amor de madre, su grado de compromiso y responsabilidad… ella debe estar con sus hijos y su marido, sé que así lo hará y así deben ser las cosas.
- ¿Qué sucedió esa noche en Hogwarts?- Harry no quiso contestar. No quería recordar lo doloroso que fue decirse que se amaban sumergidos en una poza de sangre y con la pequeña Rose como espectadora de sus palabras. Además, la mirada enamorada de Ron había lacerado su alma en trozos. Apretó sus ojos un breve instante.
- Eso ya no importa… Hermione jamás dejará su hogar…
- … como lo haces tú ¿no?- completó la pelirroja satíricamente. El moreno sabía que deseaba discutir, pero no entró en su juego por milésima vez. Se levantó despacio, besó a la pelirroja en la frente casi con timidez y salió por la puerta dejando atrás la más difícil de las decisiones.

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- ¡Rose!- exclamó Hermione despertando en su camilla de St. Mungo violentamente. Luna la retuvo y obligó a recostarse de nuevo.
Le dolía la herida en su estómago pero la apretada venda que rodeaba su abdomen atenuaba un poco el malestar a pesar de que le costaba respirar profundamente. Miró a su alrededor encontrándose con la mirada de Rose sobre ella, de su esposo y su hijo menor Hugo, que al parecer había llorado hacía pocos momentos. Al verla despierta, el niño corrió el breve tramo entre él y la camilla para abrazarla. Hermione sonrió anchamente agradecida de poder abrazarlo otra vez. Lo extrañaba mucho, ese niño de rojizo cabello siempre había conseguido calmar sus ansias con su presencia. El tiempo que pasó con sus abuelos por motivos de seguridad logró ser la separación más dura para la joven sanadora. Se consolaba pensando que tuvo que hacerlo por su bien, por cumplir con su cometido y ahora, gracias a Dios, todo había terminado. Besó a su hijo con alevosía hasta que el dolor le recordó que no podía moverse tan libremente. Alzó la vista hacia Rose reparando en ella una expresión inusual, una mirada cargada de lo que parecía ser incertidumbre, ensimismamiento… algo que Hermione no pudo clasificar. La llamó con un gesto y la niña caminó hasta su encuentro. La castaña acarició su infantil y suave rostro sintiendo en su garganta un nudo asfixiante. Si le hubiese pasado alguna cosa frente a ese maldito hombre lobo, ella simplemente no podría seguir viviendo. Le susurró un "te amo" que Rose recibió con lágrimas en los ojos.

Habían pasado tres días desde esa fatídica noche de lucha en Hogwarts. El Profeta dedicó páginas completas sobre el valor de los Aurores, la muerte de varios licántropos y la conversión de tantos otros, sobre la malherida creadora del antídoto y las futuras medidas del Departamento de Regulación y Control de Criaturas Mágicas. Afortunadamente, habían logrado reducir el número de hombres lobo en la zona por lo que la comunidad podía sentirse mucho más tranquila. El ministro de Magia declaró que estaba sumamente orgulloso de sus subalternos, magos de gran valor que lograron intervenir a tiempo antes de que las pérdidas hubiesen sido irreparables.
- ¿Qué pasó con los heridos?- preguntó Hermione.
- A todos se les suministró el antídoto. Una cuadrilla de sanadores ha viajado para conseguir más sangre de Bicornio y todo lo que hemos recolectado para su mayor elaboración- informó Luna hablando de forma segura. Sin embargo, había una pregunta que la castaña deseaba hacerle pero se mordía la lengua para evitarlo. El nombre de Harry resonaba en sus oídos escandalosamente volviéndola sorda…

- "Harry…- la voz delicada de Hermione lo obligó a posar sus ojos sobre los de ella aún sin quererlo.
- Aquí estoy.
- Te amo…
- No, no… no te despidas…- instó el muchacho, sacudiendo su cabeza- ¿Qué haré sin ti? Te amo… me enteré tarde, pero siempre te he amado…"

Aquello golpeó su pecho. El recuerdo de ese intenso momento le hizo sentirse vulnerable. Luna tenía una incierta línea en su ceño. Hermione la conocía muy bien para saber que necesitaba decirle algo importante. No obstante, no quiso saberlo de inmediato. Observaba a su familia y más se arrepentía de lo que estaba haciendo, de estar traicionándolos, de amar a Harry y no al padre de sus hijos… "¡Al padre de mis hijos! ¡Por Merlín! ¿Qué mierda estoy haciendo?", se dijo con pesar. La rubia científica les informó que debían dejar descansar a la paciente, por lo que Ron y los niños se despidieron de ella para salir de la blanca habitación. Una vez solas, Luna fingió revisar la herida sabiendo que su amiga indagaba en sus ojos una respuesta a tan callada pregunta. Ese diálogo mudo cesó gracias a la impaciencia de una de ellas.
- Harry se fue- dijo Luna adivinando tal vez la duda de Hermione. La castaña no dijo nada por varios segundos.
- ¿Te dijo algo?
- Que te cuidase- cuando respondió, se dio cuenta que estaba omitiendo una parte importante.
- ¿Adónde fue?- la rubia la miró seria y suspiró.
- Por ahí…- al oír aquella respuesta tan vaga, la joven resopló algo contrariada- Lo amas… - Hermione no contestó ante esa afirmación lo que produjo en Luna una molestia desconocida en ella. Sólo quería que se lo reconociese y se dejara de absurdas indecisiones.
- No puedo amarlo, mis hijos están primero.
- Ellos lo entenderán algún día.
- No- zanjó tercamente- me necesitan a su lado.
- Quieres que se oiga noble, pero si lo piensas, sólo estarás en cuerpo y no en espíritu… ¿Es eso lo que quieres?
Las sabias palabras de esa amiga lograron que se viera despojada de objeciones. Saber que era la causante del rompimiento de dos familias, le perforaba los pulmones extrayéndole el aire gracias a la culpa. Ahora, Harry se había ido y al parecer sin claro destino. Se preguntó por el estado de Ginny y los niños comprendiendo el gran amor que el moreno sentía al extremo de dejarlo todo. No quiso preguntarse siquiera si ella poseía la misma determinación. Pero lo amaba… lo amaba como a nadie. Le ardía en la piel su ausencia, la agitaban los recuerdos y las lágrimas se agolpaban en sus ojos hidratando su mirada. Poco a poco, la noticia comenzaba a invadir su sangre como el veneno de una serpiente, comprendiendo que necesitaba romper el vidrio como una medida desesperada por respirar en ese incendio. No cabía en su propio cuerpo.
Qué bien conocía Harry a Hermione. Luna recordó sus palabras de despedida y estaba claro que el ojiverde se adelantó a un hecho que en esos momentos estaba presenciando. La castaña se aferraba a sus compromisos como era característico sin importarle estar ahogándose entre tanta mentira. Tuvo lastima, lastima de esa compañera que si no hacía caso a su corazón, se marchitaría sin remedio desconociendo lo que era el verdadero amor. Negó con la cabeza inconscientemente, cansada de estar en una tormenta contenida en una botella. Si fingir rectitud era lo que ella deseaba… entonces la dejaría en su craso error volviéndose una voyerista...

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Cuatro meses después…

Bill y Fleur Weasley estaban esmerados en hacer la mejor fiesta para la boda de su hija con el joven Ted Lupin.
Las clases en Hogwarts habían terminado, la hermosa Victoire consiguió graduarse con honores de la escuela y todo estaba listo para el mayor evento social en la familia. La lista de invitados era larga pese a que por parte del novio no había más que algunos amigos de infancia. Los Weasley rebosaron La Madriguera- lugar que insistió Molly como tradición- desde muy temprano por la mañana. Había parientes desde los cuatro puntos cardinales para presenciar el matrimonio de la primera nieta de los pelirrojos. El buen humor se respiraba dentro de la casa, la comida tenía un aroma exquisito y la decoración hecha por George, era realmente abrumadora. Era sin duda, el artista entre sus hermanos.
Todo detalle había sido cubierto. El pastel medía dos metros con una pareja de novios en la cima que sonreían orgullosos. Sobre una amplia mesa desplegada en los verdes prados, reposaban bandejas y más bandejas de lo que era el cóctel inicial, pero su abundancia daba referencia a que se comería bajo el pecado de la gula. Se apreciaba desde un pavo de groseras proporciones hasta un cerdo dorado con una manzana metida en el hocico. Esculturas en hielo de cisnes, unicornios y caballos alados que sólo ponían más nervioso al novio que se veía lívido. Ted prefirió no entrometerse en los arreglos de sus suegros, mucho menos de esa maniática de Molly que no paraba de moverse de un lado a otro como una Bludger. Por lo mismo, optó por encerrarse en el viejo cuarto de Ron para prepararse allí mientras llegaba el religioso. El sonido de la puerta lo hizo sobresaltarse cuando estaba lidiando con el nudo de su corbata frente al espejo.
- ¿Quién es?
- Soy yo… Victoire- susurró una delicada voz por el cerrojo. El peliazulino alzó las cejas acercándose al umbral.
- ¿Qué haces aquí? Se supone que no debemos vernos hasta que comience la ceremonia- dijo Teddy manteniendo la puerta cerrada.
- No sabía que eras supersticioso con este tema… vamos, déjame pasar o me Aparezco dentro- esperando que el cielo no se cayera a pedazos por lo que iba a hacer, el muchacho giró el pómulo y Victoire entró rápidamente como una niña traviesa. Lo abrazó ansiosa, como si temiese perderlo de repente, y besó sus labios hasta dejarlo sin aliento. Ted reparó que aún no llevaba el vestido, sólo estaba cubierta por una toalla blanca despidiendo el delicioso perfume del jabón que había usado recientemente. El joven besó sus hombros. Si su deseo era volverlo loco antes de la boda, lo estaba logrando con creces.
- ¿Estás lista para ser mi mujer?- le preguntó cerca del oído.
- Desde que nací- respondió ella provocando que los latidos del joven aumentaran. Victoire se separó un poco de él para ver lo guapo que se veía en ese elegante traje oscuro- ¿Has sabido algo de Harry?- Ted tardó en contestar aquella pregunta. Carraspeó.
- No, no he sabido de él.
- ¿No te molesta que no venga a nuestra boda?- por alguna razón que la chica no comprendía, su futuro marido se mostraba nervioso, tratando de eludir su mirada.
- Este… claro, pero debe tener sus motivos- Victoire enarcó una ceja.
- No eres bueno mintiéndome- pillado, el novio resopló su falta de dotes teatrales.
- Prometí no decir nada, mi amor- dijo con evidente incomodidad- Pero cuando sea el momento, te lo confiaré ¿de acuerdo?- la hermosa joven dejó caer sus hombros en señal de decepción. Teddy sabía que era sumamente curiosa.
- Está bien, de acuerdo- cedió ella- pero deberás contarme después o un hechizo imperdonable te hará hablar.

Cuando Hermione había llegado, todo estaba listo para dar comienzo a la ceremonia. El religioso, un tipo regordete de tupido bigote, estaba de pie en el altar repasando su discurso. La castaña junto a su familia, se ubicó entre los asientos distribuidos por los jardines en perfectas líneas paralelas dejando un pasillo en medio. Echó un vistazo a su alrededor reconociendo la mano de su suegra por casi todos los rincones. Se veía exactamente igual a su boda con ciertas excepciones que de seguro eran toques franceses de Fleur. Sentada allí, buscaba con la mirada a esa persona que le quitaba el sueño tratando de disimular su anhelo. Su corazón estuvo inquietó desde el preciso instante en que había despertado sin Harry a su lado en St. Mungo. Intentó con todas sus fuerzas no preguntar por él, a nadie, ni siquiera a Teddy porque la cara se le caía de la vergüenza. Era realmente imposible ocultar ya el rubor que le matizaba las mejillas. No sabía lo que pasaba con ella. Ron hizo alusión al moreno una noche, consiguiendo que su alma diera un vuelco al escuchar ese nombre: "Sí, creo que pidió traslado fuera de Inglaterra", dijo como quien comentase el frío que estaba haciendo, pero para la chica fue como si le dijesen que el mundo se acababa al día siguiente.
Fastidiada, Hermione observó que estaba rodeada de gente que sólo veía para las festividades. Los tíos y primos innumerables de su marido invadían como hormigas. Decenas de pelirrojos llenaban La Madriguera con estilos diferentes pero todos similares al fin y al cabo. Se sentía como si estuviera bajo el agua y con poco oxígeno en su tanque… o peor aún… colgando de un abismo pidiendo ayuda a gritos sin que nadie la escuchara. Sin embargo, mantuvo su postura de mentón alzado, como si nada la pudiese perturbar.
Estaba convencida que vería a Harry aquel día tan importante para su ahijado. Sus manos temblaban, la anticipación mordía su espalda y esquivaba la mano de Ron que insistía en tomarla sobre su regazo. Con cierto tedio, Hermione se sentía de nuevo en su matrimonio, otra vez las molestosas tías abuelas Tessi y Muriel, que aún decrépitas seguían vivas sorprendentemente. Todos llegaron a pensar que poseían alguna piedra filosofal entre sus viejas medias de lana consiguiendo el recelo de la pequeña Lilly. Vio también a Malfalda, la hija del primo segundo de Molly. Una chica desagradable que siempre quiso competir con ella al conocerla, aunque la castaña debió admitir que poseía una inteligencia destacable y resultaba un verdadero desafío. Entre los presentes, había un primo lejano de Arthur llamado Octavius según le informó Ron entre dientes. Un desconocido viejo calvo que insistió en estar cerca del altar. Como balas en su estómago, Hermione vio llegar a Ginny con sus tres hijos. No la veía hacía cuatro meses notándola mucho más delgada y como siempre atractiva. Los niños saludaron a Rose y a Hugo desde la distancia, mientras que la pelirroja los apuraba en tomar sus asientos. Las miradas entre ellas fueron rayos asesinos que sin duda alguna acribillaron la amistad para siempre. La música dio comienzo y de Harry no había rastro alguno.
A un lado del religioso, Teddy estaba esperando a su novia con un peinado relamido que lo hacía ver como un chiquillo de once años, listo para su primer día de clases. La castaña al verlo a punto de casarse, sintió la típica melancolía de entender que el tiempo se pasaba volando…

"El bebé de hermoso cabello tornasol, se removía quejumbroso entre las gruesas mantas de su ropaje y el torpe abrazo de su padrino. Harry no sabía cómo comportarse ante esa responsabilidad que tenía frente a él reparando que el miedo lo volvía callado. Aquella tarde en casa de Andrómeda, el moreno fue a conocer al pequeño Ted Remus Lupin acompañado por sus dos mejores amigos. Cuando la bruja lo extrajo de la cuna para entregárselo envuelto y diminuto, no supo qué hacer. Hermione le dio un codazo en la costilla para que recibiera al niño desde los brazos estirados de su abuela.
- Nunca pensé que sería padrino del hijo de Remus y Tonks- comentó mirándolo emocionado.
- Bueno, no era de extrañar… ellos te querían mucho- dijo Ron, palmoteando su espalda. Teddy observaba al ojiverde con el ceño fruncido, como si estuviese concentrado en cada facción de ese nuevo rostro.
- Se parece mucho a mi Dora- dijo Andrómeda, ahogando un sollozo. Hermione le sonrió asintiendo.
- Vendré a verlo todos los días- aseguró Harry, percibiendo un calor apaciguante en su pecho. Su mejor amiga acarició al bebé depositando un beso en su frente. Luego, alzó la mirada para intercambiar un gesto de alegría con el moreno comprendiendo al instante que podía contar con su apoyo…"

Las atenciones hacia la llegada de la novia la distrajeron de ese recuerdo. La hermosura de Victoire la dejó embelesada. Quedó claro que la sangre veela en las venas de su familia la adornaban en una belleza ancestral, casi translúcida. La delicada tiara que coronaba su cabeza, brillaba en cada paso que daba y las lágrimas de Fleur no tardaron en derramarse. La música comenzó a sonar señalando a todos que debían ponerse de pie. Aquello fue lo que más le costó a Hermione. Le pesaba el cuerpo, la mente, el corazón. Estaba histérica de impaciencia. Necesitaba ver a Harry, necesitaba verlo llegar a la ceremonia, ver que estaba bien, que el verde de sus ojos seguía latente y que le proporcionaría un respiro más de vida. Pero no podía más que sólo eso. Miraba a su marido a un lado y a sus hijos en el otro. Apretó sus labios sintiéndose atrapada.
El religioso comenzó su perorata aludiendo a cada santo del equipo celestial y a las magnificencias que Dios ofrece a un alto precio que ni siquiera logramos imaginar. Habló del amor eterno, del respeto, de la comunión y del dedo acusador que siempre apuntaba al pecador miserable lanzando sus rayos apocalípticos. Aunque se predicara de un ser misericordioso, nunca estaba de más inspirar terror en igual medida, así se resta cualquier intención imprudente. La sanadora comenzó a perder un poco la calma, removiéndose en su asiento.
- Ted Lupin… ¿Aceptas a Victoire Weasley como tu legítima esposa? ¿Para amarla y respetarla hasta que la muerte los separe?- aquellas preguntas del anciano, martillaron los tímpanos de Hermione.
- Sí, acepto- dijo el peliazulino, consiguiendo el suspiro conmovido de toda la familia. Fue entonces, donde el remezón de la conciencia nunca muda, sacudió a la castaña fuertemente…

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La pista de baile se llenó en un parpadeo. Toda la familia estaba animada, moviéndose al ritmo de la música y gozando del buen licor. Ted bailaba con la pequeña Rose, riendo como cuando eran más pequeños. Al verlos, Hermione sonreía sentada en la mesa color pastel, comprendiendo que deseaba con todas sus energía volver a esa edad. Vio también cómo ese calvo tío jugaba con los niños entre risas y retozos. Recordó sus once años, dándose cuenta que había vivido momentos intensos desde que había conocido a Harry Potter. Había leído todo sobre él incluso antes de ser compañeros de colegio y aún así no descubrió que ese interés sólo era despertado cuando algo la apasionaba. Lo extrañaba desgarradoramente. De pronto, la mano extendida de Ron la obligó a ponerse en pie para bailar una pieza a pesar de no tener deseos. Posó los brazos sobre sus hombros al tiempo que el pelirrojo la cogía por la cintura y se movían lentamente por la pista. Él la miraba con seriedad, como si leyese sus pensamientos provocándole desviar su rostro hacia un lado. Ron frunció los labios, sintiendo el peso de la cabeza de su esposa en su pecho. Había tensión entre ellos, desde el día del accidente en Hogwarts que nada era lo mismo. Aunque, si se ponía a pensarlo bien, desde hacía mucho tiempo que la relación había dado un vuelco acelerado. Pero no le importaba, tenía a Hermione a su lado, junto a sus hijos, y no dejaría que su matrimonio se fuera al carajo como le había pasado a su hermana con ese maldito de Potter.

Después de un rato, el tío Octavius pidió bailar con la castaña guiñándole un ojo pícaro al pelirrojo. El aludido le sonrió a su pariente y cortésmente le cedió el baile con su esposa. El calvo la observó un segundo viendo que la joven hacía enormes esfuerzos por mantenerse educada y no mandarlo a la mierda, porque aquel intercambio de parejas era un pésimo acto de machismo para Hermione. "Como si nos tratásemos de muñecas bailarinas", pensó tras un bufido simulado. El hombre la cogió por la cintura suavemente y reanudaron la balada interpretada por la numerosa banda.
La muchacha miraba cada rincón que su vista pudiese alcanzar, buscando ese rostro perfecto que ocupaba toda su mente. Qué ganas tenía de desprenderse de su vida por un minuto y coger otra, ser otra persona. Una lágrima rodó por su mejilla sin poder retenerla. La barrió al instante esperando que nadie lo hubiese notado. La música continuó, el movimiento acompasado de ellos comenzaba a sosegar las ansias de Hermione. El ritmo de sus latidos bajó su constancia y pudo controlar su impaciencia. La idea de que Harry no llegaría comenzaba a doblegarla. Sin ningún derecho, el enfado hacia él la asaltó. Esperaba que asistiera por lo menos para verla a distancia, para despedirse como debía ser… para cerrar ese capítulo. La orquesta terminó la canción, el calvo Weasley la soltó para después tomar su mano y besarla en el dorso como un antiguo caballero. Hermione le regaló una falsa sonrisa. No estaba de ánimos para ser encantadora ni mucho menos coqueta.
- Gracias por concederme esta pieza- dijo el mago con su voz ronca.
- De nada, tío Octavius- un breve silencio se elevó entre ambos hasta que él lo interrumpió.
- Debí invitarte a ti al Baile de Navidad cuando pude- musitó galantemente y sin agregar nada más, caminó hacia los prados fuera de la pista. La castaña no tomó en cuenta sus palabras sino hasta que las repasó de pie entre los invitados. El corazón le dio un brinco que casi la ahoga volviéndose con rapidez hacia dónde se había perdido ese tipo... ¿Acaso había bailado con...? A lo lejos, el calvo la miró con sus profundos ojos verde esmeralda y desaparecer de su vista junto con el hechizo que lo había convertido en ese primo segundo Weasley, que de seguro ni Arthur recordaba tener…