Gracias por vuestra paciencia. GRACIAS.


Noviembre

Parte I: Bienvenidas a la noche del terror

Cruzó la calle en mitad de los coches, con cuidado de que ningún conductor despistado se la llevase por delante. Ella misma se quedaba a veces asombrada de su capacidad de correr encima de unos tacones de doce centímetros.

Archie alzó la mano a modo de saludo cuando la vio llegar.

-Tienes una manía bastante estúpida…- le dijo el hombre una vez que estuvieron frente a frente.

-¿Cuál?- frunció el ceño.

-La de arriesgarte a pasar en mitad del tráfico en hora punta.-Archie se colocó a su lado y le pasó un brazo sobre los hombros mientras la atraía suavemente hacia él. -¿Cómo estás, morena mía?

-Bien- Su voz sonó sin demasiado ánimo, pero tampoco le salía de dentro mostrarse más efusiva dados los últimos acontecimientos de su vida.-¿Entramos?- Señaló el restaurante en el cual tenían reservada una mesa.

-Las damas primero- El pelirrojo se apartó y le hizo un gesto con la mano, indicándole que pasase delante de él.

Le gustaba el lugar que habían elegido para el almuerzo, era grande y luminoso, quizás algo ruidoso, pero la decoración en tonos blancos y verdes le daba un aire alegre. Y alegría era precisamente de lo que más necesitada estaba.

Tomaron asiento en el lugar que les indicó el maître y sin volver a dirigirse la palabra se pusieron a mirar la carta de vinos. Aunque no levantó los ojos era plenamente consciente de la mirada azul que se clavaba en su rostro desde el otro lado de la mesa.

-¿Ocurre algo?-Preguntó algo molesta dejando la carta a un lado.

-¿Estás bien?- Maldijo a Archie una y mil veces por conocerla tan bien. No quería hablar del tema con él. Ni con él ni con nadie. Compartir su pesar no iba a aligerar la carga que desde hacía dos semanas cargaba sobre sus hombros.

-Te he dicho que estoy perfectamente- espetó algo brusca.

-Parece que Toronto no te ha sentado muy bien- Suspiró negando y se centró en el camarero que se acercó a tomarles nota de la bebida. Permanecieron en silencio hasta que éste volvió y le indicaron cuáles serían sus platos.

-No me gusta Canadá- retomó la conversación.- Si aquí hace frío aquello es el infierno congelado, apenas he salido del hotel, sólo para ir a las reuniones.- Era cierto, no le gustaba el país vecino, pero siempre que había ido solía hacer un poco de turismo, pero esta vez no. Ahora todo era distinto. No estaba de humor para absolutamente nada.

Desde lo ocurrido con Emma aquella noche en su despacho, se había flagelado de tal manera que si la tortura mental autoinfligida se reflejara en cicatrices externas sería un total y absoluto monstruo.

Jamás hubiese creído que ella podría llegar a caer tan bajo, que podría dejarse llevar por los instintos primarios sin siquiera pararse a pensar en las consecuencias que acarrearían sus actos.

Así que ahora detestaba Canadá más que nunca, porque los días que había pasado dentro de sus fronteras se habían convertido en un auténtico calvario interno. Por una parte, había podido evitar a Emma fácilmente pero, por otra, la soledad sólo había hecho que ella misma se convirtiese en su juez más duro.

-¿Y Emma?- Archie soltó la pregunta bomba como si tal cosa, lo que hizo que casi se atragantase con el vino que estaba sorbiendo de su copa.

-¿Qué pasa con ella?- dijo mientras tragaba a duras penas.

-No sé, ¿qué tal está? Hace tiempo que no la nombras.

-Es que no hay mucho que contar; está centrada en sus estudios y nos vemos de vez en cuando. Poca cosa que decir.- Volvió a beber.

-Regina…- el tono de reprimenda de Archie hizo que alzase los ojos.

-¿Qué quieres que te diga?- se echó hacia atrás en su asiento y se cruzó de brazos.- Mira Archie, no quiero hablar de Emma. Sé que te preocupa mi relación con ella y la manera en la cual eso me pueda afectar, pero estoy bien. Y si no lo estoy, ya me las apaño para que el asunto mejore. No quiero sermones ni nada parecido. Sé que me quieres y que me preguntas porque sabes que desde un tiempo a esta parte estoy más apática, pero es un asunto en el que no quiero que te involucres. Te agradezco tu interés, de verdad, pero no te voy a hablar de Emma.

-Entendido- el hombre alzó las manos dándose por vencido.

Se sentía la persona más horrible del mundo y no quería compartir ese sentimiento con Archie porque estaba segura de que él, acabaría dándole la razón. Se había equivocado, lo había hecho mal, había caído rendida en los brazos de Emma aún sabiendo que tenía que poner punto y final a su historia. Tenía que pensar en cómo, para que la chica sufriese lo menos posible. Pero es que…¿cómo no iba a sufrir ahora después de lo ocurrido? Había sido la primera vez que Emma había tenido contacto íntimo con alguien en toda su vida y ahora ese alguien, que era ella misma, estaba decidido a darle puerta cuanto antes.

La situación se le había escapado completamente de las manos.

Permanecieron en silencio unos minutos, hasta que llegaron sus platos. Una vez que tuvo delante su ensalada no estuvo muy segura de que le apeteciese, estaba sufriendo una tormenta interna y eso le hacía tener instalada en el estómago una noria que no dejaba de girar.

-¿Quieres venir a cenar a casa esta noche?- Preguntó el psicólogo mientras cortaba hábilmente su bistec.

-No puedo. Es el cumpleaños de Belle y ha preparado no sé qué cosa de Halloween…Supongo que me estará poniendo la casa patas arriba.- Pinchó un trozo de lechuga y se la metió en la boca con desgana.

-¿La has dejado campando a sus anchas por tu casa?- Archie parecía sorprendido.

-Sí…A la pobre le hacía ilusión y aunque Halloween fue hace una semana, supongo que quería que lo celebrásemos juntas así que ha decidido hacer una fiesta de esta temática, y no tenía otro sitio así que…. Aquí llevo mi disfraz- señaló una bolsa que al llegar había colocado cuidadosamente en una de las sillas libres que quedaban en la mesa.

-Regina, odias los disfraces…

-Lo sé, pero bueno por una vez.- se encogió de hombros.

-¿Y de qué vas a ir?- El hombre sonreía de manera divertida, estaba claro que el asunto de Regina Mills participando en una fiesta de disfraces le hacía gracia.

-Catwoman.

-¡Vaya!- exclamó su acompañante- La verdad creo que es un traje apropiado para ti, no me extraña que sólo te alimentes de lechuga porque hay que tener valor para enfundarse en un mono de cuero.

-Archie- alzó una ceja y bajó sus cubiertos- ¿Te estás riendo de mí?

-Sólo estoy sorprendido. Cambiando de tema, ¿cómo te ha ido con el asunto canadiense?- Se sintió más cómoda hablando de trabajo así que comenzó a relatarle sus planes con la inversión en Canadá.


¡Maldita Belle! Miró el disfraz de nuevo y volvió a negar. En qué momento se le había ocurrido dejar que Belle le comprase el disfraz para la fiesta. ¡Por Dios! Vestirse de hija de Frankenstein a lo pijo…¡ es que eso sólo podía ocurrírsele a Belle!

Lanzó el vestido de cuadros verdes y blancos sobre una silla y se tumbó sobre la cama.

Odiaba el disfraz, la peluca y el maquillaje, pero no podía negar que estaba emocionada con la fiesta de cumple-Halloween de Belle. Y todo porque sería la primera vez que vería a Regina después de lo sucedido.

Al principio creía la marcha a Canadá de la morena era mentira, que sólo era una excusa para evitarla, pero tras una pequeña investigación había descubierto que era cierto. Así que se había conformado con dos semanas de escuetos mensajes. La echaba de menos.

Y más después de lo sucedido aquella noche. Había rememorado mil veces el cuerpo de Regina, el tacto de la piel de Regina, los gemidos de Regina y la manera en qué reaccionaba a sus caricias. Con cada recuerdo sólo sentía que la deseaba y quería cada vez más.

Pero la situación no pintaba bien, porque no se olvidaba de la conversación que mantuvieron durante la cena, aquella en la que prácticamente Regina le había dejado claro que no había un futuro para ellas. ¿Y si llevaba razón? Todo lo concerniente a su relación era tan caótico que había días que sólo se quería dar por vencida y dejarse caer en las garras de la comodidad. Comodidad que tenía el nombre de Neal.

Neal era atento, amable, simpático…Solía mensajearse con él a diario y en ningún momento se sentía tensa o cohibida. Simplemente era la Emma que todos conocían; la Emma vital, simpática y algo descarada. Aquella que hacía meses dejó de lado por intentar estar a la altura de una mujer tan atrayente como complicada.

El tema es que no quería rendirse con Regina, porque sería perder la mayor batalla que había librado en su vida. Y odiaba fracasar.

Había momento en los que se sentía en una nube porque pudo sentir a la morena entre sus brazos, pero no podía ser tan estúpida y creer que ahora todo era un camino de rosas. El bastón de mando lo tenía Regina y ella era un simple peón a las órdenes de la "reina". Detestaba sentirse impotente.

Por eso le gustaba hablar con Neal, porque con él las riendas de la situación las llevaba ella y no se sentía una marioneta expuesta a los deseos de alguien más.

El pitido del móvil la sacó de sus pensamientos.

Belle: Si llegas tarde, te mato.

Sonrió ligeramente ante el mensaje. Se levantó de la cama, cogió el maquillaje de color verdoso que Belle le había dado y se dispuso a cubrirse el rostro con él, no sin antes asegurarse que la cajita de color rojo estaba dentro de su bolso; no se rendiría.

[….]

Llamó al timbre y una sonriente Belle, vestida como una especie de vampira adolescente, le abrió la puerta seguida de Henry que se ponía a dos patas para llegar mejor a las caricias que ella le profesaba sin siquiera agacharse.

-¡Jo! Pensaba que no llegabas.- Pasó a la mansión blanca y cerró la puerta tras de sí.- Tienes que ver el disfraz de Regi, es como…¡Yo estoy flipando!

-¿Pues qué se ha puesto?- preguntó algo extrañada a la vez que colgaba el abrigo en el perchero de la entrada. La verdad es que no se había parado a pensar en lo que se pondría Regina, supuso que no haría caso a las exigencias de Belle y acabaría con su ropa de siempre.

-Esto- Escuchó la voz de morena y al girar la cabeza se encontró con una imagen que hizo que su mandíbula inferior cayese en picado; Regina se había enfundado un traje de Catwoman, el cual consistía en un ceñido mono de cuero o látex, no estaba muy segura, un máscara con orejas de gato que le cubría media cara y unas botas de tacón hasta las rodillas. Se fijó en cómo el traje se adaptaba perfectamente a todas y cada una de sus curvas, quedando como una segunda piel. Estaba imponente.

-Regina estás buenísima- Despegó los ojos de la morena ante el comentario de Belle.- Sé que te lo he dicho ya como 20 veces, pero es que estás buenísima y no hay más que hablar.

-¿Estás intentando ligar con una abuelita como yo?- Preguntó Regina pasándole el brazo por los hombros a Belle. Lo que hizo que la joven soltase una risita absurda.

-Voy a sacar las bebidas- Belle se dirigió hacia la cocina dando saltitos, con Henry pegado a sus talones. La siguió con la mirada, hasta que volvió a posar los ojos en Regina.

-Hola- alzó una mano que después dejó caer.

-Hola, Emma. ¿Qué tal estás?- El tono de Regina era algo distante, como cuando uno saluda a cualquier conocido.

-Tengo algo para ti-dijo casi en un susurro. Se sentía extraña al estar frente a Regina después de lo que pasó. Por una parte estaba avergonzada y, por otra, no podía evitar que su mirada se fuese de ruta por el mono negro que marcaba a la perfección todos los lugares que ella ya había tocado.

Volvió hacia el perchero y de su bolso sacó la cajita roja que había tenido cuidado de no olvidar en casa. Se la entregó a la morena y la observó con expectación mientras la abría.

Regina alzó el abalorio de color dorado hasta la altura de los ojos.

-Un micrófono…-dijo sin expresar ningún tipo de emoción.

-¿Te gusta?- preguntó algo preocupada por la reacción de la mujer, porque para ella sí que resultaba algo significativo; representaba la noche que había tenido sexo por primera vez.

-Es bonito- La sonrisa que recibió por parte de la morena le pareció totalmente fingida. Después observó cómo Regina dejaba la cajita sobre el aparador de la entrada y sin más palabras andaba hasta el salón.

Se sintió decepcionada. Pero debía haber estado preparada para tal decepción. Aún así decidió que disfrutaría de la fiesta, porque Belle no se merecía que le amargase el cumpleaños sólo porque cada día Regina y ella estaban peor.

-¡Bienvenidas a la noche del terror!- exclamó Belle una vez que ambas estuvieron en el salón.

Tenía que reconocer que su amiga había hecho un buen trabajo; telarañas, calaveras y lucecitas de color rojo colocadas en lugares estratégicos, estaban esparcidos por la estancia. No es que los adornos diesen miedo, pero sí que ayudaban a meterse en ambiente.

Sobre la mesa estaba colocada la cena, la cual consistía en aperitivos varios, todos con formas adecuadas para la ocasión: fantasmas, calabazas, brujas…

Al ver el esmero que Belle había puesto en todo se sintió un poco culpable por no haberla ayudado, probablemente Regina sentía lo mismo. Siempre estaban tan ocupadas en ellas mismas que se olvidaban de que Belle también estaba ahí.

[…]

La fiesta aparentemente iba a la perfección, por lo menos para Belle, que no se daba cuenta que con cada copa que Regina ingería sus comentarios acerca de cualquier asunto eran muchísimo más agresivos, se dio por aludida con unos cuantos. No estaba segura de si lo que la morena estaba buscando era que al final discutiesen.

Cuando Belle sopló las velas, deseó que Regina se pasase toda la noche cantándole el cumpleaños feliz porque así estaría entretenida en algo más que en decir estupideces.

-Veintidós años, quién los pillase…-ahí iba otra vez con el puñetero tema de la edad.

-Pues con veintidós ni de coña puedo ponerme eso que llevas tú- contestó Belle mientras cortaba tres trozos de tarta de calabaza.

-Bueno, tampoco podré vestirme así por demasiado tiempo. Dentro de poco yo iré de bruja anciana…¡Puedo ir de Catwoman jubilada!- exclamó Regina mientras se reía, como si hubiese dicho la cosa más graciosa del mundo. Eso sólo hizo que los nervios se le crispasen un poco más.

-No seas tonta…-dijo Belle que después la miró a ella con cara de confusión, al parecer ya se había percatado de la acidez de Regina y lo más seguro es que, al igual que ella, no entendiese el porqué de las bromas respecto a la edad.

-Tonta no, vieja- Regina alzó su copa de vino en señal de brindis y se la terminó de un trago, después se levantó. –Creo que para el postre mejor alguna cosa más fuerte ¿no?

-Como veas…-contestó Belle con una sonrisa falsa. Una vez que Regina las dejó solas y la escucharon abrir los armarios de la cocina, de los cuales estaría sacando las bebidas, la castaña la miró con preocupación- ¿Le pasa algo?

-No, que yo sepa…- se encogió de hombros. No estaba mintiendo, no sabía que era lo que demonios de pasaba para soltar un comentario desafortunado cada dos minutos.- Voy a hablar con ella ¿vale?- Belle asintió.

Caminó bastante dubitativa hasta la cocina, no estaba segura que enfrentar el asunto fuese una buena idea. No, dado el humor que la mujer se gastaba.

Se la encontró echándole de beber a Henry.

-¿Qué haces?- preguntó con su tono de voz más meloso.

-Pues echarle agua al perro, lo que ves- Observó como Regina dejaba el bebedero del perro en el suelo y comenzaba a servir las copas que ya tenían el hielo dentro. Si no fuese porque el horno no estaba para bollos la situación le hubiese resultado cómica, en pocas ocasiones se podría encontrar una a Catwoman enfurruñada.

-¿Te pasa algo?- se acercó a la mujer y le acarició suavemente la cintura por encima del traje de cuero.

-¿Por qué me tiene que pasar algo?- Regina no reaccionó a su contacto y continuó con su tarea de servir las bebidas.

-No sé, es que estás soltando comentarios de bastante mal gusto que nos hacen sentir incómodas.

-¿A qué comentarios te refieres?- la mirada oscura se clavó en ella como una daga. A pesar de que la máscara le cubría parcialmente el rostro pudo ver el enfado en sus facciones.

-Cosi, creo que te estás pasando un poquito con el tema de la edad…- lo dijo en un susurro, casi temiendo la tormenta que se podría avecinar después. Sólo recibió una sonrisa sarcástica a modo de respuesta. Regina cogió las copas de la encimera y caminó con paso firme hasta el salón.

Estaba cansada de esos arrebatos de mal genio que parecían darle a la morena, unos arrebatos que creía que tenían por finalidad el hacerle daño. Y no se lo merecía. Ella no era perfecta y, en parte, se sentía mal por todo el asunto de Neal, porque sentía que la estaba engañando. Pero aunque sabía que las cosas entre ellas no estaban ni de lejos como al principio de su relación, sí que había esperado más consideración por su parte, no sólo malos humos, después de lo que había ocurrido entre ellas.

Era consciente de que si pudo tocar a Regina fue porque ésta se dejó llevar por las circunstancias, no porque accediese a ello sin contemplaciones. Por eso no se sentía utilizada en ese aspecto. Pero la actitud de la morena le dolía independientemente del asunto del sexo. Sentía que poco a poco el vaso que iba a provocar la tormenta definitiva se estaba llenando y le daba miedo, para qué negarlo. Perder a Regina sería hundirse en la más total y absoluta miseria.

Cuando volvió al salón, Regina y Belle mantenían una conversación de lo más extraña.

-Me parece increíble que me estés diciendo que si algún día me caso no irás a mi boda- decía una ofuscada Belle.

-No iré.-replicó Regina.

-No lo entiendo, Regi. Pues te prometo que un mes antes de casarme vendré todos los días con un megáfono y acamparé en tu puerta hasta que te convenza.- Tomó asiento mientras sonreía ante las ocurrencias de Belle.

-Pues me tocará denunciarte a la policía por acoso.- la morena sonrió perversamente.

-¡Jo! ¡Emms, dile algo!- Se quedó sin saber muy bien qué decir, no entendía a qué venía tan absurda conversación. Ni que Belle fuese a casarse dentro de poco.

-No sé qué quieres que aporte a esto…-alargó la mano y cogió una copa solitaria que había en el centro de la mesa, la cual supuso que era la suya.

-Ponte de mi lado, porque Regina dice que no irá a nuestras bodas.- dijo Belle con voz de adolescente enfurruñada. Ella alzó los ojos y los clavó directamente en la morena que la miraba desde el otro lado de la mesa.

-Nadie ha dicho que yo me vaya a casar.

-Lo harás- le contestó Regina sin apartar la mirada- y tendrás marido e hijos. Y serás feliz.

-No puedes presuponer que esa será mi opción- Aunque pensaba que sí que era la más sencilla.

-Yo lo sé.-le molestó el tono de absoluto convencimiento.

-Creía que tenías más fe en mí, en lo que digo y en lo que siento- apretó el vaso entre las manos hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Odiaba cuando Regina cuestionaba lo qué sentía por ella y tenía la impresión de que era justo lo que estaba haciendo.

-No sé en lo que tengo fe, pero sí sé que encontrarás a un marido y serás una madre estupenda. También sé que no iré a ninguna de vuestras bodas- Regina desvió unos instantes la mirada hacia Belle que permanecía en silencio, mientras contemplaba el duelo dialéctico que estaba teniendo lugar.-Y sé que conoceré a sus hijos- volvió a mirar a la castaña- pero no a los tuyos, porque no querré hacerlo. Pero no te preocupes Emma, siempre podrás llevarles a cementerio el día que yo no esté y explicarles quién fui.

La crueldad implícita en las últimas palabras de Regina hizo que se levantase de un salto de su asiento.

-¡Estoy harta!- golpeó la mesa con las manos y gritó con voz temblorosa.

-¿Por qué?- Encima Reina tenía el descaro de hacerse la sorprendida.

-Porque te crees la poseedora de la verdad absoluta y, además, sabes muy bien el daño que me hace que hables de que te vas a morir mucho antes que yo- Lo sabía perfectamente porque las veces que habían tocado por encima el tema, ella casi se había puesto a llorar.

-¿Es que no es cierto que voy a morir antes que tú?- la morena estaba cruzada de brazos mirándola desafiante.

-¡No lo digas, Regina! ¡No lo digas!- es que sólo pensar en eso hacía que se sintiese enferma.

-¿Pero por qué te preocupa tanto? Si tú y yo, Emma, no somos nada, absolutamente nada.- Las palabras se clavaron en su alma como mil dardos envenenados- No soy ni tu tía, ni tu madre, ni nada tuyo, Emma. Nada. –Un nudo se le instaló en la garganta y salió despedido de su cuerpo en forma de un millón de lágrimas.

-¡Eso es mentira!¡Tú eres todo!- se dejó caer de nuevo en la silla y comenzó a sollozar sin consuelo.-¡Te quiero más que a nadie!¡Eres lo más importante de mi vida!


Se levantó a servirse otra copa, después volvió a su lugar en el suelo de la cocina, y Henry volvió a apoyar la cabeza en su muslo. Lo acarició suavemente.

-Creo que tus mamis están de mal humor, pequeño- dijo cariñosamente.

No entendía muy bien el porqué de la discusión. No sabía que a Emma podía causarle tal reacción sólo la mención de la muerte por parte de Regina, creía que no era para tanto. Pero a juzgar por los gritos que provenían del salón debía ser una cuestión bastante importante. Importante pero que a ella no le incumbía, por eso se había mudado a la cocina con Henry, porque no quería verse metida en medio de semejante bronca.

Se puso a jugar al móvil hasta que un portazo hizo que alzase la vista del aparato. El silencio había inundado la casa. Esperó unos segundos y se puso en pie, después caminó lentamente, algo temerosa, hasta el salón.

Regina estaba sentada en el mismo sitio de antes con la mirada perdida en el infinito.

-Regi…-dijo en apenas un susurro.-¿Estás bien?

-Sí- contestó la morena suavemente- Anda ve al baño a buscar a Emma que creo que está bastante afectada.- Asintió y se dirigió rápidamente hacia el lugar indicado.

Cuando llegó intentó abrir la puerta pero al parecer Emma estaba sentada en el suelo al otro lado y sólo consiguió que cediese unos milímetros.

-Emma,-golpeó con los nudillos la madera- déjame entrar.

-Vete- la voz de la rubia sonó como un sollozo contenido.

-Por favor, Emma- escuchó movimiento al otro lado y la puerta se abrió lo justo para que pudiese entrar.

Efectivamente, su amiga estaba sentada en el suelo. Imitó su posición y tomó asiento a su lado. Emma se abrazó a ella en cuanto lo hizo.

Se sintió mal por su incapacidad de otorgar consuelo mediante gestos, así que simplemente le dio unas palmaditas en la espalda.

Durante varios minutos, la rubia permaneció con el rostro enterrado en su cuello, empapándole el vestido de lágrimas. Cuando ésta alzó la cabeza y la miró con los ojos completamente hinchados pero más serena, ella sonrió levemente en señal de apoyo.

Le sorprendió que ante su sonrisa los ojos verdes se tornasen extraños. No le dio tiempo a comprender qué significaba esa mirada cuando se encontró con los labios de Emma pegados a los suyos. Permaneció petrificada hasta que un resorte se activó dentro de ella y, sin saber porqué, hizo que correspondiese el gesto de Emma.

El beso tímido del principio se había convertido en una pelea de lenguas en sólo unos segundos. Pero de repente la rubia se detuvo, la miró asustada y se levantó de un salto. Después empujó la puerta haciendo que ella se tuviese que apartar a duras penas.

Se levantó del suelo y se apoyó el lavabo. Alzó la cara y se miró al espejo. Pudo por ver por todo su rostro retazos del maquillaje verde de Emma, así que rápidamente cogió papel higiénico y se dispuso a borrar cualquier rastro de aquel gesto que había sido un gran error.

¡Se había besado con Emma! Era en todo lo que podía pensar. ¡Eso no estaba bien! Era su mejor amiga y las mejores amigas no hacían ese tipo de cosas.

Salió del baño dispuesta a aclarar con la rubia lo sucedido, pero en el salón no había nadie. Al final del pasillo vio la luz que salía de la pequeña salita y recorrió el camino con paso firme. Pero allí sólo se encontró a Regina sentada en el sofá con las piernas cruzadas y concentrada en darle vueltas al hielo de su vaso de whisky.

-¿Y Emma?- preguntó cuando la morena advirtió su presencia.

-Se ha ido…- le contestó con desgana.

-¿Por qué?- Se sentó en un sillón. Y se quitó la estúpida peluca de color negro y rosa que llevaba picándole toda la noche.

-No sé- Regina no estaba demasiado conversadora, pero no le extrañaba dadas las circunstancias.

Debido al silencio reinante entre ellas estuvo tentada a comentarle lo sucedido en el baño con Emma, pero algo le dijo que no sería una buena idea.

-Cuando Emma acabe los exámenes de diciembre voy a decirle adiós para siempre.-las palabras con las que la morena rompió la quietud del lugar hicieron que el estómago le diese un vuelco.

-¿Cómo? Pero…-No entendía nada, pero nada de nada.

-Lo que has oído. Creo que hoy has podido darte cuenta que lo mejor para Emma es que yo desaparezca de su vida. No puede ponerse así ni pegarse una llantera de semejante magnitudes sólo porque yo haga un comentario acerca de mi edad. –le sorprendía la frialdad con la que Regina estaba hablando.

-Le importas...- Creía que estaba siendo injusta con Emma.

-Sí, pero tengo la sensación que Emma se ha centrado completamente en mí y ha dejado de lado otras cosas en su vida que son mucho más importantes que yo.- Ahí no podía quitarle la razón, desde que Regina había entrado en escena la rubia sólo giraba alrededor de ella y se había dejado de preocupar por el resto. Excepto por Neal, que no sabía cómo había conseguido despertar su interés a pesar de que apenas se conocían- Tiene que hacer su vida y yo sólo soy un obstáculo en ella. Así que Emma tendrá que acostumbrarse a vivir sin mí.

No supo que decir ante las rotundas palabras de la mujer. Sólo podía pensar en lo mal que lo iba a pasar Emma, hasta que cayó en la cuenta de que el "paquete" Emma podría incluirla a ella.

-¿Y conmigo qué va a pasar?¿También me vas a mandar a paseo?- No fue su intención hablar entre sollozos pero Regina era importante para ella y le daba miedo el perderla sólo por los problemas que pudiese tener con Emma.

-No lo sé. No sé que va a pasar contigo, pero puede que lo mejor es que también desaparezca de tu vida.

-No es justo…-susurró mientras una lágrima rodaba por su mejilla.

-Tengo que pensarlo, Belle- Regina le ofreció una pequeña sonrisa a modo de consuelo- Vete a dormir y descansa.- Habían acordado que se quedarían a dormir en casa de Regina y aunque ahora no le apetecía nada, había bebido, lo que hacía que no pudiese coger el coche.-Y de esto ni una palabra a Emma.

Asintió con pesar, se acercó a Regina mientras las lágrimas comenzaban a brotar con más fuerza y le dio un beso en la mejilla.

Subió las escaleras pensando en la catástrofe de velada que habían tenido, lo que iba a ser una fiesta estupenda se había convertido en una auténtica noche del terror; Regina y Emma se habían peleado, ella había cometido el error de besarse con Emma y, para colmo, Regina estaba dispuesta a desaparecer de sus vidas.

Mientras se quitaba el disfraz en la habitación de invitados de la mansión blanca recibió un mensaje de Emma.

Emma S: Ya he llegado a casa. Estoy bien. Mañana hablamos.

Bueno…al menos una de las dos decía que estaba "bien", pero claro, eso era porque su amiga no sabía la que estaba por venir.


¿Opiniones?

Pd: Ya lo he dicho por ahí; no soy chica de finales tristes (don't kill me, please)