hooola jeje aki sta lo nuevo espero les guste jejeje

recuerden de ke nada me pertenece

Capítulo 29

Rosalie permanecía sentada con las manos cruzadas sobre el regazo en el elegante salón de la villa que Aro había alquilado. Sabía que debía proceder con extrema cautela. Aunque esta vez el encuentro tenía lugar en tierra, era consciente de que, de no sostenerse su historia, se encontraría tan desprotegida como lo estaría en el yate.

Si Aro adivinaba el papel que había de sempeñado en los acontecimientos de la noche anterior, la degollarían antes de que pudiera ne garlo todo. Pero todos los agentes corrían ese riesgo, se dijo. Y, para probarse, alzó la pequeña cafetera de porcelana que había sobre la mesa, frente a ella, y sirvió café. No le temblaba el pul so. Era absolutamente necesario que se mantu viera alerta y se concentrara en la misión. Pero no podía dejar de pensar en Emmett.

—Lady Rosalie —Aro entró en el salón y cerró las puertas dobles a su espalda—. Es un placer verla de nuevo.

Ella añadió meticulosamente una gota de le che a su café.

— El mensaje que recibí esta mañana no me dejaba alternativa.

— Ah, me temo que fui un poco brusco —se acercó a ella y le besó la mano—. Le pido disculpas. Los acontecimientos de la noche pasada me causaron cierta inquietud.

—A mí también —ella apartó la mano. El ins tinto le decía que debía mostrarse enojada si que ría salir airosa de aquella situación—. De repen te, me pregunto si no me habré equivocado.

Aro se sentó en un sillón, a su lado, y sacó muy despacio un cigarrillo de una cajita de cristal. Ese día, lucía esmeraldas en los dedos.

—¿A qué se refiere?

— Hace solo unos meses, hube de resolver el desaguisado que había causado otro de sus em pleados —bebió un sorbo del denso café turco—. Anoche, otro de sus colaboradores estuvo a pun to de arruinar todos los progresos que, con gran esfuerzo, he hecho para acercarme a los Cullen.

—¿Debo recordarle, mademoiselle, que se la avisó de que se quitara de en medio?

—¿Y yo, monsieur, he de recordarle que no he alcanzado mi posición actual descuidando mis in tereses? Si no hubiera seguido a Emmett, en este momento usted y yo estaríamos sentados en una estancia un tanto menos agradable.

Aro exhaló el humo del cigarrillo.

—Explíquese.

—A Emmett lo aburría la obra y decidió aguar dar a la actriz americana en su camerino hasta que se echara el telón. Yo, por mi parte, siendo cons ciente de que había planes previstos para esa no che, pensé que sería preferible no perderlo de vis ta. Cuando las luces se apagaron, tuve que decidir entre regresar al palco o seguir vigilando a Emmett. Si hubiera regresado, monsieur, en este mo mento el príncipe estaría muerto.

—¿Y acaso debo agradecerle haberle salvado la vida?

—Él estaría muerto —repitió Rosalie—, y un miembro de su organización habría sido arresta do. ¿Le sirvo un poco de café?

Merci—él aguardó pacientemente mientras llenaba las tazas. Asintió con la cabeza, y Rosalie le sirvió también leche.

Rosalie se apoyó de nuevo cómodamente en el respaldo de la silla y cruzó sus manos despoja das de sortijas.

—Edward y los guardias ya estaban de cami no. Yo localicé a su hombre —hizo una mueca de disgusto—. Iba dando tumbos por la oscuridad, ar mado con una linterna. Conseguí distraer a Emmett haciéndome la histérica, pero su hombre, el muy imbécil, no aprovechó la ocasión para esca par. Las luces se encendieron de nuevo. Emmett lo vio, y también vio su arma. Debería usted sentirse halagado, ya que, desde su puesta en libertad, el príncipe lleva siempre consigo un revólver de pe queño calibre. Revólver que utilizó, de lo cual, por razones personales, me alegro infinitamente. Los muertos no pueden hablar —se levantó y añadió teatralmente—: Y, ahora, permítame preguntarle si ese hombre tenía orden de matar a algún miembro de la familia real. ¿Confía usted o no en mí para cumplir nuestro acuerdo?

«¡Dilo!», le ordenó en silencio. «Dilo en voz alta, dilo de una maldita vez para que todo esto se aca be».

El humo del cigarrillo que Aro acababa de apagar ascendió en espiral hacia el techo.

— Por favor, querida, tranquilícese. Al hombre del que habla quizá le habían dicho que podía ha cer uso de su iniciativa, pero nunca recibió órde nes concretas a ese respecto. Yo, naturalmente, confío en usted.

—Hicimos un trato. Eliminaré a los Cullen a cambio de cinco millones de dólares.

Él sonrió como un padre generoso.

— Acordamos que, si tal cosa ocurriera, reci biría usted algún tipo de compensación.

—Estoy harta de jugar a las adivinanzas — como si quisiera reforzar sus palabras, Rosalie recogió su bolso—. Si no habla con franqueza, si no reconoce nuestro acuerdo, no hay razón para seguir con esto.

— Siéntese —ordenó él con firmeza al acer carse ella a la puerta. Rosalie se detuvo y se dio la vuelta, pero no retrocedió—. Olvida usted que nadie que trabaje para mí se marcha hasta que yo lo disponga.

Rosalie sabía que fuera había hombres que se encargarían de ella a la menor indicación de Aro. Pero intuía que este apreciaba la audacia.

—Entonces, puede que sea mejor que me bus que otro empleo. No me gusta que me muestren solo la mitad de las cartas.

— No olvide usted que soy yo quien tiene las cartas. Siéntese, por favor.

Esta vez, Rosalie obedeció. Dejó que sus ges tos delataran su impaciencia, pero únicamente para que Aro viera que lograba refrenarla.

—Está bien.

— Dígame cómo han reaccionado los Cullen esta mañana.

—Con dignidad, por supuesto —dijo con fin gida ironía—. Emmett estaba muy satisfecho de sí mismo. Carlisle parecía preocupado. Alice esta ba indispuesta y se quedó en la cama. Isabella se quedó con ella para hacerle compañía. Y Edward se encerró con Malori... ¿le suena ese nom bre?

—Sí.

— Imagino que trataban de descubrir cuál era el propósito del incidente de anoche. Su hombre hizo un trabajo excelente en el generador princi pal, aunque la bomba era un tanto exagerada para mi gusto —se encogió de hombros, como si la bomba fuera un sombrero con demasiadas plu mas—. En cualquier caso, pusieron en marcha el generador auxiliar para continuar con la función y, esta mañana, han enviado un equipo de técni cos para reparar las averías. Están convencidos de que el corte de la corriente eléctrica tenía como objeto permitir que un asesino entrara en el palco real amparado en la oscuridad.

— Una conclusión natural —dijo Aro, al zando de nuevo la taza de café — , aunque semejante maniobra habría sido terriblemente engo rrosa y tosca. ¿Y usted, querida mía? ¿Cómo ha encajado el hecho de haber presenciado la muerte de un hombre?

— He preferido mostrarme impresionada y profundamente afectada por los acontecimientos. Pero llena de entereza, por supuesto. Eso es muy propio de los británicos, ¿comprende?

— Siempre he admirado esa cualidad —él le sonrió de nuevo—. Debo felicitarla por su talento para la interpretación. Da la sensación de que no ha pegado ojo en toda la noche.

Rosalie sabía que sería un error pensar en Emmett, aunque fuera solo un instante.

— Bebí tanto café que estuve despierta hasta el amanecer —dijo tranquilamente, mientras sen tía que en el estómago se le formaba un nudo—. Se supone que, en estos momentos, estoy dando un paseo para despejarme —y, para distraer su atención de aquel tema, añadió la parte final de la historia que Edward y ella habían inventado — . ¿Sabe usted que toda la familia real se reunirá en palacio para el baile de Navidad?

—Es tradición.

— Dado que Alice está un tanto delicada, la princesa Bella permanecerá varios días en palacio con toda su familia para ocuparse de los preparativos. Los Massen compartirán un ala con Alice y Jasper para estar cerca de los ni ños.

—Interesante.

— Y oportuno. Necesitaré los componentes de tres explosivos plásticos.

Aro se limitó a asentir.

— Según parece, el joven príncipe no ocupará la misma ala que sus hermanos.

— El joven príncipe resultará fatalmente heri do cuando intente salvar al resto de su familia. De eso me encargo yo. Usted asegúrese de tener preparados los cinco millones —se levantó de nuevo y luego inclinó la cabeza, como si esperara su permiso para marcharse. Aro se puso en pie y, de pronto, la tomó de ambas manos.

— He pensado que, después de las fiestas, me tomaré unas largas vacaciones. Siento la necesi dad de navegar, de tomar el sol. Pero las vacacio nes pueden resultar muy aburridas sin la compa ñía adecuada.

Rosalie sintió de nuevo un nudo en el estóma go, y confió en que la repugnancia que sentía no resultara visible.

— Siempre me ha gustado tomar el sol —son rió al ver que él se acercaba un poco más — . Tie ne usted fama de prescindir de las mujeres tan fá cilmente como las colecciona.

— Solo cuando me aburren —él levantó una mano hasta su cuello. Sus dedos eran ligeros, sua ves, y de nuevo hicieron pensar a Rosalie en una araña—. Pero tengo el presentimiento de que con tigo eso no pasará. A mí no me atrae la apariencia de una mujer, sino su cerebro y su ambición, pero en usted no solo tengo inteligencia y ambición ya que es obvia su belleza. Creo que juntos podríamos estar muy a gusto.

Rosalie sabía que, si la besaba, sentiría náuseas. Así que alzó la cabeza y se apartó levemente.

—Puede que sí... cuando nuestro negocio esté completado.

Los dedos de Aro se crisparon sobre su cuello, y luego la soltaron. Las marcas que deja ron en su piel tardaron unos minutos en disiparse.

—Eres una mujer cautelosa, Rose.

—Lo suficiente como para asegurarme de te ner en mi poder esos cinco millones antes de me terme en su cama. Ahora, si me perdona, debo regresar antes de que empiecen a preocuparse por mí.

—Por supuesto.

Ella se acercó a la puerta.

—Necesitaré esos suministros a fines de esta semana.

—Recibirá un regalo de Navidad de su tía de Brighton.

Asintiendo, ella cruzó la puerta con desenvol tura.

Aro volvió a sentarse y pensó que le ha bía tomado cierto afecto. Era una lástima que una mujer tan hermosa en inteligente tu viera que morir.


oh oh ke pasara?

espero rr

bye