Hola, hola. ¿Qué tal todo? Aparte del cabreo (legítimo) por lo mucho que he tardado otra vez en actualizar, quiero decir. Como siempre, perdones por el retraso y gracias por seguir leyendo, pero hasta que no inventen días de 48 horas me temo que estoy jodida.

Pequeño recordatorio de dónde lo dejamos: Edward y Bella en tregua hasta que ella confíe plenamente en él. Rosalie y Emmett a punto de casarse por segunda vez después de que sus padres les obligaran a anular su enlace alcohólico de Las Vegas.

Pues eso, que nos vamos de boda.

Disclaimer: no soy Stephenie Meyer, por lo que ni los personajes ni el universo Twilight me pertenecen.

MISTER ARROGANTE SEDUCTOR

[AH, AU]: A ratos un engreído insoportable, a ratos un seductor. Bella Swan no sabe si Edward Cullen es bipolar, pero tiene una cosa clara: trabajar para él es un castigo. Y no sabe qué ha hecho para merecérselo. Continuación de El Soltero de Oro.


CAPÍTULO 27. EL SALVADOR

Esto es el infierno.

Sonreí ante la pantalla de mi teléfono, a pesar de las palabras de Edward y de los gritos que resonaban en aquella pequeña habitación desde hacía quince largos minutos. Detrás de mí, Rosalie, enfundada ya en su vestido de novia, discutía acaloradamente con Alice.

—¿Y qué si no quiero salir ahí fuera? ¡Es una pantomima! ¡Una humillación! ¡Y yo ya estoy casada!

Me había dado suficiente cuenta de que Rosalie había acatado las órdenes de su padre con una relativa serenidad de lo más sospechosa. Y aquello no podía ser una buena señal. Por eso, durante las últimas 48 horas, desde que Eleazar Hale la obligara a casarse de nuevo, había temido que su falsa fachada de calma se resquebrajara en cualquier momento para dejar fluir sin medida el torrente de su ira y de su orgullo.

Lo que no había previsto era el desarrollado sentido para la oportunidad que, al parecer, poseía Rosalie.

Lo que no había previsto era que su furia se desatara cinco minutos antes de que le tocara caminar hacia el altar, al ritmo de una marcha nupcial que, a juzgar por sus gritos, más que el preludio de un feliz enlace, parecía que iba a ser la apertura de una batalla campal.

—Te recuerdo que ya no estás casada —replicó Alice entre dientes, con la voz tensa por su propio cabreo contenido—. La boda de Las Vegas nunca existió. Así que o tienes el valor suficiente para mandar a la mierda a tu padre y hacer las cosas a tu manera, o sales ahí fuera de una puñetera vez.

—¡Que te jodan, Alice! —gritó Rosalie, alzando los brazos al aire— Que os jodan a todos. A mi padre, a Jasper, a Edward… ¡Y a Emmett, también! Que le jodan por obligarme a enamorarme de él.

—Bella. ¡Bella! —exclamó Alice, entonando sus palabras de un modo suplicante, algo que pocas veces se rebajaba a hacer.

Tecleé unas palabras rápidas y le di al botón de 'enviar', antes de volverme hacia ellas.

Tienes suerte. Aquí se acaba de desatar el Amargedón.

Rosalie tenía la cara roja, a pesar de las capas de maquillaje a prueba de ceremonias lacrimógenas que llevaba encima, y unos cuantos furiosos mechones rubios se habían desprendido de su hasta hacía unos minutos impecable peinado. Solté un bufido exasperado y caminé hacia ella, tomando de paso el ramo de flores que descansaba sobre la cómoda que adornaba la habitación.

—Toma —le espeté, lanzando el ramo contra su pecho en un gesto que, esperaba, le dejara claro que mi paciencia acababa de agotarse.

Sin pronunciar más palabra, comencé a arreglar su peinado, enganchando los mechones sueltos con un par de horquillas. Para mi sorpresa, Rosalie se dejó hacer, pero su ceño y sus labios continuaban fruncidos en un gesto obstinado.

El pitido de mi teléfono desgarró el repentino silencio que reinaba en la habitación.

Emmett ya está fuera. ¿Rosalie piensa hacerle esperar demasiado? Creo que se va a desmayar en cualquier momento.

Escribí de nuevo unas cuantas palabras rápidas para Edward. Aunque no eran en absoluto tranquilizadoras.

¿Una eternidad, quizás? Ahora mismo no parece muy dispuesta a salir ahí fuera.

—No voy a salir ahí fuera —repitió por enésima vez Rosalie en un murmullo grave.

Por un momento, sospeché que hubiera leído el mensaje que acababa de enviarle a Edward. Pero un rápido vistazo a su rostro fue suficiente para despejar esa duda. Su mirada se había clavado en el techo, casi con tanta fuerza como la de sus brazos cruzados a la altura de su pecho.

—Por supuesto que lo vas a hacer —dije, tiñendo mis palabras con la más exasperante de las condescendencias—. Por una vez en tu vida, vas a dejar de comportarte como una niñata.

—No voy…

Pero Rosalie no pudo completar su queja. La silencié con una única mirada y yo misma me sorprendí de la fuerza de mi cabreo. En cualquier otro momento, Rosalie habría ignorado mis ademanes airados. Pero esa tarde parecían estar resultando inusualmente eficaces.

Una vez hube terminado de adecentar su pelo, comencé con su maquillaje. No era ninguna experta, pero ni siquiera yo misma era tan cruel como para dejar que caminara hacia el altar con la máscara de pestañas corrida y aquellas rojeces salpicando la piel de su rostro.

Aunque, ciertamente, se lo merecía.

Mientras trabajaba en silencio, un nuevo mensaje de Edward iluminó la pantalla de mi teléfono.

Dime que es una broma.

—Vas a hacerlo —hablé de nuevo, con firmeza—. Podrías haber desobedecido a tu padre, pero preferiste agachar la cabeza. Ahora es demasiado tarde, así que sal ahí fuera de una puñetera vez. —Dejé la máscara de pestañas sobre la cómoda y me incliné hacia atrás para observar, complacida, mi pequeña obra de arte—. Emmett ya te está esperando.

Hubo un momento de duda, un instante aterrador en el que pensé que Rosalie iba a mandarme a la mierda. A mí, a la boda, a su padre e incluso a Emmett. En lugar de eso, se limitó a cerrar los ojos y asentir con un gesto seco, la señal inequívoca de su rendición.

Suspiré aliviada. A mi derecha, Alice no pudo evitar hacer otro tanto.

Sin mediar más palabra, Rosalie se levantó del borde de la cama al que se había aferrado, en su vano intento por atrincherarse en la habitación en lugar de afrontar la boda. Alzó la cabeza, como queriendo demostrar que su orgullo seguía intacto, y se encaminó hacia la puerta con paso firme. Por el camino, tomó el ramo de flores entre sus manos ligeramente temblorosas —la única señal visible de su debilidad— y alisó las arrugas de su vestido con ademanes bruscos. Era sencillo y corto, pues ni la ceremonia, ni las ganas de los novios, ni los escasos treinta invitados, requerían más parafernalia.

Rosalie aferró una de sus manos en torno al picaporte de la puerta, pero se detuvo durante un par de segundos antes de continuar. Al otro lado, su hermano Jasper la esperaba para llevarla hacia el altar. No podría haber sido de otra manera. Rosalie no hubiera permitido que su padre se encargara de esa tarea.

Aunque Eleazar Hale tampoco se había ofrecido para ello.

—Te odio —murmuró Rosalie de repente, volviéndose hacia mí, con su mano aún aferrada al picaporte.

Fingí no saber a qué se refería.

—¿Por qué?

—Por ser la maldita voz de mi conciencia.

Alzó la cabeza, de nuevo en ese gesto orgulloso que parecía ser el mejor antídoto contra sus nervios, y abrió la puerta. Como estaba previsto, al otro lado aguardaba Jasper. Le tendió el brazo, con una sonrisa tensa dibujada en sus labios, y se dio media vuelta, no sin antes intercambiar una mirada cómplice con Alice.

Fue entonces cuando recordé que Edward aún estaba pendiente de mi respuesta. Tan sólo esperaba que Emmett no hubiera cumplido con su amenaza de desmayarse mientras aguardaba a Rosalie al pie del altar.

Tranquilo. Jasper ya la tiene colgada de su brazo.

—Yo la hubiera matado —habló Alice con tono sombrío, una vez que Jasper y Rosalie desaparecieron de nuestro campo de visión.

Recogí nuestros bolsos de mano, que descansaban sobre la cama, y le tendí a Alice el suyo, antes de dirigirme hacia la puerta.

—Por un momento consideré esa posibilidad —confesé—. Pero prefiero las bodas a los funerales.


—Ha sido una catástrofe contenida a punto de estallar en cualquier momento.

Con el ceño fruncido y una copa de champán en la mano, Alice echó un vistazo a su alrededor. A su derecha, Jasper hizo lo propio, aunque la sonrisa serena que se dibujaba en sus labios poco tenía que ver con el gesto tenso que lucía su novia.

—No ha sido tan terrible —replicó él.

Alice frunció los labios, disconforme.

—Si exceptuamos la discusión de la comida, en la que Rosalie casi le arranca la cabeza a tu padre —dejó caer.

—Y el modo en que Eleazar Hale parecía en todo momento dispuesto a levantarse de la mesa y pisotear todos los adornos florales —añadió Eric

Él y Jessica se habían unido a la celebración una vez que la cena hubo terminado y todo parecía estar por fin bajo control.

—Sin olvidar el momento en el que los compañeros de equipo de Emmett casi se cargan la tarta nupcial al ir a darle la enhorabuena a los novios con esa euforia desmedida tan propia de los jugadores de fútbol —apostillé, dirigiendo la mirada hacia la tarima que hacía las veces de pista de baile.

En el centro, Rosalie y Emmett parecían llevar toda una eternidad dando vueltas sobre el mismo punto, con las manos de él en torno a la cintura de Rose y una sonrisa tonta en los labios de ella. Se mecían suavemente al ritmo de su propia música, sin importarles la melodía que saliera de los altavoces.

La celebración tocaba ya a su fin, pero a ellos no parecía importarles. Toda la tensión se había desvanecido de rostro de Rosalie en cuanto su padre y Carlisle Cullen desaparecieron en el despacho del primero, poco después de la cena. Desde entonces, la celebración se había asemejado algo más a una boda, y no a una pelea familiar a punto de estallar. Desde entonces, Rosalie y Emmett habían bailado, sonreído y besado sin parar. Y a mí no se me había escapado el modo en que Esme Cullen, sentada discretamente en una de las mesas vacías, no les quitaba ojo de encima, con una sonrisa en la boca.

Al menos alguien se alegraba por ellos.

—… no creo que sea una buena idea…

La voz de Edward, extrañamente dubitativa, me devolvió a la conversación. Me volví hacia él, pero su mirada estaba clavada en Eric, que había alzado mi cámara de fotos y nos apuntaba con ella a la cara, casi como si se tratara del más peligroso de los fusiles.

—Vamos. He fotografiado todo con la cámara de Bella, excepto a vosotros dos —insistió Eric—. Además, ese esmoquin te sienta tan bien que sería un atentado contra el buen gusto no retratarlo y asegurarme de que queda registrado para la generaciones futuras puedan disfrutarlo.

Le miré de arriba a abajo sin el menor disimulo. Eric tenía toda la razón. Edward, con cualquier clase de ropa, era una tortura. Pero Edward, pintado a negro y blanco con ese esmoquin que se ajustaba a su cuerpo a la perfección, era un castigo enviado directamente desde el cielo con una nota que rezaba "Para Bella, por ser tan idiota como para querer mantener las distancias con el sujeto más perfecto que he podido crear. Con cariño, Dios".

Los argumentos de Eric no convencieron a Edward en absoluto, aunque su expresión reticente era ciertamente cómica. Le toqué el brazo, casi retándole, y sonreí.

—¿Tanto te avergüenzas de mí?

La maniobra era burda, pero funcionó. Sus labios se curvaron en esa media sonrisa tan suya, al tiempo que uno de sus brazos serpenteó por mi espalda hasta encontrar acomodo en mi cintura. Edward se encaró a la cámara, con la prestancia y la soltura de alguien que había enfrentado en demasiadas ocasiones los flashes de los fotógrafos.

—Confesé en una revista que estoy enamorado de ti —murmuró en mi oído, mientras Eric se preparaba para disparar—. ¿De veras crees que me avergüenzo de ti?

¡Flash!

Y ahí estaba.

Me quedé sin respiración durante un par de segundos. Los suficientes para que la cámara hiciera su trabajo. Los necesarios para comprender lo que acababa de decir.

Que estaba enamorado de mí.

Lo había dicho. De forma indirecta, eso sí. Sin venir a cuento. Y a juzgar por su mirada desafiante, de momento no estaba dispuesto a repetirlo de nuevo en voz alta.

Pero él lo había dicho. Y yo lo había oído. Y era la primera vez que lo hacía. Y que el cielo se desplomara sobre mi cabeza sin en ese momento no estaba a punto de caerme redonda en el suelo. No se me ocurría una mejor forma de morir.

Abrí la boca sin conseguir decir nada, noqueada, por lo que él aprovechó rápidamente su momentánea ventaja.

—Ven a bailar conmigo —susurró de aquel modo persuasivo con el que se aseguraba un 'sí' por respuesta a cualquier cosa que me pidiera.

Dejé que me guiara hasta la pista de baile, con mi mano firmemente aferrada entre sus dedos, que tiraban de mí hacia delante con decisión y delicadeza al mismo tiempo.

—¿Qué ocurre? —preguntó en voz baja, girando mi cuerpo para obligarme a encararle— Pareces acalorada.

Lucía una expresión inocente que poco tenía que ver con el modo en que sus manos se habían ceñido en torno a mi cintura. Alzó una ceja, instándome a responder.

—Lo sabes de sobra —dije, en el preciso momento en que su cuerpo comenzó a moverse al lento ritmo que marcaba la música.

—Yo no sé nada —replicó Edward, y aquella sonrisa torcida continuaba desafiándome desde sus labios.

Opté por cerrar la boca, temerosa de abrirme en canal allí mismo. No eran ni el momento, ni el lugar más adecuados para rendirme a sus pies. Aunque comenzaba a pensar que ninguno lo sería y, sin embargo, me moría de ganas de hacerlo.

Edward era un buen bailarín. Lo comprobé sorprendida aquella noche, mientras mi cabeza daba vueltas por su revelación inesperada, y mi cuerpo hacía lo propio gracias a la habilidad de sus movimientos. Nunca me había sentido especialmente a gusto bailando, menos aún con un hombre guiando mis movimientos, pero había algo en la actitud de Edward que me hacía sentir bien. En mi lugar, incluso. En el único lugar en el que se me ocurría querer estar en ese momento.

—No sabía que supieras bailar tan bien —confesé.

Edward rió entre dientes y ni siquiera se molestó en fingirse halagado.

—Creía que ya te habías dado cuenta de que hay unas cuantas cosas que sé hacer bien.

—No todas —objeté, casi en un acto reflejo, guiándome por ese impulso que todavía me empujaba a llevarle la contraria, incluso cuando ambos sabíamos que llevaba razón.

Su media sonrisa apareció de nuevo en sus labios al escuchar mi réplica y una de sus manos se deslizó desde mi cintura hasta enroscarse alrededor de mi cuello.

—¿No todas? —preguntó en un susurro grave, al tiempo que se inclinaba sobre mí.

No todas. Pero la que estaba a punto de hacer entraba dentro de su amplio catálogo de habilidades.

La caricia de sus labios fue fugaz al principio, casi fantasma, pero rápidamente se convirtió en uno de esos besos que conseguían borrar de mi cabeza todo rastro de racionalidad. Sus manos estaban en mi rostro y su cuerpo se apretaba contra el mío como si…

—Parece que es la primera vez que tocas teta, Edward.

Hmm.

No exactamente como si fuera la primera vez que Edward tocara teta. Al menos nos las mías. Y visto su currículum, estaba segura que tampoco las ajenas. Y…

Dios.

Sentí las mejillas enrojecer mientras Edward se separaba de mi con un gruñido malhumorado, casi tan peligroso como la mirada letal que le lanzó a su hermano. Emmett, con una sonriente Rosalie enroscada alrededor de su cintura, ni siquiera se inmutó.

—Y parece que tú te has quedado congelado con el cerebro que tenías a los doce años —replicó Edward, deslizando su mano en torno a mis caderas.

Rosalie puso los ojos en blanco y yo no pude evitar sonreír al comprobar lo relajada que parecía.

—¿Todo bien? —le pregunté.

—Desde que mi padre ha desaparecido, de maravilla. Ahora esto sí se parece a una boda por la que todos los invitados se alegran.

—No seas tan dura, Rosie —la reprendió Emmett suavemente, casi con dulzura—. En el futuro agradecerás que tu padre estuviera presente en nuestra boda.

—Lo único que le agradeceré es que al menos esta vez tendremos una noche de bodas sobria —bufó ella.

—Y ni siquiera así creo que Emmett pueda estar a la altura de las expectativas que todos tenemos puestas sobre él —pinchó Edward, esbozando una sonrisa sibilina antes de llevarse su copa de champán a los labios para apurar su contenido.

La mueca burlona que exhibió Emmett a modo de respuesta no tenía nada que envidiarle a la de su hermano.

—Hablando de gente que espera…

Edward no dijo nada. Se limitó a asentir, acompañando el gesto con un gruñido, por lo que tuve que seguir la dirección que marcaban los ojos de Emmett para descubrir de qué hablaba. O mejor dicho, de quién. Al otro lado de la pista de baile, Esme Cullen se alzaba en toda su elegante gloria, enfundada en un discreto vestido y charlando animadamente con varios de los invitados a la ceremonia.

La observé con ojo crítico, sin saber muy bien qué pensar de ella. Aunque en su defensa debía decir que en todo momento había esbozado una sonrisa de sincera felicidad por la boda de su hijo.

—Ven conmigo, Bella —pidió Edward.

Lo había vuelto a hacer. Eso de pronunciar mi nombre en un murmullo a media voz, entre la súplica y la proposición, con el único objetivo de doblegar mi voluntad para que me comportara a su antojo. Para que hiciera lo que él quería. Para que incluso comenzara a caminar de forma voluntaria hacia su madre.

Lo había vuelto a hacer y, aunque de momento no podía resistirme a ello, por lo menos ahora me daba cuenta cada vez que ponía en marcha aquella sucia estratagema.

Le dediqué una mirada de censura, mientras él me guiaba a través de los invitados, con su mano aún firmemente ceñida en mi cintura.

—Creía que estábamos en una tregua —cuchicheé, demasiado furiosa como para alzar la voz.

—Y lo estamos —replicó Edward, encogiéndose de hombros en ese gesto despreocupado tan suyo.

—¿Qué concepto tienes tú de tregua?

—¿Qué concepto tienes ?

Argh. Le mataría.

Lo haría. De verdad. Lo haría si tan sólo no estuviera tan guapo con ese esmoquin.

—El de un territorio neutral —respondí y, por alguna razón que mi mente nublada por Edward y por su esmoquin no alcanzaba a comprender, continuaba caminando hacia Esme Cullen a pesar de mi repentino cabreo—. O el de un impasse en el que nadie es lo suficientemente valiente como para decidir si tiene que dar un paso hacia delante o hacia detrás. Lo que sea. Pero te aseguro que en las treguas una no camina hacia su encuentro con la muerte… quiero decir, ¡con tu madre!

Sentí, más que escuché, la vibración de su garganta y de su pecho cuando rió por lo bajo.

—Tranquila, Bella —dijo, volviendo a utilizar ese susurro persuasivo—. Te aseguro que Esme es mucho más agradable que yo.

Lo era. O, al menos, la sonrisa cálida con la que nos saludó en cuanto llegamos hasta ella lo era. Afable y educada, Esme me estrechó las manos en un gesto lo suficientemente firme como para tener la certeza de que lo practicaba a menudo, pero que se demoró un segundo más de lo normal, como si quisiera hacerme saber sin palabras que yo no era una invitada más a la que saludar con aquel simple ademan protocolario.

—Esme, ella es Bella —habló Edward, sin demorarse en devaneos inútiles.

—Lo sé. No sueles ir por ahí de la mano con chicas, mucho menos te dignas en presentárselas a tu madre. Ya me di cuenta de que era Bella —replicó Esme, dedicándole una mirada de dulce reproche a su hijo mayor, antes de volverse hacia mí—. ¿Qué tal todo?

Bien.

Me quiero suicidar porque tu hijo se ha empeñado en presentarme a su madre sin darme tiempo para prepararme mentalmente para ello.

Aunque antes de morir, me gustaría arrancarle ese bonito esmoquin que lleva puesto.

Sacudí la cabeza levemente en un intento por mantener mi atención en la conversación.

—Bien. Aliviada. Parece que todo ha salido según lo previsto, después de todo.

Prefería centrar el tema en el trabajo. Al menos, aquel era terreno conocido para mí.

—La ceremonia ha sido perfecta —sonrió Esme—. No creía que fuera posible organizar una boda en apenas un par de días.

—Oh —exclamé, sorprendida por el cumplido—. Edward ha sido de gran ayuda.

Ella le dedicó una larga mirada de la que apenas pude captar nada.

—Eso tampoco suele hacerlo —replicó—. Encantada de conocerte, Bella.

Con otro apretón de manos y una nueva sonrisa cálida, Esme se alejó de nosotros.

—Creo que acabamos de adentrarnos en territorio desconocido —habló Edward tras unos instantes de silencio.

—Y yo creo que deberías sacarme a bailar otra vez.

Edward se volvió hacia mí, sorprendido por mi petición. Alzó las cejas, instándome a explicarme.

—Acabas de presentarme a tu madre. Y eso antes de definir lo que somos tú y yo —comencé a hablar, sin saber muy bien cómo poner en orden mis ideas—. Estoy en estado de shock. Puede que si me haces girar, la cabeza me dé vueltas y así se me pase.

Como toda respuesta, Edward soltó una carcajada abierta, de esas que nunca dejaba escapar de sus labios, pero aún así lo hizo. Me cogió de la mano y me llevó hasta la tarima que hacía las veces de pista de baile. Y sí, hizo que mi cabeza diera vueltas mientras giraba entre sus brazos. Y después, cuando la boda terminó y me llevó hasta mi casa en su coche, hizo lo mismo por segunda vez.

Pero entonces solo necesitó sus labios y un beso de despedida en la puerta de mi apartamento.


—Quiere pagarnos la mitad de lo que debería.

Fruncí el ceño, al tiempo que mi ordenador emitía un largo pitido antes de encenderse. Era primera hora de la mañana del lunes y, al otro lado del teléfono, Alice (y yo por extensión) ya tenía un problema.

— ¿Y Aro qué opina?

Alice lanzó un bufido que dejaba bien claro lo que ella opinaba de nuestro jefe.

—Dice que aceptemos y luego ya negociaremos el precio.

Moví la cabeza de arriba a abajo, a pesar de que Alice no podía verme. El ordenador ya se había encendido, por lo que me senté en la butaca para comenzar la jornada. Sobre mi escritorio descansaba el periódico del día y una revista de cotilleos, cortesía de Jessica, que había dejado ambos sobre mi mesa antes de que yo llegara a la oficina. Sin dudarlo, alargué la mano para alcanzar la revista primero. Ya habría tiempo para leer las malas noticias después.

—Cuéntame otra vez de qué va el encargo. El otro día no me quedó muy claro —le pedí.

Alice comenzó de nuevo hablar, mientras mi atención se dividía entre sus palabras y la revista.

—Es un tío hortera, con demasiado dinero y mal gusto. Y es amigo de Aro —parloteó ella—. Quiere organizarle una fiesta de cumpleaños por todo lo alto a su hija…

—No me digas más —la interrumpí—. ¿Cumple dieciséis?

—Exacto.

El culo de tamaño galáctico de Kim Kardashian. La enésima dieta de Jessica Simpson. El nuevo (y hortera) tatuaje de Rihanna.

Dios.

¿Qué mierda de revista era aquella? ¿Y por qué la estaba leyendo en lugar del periódico?

—¿Por qué tenemos que organizarla nosotras? —pregunté, pasando las páginas de forma casi compulsiva, una detrás de otra—. Es un trabajo de principiante. De eso suelen encargarse los recién llegados a la empresa.

—Ya te lo he dicho. El padre es amigo personal de Aro y…

Cómo conseguir un vientre plano (esta vez sí) este verano. Cinco trucos infalibles para mantener a tu hombre satisfecho en la cama. La boda secreta de…

—Joder.

Alice interrumpió sus explicaciones al escuchar mi voz, repentinamente acongojada.

—¿Qué?

—He dicho joder —repetí, con los ojos pegados en la página 25 de la revista, incapaz de que mi mente procesara aquella información (y cómo coño había llegado hasta allí)—. Joder y todas las palabras malsonantes que se te ocurran.

—¿Qué demonios pasa, Bella?

—Las fotos de la boda de Rose y Emmett en una revista. Eso pasa.

Alice guardó silencio al otro lado de la línea durante un par de tensos segundos. Las malditas fotos de la ceremonia estaban allí, en la página 25. Y seguían en la 26, 27 y 28. Impresas, brillantes, reales. Y lo que es peor, acompañadas por un texto en el que se explicaba cómo Rosalie y Emmett habían tenido que casarse por segunda vez, obligados por sus padres, después de que éstos descubrieran su enlace alcohólico de Las Vegas y les hubieran obligado a anularlo.

¿Cómo coño se habían enterado los periodistas de la historia?

—¿Quién crees que ha podido filtrarlas? —preguntó Alice.

—¿Quién llevaba una cámara ese día? —contraataqué yo.

La respuesta era demasiado fácil. Pero por si aún tenía alguna duda, en cuanto lancé la pregunta al aire mis ojos se toparon con otra de las fotos del reportaje robado: Edward, increíblemente guapo con su esmoquin y luciendo una gran sonrisa, agarrado a mi cintura.

La foto que nos había tomado Eric.

La foto que nos había tomado Eric con mi cámara, para ser más exactos.

—Mierda, Alice —gemí, dejando caer la revista sobre la mesa y mi cabeza sobre el respaldo de la silla—. Son las fotos que hicimos con mi cámara.

—¿Dónde la tienes?

La voz de Alice cambió por completo con esa pregunta. De la sorpresa inicial había pasado a tomar las riendas, práctica y directa. Rebusqué entre mi bolso, que descansaba sobre el escritorio, y rápidamente mis dedos dieron con la cámara, que se encontraba en el fondo. La saqué para comprobar que mis fotos seguían allí, intactas. Efectivamente, eran las mismas que ilustraban el reportaje.

—La tengo en el bolso y las fotos siguen ahí —dije, con la respiración entrecortada y el corazón acelerado—. Quienquiera que las haya robado, ha sido lo suficientemente amable como para no dejarme sin cámara y sin recuerdos de la boda.

Escuché un "hmmm" grave al otro lado de la línea, pero aparte de ese gruñido indescifrable —que bien podía significar "estoy contigo" o "suicídate ya"— Alice no añadió nada más.

Un par de segundos más de silencio fueron suficientes para obligarme a formular en voz alta la pregunta que pendía en el aire.

—Estoy jodida, ¿verdad?

—Mucho —respondió Alice, tensa—. De hecho, yo diría que estás de mierda hasta el cuello.

Oh, joder.

Sentía el pulso de mi corazón en todas partes. En las muñecas. En el cuello. En las sienes, que parecían a punto de estallarme. El aire me llegaba en bocanadas escasas y superficiales, y mi mente ya había comenzado a dibujar los escenarios de mi posible muerte. Siempre a manos de Rosalie (a veces acompañada por Emmett, otras con la ayuda Edward), en cuanto se diera cuenta de que mis fotos de su boda habían acabado en las páginas de una revista de cotilleos.

Estaba a punto de empezar a hiperventilar cuando Alice me llamó al orden.

—Deja el ataque de pánico para más tarde y ahora escúchame, Bella —ordenó con dureza.

Asentí con la cabeza, de nuevo a pesar de que ella no podía verme, pero Alice interpretó correctamente ese breve momento de silencio.

—Tienes que avisar a Edward. Cuéntale lo que ha pasado, él te ayudará.

—¿Y si no me cree?

—Joder, Bella —gruñó Alice, haciéndome sentir mal sin ni siquiera tener que alzar la voz—. Aunque tú te empeñes en negarlo, toda esta puñetera ciudad sabe que está enamorado de ti. Te creería aunque le dijeras que eres un ser de luz puesto en este mundo para hacer de sus fantasías sexuales una realidad. ¡Vamos!

Su última exclamación me despertó del trance en el que me había sumido al ver las fotos publicadas en la revista. Con un "gracias" a modo de despedida, colgué el teléfono. Lo dejé sobre el escritorio, observándole fijamente, y me concedí cinco segundos de tregua mental antes de volver a cogerlo para llamar a Edward y contarle lo que había ocurrido.

Cinco.

Vamos, Bella. Eres adulta. Puedes hacerlo.

Cuatro.

Coge el maldito teléfono y llama.

Tres.

Te va a creer. Lo de desconfiar por sistema el uno del otro ya está superado.

Dos.

Joder. Joder. JODER. No me va a creer. ¿Cómo coño me va a creer? Tiene una habilidad muy desarrollada para pensar lo peor de los demás y yo no voy a ser una excepción.

Uno.

Quizás lo mejor es tirar el teléfono por la ventana e ir yo detrás.

—¡Bella!

No recordaba haberme levantado de la butaca para salir de mi despacho por la ventana en lugar de por la puerta, así que supuse que el hecho de que acabara de escuchar la voz de Edward no era un truco post-mortem de mi cerebro, sino que aquello significaba que Edward realmente se encontraba allí.

Alcé la mirada de mi teléfono para encontrarme con sus ojos verdes, fijos en mí.

—Hola, Edward —alcancé a decir con un hilo de voz que odié en cuanto las palabras salieron de mis labios—. Estaba a punto de llamarte.

Él apenas me dedicó una mirada que no llegó a durar ni dos segundos, antes de cerrar la puerta a sus espaldas y cruzar el pequeño despacho con una única zancada.

—Ya sé lo que ha pasado —dijo, antes de que yo pudiera volver a abrir la boca—. Vamos.

Con un gesto poco ceremonioso, me cogió de la mano y tiró de mí para que me levantara de la butaca. Le seguí, confusa aún por las fotos y por su extraña actitud. ¿Y por qué no le había preguntado todavía qué hacía en mi despacho?

—¿Dónde? —fue lo único que acerté a inquirir.

—A Cullen&Hale —explicó, sin utilizar más palabras de las estrictamente necesarias—. Carlisle y Eleazar quieren hablar contigo. He intentado disuadirles, pero están demasiado cabreados como para escucharme.

Asentí con la cabeza mientras me ponía mi abrigo en silencio. Él me lanzó una última mirada teñida de lo que me pareció se trataba de preocupación, antes de abrir la puerta del despacho e indicarme que saliera delante de él. Le dediqué un "adiós" apenas audible a Jessica, que nos observaba curiosa desde su mesa, al lado de la puerta, y me encaminé hacia el ascensor, con Edward pisándome los talones en todo momento.

Solo cuando las puertas del ascensor se cerraron tras nosotros, atrapándonos frente a frente en aquel pequeño cubículo, reuní el valor suficiente para pronunciar las palabras que debería haberle dicho en cuanto irrumpió en mi despacho.

—Yo no filtré las fotos.

La luz que arrojaba la lámpara del ascensor era amarillenta e inusualmente tenue, pero aún así pude apreciar con claridad la mueca exasperada que cruzó su rostro.

—Claro que no lo hiciste tú —replicó, y a pesar de su gesto crispado, su voz sonó sorprendentemente calmada; cálida, incluso—. No lo he pensado en ningún momento.

—Pero son las fotos que hice con mi cámara —insistí.

Un sonoro 'ding' fue la señal de que ya habíamos llegado al aparcamiento subterráneo. De nuevo, Edward extendió la mano para indicarme que saliera delante de él en cuanto las puertas del ascensor se abrieron.

—Lo sé —murmuró, al tiempo que una de sus manos hizo contacto con la parte baja de mi espalda—. Sé que tú fuiste la única que llevó una cámara a la boda.

Me empujó suavemente hacia la izquierda. Al fondo, vislumbré el brillo plateado de su Volvo.

—Entonces… —volví a la carga, pero la frase quedó suspendida en el aire, sin saber muy bien cómo continuarla.

—Entonces, ¿qué?

Dejé que me guiara en silencio hasta su coche, sin oponer resistencia. Sin empeñarme en llevar yo mi camioneta. Sin poner en palabras el torbellino de ideas que me nublaban la mente.

Sin preguntarle por qué, por qué, estaba tan seguro de mí.

—Bella —habló Edward de nuevo, su voz todavía sosegada, pero su rostro crispado en el mismo gesto duro que hacía unos segundos—. Sé que no fuiste tú. No lo he dudado ni un momento y ni siquiera tú me vas a hacer cuestionarme. Y ahora, entra en el coche.

Le encaré, inmóvil y casi furiosa. ¿Por qué se empeñaba tanto en confiar a ciegas en mí cuando yo no le había dado motivos suficientes para ello?

Por favor, entra en el coche —repitió con un gruñido poco amistoso.

A pesar de que la temperatura dentro del Volvo era agradable, agradecí los rayos de sol que inundaron la cabina del coche en cuanto Edward lo sacó del aparcamiento subterráneo de mi empresa. Dejé que condujera en silencio, con la mirada clavada en las calles del centro de Chicago y los labios apretados en una fina línea. Únicamente reuní las fuerzas necesarias para hablar cuando, quince minutos después, Edward enfiló la Avenida Michigan. Vislumbré la torre de Cullen&Hale al fondo de la calle.

—¿Tu padre y Eleazar creen que he sido yo?

Edward dejó escapar el aire en un largo suspiro antes de responder.

—No exactamente. Sospechan de todos, excepto de la familia. Aunque teniendo en cuenta que los invitados a la boda tan sólo eran parte de la familia…

Jodidamente genial.

—Escucha, Bella. Ninguno de los dos sabe que las fotos son de tu cámara, y eso es algo que ni tú ni yo vamos a decirles —habló de nuevo Edward, lanzándome una rápida mirada de advertencia, antes de volver a centrar la atención en la carretera—. Yo me ocuparé de averiguar quién vendió esas fotos. Pero ellos quieren hablar contigo porque tú fuiste la responsable de organizar la boda y creen que la filtración es obra de alguien de tu equipo. Para ellos, eres responsable en cualquier caso.

Edward estaba en lo cierto. Por eso, cuando puse un pie sobre la moqueta que cubría el suelo del despacho de Eleazar Hale, le agradecí que no me hubiera edulcorado la reacción de su padre y el de Rosalie al enterarse de la filtración. Gracias a que me había puesto sobre aviso en relación al cabreo monumental de ambos, las miradas mortíferas que los dos me lanzaron a modo de bienvenida eran algo para lo que ya me había mentalizado en el trayecto en coche hasta allí.

La retahíla que salió por la boca de Eleazar Hale antes incluso de que pudiera explicarles lo sucedido, también.

—…un sinsentido. Imperdonable. ¡Un ultraje! Han manchado la dignidad de las familias Cullen y Hale y han vulnerado nuestra privacidad. Exijo que averigües inmediatamente quién ha sido el responsable. Le demandaremos por incumplir su contrato de confidencialidad.

Ah, sí. El mismo que Edward se había empeñado en que yo no firmara.

—Eleazar, Carlisle…

La llamada a la calma de Edward, como en las diez ocasiones anteriores en que había intentado hablar, fue ignorada. El torrente era imparable, incluso para él.

—En cualquier caso, si algún miembro de tu equipo es el autor de la filtración, también prepararemos una demanda contra ti, Isabella —intervino Carlisle Cullen, todo calma, control y precisión frente al rostro congestionado y las palabras iracundas y grandilocuentes de Eleazar Hale—. Eres responsable en último término.

Carlisle Cullen acababa de tocar hueso. Lo supe por el modo en que el cuerpo de Edward se envaró de forma casi imperceptible al descubrir lo que planeaba su padre. Dio un paso al frente para colocarse en el centro del despacho y estaba segura de que, esta vez sí, iba a hacerse oír.

—Eso no va a ser necesario.

Su voz sonaba tan controlada como la de su padre, pero le conocía demasiado bien como para dejarme engañar por su mueca aparentemente relajada.

—¿Qué? —preguntó Carlisle Cullen.

—He dicho que no vais a tener que demandar a Bella porque ella no es responsable de nada.

—¿Cómo estás tan seguro? —replicó Eleazar Hale, tan airado al dirigirse a Edward como al hacerlo conmigo.

Edward se llevó las manos a los bolsillos del pantalón de su traje gris. Era la viva imagen de la despreocupación y la indiferencia. Pero, de nuevo, creía poder ver más allá de su ensayada fachada de tipo apático para el que nada resultaba lo suficientemente importante como para afectarle.

—Yo filtré las fotos —confesó, pronunciando las palabras con claridad—. Lo hice para vengarme de Emmett por lo que ocurrió en mi fiesta de Nochevieja.


Creo que de momento lo dejamos ahí. A parte del final, tengo otra mala noticia: al capullo solo quedan dos capítulos. Lo bueno es que estoy preparando el siguiente como regalo adelantado de Reyes, así que tardará menos de una semana (benditas vacaciones).

Hasta entonces, espero leeros en los reviews ;) ¡Feliz año!

Bars