El capitán y varios marineros transportaban los carros de mercancías y detrás caminaba el grupo. Se detuvieron ante las puertas, en cuanto los Inmaculados, hieráticos como estatuas, cruzaron sus lanzas para darles el alto. Gilean preguntó si alguno conocía la lengua común, y uno de los centinelas respondió con un movimiento afirmativo. Gilean habló ceremoniosamente.

"Soy el capitán Gilean de Tolos. Durante muchos años he comerciado por estas costas y soy partidario de la reina. Traigo para vender especias, aceite de oliva, telas de algodón y seda, cuero, almendras y avellanas, dorado del Rejo, tinto de Dorne, quesos y miel, y estoy interesado en los productos que su majestad tenga para ofrecer. Podéis verificar toda la carga y, si lo ordenáis, probaré una muestra de cada producto para que comprobéis que no hay nada envenenado. Os entregaremos nuestras armas y os rogamos que nos escoltéis ante la reina, pues deseamos pedirle una audiencia, si su majestad estima oportuno recibirnos. Mis hombres y yo queremos solicitarle hospitalidad durante unos días, mientras hacemos nuestros negocios con ella." A continuación señaló al resto de la comitiva. "Son pasajeros que he transportado en mi goleta. Esos cuatro son pescadores de Bhorash, a los que rescatamos de unos piratas y también precisan asilo temporal, hasta que puedan regresar a su tierra. El resto procede de Poniente y de Lys y desean que la Madre de Dragones les conceda la merced de servirla." El Inmaculado que entendía la lengua común escuchó en silencio. Señaló a uno de los miembros del grupo.

"Conozco a ese hombre. Es Jorah el Ándalo. La Madre lo desterró por traición."

Gilean miró al caballero, perplejo. Estaba a punto de imprecarlo, cuando Tyrion se adelantó y lo cortó en seco.

"Gilean, lo sentimos. Por seguridad no te revelamos la verdad sobre nuestras identidades y es comprensible que te sientas ofendido. Más tarde discutiremos eso y te contaremos todo, te lo prometo," ofreció para apaciguarlo. Rápidamente, se volvió hacia el centinela. "Soy Tyrion Lannister y busco a la Madre para unirme a su causa. En Poniente me acusan de haber matado al rey Joffrey, un crimen que no he cometido, aunque el bastardo sádico se lo merecía con creces. He sido Mano del Rey y me desempeñé bien." Casi sin respiro, fue señalando a los demás. "Ella es Lady Sansa, mi esposa, de la masacrada casa Stark. Y los otros dos son mi fiel escudero Podrick Payne y su prometida, Leena de Lys, una esclava a la que liberamos durante el viaje desde Volantis a Tolos." Tyrion ahora comprendía la fama de los Inmaculados. El centinela permanecía en perfecta quietud, con la lanza a punto. "Jorah el Ándalo pide a la Madre una segunda oportunidad, y yo puedo asegurar que ya no es el hombre que era. Le es totalmente devoto y no vive para ninguna otra causa. Yo no tendría por qué defenderlo ni jugarme la cabeza por él; pero es un buen amigo y un gran aliado. La madre juzgará si es digno de su piedad." Inclinó la cabeza ante el centinela. "Pedimos audiencia para manifestarle nuestro respeto y nuestro apego a sus aspiraciones. Al igual que el capitán Gilean, entraremos desarmados y estaremos bajo vuestra custodia hasta que su majestad tenga a bien recibirnos." Tras soltar el discurso, respiró profundamente y esperó.

El centinela asintió. "Os quedaréis junto a las puertas mientras comunicamos vuestro mensaje a la Madre. Vuestra carga será revisada y entregaréis las armas provisionalmente."

Tyrion se contuvo para no dar un salto de puro alivio. De momento todo iba como había previsto e intuía que la reina los recibiría. Una muchacha, por sensata que fuera, raramente se resistía a la curiosidad. Tyrion como mínimo sembraría en ella una generosa dosis de sorpresa.

Se sometieron al registro y les fueron requisados los puñales, dagas y espadas. Después los soldados levantaron las lonas de los carros y revisaron las mercancías a conciencia. Gilean probó lo que ellos le indicaron, hasta que los soldados quedaron satisfechos.

"Así que Tyrion Lannister, ¿eh?," dijo Gilean, con tono de ácido reproche, pero no parecía verdaderamente enfadado, sólo irritado. "¿Eres el que llaman Gnomo?"

"Y no olvides Mediohombre y Mono Demoníaco. Al menos, esos son los apodos que conozco. Si te enteras de alguno más, ya sabrás más que yo."

"Ahora lo entiendo todo. No tenías pinta de mercader de lanas." Gilean esbozó una leve sonrisa.

"Todo lo que sé de lanas se reduce a las capas que me pongo durante el invierno," bromeó Tyrion.

Gilean entonces centró su atención en Jorah, mirándolo con suspicacia. "Y si no es mucha indiscreción... ¿Qué hiciste tú para que la reina te desterrara?"

Jorah suspiró, abatido.

"Hace mucho tiempo cometí un delito y tuve que irme de Poniente. Deseaba regresar y el rey Robert Baratheon me prometió el perdón a cambio de pasarle información sobre la joven Targaryen. Yo no la conocía aún en persona y accedí al trato. Y cuando la conocí... poco a poco Poniente quedó atrás. Pero el daño ya estaba hecho. Y ella lo descubrió."

El capitán lo observó.

"Hacemos muchas tonterías por diversos motivos. Juventud, estupidez, amor, desesperación... Te lo digo yo, que he tenido mi ración. No siempre he sido el perro viejo que soy ahora. Algunas de esas tonterías son irreparables," comentó, con pesar.

"Lo sé. Aceptaré el destino que la reina decida para mí," dijo Jorah.

Gilean guardó silencio, pero Tyrion leyó la compasión en su mirada.