Azul para Siempre

Por

Fabiola Grandchester

Capítulo XXXII

- Candy…

Largo rato después Candy estaba en el pasillo, de pie afuera de la habitación de Terry.

Cuando lo escuchara llamar su nombre unos momentos antes, se había sobresaltado y bajado de la cama apresuradamente, observándole con insistencia; al parecer él seguía inconciente, pero llamó su nombre, no lo había soñado, él de verdad la había llamado.

Entonces salió rápidamente con su hija en brazos y llamó al personal de guardia para luego devolver a la nena a los cuneros.

Ahora estaba sola afuera del cuarto de Terry, mientras médicos y enfermeras lo atendían adentro.

Había pasado ya un largo rato y sólo veía entrar y salir personal y aparatos para pruebas médicas, nadie le había dicho nada; y ella, en el fondo, temía lo que pudieran decirle; se aferraba con todas sus fuerzas a la maravillosa sensación de su voz tocando su oído y no quería que nadie le robara la esperanza que ese único susurro de sus labios le había traído a su corazón.

Con ojos incrédulos de repente vio abrirse la puerta a su costado y separándose un poco de la pared, observó cómo Terry era llevado por el personal médico pasillo abajo. Fijó la mirada en el rostro de Terry recostado en la cama que empujaba el personal, y lo vio parpadear muy levemente, notó en ese gesto el mismo de cuando él se quedaba lentamente dormido y se resistía. Se le llenaron los ojos de lágrimas.

El Dr. Franco salió detrás del personal que llevaba a Terry y se paró junto a ella para informarle el estado del paciente; sin embargo el semblante de la joven mujer le preocupó un poco.

- Señora – le llamó a su costado haciendo que ella girara a verlo – se siente bien?

La mirada perdida de Candy y el evidente cansancio que mostraba no pasaban desapercibidos para el personal, ni para nadie que la viera ahí de pie absorta en sus cavilaciones.

Pero, a pesar de la preocupación del médico por ella, a Candy le preocupaba más otra cosa; ni siquiera respondió a su pregunta, pensó en hacerle otra más importante para ella.

- Cómo está? – dijo ansiosamente.

- Necesitamos hacer algunos estudios.

Escudriñó al médico con ojos anhelantes.

- Pero me llamó – explicó –. Él mencionó mi nombre.

- Quizás fue un reflejo del cerebro, es común que eso ocurra.

Negó con la cabeza.

- No, no. Y ahora mismo yo lo he visto mover los párpados.

- Necesitamos hacer algunos estudios – señaló el médico –. Lo que puedo decirle es que sus signos están estables; tan pronto tenga noticias se las daré.

El médico se mostraba escéptico, pero ella sujetaba su tímida esperanza con férrea voluntad.

- Él me llamó – insistió con la mirada hacia el pasillo, hablando más para sí misma –; y casi abrió los ojos hace un momento. Yo lo vi.

- Le avisaré en cuanto tenga los resultados – informó el médico antes de retirarse.

- Yo lo vi – susurró Candy de nuevo.

El cirujano se alejó entonces de ella, y Candy se quedó de pie junto a la puerta de la habitación de su esposo. Con la mirada perdida en el pasillo por donde se habían llevado a Terry para hacerle los estudios pertinentes, se quedó mucho rato inmóvil y silenciosa; conciente solamente de la cálida sensación que la voz de Terry había producido en su corazón; negándose a cualquier mal pensamiento que intentara arrebatarle su esperanza.

Se encontraba sola, no supo donde estaban los demás y tampoco estaba muy conciente de su ausencia. En su mundo existían sólo dos personas en ese momento: Terry y su hija, nadie más.

Se encaminó a los cuneros casi por inercia, inconcientemente, y una vez ahí, apoyó la mano en el cristal que la separaba de su hija.

- Tú lo hiciste despertar, amor – susurró a su pequeña a la distancia.

Su pequeña bebé estaba dormida plácidamente, cubierta por una ligera manta color azul que Terry le comprara antes de nacer, cuando pensaban que era un varón.

- Ves cuánto te ama tu papi, amor? – le preguntó con lágrimas en los ojos –, despertó cuando tú lo tomabas con tu manita.

Se le derramaron las lágrimas.

Dentro de las horas terribles de su amarga espera por Terry, dentro del cúmulo de emociones amargas y llenas de dolor que la pérdida cercana de él le habían provocado; esa inocente bebé que había nacido de ella, era lo único que había logrado mantenerla en pie.

Sólo por ella no se volvió loca de dolor, sólo por ella la idea de morir junto con Terry para alcanzarle, había sido pasajera e incoherente; sólo por ella estaba entera todavía.

Y ahora sentía que Terry había reaccionado por el inmenso amor que le tenía él también a la hija de los dos. Una tímida sonrisa cruzó su rostro que lloraba, pensando que Dios le había hecho el milagro a ella y a su hija de no quitarles lo que más amaban.

Algo en su interior le pedía que no se ilusionara, que mantuviera la calma, que quizás el médico tenía razón y todo había sido un reflejo simplemente; pero, el amor que alojaba en su corazón para él gritaba alegre en su pecho, con voz decidida y resonante que él había despertado, que la había llamado; que los milagros existen y que tuviera fe; fe en que pronto se recuperaría y saldría definitivamente de ese sueño que había intentado alejarlo de las dos.

Se alejó del cristal desde donde observaba a su hija y se dirigió a la habitación de Terry de nuevo. Se sentó en una silla cercana y apoyando el rostro entre las manos cansadas estuvo mucho tiempo sin moverse, casi sin respirar.

Muchos pensamientos cruzaban por su mente. Y a veces, la tímida esperanza del regreso de su amor intentaba escurrírsele entre las manos, por más que ella procurara lo contrario. Porque mientras más tiempo pasaba sin saber nada, más lejana su esperanza le parecía.

Su corazón se resistía y gritaba alegre, pero su alma aún seguía angustiada.

Un sinfín de emociones se alojaban en su pecho, mientras esperaba las noticias del médico lejano; sensaciones de alegría, de reposo a veces la inundaban y sus ojos cristalinos casi sonreían para luego llorar otra vez más amargamente al ver el correr de las horas sin respuesta, mientras esa tímida luz en su corazón amenazaba con seguir apagándose lentamente hasta no tener respuesta.

En la sala de espera casi vacía dolorosos sollozos escapándose de ella la rodeaban, mezclándose en el viento con trozos de alegrías, con pedazos de sueños, fragmentos de anhelos y la voz de él que la seguía.

Estuvo mucho tiempo ahí sentada sin hablar con nadie, sola y sumida en su dolor y desasosiego; hasta que alguien sin rostro se acercó para decirle que su esposo estaba de nuevo en su habitación.

Le escuchó como en un sueño y se levantó aún soñando de su silla. No entendía por qué no había notado el ir y venir de los médicos y por qué pasó desapercibido para ella cuando regresaran a Terry a su cuarto.

De pie tomando la perilla de la puerta de la habitación de él, tomó un largo respiro, despejó su cabeza en un movimiento decidido y convencida para enfrentar lo que fuera, luego de un momento, entró al cuarto.

Entré entonces y lo vi de nuevo, se veía tan sereno, volteé a todas partes y estaba solo. No había enfermeras ni médicos como antes. Mi amor estaba solo sobre su cama. Habían retirado de él todos los aparatos y noté, parada junto a la puerta, que el monitor del ritmo cardíaco ya no emitía ningún sonido, le habían desconectado.

Me acerqué lentamente y me paré a sus pies, viéndole de frente al rostro dormido. Recostado sobre la almohada se veía imposiblemente hermoso, mi amor era entonces como una visión celestial. Con los ojos cerrados parecía un ángel sereno. Entendí entonces que se había ido.

Acerqué mis manos a sus pies cubiertos por la frazada, estaban inmóviles.

- Estás frío, amor – susurré.

Terry me dejó, Terry me dejó, Terry me dejó.

Quise entenderlo, pero no podía. Acaricié con ambas manos sus pies que no se movían y luego volteé a verlo al rostro de nuevo, seguía impasible. Estuve de pie callada lo que me pareció un siglo, incapaz de pensar en nada más que en la sensación de sus pies en mis manos. Como si tomándolos con ellas pudiera evitar que él se marchara.

- Estás tan frío, amor…

Creo que una lágrima nueva se derramó de mis ojos, pero no lo supe con certeza, era entonces incapaz de notar ni aún mi propio llanto. Había llorado tanto que el agua de mis ojos ya ni siquiera dolía al salir de mi alma. Era común para mí llorar ya, y entendí que sería común para mí llorar toda la vida.

Yo nunca iba a dejar de llorarle.

Quise observar sus pies cubiertos y grabar en mi memoria esa imagen, tenía ya tan poco tiempo para estar junto a él.

Me alcanzó eso entonces, la idea del poco tiempo que me quedaba para verle y fue como si una herida nueva en mi corazón se abriera, como si alguien introdujera ambas manos; y cuando el frío de sus pies alcanzó mi conciencia, esas manos separaron los extremos de la herida en mi pecho con fuerza. El corazón se desgarró rabioso y yo apreté los labios para no gritar, lagrimas violentas salieron de mis ojos, este dolor era tanto y tan hondo.

Tenía tan poco tiempo junto a él. Tan poco. Tan poquito. Ni siquiera tenía esos minutos, él ya me había dejado.

Fue entonces como si una neblina me rodeara y me hundiera en una pesadilla de la que ansiaba despertar, pero el dolor en mi alma me decía que esto no era un sueño, que yo no estaba dormida, y que tenía mucha vida en mi interior para sufrir mi pena. Mucha, tanta, demasiada y él sin nada. Mi amor sin nada.

Recordé entonces que en algún momento en estos días de espera terrible había encontrado en mi bolso, que Annie trajo consigo desde mi casa junto con ropa para nosotros tres, mi hija, Terry y yo; encontré en él, en mi bolso, un día de éstos, mi agenda; no sé por qué, en la nebulosa realidad que vivía, analicé el interior y encontré entonces en su protector de plástico la rosa que había guardado ahí meses atrás.

Entonces, cuando encontré esa rosa, el momento del cual ésta provenía me capturó de pronto, prisionera de su aroma; ésta era una de las muchísimas rosas con que Terry había decorado mi entonces departamento cuando me pidió que me casara con él.

Recordé que la había guardado porque era más especial que ninguna, conmemoraba el día de su propuesta, el de nuestro reencuentro y el de cuando supimos que esperábamos un bebé.

Parada en ese cuarto de hospital, tocando sus pies inmóviles, recordé la sensación que me invadió al tomar esa rosa, estaba seca, marchita; muchas veces la había visto ya antes resguardada en mi agenda, y siempre me traía sensaciones felices al corazón, pero esa vez, esta vez, ahora, era diferente.

La rigidez de sus secos pétalos, marchitos y sin vida entre mis dedos, me hicieron pensar que así también mis recuerdos, luego de su partida, habrían de marchitarse igualmente. Y éstos, mis recuerdos de él, de su voz, de su sonrisa; habrían un día de palidecer en mi mente, igual que la rosa en mis manos, sucumbiendo al tiempo y a la vida; a tanta vida que tenía yo por delante y a tanto tiempo que transcurriría todavía, pero ya sin él.

Y yo no quería esto, yo no quería que mis recuerdos se marchitaran, yo quería seguir sintiendo su presencia en mi corazón viva y real toda la vida.

Lloré de nuevo amargamente tocando sus pies, deseando con todo mi corazón guardar en lo más profundo de mi memoria la sensación de su cuerpo junto a mí. Si me habían arrebatado su vida, su calor, su amor, su compañía; que no me arrebataran también los recuerdos.

Que jamás éstos se marchiten, ruego al cielo, que nunca me dejen, que me atormenten y me persigan, que me hagan llorar de día y de noche, extrañando su amor, extrañando a mi amor; y que lastimen y abran mi herida, porque mientras más le sufra y mientras más le llore, más tiempo en mi corazón quedará su huella.

No, que nadie me robe mis recuerdos y que nunca se sequen como esa flor que sujetara marchita entre mis manos.

Que mi corazón no le olvide y que mi alma no le deje ir; que lo guarde para siempre. Como para siempre juramos un día que estaríamos juntos.

Quiero verle en mi mente sonriendo del otro lado de la mesa, en ese restaurante de Chicago, el caballero de las rosas le llama Pauna. Mi caballero de las rosas, mi galante caballero de las rosas.

Vestía de blanco y yo le acusaba de casanova, me había mandado veinticuatro rosas justo un día después de conocernos.

Y de rosas llenó mi vida, y también ese día, cuando me pidió que fuera su esposa por segunda ocasión y yo acepté; libre al fin para amarlo; ese día que supimos que esperábamos un bebé, ese día también me había llenado de rosas. Creó un paraíso de rosas en mi propia casa. El caballero de las rosas. Mi caballero de las rosas. Mi amor.

Tanto amor, tanto y tanto en mi corazón y él ya no está para dárselo.

Y hoy la rosa marchita en mi agenda, ya no era dulce a mis ojos; ni feliz, ni luminoso su recuerdo. Era éste, su recuerdo, triste, doloroso y profético; porque así también como ella, como esa rosa, un día mi amor se marchitó de pronto y alguien, no sé quién, ni por qué, le arrebató de mi y de nuestra hija.

Y su recuerdo habría también de marchitarse quizás. Y yo dejaría de escuchar su voz en mi memoria tan clara, y disfrutar la imagen en mi mente de su rostro y sus manos; y su sonrisa, y sus ojos. Y él se habría ido, dejando mis recuerdos marchitos y la vida marchita también.

Y lo que más me dolía, si algo puede doler más que perder al amor de mi vida; era que nuestra hija jamás le habría conocido; eso me partía el corazón; y me hacía sufrir tanto como si la vida misma se me fuera de las manos y el alma se escapara en trozos dibujando sollozos que volaban a mi alrededor, saliendo y doliendo de mi alma.

Y ella, mi niña, mi niñita, no podría ni tan sólo recordarle. Y yo tendría la tarea de mostrárselo, de mostrarle quién había sido su papá, ese que tanto le amó, aún antes de conocerla, pero sólo en mis pinturas. Porque ella no pudo conocerlo.

Ella no pudo, y yo tendría que mostrarle mis pinturas, ésas que él llenó de sí mismo, ésas inundadas de azul, como sus ojos y como él, como su amor y como el mío; de azul como su vida, como el cielo y como el mar, como el mar de sus ojos. Y sólo ahí le conocería, y aprendería de él viviendo de mis recuerdos, pero cómo entonces podría ser que el tiempo amenazara con borrarlo de mí? Como esa rosa marchita?

Mi bebita no pudo conocer a su papá. Terry.

Duele, amor, duele tanto y tanto. Duele mi herida y tu ausencia, duele mi amor y la carencia del tuyo. Duele perderte y tener que soltarte. Duele, duele el alma y el respiro, duele el corazón y el aliento, el vivir y el latido.

Si alguien supiera como acabar con el dolor yo le agradecería que me lo dijera. Si alguien tuviera el remedio y la técnica para sacar el corazón del pecho y dejar de vivir, viviendo, yo le rogaría me lo dijera. Porque yo necesitaba vivir, vivir por ella; pero moría también, moría con él. Y me alcanzaría el tiempo sin vivir, pero viviendo.

Sin vivir viviendo.

Porque él se había ido.

Acerqué, vencida por el mundo, mi rostro a sus pies. Lo apoyé en ellos. El cielo completo me había caído en la espalda, me había vencido, el destino, la vida, la muerte, todo había ganado la batalla contra mí y contra mi amor. Me lo habían arrebatado al fin.

- Dios mío – susurré contra la frazada entre mis lágrimas –. Dios mío, no te lo lleves. Yo no tengo nada – sollocé –. Tú tienes muchos ángeles contigo, y yo sólo tengo uno. No me lo quites. Yo sólo tengo uno…

Recordé entonces de nuevo a mi hija, mi bebé, nuestra bebé; su carita me llegó de pronto y fue ya no como si unas manos abrieran mi herida, sino como si ellas, decididas y fuertes, sacaran definitivo el corazón de mi pecho.

Lo tomaron con fuerza y jalaron hacia fuera, y yo me desangraba viva mientras la carita de mi hija me sonreía inocente en mi memoria. Quise llorar, quise gritar, quise hincarme en el piso llena de dolor y clamar a voz en cuello mi sufrimiento, pero no pude. Terry movió los pies.

Me separé de la cama apresurada y lo vi a la distancia a la cara. Tenía los ojos abiertos.

- Hola amor – habló todavía y sonrió levemente.

Su voz sonaba más hermosa que en mis recuerdos. Si esto era un sueño, yo no quería despertar.

Escuché entonces un sonido proveniente de mi costado derecho, pasos de alguien, volteé y era el cirujano. Escudriñé su rostro limpiando el mío mojado y le vi sonriendo, me pareció incomprensible.

Cuando se paró a un costado de la cama de Terry, dijo unas frases que sonaron como una ensoñación.

- Sr. Grandchester – se dirigió al ángel en la cama –, tengo ya todos los resultados de sus exámenes.

Nos explicó a los dos que todo había resultado satisfactorio y que Terry estaba sano. Tan sano como siempre. No lo entendí. Hablé y mi voz sonó como quien no habla en mucho tiempo, se quebraba en un timbre extraño y confundido.

- Cómo? – pregunté.

- Sra., su esposo está totalmente sano – creo que sonrió y yo parpadeé confundida –, los estudios dieron resultados normales – continuó –. Como les decía hace un momento, invertimos prácticamente todo el día de hoy, desde que despertó en la mañana, para hacer un estudio exhaustivo buscando cualquier anomalía, pero no hemos encontrado ya ninguna. Por la mañana se sentía todavía confundido, cierto Sr. Grandchester?

- Sí, como si estuviera soñando – habló de nuevo y yo cerré los ojos con fuerza.

- Pero a este momento le veo por completo lúcido. Cómo se siente?

- Perfectamente – su voz serena otra vez mientras mi corazón temblaba.

- Y se le ve muy bien, es usted muy joven y tiene una salud envidiable, le daré de alta muy pronto. Pronto ya estará en casa.

La palabra se adentró en mi mente poco a poco.

- En casa? – musité.

El médico me vio preocupado.

- Sra. ya no hay nada que temer – intentó tranquilizarme y yo lo veía casi sin parpadear –, ahora le pediría que descansara un poco.

Negué con la cabeza despacio y él le habló a Terry entonces.

- Su esposa necesita reposo, no ha sido nada fácil para ella todo esto, con el parto tan reciente y tantas horas de espera. Hágala descansar.

- Lo haré – sentí sus ojos en mí, pero me era imposible voltear a verlo todavía.

Tomé algo de control sobre mí misma y pregunté sobre lo único importante en ese momento.

- Doctor – volteó e verme y yo le hablé como si estuviera soñando, impávida e inmóvil –. Terry… – su nombre ardió en mi boca y mi alma se estremeció agitando mi corazón –. Él… necesitará algún cuidado especial?

- No – negó –, ninguno fuera de lo normal. Reposo, nada de esfuerzos, comer bien.

- Alguna dieta especial o algo así?

- No – negó de nuevo –, nada en particular.

- Tenemos que venir a algún estudio de seguimiento después?

- Bueno – dudó –, en dos semanas les programaré una consulta, pero es meramente rutina. Yo les diré entonces si será necesario volver después, pero lo dudo.

Asentí aunque aún no entendía del todo.

- Sr. Grandchester – se dirigió a él –, los dejo entonces. Le pediría que no se esfuerce demasiado por unos días, sobre todo por lo invasivo de la cirugía, pero haga su vida normal, escuche a su cuerpo, él le irá marcando lo que puede y lo que no puede hacer. Vendré más tarde a revisarlo – sonrió y luego se puso serio de pronto –. Lo que sí le voy a pedir es que cuide a su esposa – volteó conmigo –, me preocupa más ella que usted, necesita mucho reposo, es increíble por todo lo que ha pasado y que esté de una pieza.

- No tengo nada – refuté.

- Si me permite Sr. Grandchester – lo vio a él –. Tiene usted una esposa magnífica.

- Lo sé – su voz pausada me hizo cerrar los ojos un momento otra vez.

Entonces el médico salió y nos quedamos solos.

Con las manos apoyadas en el borde la cama, de pie frente a él, no me atrevía a mirarlo. Había estado serena todo ese tiempo frente al médico, pero todo saldría a la superficie en cuanto lo viera a los ojos, yo lo sabía.

- Ven, amor – me habló.

Negué con la cabeza y lágrimas nuevas se apresuraron a mis ojos.

- Ven, princesa.

Entonces pasó. Todo salió a la superficie. Empecé a llorar abundantemente y alzando la vista me encontré con la de él, me alejé de la cama un paso, era todo como una visión que yo no quería que terminara.

- Ven, princesa – me llamó de nuevo y el nombre con que me llamaba me hizo sollozar fuertemente.

Quería ir con él como me pedía, pero sentía que si me movía de donde estaba, la visión desaparecería y el sueño terminando me enfrentaría a la verdad de que todo esto era producto de mi imaginación. Y mi ángel me dejaría al fin.

Me limpié furiosamente los ojos, enojada con las lágrimas que no me dejaban verlo con claridad, ni admirar esos ojos que yo amaba. Pero estos desobedientes no dejaban de llorar y su voz a la distancia no hacía más que hacer temblar mi alma cada vez más y más.

Lo sentí removerse en la cama, lo sentí ponerse de pie, quise evitar que lo hiciera temiendo que algo pudiera lastimarlo, pero no pude, no me salía palabra alguna. Se paró alto frente a mí y me rodeó con sus brazos.

- Aquí estoy, amor – susurró y besó mi cabeza desde arriba –. Aquí estoy.

Rodeé su cuerpo con mis brazos, y me apretó con mayor fuerza contra su pecho. Entonces lo entendí. Lo comprendí al fin y lloré todavía más.

Protegida entre sus brazos tenía mi oído en su pecho y entonces escuché su corazón. Sollocé muy fuerte y lloré mucho más todavía. Era el sonido de su corazón que le anunciaba al mío que no se había ido de mí.

- Amor – susurró –, ya no llores.

Acarició mi cabello y tomó mi rostro para verme a los ojos. Lo vi hermoso como nunca y sus ojos azules que me miraban preocupados mostraban todas esas cosas que yo tanto había temido perder. Estaban llenos de amor para mí.

- Ya no llores, amor – repitió.

No pude complacerlo, contrario a lo que pedía, lloré con mayor abundancia; ver su rostro cercano al mío, sus ojos azules y bellos, y escuchar su voz hablándome me hizo llorar fuertemente. Estaba tan confundida.

Quería decirle tantas cosas, pero no atinaba a pronunciar palabra alguna. Quería decirle que estaba feliz, pero que había estado muy triste antes, mucho muy triste.

Quería explicarle que me sentía como en un sueño y que tenía mucho miedo de despertar, quería rogarle que no me dejara, que jamás amenazara de nuevo con dejarme, que sin él no podía vivir, que nuestro bebé no era un varón como él creía, sino una niña, que las dos lloramos mucho por él y la mala fortuna que nos lo quería robar.

Quería hablar y explicarle y en un momento deseé poder sacar el corazón de mi pecho para ponerlo en sus manos que me abrazaban, para que él mismo viera que en mí no habitaba nadie más que él; y que si vivía era sólo por el calor de su persona que hoy me envolvía. Quería hablar tanto y pensaba en tanto, pero no me salía palabra alguna.

Ajusté mis brazos alrededor de él y él los suyos alrededor mío, sentí como si me fundiera en su cuerpo y disfruté en silencio la llenura de mi alma y el tibio latido de su corazón que alentaba al mío.

Entonces Terry alcanzó muy despacio, inclinándose lentamente, mis labios con los suyos y me acarició con un beso delicado. El toque de sus labios en los míos fue mágico, cálido y dulce, y mojé las mejillas de los dos con mis lágrimas de amor por él.

Lloré más y más; y él susurraba cosas bonitas contra mi mejilla. Entonces entendí lo que más quería decirle y lo hice.

- Te amo – había ideado que fuera un susurro, pero hablé tan fuerte que todo el cuarto retumbó –. Te amo, Terry, te amo.

Mi amor me presionó contra él y habló tan fuerte como yo.

- Yo también te amo, amor – respondió.

Continuará...


La mejor manera de promover una historia que te ha gustado es mandar un review, así animas a la autora a continuar y te aseguras jamás quedarte a medias con un fic. Es tu manera de participar con ella y ayudarle. Además, con la cantidad de reviews es como ayudarás a otras lectoras a encontrar una historia si es que a ti te gustó. Y todo review es bien recibido :)


NOTA:

Agosto 16 de 2011:

Hola chicas! Primero que nada, mil gracias por sus comentarios, ha sido muy lindo compartir con ustedes Azul para Siempre, cada uno de sus comentarios quisiera agradecérselos cada vez porque todos los leo pero lástima que FF no da la opción para conversar, en fin que por aquí se los agradezco a todas y cada una, las que me han contactado tanto por ApS como por Vivir de Amor o Sueña Conmigo... o la parodia (jajaja) es un gusto leerlas, saber qué opinan de la historia y estar en contacto con ustedes y hacer nuevas amistades, finalmente ese es el propósito principal, pienso yo, estar en contacto las candyfans, conocernos y frecuentarnos, gracias por ello!

A las que leen sin comentar no sean así! jajaja comenten lo que les ha parecido, den sus opiniones y dejen que las conozcamos.

En segundo lugar esto es para avisarles que ApS ya está a sólo 2 caps del final, viene el 33, y el 34 ya es el final. Rápido vdd? jaja pues les tocó encontrar el fic ya terminado así que sólo me esperaron que lo releyera y listo, las que lo leyeron al tiempo que lo escribía esperaban cada lunes por cap nuevo...

No vi por aquí ninguna intentando hacer campaña Live Granchester jaja es que creo que pasó muy rápido jajaja esta campaña era una serie de correos de las chicas con firmas digamos jaja para que no pasara lo que temimos todas que pasaría, ustedes me entienden ;)

Y pues la campaña me convenció jajaja no es cierto, siempre supe que así sería tal como está en este cap 32...

Bueno, chicas, las veo en los últimos 2 caps, hoy subiré el 33 y luego viene el 34 y listo, ApS ha terminado, espero les haya gustado y me acompañen en Vivir de Amor, el cual está en proceso, y tendrán la primicia esta vez aquí en FF...

Las quiero mucho, gracias por leer Azul para Siempre, este fic tiene un lugar en mi corazón entrañable, fue mi primer fic y el que me di el gusto de hacer a mi total parecer. Además terry es el hombre de mis sueños! lo amooo!

Gracias por leerlo, ya sólo por eso tienen un lugar en mi corazón y las considero mis amigas, Dios las bendiga! un abrazo!

fabs