–29–

Loki despertó con un intenso dolor de cabeza taladrándole las sienes. Y no sólo la cabeza, también le dolía todo el cuerpo. Intentó llevarse una mano a la cabeza y no pudo. A medida que iba recuperando la conciencia, también descubrió con horror que se encontraba inmovilizado. ¿Dónde? ¿Cómo?

Se encontraba en una caverna de grandes dimensiones, de ambiente húmedo y oscuro y techos tan altos que la vista parecía no poder abarcarlos. En medio del silencio, se oía la humedad rezumar de las estalactitas superiores y caer en forma de gotas con un sonido arrítmico y exasperante. Hacía un frío helador, aunque Loki, con su genética de gigante de hielo, no se veía afectado por aquello. Pero estaba dolorido y entumecido, totalmente hecho polvo tras la resaca de hidromiel y la paliza que debían haberle dado, a juzgar por sus huesos molidos y las magulladuras y cortes en su piel, aunque no recordara nada de aquello. Y sentía una sed abrasadora.

Pero lo peor eran las cadenas que cubrían todo su cuerpo, impidiéndole prácticamente cualquier movimiento. Intentó de todas las formas posibles deshacerse de ellas, romperlas o al menos aflojarlas; pero todo fue inútil. Pareciera que estuvieran hechas del mismo material del Mjolnir, a juzgar por su dureza; y quien se las había colocado lo había hecho con suma habilidad. No pudo ver cerrojo o punto débil donde hubiera podido quebrarlas, parecía que las hubieran soldado en torno a él. Probó también con su poder de telequinesis, pero no parecía tener efecto sobre ellas.

En cuanto su vista se acostumbró a la penumbra, Loki pudo examinar algo más concienzudamente su entorno, intentando analizar su situación. Por si ya de por sí no era lo bastante mala, pudo ver además que el suelo de la cueva estaba plagado de huesos humanos, incluso había algunos esqueletos enteros con los brazos aún encadenados, como él, a las paredes de roca.

Él mismo estaba semitumbado e inmovilizado sobre una depresión en el suelo y con la espalda incómodamente apoyada en una dura roca; y sobre su cabeza, colgando de la pared, había un dispositivo similar a una fuente cuyo fin no pudo entender, pero que terminaba en un caño de piedra tallado en forma de serpiente con la boca abierta. A Loki no le hizo falta mucho más para entender dónde se hallaba. Aquello era una cámara de tortura.

¿Pero cómo había llegado a aquella situación?

Todo lo que podía recordar era que, tras su violenta pelea con Sigyn, había empezado a beber y a beber hidromiel sin medida, algo que iba totalmente contra su costumbre. Beber no le sentaba bien, pero en aquel momento necesitaba algo que le hiciese olvidar su súbito descubrimiento de que era, realmente, el malo de la historia, y las posteriores sensaciones de placer salvaje, vergüenza y autocompasión que acompañaron a esta revelación. Era la primera vez que bebía tanto y ahora, a la vista de los resultados, estaba claro que no había sido una buena idea.

Por primera vez en su vida también, se había presentado completamente borracho a un evento público, la cena de conmemoración de Balder que había organizado su madre. No quería quedarse en su habitación lamentándose: tenía ganas de salir, liberar su amargura en alguien más, dispersar la ponzoña que lo corroía por dentro. Sólo lo guiaba el impulso cruel de hacer daño, el mismo que lo había llevado a insultar a Sigyn de la peor manera y casi violarla, aunque al final una especie de horror ante su propia vileza lo había detenido. Pero eso había sido cuando estaba sobrio. Ebrio, incluso ese muro de contención había caído, y Loki sólo deseaba herir a alguien, sin importar quién fuera...

Fuera de mi camino –escupió apartando de un empujón a los guardias que intentaban cerrarle el acceso al salón del banquete real, alegando tímidamente:

Alteza, no podéis entrar en ese estado…

No sirvió de nada. De un solo golpe, un tambaleante Loki abrió las dos hojas de la amplia puerta de la sala y se plantó allí, contemplando a todos los invitados con los ojos enrojecidos tanto por el alcohol como por las lágrimas. Al instante, todas las miradas confluyeron en él, desaprobadoras, pero a Loki le importó menos que nada.

Así que habéis empezado la fiesta sin mí… No sé de qué me extraño.

Esto no es una fiesta, Loki. Estamos aquí para recordar a tu primo y a la desdichada Nanna –replicó Odín con voz cortante–. Y además llegas muy tarde. No podías pretender que te esperáramos todos.

No importa –Frigga intentó calmar los ánimos–. Ya estás aquí, así que siéntate con nosotros, querido.

A trompicones, él avanzó hacia la mesa y se hizo sitio empujando a los que estaban sentados ya allí. Enseguida, uno de los criados se apresuró a ponerle un plato y un cubierto para él.

Creíamos que ya no venías –continuó la reina con voz tranquilizadora–. Siento mucho que tu esposa no haya podido venir. Espero que se encuentre mejor.

Él ahogó una carcajada en su garganta:

Sigyn… prefiero no hablar de ella ahora –Esperó a que le llenaran la copa, y la alzó inapropiadamente en un brindis, dirigiéndola a todos los concurrentes–: Y aquí estamos, la flor y nata de la nobleza de Asgard, todos llorando por Balder. La Corte asgardiana, tan refinada, tan resplandeciente… –tomó un sorbo de su copa–, tan podrida.

¡Loki! –le reconvino Thor, tan escandalizado como el resto de invitados.

¿Qué ocurre, os sorprende que diga la verdad? Porque ni en Jotunheim, ni en la Tierra ni en ningún otro reino en el que haya estado he visto mayor corrupción e hipocresía que la que he visto aquí. Afectáis estar todos muy compungidos por Balder: "oh, qué bueno era", "oh, era el mejor de nosotros". ¿Pero cuántos de verdad lamentáis su muerte? ¿Cuántos de vosotros no le envidiabais en secreto? Es irónico que sea el dios del engaño el único que tenga agallas para reconocer en voz alta lo que todos guardáis en vuestro corazón.

Loki, basta –intentó cortarle Odín, pero él le ignoró.

Y todo igual. La sociedad asgardiana, tan correcta y decente… está llena de falsedad, de mentiras y adulterios. Yo mismo he engañado a mi mujer durante años, todos lo sabían, ¿y he sido siquiera censurado por ello? ¡Ni lo más mínimo! Y lo mío es sólo un caso entre cientos. Por ejemplo, Idunn, sí, la que guarda el árbol con esas manzanas tan prodigiosas y se hace la santa y la recatada, ¿crees que no sabemos que eres la amante del asesino de tu hermano? –Todos se volvieron a mirar a la mujer de dorados cabellos, que se sonrojó con una exclamación ahogada–. O Gefjun, la matrona tan respetada entre hombres y mujeres, que se entrega a cambio de regalos –la noble aludida perdió el color–. Y Freyja… la bella y distante Freyja… –señaló a la más hermosa de las damas de la Corte, una joven con fama de inaccesible–, ¿queda aún algún hombre aquí que no haya gozado de tus favores? –se rió malévolamente, y añadió–: Yo incluido, y diría que tu propio hermano también.

Loki tomó carrerilla y siguió señalando a todos los que tenían líos extramatrimoniales o algún trapo sucio que esconder, que eran muchos en aquella mesa. Él los conocía todos y los fue soltando sin miramientos.

Es más –añadió al final–, podría decir que durante mi juventud gocé de los favores de más de una y más de dos damas de esta mesa, también casadas, e incluso que después de eso alguna ha seguido invitándome a su lecho, aunque yo no haya aceptado, ¿verdad que sí, Skadi?

Njord, el esposo de la mencionada dama, escupió la bebida que acababa de tomar de su cuerno por la sorpresa y la humillación, mientras que Skadi lanzó al príncipe una mirada de puro odio. Pero aquello tampoco detuvo a Loki, quien, a pesar de su embriaguez, aún conservaba el ingenio suficiente como para herir lo máximo posible con el menor número de palabras:

Pobre Njord. No fue suficiente con estar prisionero de los gigantes de hielo durante la guerra y todas las humillaciones que te infligieron. Aunque lo mismo tu esposa se esté vengando porque te acostaste con tu propia hermana. Parece que el incesto está a la orden del día en esta Corte, ¿eh? En este banquete hay tantos cornudos y cobardes que sería más fácil y rápido hacer una lista de los que no lo son, y otro tanto ocurre con las rameras. Y ambas serían vergonzosamente cortas.

¡Dije que basta! –exclamó Odín en cuanto consiguió salir del estupor que las punzantes palabras de Loki habían provocado en todos los presentes– ¿Me vas a decir a qué viene esta falta de respeto cuando todos estamos sumidos en la aflicción por tu primo?

¿Respeto? ¡¿Respeto? –Loki se levantó y se encaró con él, olvidando toda prudencia– No les debo ningún respeto a ellos ni a Balder, ni mucho menos te lo debo a ti. Laufey tenía razón: eres un asesino y un ladrón, y no hablo sólo del Cofre de los Antiguos Inviernos. Cómo puedo sentir respeto hacia alguien como tú, que robaste un bebé y te lo quedaste como quien se queda una mascota, le hiciste concebir esperanzas de tener una familia y luego lo relegaste y humillaste obligándole a contemplar durante años cómo favorecías a tu hijo de sangre… ¡pero cometiste un terrible error! Pues criaste a una serpiente en tu jardín de perfección. Y las serpientes no aguantan ser pisoteadas eternamente, padre. Tarde o temprano, se revuelven… y muerden.

Odín no contestó. Estaba tan sorprendido por aquel discurso que no podía pronunciar palabra, como ninguno de los demás.

Loki, te lo ruego, no sigas hablando así –suplicó Frigga, con una voz cercana a las lágrimas.

Madre… –él se dirigió hacia ella, con una sonrisa algo compasiva pero esencialmente perversa–, la única madre que he conocido. Me has dado mucho afecto durante estos años. Pero el simple afecto no es suficiente, nunca lo fue. Siempre necesité respeto, reconocimiento, y eso jamás me lo disteis, ninguno de vosotros. ¿Pero sabes una cosa? Lo que el dios del engaño no consigue por las buenas, lo toma a la fuerza. Y no sólo tendré vuestro respeto, sino también vuestro temor. ¡Llegará el día en que os arrodilléis ante mí aterrados!

¡Loki! –a sus espaldas, Sif llamó su atención, haciéndolo girarse hacia ella. La guerrera parecía muy tranquila mientras escanciaba vino en otra copa y alargaba la mano hacia él, ofreciéndosela–: Estás borracho y no te das cuenta del daño que les estás haciendo a tus padres. Si quieres seguir bebiendo, toma esto y cállate. Sobre todo, cállate.

Ah, Sif… –sin perder su sonrisa torcida, Loki avanzó hacia ella: ahora era su turno–, mi hermosa y valiente Sif. Realmente es un desperdicio que una doncella tan valiosa como tú languidezca por el amor de un bruto como Thor.

¿Qué…? –musitó el aludido, incrédulo; y ella palideció.

Eso es mentira.

Sabes que no. Seré el dios del engaño, pero esta noche no estoy diciendo más que verdades. ¿No te aburres de esperar a que algún día Thor se fije en ti? Me imagino que lo que aguardas es a que la dulce mortal Jane envejezca y se marchite, dejándote a ti el camino libre para consolarlo una vez muera. ¿Pero no se te hace tedioso? Aunque tal vez estés entreteniendo la espera con alguno de esos inútiles con los que siempre vas –añadió, señalando con la cabeza a los Tres Guerreros. Los que estaban cerca oyeron murmurar a Fandral: "Malnacido hijo de perra…"– O quién sabe, puede que hasta con los tres a la vez –se volvió a mirar a Volstagg y contuvo la risa–: Espero que no sea con él.

¡Maldita lengua viperina! –explotó el guerrero pelirrojo– ¡Yo te haré callar! –intentó levantarse de la mesa, pero Hogun lo detuvo. Era sacrílego derramar sangre en una conmemoración de luto.

Sif se quedó mirando a Loki terriblemente pálida, pero aun así consiguió mantener la calma a pesar de todos aquellos insultos:

Tienes suerte de que no lleve mi espada encima, o todo el mundo vería el color de tus tripas –siseó con la voz temblorosa por la rabia–. Eres un desgraciado y me das lástima, y tu pobre mujer me da más lástima aún.

Pues no debería dártela –repuso él provocativamente–, puesto que le hice pasar muchos buenos ratos mientras engendrábamos a nuestros hijos. ¿Sabes lo que sí es una lástima? Que esos buenos ratos podrías haberlos disfrutado tú, si no hubieras sido una zorra frígida.

¡Te estás pasando, y mucho! –estalló Thor, empezando a salir de su mutismo provocado por la conmoción de oír a su normalmente comedido hermano hablar tan ofensivamente a todo el mundo. Sif lo ignoró, su atención aún centrada en Loki:

Preferiría ser descuartizada por caballos salvajes –replicó, lanzándole una de sus miradas que congelarían el mismo infierno, pero que no afectó al enloquecido príncipe.

Ten un poco de paciencia, Sif –dijo con tono burlón–. Algún día seré rey, y entonces tal vez pueda concederte tu deseo.

Thor lo había estado escuchando todo el tiempo casi sin intervenir, sobre todo porque no podía creer que aquello estuviera pasando. ¿Aquél no era su distante pero usualmente amable hermano? De acuerdo que tenía sus defectos, pero… No, aquel hombre que lanzaba improperios a diestro y siniestro no era el Loki que conocía, o que creía conocer. Aquel Loki tenía la misma mirada de loco que cuando lo atacó con la lanza Gungnir en el Observatorio de Asgard. No era sólo cosa del alcohol: era algo mucho más profundo, y le asustaba. Le asustaba que aquél fuera el Loki real, y que lo que hubiera estado viendo hasta el momento fuera una máscara que se acabara de quitar.

¿Por qué estás haciendo esto, Loki? –se dirigió hacia él, a pesar de todo– Sif tiene razón. Mira lo que le estás haciendo a nuestros padres.

Él le dirigió una mirada irónica, aviesa. Ya se había desahogado a gusto con todos los presentes, sólo le faltaba él. Al cual le tenía más ganas de entre todos los seres vivientes.

Thor… –caminó hacia él con ademán displicente y sarcástico– El increíble Thor. El poderoso Thor. El príncipe dorado de Asgard. El defensor de los inocentes. No te puedes imaginar cuánto te odio.

No me creo que estés hablando en serio –respondió éste, con rostro aún severo pero empezando a afectarse–. Por todos los… ¡eres mi hermano! Si no fuera por eso, ya te habría hecho tragarte todas y cada una de tus palabras.

¿Hermano? –soltó una carcajada– Además de idiota, tienes una memoria muy distraída. Me parece que tendré que refrescártela con respecto a aquella conversación que tuvimos hace unos años, durante nuestro enfrentamiento en el Observatorio de Asgard. No soy tu hermano. Nunca lo fui… –su tono tranquilo se transformó en uno terriblemente furioso, cuando vociferó–: ¡Y nunca… lo seré!

La mirada y el semblante de Thor se endurecieron.

Entonces nada me detiene de hacer esto.

En su mano apareció el Mjolnir, atraído como magnéticamente por ella. Con un movimiento tan rápido que el otro casi no pudo verlo venir, lo golpeó con el potente martillo, enviándolo al otro extremo de la sala. Loki chocó contra una parte de la alargada mesa y cayó pesadamente al suelo, arrastrando consigo platos, copas de cristal y fuentes de comida. Los invitados que se encontraban sentados allí, afortunadamente, habían conseguido alejarse antes de que se produjera el impacto.

Loki se levantó, limpiándose la sangre que le manaba de la nariz y de una comisura del labio con la risa rasposa típica de los borrachos. En vez de haberle hecho daño, aquello parecía divertirle.

Pagarás por esto, Thor –amenazó, aún riéndose–. Pagarás por todo. Por mucho que te escondas tras el Mjolnir, yo no necesito ningún martillo ni otro artefacto para acabar contigo. No eres mejor que yo, ninguno de vosotros lo es. Tengo mis poderes y soy lo bastante inteligente como para poder engañaros a todos. En realidad… –añadió–, ya lo he hecho.

¿Qué quieres decir? –el dios rubio pareció extrañado.

¿Por qué crees que Balder no está aquí hoy entre nosotros? –siseó Loki malignamente– ¿Qué razón tenía Hoder para matarlo… a no ser que alguien le convenciera? ¿Y quién crees tú que podría encontrar divertido asesinar a su propio primo delante de todo el mundo solamente por el placer de hacerlo?

Loki… –susurró Frigga, al borde del desmayo; y todos los comensales empezaron a murmurar entre sí espantados. Aquello superaba cualquier límite de perversidad que hubieran presenciado antes, pero aun así... tenía sentido. Un sentido retorcido y bordeando en la locura, pero con cierta lógica al fin y al cabo. Uno de los anónimos sirvientes, concretamente, parecía muy interesado en el tema. Sus ojos destellaron, como si aquella información le resultara especialmente valiosa.

No es verdad –afirmó Thor, quien a pesar de todo estaba pálido–. Estás mintiendo. Son delirios de borracho, siempre te ha gustado fanfarronear. Tú no serías capaz de algo así.

¿Ah, no? –Loki se acercó a su hermano adoptivo. Sus ojos centelleaban con el fuego que debían tener las ascuas del infierno– Mírame, "hermano". Mírame a los ojos y dime si de verdad crees que no soy capaz de hacerlo.

La expresión de éste oscilaba entre la incredulidad y el horror.

No… no lo entiendo… No es posible. ¿Por qué habrías de hacer eso?

Porque puedo, Thor, ésa es la cuestión. Me reí de vosotros en vuestra cara y nadie se dio cuenta. Y puedo volver a hacerlo cuantas veces quiera.

Entonces Hogun intervino, hablando por primera vez en la noche:

Me parece un poco estúpido que después de habernos engañado como dices que has hecho, Loki, ahora estés revelando tus cartas ante todo el mundo.

Ah, pero siempre os quedará la duda, ¿verdad? –repuso éste displicente–. Soy el dios del engaño. Thor podría tener razón y efectivamente podría estar mintiendo, fanfarroneando. En mi caso, no podéis estar seguros de lo que confiese o deje de confesar. Por la ley asgardiana, necesitáis pruebas para detenerme o acusarme, y definitivamente no las tendréis –se giró hacia todos los invitados, desafiante–. Reto a cualquiera de vosotros a demostrar que lo he hecho. Nadie lo conseguirá.

Loki apenas se dio cuenta cuando el sirviente que tan interesado se había mostrado con su "pseudo" confesión salió de la sala, al parecer con cierta prisa. Estaba pendiente de la reacción de Odín, quien se irguió ante su hijo adoptivo. El rey no necesitaba pruebas: él era la ley en Asgard. Pero también le costaba creer que el bebé al que había acogido de pequeño y criado en el seno de su familia se hubiera transformado en un ser tan perverso.

Si se demuestra que eso que has dicho es verdad, nunca más volverás a ser mi hijo.

Es que nunca fui tu hijo, "Padre de Todos" –Loki utilizó el término con ironía–. Siempre fui tu enemigo, el más temible de todos cuantos hayas tenido. Tanto como para hacer que Laufey parezca un niño de pecho en comparación. Soy el que destruirá tu dinastía, Odín, y lo sabes. Balder sólo fue el comienzo. El Ragnarök llegará antes de lo que crees, y se saldará con tu muerte y con la de tu hijo bienamado.

Y con la tuya también –susurró Odín débilmente aunque lleno de odio.

Merecerá la pena –afirmó Loki con satisfacción, y se echó a reír cuando vio el aspecto frágil del rey asgardiano ante todo lo que le estaba diciendo–: ¿Qué es eso, "padre", acaso vas a volver a sumirte en el Sueño de Odín? Cuán conveniente, ¿verdad? Poder recurrir a eso cada vez que te obligan a enfrentarte a una realidad que no te gusta.

Thor intervino, incapaz de soportar tan crueles burlas a su padre.

¡Calla de una vez, desgraciado, o seré yo quien te haga callar! Ya estoy harto de tus juegos.

Loki le dirigió una mirada presuntuosa y desafiante.

¿Quién te dijo nunca que esto fuera un juego?

Fuera de aquí –siseó el dios del trueno, empuñando a Mjolnir en su mano. No parecía él. Parecía estar reprimiendo una furia tan gigantesca que le hacía daño. Ya no le importaba lo sacrílego de su actitud al haber golpeado a su hermano (no, ya no era su hermano), ni nada que no fuera perderlo de vista, antes de que no pudiera contenerse y ocurriera algo irreparable. Aún más irreparable.

Loki le sonrió por última vez, aquella risa perversa y condescendiente que parecía haberse convertido en una mueca permanente en su rostro.

Como quieras. Sé cuándo no soy bienvenido.

Se dirigió hacia la salida ufanamente, indiferente a las miradas de horror y odio de los invitados al banquete, un banquete que seguramente debería habérseles indigestado a todos. Los guardias que custodiaban la entrada le apuntaron con sus lanzas de forma vacilante, sin saber si deberían detenerle o no.

¡Dejad que se vaya! –exclamó Frigga. Estaba sollozando, y de inmediato Thor acudió junto a ella para abrazarla y consolarla, pero Loki no miró atrás. Sólo se volvió un segundo para señalar a Odín con el dedo:

Ragnarök, viejo –amenazó, como en una oscura profecía–. Recuérdalo; es mi promesa. Ragnarök.

Salió por la gran puerta sin que nadie se lo impidiera en medio de una sensación de salvaje libertad, provocada en parte por la borrachera y en parte por haber conseguido, por primera vez en su vida, soltarles a esos miserables todo lo que pensaba de ellos y haber quedado por encima.

Una sensación falsa, como se había acabado demostrando. ¿Realmente Loki había dicho todo aquello, o su memoria lo engañaba? ¿De verdad había sido tan imbécil? Lo de sus insultos a Odín, Sif, Thor y los demás tenía un pase, pero no podía creer que hubiera confesado en público el crimen que tanto tiempo tardó en planear para no ser descubierto, y simplemente por presumir.

Pero eso no era lo peor de todo. Lo peor era, con mucho, que había revelado ante todo el mundo su intención de atacarlos. Odín había parecido abatido pero no sorprendido cuando él le había mencionado el Ragnarök; eso quería decir que probablemente sabía de qué estaba hablando.

Ya se podía despedir del factor sorpresa con el que había contado desde el principio para su plan. Ni siquiera necesitaban que Heimdall lo avistara: por bien que ocultara sus ejércitos, podía apostar el cuello que a partir de ahora Odín no descuidaría el menor flanco. Años de trabajo y preparación perdidos. Si hubiera estado sobrio, habría preferido cortarse la lengua antes de traicionarse a sí mismo de una manera tan estúpida; pero era imposible controlar sus reacciones con semejante embriaguez de alcohol y soberbia. Demasiados años reprimiendo sus emociones, su rabia, su odio; era de esperar que aquello hubiese estallado por algún lado. Pero, ¿tenía que ser en un momento tan inoportuno?

Tras abandonar la fiesta, se había dedicado a vagabundear dando tumbos sin rumbo fijo por los campos. Después de eso, no recordaba nada más. Alguien, aprovechando que estaba borracho y vulnerable, lo había capturado y encadenado allí. ¿Pero quién? ¿Por qué? Podía ser cualquiera. Un hombre como Loki no carecía de enemigos, y menos aún después de la exhibición de la noche anterior, donde había revelado ante todo el mundo absolutamente todos los trapos sucios de la Corte asgardiana.

Sus pensamientos se vieron interrumpidos por una voz femenina, dulce como la miel pero venenosa como la ponzoña.

–¡Saludos, "amigo mío"! ¿Te encuentras cómodo?

La ira dio fuerzas de nuevo a Loki cuando reconoció a su propietaria, e intentó levantarse otra vez, tan en vano como en la primera ocasión.

–¡Karnilla...! ¿Qué crees que estás haciendo?

La reina de los Norns se mostró paseándose con andares majestuosos ante él y paladeando el vino que sorbía de una gran copa de plata. Estaba rodeada de sus guerreros, unos bárbaros brutales y feroces que hacían parecer muchachitas hasta al más rudo de los asgardianos. Su belleza hacía honor a su fama: tenía un cuerpo escultural cuyas curvas realzaba con una túnica púrpura de lo más reveladora; y su rostro de facciones perfectas se veía adornado por una espesa cabellera aún más negra que la de Lady Sif, la cual modelaba en un complejo peinado sujeto por tiras de cuero blanco. Pero sus ojos oscuros eran fríos y crueles; y además, en ese momento, estaban llenos de una complacencia perversa.

–¿Tú qué crees que estoy haciendo? –la bruja se inclinó sobre él, siseando llena de odio– ¿Pensabas que no me iba a enterar de lo que hiciste después de estar tú proclamándolo a los cuatro vientos? Yo también tengo espías en Asgard. ¿Y creías que, al saberlo, iba a quedarme cruzada de brazos sin hacer nada?

Él cerró los ojos con fatalismo. De modo que ella ya sabía lo de Balder; en ese caso podía darse por muerto. ¿Pero cómo había llegado hasta él tan rápidamente? Enseguida se acordó de que él mismo le había enseñado a Karnilla el pórtico oculto que comunicaba la ciudad de Asgard con el reino Norn. Muy pocas horas habían sido necesarias para que su indiscreción causada por la embriaguez llegase a oídos de la reina –aquel sirviente que tan interesado se había mostrado en su confesión debía ser el espía del cual hablaba–; y a ella le había faltado tiempo para plantarse en Asgard a través de aquel pórtico y aprovechar su baja forma para apresarlo y llevarlo allí, a aquel remoto lugar perdido de la mano de Odín. Loki estuvo a punto a echarse a reír por su propia estupidez. Él, el astuto, el prudente, había cometido no uno sino dos terribles errores. Errores que ahora iban a costarle la vida.

–No sé de qué estás hablando –arguyó, intentando zafarse–. Si es por Balder, soy inocente. Hoder lo mató, lo vio todo el mundo. Lo que dije en la cena de ayer fue... para presumir, para fastidiar a Thor; pero estaba mintiendo. Sé lo que Balder significaba para ti, ¿crees que sería tan estúpido como para hacerle daño?

Por supuesto, para Loki aquello había sido una estupidez. No atentar contra Balder, por supuesto, sino dejar que le pillaran. La sonrisa de Karnilla se transformó en una mueca.

–No mentías ayer. Mientes ahora, pero por bien que lo hagas, no te librarás. Sé cómo piensas. Nunca dejas que nadie gane excepto tú, pero esta vez te ha salido mal la jugada.

Él inspiró hondo. Estaba claro que nada de lo que dijera podría convencerla de su inocencia. Al igual que Sigyn, Karnilla lo conocía demasiado bien y había visto su mano en aquel crimen sutilmente perpetrado; y aún más con su posterior confesión.

–Está bien, admito que tuve algo que ver... –cambió de estrategia–, pero fue un accidente, ¡y lo siento! Nunca quise hacerle verdadero daño a Balder, sólo quería estropear la boda, espantar a Nanna y que anulara el matrimonio, como detuve la coronación de Thor hace unos años. En realidad, lo hice por ti. Balder sólo debía salir un poco herido, nada más. Vamos, Hoder era ciego. ¿Cómo iba a saber yo que iba a tener tanta puntería que le atravesaría el corazón? Se suponía que apenas tenía que rozarle con el muérdago.

–¿Me tomas por imbécil, Loki, o crees que me tragaré tus mentiras al igual que tus congéneres asgardianos? No, miserable; no fue ningún accidente. Querías verlo muerto y lo conseguiste. Y ahora yo te voy a ver muerto a ti.

Karnilla era demasiado dura como para dejarse convencer, por hábiles que fueran los argumentos de Loki. O tal vez, después de todos sus negocios juntos, ella era capaz de ver a través de él, de sus embustes y de sus malévolas intenciones. Por desgracia para él.

–Por favor, hablamos de la vida de un solo hombre –siguió porfiando Loki con tono persuasivo y suavemente irónico–. ¿Vas a dejar que un solo hombre se interponga en nuestra alianza, en nuestra meta común de conquistar Asgard?

–¿Qué alianza? Sólo te estaba utilizando para llegar a él –replicó ella con los ojos echando chispas–. Balder era mío; era mi trofeo. Yo le amaba. ¡Sabías que no debías tocarle! Pero lo vas a lamentar. Aún no has conocido la venganza de la reina Norn, pero la vas a conocer. Y haré que desees no haber nacido.

–¿Y qué vas a hacer? ¿Matarme? ¿Torturarme? –a pesar de su situación, Loki cedió al impulso de desafiarla. Ahora que sabía que probablemente iba a morir allí, su orgullo era todo lo que le quedaba– ¡Adelante, no me importa! Pero que sepas que eres una estúpida. Renunciar a una alianza que te daría más poder del que nunca has tenido, y todo por amor... tenía un mejor concepto de ti.

–Lo sé, el amor es una debilidad... –repuso Karnilla algo melancólica, aunque enseguida se rehizo con un rictus maligno–, pero no sólo para mí. Hasta un corazón de piedra como el tuyo guarda algunos sentimientos, y aunque no lo creas, incluso la piedra se puede romper.

Indicó algo con la cabeza a dos de sus guerreros, quienes abandonaron la galería y volvieron poco después arrastrando una especie de carromato de madera cubierto por una lona, cuyas ruedas traqueteaban al rodar sobre la superficie irregular del suelo de la cueva. Los llantos infantiles que se oían debajo de la lona helaron el corazón de Loki, y aún más cuando uno de los Norn tiró de la lona y bajo ella se vio una gran jaula en la que aparecían encerrados dos niños fuertemente abrazados. El príncipe cautivo palideció como un muerto.

–Narvi... Váli.

–¡Padre! –gritaron los dos niños casi al unísono, aferrándose a los barrotes y sacando sus brazos para intentar poner la menor distancia posible entre ellos y su padre. Sus caritas estaban tiznadas por las lágrimas y se les veía terriblemente asustados. Loki hizo otro esfuerzo sobrehumano para liberarse de sus cadenas, con el mismo resultado nulo de las veces anteriores.

–Ya no pareces tan bravucón después de esto, ¿verdad? –sonrió malvadamente Karnilla– Y no es la única sorpresa que te tengo. Mira detrás de ti.

Loki así lo hizo, o al menos intentó hacerlo, ya que estaba tan firmemente atado que casi no podía mover la cabeza; y entonces vio a Sigyn colgando de la pared, encadenada por los brazos igual que la mayoría de esqueletos que había visto. Una mordaza cubría su boca y hasta casi su nariz, razón por la cual Loki no había podido oír ningún sonido que proviniera de ella; pero, al igual que los niños, tenía la parte del rostro que aún era visible cubierta de lágrimas.

–Sigyn... –Además del miedo, Loki también sintió en ese momento el familiar aguijoneo del remordimiento. Ella no tenía la culpa de lo que él había hecho, no debía estar allí. Ninguno debía haber estado.

Aquello no podía estar pasando. ¡Él era Loki, el mayor embaucador de todos, el más astuto de los dioses! ¡Su destino era realizar sus ambiciones y sentarse en el trono de Asgard, expulsando a Thor y al propio Odín! ¿Cómo, entonces, podía haber acabado prisionero de alguien en quien había confiado, y todos los que le importaban siendo utilizados como armas contra él? ¿Tanto le odiaban los hados? ¿Tan imperdonables habían resultado ser sus crímenes?

Trató de forzar de nuevo su telequinesis para liberarse, o su habilidad de dominación mental para controlar a Karnilla o a alguno de sus hombres, lo que fuera… sólo para descubrir que nada funcionaba. En aquella cámara había algo, alguna fuerza, que anulaba los temibles poderes en los que siempre había confiado para imponerse a sus enemigos. Sin sus poderes, y encadenado, estaba virtualmente indefenso.

–Karnilla... –habló de nuevo con voz persuasiva, aunque ahora trémula por el miedo que no podía evitar, lo que empañaba un poco el efecto– Comprendo tus sentimientos. Lo arruiné atentando contra Balder, soy consciente. Está bien, acepto mi castigo, mátame. Pero a mi esposa y a mis hijos déjalos ir, son inocentes.

–¿Inocentes? –la mujer soltó una carcajada– ¡Claro que lo son! ¿Por qué crees que los he traído aquí? ¡Por supuesto que te mataré, de eso no te preocupes! Pero antes vas a comprobar lo que se siente cuando pierdes a un ser querido sin poder hacer nada por evitarlo. Matarte no es suficiente, ni de lejos. También voy a borrar tu descendencia de la faz de los nueve reinos, y en tus propias narices.

–¡No! –gritó Loki con desesperación, y a sus espaldas, una amordazada Sigyn también se debatía contra sus cadenas, apenas pudiendo expresar su horror con apagados sonidos guturales– ¡Eres un monstruo!

–Sí, ¿verdad? –asintió ella satisfecha– Me imagino que debe ser raro para ti encontrar a alguien más sanguinario que tú mismo. Aprendí bien, Loki. Tuve un gran maestro.

–¡Si lo que quieres es acabar con mi descendencia, pierdes el tiempo! –alegó él, esperando ganarlo para sí– Narvi y Váli no son mis únicos hijos.

–Lo sé. Oh, ¿no te lo he dicho? También he estado en Jotunheim. Llevas inconsciente todo el día, durante el cual me ha dado tiempo a hacer todos estos preparativos. Queríamos traerte a tu otra familia, pero nos ha sido imposible. Hemos intentado dar caza a tus otros hijos, al lobo y a la serpiente, pero son demasiado… salvajes. He perdido doce de mis hombres en el intento, y al final decidí que no merecía la pena, sobre todo después de cierta conversación que tuve con esa giganta de hielo con la que estabas amancebado.

–¿Angerboda? –susurró él, atónito.

–Quería traértela como he traído a tu mujer, pero ella estaba avisada de que yo vendría y las intenciones que tenía para con ella, así que llegó a un trato conmigo.

–¿Un trato? ¿Qué trato?

–Yo le perdonaba la vida y ella me daba toda la información que yo quisiera sobre ti. Cuándo podría tomarte desprevenido, o de qué manera podría hacerte el mayor daño posible… esas cosas. Me pareció bien, no me tomó mucho trabajo convencerla. Al parecer, no debiste dejarla muy contenta. Pero bueno, ahora se ha convertido en la querida del rey Byleist y dice que ya no te necesita para llegar a ser reina. Te manda saludos y dice que espera que tengas una muerte lenta y dolorosa. Le dije que de eso no se preocupara, que ya me encargaría yo.

Loki sacudió la cabeza. Angerboda, esa zorra traidora. Al igual que él mismo, no se tomó nada bien el rechazo y lo había vendido a las primeras de cambio, no sabía si por salvar su propio pellejo o por venganza. Seguramente por ambas cosas. ¡Y pensar que había confiado totalmente en ella!

–Fue ella la que nos aconsejó qué hacer con tus hijos asgardianos. Aunque no tengamos al lobo y a la serpiente, esos dos niños son la única parte buena de tu estirpe –dijo, señalando la jaula–, la única esperanza que tenías de poder redimir tu nombre en el futuro. Una esperanza que vas a ver aplastada antes de morir. De ti sólo quedará tu legado de muerte y caos.

–Por favor, Karnilla... –murmuró él, no sabiendo qué más decir para disuadirla.

–¿Ahora suplicas, mi querido Loki? ¿Quién es el que ríe ahora? –se burló ella– Yo también te tenía en mejor concepto.

Hizo otro gesto con la cabeza hacia sus hombres, y uno de ellos entró en la jaula, indiferente a los gritos de terror de los chiquillos, y a los furiosos de Loki para que dejara en paz a sus hijos. Rápidamente se apoderó de Váli y lo sacó de la jaula. El pequeño se debatió desesperadamente, chillando, y Narvi se arrojó contra el esbirro intentando defender a su hermano; pero éste se lo quitó de encima con una simple bofetada que lo tiró al suelo.

–Maldito bastardo, te mataré por eso –gruñó Loki, sin poder hacer otra cosa más que observar y amenazar. Amenazas vanas, a las que los captores de su familia hacían oídos sordos.

Después de sacar a Váli, el soldado de Karnilla cerró de nuevo la puerta de la jaula para impedir al mayor que pudiera escapar. Otro hombre se acercó, destapando una botellita de vidrio negro que guardaba de entre sus ropas, y entre los dos obligaron al niño a abrir la boca y a tragar su contenido íntegro, pese a todos los esfuerzos de éste por escupirlo.

A continuación, volvieron a abrir la puerta de la jaula y lanzaron el cuerpecito allí. Narvi, con la nariz aún sangrando por el golpe anterior, se apresuró a correr hacia él y a sujetarlo con sus brazos:

–¡Lo siento hermanito, no he podido protegerte! –lloraba, y levantó su rostro hacia Loki– Padre, ¿qué está pasando? ¿Por qué nos hacen esto?

Él abrió la boca para contestar, pero Karnilla se le adelantó:

–¿Por qué? Porque tu padre es un asesino, muchacho, y un mentiroso. Aunque bueno, tampoco es realmente cierto. La verdadera razón por la que tu hermano y tú vais a morir es porque no supo hacer algo tan simple como mantener un trato.

Narvi miró a su padre con los ojos como platos, y Loki pensó que no podría odiar a nadie, ni siquiera a Thor, tanto como estaba odiando a Karnilla en aquel momento.

–¡No la escuches, hijo! ¡Te está mintiendo! –se desgañitó él, pero no tuvo tiempo para preocuparse por su honor mancillado ante su hijo mayor, porque en ese momento Váli comenzó a toser, lanzando unas expectoraciones oscuras y viscosas.

–¿Qué le has hecho, bruja? ¿Le habéis envenenado? –reclamó a Karnilla, fuera de sí, pero ella sacudió la cabeza sonriendo con arrogancia.

–Nada de eso, Loki. Sólo le hemos dado una poción para desarrollar su potencial.

–¿Su potencial?

–Algo para ayudar a contrarrestar el rasgo asgardiano de sus genes. ¿No te gustaría que tus hijos fueran más gigante de hielo, más... como tú? Te han salido demasiado asgardianos, estos niños. O quién sabe, tal vez esa mosquita muerta que tienes por mujer te la pegó y después de todo no son hijos tuyos. Lo vamos a saber enseguida.

El niño empezó a convulsionarse en brazos de su hermano y su piel comenzó a decolorarse, volviéndose gris y después tomando un tono azulado, acabando por convertirse en un gigante de hielo en miniatura. Narvi lo observaba horrorizado, sin poder imaginarse por qué su hermano pequeño estaba cambiando de esa manera.

Pero la transformación de Váli no se detuvo ahí. Continuaba estremeciéndose, y entonces comenzó a tomar un aspecto realmente espeluznante. Sus miembros se retorcieron y aumentaron de tamaño y un vello crespo, del color de la sangre coagulada, le brotó por todo el cuerpo. Su linda carita se deformó cuando el mentón empezó a alargársele y sus dientes de leche se convirtieron en afilados colmillos.


Comienza la parte del castigo de Loki, el clímax de la historia. En su mayoría esta parte intenta seguir o al menos versionar un poco el mito, aunque he introducido ciertos cambios. Uno de los más significativos es la persona que lleva a cabo el castigo de Loki. Según un par de fuentes del mito, los Aesir (los asgardianos) en general son los que encadenan a Loki y la diosa Skadi en concreto quien coloca la serpiente que deja caer veneno sobre él.

Yo aquí lo he cambiado a Karnilla por varias razones: primero que no veo a los asgardianos del movieverse tomando parte en un castigo tan bárbaro ni siquiera por el asesinato de Balder; ellos, en teoría, son bastante más civilizados.

En cambio, de Karnilla me resulta bastante más lógico, al menos en el contexto de mi historia. Tiene motivos (venganza por la muerte de Balder, del que estaba enamorada) y carácter para hacerlo, en los cómics se muestra como muy agresiva. No sé si en el comicverse llegaría a tanto, pero aun así, mejor ella que los asgardianos. En cuanto a Skadi, aunque sale mencionada y Loki arruina su reputación, en el contexto del fic no tiene tantas razones para querer hacer daño a Loki como podría tener Karnilla.

Y otra razón por la que prefiero poner a Karnilla y no a Skadi como villana es que quiero que, en un acto de justicia poética, Loki se vea traicionado por casi todos los aliados con los que contaba: Angerboda, Karnilla... por cierto, todas mujeres, así paga por su machismo como alguna vez me comentasteis.